carta de damasco
Hace sólo unos meses, las autoridades turísticas de Siria estaban diseñando campañas de márketing más ingeniosas para atraer a los turistas hacia las antiguas ruinas y ajetreados mercados cubiertos del país. Organizaron un Festival de la Ruta de la Seda, incluyendo conciertos y carreras de camellos, y programaron fastuosas fiestas para celebrar la designación de Aleppo, la segunda ciudad más grande de Siria después de Damasco, como ‘capital mundial de la cultura islámica'.Ahora, bastante antes del inicio de la temporada turística de agosto-septiembre, los hoteles de Damasco están trabajando a toda capacidad, y sus restaurantes, pasajes comerciales y tradicionales mercados vibran de actividad. Siria está viviendo un inesperado auge turístico, pero que ni siquiera sus operadores de hotel más exitosos tienen ánimos para celebrarlo.
Desde que empezara el bombardeo israelí del Líbano a mediados de julio, decenas de miles de personas han estado cruzando la frontera libanesa hacia Siria. Las pistas de aterrizaje de los aeropuertos del Líbano, tanto civiles como militares, han sido extensamente dañados, convirtiendo a Siria en la única ruta disponible por tierra para salir del Líbano. La multitud de recién llegados incluye a turistas cuyas vacaciones de verano fueron interrumpidas por los bombardeos, trabajadores expatriados que huyen y refugiados libaneses y palestinos. Los ricos están haciendo el peligroso viaje en taxis con aire acondicionado o en coches particulares y alojando en hoteles de primera clase; los pobres viajan en atestados camiones de remolque o a pie, y duermen en el suelo de las mezquitas y escuelas públicas sirias o en las casas de familias anfitrionas voluntarias.
A pesar de las quejas contra Siria de parte de Israel y Estados Unidos, el país se ve seguro, de momento, dicen visitantes y sirios. Entretanto, los gerentes de hotel parecen estar de acuerdo en que los recién llegados han venido en varias oleadas distintas. Los primeros en cruzar hacia Siria fueron turistas asustados de países del Golfo Pérsico, junto a un puñado de europeos y norteamericanos. El Líbano, con sus montañas, playas, clubes nocturnos y temperaturas estivales relativamente más suaves, ha sido durante largo tiempo una popular destinación turística de kuwaitíes, saudíes, qataríes y de los Emiratos Árabes Unidos.
Fouad Saleh, un empleado del gobierno kuwaití que condujo en un todoterrenos a los ocho miembros de su familia y la criada filipina a través de la frontera siria la semana pasada, dijo que su familia iba de vacaciones al Líbano todos los veranos desde 1996 y que habían programado permanecer allá otros dos meses.
"Ahora pensamos quedarnos en Siria por algunos días para ver cómo se desarrolla la situación", dijo Saleh. "Si las cosas se calman, volveremos y continuaremos nuestras vacaciones. Pero de momento, basta. Vimos los puentes bombardeados. No podemos dormir. Todos estos bombardeos han impresionado mucho a los niños".
Los gerentes de hotel en Damasco dicen que la mayoría de los visitantes del Golfo Pérsico, como Saleh, ya se han marchado, renunciando a sus vacaciones levantinas después de dos o tres días y dirigiéndose a destinos alternativos en Europa. Otros están haciendo el largo y agobiante viaje por tierra, de vuelta a través de la Península Arábiga a sus países natales.
Tras los turista en fuga de otros países árabes, vinieron los libaneses, naturalmente más reluctantes a dejar sus casas, pero finalmente decidiendo que, después de tantos días de bombardeos israelíes, tenían más que suficiente.
Markus Iseli, gerente general del Hotel Four Seasons en Damasco, dijo que el hotel había estado completamente lleno desde el 13 de julio.
"Empezó el día en que fue bombardeado el aeropuerto de Beirut", dijo Iseli. "En ese momento estábamos recibiendo turistas principalmente del golfo, pero también algunos libaneses, desde el principio. Algunos de ellos se quedan unos días, pero muchos de ellos quieren tomar el próximo avión. Algunos de ellos ni siquiera se quedan por la noche; simplemente reservan una habitación por el día, se duchan y esperan en el aeropuerto la confirmación de su vuelo".
May Mamarbachi, dueña del Beit al Mamlouka, un lujoso hotel boutique en la vieja ciudadela amurallada de Damasco, dijo que aconsejaba a su inesperados clientes del Golfo Pérsico a visitar algunos de los sitios de interés de Damasco.
"Trato de alentarlos a salir, a comer en restaurantes, a visitar la Mezquita Ommayad para que hagan algo durante el día", dijo. "Pero muchos de ellos ni siquiera tienen la energía para dar un paseo por el mercado. En su mayor parte, sólo tienen ganas de marcharse".
El estado de ánimo de su segunda ola de huéspedes, los refugiados libaneses, ha sido todavía más sombrío, dijo Mamarbachi.
"Los libaneses no saben qué hacer", dijo. "Simplemente quieren marcharse de la región. Todos ellos tienen recuerdos del pasado. Han tenido 25 años de guerra y ahora ¿otra vez? Los que se quedan conmigo son usualmente los que tienen casa en Europa, y familiares allá. Pero no pudieron volver más que con una maleta. Están muy deprimidos".
"Los hoteles están llenos, pero nadie anda con ánimo de vacaciones", dijo Mustafá Harwill, gerente general de la agencia de viajes Omaweyin. "Si tienes un pequeño apartamento en Jaramana", dijo, refiriéndose a un suburbio al sur de Damasco, "lo puedes alquilar por hasta cien dólares al día".
Aunque muchos sirios están acogiendo en sus casas gratuitamente a esas necesitadas familias libanesas, la escalada de precios ha sido desenfrenada durante la crisis.
El precio del trayecto en taxi desde Beirut a Damasco, que era normalmente de unos cincuenta dólares para el viaje de dos a tres horas, ha subido diez veces su valor, incluso veinte, a medida que los conductores tasan el riesgo de viajar bajo una lluvia de bombas israelíes.
"El viernes 14, hablé con una mujer libanesa que pagó dos mil dólares para salir en taxi de Beirut", dijo Mamarbachi. "Desgraciadamente, algunos hoteles se están aprovechando de la gente. El precio de las habitaciones en la ciudad ha subido dos o tres veces, y la gente está pagando porque quieren pasar la noche en una cama".
El personal de hoteles y restaurantes, poco habituados a semejante nivel de tráfico en el punto más álgido del brutal julio sirio, cuando los turistas usualmente escasean, están al borde del colapso. Iseli, el gerente general de Four Seasons, dijo que sus empleados habían estado haciendo turnos de doce horas, en lugar de las habituales nueve. El desgaste natural de las habitaciones de los hoteles, que ahora son aseados hasta tres veces al día, eran también muy intenso, dijo.
Iseli mismo a menudo ha trabajado hasta altas horas de la madrugada, ayudando a los operadores turísticos para ‘huéspedes especiales', como los miembros de la familia real saudí. Muchos miembros de la familia real saudí estaban pasando las vacaciones en el Líbano cuando estallaron los enfrentamientos entre Israel y la milicia Hezbolah, dijo. Iseli ayudó a los operadores de viaje de la familia real con un plan de evacuación que implicó una estadía de varios días en el Four Seasons y ocho aviones privados para llevar a la familia de vuelta a Arabia Saudí.
Todavía hay muchos libaneses alojando en la zona de los hoteles en Damasco, pero a medida que la crisis se hace más profunda y amenaza con involucrar a Siria, muchos están alquilando apartamentos, huyendo a terceros países y haciendo planes de largo plazo.
"La mayoría de los libaneses simplemente se sienta y habla", dijo Mamarbachi. "Tienen mucho miedo. Está al borde del agotamiento. Quieren volver a casa y quieren saber cuánto tiempo va a durar esto. Están diciendo: ‘Quizás puedo reconstruir mi vida una vez, o dos veces, pero ¿otra vez? ¿Quién va a reconstruir el Líbano ahora? ¿Dónde encontraremos otro Hariri?" (Refiriéndose a Rafik Hariri, un ex primer ministro libanés asesinado el año pasado).
Iseli, práctico hasta el tuétano, ofreció una mirada de la efervescente crisis a través de los ojos de un hostelero. "La mayoría de los visitantes de los países del golfo ya se han marchado, y ahora muchos de los refugiados libaneses se están marchando también", dijo. "En la fase siguiente, empezaremos a ver a delegaciones de gobiernos, y a periodistas".
25 de julio de 2006
©new york times
©traducción mQh
No hay un mejor lugar que Ho Chi Minh para vivir una aventura. Prácticamente todas las calles de la ciudad tienen un hotel o residencial cuyos recepcionistas no pestañean cuando entras con tu amante. Lo que ocurra en Saigón, como todavía se dice, queda en Saigón.
Cholon ocupa el mismo espacio en la imaginación saigonesa que el barrio chino de Los Angeles en la película ‘Chinatown'. Está aquí -los distritos 5 y 6-, pero es desconocido, extranjero. Mis amigos vietnamitas no conocen a nadie de su millón de habitantes y apenas conocen las calles, que se ven como las otras calles de Saigón, sólo que diferentes: caracteres chinos complementan la escritura romano-vietnamita de los letreros; cerdos y patos asados cuelgan de las vitrinas de los restaurantes; y las calles muestran a los dos lados casas-tiendas con balcones bajos de la era colonial durante la que el padre del Amante amasó su fortuna.
A la mañana siguiente, bajé de la habitación 205 con un traje de lino italiano, lo más cercano que tenía al traje de seda cruda del Amante. Afuera había un Citroën Traction blanco, un descapotado de los años treinta, un substituto del Morris Léon Bollée negro del Amante, que había alquilado para que nos llevara a Sita y a mí a Sa Dec por el día. El conductor era el señor Chien, un elegante y ágil vietnamita bien entrado en sus treinta, que condujo suavemente la lujosa mole del Citroën a través de las atiborradas calles hasta la casa de Sita al otro lado del río.
Sa Dec, con una población de 96 mil habitantes es una ciudad rivereña por excelencia. Metida entre dos brazos del Mekong, está entrelazada por riachuelos y canales sobre los que se alzan arqueados puentes de todos los tamaños. En las riberas hay tiendas y almacenes que envían harina de arroz y cerdos a lo largo de una ruta comercial que ha servido a la ciudad durante siglos.
Nuestra primera parada fue la tumba del Amante y de su esposa china, en una isla de cemento en un estanque cubierto de algas cerca de nuestro hotel. Una verja blanca marcada con caracteres chinos colgaba arriba de las tumbas; un islote vecino tenía dos más, las de los padres del Amante, que no aceptaron que se casara con Duras.
"¡Albania kaput!", anunciaba un lunático en las calles de Tirana. Miré a mis nuevos amigos, un par de cineastas serbios y un mochilero holandés que conocí en un café y tratamos de alejarnos. Pero su demencia era ineludible y pronto éramos una audiencia cautivada por sus incoherentes delirios sobre Bill Clinton, el 11 de septiembre de 2001 y el futuro de Albania. Yo llevaba apenas cuatro horas en Tirana y esos momentos habían dejado de desconcertarme.
Me despedí de Lugano, paré un taxi y pronuncié dos palabras al conductor: "autobús" y "Gjirokastra". El autobús es el modo más barato (pero no el más fácil) de llegar a la sureña ciudad de Gjirokastra, que vio crecer a dos de sus más famosos -e infames- ciudadanos: el novelista Ismail Kadare y Enver Hoxha, el dictador que gobernó Albania desde 1944 hasta su muerte en 1985.
El taxi avanzó por la Avenida Garay y se detuvo pocas calles antes de la Plaza de la Constitución. La esquina parecía familiar, aunque nunca había estado ahí antes, y cuando vi el letrero de la Calle Tacuarí, lo recordé: en su cuento ‘El Aleph', Jorge Luis Borges había escogido un sótano en uno de esos edificios anónimos de esta calle anónima como el centro de unos místicos "puntos del espacio que contienen todos los otros puntos" en el universo.
La casa de Xul Solar es hoy un museo dedicado a su trabajo, con más de cien de sus pinturas así como de los extravagantes objetos que creó y que llamaba ‘reliquias de otro cosmos'. Mirar las pinturas deja en claro la afinidad intelectual entre los dos artistas: las acuarelas de Xul Solar están llenas de utopías, ciudades flotando en el cielo, criaturas que son mitad hombre, mitad máquinas, universos alternativos y otros detalles que ahora tenemos por típicas de Borges.
Unos achaparrados edificios de concreto y un montón de polvo, eso es lo primero que ves cuando pasas por Joshua Tree, en las laderas del Desierto de Mojave de California del Sur. La tierra chamuscada se ve todavía como una accidentada frontera con vientos permanentes y camionetas de cabina grande transportando lavadoras oxidadas y otras mercaderías.
Los vecinos dicen que Joshua Tree ha sido siempre un refugio de ‘empresarios’. El área fue originalmente una parada de los buscadores de oro en los años de 1870 que acampaban en el Oasis de Mara en Twentynine Palms. En 1938 el gobierno aprobó la llamada Ley de Familias Granjeras [Baby Homestead Act] en un intento de poblar las inhóspitas tierras federales, ofreciendo parcelas de 2.5 hectáreas gratuitamente a cualquiera que quisiera levantar una pequeña estructura. Los granjeros que se acercaron eran una variopinta muestra de desesperados dispuestos a empezar de nuevo en medio de ninguna parte, que con los años incluyó a buen número de artistas, parias y aficionados a los ovnis.
Tijuana, México. Cuando la larga limusina blanca se desliza en la calle, tres rubias gringas asoman su cabeza por el techo y empiezan a gritar a todo el mundo. Cerca, un par de prostitutas ríen histéricamente no se sabe por qué.
La obra de arte de lejos más grande y más sorprendentemente pública de Tijuana no es la que ve la mayoría de los domingueros que cruzan la frontera a pie o en coche. Pero si llegas a Tijuana en avión, no puedes dejar de verla. A lo largo de una fea muralla de metal que se extiende a horcajadas a lo largo de la frontera Estados Unidos-México se encuentran gigantescas imágenes (derivadas, muchas de ellas, de fotos aumentadas) de inmigrantes, logos de pop art, diseños abstractos y, de vez en vez, la cara del candidato a la presidencia de México, Luis Donaldo Colosio, cuyo asesinato en 1994, y todavía no resuelto, todavía acosa a la ciudad.
Ser artista en Tijuana no es algo para las almas tímidas. A pesar del ímpetu creativo de los últimos quince o veinte años, la comunidad artística aquí es dispersa; sólo hay dos galerías comerciales y no existe ningún enclave bohemio grande donde los artistas vivan y se reúnan. El gobierno local ofrece muy poca ayuda económica.
El desayuno en el Hotel Morin, en Hue, fue un juego de ruleta rusa. Cuando Tad, mi marido, y yo estábamos sentados tomando café vietnamita en el patio, unas nueces de árboles bang cayeron sobre nosotros como bombas en el patio de piedra. Le pregunté al camarero, Dinh, un joven delgado, si alguna vez caían sobre la gente. "Sí", dijo, mostrando su antebrazo y hombro con un encogimiento. "Uno rompió una mesa".
Llama al timbre de la puerta sin placa en el número 5 de la calle de Moussy, una pequeña calle en el elegante barrio de Marais, de París, y te encontrarás con un nuevo tipo de alojamiento de lujo, un concepto tan nuevo que todavía no se le conoce con un nombre. ¿Minihotel? ¿Suite de estilo? ¿Alta costura B & B?