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los últimos maharajás


[Javier Moro] La independencia de India, en 1947, dio el golpe de gracia a los últimos maharajás, 562 hombres que reinaban sobre un tercio del territorio.
El 28 enero de 1908, una española de 17 años, sentada a lomos de un elefante lujosamente enjaezado, hizo su entrada en una pequeña ciudad del norte de India. El pueblo entero estaba en la calle lanzando vítores a su paso, rindiendo un cálido homenaje a su nueva princesa, de tez tan blanca como las nieves del Himalaya. Podría parecer un cuento de hadas, pero en realidad así fue la boda de la andaluza Anita Delgado con el riquísimo maharajá de Kapurtala. Y fue el principio de una historia de amor –y traición– que se desgranó durante casi dos décadas.
He seguido los pasos de Anita Delgado por las rutas de India y de Europa, reconstruyendo con todo lujo de detalles, para mi libro ‘Pasión india', los secretos de su relación, que culminó en uno de los escándalos más sonados de la India inglesa.
Zambullirme en aquella época fabulosa, decadente e irrepetible, y explorar el mundo de los últimos maharajás, 562 hombres que a principios del siglo XX reinaban sobre un tercio del territorio de India, ha supuesto una inagotable fuente de sorpresas y de diversión. Kipling dijo que la providencia los había creado para ofrecer un espectáculo al mundo.
¡Y qué espectáculo! Con sus harenes de ‘Las mil y una noches', sus bacanales eróticas, sus pasiones por las joyas y los palacios, el flamenco y las cacerías de tigre, los caballos y los Rolls-Royce, esos hombres eran legendariamente caprichosos porque se creían de origen divino, porque los ingleses les protegían y porque el pueblo les adoraba. Unos eran cultos; otros, encantadores y seductores; otros, crueles o ascéticos; otros, un poco locos; pero, eso sí, todos excéntricos. Para ellos, la extravagancia era una forma de refinamiento.

Dieciocho años mayor que Anita Delgado, el maharajá de Kapurtala se crió en el harén, rodeado de sirvientas y niñeras en un ambiente de confort y lujo inimaginable para cualquier niño europeo. Le bastaba enseñar el pie y un criado le calzaba. Levantaba un dedo y otro acudía a peinarle.
Nunca alzaba la voz porque no era necesario. Una mirada bastaba para transmitir un deseo, inmediatamente interpretado como una orden. Hasta los sirvientes más ancianos se postraban ante el niño, tocándole los pies en signo de veneración. Su salud era seguida con la mayor atención. Una criada recogía diariamente el orinal del pequeño y escudriñaba las deposiciones con una mirada atenta. Si encontraba algo raro, le trataba inmediatamente con hierbas medicinales, y si era más grave, llamaba al médico oficial.
A los ocho años empezó a engordar, quizá porque somatizaba los problemas que suponía crecer con un pie en un mundo feudal y otro en el siglo XX. De sus tutores ingleses recibía clases de física y química, mientras que de los indios aprendía posturas del Kamasutra.
Al principio, nadie se alarmó por su sobrepeso; al contrario, el orondo heredero era decididamente un muchacho hermoso. Pero más tarde, cuando a los 10 años cruzó la frontera de los 100 kilos, cundió el pánico entre los miembros de la corte, que ya le habían elegido una primera mujer.
Su primera boda, con una joven india de alta cuna llamada Harbans Kaur, se celebró cuando ambos alcanzaron la meritoria edad de 14 años. Para entonces había logrado estabilizar su peso en 130 kilos, lo que alivió, aunque sólo fuese momentáneamente, a sus tutores y al médico.
El maharajá no vio el rostro de su amada hasta después de la ceremonia de la boda, y lo hizo a través de un espejito: "Me quedé mirando esos ojos negros, los más bonitos que había visto jamás. Luego sonreí, y ella me devolvió la sonrisa", dejó escrito en su diario.

Lo que no quedó reflejado en ningún diario fue la reacción de su joven esposa al descubrir el rostro inflado de su imberbe marido, la triple papada, los ojos alicaídos, la tripa descomunal. Ningún diario contaría en detalle lo que debió de ser su primera impresión, y luego su primera noche de amor, ella sumisa y asustada, él inexperto y peligrosamente obeso.
Lo que sí trascendió es que no consumaron el acto. De modo que a la preocupación que la corte y la familia habían sentido por la obesidad del maharajá iba a suceder ahora una profunda inquietud por su vida sexual (y por el porvenir de la dinastía).
El rumor de que el maharajá era incapaz de engendrar circulaba con insidia. Nadie dudaba de su gusto por las mujeres. Varias criadas habían contado cómo desde pequeño había intentado acercarse a ellas y, al no dejarse, había intentado comprarlas.

También era notoria su afición por las nautch-girls, bailarinas profesionales que acudían de Lahore, considerada la capital del vicio y del jolgorio. Contratadas para distraer a los soberanos, estaban también a su disposición para todo tipo de favores sexuales. No eran prostitutas en el sentido estricto, eran más bien el equivalente a las geishas japonesas. Expertas en el arte de satisfacer al hombre, de saber hablarle, de hacerle sentirse a gusto y de entretenerle, eran las encargadas de iniciar a los muchachos en el arte del sexo, así como en el uso de anticonceptivos.
Éstos variaban del coitus interruptus, que llamaban "el salto hacia atrás", a supositorios que contenían "caldo de alhelí y miel", y hasta frotarse el pene con alquitrán, lo que debía de ser contundente. Estas bailarinas-cortesanas también perfeccionaban las enseñanzas del Kamasutra. Les enseñaban que la mujer-gacela, de senos firmes, anchas caderas, nalgas redondas y yoni pequeño (casi 15 centímetros), es muy compatible en el amor con el hombre-liebre, sensible "a las cosquillas en los muslos, en las manos, bajo la planta de los pies y en el pubis".
El hombre-semental, a quien le gustan las mujeres robustas y las comidas copiosas, lo hace de maravilla con la mujer-yegua, de muslos rellenos y fuertes, cuyo sexo huele a sésamo y cuya "casa de kama tiene una profundidad de nueve dedos".
La familia del obeso maharajá confiaba en que las bailarinas podrían hacer que el maharajá funcionase. Pero el resultado era siempre el mismo: el chico tenía dificultad en copular a causa de su barriga, que ahogaba y aprisionaba el pene aunque éste estuviera en erección.
A la espera de encontrar una solución al problema, mandaban intervenir a una cortesana, cuya única y exclusiva misión era cuidar la calidad del semen real, porque de ello dependía la buena calidad de los hijos y, en consecuencia, la buena calidad del gobierno que acabarían asumiendo, de manera que vigilar el semen era, en las cortes de los maharajás, cuestión de Estado. En India siempre se ha pensado que la abstinencia provoca una acumulación excesiva de esperma, y que éste puede cortarse, exactamente igual que la leche o la mantequilla.
Por eso, esta concubina se presentaba periódicamente ante el príncipe para recoger, mediante hábiles manipulaciones, su semen en un trapito de algodón que luego quemaba en el jardín del palacio en presencia de un funcionario que ostentaba el pomposo título de guardián de las Deyecciones Reales.

Otro guardián, el de los elefantes, fue la pieza clave para solucionar el problema sexual del maharajá. El hombre declaró que los paquidermos no se reproducían en cautividad no porque fueran tímidos, sino porque necesitaban una postura y un ángulo especiales que no podían conseguir ni en el zoológico ni en las cuadras. Se le había ocurrido un truco. Había construido un pequeño montículo de tierra y piedra en el bosque detrás del palacio.
Allí, las elefantas se tumbaban y la pendiente facilitaba mucho el trabajo del macho. El resultado había sido espectacular. Los bramidos que rasgaban las tranquilas noches de Kapurtala eran buena prueba de ello, como lo era el mayor número de crías que nacían.
La declaración del guardián devolvió la esperanza a la corte. ¿Cómo aplicar su idea al caso del maharajá? La respuesta la dio el ingeniero británico J. S. Elmore, que diseñó y construyó una cama inclinada, hecha de metal y de madera con un colchón elástico, inspirada en la idea del guardián de elefantes. Las más bellas cortesanas probaron el invento con el maharajá, y la sonrisa de satisfacción que esgrimían quienes esperaban en uno de los salones del palacio a que terminase la prueba lo decía todo. ¡Qué éxito! El príncipe consiguió copular… ¡varias veces!

Nueve meses después de aquel glorioso día en la historia de Kapurtala, la joven esposa daba a luz a su primer retoño. Luego el maharajá no paró: en los años sucesivos tuvo cuatro hijos con otras cuatro esposas, sin contar con los que tuvo con sus concubinas. Éstas se sentían en general felices en el harén porque escapaban así a una vida de miseria en el campo, y porque tenían la seguridad de que, aun dejando de estar en la lista de favoritas, nunca les faltaría de nada, ni a ellas ni a sus hijos, porque así lo mandaba la tradición.
A lo que se veía obligado el maharajá para controlar la demografía del harén era a someterlas a una ligadura de trompas a partir del segundo hijo. Sus ministros, que eran hombres sofisticados, se veían a veces en la obligación de abandonar sus tareas al servicio del Estado para buscarle mujeres. "He estado en Cachemira y he traído dos chicas para su alteza", decía uno de ellos en una carta. "El problema es que nunca te libras de la sospecha por parte del rajá de que uno mismo también las haya disfrutado".

Pero las extravagancias del maharajá de Kapurtala eran menudencias comparadas con las de sus colegas, algunos de los cuales se hicieron muy amigos de Anita Delgado. El nizam de Hyderabad se enamoró locamente de la española. Le hizo suntuosos regalos, que viniendo de él tenían un valor especial porque, a pesar de ser considerado el hombre más rico del mundo, era de una proverbial tacañería.
¡Al final de su vida, remendaba él mismo sus calcetines! Pero el señor indiscutido de los placeres de la carne era un buen amigo del maharajá, y además vecino suyo. Con sus 130 kilos y los bigotes erguidos como dos cuernos, el maharajá de Patiala era conocido por su enorme apetito respecto a la comida (era capaz de zamparse tres pollos seguidos) y al amor (su harén llegó a contar 350 esposas y concubinas).
Era un hombre que ardía con pasión animal, un hombre que en una ocasión no dudó en ordenar una incursión armada en las tierras de su primo el rajá de Nabha para raptar a una chica rubia y de ojos azules que había avistado cuando cazaba. Ni él mismo sabía el número de hijos que tenía. Un visitante a Patiala contó un día 53 cochecitos de niños aparcados frente a su palacio. Lo mismo sucedía en Kapurtala, a una escala menor.

Los maharajás de Patiala y Kapurtala acabaron haciéndose muy famosos en Europa: por ser sijs, por ser monarcas de dos Estados de Punjab y por tener fuerte personalidad y presencia. La prensa aludía a una supuesta rivalidad entre ambos, pero dicha rivalidad nunca existió. A pesar de sus similitudes, eran personajes muy distintos. El número de concubinas del de Kapurtala nunca se acercó al de Patiala.
Éste era mucho más rico, más ostentoso y más guerrero. Era fanático del polo; Kapurtala lo era del tenis. El estilo de Patiala era el de un monarca oriental; Kapurtala quería parecerse más a un rey de Francia y se hizo un palacio inspirado en Versalles.

Las aptitudes para el sexo que el maharajá de Patiala manifestó desde niño dejaban perplejos a los timoratos funcionarios ingleses. Coleccionaba mujeres como quien colecciona trofeos de caza, a diferencia de su colega de Kapurtala, que era enamoradizo y capaz de ser fiel durante un cierto tiempo. Además disfrutaba con la compañía de mujeres atractivas e inteligentes, y procuraba mantener siempre la amistad aun después de haberse acabado la relación sentimental.
Al de Patiala sólo le interesaba el sexo. Durante los tórridos veranos invitaba a sus amigos a bañarse en su gigantesca piscina y les gratificaba con la presencia en el agua de jóvenes bellezas con el pecho desnudo, vestidas con un simple pareo de algodón. Bloques de hielo refrescaban el agua, y el monarca nadaba feliz, subiendo de vez en cuando al borde de la piscina para sorber un trago de whisky o tocar un pecho al azar.
En lo que ambos príncipes colaboraban –porque lo necesitaban para su ritmo de vida– era en conseguir todo tipo de afrodisiacos. Aparte de saber cuáles eran los mejunjes más eficaces y las sustancias susceptibles de prolongar la erección, también les interesaba descubrir si existía alguna manera de devolver la juventud a una amante entrada en años para que siguiera atrayéndoles como el primer día.
Gracias al contacto proporcionado por su amigo el maharajá de Kapurtala, el de Patiala contrató a unos médicos franceses, entre los que se encontraba el doctor Joseph Doré, de la Facultad de Medicina de París. Él se encargaba de las operaciones más serias, incluyendo las ginecológicas, a las que el maharajá, dato curioso, le gustaba asistir. De modo que convirtió un ala de su palacio en un laboratorio cuyas probetas y tamices produjeron una exótica colección de perfumes, lociones y filtros.
Pero no era suficiente para multiplicar el vigor sexual que necesitaba. Al final, los médicos franceses trajeron una máquina de radiaciones. Sometieron al príncipe a un tratamiento de radio, garantizándole que aumentaría "el poder espermatogénico, la capacidad de los testículos y la estimulación del centro de erección".
Pero no era la pérdida de calidad de su esperma lo que afligía al maharajá de Patiala, sino otro mal que afectaba a muchos de sus colegas: el aburrimiento y un monumental egocentrismo. Cuando, años más tarde, un periodista le preguntó: "Alteza, ¿por qué no industrializa Patiala?", el maharajá, como si le hubieran hecho una pregunta estúpida, respondió: "Porque entonces será imposible conseguir cocineros y sirvientes. Todos se pasarían a la industria. ¡Sería un desastre!".
Generalmente, cuanto más ricos y poderosos, más excéntricos se mostraban. Un príncipe de un Estado del sur, gran cazador de tigres, acusado de utilizar bebés como cebo, se disculpó con el argumento de que no había fallado un solo tigre en toda su vida, lo que era cierto. El maharajá de Gwalior mandó traer una grúa especial para izar sobre el tejado de su palacio al más pesado de sus elefantes, con el resultado de que el tejado se hundió y el animal acabó herido.
Alegó que había decidido comprobar la solidez del tejado de su palacio porque había comprado en Venecia un candelabro gigantesco para rivalizar con los que colgaban de los techos del palacio de Buckingham.

Ese mismo maharajá era tan aficionado a los trenes que había mandado fabricar uno en miniatura cuyas locomotoras y vagones circulaban sobre una red de rieles de plata maciza entre la cocina y la inmensa mesa de comedor de su palacio. El cuadro de mandos estaba instalado en el lugar donde se sentaba.
Manipulando manivelas, palancas, botones y sirenas, el maharajá regulaba el tráfico de los trenes que transportaban bebidas, comida, cigarros o dulces. Los vagones-cisterna, llenos de whisky o de vino, se detenían ante el comensal que hubiera pedido una copa. La fama de ese tren llegó hasta Inglaterra, cuando una noche, durante un banquete ofrecido a la reina María, a causa de un cortocircuito en el cuadro de mandos las locomotoras se lanzaron desbocadas por el comedor, salpicando vino y jerez, proyectando pinchos de queso con espinacas y pollo al curry sobre los trajes de las señoras y los uniformes de los caballeros. Fue el accidente de ferrocarril más absurdo de la historia.

Las extravagancias no tenían límite. Un maharajá de Rajastán llevaba todos sus asuntos, incluidos los consejos de ministros y los juicios, desde el cuarto de baño porque era el lugar más fresco de palacio. Otro se excitaba sexualmente con los gemidos de las parturientas. El maharajá Jay Singh de Alwar, que compraba los Hispano-Suiza de tres en tres, los mandaba enterrar ceremoniosamente en las colinas alrededor de su palacio a medida que se iba cansando de ellos.
En el olimpo de las extravagancias, las del nabab de Junagadh, un pequeño Estado al norte de Bombay, destacaban sobre las demás. El príncipe tenía pasión por los perros, de los que llegó a tener 500. Había instalado a sus favoritos en apartamentos con electricidad, donde eran servidos por criados a sueldo.
Un veterinario inglés con especialidad canina dirigía un hospital únicamente para atenderles. Los que no tenían la suerte de salir con vida de la clínica eran honrados con funerales al son de la Marcha fúnebre de Chopin. El nabab saltó a la fama nacional cuando se le ocurrió celebrar el matrimonio de su perra Roshanara con su labrador preferido, llamado Bobby, en el transcurso de una grandiosa ceremonia a la que invitó a príncipes y dignatarios, incluido el virrey británico, quien declinó la invitación "con gran pesar". Cincuenta mil personas se apiñaron a lo largo del cortejo nupcial.
El perro iba vestido de seda y llevaba pulseras de oro, mientras la novia, perfumada como una mujercita, lucía joyas con pedrería. Durante el banquete sentaron a la feliz pareja a la derecha del nabab y luego fueron conducidos a uno de los apartamentos para que consumaran allí su unión.
A principios del siglo XX, conseguir casarse con una europea se convirtió en una excentricidad más. Para todos esos príncipes, expertos en el arte de amar, la mujer blanca era el más preciado de los trofeos porque encarnaba todo el misterio, la emoción y el placer que ofrecía Occidente, un mundo nuevo del que de alguna manera deseaban apropiarse. También porque era el más difícil de obtener. Poseer una mujer blanca era considerado un símbolo exterior de gran lujo y exótico esplendor.

Cuando el maharajá de Kapurtala se enamoró de Anita Delgado había dejado de ser obeso y lucía la imponente silueta con la que se dio a conocer en toda Europa. También se habían atemperado sus ardores sexuales y mostraba una decidida inclinación por la monogamia. Pero su boda, una de las primeras entre un príncipe indio y una europea, fue considerada una afrenta tanto por los británicos como por su familia.
Sus otras mujeres no entendían por qué la española no estaba obligada a vivir en el harén. Por otra parte, los británicos estaban desconcertados. La súbita pasión por mujeres blancas amenazaba con trastornar el orden social de la Inglaterra victoriana. La unión entre europeas y príncipes indios implicaba el reconocimiento de una igualdad física y emocional que cuestionaba la jerarquía racial y de clase del imperio.
Aparte de ser considerada una aberración moral, la mezcla de razas podía crear una clase de anglo-indios capaces en el futuro de desafiar al poder británico. Algo parecido les había sucedido en América con la emergencia de una clase de colonos que había socavado el gobierno de los ingleses, para su gran humillación. No estaban dispuestos a que ocurriese lo mismo en India, la joya de la corona.
El problema es que no sabían muy bien cómo lidiar con ese ejército de manicuras, bailarinas, colegialas y mujeres europeas y americanas de dudosos antecedentes que seducían a los príncipes de su imperio. Tratar de impedir esas uniones era un poco como poner puertas al campo.

A Anita le hicieron la vida imposible, negándose a reconocer la validez de su matrimonio. Pero ella era tan seductora y tan distinta al resto de las mujeres, ya fuesen indias o europeas, que hasta los británicos que la denostaban ardían en ganas de conocerla. Su marido la apoyó siempre, lo que le valió serios enfrentamientos con las autoridades británicas.
El maharajá no dudó, en múltiples ocasiones, en recordarle al virrey que hubo un tiempo, al principio de la colonización, en que los ingleses no vivían como una minoría encerrada en sus cuarteles, sus fuertes y sus palacios, horrorizados ante la idea de mezclarse con los demás. Eran hombres que llegaban a un país que arrastraba una civilización vieja de 10.000 años, refinada y tolerante en las costumbres; fruto de una intensa mezcla de culturas, etnias y religiones.
Una civilización que les había enseñado la higiene y el amor. ¿Acaso las indias no comparaban a los soldados británicos con gallitos de pueblo a causa de su brusquedad sexual? Gracias a las mujeres indias, los ingleses pudieron dar rienda suelta a las fantasías eróticas más sofisticadas.

¡Cómo le gustaba repetirle al virrey la historia de sir David Ochterlony, máxima autoridad británica en Delhi en tiempos del imperio mogol, que recibía tumbado en el diván, fumando un narguilé, tocado de un gorro mogol, vestido con un faldón de seda y siendo abanicado por criados con plumas de pavo real! Todas las noches, sus 13 mujeres le seguían en procesión por toda la ciudad, cada una montada en su propio elefante. Aquellos ingleses, que habían venido a conquistar, se habían dejado conquistar por India.
El maharajá de Kapurtala siempre creyó que ambos mundos eran complementarios, que se necesitaban el uno al otro y que tarde o temprano acabarían fundiéndose. Dedicó toda su vida a colmar el abismo que separaba a Oriente de Occidente, y en el que él y su mujer Anita estaban atrapados.
Fue el monarca que más tiempo reinó: 55 años. Murió cuando India acababa de alcanzar la independencia. A su funeral acudieron más de un millón de personas. Olvidadas las excentricidades, venían a honrar la memoria de un príncipe abierto y progresista que dotó a su reino de escuelas, hospitales y tribunales de justicia, y que siempre veló por el buen entendimiento entre las distintas comunidades religiosas y étnicas.
El imborrable recuerdo que dejó entre su pueblo perdura hasta hoy. Muchos otros príncipes fueron hombres justos y buenos gobernantes, lo que explicaría que en mil años de historia ni un solo maharajá fuese asesinado por sus súbditos. Desde nuestra época globalizada y violenta, los gloriosos días del esplendor de los maharajás parecen tan lejanos como los de los emperadores mogoles. Siempre permanecerá el brillo de su recuerdo, como las joyas que guardaban en cofres de sándalo y que siguen centelleando, a pesar del polvo y la decrepitud, en el firmamento de la historia.

El libro ‘Pasión india' (Seix Barral), escrito por Javier Moro, en el que se recoge la historia de los maharajás, sale a la venta esta semana.

©El País
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se suicida coronel implicado en asesinatos


[José Miguel Wilson y Alejandra Clavería] Se suicida coronel (R) procesado por Guzmán en caso Conferencia. Germán Barriga, de 59 años, se arrojó ayer al vacío desde el piso 18 de un edificio recién construido. El ex uniformado, quien perteneció a la Dina y a la CNI, estaba encausado por la desaparición de la cúpula del Partido Comunista en 1976.
Santiago, Chile. Concurrió pasadas las 10 de la mañana a un edificio en Las Condes, en Los Militares con Pío XI, con la intención aparente de comprar un departamento justo detrás de la Escuela Militar, donde se había graduado como oficial a mediados de la década del 60. Sin embargo, era otra la idea que tenía en mente el coronel (R) Germán Jorge Barriga Muñoz, de 59 años, quien se lanzó al vacío desde el piso 18 del inmueble recién construido, supuestamente agobiado por problemas personales y judiciales.
Ex miembro de la Dina y de la CNI, Barriga había sido procesado en junio de 2003 por el juez Juan Guzmán, quien lo acusaba de haber participado en la desaparición de nueve dirigentes del PC que encabezaban la dirección clandestina del partido en 1976, entre ellos Jorge Muñoz, el esposo de Gladys Marín.
Aunque las causas del suicidio no están del todo claras aún, cercanos a Barriga afirman que el ex oficial pasaba por una difícil situación personal. En los últimos años había enfrentado al menos cuatro ‘funas', como son llamadas las manifestaciones de organismos de derechos humanos contra ex funcionarios ligados a los aparatos represivos. Producto de ellas, afirmaron fuentes cercanas, el coronel (R) habría perdido en varias oportunidades su trabajo. A eso se sumaba el delicado estado de salud de su esposa, aquejada de cáncer.
Vecinos de un departamento que Barriga ocupaba hasta hace unos años en avenida Irarrázaval recordaron a Barriga como una persona activa, que incluso fue dirigente de la junta de vigilancia. Allí vivió cerca de dos años, pero luego de la última ‘funa', en la que manifestantes rayaron las paredes del edificio con su nombre, aludiendo a su pasado, decidió emigrar.
El comandante en jefe (s) del Ejército, general Javier Urbina, expresó preocupación por el suicidio. "El coronel Barriga estaba en varios procesos de derechos humanos y seguramente es un tema que lo venía afectando hacía mucho tiempo. El sufría de una depresión, y nos preocupa mucho nuestro personal que esté expuesto a cualquier situación procesal, judicial o de otro tipo personal", dijo Urbina, en una ceremonia para recibir a efectivos que retornaban de la misión en Haití.
Las palabras de Urbina expresaron el malestar del Ejército por la tardanza de las casi 390 causas pendientes de derechos humanos, que actualmente comprometen a cerca de 400 ex uniformados. "Hay gente que está muriendo todos los días", dijo el general Cheyre en septiembre pasado, aludiendo a la cantidad de ex uniformados que han fallecido a la espera del cierre de los procesos. La institución ha hecho saber su interés de que se impulsen algunas iniciativas, como la rebaja de penas a quienes colaboren, que permitirían dinamizar los juicios, pero que se encuentran entrampadas en su discusión parlamentaria.
Barriga nació en Valdivia el 4 de diciembre de 1945, y a mediados de la década del 60 ingresó a la Escuela Militar. Del arma de Infantería, para el golpe de 1973 tenía el grado de capitán. Organismos de derechos humanos afirman que poco después se integró a la Brigada de Inteligencia Metropolitana de la Dina, y luego a la Brigada Purén, encargada de la represión de la cúpula del Partido Comunista.
Tras la disolución del organismo que encabezaba el general Manuel Contreras, Barriga habría integrado la CNI durante buena parte de los 80. En 1990 ejerció como comandante de un regimiento de Infantería en Calama, y luego fue destinado a la Dirección de Movilización Nacional. Tiempo después pasó a retiro.

20 de enero de 2005
©la tercera

atrocidades de dictadura argentina


Aunque ahora lo niega, Scilingo detalló partos clandestinos. El ex marino argentino describió el sistema de robo de bebés nacidos en la ESMA en su confesión de 1997 ante el juez Garzón, y que hoy escuchó en Madrid en el quinto día de su juicio por genocidio.
Madrid, España. Sentado frente al tribunal de la Audiencia Nacional, principal instancia penal española, que lo juzga desde el 14 de enero, bebiendo cada tanto agua con azúcar debido a la huelga de hambre que dice cumplir desde el 8 de diciembre o consultando papeles, Adolfo Scilingo escuchó parte de la confesión que el 8 y el 9 de octubre de 1997 hizo al juez español, de la que se retractó poco después y nuevamente esta semana.
En esa confesión, el ex capitán de corbeta afirmaba que durante su paso por la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) entre 1977 y 1978, "estaba enterado de todo" lo que ocurría en ese centro clandestino de detención del régimen militar argentino.
"Yo almorzaba y cenaba con todos en la cámara de oficiales, estuve un año comiendo con ellos", decía Scilingo en aquella confesión grabada, de la cual el jueves se escucharon tres horas.
En esas ocasiones se enteraba de que había nacido un bebé, ejemplificaba Scilingo hace siete años.
Le constaban tres nacimientos: "el de María Marta Vázquez de Ocampo, el de Cecilia Viñas y el de una chica de apellido Fontana", relataba, según la grabación escuchada en la primera sesión de hoy.
El ex marino, que ahora tiene 58 años, explicaba que había "un registro" de bebés nacidos en cautiverio y que "las familias de marinos que quisieran adoptarlos debían conectarse con el grupo de tareas" y en particular al capitán de fragata Jorge "Tigre" Acosta, que era quien llevaba "la voz cantante" en ese asunto.
Aunque también estaban al tanto de los nacimientos el almirante Rubén Chamorro, jefe de la ESMA, el capitán de navío Jorge Vildoza y el entonces comandante en jefe de la Armada, Emilio Massera, añadió.
En la ESMA existía "un plan preconcebido" para que los bebés fueran entregados a familias de la marina con el fin de que "no se contaminaran", explicaba Scilingo, en una confesión en la cual también brindó detalles del funcionamiento de los grupos de tareas, del organigrama de la ESMA, del robo de automóviles de los detenidos y del expolio de sus bienes.
"Le consta que hubo listas y controles de apropiaciones de niños en la ESMA?", le preguntó entonces el juez Garzón a Scilingo. "Sí, hubo registros", respondía el ex militar, encarcelado una primera vez en España entre 1997 y 1998, y a partir de 2001 para evitar el riesgo de que se fugara.
Pero siete años después, Scilingo niega todo aquello.
"Puede ser que haya escuchado de un parto (en la ESMA)", afirmó Scilingo el miércoles, al ser interrogado por los abogados de la acusación, que probablemente el viernes llamarán al estrado al periodista argentino Horacio Verbitsky, autor del libro "El vuelo", sobre los vuelos de la muerte, en los que también dijo participar Scilingo, pero luego lo negó.
Según organismos de derechos humanos, más de 500 niños fueron robados a familias de desaparecidos durante la dictadura argentina, muchos de ellos nacidos en cautiverio. Unos 30 podrían estar viviendo en España, según la organización HIJOS.
Siempre según aquella confesión, Scilingo afirmaba que siendo la ESMA "una organización militar, de cada persona se hacía una ficha con el número de la persona, desde que ingresaba hasta que se iba".
Estas tarjetas, que cifró en "5.500" Y que fueron "microfilmadas en tres rollos", eran manejadas por los miembros de inteligencia de la ESMA, por donde pasaron 5.000 de los 30.000 desaparecidos de la dictadura, según entidades humanitarias.
En esa confesión, el ex marino afirmaba que sabía de la desaparición de la sueca Dagmar Hagelin y de las dos monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet, o que asistió a una sesión de tortura.
Scilingo, primer ex represor argentino que es juzgado en presencia en un tribunal extranjero, se enfrenta a 6.626 años de cárcel por delitos de genocidio en concurso con 30 delitos de asesinato, 93 de lesiones, 255 de terrorismo y 286 de torturas.
Partes de la confesión seguían escuchándose en la segunda sesión de hoy, iniciada pasadas las 16H30 locales (15H30 GMT).
Desde el lunes, cuando empezaron los interrogatorios de la acusación, el ex marino insiste en que dijo "tres millones de disparates" por "odio y venganza" hacia Massera. "A partir del momento en que me procesan, decidí decir la verdad" y negar todo lo que había dicho anteriormente, afirmó el ayer.

20 de enero de 2005
©infobae

en alta mar patera con 10 muertos


El mal tiempo reinante en las aguas que separan Canarias del continente africano pudo ser la causa de la pérdida de la patera hallada ayer con 10 inmigrantes muertos a 300 millas al sur de las islas, de acuerdo a las primeras hipótesis, pues en la zona la situación es de marejada a mar gruesa.
Las Palmas de Gran Canaria, España. Ese estado de las aguas dificulta actualmente la búsqueda de la barca que ha iniciado en el lugar el buque hospital Esperanza del Mar, que partió ayer mismo al encuentro de los cadáveres para recogerlos y conducirlos a tierra pero, cuando llegó a la zona, se encontró con que la patera, amarrada en principio a un mercante que la halló y dio la alerta, se había soltado y quedado a la deriva.
La desaparición de la pequeña embarcación fue anunciada por el capitán del Esperanza del Mar, Roberto González, que, en conversación telefónica, relató que el incidente fue constatado en torno a las tres de la madrugada, cuando aún el buque hospital se hallaba en ruta para recoger los cadáveres y trasladarlos a tierra.
Tras conocer lo ocurrido y todavía sin saber en detalle las circunstancias en que se produjo el incidente, la tripulación del Esperanza del Mar inició las labores de búsqueda poco después de alcanzar al mercante, en torno a las 04.00 horas.
Los tripulantes del mercante que protagonizó el dramático hallazgo, ocurrido a mediodía de ayer a unas 300 millas de Gran Canaria, alertaron de los hechos a las autoridades, que organizaron entonces la partida del Esperanza del Mar a fin de que los cuerpos fueran recogidos y trasladados a la isla para su posterior sepultura.
El propio Roberto González había anticipado que esperaba llegar a la zona a las cuatro de la madrugada, izar a bordo la patera y los cadáveres y emprender el viaje de regreso a Gran Canaria, a donde estimó podría arribar pasada la medianoche próxima.
Esa previsión ha quedado desbaratada en cualquier caso a consecuencia de la desaparición de la embarcación en que se hallaron los cadáveres, sobre la cual se pedirán posteriormente más detalles a los tripulantes del mercante que la encontró inicialmente, un buque de bandera belga de nombre ‘Safmarine Nimba'.
Además, las tareas de búsqueda de la barca con los cuerpos de los inmigrantes no han tenido resultado alguno en sus primeras seis horas, y es imposible apuntar cuándo podrían dar fruto. En cuanto a la situación de la patera donde se localizaron los cuerpos, detectada al oeste de la antigua Villa Cisneros, el capitán del Esperanza del Mar indicó que, conforme a los datos recabados en principio, se encuentra en buenas condiciones.
Respecto a cuánto tiempo podría llevar en alta mar cuando fue encontrada dijo que es difícil calcularlo. Así, opinó que, si se calcula una corriente estable de nudo y medio, podría llevar hasta diez días en el mar, pero apostilló que esa estimación será probablemente incorrecta, porque los vientos de los últimos días han sido del sureste, no frecuentes en la zona.

20 de enero de 2005
©terra

gastronomía y novela negra


Los mejores del género policiaco, en Barcelona.
Barcelona, España. El escritor griego Petros Márkaris, creador del inspector Jaritos, ha aseverado que hay una novela negra mediterránea "de Portugal a Grecia" que tiene en común "la gastronomía", en contraposición a la anglosajona y nórdica "donde los personajes comen salmón con vodka o bocadillos con cerveza".
Márkaris ha participado en una mesa redonda que ha abierto el Primer Encuentro Europeo de Novela Negra en la que también han participado la escritora norteamericana Donna León, afincada en Venecia, y Francisco González Ledesma, un debate que ha sido moderado por el también escritor de género policiaco Andreu Martín.
Donna León, que ha estado de acuerdo con Márkaris ya que la gastronomía está presente también en sus novelas protagonizadas por el inspector Guido Brunetti a quien su mujer le prepara platos de la cocina italiana, ha dedicado su intervención al concepto de turismo cultural.
La escritora norteamericana, afincada en Venecia desde hace 40 años y cuyas novelas se desarrollan en esa ciudad, ha hecho un alegato en contra del turismo de "compras".
Para Donna León "es imperdonable" que alguien viaje a Venecia y dedique su tiempo a ir de tiendas "en lugar de recorrer la ciudad mas hermosa del mundo".

Crítico Gastronómico
Francisco González Ledesma ha confesado que no está dotado para la cocina, aunque llegó a ser crítico gastronómico de 'La Vanguardia', y ha apuntado que su policía, el inspector Méndez, suele comer en las viejas tabernas que había en el del barrio Chino de Barcelona donde ni la comida ni la bebida eran recomendables por su calidad.
Andreu Martin ha dado un repaso histórico a la evolución de la novela negra, de la que ha dicho que nació con 'Los crímenes de la calle Morgue', de Edgar Alan Poe y que "la pelota " ha ido pasando de Estados Unidos a Europa durante más de 100 años.
A su juicio, en la actualidad existe una mayor calidad de la novela negra europea, ya que los escritores norteamericanos se ven sometidos a una serie de reglas que le imponen las editoriales "que les fijan determinados esquemas y el número de páginas que deben tener".

La Crueldad Nórdica
Márkaris ha puntualizado que dentro de la novela negra mediterránea hay una especie de subdivisión en la que ha englobado a los autores de Portugal, España y su país, Grecia, y que se caracterizan por hablar de un pasado bajo las dictaduras de Franco, Salazar o los coroneles griegos y de la transición a la democracia, un tiempo histórico cuyas heridas reflejan los escritores en sus novelas que "siempre terminan hablando de política", algo que no ocurre con los escritores del norte de Europa.
El ejemplo más claro de este tipo de autor, según Mákaris, es el malogrado Manuel Vázquez Montalbán, quien tiene en común con otros autores mediterráneos un pasado "izquierdista" y ha apostillado que este tipo de características literarias no se puede aplicar a Francia, "ni tan siquiera a Italia".
Márkaris ha resaltado también que una de las características de la novela negra nórdica "es la crueldad de los asesinos con sus víctimas: "Nosotros [los autores mediterráneos] somos angelitos a la hora de escribir nuestros crímenes comparados con los autores anglosajones y nórdicos".

20 de enero de 2005
©el mundo"

atrocidades de dictadura argentina


Aunque ahora lo niega, Scilingo detalló partos clandestinos. El ex marino argentino describió el sistema de robo de bebés nacidos en la ESMA en su confesión de 1997 ante el juez Garzón, y que hoy escuchó en Madrid en el quinto día de su juicio por genocidio.
Madrid, España. Sentado frente al tribunal de la Audiencia Nacional, principal instancia penal española, que lo juzga desde el 14 de enero, bebiendo cada tanto agua con azúcar debido a la huelga de hambre que dice cumplir desde el 8 de diciembre o consultando papeles, Adolfo Scilingo escuchó parte de la confesión que el 8 y el 9 de octubre de 1997 hizo al juez español, de la que se retractó poco después y nuevamente esta semana.
En esa confesión, el ex capitán de corbeta afirmaba que durante su paso por la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) entre 1977 y 1978, "estaba enterado de todo" lo que ocurría en ese centro clandestino de detención del régimen militar argentino.
"Yo almorzaba y cenaba con todos en la cámara de oficiales, estuve un año comiendo con ellos", decía Scilingo en aquella confesión grabada, de la cual el jueves se escucharon tres horas.
En esas ocasiones se enteraba de que había nacido un bebé, ejemplificaba Scilingo hace siete años.
Le constaban tres nacimientos: "el de María Marta Vázquez de Ocampo, el de Cecilia Viñas y el de una chica de apellido Fontana", relataba, según la grabación escuchada en la primera sesión de hoy.
El ex marino, que ahora tiene 58 años, explicaba que había "un registro" de bebés nacidos en cautiverio y que "las familias de marinos que quisieran adoptarlos debían conectarse con el grupo de tareas" y en particular al capitán de fragata Jorge "Tigre" Acosta, que era quien llevaba "la voz cantante" en ese asunto.
Aunque también estaban al tanto de los nacimientos el almirante Rubén Chamorro, jefe de la ESMA, el capitán de navío Jorge Vildoza y el entonces comandante en jefe de la Armada, Emilio Massera, añadió.
En la ESMA existía "un plan preconcebido" para que los bebés fueran entregados a familias de la marina con el fin de que "no se contaminaran", explicaba Scilingo, en una confesión en la cual también brindó detalles del funcionamiento de los grupos de tareas, del organigrama de la ESMA, del robo de automóviles de los detenidos y del expolio de sus bienes.
"Le consta que hubo listas y controles de apropiaciones de niños en la ESMA?", le preguntó entonces el juez Garzón a Scilingo. "Sí, hubo registros", respondía el ex militar, encarcelado una primera vez en España entre 1997 y 1998, y a partir de 2001 para evitar el riesgo de que se fugara.
Pero siete años después, Scilingo niega todo aquello.
"Puede ser que haya escuchado de un parto (en la ESMA)", afirmó Scilingo el miércoles, al ser interrogado por los abogados de la acusación, que probablemente el viernes llamarán al estrado al periodista argentino Horacio Verbitsky, autor del libro "El vuelo", sobre los vuelos de la muerte, en los que también dijo participar Scilingo, pero luego lo negó.
Según organismos de derechos humanos, más de 500 niños fueron robados a familias de desaparecidos durante la dictadura argentina, muchos de ellos nacidos en cautiverio. Unos 30 podrían estar viviendo en España, según la organización HIJOS.
Siempre según aquella confesión, Scilingo afirmaba que siendo la ESMA "una organización militar, de cada persona se hacía una ficha con el número de la persona, desde que ingresaba hasta que se iba".
Estas tarjetas, que cifró en "5.500" Y que fueron "microfilmadas en tres rollos", eran manejadas por los miembros de inteligencia de la ESMA, por donde pasaron 5.000 de los 30.000 desaparecidos de la dictadura, según entidades humanitarias.
En esa confesión, el ex marino afirmaba que sabía de la desaparición de la sueca Dagmar Hagelin y de las dos monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet, o que asistió a una sesión de tortura.
Scilingo, primer ex represor argentino que es juzgado en presencia en un tribunal extranjero, se enfrenta a 6.626 años de cárcel por delitos de genocidio en concurso con 30 delitos de asesinato, 93 de lesiones, 255 de terrorismo y 286 de torturas.
Partes de la confesión seguían escuchándose en la segunda sesión de hoy, iniciada pasadas las 16H30 locales (15H30 GMT).
Desde el lunes, cuando empezaron los interrogatorios de la acusación, el ex marino insiste en que dijo "tres millones de disparates" por "odio y venganza" hacia Massera. "A partir del momento en que me procesan, decidí decir la verdad" y negar todo lo que había dicho anteriormente, afirmó el ayer.

20 de enero de 2005
©infobae

los últimos maharajás


[Javier Moro] La independencia de India, en 1947, dio el golpe de gracia a los últimos maharajás, 562 hombres que reinaban sobre un tercio del territorio.
El 28 enero de 1908, una española de 17 años, sentada a lomos de un elefante lujosamente enjaezado, hizo su entrada en una pequeña ciudad del norte de India. El pueblo entero estaba en la calle lanzando vítores a su paso, rindiendo un cálido homenaje a su nueva princesa, de tez tan blanca como las nieves del Himalaya. Podría parecer un cuento de hadas, pero en realidad así fue la boda de la andaluza Anita Delgado con el riquísimo maharajá de Kapurtala. Y fue el principio de una historia de amor –y traición– que se desgranó durante casi dos décadas.
He seguido los pasos de Anita Delgado por las rutas de India y de Europa, reconstruyendo con todo lujo de detalles, para mi libro ‘Pasión india', los secretos de su relación, que culminó en uno de los escándalos más sonados de la India inglesa.
Zambullirme en aquella época fabulosa, decadente e irrepetible, y explorar el mundo de los últimos maharajás, 562 hombres que a principios del siglo XX reinaban sobre un tercio del territorio de India, ha supuesto una inagotable fuente de sorpresas y de diversión. Kipling dijo que la providencia los había creado para ofrecer un espectáculo al mundo.
¡Y qué espectáculo! Con sus harenes de ‘Las mil y una noches', sus bacanales eróticas, sus pasiones por las joyas y los palacios, el flamenco y las cacerías de tigre, los caballos y los Rolls-Royce, esos hombres eran legendariamente caprichosos porque se creían de origen divino, porque los ingleses les protegían y porque el pueblo les adoraba. Unos eran cultos; otros, encantadores y seductores; otros, crueles o ascéticos; otros, un poco locos; pero, eso sí, todos excéntricos. Para ellos, la extravagancia era una forma de refinamiento.

Dieciocho años mayor que Anita Delgado, el maharajá de Kapurtala se crió en el harén, rodeado de sirvientas y niñeras en un ambiente de confort y lujo inimaginable para cualquier niño europeo. Le bastaba enseñar el pie y un criado le calzaba. Levantaba un dedo y otro acudía a peinarle.
Nunca alzaba la voz porque no era necesario. Una mirada bastaba para transmitir un deseo, inmediatamente interpretado como una orden. Hasta los sirvientes más ancianos se postraban ante el niño, tocándole los pies en signo de veneración. Su salud era seguida con la mayor atención. Una criada recogía diariamente el orinal del pequeño y escudriñaba las deposiciones con una mirada atenta. Si encontraba algo raro, le trataba inmediatamente con hierbas medicinales, y si era más grave, llamaba al médico oficial.
A los ocho años empezó a engordar, quizá porque somatizaba los problemas que suponía crecer con un pie en un mundo feudal y otro en el siglo XX. De sus tutores ingleses recibía clases de física y química, mientras que de los indios aprendía posturas del Kamasutra.
Al principio, nadie se alarmó por su sobrepeso; al contrario, el orondo heredero era decididamente un muchacho hermoso. Pero más tarde, cuando a los 10 años cruzó la frontera de los 100 kilos, cundió el pánico entre los miembros de la corte, que ya le habían elegido una primera mujer.
Su primera boda, con una joven india de alta cuna llamada Harbans Kaur, se celebró cuando ambos alcanzaron la meritoria edad de 14 años. Para entonces había logrado estabilizar su peso en 130 kilos, lo que alivió, aunque sólo fuese momentáneamente, a sus tutores y al médico.
El maharajá no vio el rostro de su amada hasta después de la ceremonia de la boda, y lo hizo a través de un espejito: "Me quedé mirando esos ojos negros, los más bonitos que había visto jamás. Luego sonreí, y ella me devolvió la sonrisa", dejó escrito en su diario.

Lo que no quedó reflejado en ningún diario fue la reacción de su joven esposa al descubrir el rostro inflado de su imberbe marido, la triple papada, los ojos alicaídos, la tripa descomunal. Ningún diario contaría en detalle lo que debió de ser su primera impresión, y luego su primera noche de amor, ella sumisa y asustada, él inexperto y peligrosamente obeso.
Lo que sí trascendió es que no consumaron el acto. De modo que a la preocupación que la corte y la familia habían sentido por la obesidad del maharajá iba a suceder ahora una profunda inquietud por su vida sexual (y por el porvenir de la dinastía).
El rumor de que el maharajá era incapaz de engendrar circulaba con insidia. Nadie dudaba de su gusto por las mujeres. Varias criadas habían contado cómo desde pequeño había intentado acercarse a ellas y, al no dejarse, había intentado comprarlas.

También era notoria su afición por las nautch-girls, bailarinas profesionales que acudían de Lahore, considerada la capital del vicio y del jolgorio. Contratadas para distraer a los soberanos, estaban también a su disposición para todo tipo de favores sexuales. No eran prostitutas en el sentido estricto, eran más bien el equivalente a las geishas japonesas. Expertas en el arte de satisfacer al hombre, de saber hablarle, de hacerle sentirse a gusto y de entretenerle, eran las encargadas de iniciar a los muchachos en el arte del sexo, así como en el uso de anticonceptivos.
Éstos variaban del coitus interruptus, que llamaban "el salto hacia atrás", a supositorios que contenían "caldo de alhelí y miel", y hasta frotarse el pene con alquitrán, lo que debía de ser contundente. Estas bailarinas-cortesanas también perfeccionaban las enseñanzas del Kamasutra. Les enseñaban que la mujer-gacela, de senos firmes, anchas caderas, nalgas redondas y yoni pequeño (casi 15 centímetros), es muy compatible en el amor con el hombre-liebre, sensible "a las cosquillas en los muslos, en las manos, bajo la planta de los pies y en el pubis".
El hombre-semental, a quien le gustan las mujeres robustas y las comidas copiosas, lo hace de maravilla con la mujer-yegua, de muslos rellenos y fuertes, cuyo sexo huele a sésamo y cuya "casa de kama tiene una profundidad de nueve dedos".
La familia del obeso maharajá confiaba en que las bailarinas podrían hacer que el maharajá funcionase. Pero el resultado era siempre el mismo: el chico tenía dificultad en copular a causa de su barriga, que ahogaba y aprisionaba el pene aunque éste estuviera en erección.
A la espera de encontrar una solución al problema, mandaban intervenir a una cortesana, cuya única y exclusiva misión era cuidar la calidad del semen real, porque de ello dependía la buena calidad de los hijos y, en consecuencia, la buena calidad del gobierno que acabarían asumiendo, de manera que vigilar el semen era, en las cortes de los maharajás, cuestión de Estado. En India siempre se ha pensado que la abstinencia provoca una acumulación excesiva de esperma, y que éste puede cortarse, exactamente igual que la leche o la mantequilla.
Por eso, esta concubina se presentaba periódicamente ante el príncipe para recoger, mediante hábiles manipulaciones, su semen en un trapito de algodón que luego quemaba en el jardín del palacio en presencia de un funcionario que ostentaba el pomposo título de guardián de las Deyecciones Reales.

Otro guardián, el de los elefantes, fue la pieza clave para solucionar el problema sexual del maharajá. El hombre declaró que los paquidermos no se reproducían en cautividad no porque fueran tímidos, sino porque necesitaban una postura y un ángulo especiales que no podían conseguir ni en el zoológico ni en las cuadras. Se le había ocurrido un truco. Había construido un pequeño montículo de tierra y piedra en el bosque detrás del palacio.
Allí, las elefantas se tumbaban y la pendiente facilitaba mucho el trabajo del macho. El resultado había sido espectacular. Los bramidos que rasgaban las tranquilas noches de Kapurtala eran buena prueba de ello, como lo era el mayor número de crías que nacían.
La declaración del guardián devolvió la esperanza a la corte. ¿Cómo aplicar su idea al caso del maharajá? La respuesta la dio el ingeniero británico J. S. Elmore, que diseñó y construyó una cama inclinada, hecha de metal y de madera con un colchón elástico, inspirada en la idea del guardián de elefantes. Las más bellas cortesanas probaron el invento con el maharajá, y la sonrisa de satisfacción que esgrimían quienes esperaban en uno de los salones del palacio a que terminase la prueba lo decía todo. ¡Qué éxito! El príncipe consiguió copular… ¡varias veces!

Nueve meses después de aquel glorioso día en la historia de Kapurtala, la joven esposa daba a luz a su primer retoño. Luego el maharajá no paró: en los años sucesivos tuvo cuatro hijos con otras cuatro esposas, sin contar con los que tuvo con sus concubinas. Éstas se sentían en general felices en el harén porque escapaban así a una vida de miseria en el campo, y porque tenían la seguridad de que, aun dejando de estar en la lista de favoritas, nunca les faltaría de nada, ni a ellas ni a sus hijos, porque así lo mandaba la tradición.
A lo que se veía obligado el maharajá para controlar la demografía del harén era a someterlas a una ligadura de trompas a partir del segundo hijo. Sus ministros, que eran hombres sofisticados, se veían a veces en la obligación de abandonar sus tareas al servicio del Estado para buscarle mujeres. "He estado en Cachemira y he traído dos chicas para su alteza", decía uno de ellos en una carta. "El problema es que nunca te libras de la sospecha por parte del rajá de que uno mismo también las haya disfrutado".

Pero las extravagancias del maharajá de Kapurtala eran menudencias comparadas con las de sus colegas, algunos de los cuales se hicieron muy amigos de Anita Delgado. El nizam de Hyderabad se enamoró locamente de la española. Le hizo suntuosos regalos, que viniendo de él tenían un valor especial porque, a pesar de ser considerado el hombre más rico del mundo, era de una proverbial tacañería.
¡Al final de su vida, remendaba él mismo sus calcetines! Pero el señor indiscutido de los placeres de la carne era un buen amigo del maharajá, y además vecino suyo. Con sus 130 kilos y los bigotes erguidos como dos cuernos, el maharajá de Patiala era conocido por su enorme apetito respecto a la comida (era capaz de zamparse tres pollos seguidos) y al amor (su harén llegó a contar 350 esposas y concubinas).
Era un hombre que ardía con pasión animal, un hombre que en una ocasión no dudó en ordenar una incursión armada en las tierras de su primo el rajá de Nabha para raptar a una chica rubia y de ojos azules que había avistado cuando cazaba. Ni él mismo sabía el número de hijos que tenía. Un visitante a Patiala contó un día 53 cochecitos de niños aparcados frente a su palacio. Lo mismo sucedía en Kapurtala, a una escala menor.

Los maharajás de Patiala y Kapurtala acabaron haciéndose muy famosos en Europa: por ser sijs, por ser monarcas de dos Estados de Punjab y por tener fuerte personalidad y presencia. La prensa aludía a una supuesta rivalidad entre ambos, pero dicha rivalidad nunca existió. A pesar de sus similitudes, eran personajes muy distintos. El número de concubinas del de Kapurtala nunca se acercó al de Patiala.
Éste era mucho más rico, más ostentoso y más guerrero. Era fanático del polo; Kapurtala lo era del tenis. El estilo de Patiala era el de un monarca oriental; Kapurtala quería parecerse más a un rey de Francia y se hizo un palacio inspirado en Versalles.

Las aptitudes para el sexo que el maharajá de Patiala manifestó desde niño dejaban perplejos a los timoratos funcionarios ingleses. Coleccionaba mujeres como quien colecciona trofeos de caza, a diferencia de su colega de Kapurtala, que era enamoradizo y capaz de ser fiel durante un cierto tiempo. Además disfrutaba con la compañía de mujeres atractivas e inteligentes, y procuraba mantener siempre la amistad aun después de haberse acabado la relación sentimental.
Al de Patiala sólo le interesaba el sexo. Durante los tórridos veranos invitaba a sus amigos a bañarse en su gigantesca piscina y les gratificaba con la presencia en el agua de jóvenes bellezas con el pecho desnudo, vestidas con un simple pareo de algodón. Bloques de hielo refrescaban el agua, y el monarca nadaba feliz, subiendo de vez en cuando al borde de la piscina para sorber un trago de whisky o tocar un pecho al azar.
En lo que ambos príncipes colaboraban –porque lo necesitaban para su ritmo de vida– era en conseguir todo tipo de afrodisiacos. Aparte de saber cuáles eran los mejunjes más eficaces y las sustancias susceptibles de prolongar la erección, también les interesaba descubrir si existía alguna manera de devolver la juventud a una amante entrada en años para que siguiera atrayéndoles como el primer día.
Gracias al contacto proporcionado por su amigo el maharajá de Kapurtala, el de Patiala contrató a unos médicos franceses, entre los que se encontraba el doctor Joseph Doré, de la Facultad de Medicina de París. Él se encargaba de las operaciones más serias, incluyendo las ginecológicas, a las que el maharajá, dato curioso, le gustaba asistir. De modo que convirtió un ala de su palacio en un laboratorio cuyas probetas y tamices produjeron una exótica colección de perfumes, lociones y filtros.
Pero no era suficiente para multiplicar el vigor sexual que necesitaba. Al final, los médicos franceses trajeron una máquina de radiaciones. Sometieron al príncipe a un tratamiento de radio, garantizándole que aumentaría "el poder espermatogénico, la capacidad de los testículos y la estimulación del centro de erección".
Pero no era la pérdida de calidad de su esperma lo que afligía al maharajá de Patiala, sino otro mal que afectaba a muchos de sus colegas: el aburrimiento y un monumental egocentrismo. Cuando, años más tarde, un periodista le preguntó: "Alteza, ¿por qué no industrializa Patiala?", el maharajá, como si le hubieran hecho una pregunta estúpida, respondió: "Porque entonces será imposible conseguir cocineros y sirvientes. Todos se pasarían a la industria. ¡Sería un desastre!".
Generalmente, cuanto más ricos y poderosos, más excéntricos se mostraban. Un príncipe de un Estado del sur, gran cazador de tigres, acusado de utilizar bebés como cebo, se disculpó con el argumento de que no había fallado un solo tigre en toda su vida, lo que era cierto. El maharajá de Gwalior mandó traer una grúa especial para izar sobre el tejado de su palacio al más pesado de sus elefantes, con el resultado de que el tejado se hundió y el animal acabó herido.
Alegó que había decidido comprobar la solidez del tejado de su palacio porque había comprado en Venecia un candelabro gigantesco para rivalizar con los que colgaban de los techos del palacio de Buckingham.

Ese mismo maharajá era tan aficionado a los trenes que había mandado fabricar uno en miniatura cuyas locomotoras y vagones circulaban sobre una red de rieles de plata maciza entre la cocina y la inmensa mesa de comedor de su palacio. El cuadro de mandos estaba instalado en el lugar donde se sentaba.
Manipulando manivelas, palancas, botones y sirenas, el maharajá regulaba el tráfico de los trenes que transportaban bebidas, comida, cigarros o dulces. Los vagones-cisterna, llenos de whisky o de vino, se detenían ante el comensal que hubiera pedido una copa. La fama de ese tren llegó hasta Inglaterra, cuando una noche, durante un banquete ofrecido a la reina María, a causa de un cortocircuito en el cuadro de mandos las locomotoras se lanzaron desbocadas por el comedor, salpicando vino y jerez, proyectando pinchos de queso con espinacas y pollo al curry sobre los trajes de las señoras y los uniformes de los caballeros. Fue el accidente de ferrocarril más absurdo de la historia.

Las extravagancias no tenían límite. Un maharajá de Rajastán llevaba todos sus asuntos, incluidos los consejos de ministros y los juicios, desde el cuarto de baño porque era el lugar más fresco de palacio. Otro se excitaba sexualmente con los gemidos de las parturientas. El maharajá Jay Singh de Alwar, que compraba los Hispano-Suiza de tres en tres, los mandaba enterrar ceremoniosamente en las colinas alrededor de su palacio a medida que se iba cansando de ellos.
En el olimpo de las extravagancias, las del nabab de Junagadh, un pequeño Estado al norte de Bombay, destacaban sobre las demás. El príncipe tenía pasión por los perros, de los que llegó a tener 500. Había instalado a sus favoritos en apartamentos con electricidad, donde eran servidos por criados a sueldo.
Un veterinario inglés con especialidad canina dirigía un hospital únicamente para atenderles. Los que no tenían la suerte de salir con vida de la clínica eran honrados con funerales al son de la Marcha fúnebre de Chopin. El nabab saltó a la fama nacional cuando se le ocurrió celebrar el matrimonio de su perra Roshanara con su labrador preferido, llamado Bobby, en el transcurso de una grandiosa ceremonia a la que invitó a príncipes y dignatarios, incluido el virrey británico, quien declinó la invitación "con gran pesar". Cincuenta mil personas se apiñaron a lo largo del cortejo nupcial.
El perro iba vestido de seda y llevaba pulseras de oro, mientras la novia, perfumada como una mujercita, lucía joyas con pedrería. Durante el banquete sentaron a la feliz pareja a la derecha del nabab y luego fueron conducidos a uno de los apartamentos para que consumaran allí su unión.
A principios del siglo XX, conseguir casarse con una europea se convirtió en una excentricidad más. Para todos esos príncipes, expertos en el arte de amar, la mujer blanca era el más preciado de los trofeos porque encarnaba todo el misterio, la emoción y el placer que ofrecía Occidente, un mundo nuevo del que de alguna manera deseaban apropiarse. También porque era el más difícil de obtener. Poseer una mujer blanca era considerado un símbolo exterior de gran lujo y exótico esplendor.

Cuando el maharajá de Kapurtala se enamoró de Anita Delgado había dejado de ser obeso y lucía la imponente silueta con la que se dio a conocer en toda Europa. También se habían atemperado sus ardores sexuales y mostraba una decidida inclinación por la monogamia. Pero su boda, una de las primeras entre un príncipe indio y una europea, fue considerada una afrenta tanto por los británicos como por su familia.
Sus otras mujeres no entendían por qué la española no estaba obligada a vivir en el harén. Por otra parte, los británicos estaban desconcertados. La súbita pasión por mujeres blancas amenazaba con trastornar el orden social de la Inglaterra victoriana. La unión entre europeas y príncipes indios implicaba el reconocimiento de una igualdad física y emocional que cuestionaba la jerarquía racial y de clase del imperio.
Aparte de ser considerada una aberración moral, la mezcla de razas podía crear una clase de anglo-indios capaces en el futuro de desafiar al poder británico. Algo parecido les había sucedido en América con la emergencia de una clase de colonos que había socavado el gobierno de los ingleses, para su gran humillación. No estaban dispuestos a que ocurriese lo mismo en India, la joya de la corona.
El problema es que no sabían muy bien cómo lidiar con ese ejército de manicuras, bailarinas, colegialas y mujeres europeas y americanas de dudosos antecedentes que seducían a los príncipes de su imperio. Tratar de impedir esas uniones era un poco como poner puertas al campo.

A Anita le hicieron la vida imposible, negándose a reconocer la validez de su matrimonio. Pero ella era tan seductora y tan distinta al resto de las mujeres, ya fuesen indias o europeas, que hasta los británicos que la denostaban ardían en ganas de conocerla. Su marido la apoyó siempre, lo que le valió serios enfrentamientos con las autoridades británicas.
El maharajá no dudó, en múltiples ocasiones, en recordarle al virrey que hubo un tiempo, al principio de la colonización, en que los ingleses no vivían como una minoría encerrada en sus cuarteles, sus fuertes y sus palacios, horrorizados ante la idea de mezclarse con los demás. Eran hombres que llegaban a un país que arrastraba una civilización vieja de 10.000 años, refinada y tolerante en las costumbres; fruto de una intensa mezcla de culturas, etnias y religiones.
Una civilización que les había enseñado la higiene y el amor. ¿Acaso las indias no comparaban a los soldados británicos con gallitos de pueblo a causa de su brusquedad sexual? Gracias a las mujeres indias, los ingleses pudieron dar rienda suelta a las fantasías eróticas más sofisticadas.

¡Cómo le gustaba repetirle al virrey la historia de sir David Ochterlony, máxima autoridad británica en Delhi en tiempos del imperio mogol, que recibía tumbado en el diván, fumando un narguilé, tocado de un gorro mogol, vestido con un faldón de seda y siendo abanicado por criados con plumas de pavo real! Todas las noches, sus 13 mujeres le seguían en procesión por toda la ciudad, cada una montada en su propio elefante. Aquellos ingleses, que habían venido a conquistar, se habían dejado conquistar por India.
El maharajá de Kapurtala siempre creyó que ambos mundos eran complementarios, que se necesitaban el uno al otro y que tarde o temprano acabarían fundiéndose. Dedicó toda su vida a colmar el abismo que separaba a Oriente de Occidente, y en el que él y su mujer Anita estaban atrapados.
Fue el monarca que más tiempo reinó: 55 años. Murió cuando India acababa de alcanzar la independencia. A su funeral acudieron más de un millón de personas. Olvidadas las excentricidades, venían a honrar la memoria de un príncipe abierto y progresista que dotó a su reino de escuelas, hospitales y tribunales de justicia, y que siempre veló por el buen entendimiento entre las distintas comunidades religiosas y étnicas.
El imborrable recuerdo que dejó entre su pueblo perdura hasta hoy. Muchos otros príncipes fueron hombres justos y buenos gobernantes, lo que explicaría que en mil años de historia ni un solo maharajá fuese asesinado por sus súbditos. Desde nuestra época globalizada y violenta, los gloriosos días del esplendor de los maharajás parecen tan lejanos como los de los emperadores mogoles. Siempre permanecerá el brillo de su recuerdo, como las joyas que guardaban en cofres de sándalo y que siguen centelleando, a pesar del polvo y la decrepitud, en el firmamento de la historia.

El libro ‘Pasión india' (Seix Barral), escrito por Javier Moro, en el que se recoge la historia de los maharajás, sale a la venta esta semana.

©El País
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la campaña electoral iraquí


[Anthony Shadid] Entre esperanzadas pancartas de la campaña electoral en Bagdad, los lemas reflejan ambivalencia.
Bagdad, Iraq. En la calle de Waziriya de Bagdad, los carteles de las campañas están llenos de promesas. "Por un Iraq independiente y libre", promete uno. "Por un Iraq pacífico", dice otro.
Los carteles están pegados en una gris barricada de concreto de un piso de alto gris, que protege de coches-bomba la corte de apelaciones de Iraq. Muestran retratos de líderes religiosos investidos de poder espiritual y políticos que ejercen autoridad, al general iraquí que derrocó a la monarquía del país en un sangriento golpe en 1958 y al descendiente de la familia real que aspira a un trono resucitado.
"Su voto es valioso", declara su cartel. "Déselo a alguien que lo merezca".
Los ánimos al otro lado de la calle en las tiendas de papelería, restaurantes y desvencijados café, separada por un tráfico que no acelera nunca y nunca se detiene sino solamente se arrastra, son mucho más complicados. En el barrio confesionalmente mixto, las emociones son tan embrollados como claros los carteles. Hay temor en torno a la votación, esperanza por el futuro, desdén por los partidos y elasticidad, ese motivo de vida en Bagdad.
En Waziriya los carteles cuentan una historia: lo que ven los partidos políticos de Iraq como los deseos de los votantes. Las conversaciones, unas sobre otras como en un día cualquiera, sugieren otra cosa.
"El pueblo iraquí necesita a alguien fuerte", insistió Hussein Jumaa, un estudiante de 22 años cerca de la Academia de Bellas Artes, terminando un falafel en un restaurante. "No necesitan a alguien que vaya a decir toda la vida, cortésmente: ‘Por favor, señor'".
Jumaa dijo que apoyaba a Ayad Allawi, el primer ministro interino del país, cuya retórica dura y remoto pasado como miembro del represivo Partido Baaz parecen transformarlo en el favorito de los conservadores. Es una tema que repite incansablemente el partido de Allawi en la televisión árabe y en sus carteles, que dicen: "Un liderazgo fuerte y un país pacífico".
Ahmed Hadi, otro estudiante de arte que está con Jumaa, sacude la cabeza. Él apoyaba la lista de candidatos que muchos iraquíes consideran que es apoyada por el gran ayatollah Ali Sistani, el importante líder religioso chií del país.
"Pertenece a la casa de los chiíes", dijo.
Mientras hablaban, Qais Ubaidi, un chofer de microbús, entró al restaurante con un paso impaciente que correspondía con su actitud.
"Mentiras", insistió, cuando le pregunté qué pensaba de los carteles. "Es un proceso engañoso".

Una Campaña Débil
La elección de los 275 miembros del Parlamento, que deberá luego redactar la Constitución, fue convocada para el 30 de enero. En Bagdad, la campaña ya está en camino, aunque la capital está prácticamente bajo sitio, preparándose para una intensificación de la campaña de los insurgentes para interrumpir la votación. En lugar de mítines, hay pequeñas reuniones en locaciones fortificadas -casas, oficinas o sedes de partidos detrás de barricadas y alambre de púa. En lugar de discursos, hay réclames de televisión. Algunos canales están saturados de réclames electorales. En lugar de encontrarse cara a cara con la gente, los candidatos colocan carteles con sus mensajes.
Algunos son simples. En uno de los tablones de concreto, colocados como piezas de dominó en la calle de Waziriya, un panfleto de un candidato independiente, Ahmed Taha, dice humildemente: "Estoy tratando de presentarme a mí mismo".
Otros son más sofisticados.
La Alianza Unida Iraquí, el grupo de la más importante lista chií, ha empapelado partes de Bagdad con mensajes que se inclinan hacia lo moralizador. "Por la virtud social", dice un panfleto. "Para salvaguardar la identidad musulmana de Iraq", dice otro, agraciado con un retrato de Sistani, cuya autoridad entre los chiíes más religiosos es incuestionable.
Esta lista declaradamente chií se basa en la historia de una comunidad reprimida durante mucho tiempo, que sufrió siglos de desposesión a manos de gobernantes sunníes, excluidos por el presidente Saddam Hussein como el último de una larga lista. "Nuestro propósito es recuperar lo que destruyó el criminal régimen baazista", declara un cartel sobre un mapa de Iraq dibujado como una pared agrietada con flores rojas encima. Casi todos los carteles citan versos del Corán. Entre los más populares: "Dios nunca cambiará las condiciones de la gente a menos que la gente cambie ella misma".
"Vote por su seguridad, la distribución de los servicios sociales y contra el desempleo", entona otro cartel de otra coalición, la Unión Popular, respaldada por el venerable Partido Comunista Iraquí. Los carteles del partido, a menudo con los mensajes más eclécticos de Bagdad, prometen "una infancia segura", "fraternidad nacional" y "los derechos de la maternidad y de la infancia".
Ubaidi, el chofer de microbús, se burla de todos ellos sin excepción.
"Son todos ladrones que saben muy bien cómo robar", dijo.
Haciendo el trayecto desde el centro hasta el sur de Bagdad, Ubaidi gana unos seis dólares al día. En otoño pasado hacía 23 dólares. Sus ganancias se estropearon con la escasez de gasolina, que puede durar semanas, que ha quintuplicado los precios del combustible en el mercado negro.
"No hay gas, no hay aceite de cocina, no hay electricidad y no hay gasolina. No hay seguridad y todo el mundo roba", dijo el robusto Ubaidi, como el chirriante casete de un cantante de la región del Golfo Pérsico en la instalación estereo de un restaurante. "Si Saddam fuera candidato, yo lo votaría a él. Todos en Iraq son ladrones, pero Saddam era un buen ladrón. Por lo menos proporcionaba seguridad".
Ubaidi, hijo de una madre chií y un padre sunní, culpó a los partidos políticos de la intensificación de las tensiones confesionales. Importante grupos sunníes han llamado a boicotear las elecciones, y los más militantes entre ellos han amenazado con interrumpirlas.
"Están todos compitiendo por el trono", dijo. "¿Dónde estaban antes?"
No es un sentimiento desconocido hacia los partidos. Muchos de los más prominentes líderes políticos estuvieron en el extranjero durante el régimen de Hussein y a menudo sus raíces son huecas en una sociedad que estuvo efectivamente despolitizada durante los 35 años de régimen baazista. Muchos iraquíes culpan a los antiguos exiliados de la deslucida actuación del gobierno interino y del Consejo de Gobierno anterior. La lista chií usa en sus carteles el retrato de Sistani, no el de sus propios candidatos, y pocos emplean los nombres de los partidos.
"La gente odia a los partidos", declaró Fathi Abed, 40, que tiene una tienda de repuestos de automóvil en la calle de Waziriya, sus estanterías apiladas de focos, espejos retrovisores y cajas metálicas de bayetas.
Cansado de hablar e imperturbable, Abed dijo que votaría, incluso aunque insistió en que el resultado estaba predeterminado.
"Te apuesto", dijo. "Espera hasta después de las elecciones, y verás que el ganador será Ayad Allawi. Él las ganará".
Algunos en Bagdad creen que Estados Unidos quiere que el nuevo Parlamento elija a Allawi, el titular, como primer ministro. Si los americanos lo quieren, se dice en las conversaciones, así ocurrirá. Esto refleja la profunda veta de teorías conspirativas que impregnan la vida de Bagdad en estos días -desde el rumor de que el militante jordano Abu Musab Zarqawi, acusado de algunas de las más espectaculares carnicerías en Iraq, es un invento norteamericano, hasta el rumor expresado por Abed de que los iraquíes que no voten perderán sus raciones de alimento mensuales.
"Quizás no es verdad", dijo, "pero es lo que la gente dice".

Esperando el Caos
Más abajo en la calle de la tienda de Abed hay otros carteles, atestando la entrada a la Academia de Bellas Artes de la ciudad, junto a vendedores ambulantes que venden té en sus endebles tenderetes con techos de cartón y quioscos que venden caramelos y útiles de escritorio a los estudiantes que se arremolinan en la calle.
Algunos de los panfletos son repartidos por la comisión electoral iraquí, instando a los iraquíes a votar "por el futuro de Iraq" o a las mujeres para que participen en la votación "para dar vida a la democracia y la igualdad". Junto a ellos hay carteles del Movimiento Monárquico Constitucional, el grupo realista cuyo líder, Sharif Ali bin Hussein, promete "seguridad, estabilidad, justicia y prosperidad".
A la vuelta de la esquina se encuentra uno de los candidatos del partido monárquico, Muatasim Idris, que trabaja para una firma de ingeniería.
Su campaña, como muchas, es de tono suave: nada de discursos, mítines ni manifestaciones. Extendiendo su mano, Idris, 35, hizo un listado de las amenazas que enfrentaría durante la campaña. Le podían colocar una bomba, robarle el coche, su familia podría ser amenazada. Dijo que el día de las elecciones decenas de familias en su barrio abandonarían sus casas cerca de las escuelas, donde se instalarán los colegios electorales.
"Soy un blanco en movimiento", dijo Idris, con una sonrisa forzada. "Sólo hago campaña entre la gente que confío: familiares y amigos".
"Sabemos que habrá balbala", dijo. Confusión y caos. "No hay modo de evitarlo. Se oye todos los días. La gente tiene miedo. Tienen miedo incluso en sus casas. Pero tenemos que decidir el destino de nuestro país. No podemos abandonarlo".
En su oficina, adornada con una fotografía de la Meca, el santuario más sagrado del islam, y de versos del Corán escritos en un espejo, Idris se reunía con su primo Ali Saleh, 45. En una queja que ya es familiar, dijeron que estaban preocupados por Iraq, que tomaría una generación para que volviera a ser lo que era antes de la llegada de los norteamericanos, antes de la tiranía de Hussein, antes de las guerras y la violencia que ha desordenado sus vidas.
"Iraq tiene una larga historia", dijo Saleh. "Saddam no era algo nuevo. ¿Cuántas generaciones han tenido que vivir de esta manera?" Miró por la ventana de su empresa, la Fábrica Mustafa, los carteles del Partido Monárquico Constitucional y los panfletos del Partido Comunista en una barricada de concreto. "Nuestra generación ha crecido en la violencia. No pueden revolver sus problemas de manera pacífica".
Miembros de una generación más joven estaban en el patio de la Academia de Bellas Artes, ornamentada con estatuas de la dinastía Abbassid de Bagdad, el ambiente de las Mil y una Noches y las historias que dan a Bagdad su nostalgia. Junto a un estudiante que tocaba ‘Hotel California' en una guitarra acústica estaba Muntasir Jalal y su amiga Dalal Mohammed. Jalal es cristiano; Mohammed, sunní.
El voto "es nuestra oportunidad", insistió Jalal.
Mohammed dio vuelta los ojos, luego sacudió su cabeza.
"Yo soy sunní, y los sunníes estamos boicoteando las elecciones", dijo. "Creo que va a causar todavía más problemas".
En una muralla cercana, un cartel con el retrato de Sistani insta a la gente a votar. Al otro lado del patio hay una pancarta: "Así es como empieza un país a decidir su destino..., a través de las urnas".
"No les presto atención", dijo Mohammed. "Soy pesimista. Soy pesimista sobre la vida y sobre todo. Quiero irme de Iraq. Eso sería lo mejor".
Jalal se burló de ella. "Se va a lleva consigo un lanzagranadas". Trató de desviar la conversación. Eran artistas, insistió. "En el arte no hay política", dijo Jalal, tranquilizándola. "Estamos demasiado ocupados pintando".

20 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh