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padre pistolas conquista méxico


[Mary Jordan] Chucandiro, México. Alfredo Gallegos Lara mide un metro 95, canta rancheras y lleva una pistola de 9 milímetros metida en su cinturón. No es un pistolero de todos los días; en realidad, es el sacerdote más estrafalario de México.
No ha mucho una tarde, Gallegos, de 52, se quitó sus hábitos detrás del altar de la iglesia de su somonoliento pueblo del centro de México, y dejó ver sus pantalones vaqueros, sus botas de piel de cocodrilo y una brillante pistola negra. México conoce leyes estrictas que prohíbe que los ciudadanos porten armas, pero Gallegos dijo que siempre ha informado a la policía y que ellos no se han quejado. Después de todo, es por sus pistolas que el poco convencional sacerdote, que tiene cada vez más seguidores en México y en Estados Unidos, es llamado ‘Padre Pistolas'.
"Me han matado a cuatro de mis amigos, y me han robado tres de mis camiones", dijo, explicando que su vocación de ayudar a los drogadictos y a los enfermos lo lleva por los caminos secundarios del centro de México, donde es prudente, dijo, ir armado. El benjamín de una rica familia de diez hijos, y con una larga historia de servicio militar, Gallegos fanfarronea que le puede dar una lata de refresco a 25 metros de distancia.
Desde que ingresó al seminario a la edad de catorce años, su dominio de las armas ha llamado la atención de la gente, y también de sus superiores eclesiásticos.
"He estado peleando con el obispo. Está enojado conmigo. No le gusta mi pistola", dijo Gallegos.
Dijo que el arzobispo Alberto Suárez Inda tampoco se siente cómodo con sus llamativas colectas y proyectos de construcción. Gallegos ha construido unos 64 kilómetros de caminos, así como canchas de baloncesto, escuelas, parroquias y puentes en todo el Jaral del Refugio en el vecino estado de Guanajuato, donde ha sido el cura de la parroquia durante 24 años. Dijo que había recolectado millones de dólares para los proyectos. Hace frecuentes viajes para recolectar fondos a Illinois, Carolina del Norte y California, y los inmigrantes le han llevado a empezar su propia página del Padre Pistolas en la red, y a comercializar llaveros, discos compactos y carteles.
Gallegos dijo que ha salido de cacería con agentes de la ley en Estados Unidos y ha cantado ante multitudes que lo han ovacionado de pie en el popular restaurante Concordia, de Chicago. Ramiro González, el alcalde de Cicero, Illinois, justo en las afueras de Chicago, lo ha ayudado a organizar colectas y viajado a su parroquia mexicana a ver sus proyectos de trabajos públicos.
González dijo que los inmigrantes vuelven a sus pueblos natales en México desde las bien pavimentadas ciudades norteamericanas y "ven que los caminos son los mismos que hace billones de años, y se dicen: ‘¿Cuánto cuesta hacerlo? ¿Diez mil dólares? Vamos a unirnos, y a hacerlo'". Pero necesitan a alguien de confianza en quien depositar el dinero, dijo; alguien "con la grandeza del liderazgo del Padre Pistolas".
Sin embargo, las armas de Gallego y su gigantesco ego le han metido en una camisa de once varas con el obispo local, que quiere que deje la construcción de caminos y hospitales al gobierno, y las presentaciones musicales a artistas profesionales. "Quiere que me dedique a bautizar a niños y a decir misa", dijo Gallegos.
"¿Es posible?", le preguntaron.
"¡No!", respondió con un guiño.
Suárez, el obispo, se negó a ser entrevistado. "Ah, Dios", se quejó la persona al otro lado del auricular en su despacho de Morelia, cuando le pedí un comentario sobre el Padre Pistolas. "No le preste demasiada atención".
Pero eso es difícil. Tiene una poderosa voz con la que cosecha aplausos donde quiera que cante: en misa, en restaurantes, en la esquina de la calle. Se siente desenfadadamente orgulloso de llamar la atención en su papel de Padre Pistolas, cantante y fanfarrón.
Este mes, Suárez trasladó a Gallegos. Sus seguidores, llorando, lo acompañaron en una parada.
"Lo echamos mucho de menos", dijo la feligresa María de los Ángeles Guzmán. "Su partida ha afectado a todo el pueblo".
Valentina Guzmán, otra residente de Jaral, empezó a llorar cuando le pregunté sobre él. "Él construyó nuestros caminos y puentes. Cuando me rompí el pie, él me cuidó", dijo. "Y canta tan bien".
Hace poco Gallegos comenzó a reunir dinero para construir un hospital y un museo en Jaral. "El hospital no ha sido aprobado por el gobierno", dijo José Ángel Parrales Espinoza, un funcionario de esa municipalidad. "Estamos de acuerdo en que debe haber un hospital regional. Pero hay que hacer las cosas de manera correcta". Sin embargo, dijo, el Padre Pistolas "es natural", y lo quiere un montón de gente.
La enorme estatura de Gallegos acompaña su temperamento. Lo mismo su modo de vestirse: lleva frecuentemente traje de mariachi y de vaquero mexicano tradicionales. Está siempre en movimiento. Me ofreció almuerzo, tequila, álbumes de foto de sus trabajos públicos y un video de los feligreses de Jaral protestando por su traslado. Uno de ellos llevaba un cartel dirigido al obispo: "Cambie a sus consejeros, no al sacerdote".
Gallegos fue destinado a este pueblo de tres mil habitantes en el estado de Michoacán, 40 kilómetros al este de la capital de Morelia, donde es igual de difícil encontrar hombres que nieve en los abrasadores calores del verano. La mayoría de los hombres se ha marchado a Estados Unidos porque aquí no hay oportunidades, dijeron funcionarios del ayuntamiento. Uno de ellos, Francisco Garibay Arroyo, dijo que su empobrecido pueblo quiere a alguien que puede reunir fondos y hacer mejoras, y no le preocupa la "costumbre de Gallegos de coleccionar armas", incluso si no es habitual.
Pero si tenían la intención de tranquilizarlo, el traslado del sacerdote no ha hecho más que aumentar su popularidad. Para demostrar su fama cada vez mayor, arrojó al suelo dos docenas de diarios locales, causando un sordo estrépito. Todos destacaban en sus titulares la expulsión del Padre Pistolas. "¡Y eso sólo en quince días!", dijo, agregando que los periodistas llegan de países tan lejanos como Japón para entrevistarlo.
En sus nuevos cuarteles en una destartalada iglesia de piedra de 500 años en el centro de la ciudad, Gallegos guarda dos guitarras y ha comenzado a dar lecciones de música a los niños. Hace poco, comenzó a cantar acompañándose en el fondo con su propio disco compacto. Cantó con tanto gusto que la gente en los cuartos aledaños asomaron sus cabezas, divertidos de ver al nuevo cura cantando a todo pulmón famosas canciones de amor mexicanas.
"Es moderno, no como esos curas del pasado", dijo Benita Ruiz Medina, una de sus nuevas feligresas, aplaudiendo su actuación.
Gallegos dijo que quiere a la iglesia, pero que sus superiores necesitan preocuparse menos de sus pistolas y más de los problemas importantes de la iglesia, tales como los recientes escándalos de pedofilia en Estados Unidos y el hecho de que algunos sacerdotes mexicanos, incluyendo a varios que conoce él mismo, han roto con sus votos de celibato y han tenido hijos.
Gallegos dijo que ha oído rumores de que él es un faldero, lo que niega. "Me gustan las mujeres", dijo con una sonrisa pícara. "Pero las beso cuando estoy durmiendo".
"Tener montones de dinero y sexo no es algo para mí. Lo que está en mi corazón es ser sacerdote".
Así, con una diminuta pistola dorada colgando de una cadena de su cuello, uno de los muchos presentes que le han hecho llegar sus partidarios, Gallegos me mostró su ciudad y habló con entusiasmo de sus planes. Si se arreglaran los manantiales locales, se construyera un nuevo camino que conectara a la ciudad con la principal carretera nacional y se pintaran y remozaran las 200 casas del centro, la ciudad podría incluso atraer a los turistas.
"E incluso a cineastas", dijo.

©washington post ©traducción mQh
31 mayo 2004

1 comentario

jaime lopez -

esta chido