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el arma del martirio


[Jim Hoagland] Las mejores protecciones y labores de vigilancia e inteligencia no terminarán por sí solas con los terroristas suicidas.
Kris Kringle y George W. Bush, la ‘Persona del año', por segunda vez, de Time, deben compartir escenario en esta temporada festiva de reflexión retrospectiva con una figura espectral determinada a cambiar nuestra época: el terrorista suicida.
Entre nosotros siempre ha habido asesinos ansiosos y dispuestos a morir para descargar su furia destructiva. Pero los terroristas modernos, que merecen colectivamente ser llamados los ‘Desalmados del año' de 2004, han alcanzado nuevas cimas del terror mediante el poder de los explosivos compactos y su celo para destruir lo que otros han creado y tratan de proteger.
El terrorista suicida es el arma de última línea de las campañas para sacar a las tropas estadounidenses de Oriente Medio, impedir que los iraquíes realicen elecciones y vengarse y castigar a los israelíes, australianos e indios, entre otros. El arma humana es la herramienta mortífera que menos comprendemos y contra la cual nos defendemos inadecuadamente.
¿Lo guiaba al terrorista de Mosul, que pereció al matar y herir a cientos de estadounidenses e iraquíes en un comedor del Ejército norteamericano el martes, el fanatismo religioso, el cálculo político o la manipulación política? De momento, poco sabemos más allá de las trágicas certezas de vidas terminadas y rotas.
Incluso después de la exhaustiva investigación de la comisión del 11 de septiembre, esencialmente todavía estamos haciendo conjeturas sobre los motivos que hicieron que Mohamed Atta y los otros conspiradores se regocijaran con la posibilidad de poner fin a sus propias vidas de modo que murieran otros norteamericanos con ellos en ese obscuro día.
Su disposición a suicidarse convirtiendo los aviones de pasajeros que abordaron en bombas volantes, colapsaron las defensas estadounidenses y lanzaron una nueva época de terrorismo suicida en los asuntos internacionales. Mucho más que el supuesto genio organizacional de Osama bin Laden, lo que ha cambiado al mundo para siempre ha sido su fascinación con la muerte violenta.
Hay tantas explicaciones de los asesinatos suicidas como asesinos que lo practican. Es fácil subestimar el soborno y la coerción física como herramientas de reclutamiento en Oriente Medio, que contribuyó al mundo con la palabra ‘asesino'.
Gente psicológicamente vulnerable que está dispuesta a morir para enriquecer y proteger a sus familias de amenazas anunciadas figuran prominentemente entre los reclutas que han sido capturados o que se han entregado. En ‘El padrino', de Mario Puzo, o ‘The Wire', de Stringer Bell en HBO, estos futuros asesinos explicarían que no es nada personal, sino simplemente negocios.
Pero ellos también han sido modelados en un contexto cultural y religioso que incluye al terrorismo suicida en una gama que va desde lo aceptable hasta lo extremadamente indeseable. Los norteamericanos deben entender, para defenderse, una forma de guerra que es a la vez táctica y estratégica, forma y substancia, método y demencia.
El informe de la comisión del 11 de septiembre es un útil punto de partida. Se preocupa justamente en no responsabilizar de las atrocidades de unos pocos de sus adherentes, a una de las religiones más grandes del mundo. Pero la comisión observa que Estados Unidos hace frente a una clara amenaza del terrorismo islamita -no musulmán-, que "es motivado por la religión y no distingue entre política y religión, distorsionando ambas".
Esa concisa descripción toca la esencia del asunto de la vida contra la muerte. Los países musulmanes han estado durante mucho tiempo trabados en una decadencia, en las apropiadas palabras de la comisión, que las transformará en "sociedades inflamables", plagadas de "problemas políticos, sociales y económicos" que socavan la creatividad, la tolerancia y el progreso.
Atta, el ingeniero egipcio con estudios en Alemania, destruyó rascacielos que no podría haber creado nunca. El bin-ladenismo destruye la vida política, y especialmente la opción democrática. Entre este bin Laden, Saddam Hussein y otros dictadores no hay diferencias.
Los artistas suicidas encuentran en la muerte el sentido que no encuentran en la vida, sea en sus propias y resquebrajadas sociedades o en las condiciones más dinámicas de Occidente. Borran la línea divisoria entre religión y política -una línea que cambia constantemente en las sociedades abiertas, reflejando condiciones morales y materiales cambiantes- para no tener que hacer frente a la elección y sus consecuencias.
El carácter lúgubre y sin salida de la vida en esas "sociedades inflamables" también se advierte en la horrorosa exaltación de la muerte y la sangre en la televisión árabe. Redes como Al Yazira explotan la pornografía de la morbidez y la desesperanza con la misma suficiencia que la HBO explota la pornografía del sexo con sus entrevistas de putas.
Más protecciones para el cuerpo y los vehículos, mejor vigilancia, controles fronterizos más estrictos, privar de apoyo financiero al terrorismo -son todas medidas inmediatas para defendernos en casa y en Iraq contra las bombas humanas. Pero a largo plazo, el éxito sobre puede provenir si enlistamos y ayudamos a musulmanes moderados para que transformen sus sociedades de caldos de cultivo del culto de la muerte en lugares que infundan un insaciable deseo de vivir.

Se puede escribir al autor a: jimhoagland@washpost.com

25 de diciembre de 2004
27 de diciembre de 2004
©washington post
©traducción mQh

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