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¿QUÉ LIBERTAD MURIÓ CON EL ASESINATO DE VAN GOGH? - paul kokke


Que con el asesinato de Theo van Gogh también se ha asesinado la libertad de expresión, era en el país la opinión generaliza este martes pasado. Pero según Paul Kokke, la libertad de expresión es otra cosa que insultar a la gente.
Nuevamente lamentamos en el país un asesinato político. Theo van Gogh, cineasta, columnista y provocador, fue asesinado el martes por un amsterdamés de origen marroquí. La manera en que lo mató indica probablemente que su autor es más marroquí que amsterdamés.
Esto último es una provocación, incluso una provocación premeditada. Quizás piensen muchos que la afirmación estigmatiza a los marroquíes, porque, por supuesto, no todos los marroquíes son así. Eso es verdad. Por eso es que es tan lamentable que esta estigmatización, aparentemente inevitable, de los marroquíes, se derive sobre todo el hecho de que tenía que ser justamente un amsterdamés de origen marroquí el que matara a van Gogh. En realidad, es el autor del crimen el que ha estigmatizado a su ‘propio' grupo.
Pero no es solamente el hecho mismo lo que ha provocado consternación. Se trata también de la víctima. Theo van Gogh, esa maravillosa combinación de matón, provocador y cineasta, es considerado desde el martes como un defensor de la libertad de expresión. Y con su muerte, también ha muerto esa libertad. Al menos, es la reacción más escuchada de boca de políticos y ciudadanos del país.
Todo asesinato político -y el homicidio de van Gogh puede ser visto como tal- es un atentado contra la democracia y contra su extensión, la libertad de expresión. Es verdad que van Gogh había hecho de la libertad su bandera: quería -como el difunto Fortuyn- decir lo que pensaba, y lo hizo. Así se dedicó a llamar a los musulmanes, ‘folladores de cabras', y retrató al alcalde de Amsterdam como "un judío que hace los mandados" porque este se negó a condenar a la comunidad musulmana como colectivo por los atentados del 11 de septiembre de 2001. Pocos estaban a resguardo de la violencia verbal de van Gogh. Aparte musulmanes y cristianos, también se dedicó a herir a los judíos con declaraciones como: "Cómo huele aquí a caramelo... Seguro que hoy quemaron a judíos con diabetes".
¿Era esta la libertad de expresión que debía y debe ser defendida? ¿O no se trataba más que de herir y ofender conscientemente a la gente?
No afirmaré que Theo van Gogh haya provocado su propia muerte. No lo haré ni para provocar. No se trata de que aquí se aplique la expresión "el que siembra odio, lo cosecha". El asesinato de van Gogh es repulsivo, cobarde y chocante. En este país no se acostumbra tomar las armas cuando alguien no te gusta. En ese caso te acercas a un juez. El que no acepte esta regla fundamental, debe preguntarse si acaso puede vivir en esta sociedad.
Pero cuando hablamos de un endurecimiento de la sociedad, sobre el fenómeno cada vez más común de que la indecencia se está transformando en la norma en el país, no se puede desconocer la contribución negativa de Theo van Gogh en este terreno -y hay muchos más. El derecho a no imponerse ningún límite a la hora de decir lo que uno piensa, termina cuando amenazas la integridad de otros. Cuando hablar libremente lleva tanto veneno que se ofende a otros. Cuando las fanfarronadas de un provocador se transforman en insulto.
Hace apenas unas semanas el país se fue de espaldas cuando los fanáticos del fútbol le gritaron a un árbitro que había que meterlo a una cámara de gas. Políticos y mandamases del fútbol se daban volteretas para expresar su indignación. ¿Pero cuál es la diferencia substancial entre los pasajes citados de van Gogh y los gritos de los fanáticos? ¿Se debe estirar la libertad de expresión para unos y mandar al infierno a los otros?
No fue la libertad de expresión la que fue asesinada el martes. Esta es justamente la ocasión para que mostremos en este país que no conviene a nadie que los problemas en torno a la integración se diriman con discusiones que sólo consisten de improperios, insultos y ofensas. Yo no quiero hablar con alguien que me llame ‘perro cristiano'. Pero entendería muy bien que alguien al que llamo pederasta violador y follador de cabras se negara a hablar conmigo.
Tras el asesinato de Pin Fortuyn en este país ha habido un cambio fundamental. El debate ya no es un debate, ha sido sofocado en un juego de palabras macabro y bárbaro, donde de lo que se trata es de ver quién supera a quién en obscenidades y soeces. Esto no tiene nada que ver con la libertad de expresión. Tampoco con la tan aborrecida corrección política. Y sí tiene todo que ver con la civilización. Una civilización que ha llegado a ser lo que es tras milenios de desarrollo y que merece que estemos orgullosos de ella. Pero es una civilización que está bajo presión.
Por eso corremos el peligro de que esto se estropee. Los límites de la libertad de expresión corren paralelos a los límites del respeto, de la decencia y de las buenas maneras. Cuando se ignoran esos límites, lo que sigue son las piedras, las balas y los cuchillos.
Y todavía no puedo comprender el asesinato de van Gogh.

4 de noviembre de 2004
7 de noviembre de 2004
©Eindhovens Dagblad

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