muerte sin honores
[David Zucchino] Para las familias de los contratistas que trabajan en la guerra encargada de Iraq, no hay cartas presidenciales ni salvas de 21 disparos, sólo consternación y pena.
Rosharon, Tejas, Estados Unidos. Cuando los parroquianos del Johnson's Market Bar and Grill se enteraron de que su amigo Allan Smith había muerto en Iraq, le rindieron tributo jugando a los dardos y bebiendo cerveza, dos de los pasatiempos favoritos de Smith.
"Allan lo hubiese aprobado", dijo Pat Johnson, el dueño, que se complació cuando en el funeral se mostró un video de Smith luchando con un oso de circo, e inmovilizándolo.
En otro suburbio de Houston, Dona Davis había recibido un email de su marido Leslie pocas horas antes de que le dijeran que había muerto en el mismo atentado suicida en el que murió Smith el 21 de diciembre. Entonces comenzó a preparar lo que llamó un "funeral patriota".
"Mi marido amaba a su país", dijo Davis. "Una de las últimas cosas que me dijo fue: Estamos haciendo algo bueno aquí'".
Leslie Wayne Davis y Allan Keith Smith no eran soldados. Eran contratistas civiles, parte de un ejército de mecánicos, carpinteros y electricistas que apoyan la misión militar norteamericana en Iraq. Empleados de Halliburton Co., murieron junto a dos de sus colegas y 14 soldados en un comedor militar en Mosul.
Estados Unidos nunca ha estado antes en una guerra como esta, donde el enemigo está en todas partes y en ninguna, donde los civiles tienen tareas que antes realizaban los soldados y donde abuelos de edad mediana mueren junto a soldados de infantería de 19 años. Esta es la primera guerra por encargo del país, donde los civiles proporcionan los dos pilares del ejército en la logística y los aprovisionamientos.
Es una guerra sin frente, donde los civiles comparten los riesgos y el peso del combate. La gente muere en las más prosaicas de las circunstancias: durmiendo, yendo al trabajo, almorzando.
A diferencia de los soldados y marines que mueren en acción, los contratistas que mueren en Iraq tienden a morir anónimamente, y se los menciona sólo al pasar. Un diario local publicó un reportaje sobre Davis y Smith, proporcionando algunos detalles biográficos mínimos.
Pero sus muertes no son menos trágicas, y los mismos estertores de pena y dolor que sacuden las familias de los militares, sacuden a las familias de los civiles.
A diferencia de las familias de los militares, las familias de los contratistas no han tenido años para endurecerse con la posibilidad de la muerte en combate. Sus seres queridos no llevan rifles ni pesadas ametralladoras. Son civiles que hacen sus trabajos, y cada muerte repentina y violenta causa conmoción, sin importar cuántos contratistas mueren en el caos de Iraq.
El Pentágono y los órganos de prensa llevan una lista meticulosa de los soldados y marines caídos. Los diarios locales publican historias detalladas y obituarios elogiando sus servicios y valor. Los muertos reciben funerales militares con guardias de honor, salvas 21 disparos y ceremonias con banderas. Sus familias reciben cartas del presidente Bush.
Ninguna organización lleva una lista oficial de los contratistas muertos, de acuerdo a Stan Soloway, del Consejo de Servicios Profesionales, un grupo profesional entre cuyos miembros hay contratistas militares. Dijo que el grupo representa a 30.000 contratistas en Iraq, de un total de contratistas dos o tres veces mayor.
Soloway calcula que desde marzo han muerto en Iraq entre 200 y 250 contratistas. Las bajas no oficiales según informes de prensa que lleva el Conteo de Bajas de la Coalición en Iraq, un grupo de investigación privado, llegan a 202, entre las que hay 72 norteamericanos.
Halliburton, con 40.000 empleados y contratistas en Oriente Medio, dice que 63 de sus trabajadores han muerto en Iraq -más que los de las otras empresas, de acuerdo a Soloway.
Los militares norteamericanos, con 150.000 tropas en Iraq, han sufrido 1.356 bajas.
Las principales causas de muerte de los contratistas, listadas en la página web del Conteo de Bajas, son los ataques contra convoyes y emboscadas en carretera (48), ejecuciones realizadas por secuestradores (29), bombas improvisadas en la calle (18) y atentados suicidas con bomba y coches-bomba (25), incluyendo a Smith y Davis.
El Pentágono proporciona funerales con honores militares completos en cementerios de las fuerzas armadas para los militares muertos en Iraq. Las familias de los contratistas se encargan de sus propios funerales.
Después de que los militares enviaran los restos de Smith y Davis a la Base Aérea de Dover en Delaware, después de que los empleados de Halliburton escoltaran los cuerpos de vuelta a casa en Tejas, y después de que representantes de Halliburton pasaran dos horas con los seres queridos de los dos hombres muertos, las familias se quedan a hacer el resto.
Dona Davis tomó el anillo de bodas de su marido y la remplazó por el suyo propio, enterrándolo con él. Se aseguró de que su funeral incluyera un video de Leslie hablando en el reciente funeral de su hermano, donde dice que su hermano había "ido a un lugar mejor en el cielo". Ella cree que Leslie está allá ahora.
Los amigos de Smith pegaron un blanco de dardos a su ataúd. Rieron con el video de la lucha con el oso y lloraron cuando sonó la canción favorita de Smith, Silver Wings', de Merle Haggard. Hubo sollozos cuando se mostró una instantánea de Smith sosteniendo a su nieto recién nacido en el hospital.
Tanto Smith, 45, como Davis, 53, eran abuelos. Tenían el doble de edad que la mayoría de los soldados que almorzaban ese día en el comedor donde murieron. El soldado típico es soltero, terminó hace pocos años la escuela secundaria y tiene pocas deudas o compromisos. El contratista típico es un hombre de edad mediana, casado o divorciado, y persigue un salario grandioso.
Los amigos de Smith dicen que se marchó a trabajar para Halliburton en Iraq como capataz para ganar dinero y dar una mejor vida a sus dos hijas y a su nieto de cuatro meses, y para comprarle un coche a una de sus hijas. La familia de Davis dice que él se marchó por sentido del deber, a trabajar como controlador de calidad, con la esperanza de que Halliburton lo integrara a su plantilla permanente en el extranjero de modo que él y su esposa pudieran viajar por el mundo.
Hombres como Davis y Smith, con toda una vida de habilidades adquiridas y experiencia, son muy pedidos en una época en que unas fuerzas armadas reducidas se han volcado hacia los civiles para que hagan trabajos que antes hacían los soldados. Halliburton, una compañía de servicios de energía basada en Houston, ha estado entre los principales contratistas privados en Iraq, principalmente a través de su filial de ingeniería, la KBR.
Cuando se presentó la oportunidad de trabajar para la compañía en Iraq, Smith y Davis se aferraron a ella, a pesar de las súplicas de la familia y amigos de que no corrieran ese riesgo.
Lo Tengo Todo Bajo Control
Smith era un hombre fuerte con cara de pan y una personalidad despreocupada. Su vida se centraba en sus hijas, Brandy, 21, y Savanah, 18, y en su nieto, Koda. Era un parroquiano del Johnson's Bar, un bar que se ciñe a un estrecho camino condal que pasa por pastizales ganaderos y torres de perforación de petróleo en Rosharon en la punta sur de Houston.
Smith se ganaba la vida con una firma de servicios de jardinería. Vivía en una caravana a menos de un kilómetro y medio de Johnson y era socio, y un amigo de toda la vida, de una taberna llamada Hoot N Annie's.
Miranda Selvera, 29, que trabajaba para Smith como camarera, contó que había convencido a su marido de no ir a Iraq, pero no había podido convencer a Smith.
"Sólo sonrió y me dijo que quería una vida mejor para él y sus hijos", dijo.
Terry Alabama' Hartley, que jugó a los dardos con Smith durante más de una década, dijo que le había dicho la noche antes de que se marchara, en octubre: "Man, no necesitas ir allá". Hartley dijo que Smith "me tomó por el cuello y me dijo: Chico, lo tengo todo bajo control'".
La hija de Smith, Brandy Wilkison, vive en su caravana, adonde llegaron dos consejeros de Halliburton la tarde del 21 de diciembre a entregarle la noticia de la muerte de su padre.
Dijo que su padre pensaba volver en primavera para una breve visita para ver a su hermana, Savanah, que se graduaba de la secundaria y para el nacimiento del primer hijo de Savanah, que debía nacer en junio.
"Luego se volvería a marchar y terminaría el año, para volver a casa y criar a sus nietos", dijo Brandy. Le dijo que su salario "era más que suficiente" y "mucho mejor que cortar el césped".
Ella siente ahora la pérdida. "Era valiente. Yo dependía mucho de él, y ahora ya no está y me siento como perdida".
Cuando él se marchó a Iraq, dijo, Smith le pasó la firma de jardinería al novio de Brandy. "Vamos a mantener el nombre -Allan's Lawn Service", dijo.
Smith estaba preocupado de los ataques con mortero en la base de Mosul donde vivía, dijo su novia, Ellen Hanley. Le dijo que un mortero había impactado en una bodega cercana. "Pero no le tenía miedo a nadie", dijo Hanley.
El día antes de que muriera Smith, Hanley se operó de un cáncer. "Entonces me llegaron las noticias de Allen, y eso era más de lo que podía soportar", dijo.
La muerte de Smith ha dejado un hueco en Rosharon, una diminuta comunidad donde se conoce todo el mundo y la mayoría de la gente trabaja en la construcción de casas o en el petróleo. Todos reconocieron su camioneta Dodge beige, con la que iba al bar de Johnson o a comer al restaurante Chili.
Selvera dijo que su hijo de cuatro años todavía sonreía y saludaba cuando veía pasar la camioneta de Smith, que conduce ahora su hija.
"Entonces grita: ¡Llegó Allan!", dijo Selvera. "Y yo tengo que contarle: No, no es él'".
Cerca del Cielo
A 80 kilómetros, en Magnolia, en los suburbios del norte de Houston, Dona Davis trató de convencer a su marido de no ir a Iraq en junio pasado. Sigue pensando sobre el tiempo que pasó hace tres décadas cuando estuvo de servicio en las lanchas patrulleras de la Marina en Vietnam, y de cómo temía que alguien llamara a la puerta.
Cuando eso ocurrió el 21 de diciembre, no había un oficial militar en la puerta sino dos representantes de Halliburton. "Estoy completamente perdida", dijo al enterarse. Se puso histérica, llorando y gritando, dijo.
Finalmente encontró consuelo en lo que le había dicho su marido cuando ella trató de mantenerlo en casa. "Me dijo: Dona, estoy tan cerca del cielo en Iraq que en Houston'", dijo.
Leslie Davis, conocida como Bub', era un hombre religioso, un ex diácono que enseñaba el catecismo y rezaba antes de la comida. Apoyó al misión norteamericana en Iraq, dijo su viuda. Daba caramelos a los niños iraquíes hasta que los militares, preocupados de la seguridad de la base, construyeron una muralla que se lo impidió.
Dona dijo que su marido ganaba más o menos el mismos dinero con Halliburton que en sus trabajos previos como auditor de compañías petrolíferas norteamericanas.
"No me hablaba de los peligros, y eso lo hacía aposta", dijo. "Bromeaba sobre el hecho de que debía almorzar con el chaleco antibalas puesto. Si los habían atacado con morteros, me diría: Los chicos pasaron una noche bulliciosa'".
Leslie y Dona, con 35 años de matrimonio, intercambiaban emails todas las noches -los de Leslie decorados con banderas de Estados Unidos y de Tejas- y hablaban por teléfono casi todos los días. Él le hablaba a menudo del miedo y de la ansiedad que veía en los ojos de los jóvenes soldados. Leslie tenía 19 años cuando Vietnam, y Dona cree que estaba reviviendo su juventud en una zona de combate lejos de casa.
Después de un fatal atentado con coche-bomba en Mosul, dijo Dona, Leslie que contó que se había encontrado con un turbado y joven soldado que había sobrevivido.
"Dijo que quiso abrazar a ese joven, pero no lo hizo porque no quiso hacerlo frente a otros soldados", dijo. "Y entonces me contó que hubiese preferido morir él antes que esos chicos".
El día que murió, la familia estaba preparando una cena para las vísperas de Navidad. El novio de la hija de los Davis, Angie, 35, quería pedirla en matrimonio esa noche. La cena fue cancelada.
"Sabes", dijo Angie, limpiándose las lágrimas que mancharon su maquillaje, "lo primero que habría hecho es escribirle un email a mi papá, para contárselo. Lo habría hecho muy feliz".
A pesar de los peligros, dijo, su padre se marchó a Iraq "porque era allá donde lo necesitaba Dios".
Para Dona, que empezó a salir con Leslie cuando estaban los dos en el noveno, su muerte la ha destrozado. La pareja quería trabajar para Halliburton y viajar por el mundo antes de volver a ver crecer a sus nietos. Leslie había planeado tomar libre en marzo para reunirse con Dona en Roma.
"Es difícil imaginarse la vida sin él", dijo.
Ese día en Mosul Davis no quería almorzar, dijo Dona, pero sus colegas lo convencieron. Uno de ellos, Dennis Barcelona, le dijo a Dona que él trató de salvar a Leslie cuando este yacía sangrando de una herida en su muslo cerca de su ingle. Barcelona dijo que uso una camisa para hacer un torniquete, pero fue incapaz de parar el derrame.
Para su cumpleaños en noviembre, Leslie le envío a Dona una esterilla de oraciones que había hecho hacer en Iraq. Bordados en el reverso estaban los nombres y las edades de los cuatro hijos de la pareja y sus 11 nietos.
Dona pensó que era típico de su marido hacérselo todo más difícil tratando de recordar las edades y no solamente las fechas de nacimiento. Él había tenido que calcular la edad de todos, redondeándolos para arriba o para abajo. Las edades que escogió correspondían precisamente a las edades de sus hijos y nietos el día en que murió.
"Fue casi como una premonición", dijo Angie.
En el funeral de Leslie cientos de personas se agolpearon en la capilla, entre ellos los dos representantes de Halliburton. Se colocaron monitores en el exterior para los que quedaron fuera.
"La gente se acercaba a él. Le encantaba a todo el mundo", dijo Angie. "Si tú trabajabas un día para mi padre, te hacías amigo de él para toda la vida".
Había un águila y una bandera americana en el ataúd. Debido a que Davis era un veterano, dos marinos de la Marina estaban presentes para prestar sus respetos al ataúd, tocar a silencio y ofrecer a Dona una bandera norteamericana plegada.
Pocos días después, en la salita de su casa de estilo rancho, donde las ventanas dan a varias hectáreas de ondulados prados de magnolia, Dona y Angie no lloraban como cuando la despedida final.
"Ese funeral fue una celebración de su vida", dijo Dona.
Después de toda las turbulencias en Iraq, dijo Angie, su padre estaba finalmente en paz.
16 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
"Allan lo hubiese aprobado", dijo Pat Johnson, el dueño, que se complació cuando en el funeral se mostró un video de Smith luchando con un oso de circo, e inmovilizándolo.
En otro suburbio de Houston, Dona Davis había recibido un email de su marido Leslie pocas horas antes de que le dijeran que había muerto en el mismo atentado suicida en el que murió Smith el 21 de diciembre. Entonces comenzó a preparar lo que llamó un "funeral patriota".
"Mi marido amaba a su país", dijo Davis. "Una de las últimas cosas que me dijo fue: Estamos haciendo algo bueno aquí'".
Leslie Wayne Davis y Allan Keith Smith no eran soldados. Eran contratistas civiles, parte de un ejército de mecánicos, carpinteros y electricistas que apoyan la misión militar norteamericana en Iraq. Empleados de Halliburton Co., murieron junto a dos de sus colegas y 14 soldados en un comedor militar en Mosul.
Estados Unidos nunca ha estado antes en una guerra como esta, donde el enemigo está en todas partes y en ninguna, donde los civiles tienen tareas que antes realizaban los soldados y donde abuelos de edad mediana mueren junto a soldados de infantería de 19 años. Esta es la primera guerra por encargo del país, donde los civiles proporcionan los dos pilares del ejército en la logística y los aprovisionamientos.
Es una guerra sin frente, donde los civiles comparten los riesgos y el peso del combate. La gente muere en las más prosaicas de las circunstancias: durmiendo, yendo al trabajo, almorzando.
A diferencia de los soldados y marines que mueren en acción, los contratistas que mueren en Iraq tienden a morir anónimamente, y se los menciona sólo al pasar. Un diario local publicó un reportaje sobre Davis y Smith, proporcionando algunos detalles biográficos mínimos.
Pero sus muertes no son menos trágicas, y los mismos estertores de pena y dolor que sacuden las familias de los militares, sacuden a las familias de los civiles.
A diferencia de las familias de los militares, las familias de los contratistas no han tenido años para endurecerse con la posibilidad de la muerte en combate. Sus seres queridos no llevan rifles ni pesadas ametralladoras. Son civiles que hacen sus trabajos, y cada muerte repentina y violenta causa conmoción, sin importar cuántos contratistas mueren en el caos de Iraq.
El Pentágono y los órganos de prensa llevan una lista meticulosa de los soldados y marines caídos. Los diarios locales publican historias detalladas y obituarios elogiando sus servicios y valor. Los muertos reciben funerales militares con guardias de honor, salvas 21 disparos y ceremonias con banderas. Sus familias reciben cartas del presidente Bush.
Ninguna organización lleva una lista oficial de los contratistas muertos, de acuerdo a Stan Soloway, del Consejo de Servicios Profesionales, un grupo profesional entre cuyos miembros hay contratistas militares. Dijo que el grupo representa a 30.000 contratistas en Iraq, de un total de contratistas dos o tres veces mayor.
Soloway calcula que desde marzo han muerto en Iraq entre 200 y 250 contratistas. Las bajas no oficiales según informes de prensa que lleva el Conteo de Bajas de la Coalición en Iraq, un grupo de investigación privado, llegan a 202, entre las que hay 72 norteamericanos.
Halliburton, con 40.000 empleados y contratistas en Oriente Medio, dice que 63 de sus trabajadores han muerto en Iraq -más que los de las otras empresas, de acuerdo a Soloway.
Los militares norteamericanos, con 150.000 tropas en Iraq, han sufrido 1.356 bajas.
Las principales causas de muerte de los contratistas, listadas en la página web del Conteo de Bajas, son los ataques contra convoyes y emboscadas en carretera (48), ejecuciones realizadas por secuestradores (29), bombas improvisadas en la calle (18) y atentados suicidas con bomba y coches-bomba (25), incluyendo a Smith y Davis.
El Pentágono proporciona funerales con honores militares completos en cementerios de las fuerzas armadas para los militares muertos en Iraq. Las familias de los contratistas se encargan de sus propios funerales.
Después de que los militares enviaran los restos de Smith y Davis a la Base Aérea de Dover en Delaware, después de que los empleados de Halliburton escoltaran los cuerpos de vuelta a casa en Tejas, y después de que representantes de Halliburton pasaran dos horas con los seres queridos de los dos hombres muertos, las familias se quedan a hacer el resto.
Dona Davis tomó el anillo de bodas de su marido y la remplazó por el suyo propio, enterrándolo con él. Se aseguró de que su funeral incluyera un video de Leslie hablando en el reciente funeral de su hermano, donde dice que su hermano había "ido a un lugar mejor en el cielo". Ella cree que Leslie está allá ahora.
Los amigos de Smith pegaron un blanco de dardos a su ataúd. Rieron con el video de la lucha con el oso y lloraron cuando sonó la canción favorita de Smith, Silver Wings', de Merle Haggard. Hubo sollozos cuando se mostró una instantánea de Smith sosteniendo a su nieto recién nacido en el hospital.
Tanto Smith, 45, como Davis, 53, eran abuelos. Tenían el doble de edad que la mayoría de los soldados que almorzaban ese día en el comedor donde murieron. El soldado típico es soltero, terminó hace pocos años la escuela secundaria y tiene pocas deudas o compromisos. El contratista típico es un hombre de edad mediana, casado o divorciado, y persigue un salario grandioso.
Los amigos de Smith dicen que se marchó a trabajar para Halliburton en Iraq como capataz para ganar dinero y dar una mejor vida a sus dos hijas y a su nieto de cuatro meses, y para comprarle un coche a una de sus hijas. La familia de Davis dice que él se marchó por sentido del deber, a trabajar como controlador de calidad, con la esperanza de que Halliburton lo integrara a su plantilla permanente en el extranjero de modo que él y su esposa pudieran viajar por el mundo.
Hombres como Davis y Smith, con toda una vida de habilidades adquiridas y experiencia, son muy pedidos en una época en que unas fuerzas armadas reducidas se han volcado hacia los civiles para que hagan trabajos que antes hacían los soldados. Halliburton, una compañía de servicios de energía basada en Houston, ha estado entre los principales contratistas privados en Iraq, principalmente a través de su filial de ingeniería, la KBR.
Cuando se presentó la oportunidad de trabajar para la compañía en Iraq, Smith y Davis se aferraron a ella, a pesar de las súplicas de la familia y amigos de que no corrieran ese riesgo.
Lo Tengo Todo Bajo Control
Smith era un hombre fuerte con cara de pan y una personalidad despreocupada. Su vida se centraba en sus hijas, Brandy, 21, y Savanah, 18, y en su nieto, Koda. Era un parroquiano del Johnson's Bar, un bar que se ciñe a un estrecho camino condal que pasa por pastizales ganaderos y torres de perforación de petróleo en Rosharon en la punta sur de Houston.
Smith se ganaba la vida con una firma de servicios de jardinería. Vivía en una caravana a menos de un kilómetro y medio de Johnson y era socio, y un amigo de toda la vida, de una taberna llamada Hoot N Annie's.
Miranda Selvera, 29, que trabajaba para Smith como camarera, contó que había convencido a su marido de no ir a Iraq, pero no había podido convencer a Smith.
"Sólo sonrió y me dijo que quería una vida mejor para él y sus hijos", dijo.
Terry Alabama' Hartley, que jugó a los dardos con Smith durante más de una década, dijo que le había dicho la noche antes de que se marchara, en octubre: "Man, no necesitas ir allá". Hartley dijo que Smith "me tomó por el cuello y me dijo: Chico, lo tengo todo bajo control'".
La hija de Smith, Brandy Wilkison, vive en su caravana, adonde llegaron dos consejeros de Halliburton la tarde del 21 de diciembre a entregarle la noticia de la muerte de su padre.
Dijo que su padre pensaba volver en primavera para una breve visita para ver a su hermana, Savanah, que se graduaba de la secundaria y para el nacimiento del primer hijo de Savanah, que debía nacer en junio.
"Luego se volvería a marchar y terminaría el año, para volver a casa y criar a sus nietos", dijo Brandy. Le dijo que su salario "era más que suficiente" y "mucho mejor que cortar el césped".
Ella siente ahora la pérdida. "Era valiente. Yo dependía mucho de él, y ahora ya no está y me siento como perdida".
Cuando él se marchó a Iraq, dijo, Smith le pasó la firma de jardinería al novio de Brandy. "Vamos a mantener el nombre -Allan's Lawn Service", dijo.
Smith estaba preocupado de los ataques con mortero en la base de Mosul donde vivía, dijo su novia, Ellen Hanley. Le dijo que un mortero había impactado en una bodega cercana. "Pero no le tenía miedo a nadie", dijo Hanley.
El día antes de que muriera Smith, Hanley se operó de un cáncer. "Entonces me llegaron las noticias de Allen, y eso era más de lo que podía soportar", dijo.
La muerte de Smith ha dejado un hueco en Rosharon, una diminuta comunidad donde se conoce todo el mundo y la mayoría de la gente trabaja en la construcción de casas o en el petróleo. Todos reconocieron su camioneta Dodge beige, con la que iba al bar de Johnson o a comer al restaurante Chili.
Selvera dijo que su hijo de cuatro años todavía sonreía y saludaba cuando veía pasar la camioneta de Smith, que conduce ahora su hija.
"Entonces grita: ¡Llegó Allan!", dijo Selvera. "Y yo tengo que contarle: No, no es él'".
Cerca del Cielo
A 80 kilómetros, en Magnolia, en los suburbios del norte de Houston, Dona Davis trató de convencer a su marido de no ir a Iraq en junio pasado. Sigue pensando sobre el tiempo que pasó hace tres décadas cuando estuvo de servicio en las lanchas patrulleras de la Marina en Vietnam, y de cómo temía que alguien llamara a la puerta.
Cuando eso ocurrió el 21 de diciembre, no había un oficial militar en la puerta sino dos representantes de Halliburton. "Estoy completamente perdida", dijo al enterarse. Se puso histérica, llorando y gritando, dijo.
Finalmente encontró consuelo en lo que le había dicho su marido cuando ella trató de mantenerlo en casa. "Me dijo: Dona, estoy tan cerca del cielo en Iraq que en Houston'", dijo.
Leslie Davis, conocida como Bub', era un hombre religioso, un ex diácono que enseñaba el catecismo y rezaba antes de la comida. Apoyó al misión norteamericana en Iraq, dijo su viuda. Daba caramelos a los niños iraquíes hasta que los militares, preocupados de la seguridad de la base, construyeron una muralla que se lo impidió.
Dona dijo que su marido ganaba más o menos el mismos dinero con Halliburton que en sus trabajos previos como auditor de compañías petrolíferas norteamericanas.
"No me hablaba de los peligros, y eso lo hacía aposta", dijo. "Bromeaba sobre el hecho de que debía almorzar con el chaleco antibalas puesto. Si los habían atacado con morteros, me diría: Los chicos pasaron una noche bulliciosa'".
Leslie y Dona, con 35 años de matrimonio, intercambiaban emails todas las noches -los de Leslie decorados con banderas de Estados Unidos y de Tejas- y hablaban por teléfono casi todos los días. Él le hablaba a menudo del miedo y de la ansiedad que veía en los ojos de los jóvenes soldados. Leslie tenía 19 años cuando Vietnam, y Dona cree que estaba reviviendo su juventud en una zona de combate lejos de casa.
Después de un fatal atentado con coche-bomba en Mosul, dijo Dona, Leslie que contó que se había encontrado con un turbado y joven soldado que había sobrevivido.
"Dijo que quiso abrazar a ese joven, pero no lo hizo porque no quiso hacerlo frente a otros soldados", dijo. "Y entonces me contó que hubiese preferido morir él antes que esos chicos".
El día que murió, la familia estaba preparando una cena para las vísperas de Navidad. El novio de la hija de los Davis, Angie, 35, quería pedirla en matrimonio esa noche. La cena fue cancelada.
"Sabes", dijo Angie, limpiándose las lágrimas que mancharon su maquillaje, "lo primero que habría hecho es escribirle un email a mi papá, para contárselo. Lo habría hecho muy feliz".
A pesar de los peligros, dijo, su padre se marchó a Iraq "porque era allá donde lo necesitaba Dios".
Para Dona, que empezó a salir con Leslie cuando estaban los dos en el noveno, su muerte la ha destrozado. La pareja quería trabajar para Halliburton y viajar por el mundo antes de volver a ver crecer a sus nietos. Leslie había planeado tomar libre en marzo para reunirse con Dona en Roma.
"Es difícil imaginarse la vida sin él", dijo.
Ese día en Mosul Davis no quería almorzar, dijo Dona, pero sus colegas lo convencieron. Uno de ellos, Dennis Barcelona, le dijo a Dona que él trató de salvar a Leslie cuando este yacía sangrando de una herida en su muslo cerca de su ingle. Barcelona dijo que uso una camisa para hacer un torniquete, pero fue incapaz de parar el derrame.
Para su cumpleaños en noviembre, Leslie le envío a Dona una esterilla de oraciones que había hecho hacer en Iraq. Bordados en el reverso estaban los nombres y las edades de los cuatro hijos de la pareja y sus 11 nietos.
Dona pensó que era típico de su marido hacérselo todo más difícil tratando de recordar las edades y no solamente las fechas de nacimiento. Él había tenido que calcular la edad de todos, redondeándolos para arriba o para abajo. Las edades que escogió correspondían precisamente a las edades de sus hijos y nietos el día en que murió.
"Fue casi como una premonición", dijo Angie.
En el funeral de Leslie cientos de personas se agolpearon en la capilla, entre ellos los dos representantes de Halliburton. Se colocaron monitores en el exterior para los que quedaron fuera.
"La gente se acercaba a él. Le encantaba a todo el mundo", dijo Angie. "Si tú trabajabas un día para mi padre, te hacías amigo de él para toda la vida".
Había un águila y una bandera americana en el ataúd. Debido a que Davis era un veterano, dos marinos de la Marina estaban presentes para prestar sus respetos al ataúd, tocar a silencio y ofrecer a Dona una bandera norteamericana plegada.
Pocos días después, en la salita de su casa de estilo rancho, donde las ventanas dan a varias hectáreas de ondulados prados de magnolia, Dona y Angie no lloraban como cuando la despedida final.
"Ese funeral fue una celebración de su vida", dijo Dona.
Después de toda las turbulencias en Iraq, dijo Angie, su padre estaba finalmente en paz.
16 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
victoria de las elecciones en café
[Anthony Shadid] En la intersección del nuevo y del viejo Iraq, lo que importa es la votación misma.
Bagdad, Iraq. En Shahbandar, un célebre café de Bagdad cuyo nombre evoca un tiempo (el pasado) y un ambiente (el intelectual), tres hombres se sentaron a fumar cigarrillos y a matar el tiempo bebiendo un azucarado té el jueves y debatieron sobre lo que significan las elecciones venideras para un país golpeado por tres décadas de tiranía, guerra y amargas desilusiones.
"Ir a votar es una victoria para el pueblo iraquí", dijo Ali Danif, 45, escritor.
"Las elecciones son más importantes que los candidatos", insistió Jamal Karim, su locuaz amigo.
Para no quedarse atrás, un sonriente Suheil Yassin intervino diciendo: "Mi deseo es morir en la puerta de uno de los locales de votación", una expresión que era deliberadamente dramática. "Quiero ser el mártir de las urnas".
Las primeras elecciones competitivas de Iraq en décadas son un asunto torpemente contenido. La violencia acecha ominosamente el proceso, que terminará con la elección de un nuevo parlamento el 30 de enero. Los nombres de los candidatos no han sido publicados, por temor a que sean asesinados. Las manifestaciones son pocas, los carteles son a menudo despegados y casi nadie conoce algún programa electoral, mucho menos sus candidatos.
Pero en Shahbandar, un café de más un siglo que ha sido durante largo tiempo el corazón intelectual de esta fatigada ciudad, donde hombres con desgastadas chaquetas de traje y jerseyes se reúnen a debatir en pequeños círculos, hay un marcado optimismo sobre lo que significan las elecciones para la gente que anhela un cambio decisivo después de casi dos años de ocupación. Para muchos de los hombres reunidos aquí, sentados debajo de retratos de la historia de Bagdad, las elecciones son más importantes que los candidatos.
"Sin elecciones, habrá tiranía", dijo Kadhim Hassan, 37, escritor.
La luz al fin de la mañana bañaba el atiborrado café con un suave brillo y Hassan estaba sentado en una angosta banca de madera. Calificó la votación de "momento histórico", luego su cara adquirió una expresión adusta. "La guerra y los desastres", dijo, sacudiendo la cabeza -para eso son buenos los iraquíes.
"Ahora la mayoría de la gente cree que están viviendo en la oscuridad", dijo Hassan. "Es hora de salir a la luz".
Shahbandar, con su tejado abovedado y sus paredes de ladrillos, es un artefacto de lo que alguien podría llamar una época más civilizada de Bagdad, antes de que las conversaciones giraran sobre los secuestros que se han transformado en una epidemia, antes de las frustraciones con la electricidad que aún no mejora, antes de las quejas sobre las colas en las gasolineras que se extienden por kilómetros y duran ya más de un mes.
Viejas pipas de agua están ordenadas en hileras, junto con samovares y jarras de bronce acumulando polvo. Afuera está la conejera de librerías a lo largo de la calle de Mutanabi, llamada según un sabio del siglo 10, cuyas palabras todavía son recitadas de memoria por casi todos los árabes. En la esquina está la Qushla, la sede en Bagdad del gobierno otomano, que cayó en la Primera Guerra Mundial. Fue en esa época que el café fue renovado y llamado oficialmente con el nombre de sus antiguos dueños, quienes comenzaron a atraer a los hombres de letras de la ciudad.
Shahbandar no tiene mesas de backgammon, naipes ni dominós, el equipaje de la mayoría de los cafés árabes. En su lugar hay conversaciones -un buen montón-, especialmente al mediodía, cuando el espacio en los sofás es limitado y las colillas de cigarrillos se apilan en el suelo.
"No me convencen las elecciones", declara Abdel-Rahman Abbas, 60, ex empleado municipal con un cuidado mostacho y una chaqueta deportiva azul. "Los americanos pueden hacer lo que quieran, y ya tomaron una decisión".
Abbas estaba preocupado. Compartía el cinismo de muchos sobre los más importantes partidos políticos iraquíes, la mayoría de los cuales operaban en el exilio durante el régimen de Saddam Hussein. Dijo que pensaba que las elecciones sólo intensificarían las divisiones sectarias que, a pesar de las provocaciones, todavía no habían estallado. Y expresó una nostalgia evocada a menudo: En su mente, la monarquía que cayó en 1958 sería un gobierno tan bueno como cualquiera.
"No es más que un juego", dijo.
Pero Abbas es una voz solitaria. No es que los otros pensaran que las elecciones serán pacíficas; pocos son los que no predicen la violencia. Pero muchos de los escritores, críticos literarios e intelectuales parecían estar diciendo que el precio valía la pena de pagar.
Para los más entusiastas en Shahbandar, el ambiente recordaba otros momentos críticos en Bagdad desde la invasión norteamericana de marzo de 2003: El optimismo aumentaba en cada momento decisivo, anunciado como un nuevo comienzo, incluso si resultaba ser de corta duración.
"Si hubieran hecho las elecciones primero, no tendríamos la situación que tenemos ahora", dijo Heidar Mohammed, 37, vendedor de libros. "Si hubiera habido elecciones, la gente habría aceptado al gobierno desde el principio".
Un barbudo con una abultada mochila distribuyó octavillas entre los parroquianos. Una decía: "Hacia un Iraq democrático, unido y justo". Detrás de él había un vendedor de diarios pregonando sus mercaderías: "¡Lea el diario! ¡150 dinares!" Uno de los titulares anunciaba los daños causados el miércoles por la explosión de tres coches-bomba en Mosul, la tercera ciudad del país.
"Un país no progresa sin hacer sacrificios", dijo Mohammed.
Mencionó la guerra de Irán-Iraq y la batalla de 1988 para recuperar la península de Faw en el Golfo Pérsico. Murieron miles, dijo, "en nombre de la locura de Saddam. Si perdemos 100 o 200 personas como mártires de las elecciones, el sacrificio valdrá la pena".
"Es el precio que tenemos que pagar", agregó Mohammed Thamer, poeta. "No tenemos alternativa, no hay solución".
Junto a la puerta del café, chocan el pasado y el futuro de Iraq. En las paredes adentro hay fotografías de la historia de Iraq: el equipo de lucha con los torsos desnudos de 1936, la corte del Rey Faisal después de la Primera Guerra Mundial, el funeral del Rey Ghazi en 1939. Afuera, los carteles de la campaña electoral con promesas como: "Elecciones son seguridad y estabilidad". "Iraq primero", dice otro.
Danif, Karim y Yassin, amigos que se reúnen todos los jueves en el café, sonrieron cuando hablaron sobre la votación. Como otros, saben poco de los candidatos, los partidos o sus programas. Pero celebran lo que significan las elecciones.
"En política no confío en nadie", dijo Karim, 48. "Sólo confío en el pueblo iraquí".
Yassin sorbió de su té, luego habló
"Con las elecciones", dijo, "se pasarán las páginas del régimen totalitario y nunca volverán a ser abiertas".
La embajada norteamericana ha hecho esfuerzos por limitar su participación pública en las elecciones, y los militares norteamericanos, que desplegarán sus 150.000 tropas durante las elecciones, se mantendrán alejados de los colegios electorales. Dado el nivel de descontento y escepticismo sobre Estados Unidos en Iraq, puede ser la mejor manera de asegurar la legitimidad de las elecciones.
"A veces cuando los norteamericanos dicen Buenos días', nos ponemos desconfiados", dijo Yassin, crítico literario.
Pero no había nada de la furiosa indignación sobre la ocupación mostrada a menudo en lugares como Ciudad Sáder, leal al clérigo militante chií, o en barrios predominantemente sunníes, como Adhamiyah. En lugar de eso, los tres hombres dijeron que esperarían.
"Terminará, tarde o temprano", dijo Yassin. "Lo dice la historia".
En las paredes hay fotografías de una ocupación anterior: la entrada en Bagdad en 1917 del general de división británico Stanley Maude a la cabeza del ejército que había derrotado a los otomanos, el pontón que construyó en el Tigris, un puesto militar británico de 1923. Maude murió en la guerra; Iraq no alcanzó la independencia sino en 1932.
"Los norteamericanos se marcharán", dijo Karim. "Se marcharán como otros que ocuparon Iraq, tarde o temprano".
Entretanto, los tres hombres dijeron que tenían esperanzas.
"Tengo optimismo, mil por ciento", exclamó Danif.
Karim asintió. "Yo soy dos veces más optimista", dijo.
Yassin sonrió. "Soy optimista, pero sé que habría obstáculos y dificultades". Asintió con los otros y dijo: "Es sólo el principio".
16 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
"Ir a votar es una victoria para el pueblo iraquí", dijo Ali Danif, 45, escritor.
"Las elecciones son más importantes que los candidatos", insistió Jamal Karim, su locuaz amigo.
Para no quedarse atrás, un sonriente Suheil Yassin intervino diciendo: "Mi deseo es morir en la puerta de uno de los locales de votación", una expresión que era deliberadamente dramática. "Quiero ser el mártir de las urnas".
Las primeras elecciones competitivas de Iraq en décadas son un asunto torpemente contenido. La violencia acecha ominosamente el proceso, que terminará con la elección de un nuevo parlamento el 30 de enero. Los nombres de los candidatos no han sido publicados, por temor a que sean asesinados. Las manifestaciones son pocas, los carteles son a menudo despegados y casi nadie conoce algún programa electoral, mucho menos sus candidatos.
Pero en Shahbandar, un café de más un siglo que ha sido durante largo tiempo el corazón intelectual de esta fatigada ciudad, donde hombres con desgastadas chaquetas de traje y jerseyes se reúnen a debatir en pequeños círculos, hay un marcado optimismo sobre lo que significan las elecciones para la gente que anhela un cambio decisivo después de casi dos años de ocupación. Para muchos de los hombres reunidos aquí, sentados debajo de retratos de la historia de Bagdad, las elecciones son más importantes que los candidatos.
"Sin elecciones, habrá tiranía", dijo Kadhim Hassan, 37, escritor.
La luz al fin de la mañana bañaba el atiborrado café con un suave brillo y Hassan estaba sentado en una angosta banca de madera. Calificó la votación de "momento histórico", luego su cara adquirió una expresión adusta. "La guerra y los desastres", dijo, sacudiendo la cabeza -para eso son buenos los iraquíes.
"Ahora la mayoría de la gente cree que están viviendo en la oscuridad", dijo Hassan. "Es hora de salir a la luz".
Shahbandar, con su tejado abovedado y sus paredes de ladrillos, es un artefacto de lo que alguien podría llamar una época más civilizada de Bagdad, antes de que las conversaciones giraran sobre los secuestros que se han transformado en una epidemia, antes de las frustraciones con la electricidad que aún no mejora, antes de las quejas sobre las colas en las gasolineras que se extienden por kilómetros y duran ya más de un mes.
Viejas pipas de agua están ordenadas en hileras, junto con samovares y jarras de bronce acumulando polvo. Afuera está la conejera de librerías a lo largo de la calle de Mutanabi, llamada según un sabio del siglo 10, cuyas palabras todavía son recitadas de memoria por casi todos los árabes. En la esquina está la Qushla, la sede en Bagdad del gobierno otomano, que cayó en la Primera Guerra Mundial. Fue en esa época que el café fue renovado y llamado oficialmente con el nombre de sus antiguos dueños, quienes comenzaron a atraer a los hombres de letras de la ciudad.
Shahbandar no tiene mesas de backgammon, naipes ni dominós, el equipaje de la mayoría de los cafés árabes. En su lugar hay conversaciones -un buen montón-, especialmente al mediodía, cuando el espacio en los sofás es limitado y las colillas de cigarrillos se apilan en el suelo.
"No me convencen las elecciones", declara Abdel-Rahman Abbas, 60, ex empleado municipal con un cuidado mostacho y una chaqueta deportiva azul. "Los americanos pueden hacer lo que quieran, y ya tomaron una decisión".
Abbas estaba preocupado. Compartía el cinismo de muchos sobre los más importantes partidos políticos iraquíes, la mayoría de los cuales operaban en el exilio durante el régimen de Saddam Hussein. Dijo que pensaba que las elecciones sólo intensificarían las divisiones sectarias que, a pesar de las provocaciones, todavía no habían estallado. Y expresó una nostalgia evocada a menudo: En su mente, la monarquía que cayó en 1958 sería un gobierno tan bueno como cualquiera.
"No es más que un juego", dijo.
Pero Abbas es una voz solitaria. No es que los otros pensaran que las elecciones serán pacíficas; pocos son los que no predicen la violencia. Pero muchos de los escritores, críticos literarios e intelectuales parecían estar diciendo que el precio valía la pena de pagar.
Para los más entusiastas en Shahbandar, el ambiente recordaba otros momentos críticos en Bagdad desde la invasión norteamericana de marzo de 2003: El optimismo aumentaba en cada momento decisivo, anunciado como un nuevo comienzo, incluso si resultaba ser de corta duración.
"Si hubieran hecho las elecciones primero, no tendríamos la situación que tenemos ahora", dijo Heidar Mohammed, 37, vendedor de libros. "Si hubiera habido elecciones, la gente habría aceptado al gobierno desde el principio".
Un barbudo con una abultada mochila distribuyó octavillas entre los parroquianos. Una decía: "Hacia un Iraq democrático, unido y justo". Detrás de él había un vendedor de diarios pregonando sus mercaderías: "¡Lea el diario! ¡150 dinares!" Uno de los titulares anunciaba los daños causados el miércoles por la explosión de tres coches-bomba en Mosul, la tercera ciudad del país.
"Un país no progresa sin hacer sacrificios", dijo Mohammed.
Mencionó la guerra de Irán-Iraq y la batalla de 1988 para recuperar la península de Faw en el Golfo Pérsico. Murieron miles, dijo, "en nombre de la locura de Saddam. Si perdemos 100 o 200 personas como mártires de las elecciones, el sacrificio valdrá la pena".
"Es el precio que tenemos que pagar", agregó Mohammed Thamer, poeta. "No tenemos alternativa, no hay solución".
Junto a la puerta del café, chocan el pasado y el futuro de Iraq. En las paredes adentro hay fotografías de la historia de Iraq: el equipo de lucha con los torsos desnudos de 1936, la corte del Rey Faisal después de la Primera Guerra Mundial, el funeral del Rey Ghazi en 1939. Afuera, los carteles de la campaña electoral con promesas como: "Elecciones son seguridad y estabilidad". "Iraq primero", dice otro.
Danif, Karim y Yassin, amigos que se reúnen todos los jueves en el café, sonrieron cuando hablaron sobre la votación. Como otros, saben poco de los candidatos, los partidos o sus programas. Pero celebran lo que significan las elecciones.
"En política no confío en nadie", dijo Karim, 48. "Sólo confío en el pueblo iraquí".
Yassin sorbió de su té, luego habló
"Con las elecciones", dijo, "se pasarán las páginas del régimen totalitario y nunca volverán a ser abiertas".
La embajada norteamericana ha hecho esfuerzos por limitar su participación pública en las elecciones, y los militares norteamericanos, que desplegarán sus 150.000 tropas durante las elecciones, se mantendrán alejados de los colegios electorales. Dado el nivel de descontento y escepticismo sobre Estados Unidos en Iraq, puede ser la mejor manera de asegurar la legitimidad de las elecciones.
"A veces cuando los norteamericanos dicen Buenos días', nos ponemos desconfiados", dijo Yassin, crítico literario.
Pero no había nada de la furiosa indignación sobre la ocupación mostrada a menudo en lugares como Ciudad Sáder, leal al clérigo militante chií, o en barrios predominantemente sunníes, como Adhamiyah. En lugar de eso, los tres hombres dijeron que esperarían.
"Terminará, tarde o temprano", dijo Yassin. "Lo dice la historia".
En las paredes hay fotografías de una ocupación anterior: la entrada en Bagdad en 1917 del general de división británico Stanley Maude a la cabeza del ejército que había derrotado a los otomanos, el pontón que construyó en el Tigris, un puesto militar británico de 1923. Maude murió en la guerra; Iraq no alcanzó la independencia sino en 1932.
"Los norteamericanos se marcharán", dijo Karim. "Se marcharán como otros que ocuparon Iraq, tarde o temprano".
Entretanto, los tres hombres dijeron que tenían esperanzas.
"Tengo optimismo, mil por ciento", exclamó Danif.
Karim asintió. "Yo soy dos veces más optimista", dijo.
Yassin sonrió. "Soy optimista, pero sé que habría obstáculos y dificultades". Asintió con los otros y dijo: "Es sólo el principio".
16 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
capitalista a regañadientes
[Susan B. Glasser] El vendedor y su país han pagado un alto precio por la estabilidad.
Nizhny Novgorod, Rusia. Alexander Markus sacudió la cabeza cuando miraba dos cajas idénticas con ropa interior masculina.
Este es su negocio ahora, y ha aprendido demasiado bien la diferencia entre los calzoncillos que se venden y esos que, como los dos modelos rusos que ha examinado en su bodega, no se venderán. "Demasiado caro", dijo. "Mal empaquetado". Y se encogió de hombros. Es "trivial", dijo, repitiendo una palabra que usa al menos una docena de veces al día, "pero tengo que comer".
En el pasado, Markus estudió física avanzada y fue reclutado para trabajar en una planta de investigación nuclear soviética ultra secreta. Hoy, es un capitalista a regañadientes en un país todavía incómodo con las fuerzas del mercado que se liberaron con la caída del comunismo. "Renunciaría mañana mismo, con gusto", dijo. "Los negocios para hacer negocios no me han interesado nunca".
En el caníbal mundo de los negocios rusos, la trivialidad de la vida de Markus representa una especie de victoria, un producto de la tentativa estabilidad que reina en Rusia bajo el presidente Vladimir Putin. "Antes, no tenía sentido tener propiedades porque las perdías todas", dijo Markus. "Ahora hay algunas reglas que hasta las autoridades obedecen".
Pero su fe en el sistema -en cualquier sistema- desapareció a lo largo de la estridente, violenta y torcida ruta que precedió su tranquila vida como vendedor de corpiños y bañadores. El negocio de Markus es un reflejo de su país: A cambio de estabilidad, los rusos dieron carta blanca a su presidente y son indiferentes a las intrigas del Kremlin que hacen de esta una época de incertidumbre sobre el futuro del comercio ruso.
La carrera de Markus, contada durante varios días de entrevistas con él, su familia, amigos y colegas, describe el arco del capitalismo ruso. En los años ochenta acogió la empresa libre y flirteó con la idea de ser un disidente. En los noventa aprendió duramente lo que llama irónicamente "los negocios rusos" -mafiosos armados que se apoderaron de su primera tienda, empleados corruptos que hicieron quebrar el banco con el que hacía negocios, compañías occidentales que prometían pero cuyos productos no eran lo que parecían.
Sólo ahora, gracias a los bragas polacas y calcetines turcos y a la relativa prosperidad de Putin, tiene Markus algún grado de seguridad económica. A los 38 ha levantado una cadena de seis tiendas en esta ciudad industrial junto al Río Volga. Da empleo a 50 personas, mantiene a tres hijos y juega juegos de ordenador en la oficina porque su trabajo no presenta ninguna dificultad para alguien que esperaba ser físico nuclear.
"En resumen", dijo, "me aburro".
Hace tiempo que Markus dejó de creer en los demócratas y ahora le "dan ganas de vomitar porque son como todos los demás". Dice que cree que el sistema está dominado por burócratas "parásitos" y oligarcas codiciosos como Mikhail Khodorkovsky, el magnate del petróleo encarcelado cuya compañía, Yukos, está siendo demolida por el estado como parte del intento de Putin de concentrar el poder en el Kremlin.
Markus es uno de los millones que votaron por Putin que están dispuestos a aceptar un sistema más autoritario como el precio de una vida más previsible. Sin embargo, no es un creyente incondicional de las promesas de la Rusia de Putin.
Cuando conducía a través de las averiadas calles de Nizhny Novgorod, Markus indicó con un gesto el nuevo centro comercial en manos de unos grandes almacenes turcos. "Todavía no tenemos que vernóslas con estos gigantes. Es por eso que podemos vivir", dijo. Pronto, explicó, tendrá que ampliar sus negocios para hacer frente a la competencia. Pero Markus tiene miedo de transformarse en lo que desprecia: un capitalista como Khodorkovsky, que hace dinero "parándome la espalda de mis vecinos" y vulnerable a la manipulación del estado, o algo todavía peor.
Así Markus sigue siendo un escéptico, un escepticismo que ganó a punta de pistola. "Una rica experiencia en este país me dice que la verdadera estabilidad sólo se alcanza después de la muerte", dijo. Y no estaba bromeando.
Pocas Reglas, Grandes Riesgos
"No quiero escupir en el espejo por las mañanas", dijo Markus, discutiendo de buen humor con su mejor amigo, Valera Nakaryakov, de vuelta para visitarlo después de haber emigrado hace más de diez años.
Nakaryakov estaba ansioso de culpar el "salvaje capitalismo" de Rusia por los muchos reveses que ha sufrido Markus. Él había considerado tomar el mismo camino. "Tuve que tomar una decisión muy pensada: o meterme en negocios aquí, o emigrar", dijo. "Me marché". Hoy, Nakaryakov es un ciudadano británico, un prominente y joven físico espacial en la Universidad de Warwick, que tiene más de 58 publicaciones académicas en su currículum. Es consultor de la NASA y la Agencia Especial Europea, y sus últimos descubrimientos son tema de entusiastas notas de la prensa.
Bebiendo una cerveza cerca de las aulas donde en el pasado eran inseparables, Nakaryakov le dijo a su amigo que siempre lo vería como un capitalista involuntario.
"Te obligaron a meterte en los negocios", dijo. "Lo hiciste contra tu voluntad".
En realidad, fue la política -la única cosa con la que coqueteó Markus- la que lo puso en el camino de transformarse en un vendedor de ropa interior.
Fue en 1989, y al joven físico conocido como Sasha por sus amigos le faltaba un mes para terminar sus estudios. A él y Nakaryakov -ambos casados y con hijas- les esperaban prestigiosos trabajos en Arzamas-16, la cercana planta nuclear secreta. Pero Nizhny Novgorod, en esa época todavía una ciudad industrial militar llamada Gorky, hervía de activistas que esperaban emular al científico nuclear disidente Andrei Sakharov, que pasó la mayor parte de los años ochenta en el exilio aquí. "Entonces éramos todos demócratas", recordó Markus.
"Todo se estaba derrumbando", dijo Markus. "Me quería sentir como un disidente y ayudé a echarlo abajo completamente". Ese Primero de Mayo se unió a los manifestantes en el desfile anual de los trabajadores gritando lemas en pro de la democracia. La policía los detuvo. "La gente estaba contenta, estábamos todos cantando canciones revolucionarias. Incluso en la cárcel estábamos contentos", dijo.
Los profesores partidarios de la causa no pudieron silenciar el escándalo de la detención. A Markus no le permitieron terminar los estudios, y Nakaryakov y otros amigos perdieron los trabajos prometidos en Arzamas-16. "Encontraron una oveja negra en el grupo, así que decidieron que nadie saldría libre", dijo Markus.
No sabía qué hacer hasta que un amigo "me dio un dato de que había una palabra llamado negocio'" y lo conectó con un grupo que compraba ordenadores a bajo precio en Moscú y los vendía a precios más altos en Nizhny. Markus se transformó en el director técnico porque él "al menos había visto un ordenador antes". Se ganaba mucho dinero. "Todos los negocios tenían éxito en esa época", recordó. "No había reglas del juego en el nuevo mercado -ni en el país- y la actitud era lo que se gana fácil, se gasta fácil'".
Nunca fue una persona que gustara de los grupos, así que Markus decidió iniciar sus propios negocios. "Estaba aprendiendo", dijo. "Más tarde me di cuenta de que no importa lo que vendas, provisto que no se trate de personas, drogas o armas".
Pero era confuso. Estaba excitado con el dinero que nunca tuvo antes y rodeado de nuevos y dudosos amigos del mundo del comercio gris. Su matrimonio se derrumbó en 1991, cuando se disolvió la Unión Soviética. "Se metió en negocios y así es como comenzó a hundirse", dijo su primera esposa, Anna Mariniechenko. "La gente empezó a tener un dinero que no habían tenido nunca antes; era la época de las fiestas. Muchos rusos quedaron en la bancarrota en esa época".
Para entonces, el nombre de Nizhny Novgorod había sido recuperado y las autoridades imaginaron un futuro comercial para la ciudad basándose en su propia historia como un cruce comercial entre los ríos Volga y Oka.
Markus abrió una modesta pulpería en la calle de Gorky. Pero pronto los bandidos comenzaron a cebarse en propietarios como él, exigiendo dinero de protección. Markus dormía en casa con una nueva esposa y un rifle de caza. Una noche de 1993 los pistoleros entraron a su apartamento y exigieron que les entregara la tienda. "Pusieron una pistola contra mi esposa, y por supuesto les di la tienda", dijo.
Cuando fue a su tienda a suplicar que se la devolvieran, un gángster le hizo una proposición diferente, pidiéndole a Markus que trabajara en su banco. Aceptó y aprendió desde dentro el funcionamiento de los llamados bancos que proliferaron en los años noventa, haciendo las veces de escondites y operaciones de lavado de dinero para unos pocos colegas bien conectados.
En apariencia él estaba ahí para controlar las garantías de pago de los que obtenían préstamos. "Pero resultó que nadie lo necesitaba. Todos los bancos daban crédito exclusivamente sobre la base de la amistad o por órdenes directas de los dueños", recordó Markus. En 1995 el banco explotó en lo que era una "quiebra fraudulenta".
Encontró trabajo en una importante firma agrícola que vendía frutas, y la odió de inmediato. Su segunda esposa lo dejó. Después del desastre del banco, "tanto los maleantes como la policía empezaron a perseguirme", recordó. Los policías le encontraron primero, y pasó un mes en la cárcel convenciéndoles de que él era simplemente un testigo, no un implicado, de los delitos del banco.
Fue entonces que Markus prestó por primera vez atención al mundo de los calcetines, medias y ropa interior, iniciando varias pequeñas tiendas. Encontró un proveedor en Moscú e importó mercaderías turcas baratas. Pero los negocios no marchaban bien. En 1997 los socios de Markus lo dejaron y se encontró a sí mismo con una deuda de 10.000 dólares.
Llegaron mensajeros amenazándolo, exigiendo dinero. Markus no tenía modo de pagar y, como dijo irónicamente, "ellos no podían hacer nada, excepto matarme, y si me mataban, se quedarían sin nada".
Luego la firma de Moscú envió a un imponente atleta llamado Oleg Gavryuchenkov a "impresionarme". Gavryuchenkov, que dijo que debía su formidable físico a años de water polo, se negó a comentar su primer encuentro con Markus. Interrogado sobre los negocios en los que estaba involucrado entonces, replicó con una modesta sonrisa: "Gente que tenía problemas en los negocios -nosotros resolvíamos esos problemas".
Al principio Markus trató de reunir dinero trabajando para una firma francesa que vendía suplementos alimentarios. Pero incluso esta compañía, descubrió, hacía trucos. A pesar de la larga lista de ingredientes mencionados en los suplementos, "la mayoría de ellos no se hallaban en los productos", dijo.
Después de tres meses se rindió y se dirigió a Moscú a pagar su deuda trabajando directamente para la empresa turca importadora. Era la primavera de 1998.
"Me transformé en un esclavo", dijo.
La economía rusa se fundió ese agosto. El negocio, junto a decenas de miles de otros más, se fue a la ruina cuando la devaluación del rublo hizo que el coste de las cosas importadas se hiciera prohibitivo. En la crisis, sin embargo, Markus vio una oportunidad. Había decidido que Gavryuchenkov, el corpulento cobrador, era un tipo decente, y los dos hicieron una propuesta a la gerencia de la firma. Venderían las existencias de la compañía a precios de mercado al por mayor en el terreno del estadio Luzhniki de Moscú.
Y así, ese otoño, Markus aprendió lo que era levantarse a las cuatro de la mañana para un duro día de trabajo y descargar los restos de la compañía. Incluso después de todo lo que había pasado, las brutales leyes del mercado fueron una revelación. "Luzhniki es un lugar donde puedes ganar 2.000 o 3.000 dólares al día, y perder 5.000 o 10.000", dijo. "No es un modo de vida muy humano".
A fines de 1998, Markus tenía suficiente dinero y calcetines turcos como para volver a casa y empezar un nuevo negocio. El primer eslabón de lo que sería su modesta cadena fue una esquina alquilada en una tienda de alimentación. Había espacio para sólo un soporte de calcetines. Pero Markus le dio a la empresa un nombre grandioso: European Tricotage'.
Después de todo lo que le había pasado antes, vender ropa interior era difícilmente lo peor que pudo pasar a Markus. "Fue un placer", dijo, "traer a la gente un poco de belleza".
Cauto Optimismo
Markus estaba examinando Número Uno', su primera tienda en la Plaza de la Libertad. Era el clímax de la temporada de bañadores, dos asistentes de ventas estaban ocupados con clientes y él miró las ordenadas perchas de camisetas rebajadas impresas llamativamente con nombres de marcas como Nike, Polo, Donna Karan y Dolce & Gabbana.
"Todos saben qué son y no tratamos de ocultarlo", dijo. "Las marcas verdaderas son completamente inaccesibles para la gente que compra en nuestras tiendas".
Cada año durante los últimos cinco, los negocios de Markus han crecido. Número Uno' ha sido siempre su tienda que mejor funciona; el volumen ahora es de más de 20.000 dólares al mes. Los gángsteres ya no se aparecen exigiendo dinero. "El último ofrecimiento de protección me lo hicieron hace cuatro años. Y rechazamos con gran placer", dijo Markus. European Tricotages es ahora un nombre conocido, y vende también al por mayor. Hace poco hizo su primer viaje de negocios a Turquía.
Presionado por sus clientes ansiosos de normalizar' los negocios, Markus decidió hace un año incluso abrir una cuenta bancaria de la compañía, un gran paso después de años de operar sólo con dinero contante.
Pero Markus hoy es todavía solamente un miembro de lo que el director de la asociación de pequeños empresarios rusos llama el "proletariado comercial". Está visiblemente estresado, un fantasma barbudo cuyas ropas se le caen del cuerpo. Come rara vez durante el día, manteniéndose con café y cigarrillos. No tiene coche ni teléfono móvil. Su modesto apartamento, donde vive con su tercera esposa, su hija de 10 años y su hijo de 12, le cuesta 300 dólares al mes.
El sueño de la ciudad capitalista modelo en el Volga se ha esfumado hace mucho; Nizhny Novgorod hoy no está ni siquiera entre las diez primeras regiones de la inversión extranjera. Las compras promedio en las tiendas de Markus son de 7 dólares. Los dependientes de Markus trabajan a comisión, y se llevan a casa unos 100 dólares al mes durante los períodos flojos.
La agobiante mano de los burócratas, o chinovniki' en ruso, es un problema constante. "El señor Chinovnik es un parásito para gente como yo", dijo. Normalmente, deja en manos de su hermano Maksim, ingeniero civil de profesión, la tarea de solucionar dolores de cabeza como la multa de 85 dólares que están tratando de anular por tener mala la hora en la caja. "Nos pusieron la multa y les dijimos: No vamos a pagar, llévennos a juicio'", recordó Maksim. "Pero los inspectores de impuestos dijeron: No, tú nos llevas a juicio'. Llevar a un inspector de impuestos a juicio es mala para el futuro. Eso entendimos".
"Durante 1.500 años", dijo, "el gobierno nos acusa de vivir en Rusia".
Y, sin embargo, a veces, Markus es cautelosamente optimista, y tiene planes de abrir unos almacenes en Moscú y ampliar sus negocios al por mayor. "Estamos empezando el proceso en el que la gente piensa en el mañana", dijo. "Durante diez años para nosotros fue muy difícil hacer planes. Teníamos tantos problemas. Pero ahora me gustaría hacer algunos planes".
Ve su pequeño imperio de ropa interior como un refugio en el que protegerse de Rusia, donde trabaja rodeado de un pequeño círculo de amigos en los que confía, como su hermano Maksim, su compañero de infancia Dima y su primo Sergei. No tiene planes de meterse en política, no en grupos comerciales ni en proyectos de acción cívica de ningún tipo.
"Como muchos de mi generación hace mucho tiempo me aparté del estado y estoy viviendo en el mundo que más me gusta", dijo. "Toda persona que se mete en negocios, construye su propio estado".
21 de diciembre de 2004
15 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
Este es su negocio ahora, y ha aprendido demasiado bien la diferencia entre los calzoncillos que se venden y esos que, como los dos modelos rusos que ha examinado en su bodega, no se venderán. "Demasiado caro", dijo. "Mal empaquetado". Y se encogió de hombros. Es "trivial", dijo, repitiendo una palabra que usa al menos una docena de veces al día, "pero tengo que comer".
En el pasado, Markus estudió física avanzada y fue reclutado para trabajar en una planta de investigación nuclear soviética ultra secreta. Hoy, es un capitalista a regañadientes en un país todavía incómodo con las fuerzas del mercado que se liberaron con la caída del comunismo. "Renunciaría mañana mismo, con gusto", dijo. "Los negocios para hacer negocios no me han interesado nunca".
En el caníbal mundo de los negocios rusos, la trivialidad de la vida de Markus representa una especie de victoria, un producto de la tentativa estabilidad que reina en Rusia bajo el presidente Vladimir Putin. "Antes, no tenía sentido tener propiedades porque las perdías todas", dijo Markus. "Ahora hay algunas reglas que hasta las autoridades obedecen".
Pero su fe en el sistema -en cualquier sistema- desapareció a lo largo de la estridente, violenta y torcida ruta que precedió su tranquila vida como vendedor de corpiños y bañadores. El negocio de Markus es un reflejo de su país: A cambio de estabilidad, los rusos dieron carta blanca a su presidente y son indiferentes a las intrigas del Kremlin que hacen de esta una época de incertidumbre sobre el futuro del comercio ruso.
La carrera de Markus, contada durante varios días de entrevistas con él, su familia, amigos y colegas, describe el arco del capitalismo ruso. En los años ochenta acogió la empresa libre y flirteó con la idea de ser un disidente. En los noventa aprendió duramente lo que llama irónicamente "los negocios rusos" -mafiosos armados que se apoderaron de su primera tienda, empleados corruptos que hicieron quebrar el banco con el que hacía negocios, compañías occidentales que prometían pero cuyos productos no eran lo que parecían.
Sólo ahora, gracias a los bragas polacas y calcetines turcos y a la relativa prosperidad de Putin, tiene Markus algún grado de seguridad económica. A los 38 ha levantado una cadena de seis tiendas en esta ciudad industrial junto al Río Volga. Da empleo a 50 personas, mantiene a tres hijos y juega juegos de ordenador en la oficina porque su trabajo no presenta ninguna dificultad para alguien que esperaba ser físico nuclear.
"En resumen", dijo, "me aburro".
Hace tiempo que Markus dejó de creer en los demócratas y ahora le "dan ganas de vomitar porque son como todos los demás". Dice que cree que el sistema está dominado por burócratas "parásitos" y oligarcas codiciosos como Mikhail Khodorkovsky, el magnate del petróleo encarcelado cuya compañía, Yukos, está siendo demolida por el estado como parte del intento de Putin de concentrar el poder en el Kremlin.
Markus es uno de los millones que votaron por Putin que están dispuestos a aceptar un sistema más autoritario como el precio de una vida más previsible. Sin embargo, no es un creyente incondicional de las promesas de la Rusia de Putin.
Cuando conducía a través de las averiadas calles de Nizhny Novgorod, Markus indicó con un gesto el nuevo centro comercial en manos de unos grandes almacenes turcos. "Todavía no tenemos que vernóslas con estos gigantes. Es por eso que podemos vivir", dijo. Pronto, explicó, tendrá que ampliar sus negocios para hacer frente a la competencia. Pero Markus tiene miedo de transformarse en lo que desprecia: un capitalista como Khodorkovsky, que hace dinero "parándome la espalda de mis vecinos" y vulnerable a la manipulación del estado, o algo todavía peor.
Así Markus sigue siendo un escéptico, un escepticismo que ganó a punta de pistola. "Una rica experiencia en este país me dice que la verdadera estabilidad sólo se alcanza después de la muerte", dijo. Y no estaba bromeando.
Pocas Reglas, Grandes Riesgos
"No quiero escupir en el espejo por las mañanas", dijo Markus, discutiendo de buen humor con su mejor amigo, Valera Nakaryakov, de vuelta para visitarlo después de haber emigrado hace más de diez años.
Nakaryakov estaba ansioso de culpar el "salvaje capitalismo" de Rusia por los muchos reveses que ha sufrido Markus. Él había considerado tomar el mismo camino. "Tuve que tomar una decisión muy pensada: o meterme en negocios aquí, o emigrar", dijo. "Me marché". Hoy, Nakaryakov es un ciudadano británico, un prominente y joven físico espacial en la Universidad de Warwick, que tiene más de 58 publicaciones académicas en su currículum. Es consultor de la NASA y la Agencia Especial Europea, y sus últimos descubrimientos son tema de entusiastas notas de la prensa.
Bebiendo una cerveza cerca de las aulas donde en el pasado eran inseparables, Nakaryakov le dijo a su amigo que siempre lo vería como un capitalista involuntario.
"Te obligaron a meterte en los negocios", dijo. "Lo hiciste contra tu voluntad".
En realidad, fue la política -la única cosa con la que coqueteó Markus- la que lo puso en el camino de transformarse en un vendedor de ropa interior.
Fue en 1989, y al joven físico conocido como Sasha por sus amigos le faltaba un mes para terminar sus estudios. A él y Nakaryakov -ambos casados y con hijas- les esperaban prestigiosos trabajos en Arzamas-16, la cercana planta nuclear secreta. Pero Nizhny Novgorod, en esa época todavía una ciudad industrial militar llamada Gorky, hervía de activistas que esperaban emular al científico nuclear disidente Andrei Sakharov, que pasó la mayor parte de los años ochenta en el exilio aquí. "Entonces éramos todos demócratas", recordó Markus.
"Todo se estaba derrumbando", dijo Markus. "Me quería sentir como un disidente y ayudé a echarlo abajo completamente". Ese Primero de Mayo se unió a los manifestantes en el desfile anual de los trabajadores gritando lemas en pro de la democracia. La policía los detuvo. "La gente estaba contenta, estábamos todos cantando canciones revolucionarias. Incluso en la cárcel estábamos contentos", dijo.
Los profesores partidarios de la causa no pudieron silenciar el escándalo de la detención. A Markus no le permitieron terminar los estudios, y Nakaryakov y otros amigos perdieron los trabajos prometidos en Arzamas-16. "Encontraron una oveja negra en el grupo, así que decidieron que nadie saldría libre", dijo Markus.
No sabía qué hacer hasta que un amigo "me dio un dato de que había una palabra llamado negocio'" y lo conectó con un grupo que compraba ordenadores a bajo precio en Moscú y los vendía a precios más altos en Nizhny. Markus se transformó en el director técnico porque él "al menos había visto un ordenador antes". Se ganaba mucho dinero. "Todos los negocios tenían éxito en esa época", recordó. "No había reglas del juego en el nuevo mercado -ni en el país- y la actitud era lo que se gana fácil, se gasta fácil'".
Nunca fue una persona que gustara de los grupos, así que Markus decidió iniciar sus propios negocios. "Estaba aprendiendo", dijo. "Más tarde me di cuenta de que no importa lo que vendas, provisto que no se trate de personas, drogas o armas".
Pero era confuso. Estaba excitado con el dinero que nunca tuvo antes y rodeado de nuevos y dudosos amigos del mundo del comercio gris. Su matrimonio se derrumbó en 1991, cuando se disolvió la Unión Soviética. "Se metió en negocios y así es como comenzó a hundirse", dijo su primera esposa, Anna Mariniechenko. "La gente empezó a tener un dinero que no habían tenido nunca antes; era la época de las fiestas. Muchos rusos quedaron en la bancarrota en esa época".
Para entonces, el nombre de Nizhny Novgorod había sido recuperado y las autoridades imaginaron un futuro comercial para la ciudad basándose en su propia historia como un cruce comercial entre los ríos Volga y Oka.
Markus abrió una modesta pulpería en la calle de Gorky. Pero pronto los bandidos comenzaron a cebarse en propietarios como él, exigiendo dinero de protección. Markus dormía en casa con una nueva esposa y un rifle de caza. Una noche de 1993 los pistoleros entraron a su apartamento y exigieron que les entregara la tienda. "Pusieron una pistola contra mi esposa, y por supuesto les di la tienda", dijo.
Cuando fue a su tienda a suplicar que se la devolvieran, un gángster le hizo una proposición diferente, pidiéndole a Markus que trabajara en su banco. Aceptó y aprendió desde dentro el funcionamiento de los llamados bancos que proliferaron en los años noventa, haciendo las veces de escondites y operaciones de lavado de dinero para unos pocos colegas bien conectados.
En apariencia él estaba ahí para controlar las garantías de pago de los que obtenían préstamos. "Pero resultó que nadie lo necesitaba. Todos los bancos daban crédito exclusivamente sobre la base de la amistad o por órdenes directas de los dueños", recordó Markus. En 1995 el banco explotó en lo que era una "quiebra fraudulenta".
Encontró trabajo en una importante firma agrícola que vendía frutas, y la odió de inmediato. Su segunda esposa lo dejó. Después del desastre del banco, "tanto los maleantes como la policía empezaron a perseguirme", recordó. Los policías le encontraron primero, y pasó un mes en la cárcel convenciéndoles de que él era simplemente un testigo, no un implicado, de los delitos del banco.
Fue entonces que Markus prestó por primera vez atención al mundo de los calcetines, medias y ropa interior, iniciando varias pequeñas tiendas. Encontró un proveedor en Moscú e importó mercaderías turcas baratas. Pero los negocios no marchaban bien. En 1997 los socios de Markus lo dejaron y se encontró a sí mismo con una deuda de 10.000 dólares.
Llegaron mensajeros amenazándolo, exigiendo dinero. Markus no tenía modo de pagar y, como dijo irónicamente, "ellos no podían hacer nada, excepto matarme, y si me mataban, se quedarían sin nada".
Luego la firma de Moscú envió a un imponente atleta llamado Oleg Gavryuchenkov a "impresionarme". Gavryuchenkov, que dijo que debía su formidable físico a años de water polo, se negó a comentar su primer encuentro con Markus. Interrogado sobre los negocios en los que estaba involucrado entonces, replicó con una modesta sonrisa: "Gente que tenía problemas en los negocios -nosotros resolvíamos esos problemas".
Al principio Markus trató de reunir dinero trabajando para una firma francesa que vendía suplementos alimentarios. Pero incluso esta compañía, descubrió, hacía trucos. A pesar de la larga lista de ingredientes mencionados en los suplementos, "la mayoría de ellos no se hallaban en los productos", dijo.
Después de tres meses se rindió y se dirigió a Moscú a pagar su deuda trabajando directamente para la empresa turca importadora. Era la primavera de 1998.
"Me transformé en un esclavo", dijo.
La economía rusa se fundió ese agosto. El negocio, junto a decenas de miles de otros más, se fue a la ruina cuando la devaluación del rublo hizo que el coste de las cosas importadas se hiciera prohibitivo. En la crisis, sin embargo, Markus vio una oportunidad. Había decidido que Gavryuchenkov, el corpulento cobrador, era un tipo decente, y los dos hicieron una propuesta a la gerencia de la firma. Venderían las existencias de la compañía a precios de mercado al por mayor en el terreno del estadio Luzhniki de Moscú.
Y así, ese otoño, Markus aprendió lo que era levantarse a las cuatro de la mañana para un duro día de trabajo y descargar los restos de la compañía. Incluso después de todo lo que había pasado, las brutales leyes del mercado fueron una revelación. "Luzhniki es un lugar donde puedes ganar 2.000 o 3.000 dólares al día, y perder 5.000 o 10.000", dijo. "No es un modo de vida muy humano".
A fines de 1998, Markus tenía suficiente dinero y calcetines turcos como para volver a casa y empezar un nuevo negocio. El primer eslabón de lo que sería su modesta cadena fue una esquina alquilada en una tienda de alimentación. Había espacio para sólo un soporte de calcetines. Pero Markus le dio a la empresa un nombre grandioso: European Tricotage'.
Después de todo lo que le había pasado antes, vender ropa interior era difícilmente lo peor que pudo pasar a Markus. "Fue un placer", dijo, "traer a la gente un poco de belleza".
Cauto Optimismo
Markus estaba examinando Número Uno', su primera tienda en la Plaza de la Libertad. Era el clímax de la temporada de bañadores, dos asistentes de ventas estaban ocupados con clientes y él miró las ordenadas perchas de camisetas rebajadas impresas llamativamente con nombres de marcas como Nike, Polo, Donna Karan y Dolce & Gabbana.
"Todos saben qué son y no tratamos de ocultarlo", dijo. "Las marcas verdaderas son completamente inaccesibles para la gente que compra en nuestras tiendas".
Cada año durante los últimos cinco, los negocios de Markus han crecido. Número Uno' ha sido siempre su tienda que mejor funciona; el volumen ahora es de más de 20.000 dólares al mes. Los gángsteres ya no se aparecen exigiendo dinero. "El último ofrecimiento de protección me lo hicieron hace cuatro años. Y rechazamos con gran placer", dijo Markus. European Tricotages es ahora un nombre conocido, y vende también al por mayor. Hace poco hizo su primer viaje de negocios a Turquía.
Presionado por sus clientes ansiosos de normalizar' los negocios, Markus decidió hace un año incluso abrir una cuenta bancaria de la compañía, un gran paso después de años de operar sólo con dinero contante.
Pero Markus hoy es todavía solamente un miembro de lo que el director de la asociación de pequeños empresarios rusos llama el "proletariado comercial". Está visiblemente estresado, un fantasma barbudo cuyas ropas se le caen del cuerpo. Come rara vez durante el día, manteniéndose con café y cigarrillos. No tiene coche ni teléfono móvil. Su modesto apartamento, donde vive con su tercera esposa, su hija de 10 años y su hijo de 12, le cuesta 300 dólares al mes.
El sueño de la ciudad capitalista modelo en el Volga se ha esfumado hace mucho; Nizhny Novgorod hoy no está ni siquiera entre las diez primeras regiones de la inversión extranjera. Las compras promedio en las tiendas de Markus son de 7 dólares. Los dependientes de Markus trabajan a comisión, y se llevan a casa unos 100 dólares al mes durante los períodos flojos.
La agobiante mano de los burócratas, o chinovniki' en ruso, es un problema constante. "El señor Chinovnik es un parásito para gente como yo", dijo. Normalmente, deja en manos de su hermano Maksim, ingeniero civil de profesión, la tarea de solucionar dolores de cabeza como la multa de 85 dólares que están tratando de anular por tener mala la hora en la caja. "Nos pusieron la multa y les dijimos: No vamos a pagar, llévennos a juicio'", recordó Maksim. "Pero los inspectores de impuestos dijeron: No, tú nos llevas a juicio'. Llevar a un inspector de impuestos a juicio es mala para el futuro. Eso entendimos".
"Durante 1.500 años", dijo, "el gobierno nos acusa de vivir en Rusia".
Y, sin embargo, a veces, Markus es cautelosamente optimista, y tiene planes de abrir unos almacenes en Moscú y ampliar sus negocios al por mayor. "Estamos empezando el proceso en el que la gente piensa en el mañana", dijo. "Durante diez años para nosotros fue muy difícil hacer planes. Teníamos tantos problemas. Pero ahora me gustaría hacer algunos planes".
Ve su pequeño imperio de ropa interior como un refugio en el que protegerse de Rusia, donde trabaja rodeado de un pequeño círculo de amigos en los que confía, como su hermano Maksim, su compañero de infancia Dima y su primo Sergei. No tiene planes de meterse en política, no en grupos comerciales ni en proyectos de acción cívica de ningún tipo.
"Como muchos de mi generación hace mucho tiempo me aparté del estado y estoy viviendo en el mundo que más me gusta", dijo. "Toda persona que se mete en negocios, construye su propio estado".
21 de diciembre de 2004
15 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
soldado mató a cinco compañeros
Un soldado, en aparente estado de perturbación mental, dio muerte a tiros a cinco de sus compañeros en los dormitorios de un batallón en Pasto, la principal ciudad de la frontera suroccidental con el Ecuador, informó el Ministro de Defensa, Jorge Alberto Uribe.
Colombia. Igualmente otros cuatro militares resultaron heridos como consecuencia del ataque del soldado que vació el cargador de su fusil de dotación.
"En el Batallón Boyacá de Pasto, alrededor de las cuatro de la mañana un soldado que estaba de guardia, en un acto de locura, empezó a disparar contra sus compañeros", dijo Uribe.
"Con dolor en el alma tengo que registrar la muerte de estos cinco muchachos, de estos cinco compañeros", agregó el ministro en reportaje con radio Caracol.
Dijo que al parecer el soldado, que fue detenido, cayó víctima de las intensas presiones materiales y sicológicos que conlleva el combate a los grupos armados al margen de la ley.
"Son circunstancias tan difíciles las que tiene que vivir un soldado o un policía en las condiciones del país. Están sometidos a presiones sicológicas muy grandes por la acción de los grupos criminales", comentó.
Este es el segundo episodio con víctimas entre las fuerzas militares que se registra en el Departamento de Nariño en menos de 24 horas.
En la madrugada del jueves un helicóptero Black Hawk se precipitó a tierra en una zona boscosa cercana a Tumaco, puerto sobre el Pacífico y 20 soldados murieron.
La aeronave hacía parte de una flotilla de ocho helicópteros que adelantaba una operación contra la guerrilla y el narcotráfico. Súbitamente se incendió y cayó a tierra, según un vídeo presentado por el Ministerio de Defensa.
"Este es un accidente muy doloroso, claramente es un accidente de origen meteorológico", dijo el Ministro de Defensa, quien anunció que ya fueron recuperados los cadáveres de las víctimas y su sepelio se hará el sábado.
15 de enero de 2005
©univisión
Colombia. Igualmente otros cuatro militares resultaron heridos como consecuencia del ataque del soldado que vació el cargador de su fusil de dotación."En el Batallón Boyacá de Pasto, alrededor de las cuatro de la mañana un soldado que estaba de guardia, en un acto de locura, empezó a disparar contra sus compañeros", dijo Uribe.
"Con dolor en el alma tengo que registrar la muerte de estos cinco muchachos, de estos cinco compañeros", agregó el ministro en reportaje con radio Caracol.
Dijo que al parecer el soldado, que fue detenido, cayó víctima de las intensas presiones materiales y sicológicos que conlleva el combate a los grupos armados al margen de la ley.
"Son circunstancias tan difíciles las que tiene que vivir un soldado o un policía en las condiciones del país. Están sometidos a presiones sicológicas muy grandes por la acción de los grupos criminales", comentó.
Este es el segundo episodio con víctimas entre las fuerzas militares que se registra en el Departamento de Nariño en menos de 24 horas.
En la madrugada del jueves un helicóptero Black Hawk se precipitó a tierra en una zona boscosa cercana a Tumaco, puerto sobre el Pacífico y 20 soldados murieron.
La aeronave hacía parte de una flotilla de ocho helicópteros que adelantaba una operación contra la guerrilla y el narcotráfico. Súbitamente se incendió y cayó a tierra, según un vídeo presentado por el Ministerio de Defensa.
"Este es un accidente muy doloroso, claramente es un accidente de origen meteorológico", dijo el Ministro de Defensa, quien anunció que ya fueron recuperados los cadáveres de las víctimas y su sepelio se hará el sábado.
15 de enero de 2005
©univisión
culpable torturador de iraq
Posible condena a 15 años de reclusión por maltratar a prisioneros iraquíes. La corte declara culpable de tortura al soldado estadounidense Charles Graner. En Bagdad, otro militar de EU fue sentenciado a un año de cárcel por rematar a un joven.
Fort Hood, Estados Unidos. El soldado estadunidense Charles Graner fue encontrado culpable este viernes de nueve de 10 cargos de abuso contra prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib, Iraq, por una corte marcial, la cual podría condenarlo a 15 años de prisión.
Asimismo, en Bagdad un tribunal militar estadunidense condenó a un año de prisión al sargento Cárdenas Alban, al encontrarlo culpable de rematar con el "tiro de gracia" a un iraquí herido en agosto de 2004 en Ciudad Sadr.
Alban y otros dos soldados, uno de los cuales ya fue condenado por el hecho, se enfrentaron contra un grupo de jóvenes, quienes, supusieron, pretendían colocar minas. En el tiroteo murieron varios iraquíes y otros resultaron heridos. Uno fue rematado por Alban de un tiro en la nuca.
En Tejas, el jurado militar declaró culpable de todos los cargos a Graner, de 36 años, pero optó por reducir uno. Se le acusó de "asalto contra un prisionero" en lugar de "usar fuerza que pudiera causar la muerte o lesiones de gravedad" a un detenido.
Muchas acusaciones fueron documentadas con fotografías que conmocionaron al mundo y fueron divulgadas el año pasado, y otras hasta ahora desconocidas.
La defensa del soldado argumentó que éste siguió órdenes de sus superiores para "golpear suavemente" a los prisioneros antes de los interrogatorios. No todos los testigos de la defensa respaldaron esa postura, pues sus declaraciones fueron contradictorias en cuanto a si hubo órdenes claras de soldados de mayor rango, quienes habrían alentado y tolerado los abusos.
A su vez, la fiscalía acusó al militar de tortura y humillación contra prisioneros para divertirse, así como de instigar los abusos en la prisión de Abu Ghraib.
El jurado también tomó como evidencia correos electrónicos que contienen fotos de torturas acompañadas de textos que Graner envió a familiares, incluídos hijos y amigos. Una muestra a un prisionero sangrando y gritando. Debajo de la imagen Graner escribió: "Otra noche de trabajo aburrido".
También se presentó como prueba contra el acusado una fotografía que lo muestra sonriente junto a otro guardia, posando frente a prisioneros desnudos en humillantes posiciones sexuales.
El capitán Chris Graveline, abogado de la acusación, aseguró que esta imagen demuestra que el acusado usó un "perverso humor sexual" para "humillar a los prisioneros para propio regocijo".
Esto destruyó la defensa del abogado Guy Womack, quien aseguró que es válido atar por el cuello a los prisioneros, pues ello facilita sacar de sus celdas "a los más peligrosos".
Graveline ridiculizó los argumentos de la defensa, de que la captura del derrocado presidente iraquí, Saddam Hussein, se logró gracias a la práctica de los soldados de "ablandar" a los prisioneros, alegando que éstos eran, casi en su totalidad, delincuentes comunes.
Para enfatizar el punto, el abogado mostró la fotografía de una prostituta presa semidesnuda, y preguntó: "¿Pudo haber sido ella la que nos dio a Hussein?"
Los cargos contra Graner incluyen maltrato, conspiración para maltratar, violencia, indecencia y negligencia en el cumplimiento del deber. Por este escándalo cuatro soldados ya fueron sentenciados a penas que van de la expulsión deshonrosa del ejército a ocho años de prisión. Otros dos serán juzgados en los próximos meses.
15 de enero de 2005
©la jornada
Fort Hood, Estados Unidos. El soldado estadunidense Charles Graner fue encontrado culpable este viernes de nueve de 10 cargos de abuso contra prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib, Iraq, por una corte marcial, la cual podría condenarlo a 15 años de prisión. Asimismo, en Bagdad un tribunal militar estadunidense condenó a un año de prisión al sargento Cárdenas Alban, al encontrarlo culpable de rematar con el "tiro de gracia" a un iraquí herido en agosto de 2004 en Ciudad Sadr.
Alban y otros dos soldados, uno de los cuales ya fue condenado por el hecho, se enfrentaron contra un grupo de jóvenes, quienes, supusieron, pretendían colocar minas. En el tiroteo murieron varios iraquíes y otros resultaron heridos. Uno fue rematado por Alban de un tiro en la nuca.
En Tejas, el jurado militar declaró culpable de todos los cargos a Graner, de 36 años, pero optó por reducir uno. Se le acusó de "asalto contra un prisionero" en lugar de "usar fuerza que pudiera causar la muerte o lesiones de gravedad" a un detenido.
Muchas acusaciones fueron documentadas con fotografías que conmocionaron al mundo y fueron divulgadas el año pasado, y otras hasta ahora desconocidas.
La defensa del soldado argumentó que éste siguió órdenes de sus superiores para "golpear suavemente" a los prisioneros antes de los interrogatorios. No todos los testigos de la defensa respaldaron esa postura, pues sus declaraciones fueron contradictorias en cuanto a si hubo órdenes claras de soldados de mayor rango, quienes habrían alentado y tolerado los abusos.
A su vez, la fiscalía acusó al militar de tortura y humillación contra prisioneros para divertirse, así como de instigar los abusos en la prisión de Abu Ghraib.
El jurado también tomó como evidencia correos electrónicos que contienen fotos de torturas acompañadas de textos que Graner envió a familiares, incluídos hijos y amigos. Una muestra a un prisionero sangrando y gritando. Debajo de la imagen Graner escribió: "Otra noche de trabajo aburrido".
También se presentó como prueba contra el acusado una fotografía que lo muestra sonriente junto a otro guardia, posando frente a prisioneros desnudos en humillantes posiciones sexuales.
El capitán Chris Graveline, abogado de la acusación, aseguró que esta imagen demuestra que el acusado usó un "perverso humor sexual" para "humillar a los prisioneros para propio regocijo".
Esto destruyó la defensa del abogado Guy Womack, quien aseguró que es válido atar por el cuello a los prisioneros, pues ello facilita sacar de sus celdas "a los más peligrosos".
Graveline ridiculizó los argumentos de la defensa, de que la captura del derrocado presidente iraquí, Saddam Hussein, se logró gracias a la práctica de los soldados de "ablandar" a los prisioneros, alegando que éstos eran, casi en su totalidad, delincuentes comunes.
Para enfatizar el punto, el abogado mostró la fotografía de una prostituta presa semidesnuda, y preguntó: "¿Pudo haber sido ella la que nos dio a Hussein?"
Los cargos contra Graner incluyen maltrato, conspiración para maltratar, violencia, indecencia y negligencia en el cumplimiento del deber. Por este escándalo cuatro soldados ya fueron sentenciados a penas que van de la expulsión deshonrosa del ejército a ocho años de prisión. Otros dos serán juzgados en los próximos meses.
15 de enero de 2005
©la jornada
no volverá a violar a mi hija
[Eric Rich] Mujer liberada tras asesinato de su marido narra toda una vida de maltratos. Violó a su hijastra, cuyo hijo se criará ahora sin su padre.
Laura Rogers recuerda que metió la mano debajo de la cama donde dormía su marido, y cogió la escopeta. Había estado despierta toda la noche.
Recuerda que llevó la escopeta calibre 20 a la salida, donde había estado sin mirar televisión durante horas. Lo abrió y deslizó un proyectil en su recámara. De vuelta en el dormitorio, miró a su marido, Walter Rogers, 43, durmiendo al lado derecho.
El sol no había salido todavía.
Laura Rogers no recuerda haber sostenido el arma a menos de 30 centímetros de la cara de su marido, apuntándole al ojo izquierdo. No recuerda haber jalado el gatillo.
"Recuerdo el sonido del disparo, y que corrí, y dije: ¿Qué he hecho?'", dijo en una entrevista esta semana.
Seis meses después de matar a su marido, Laura Rogers, 36, fue dejada en libertad del Centro de Detención del condado de Anne Arundel.
Fue acusada de homicidio en primer grado, un crimen castigado con cadena perpetua en prisión, pero ella se confesó culpable de homicidio involuntario. El juez del tribunal de distrito Paul A. Hackner la sentenció a diez años de prisión, el máximo para ese delito, pero suspendió toda la pena, excepto los 198 días que había pasado en prisión desde su detención. Hackner dijo que lo había convencido un diagnóstico de que ella sufría el síndrome de las esposas maltratadas. Y calificó a su marido, la víctima, de "un horrible ser humano".
La fiscalía no se opuso al veredicto. Este era un caso de asesinato que los fiscales no se atreven a presentar ante un jurado.
Es una vieja historia: una esposa que se dice maltratada mata al hombre que la atormentaba. Laura Rogers no es de ninguna manera la primera mujer que pone fin a años de supuestos abusos jalando un gatillo en la noche. Pero rara vez el sistema judicial acepta que la culpa es del marido. Rara vez excusa el sistema un homicidio y envía a la esposa a casa.
Pero este caso no era como otros.
En primer lugar, había que pensar en el bienestar psicológico de una niña de 17 años.
Y había un video.
Un horrible video.
Una Muerte en la Familia
Laura Rogers describió el asesinato y las circunstancias que lo rodearon en una entrevista, al día siguiente de salir de la prisión. Habló sentada a una mesa de conferencia en el despacho de su abogado, Clarke F. Ahlers, con las manos apretadas.
Tiene el pelo castaño y liso y lleva el corte de pelo de las reclusas; llevaba pantalones de gimnasia azules y un jersey azul con un corazón rojo en el pecho. En su muñeca derecha luce un tatuaje de una rosa púrpura. Habla casi siempre monótonamente, aunque en una ocasión rompió a llorar, cuando recontaba su vida y su relación con Walter Rogers antes de coger la escopeta.
"Tan pronto como disparé, la coloqué en el suelo", dijo, hablando de la escopeta que disparó esa mañana temprano el último sábado de abril.
El estallido despertó a su hija, entonces de 16, y a su hijo menor, hijos de un matrimonio anterior. Rogers dijo que los volvió rápidamente a poner en la cama, diciéndoles que no sabía lo que había pasado.
Luego llamó a la policía y les pidió que se acercaran a su recluido apartamento, en la parte de atrás de un edificio de oficinas en una calle sin salida en un parque industrial de Laurel, al oeste del condado de Anne Arundel.
La primera patrulla de agentes llegó pensando que se trataba de un suicidio, dijeron Rogers y Ahlers, una idea que ella no trató de desmentir. Pero los detectives se mostraron escépticos casi desde el principio.
Dos días después, en un aparente esfuerzo de proteger a su madre, Laura Rogers, la hija de 16, se confesó culpable. Sin embargo, los detectives se dieron cuenta de que la chica no podía haberlo hecho: No sabía cómo cargar la escopeta. Le dijeron a Laura Rogers lo que había dicho la chica, y Rogers admitió rápidamente que ella había jalado el gatillo.
Dijo que "tomar una vida es algo con lo que tendré que vivir el resto de mi vida". Pero dijo que se sentía como si "respirara de nuevo" por primera vez en años. Dijo que entendía que para entender su situación -el "terror y el miedo" de ella y su familia- había que entender que no tenía alternativa.
Buenos Tiempos Que Se Estropearon
Conoció a Walter Rogers hace 12 años en un concierto de Clint Black en el Merriweather Post Pavilion en Columbia. Los dos habían estado casados antes. Ella lo encontró guapo, agradable, un hombre de familia que la aceptaba con sus dos hijos.
"Siempre decía que había sido amor a primera vista", dijo Laura Rogers. "Yo nunca le creí. Yo había tenido ya un mal matrimonio, así que estaba muy escéptica. Pero él supo cómo seducirme".
Siete meses después comenzaron a vivir juntos en casa de los padres de ella. Él le propuso matrimonio, arrodillándose en una Pizza Hut. Se casaron menos de dos años después de haberse conocido.
"Fue maravilloso, al comienzo", dijo ella. "Nos llevábamos muy bien. Me trató maravillosamente hasta el tercer año de matrimonio".
"Pero los últimos seis años he vivido aterrorizada".
Dijo que él se había transformado en un abusador con la manía de querer controlarlo todo. La familia se mudó una docena de veces en diez años, limitando su capacidad de conocer otra gente. No le dejaba tener amigos ni la dejaba trabajar.
"Pasé por un montón de cambios emocionales, estando con él", dijo. "Quiero decir, físicamente, sí, también me pegaba. No pasó muchas veces, pero, sí, también me pegó. Un montón de veces, pero el maltrato emocional deja cicatrices profundas".
Dijo que creía que no podía marcharse. "Yo sabía que él nunca me dejaría, y si yo me marchaba, él sabría encontrarme", dijo. "Yo vivía con miedo de que nos maltratara, a mí y a mis hijos".
En 2000, su hija se quejó de que Walter Rogers le había pasado la mano por su pecho. La policía de Mississipi, donde estaban viviendo, investigó la acusación. Walter Rogers fue acusado formalmente. Pero el caso fue desechado.
Luego, en mayo de 2003, su hija contó a funcionarios de la escuela de Anne Arundel que su padrastro estaba abusando sexualmente de ella. Los detectives visitaron a los Rogers en casa ese mismo día. A pesar de los maltratos que Laura Rogers misma estaba sufriendo, no imaginaba en esa época que su marido estuviera abusando de su hija.
"Walter era muy convincente", dijo. "Me convenció a mí, a las asistentes sociales, a la policía. Convenció a todo el mundo de que él no había hecho nada y, básicamente, que era un santo".
Tan convincente fue que la chica fue acusada de presentar una denuncia falsa. Fue condenada por el tribunal juvenil del condado de Anne Arundel.
En una entrevista con las autoridades, Walter Rogers lloró y dijo que su hijastra lo había acusado falsamente. Dijo que había mentido antes sobre lo mismo, en Mississippi, y dijo que su "mundo se estaba derrumbando. Los problemas de salud, simplemente el día a día... Yo no hice nada".
La condena de la chica adolescente finalmente fue anulada. Para entonces, las pruebas de sus denuncias eran irrefutables.
Un Arma y un Motivo
El 23 de abril mientras secaba la ropa en una centrífuga en una lavandería, Laura Rogers entró a un Wal-Mart no muy lejos de su casa y compró la escopeta. Dijo que su marido la había enviado a comprarla, diciendo que estaba preocupado por los robos en su aislado vecindario.
Su hija de 16 tenía siete meses de embarazo entonces. Laura Rogers dijo que creía que el padre era un niño de la escuela.
Hacia las nueve de la noche, la chica le contó a su madre donde hallar pruebas de que los abusos sexuales de su padrastro eran verdad. Había un video, dijo, en el armario de Walter Rogers. Le dijo que mirara detrás de su colección de la revista Playboy.
La familia estaba preparando un viaje a Carolina del Norte. Esa noche, cuando Walter Rogers, un jornalero, estaba guardando sus herramientas en el patio y preparando el viaje, Laura Rogers sacó el video. Lo puso en su cámara de video en su dormitorio y miró hasta que no aguantó más en la pequeña pantalla de la cámara.
Las imágenes mostraban a Walter Rogers teniendo relaciones sexuales con la niña. Laura Rogers dijo que cuando estaba mirando se quedó paralizada. "No sé qué pasó", recordó. "Creo que me metí en mi caparazón".
Pero dijo que ella lo sabía. "Cuando vi el video, pensé que él nunca volvería a tocar a mi hija. En ese momento tuve la certeza de que él lo estaba haciendo, que ahora no podría convencerme de que no era así".
Su hija, se dio cuenta entonces, había estado contando la verdad. Y su marido había violado repetidas veces a su hija, había mentido sobre el asunto, había hecho procesar a la niña y seguía abusando de ella. Cuando sacó el video, recordó, Walter Rogers entraba a casa. Él le dijo que se asegurara que llevar lo suficiente para el viaje de la semana.
Laura Rogers dijo que se sentía disgustada, pero no le dijo nada.
"Está bien", le dijo.
Horas más tarde, cuando el sol estaba por salir, se acercó a la puerta del dormitorio. La abrió y, con la luz que entraba de la salita, sacó la escopeta de debajo de la cama.
Caso Cerrado
EL martes el juez Hackner dijo en el tribunal que un diagnóstico de síndrome de esposa maltratada imponía la liberación de Laura Rogers. Pero él tomó esa decisión sólo después de haber visto en su despacho el video, y después de oír al abogado Ahlers describir a Walter Rogers como "una persona que sacaba un placer enfermizo y sádico en atormentar a otra gente".
Los fiscales dijeron que habían aceptado el acuerdo en parte para evitar que la hija de Laura Rogers, ahora de 17, pasara por la dura prueba de tener que declarar sobre los abusos de que fue víctima. Su hijo, un niño, nació en el verano y fue entregado en adopción. Análisis de DNA probaron que el padre era Walter Rogers.
La cárcel abrió sus puertas a las seis de la tarde del martes y Laura Rogers salió convertida en una mujer libre. Pensando más tarde en lo que había visto en la diminuta pantalla de la cámara, dijo que había hecho lo que tenía que hacer.
"Cuando vi a este hombre violando a mi hija, pensé que no podía dejar que eso siguiera pasando", dijo. "Yo no podía cambiar el pasado. Pero sí podía cambiar el futuro".
12 de noviembre de 2004
15 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
Recuerda que llevó la escopeta calibre 20 a la salida, donde había estado sin mirar televisión durante horas. Lo abrió y deslizó un proyectil en su recámara. De vuelta en el dormitorio, miró a su marido, Walter Rogers, 43, durmiendo al lado derecho.
El sol no había salido todavía.
Laura Rogers no recuerda haber sostenido el arma a menos de 30 centímetros de la cara de su marido, apuntándole al ojo izquierdo. No recuerda haber jalado el gatillo.
"Recuerdo el sonido del disparo, y que corrí, y dije: ¿Qué he hecho?'", dijo en una entrevista esta semana.
Seis meses después de matar a su marido, Laura Rogers, 36, fue dejada en libertad del Centro de Detención del condado de Anne Arundel.
Fue acusada de homicidio en primer grado, un crimen castigado con cadena perpetua en prisión, pero ella se confesó culpable de homicidio involuntario. El juez del tribunal de distrito Paul A. Hackner la sentenció a diez años de prisión, el máximo para ese delito, pero suspendió toda la pena, excepto los 198 días que había pasado en prisión desde su detención. Hackner dijo que lo había convencido un diagnóstico de que ella sufría el síndrome de las esposas maltratadas. Y calificó a su marido, la víctima, de "un horrible ser humano".
La fiscalía no se opuso al veredicto. Este era un caso de asesinato que los fiscales no se atreven a presentar ante un jurado.
Es una vieja historia: una esposa que se dice maltratada mata al hombre que la atormentaba. Laura Rogers no es de ninguna manera la primera mujer que pone fin a años de supuestos abusos jalando un gatillo en la noche. Pero rara vez el sistema judicial acepta que la culpa es del marido. Rara vez excusa el sistema un homicidio y envía a la esposa a casa.
Pero este caso no era como otros.
En primer lugar, había que pensar en el bienestar psicológico de una niña de 17 años.
Y había un video.
Un horrible video.
Una Muerte en la Familia
Laura Rogers describió el asesinato y las circunstancias que lo rodearon en una entrevista, al día siguiente de salir de la prisión. Habló sentada a una mesa de conferencia en el despacho de su abogado, Clarke F. Ahlers, con las manos apretadas.
Tiene el pelo castaño y liso y lleva el corte de pelo de las reclusas; llevaba pantalones de gimnasia azules y un jersey azul con un corazón rojo en el pecho. En su muñeca derecha luce un tatuaje de una rosa púrpura. Habla casi siempre monótonamente, aunque en una ocasión rompió a llorar, cuando recontaba su vida y su relación con Walter Rogers antes de coger la escopeta.
"Tan pronto como disparé, la coloqué en el suelo", dijo, hablando de la escopeta que disparó esa mañana temprano el último sábado de abril.
El estallido despertó a su hija, entonces de 16, y a su hijo menor, hijos de un matrimonio anterior. Rogers dijo que los volvió rápidamente a poner en la cama, diciéndoles que no sabía lo que había pasado.
Luego llamó a la policía y les pidió que se acercaran a su recluido apartamento, en la parte de atrás de un edificio de oficinas en una calle sin salida en un parque industrial de Laurel, al oeste del condado de Anne Arundel.
La primera patrulla de agentes llegó pensando que se trataba de un suicidio, dijeron Rogers y Ahlers, una idea que ella no trató de desmentir. Pero los detectives se mostraron escépticos casi desde el principio.
Dos días después, en un aparente esfuerzo de proteger a su madre, Laura Rogers, la hija de 16, se confesó culpable. Sin embargo, los detectives se dieron cuenta de que la chica no podía haberlo hecho: No sabía cómo cargar la escopeta. Le dijeron a Laura Rogers lo que había dicho la chica, y Rogers admitió rápidamente que ella había jalado el gatillo.
Dijo que "tomar una vida es algo con lo que tendré que vivir el resto de mi vida". Pero dijo que se sentía como si "respirara de nuevo" por primera vez en años. Dijo que entendía que para entender su situación -el "terror y el miedo" de ella y su familia- había que entender que no tenía alternativa.
Buenos Tiempos Que Se Estropearon
Conoció a Walter Rogers hace 12 años en un concierto de Clint Black en el Merriweather Post Pavilion en Columbia. Los dos habían estado casados antes. Ella lo encontró guapo, agradable, un hombre de familia que la aceptaba con sus dos hijos.
"Siempre decía que había sido amor a primera vista", dijo Laura Rogers. "Yo nunca le creí. Yo había tenido ya un mal matrimonio, así que estaba muy escéptica. Pero él supo cómo seducirme".
Siete meses después comenzaron a vivir juntos en casa de los padres de ella. Él le propuso matrimonio, arrodillándose en una Pizza Hut. Se casaron menos de dos años después de haberse conocido.
"Fue maravilloso, al comienzo", dijo ella. "Nos llevábamos muy bien. Me trató maravillosamente hasta el tercer año de matrimonio".
"Pero los últimos seis años he vivido aterrorizada".
Dijo que él se había transformado en un abusador con la manía de querer controlarlo todo. La familia se mudó una docena de veces en diez años, limitando su capacidad de conocer otra gente. No le dejaba tener amigos ni la dejaba trabajar.
"Pasé por un montón de cambios emocionales, estando con él", dijo. "Quiero decir, físicamente, sí, también me pegaba. No pasó muchas veces, pero, sí, también me pegó. Un montón de veces, pero el maltrato emocional deja cicatrices profundas".
Dijo que creía que no podía marcharse. "Yo sabía que él nunca me dejaría, y si yo me marchaba, él sabría encontrarme", dijo. "Yo vivía con miedo de que nos maltratara, a mí y a mis hijos".
En 2000, su hija se quejó de que Walter Rogers le había pasado la mano por su pecho. La policía de Mississipi, donde estaban viviendo, investigó la acusación. Walter Rogers fue acusado formalmente. Pero el caso fue desechado.
Luego, en mayo de 2003, su hija contó a funcionarios de la escuela de Anne Arundel que su padrastro estaba abusando sexualmente de ella. Los detectives visitaron a los Rogers en casa ese mismo día. A pesar de los maltratos que Laura Rogers misma estaba sufriendo, no imaginaba en esa época que su marido estuviera abusando de su hija.
"Walter era muy convincente", dijo. "Me convenció a mí, a las asistentes sociales, a la policía. Convenció a todo el mundo de que él no había hecho nada y, básicamente, que era un santo".
Tan convincente fue que la chica fue acusada de presentar una denuncia falsa. Fue condenada por el tribunal juvenil del condado de Anne Arundel.
En una entrevista con las autoridades, Walter Rogers lloró y dijo que su hijastra lo había acusado falsamente. Dijo que había mentido antes sobre lo mismo, en Mississippi, y dijo que su "mundo se estaba derrumbando. Los problemas de salud, simplemente el día a día... Yo no hice nada".
La condena de la chica adolescente finalmente fue anulada. Para entonces, las pruebas de sus denuncias eran irrefutables.
Un Arma y un Motivo
El 23 de abril mientras secaba la ropa en una centrífuga en una lavandería, Laura Rogers entró a un Wal-Mart no muy lejos de su casa y compró la escopeta. Dijo que su marido la había enviado a comprarla, diciendo que estaba preocupado por los robos en su aislado vecindario.
Su hija de 16 tenía siete meses de embarazo entonces. Laura Rogers dijo que creía que el padre era un niño de la escuela.
Hacia las nueve de la noche, la chica le contó a su madre donde hallar pruebas de que los abusos sexuales de su padrastro eran verdad. Había un video, dijo, en el armario de Walter Rogers. Le dijo que mirara detrás de su colección de la revista Playboy.
La familia estaba preparando un viaje a Carolina del Norte. Esa noche, cuando Walter Rogers, un jornalero, estaba guardando sus herramientas en el patio y preparando el viaje, Laura Rogers sacó el video. Lo puso en su cámara de video en su dormitorio y miró hasta que no aguantó más en la pequeña pantalla de la cámara.
Las imágenes mostraban a Walter Rogers teniendo relaciones sexuales con la niña. Laura Rogers dijo que cuando estaba mirando se quedó paralizada. "No sé qué pasó", recordó. "Creo que me metí en mi caparazón".
Pero dijo que ella lo sabía. "Cuando vi el video, pensé que él nunca volvería a tocar a mi hija. En ese momento tuve la certeza de que él lo estaba haciendo, que ahora no podría convencerme de que no era así".
Su hija, se dio cuenta entonces, había estado contando la verdad. Y su marido había violado repetidas veces a su hija, había mentido sobre el asunto, había hecho procesar a la niña y seguía abusando de ella. Cuando sacó el video, recordó, Walter Rogers entraba a casa. Él le dijo que se asegurara que llevar lo suficiente para el viaje de la semana.
Laura Rogers dijo que se sentía disgustada, pero no le dijo nada.
"Está bien", le dijo.
Horas más tarde, cuando el sol estaba por salir, se acercó a la puerta del dormitorio. La abrió y, con la luz que entraba de la salita, sacó la escopeta de debajo de la cama.
Caso Cerrado
EL martes el juez Hackner dijo en el tribunal que un diagnóstico de síndrome de esposa maltratada imponía la liberación de Laura Rogers. Pero él tomó esa decisión sólo después de haber visto en su despacho el video, y después de oír al abogado Ahlers describir a Walter Rogers como "una persona que sacaba un placer enfermizo y sádico en atormentar a otra gente".
Los fiscales dijeron que habían aceptado el acuerdo en parte para evitar que la hija de Laura Rogers, ahora de 17, pasara por la dura prueba de tener que declarar sobre los abusos de que fue víctima. Su hijo, un niño, nació en el verano y fue entregado en adopción. Análisis de DNA probaron que el padre era Walter Rogers.
La cárcel abrió sus puertas a las seis de la tarde del martes y Laura Rogers salió convertida en una mujer libre. Pensando más tarde en lo que había visto en la diminuta pantalla de la cámara, dijo que había hecho lo que tenía que hacer.
"Cuando vi a este hombre violando a mi hija, pensé que no podía dejar que eso siguiera pasando", dijo. "Yo no podía cambiar el pasado. Pero sí podía cambiar el futuro".
12 de noviembre de 2004
15 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
venezuela rompe con colombia
La relación entre Colombia y Venezuela quedó fracturada tras la decisión del presidente Hugo Chávez de suspender todo negocio bilateral y retirar a su embajador hasta tanto su homólogo Álvaro Uribe no se disculpe por el caso Granda.
Bogotá, Colombia. El gobierno colombiano reaccionó mediante un comunicado en que señala que no ha violado el territorio venezolano, y en que justifica las acciones que le permitieron la captura del guerrillero de las FARC Rodrigo Granda, oficialmente capturado en Cúcuta el 13 de diciembre, pero que previamente fue secuestrado en Caracas, según señala Venezuela.
Desde hace varios días las declaraciones se fueron escalando, con acusaciones cada vez más fuertes de Venezuela en el sentido de que Colombia violó su soberanía, mientras Bogotá admitió que pagó una recompensa para facilitar la captura de Granda, considerado el canciller de las FARC.
El embajador Carlos Rodolfo Santiago no regresará "hasta que el gobierno colombiano rectifique y pida disculpas. Al mismo tiempo he ordenado paralizar todo negocio con Colombia; lamentablemente se paraliza el gasoducto transcaribeño hasta que no sea reivindicada la soberanía violada de Venezuela, me veo obligado a tomar esta decisión", dijo Chávez.
El gasoducto de 177 km es un proyecto binacional ya acordado por ambos gobiernos.
"Le invito a rectificar, le invito a que su gobierno rectifique", le dice Chávez a Uribe, en la declaración divulgada en Caracas.
"Han cometido en Colombia un grave error y deben rectificar en vez de estar buscando argucias que peor hacen quedar a su gobierno. No puede ser, es injustificable desde todo punto de vista que altos funcionarios del gobierno colombiano estén instigando a funcionarios venezolanos al delito".
El gobierno de Bogotá contestó con un comunicado de 9 puntos, que no puede ser considerado como una disculpa o una rectificación, en que señala que "la Policía de Colombia ha explicado de manera clara y contundente que no ha violado la soberanía de Venezuela".
Colombia justifica la política de recompensas como "un instrumento legítimo" e indicó que las "Naciones Unidas prohíben a los países miembros albergar terroristas de manera 'activa o pasiva'", en una tácita alusión al hecho de que Granda vivía en Venezuela de tiempo atrás.
En el comunicado el gobierno "reitera su propósito de tener constructivas relaciones con el gobierno y el pueblo de Venezuela".
"También propondremos nuevamente al gobierno de Venezuela la creación o activación de un mecanismo binacional para examinar los hechos que los gobiernos estimen conveniente", señala.
En Colombia, dirigentes políticos y económicos, además de analistas, consideraron la situación como preocupante, aunque algunos de ellos calificaron de exagerada la reacción de Chávez.
El analista independiente Alejo Vargas señaló que "dudo mucho que el gobierno venezolano quede satisfecho con esta respuesta" aunque consideró que con ella se le baja a la confrontación.
El analista independiente Alfredo Rangel, experto en temas de seguridad, indicó a la AFP que "este es el peor momento de las relaciones entre Colombia y Venezuela en los últimos años".
También señaló que la reacción de Chávez "es absolutamente consistente con la valoración que hicieron en Venezuela de este caso: que fue una violación de la soberanía".
El analista independiente Pedro Medellín dijo que "uno entiende la reacción de Chávez porque el gobierno colombiano quería pasar de agache frente al hecho. Colombia debió proceder a pedir excusas".
Para el congresista Manuel Ramiro Velásquez, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, "este es el momento propicio para que el gobierno Chávez le explique a la comunidad internacional por qué sigue permitiendo que alzados en armas en Colombia sigan deambulando por su territorio".
Para el senador de izquierda Antonio Navarro, lo que ocurre "es gravísimo. Me parece muy desafortunada la postura del gobierno venezolano, que nos debe una explicación sobre la presencia de guerrilleros en su país".
Navarro consideró que la posición del "gobierno colombiano también es muy desafortunada porque invita a infringir la ley pues ambas constituciones prohíben recibir recompensas de gobierno extranjeros".
No se sabe aún cuál es el alcance de la declaración de Chávez, sin embargo, la situación en las fronteras y aduanas es normal.
15 de enero de 2005
©univisión
Bogotá, Colombia. El gobierno colombiano reaccionó mediante un comunicado en que señala que no ha violado el territorio venezolano, y en que justifica las acciones que le permitieron la captura del guerrillero de las FARC Rodrigo Granda, oficialmente capturado en Cúcuta el 13 de diciembre, pero que previamente fue secuestrado en Caracas, según señala Venezuela.Desde hace varios días las declaraciones se fueron escalando, con acusaciones cada vez más fuertes de Venezuela en el sentido de que Colombia violó su soberanía, mientras Bogotá admitió que pagó una recompensa para facilitar la captura de Granda, considerado el canciller de las FARC.
El embajador Carlos Rodolfo Santiago no regresará "hasta que el gobierno colombiano rectifique y pida disculpas. Al mismo tiempo he ordenado paralizar todo negocio con Colombia; lamentablemente se paraliza el gasoducto transcaribeño hasta que no sea reivindicada la soberanía violada de Venezuela, me veo obligado a tomar esta decisión", dijo Chávez.
El gasoducto de 177 km es un proyecto binacional ya acordado por ambos gobiernos.
"Le invito a rectificar, le invito a que su gobierno rectifique", le dice Chávez a Uribe, en la declaración divulgada en Caracas.
"Han cometido en Colombia un grave error y deben rectificar en vez de estar buscando argucias que peor hacen quedar a su gobierno. No puede ser, es injustificable desde todo punto de vista que altos funcionarios del gobierno colombiano estén instigando a funcionarios venezolanos al delito".
El gobierno de Bogotá contestó con un comunicado de 9 puntos, que no puede ser considerado como una disculpa o una rectificación, en que señala que "la Policía de Colombia ha explicado de manera clara y contundente que no ha violado la soberanía de Venezuela".
Colombia justifica la política de recompensas como "un instrumento legítimo" e indicó que las "Naciones Unidas prohíben a los países miembros albergar terroristas de manera 'activa o pasiva'", en una tácita alusión al hecho de que Granda vivía en Venezuela de tiempo atrás.
En el comunicado el gobierno "reitera su propósito de tener constructivas relaciones con el gobierno y el pueblo de Venezuela".
"También propondremos nuevamente al gobierno de Venezuela la creación o activación de un mecanismo binacional para examinar los hechos que los gobiernos estimen conveniente", señala.
En Colombia, dirigentes políticos y económicos, además de analistas, consideraron la situación como preocupante, aunque algunos de ellos calificaron de exagerada la reacción de Chávez.
El analista independiente Alejo Vargas señaló que "dudo mucho que el gobierno venezolano quede satisfecho con esta respuesta" aunque consideró que con ella se le baja a la confrontación.
El analista independiente Alfredo Rangel, experto en temas de seguridad, indicó a la AFP que "este es el peor momento de las relaciones entre Colombia y Venezuela en los últimos años".
También señaló que la reacción de Chávez "es absolutamente consistente con la valoración que hicieron en Venezuela de este caso: que fue una violación de la soberanía".
El analista independiente Pedro Medellín dijo que "uno entiende la reacción de Chávez porque el gobierno colombiano quería pasar de agache frente al hecho. Colombia debió proceder a pedir excusas".
Para el congresista Manuel Ramiro Velásquez, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, "este es el momento propicio para que el gobierno Chávez le explique a la comunidad internacional por qué sigue permitiendo que alzados en armas en Colombia sigan deambulando por su territorio".
Para el senador de izquierda Antonio Navarro, lo que ocurre "es gravísimo. Me parece muy desafortunada la postura del gobierno venezolano, que nos debe una explicación sobre la presencia de guerrilleros en su país".
Navarro consideró que la posición del "gobierno colombiano también es muy desafortunada porque invita a infringir la ley pues ambas constituciones prohíben recibir recompensas de gobierno extranjeros".
No se sabe aún cuál es el alcance de la declaración de Chávez, sin embargo, la situación en las fronteras y aduanas es normal.
15 de enero de 2005
©univisión