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opinión

acabar con la guerra contra las drogas


Ya es hora de poner fin a una política desastrosa, que no ha hecho más que empeorar el problema.
[Misha Glenny] Vancouver, en la Colombia Británica; Ciudad Juárez, en el norte de México; y la provincia de Helmand, al sur de Afganistán, no son primos verosímiles. Pero los tres lugares y otros parecidos han provocado un cambio extraordinario en uno de los debates más importantes del mundo en los últimos dos años.
Durante décadas, la idea de legalizar las drogas era apoyada por sólo una pequeña minoría. Pero a medida que los mercados globales en drogas ilícitas se expandían exponencialmente a principios de los años noventa, altos funcionarios y agencias policiales por igual han sido superados por el reto que representa la prohibición de una larga lista de drogas. Los mercados se han extendido a lugares que durante décadas no tuvieron problemas significativos con las drogas, como China e Indonesia, mientras que la cantidad de adictos en países como Irán ha aumentado enormemente.
Dos desarrollos significativos están contribuyendo al repentino surgimiento de las llamadas para reconsiderar la prohibición. El primero es que las drogas están afectando los intereses de seguridad a largo plazo de Occidente, especialmente en Afganistán y México. El segundo es que esa producción se está apartando de sus lugares tradicionales como Colombia y el Triángulo Dorado y se está trasladando hacia lugares en el corazón de las zonas de consumidores occidentales, como Canadá, Holanda y Gran Bretaña.
El problema está adquiriendo tal dramatismo que hombres de Estado mayores, funcionarios policiales, intelectuales y filántropos en el mundo están hablando fuerte y claro: la ‘Guerra contra las Drogas’ es una política desastrosa que no logra ninguno de sus objetivos y provoca enormes daños a la seguridad global y gobernabilidad donde quiera que se ha implementado.
Argumentan que la regulación por el Estado del mercado de las drogas reduciría los riesgos de salud y sociales que representan los narcóticos y generaría enormes ingresos impositivos, que podrían ser hipotecados para absorber los costes. De momento, las elevadas ganancias del comercio ilegal de drogas van a los bolsillos de los sindicatos del crimen organizado y organizaciones terroristas.
Los urgentes llamados a reconsiderarla provienen de América del Sur, donde personajes respetados como el ex presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, han destacado que la guerra contra las drogas no ha logrado parar el tráfico de narcóticos ilegales y que ha resultado en decenas de miles de muertes y la perpetuación de la implacable cultura de las pandillas en la mayoría de las zonas pobres del continente.
Diego Gambetta, criminólogo de la Universidad de Oxford y una de las más importantes autoridades del mundo sobre la mafia siciliana, se ha pronunciado con energía a favor del fin de la guerra contra las drogas. En Estados Unidos, la organización más efectiva pidiendo su derogación es la Policía contra la Prohibición [Law Enforcement Against Prohibition, LEAP], formada por agentes de policía en servicio activo y retirados, incluyendo a operativos de la Autoridad para el Control de Drogas [Drug Enforcement Agency, DEA].
Comentaristas en Europa y Estados Unidos han señalado que la prohibición es responsable de las miles de personas que han muerto en las guerras por la cocaína en México. Estados Unidos está siendo empujado hacia la violencia mientras que los carteles mexicanos compran la mayor parte de sus armas en Texas y otros estados.
Más críticamente, los talibanes en Afganistán están librando una efectiva guerra contra las tropas de la OTAN porque el inflado precio del opio, provocado por la prohibición, permite que los insurgentes compren cientos de millones de dólares en armas todos los años. Peor, el gobierno de Kabul que apuntala la OTAN está atravesado por la corrupción, alimentada por el lucrativo mercado de narcóticos.
Además, el mundo no va a hacer nada si los carteles colombianos y venezolanos usan su inmenso poder económico para corromper y destruir los frágiles estados de África Occidental, como Sierra Leona y Liberia, convirtiéndolos en un trampolín de las exportaciones de cocaína a Europa. Los carteles ya han hecho ingobernable a Guinea Bisó.
No ha habido un intento coordinado del gobierno de Obama ni ningún otro gobierno occidental para contrarrestar el creciente sentimiento a favor de una reforma de la ley de drogas, aunque el presidente mismo ha declarado que se opone a su legalización.
He hablado con incontables políticos que en privado dicen, como lo dijo uno de ellos, que "si en cien años nos volvemos a mirar, nos vamos a preguntar por qué demonios estábamos prohibiendo los narcóticos". Pero siguen reluctantes a formularlo en público, por temor al oprobio que les puede acarrear.
Los partidarios de la legalización han ganado el debate moral e intelectual, pero ahora hacen frente al argumento más difícil de todos -el político. Es improbable que se vaya a ganar en Washington, donde la prohibición disfruta de un poderoso respaldo. Pero estamos presenciando una erosión en el consenso de la guerra contra las drogas en países como Argentina, México, Portugal y Suiza, donde las drogas han sido despenalizadas o legalizadas, de hecho.
Canadá hace frente a un tipo especial de presión: no solamente es uno de los principales productores de cannabis del mundo, sino también ha sido identificada por la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito como uno de los centros de elaboración de drogas sintéticas, como el éxtasis y la metanfetamina, proporcionándolas a usuarios en Estados Unidos y hasta en Australia.
Vancouver se ha convertido en un centro global, exportando marihuana y metanfetaminas mientras importa cocaína destinada a Estados Unidos y el mercado local. Los asesinatos relacionados con las drogas han proliferado en los últimos dieciocho meses, provocando una especie de crisis. La campaña por la legalización de la marihuana continúa creciendo allá, reuniendo el apoyo de políticos de todo el país.
Después de ochenta años de guerra contra las drogas, los consumidores han tenido un acceso más fácil que nunca a una mayor variedad de estos productos. Los precios siguen cayendo, mientras las ganancias de los narcotraficante siguen subiendo. Pero -dados los desarrollos en América del Sur, Europa y Canadá- estamos viendo por primera vez la emergencia de una coalición resuelta a desafiar una política que genera, año tras año,  inimaginables miserias.

Misha Glenny es la autora de ‘McMafia: A Journey through the Global Criminal Underworld’.

15 de octubre de 2009
18 de septiembre de 2009
©new york times 
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terminemos con el impasse hondureño


Prolongar la crisis no contribuye más que a empujar al país a la inestabilidad y mayores problemas económicos.
Basta ya. Los gobernantes de facto de Honduras ya han dejado en claro lo que querían cuando depusieron al presidente Manuel Zelaya en el golpe cívico-militar de junio pasado: que el presidente había quebrantado la ley al tratar de reformar la Constitución para continuar gobernando. Lo que es más, con el paso del tiempo, el gobierno de facto presidido por Roberto Micheletti se ha asegurado de que si Zelaya volviese al poder para cumplir con los meses que le quedan de mandato, tampoco podría hacer esas reformas.
Así que ¿qué es lo que se gana con seguir rechazando la exigencia de la comunidad internacional de que Zelaya vuelva a su cargo bajo condiciones controladas -con poderes limitados- antes de las elecciones presidenciales del 29 de noviembre? Nada. Al contrario, si la crisis constitucional no se supera antes de las elecciones, Micheletti corre el riesgo de empujar a su empobrecido país hacia un periodo prolongado de inestabilidad y mayor deterioro económico.
Desde el principio Micheletti y los suyos han argumentado que la destitución de Zelaya era legal, y han pagado casi medio millón de dólares a expertos en relaciones públicas para que defiendan su posición. Estados Unidos, la Organización de Estados Americanos y la Unión Europea no se han dejado convencer; dicen que como quiera que sea que haya empezado el derrocamiento, desde el momento en que los militares sacaron a Zelaya de la cama y lo expulsaron del país, es un golpe de estado que tiene que ser anulado. Primero el presidente costarricense, Óscar Arias, y luego la OEA, han tratado de iniciar negociaciones con ese fin.
Pero de momento todo ha sido en vano.
Republicanos norteamericanos que se ponen al retorno de Zelaya han dado al campo de Micheletti falsas esperanzas de que pueden resistir sin pagar las consecuencias. Volviendo clandestinamente a Honduras para buscar refugio en la embajada brasileña y llamando a sus partidarios a manifestarse en las calles, Zelaya no se ha hecho ningún gran servicio a sí mismo, a ojos de las preocupadas elites del país que rechazan sus medidas de izquierda.
Entretanto Micheletti tuvo una pataleta televisada esta semana frente a los diplomáticos de la OEA que no veían las cosas como él.
Es difícil saber cuánto de la obstinación de Micheletti es el reflejo de un impulso machista por ganar y cuánto temor genuino de que si Zelaya vuelve al poder encuentre la manera de quedarse. Eso es improbable. Una garantía, dicen funcionarios estadounidenses, es un artículo de la Constitución que entrega el control de las fuerzas armadas al Consejo Supremo Electoral un mes antes de las elecciones. Por eso Zelaya no podría utilizar al ejército. Otra garantía es que ninguno de los candidatos presidenciales es aliado de Zelaya, de modo que no podría gobernar a distancia después de dejar el cargo en enero.
Funcionarios estadounidenses y de la OEA deben hacer todo lo posible para convencer al campo de Micheletti de que debe ceder y permitir el retorno de Zelaya. Y deben convencer a Zelaya de que no se tolerará ningún intento de perpetuarse en el poder.

9 de octubre de 2009
©los angeles times
©traducción mQh
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la democracia según la casa blanca


¿Democracia? ¿Qué?
[Juan Gelman] Es notorio y hace mucho que la Casa Blanca se entretiene en apoyar golpes de Estado y/o dictaduras, de Somoza a Musharraf, de Pinochet y Videla al propio Saddam Hussein en su momento, de Trujillo y Stroessner a la monarquía saudí y un largo etcétera. Obama ha utilizado un recurso que rara vez se emplea: el sostén irrestricto a un régimen que se repite gracias a un fraude electoral de dimensiones abrumadoras: el presidente afgano Hamid Karzai cumplirá un segundo mandato, bendecido por Washington.
Los indicios de la farsa comicial en Afganistán no escaseaban, pero el ex diplomático estadounidense Peter Galbraith, hijo del economista, precisó sus alcances el domingo pasado: manos desconocidas –seguramente no para Karzai– depositaron en las urnas un tercio de los sufragios que le dieron el triunfo en la primera vuelta. Galbraith sabía de qué hablaba: había sido hasta unos días antes el segundo de la misión del Consejo de Seguridad de la ONU enviada a Kabul para asegurar que las elecciones fueran "libres, justas y transparentes". Encontró que no era así y su jefe, el diplomático noruego Kal Eide, lo renunció por testigo discutidor y molesto.
Eide le había ordenado, antes de las elecciones, que no insistiera en su opinión de que Karzai usaría las casillas instaladas en zonas inestables para cometer fraude. "En otras fases críticas del proceso electoral también se me ordenó que pasara por alto esa cuestión", señaló el renunciado (www.washingtonpost.com, 4-10-09). Agregó: "Mi equipo recogió evidencias de centenares de casos de fraude en todo el país y, lo que es más importante, reunió información sobre el recuento de sufragios en las provincias claves del sur, donde aparecieron pocas personas en las casillas, pero se registró un elevado número de votos. Eide nos ordenó que no compartiéramos esos datos con nadie, incluida la Comisión de Denuncias Electorales (CDE), una institución afgana auspiciada por la ONU que tiene el mandato de investigar el fraude". La reelección de Karzai ya venía asegurada.
La Casa Blanca lo ratificó a fines de septiembre en un reunión que Hillary Clinton mantuvo con Rangin Dadfar Spanta, ministro de Relaciones Exteriores de Afganistán: le manifestó que había acordado con sus colegas de la OTAN "que Karzai sería presidente aunque la investigación sobre el fraude le impidiera ganar sin una segunda vuelta" (www.newstatesman.com, 29-9-09). La democrática Casa Blanca tiene, al parecer, una concepción muy particular de la democracia.
El resultado preliminar le otorgó a Karzai el 54,6 por ciento de los votos, contra el 28 de su principal contendiente, Abdullah Abdullah, pero si al primero se le descontara el 1,1 millón de votos, producto estimado del fraude, difícilmente sería electo en la primera vuelta. La Constitución afgana establece que para ello hace falta la mitad de los sufragios emitidos más uno. Pero no habrá segunda vuelta, Eide se ha encargado de que así sea.
La CDE emitió un nuevo reglamento especialísimo: de las muestras de las casillas de las que los votos se volverán a recontar –un 10 por ciento del total– se determinará el porcentaje de votos válidos que resultaren fraudulentos y éste se descontará de la votación total de cada candidato sin importar el origen de la trampa (Reuters, 5-10-09). Dicho de otra manera: si se le restara a Karzai un 20 por ciento de los votos, lo mismo les sucederá a Abdullah Abdullah y a los otros 38 aspirantes a la presidencia que se anotaron para los comicios del 20 de agosto. Sería un milagro que el presunto electo obtenga menos del 50 por ciento.
El general Stanley McChrystal, comandante en jefe de las tropas invasoras, también abogó por Karzai. "La estrategia militar y política de EE.UU. se centra cada vez más en darle legitimidad al gobierno de Hamid Karzai", informa The Guardian (www.guardian.co.uk, 23-9-09). Pero diplomáticos y observadores –agrega el periódico británico– estiman que el fracaso de la reciente elección presidencial "ha destruido la estrategia de Obama para Afganistán al primer obstáculo... los comicios han llevado a un primer plano la inquietud por la corrupción y la legitimidad". Para McChrystal, la solución estriba en enviar antes de fin de año de 30.000 a 40.000 efectivos más al país invadido, en el que había ya 58.000 al 30 de junio. Para no hablar de los 74.000 mercenarios, cuya cuantía supera con creces a la de las tropas regulares estadounidenses (The Wall Street Journal, 22-8-09).
La actividad guerrillera de los talibán se mantiene después de ocho años de guerra y el mes de septiembre fue nefasto para los invasores. El muy inglés International Council on Security and Development acaba de publicar un mapa de Afganistán en el que se establecen las zonas de acción insurgente: es constante en un 80 por ciento del territorio y discontinua en otro 17 por ciento (www.icosgroup.net, 10-9-09), casi todo el país. Esto no se arregla con más tropas.

8 de octubre de 2009
©página 12
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españa se desdice de justicia universal


Crimen de "ilesa" impunidad.
[Carlos Slepoy] Se ha escrito mucho sobre las causas que motivaron el acuerdo de los dos partidos mayoritarios para erradicar el principio de justicia universal de la legislación española. El límite se sobrepasó cuando se pretendió enjuiciar crímenes de lesa humanidad y/o genocidios y/o crímenes de guerra cometidos por chinos en el Tíbet, israelíes en Gaza y estadounidenses en Guantánamo, o quizás –o además– por las investigaciones sobre los crímenes del franquismo –que eran asimismo un ejercicio de justicia universal—, respecto de los cuales, como sabemos, se ha pactado igualmente la más absoluta y cruel impunidad. También se ha escrito ampliamente acerca de que limitar el principio de justicia universal –que por algo se llama así– a la existencia de víctimas españolas o a vínculos de conexión relevantes con España y que se acredite en todo caso, mediante prueba diabólica, que no hay otro procedimiento abierto en otro lugar del mundo es, lisa y llanamente, desterrar de la legislación española la persecución de criminales contra la humanidad. Traicionando su naturaleza, se pretende su compatibilidad con la discriminación de las víctimas por su nacionalidad y con el principio de subsidiariedad de jurisdicciones. Esto es un oxímoron, grosera y vergonzosa contradicción con lo que el principio enuncia y significa. El sello propio y distintivo de la jurisdicción universal es la inclusión de la universalidad de las víctimas –para que todas ellas puedan ser protegidas por todas las jurisdicciones del mundo– y el principio de concurrencia de jurisdicciones, para garantizar entre todas la mejor persecución de los criminales.
No importa que esta medida vulnere la doctrina del mismísimo Tribunal Constitucional, tratados suscriptos por España y prácticas judiciales –de las que la judicatura española fue referente hasta ahora– extendidas a otros países y que ya forman parte del Derecho imperativo internacional. Se ensordecen los oídos para no escuchar el clamor que surge de cientos de organismos de derechos humanos, organizaciones sociales –nacionales y extranjeras– y personas de todo el mundo para que se detengan. La urgencia y nocturnidad con que se tramitó el proyecto de ley, actualmente en el Senado, quiere dejar tranquilos, no importa a qué coste moral, a los grandes violadores de derechos humanos que hasta ahora han sido y a los que lo serán en el futuro. Acostumbrados estamos a leyes y prácticas que dejan impunes crímenes pasados. Ahora el Parlamento español nos anuncia impunidad, también, para los que serán.
Quiero creer que muchos legisladores, en especial socialistas, no han reflexionado suficientemente sobre el grave mal que están por cometer. Supongo que celebraron la detención de Pinochet, el juicio y la condena al genocida argentino Adolfo Scilingo y los distintos procedimientos abiertos en la Audiencia Nacional para perseguir a grandes criminales de distintos países del mundo. Más aún, me atrevo a decir que se enorgullecieron de que estos hechos fueran protagonizados por la Justicia española. ¿Puede llegar a tanto la obediencia partidaria como para traicionar estos sentimientos y los principios que los inspiran? Está claro que ningún tribunal los procesará. Habrá un día en que se considerará un crimen la promoción y sanción de la impunidad pero, por ahora, pueden estar tranquilos los impunidores.
En su famosa "Carta desde la cárcel de Birmingham, Alabama" –16 de abril de 1963– dirigida a un grupo de clérigos blancos que lo cuestionaban, Martin Luther King estampó esta frase que pasaría a la Historia: "Nosotros nos tendremos que arrepentir en esta generación no sólo de las palabras odiosas y las acciones de la gente malvada, sino también del aterrador silencio de la gente buena". Están a tiempo los buenos legisladores españoles de no tener que arrepentirse ya no de su pasividad y su silencio, sino de su activa complicidad con los malvados. Es necesario que los diputados mediten sobre lo que ya han hecho y los senadores sobre lo que van a hacer. Quizá Dios exista e inspire a estos últimos a vetar el proyecto de ley y enviárselo a los primeros para que lo eliminen o, mejor, perfeccionen la ley actualmente existente para garantizar una mayor y mejor aplicación del principio de jurisdicción universal. Más terrenalmente, y aunque se reitera la improbabilidad de que vayan a rendir cuentas ante la Justicia, es pertinente recordarles que el artículo 451 del Código Penal califica como encubridor al que, sin haber intervenido como autor o cómplice en el delito y con conocimiento del mismo, interviniere con posterioridad a su comisión ayudando a sus responsables a eludir la investigación de la autoridad o de sus agentes, o a sustraerse a su busca o captura, siempre que concurra, entre otras, la siguiente circunstancia: que el hecho encubierto sea constitutivo, entre otros, de genocidio, delito de lesa humanidad, delito contra las personas y bienes protegidos en caso de conflicto armado. Si el favorecedor hubiere obrado con abuso de funciones públicas, además de la pena de privación de libertad, de seis meses a tres años, se le impondrá la de inhabilitación absoluta por tiempo de seis a doce años.
Se está por cometer un crimen de ilesa impunidad. Los genocidas y sus instigadores, que buscan inmunidades e impunidades por doquier, dormirán un poco más tranquilos, confiando además en el efecto multiplicador del ejemplo. Ojalá no les ocurra lo mismo a los legisladores que están por delinquir, aunque, como aquéllos, no vayan a ser castigados. Quizás el mal sueño los haga despertar.

El autor es abogado especialista en derechos humanos.

30 de septiembre de 2009
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un peligroso tipo de odio


Gente de extrema derecha y enfermos mentales están creando un clima de odio que puede ser muy peligroso.
[Colbert I. King] El 16 de agosto, el pastor Steven L. Anderson, de la Iglesia Bautista de la Palabra Fiel, de Tempe, Arizona, dijo a su congregación que reza por la muerte del presidente Obama. En un sermón titulado ‘Por qué odio a Barack Obama’, Anderson predicó: "No voy a rezar por su bien. Voy a rezar para que se muera y se vaya al infierno".
Anderson no es el único clérigo que desea dejar viuda a Michelle Obama. En junio el Reverendo Wiley Drake, de la Iglesia Bautista First Southern, de Buena Park, California, dijo que estaba rezando por la muerte del presidente.
Anderson, sin embargo, fue explícito en su deseo. "Me gustaría que muriera de muerte natural. No quiero que sea un mártir; no necesitamos otro día festivo. Me gustaría que muriera como Ted Kennedy, de cáncer cerebral".
Plego a Dios que no responda a sus peticiones. Y ya que estoy en esto, pediré a los hombres y mujeres del Servicio Secreto que se esfuercen por proteger al presidente número 44 y su familia.
Hay algo malo que anda suelto por el país, una vileza y un odio dirigido contra Barack Obama, el primer presidente afroamericano del país, que quita el sueño. La hebra del resentimiento se teje en comentarios conservadores, en radios de extrema derecha y en programas de televisión por cable, que llegan directamente hasta el Capitolio.
Mirad el discurso de Obama en la sesión conjunta del Congreso el miércoles noche y el grosero grito "está mintiendo" de Jos Wilson, el republicano de Carolina del Sur. Mirad la bárbara conducta en los escaños republicanos.
Sirven de inspiración para los que odian a Obama.
No son solamente esos llamados a Dios para que dañe al presidente los que preocupan.
Al día siguiente del sermón de Anderson ‘Por qué odio a Barack Obama’, Chris Broughton, miembro de la congregación de Anderson, se apareció con un AR-15 y una pistola en un discurso de Obama en Arizona -no para atacar al presidente, dijo Broughton, sino para ejercer su derecho constitucional a portar armas.
Luego están los tipos que son verdaderas bombas de tiempo.
Richard Poplawski, de Pittsburgh, dormía con un arma debajo de su almohada, odiaba a los judíos, temía que Obama estuviera tramando quitarle sus armas, y pensaba que Obama era bien tratado en la prensa porque era negro. En abril, Poplawski demostró que hablaba en serio. Disparó y mató a tres agentes de policía e hirió a un cuarto cuando llegaron a su casa en respuesta a una llamada de emergencia. Luego está George Sodini, que viajó en agosto a un gimnasio en Bridgeville, Pensilvania, abrió su bolso, extrajo un arma y mató a tres mujeres e hirió a otras nueve. Sodini había planeado el atentado en el verano, pero lo postergó, escribió en su página web, porque quería "estar libre para ver el resultado de las elecciones".
Sodini escribió sobre Obama: "Los medios liberales lo AMAN. Estados Unidos ha escogido al Hombre Negro".
Los escritos de Sodini revelan su desprecio hacia los negros y hacia las mujeres blancas que creía que jamás podría tener. Escribió que "las blancas prefieren a los negros. Prefieren a los negros antes que a los blancos. Todo papá sabe que cuando envía a su hijita a la universidad, preferirá a los negros. Lo he visto. Los negros se quedan con las mejores minas blancas".
Infuriado por el rechazo sexual y su odio hacia los negros, Sodini abrió fuego contra las que asistían a una clase de gimnasia llena de mujeres blancas que él aparentemente no podría tener nunca.
Ahora me dirán: "King, estás generalizando, te estás inventando una gran historia con ejemplos pequeños y aislados. Gente como Anderson, Broughton y Drake, y agresores como Poplawski y Sodini, son chiflados, no representan a nadie sino a sí mismos. La mayoría de la gente que se opone a Obama no lo quieren matar. No desean que sufra ni él ni su familia ningún daño físico". No lo voy a discutir.
Sin embargo, diré que desde que fue elegido se han dicho muchas palabras odiosas sobre Obama: palabras que inflaman y que inspira el tipo de odio que se escupe desde esos dos púlpitos en Arizona y California.
Los descerebranos de extrema derecha no ven al presidente como un rival político. En sus mentes, Barack Obama es el enemigo. Para ellos, es peligroso y perjudicial para el país.
¿Tiene la gente que piensa como Anderson y Drakes el derecho a decir que odian a Obama y quieren que muera? Sí. ¿Tienen Poplawski y Sodini derecho a arremeter contra la prensa ‘liberal’ y exponer sus puntos de vista racistas? Ciertamente.
Sin embargo, la profundidad de la hostilidad es extraordinaria.
Dijo el presentador de un programa de entrevistas de derecha que se oponía a que los estudiantes vieran el discurso sobre educación del presidente: "El 8 de septiembre debe ser un día de cimarra con aprobación de los padres. Usted es el tutor moral de sus hijos, no ese turbio abogado de Chicago". Y leí en el email de un padre a la página web de un canal de Florida: "Así es como Hitler llegó al poder en Alemania, predicando entre los más vulnerables de la sociedad".
¿Calumnias? ¿Paranoia? Para los oídos de los imitadores de Lee Harvey Oswald es música celestial.
Si el presidente de Estados Unidos llegara a necesitar alguna vez oraciones sinceras, este es el momento.

28 de septiembre de 2009
12 de septiembre de 2009
©washington post
©traducción mQh
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hundidos en honduras


Si se celebran elecciones, los golpistas habrán ganado.
[Santiago O’Donnell] Seguramente Manuel Zelaya nunca imaginó que un día su país ocuparía un lugar central en la agenda internacional. Honduras ya es no sólo una referencia obligada en las reuniones de la OEA y las cumbres de Unasur. Importantes presidentes se han ocupado del tema esta semana en la Asamblea General de Naciones Unidas, en el Consejo de Seguridad y, aunque no lo hicieron en público, también en la cumbre del G-20. Hasta los presidentes africanos podrían sumar su condena al golpe en la cumbre sur-sur que empezó ayer en la Isla de Margarita.
Pero a pesar de las presiones de la comunidad internacional, que a partir de esta semana incluye la amenaza del uso de fuerza, la dictadura sigue en pie, sin fisuras aparentes y sin ceder ni un ápice en su postura negociadora. La única concesión que está dispuesta a hacer es la misma de siempre: ofrece la renuncia del dictador Micheletti para que sea reemplazado por un títere del régimen hasta que el nuevo presidente electo asuma en enero. A cambio exige nada menos que la legitimación de las elecciones de noviembre para así dar por terminada la crisis. Por suerte la comunidad internacional no compró. Entonces la dictadura juega a estirar la situación para acortar el mandato de Zelaya, el presidente derrocado hace ya tres meses, ante la eventualidad de una improbable restitución.
Aunque la situación política de Honduras en lo sustancial no ha cambiado, o no todavía, hubo dos novedades importantes esta semana que aumentaron de manera significativa la presión sobre el régimen golpista. La primera, claro, es la aparición de Zelaya en la embajada brasileña. La segunda es la intervención del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas exigiendo respeto por la integridad territorial de esa sede diplomática.
La versión oficial que difundió Itamaraty dice que Zelaya se apareció en la embajada sin aviso y golpeó la puerta. La realidad es muy distinta. Lo dice el sentido común y lo confirman dos fuentes muy bien informadas, una en Washington y otra en Brasilia. En realidad se trató de una iniciativa brasileña para torcer el rumbo de una situación que se le escapaba de las manos. Zelaya, asegura una de esas fuentes, se mantuvo en contacto permanente con autoridades brasileñas, desde que inició su retorno hasta que llegó a la embajada. Incluso algunas de esas comunicaciones habrían sido interceptadas y no sería extraño que se den a conocer en un futuro no muy lejano.
Tampoco parece probable que la movida brasileña sea una respuesta política a la instalación de bases estadounidenses en Colombia, o el tan mentado relanzamiento de la IV Flota de la Armada norteamericana. Estados Unidos tenía conocimiento previo y había aprobado la movida brasileña, confirman las fuentes. Ambos países han coordinado sus movimientos a lo largo de toda la crisis y esa coordinación se hizo aún más evidente desde la vuelta de Zelaya.
El de Washington fue uno de los primeros gobiernos en reclamar respeto por el santuario diplomático brasileño. Además, la embajada estadounidense fue la primera en mandar víveres cuando los golpistas le cortaron el agua y la luz al refugio del presidente derrocado, informa una fuente hondureña instalada en la embajada brasileña. Además, para no dejar dudas, el canciller brasileño Celso Amorim se apuró en aclarar que Brasil no asumiría un rol de mediador en el conflicto, sino que ese rol quedaba en manos del delegado de Estados Unidos, Oscar Arias, presidente de Costa Rica. También negocian el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza; el embajador estadounidense en Tegucigalpa, Hugo Llorens, y últimamente se han sumado a la mesa representantes del Centro Carter, la ONG liderada por el ubicuo ex presidente estadounidense. Todos ellos tienen línea directa con el Departamento de Estado.
La movida de Zelaya es más bien fruto de un acuerdo entre Brasilia y Washington en sintonía con los principales discursos de política exterior pronunciados por Obama desde que llegó a la Casa Blanca. Tanto en la cumbre del G-20 en Londres como en la cumbre de la OTAN en Estrasburgo, el presidente estadounidense dijo que su país ha perdido influencia y ya no puede ser la policía del mundo, por lo que la nueva política de seguridad internacional consiste en forjar alianzas estratégicas con potencias afines en las distintas regiones del mundo.
Pero la alianza estratégica Estados Unidos-Brasil no empezó con Honduras ni tampoco con Obama. Según documentos recientemente desclasificados, ya en la década de los ’70 Kissinger lo instaba a Nixon a apoyar a la dictadura brasileña para que coordinara la lucha antiguerrillera en toda la región. Y fue Lula quien consoló en su tierra a George W. Bush después de la paliza que éste recibiera en la cumbre de Mar del Plata del 2005. Y fue Lula quien dos años más tarde volvió a recibir a Bush para acordar un reparto del incipiente mercado mundial de biocombustibles.
Lo que nadie discute es que Brasil dio un paso importante esta semana para reafirmar su rol de potencia emergente y líder regional. "Esto es Brasil potencia, Brasil interlocutor mundial, Brasil marcando un rol predominante que consolida su esfera de influencia en América latina", dice admirada la fuente diplomática con sede en Washington.
En realidad, el proyecto de integración regional liderado por Brasil en la última década terminaba en el estrecho de Panamá, ante la evidencia de que México, Centroamérica y el Caribe habían caído irremediablemente bajo la esfera de dominio hegemónico de Estados Unidos. Siendo Estados Unidos el destinatario casi exclusivo de las exportaciones y los flujos migratorios de esos países, y fuente de las remesas y la asistencia crediticia que sostienen a sus economías, era difícil imaginarse cómo países como Honduras podrían sumarse a un bloque regional con pretensiones autonómicas, como el que soñaba Lula. Por eso Brasil privilegió a la Unasur sudamericana como instrumento de integración en desmedro del Grupo Río latinoamericano.
Pero tal como sucedió en los ’80, cuando Brasil integró el Grupo Contadora, ahora vuelve a intervenir en Centroamérica por la sencilla razón de que los acontecimientos que ocurren allí afectan irremediablemente a sus vecinos sudamericanos, por causa de las raíces políticas y culturales compartidas. Algo similar ocurre en el Caribe, donde en la década pasada Brasil aceptó, a pedido de Washington, asumir el mando de la misión militar multilateral que aún interviene en Haití. Brasil no aceptó la misión para extender su influencia sobre el país más pobre de las Américas, sino para evitar el pésimo ejemplo de otra invasión yanqui en la región, aunque sea para pacificar a un país en estado de guerra civil, como era entonces Haití.
La segunda novedad de la semana con respecto a Honduras es consecuencia de la primera: el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas tomó el tema a pedido de Lula e intimó a los golpistas a que cesen las agresiones contra la embajada brasileña. El dato no es menor. "Al entrar en el Consejo de Seguridad, el tema entró en la habitación del capítulo séptimo", graficó la fuente diplomática, haciendo referencia a la cláusula que habilita una intervención militar bajo el paraguas de la ONU, que sólo puede ser invocada por un acuerdo del Consejo.
Para el veterano diplomático afincado en Washington, esto significa pasar del intento de convencer a los golpistas invocando principios democráticos, a la amenaza lisa y llana de una invasión. Fidel Castro lo entendió más rápido que nadie y un día antes de la resolución del Consejo, disparó un editorial en Cubadebate argumentando en contra de la solución militar.
Semejante desenlace suena descabellado pero no habría que descartarlo. El regreso de Zelaya tenía dos objetivos posibles. El primero sería provocar una pueblada que derrumbe el régimen. Pero si no lo pudo hacer el mes pasado, cuando fue a la frontera, cerca de las zonas rurales donde Zelaya tiene su principal base de apoyo, difícilmente lo logre en la capital, donde los golpistas cuentan con la simpatía de buena parte de la población, y donde se concentran las fuerzas encargadas de reprimir a los manifestantes.
El otro objetivo posible es provocar un ataque golpista a la embajada brasileña, que a su vez provoque una respuesta militar de fuerzas extranjeras que despejarían el camino para la restitución de Zelaya. No es la estrategia ideal, como dice Fidel, pero parece estar funcionando mejor que el operativo clamor, al menos en el plano discursivo. De ahí la importancia del pronunciamiento del Consejo de Seguridad. Atacar una embajada bancada por la máxima instancia de la ONU parecería una actitud suicida, pero la torpeza de los golpistas no tiene límites. Alguien debería explicarle al dictador Goriletti que ningún gobierno, mucho menos el suyo, tiene derecho a bombardear una embajada con gases tóxicos. Eso se llama pasarse de rosca, cruzar la raya. Cuando los nenes del Consejo de Seguridad salgan de su estupor, seguramente harán algo para que Goriletti no se la lleve de arriba.
Probablemente será una nueva amenaza, una amenaza más explícita. Pero el problema con las amenazas es que no suelen surtir efecto si quienes las lanzan no están dispuestos a concretarlas. Estados Unidos no ha tenido intervenciones militares unilaterales en la región desde la invasión de Panamá en 1989, si por intervención militar se entiende tirar tiros y no ocupar bases, armar flotas, realizar ejercicios militares, apoyar golpes, etc., etc. Según una fuente del Departamento de Estado consultada el mes pasado, esa no intervención militar directa y unilateral es una política de Estado que todos los presidentes estadounidenses han respetado, de Bush padre a esta parte.
La Organización de Estados Americanos sirvió de pantalla para los Marines que invadieron Santo Domingo en 1965, pero en la actualidad no existe ninguna disposición en el sistema de la OEA que contemple el uso de la fuerza. Si algo demostró este golpe es que la Carta Democrática del organismo interamericano no sirve para restituir a un gobierno constitucional derrocado por un golpe de Estado, justamente porque la Carta carece de capacidad coercitiva. En cambio el consejo de la ONU sí la tiene, el famoso capítulo séptimo, pero cuando la usó lo hizo para intervenir en conflictos armados, no para resolver crisis institucionales, mucho menos en un pequeño país como Honduras. Por lo tanto, llegado el caso, el Consejo tendría que desarrollar mecanismos de aplicación para el uso de fuerza que se adapten a la presente situación y que tengan en cuenta que ni Estados Unidos ni la Unasur aceptarían el despliegue de tropas extrarregionales en América latina.
Que hoy se esté hablando y, peor, pensando seriamente en una opción militar para Honduras demuestra hasta qué punto Goriletti y sus secuaces han logrado despertar a los fantasmas del pasado. Ya no hay espacio para soluciones buenas. Si llegan a las elecciones, los golpistas habrán triunfado. El golpe correctivo a plazo fijo se habrá convertido en un golpe clásico que se prolonga en el tiempo indefinidamente a través de un gobierno avalado por una elección ilegítima. Si se negocia un acuerdo que no incluye la vuelta de Zelaya con plenos poderes, también ganaron los golpistas. Si vuelve Zelaya por la fuerza, la opción militar volverá a ser viable en la región más pacífica del mundo.
Lo menos peor que puede pasar es que las amenazas del Consejo funcionen y que Zelaya vuelva por las buenas, por así decirlo. Pero aun así, el costo será inmenso: hundido en Honduras, el pomposamente nombrado "sistema interamericano", las instituciones que lo integran y la Carta Democrática que lo gobierna habrán demostrado su patética debilidad.

27 de septiembre de 2009
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el principio del fin


Posición sobre Honduras pone en riesgo credibilidad del presidente Obama.
[Atilio A. Boron] Zelaya ya está en Tegucigalpa y su ingreso a Honduras, burlando las "medidas de seguridad" instaladas a lo largo de la frontera, debería marcar el comienzo del fin del régimen golpista. Son varias las razones que fundamentan esta esperanza.
Primero, porque los gorilas hondureños y sus instigadores y protectores en Estados Unidos (principalmente en el Comando Sur y el Departamento de Estado) subestimaron la masividad, intensidad y perseverancia de la resistencia popular que, sin desmayos, manifestaría su oposición al golpe de Estado. En realidad, tamaño rechazo no estaba en los cálculos de nadie, si nos atenemos a la historia contemporánea de Honduras. Pero el nuevo rumbo decidido por Zelaya: su positiva respuesta ante largamente postergados reclamos populares tuvieron un efecto pedagógico impresionante y desencadenaron una reacción popular inesperada para propios y ajenos.

Segundo, el régimen golpista demostró ser incapaz de romper un doble aislamiento. En el frente interno, quedó en evidencia que su base social de sustentación se reducía a la oligarquía y algunos grupos subordinados a su hegemonía, incluyendo los medios de comunicación dominados sin contrapeso por el poder del capital. En el flanco internacional el aislamiento de Micheletti y su banda es casi absoluto: salvo poquísimas excepciones toda América latina y el Caribe retiró sus embajadores, y lo propio hicieron varios de los países más gravitantes de Europa. La misma OEA adoptó una línea dura en contra del régimen y, a poco andar, el único apoyo externo con que contaba el gobierno provenía de Estados Unidos. Este, sin embargo, siguió una trayectoria declinante que se fue acentuando con el paso del tiempo.

Tercero, porque las ambiguas políticas del gobierno de Estados Unidos –producto de la puja interna dentro de la administración– que facilitaron la perpetración del golpe de Estado fueron definiéndose en una dirección contraria a los intereses de los usurpadores. Si el inicial rechazo al golpe manifestado por Obama fue luego atenuado y entibiado por su antigua (¿y actual?) rival, la secretaria de Estado Hillary Clinton, el carácter indisimulablemente retrógrado de Micheletti y su entorno, así como la interminable sucesión de exabruptos e insultos dirigidos a Obama cada vez que la Casa Blanca expresaba alguna crítica a Tegucigalpa, fueron creando una atmósfera cada vez más antagónica en relación con los golpistas.

Cuarto y último, el régimen instaurado el 28 de junio constituye un serio dolor de cabeza para Obama porque desmiente enfáticamente sus promesas de fundar una nueva relación entre Estados Unidos y los países del hemisferio. La continuidad del régimen golpista haría aparecer a Obama como un político irresponsable y demagógico o, peor aún, como alguien incapaz de controlar lo que hacen y dicen sus subordinados en el Pentágono, el Comando Sur y el Departamento de Estado. Y esto se liga con otro asunto sumamente importante y que excede el marco de la política hemisférica: su credibilidad en la arena internacional. Al mostrar su impotencia para controlar lo que ocurre en su "patio trasero" los gobernantes de otros países –especialmente China, Rusia e India– tienen razones para sospechar que tampoco será capaz de controlar a los sectores más belicistas y reaccionarios de Estados Unidos, para quienes sus promesas de alentar el multilateralismo equivalen a una capitulación incondicional ante sus odiados enemigos. Esto es particularmente grave en momentos en que Obama está negociando con Rusia un nuevo acuerdo para reducir el arsenal nuclear de ambos países. El fracaso de este acuerdo tendría un costo económico enorme sobre el presupuesto público en momentos en que ese dinero se necesita para aventar los riesgos de una profundización de la crisis estallada en el 2008. Pero para persuadir a los rusos de que su plan de reducción de armamentos es viable tiene primero que demostrar que está en control de la situación y que sus halcones dentro del Pentágono no le quebrarán la mano. Cada día que permanezca Micheletti en el poder equivale a un mes más de difíciles conversaciones con Medvedev y Putin para convencerlos de que sus promesas se traducirán en hechos. Porque si no puede controlar a los suyos en Honduras, ¿podrá hacerlo cuando se trate de una cuestión estratégica y vital para la seguridad nacional de Estados Unidos?

23 de septiembre de 2009
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los problemas del viejo golpismo


El golpe de Micheletti demostró también que en todas estas sociedades sigue palpitando la tentación del golpismo frente a los procesos de cambio.
[Luis Bruschtein] América latina necesita la derrota del golpe hondureño para desalentar cualquier ilusión de regresar a una práctica que asoló la región durante décadas. Necesitaba el regreso de Manuel Zelaya, tanto como los hondureños mismos. Por eso la decisión comprometida de Lula, acompañado por el gobierno argentino y los de la mayoría de la región. Si se aceptaba la permanencia de Micheletti hasta las próximas elecciones, aunque sólo fueran unos pocos días, se habría legitimado el golpismo al darle un triunfo.
Aunque civil, Roberto Micheletti es un golpista latinoamericano clásico: gorila, anticomunista y proclive a la hegemonía de Washington en la región. Da la impresión de que los paralelismos llegan hasta allí. Porque Zelaya no es la víctima típica del golpismo sino que se trata de un hombre que llegó desde la derecha y en la marcha fue virando tibiamente hacia la izquierda.
Otra diferencia importante fue la reacción de los gobiernos latinoamericanos reunidos en la Unasur. La mayoría de las veces, las víctimas de los golpes eran la mancha blanca en el mapa, rodeados de regímenes protofascistas que inmediatamente reconocían al nuevo gobierno de facto. Esta vez dieron su respaldo al mandatario depuesto.
En ese marco, el elemento más diferenciador ha sido por un lado Brasil y por el otro Washington. En el caso de Brasil, durante las largas décadas de golpes militares, ese país no tenía prácticamente incidencia en la región. Esta vez, Lula decidió un protagonismo muy activo por la restauración democrática. Es evidente que una vez que Brasil optó por la integración, su peso se hace sentir y un síntoma muy claro es que Zelaya eligió su embajada.
Que se haya refugiado en la Embajada de Brasil, que desde allí haya realizado declaraciones y hasta actos políticos son hechos que reniegan de la explicación del canciller Celso Amorim de que Brasil "sólo le abrió la puerta". Zelaya no se hubiera movido sin tener la seguridad de que sería recibido y Brasil tampoco hubiera asumido ese protagonismo sin sondear antes a Washington. Y hasta es probable que esos antecedentes hayan sido los que convencieron al depuesto mandatario hondureño de regresar y resignar la seguridad del exilio.
Los golpistas siempre habían actuado con el respaldo de la Casa Blanca y de los demás gobiernos de la región. Esta vez, el rol de Obama ha sido diferente, a pesar de lo cual fue criticado. Sobre estas reacciones hizo una ironía: "Antes criticaban a Estados Unidos porque intervenía en la región y ahora me piden que intervenga".
Lo decía por los que le reclamaban una acción más decidida. Lo cierto es que su posición desconcertó al golpista Micheletti que ahora reclama "respeto a la soberanía de Honduras". La estrategia para el golpe siguió el viejo molde y una de las acciones previas había sido armar un lobby en el Congreso norteamericano. Varios senadores republicanos, encabezados por Jim DeMint, de Carolina del Sur, a los que se sumó el lobby de los cubanos de Miami, hicieron presión sobre el Departamento de Estado. Su factor de negociación sobre Hillary Clinton fue el bloqueo de la designación del nuevo encargado para América latina, Arturo Valenzuela, y la del nuevo embajador en Brasil, Tom Shannon. Tanto Valenzuela como Shannon, los dos operadores clave de la política de Obama para la región, todavía no han podido asumir porque DeMint los tiene frenados.
No hay ninguna garantía de que el consenso democrático en América latina sea eterno, y mucho menos la posición de Washington. En cambio, el protagonismo de Brasil en estas situaciones ya es algo irreversible y aunque ahora coincide con la corriente mayoritaria, tampoco hay garantías de que suceda lo mismo en el futuro.
Estas coincidencias demuestran que se trata de un momento histórico especial en el continente. Pero el golpe de Micheletti demostró también que en todas estas sociedades sigue palpitando la tentación del golpismo frente a los procesos de cambio.

23 de septiembre de 2009
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