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la campaña electoral iraquí


[Anthony Shadid] Entre esperanzadas pancartas de la campaña electoral en Bagdad, los lemas reflejan ambivalencia.
Bagdad, Iraq. En la calle de Waziriya de Bagdad, los carteles de las campañas están llenos de promesas. "Por un Iraq independiente y libre", promete uno. "Por un Iraq pacífico", dice otro.
Los carteles están pegados en una gris barricada de concreto de un piso de alto gris, que protege de coches-bomba la corte de apelaciones de Iraq. Muestran retratos de líderes religiosos investidos de poder espiritual y políticos que ejercen autoridad, al general iraquí que derrocó a la monarquía del país en un sangriento golpe en 1958 y al descendiente de la familia real que aspira a un trono resucitado.
"Su voto es valioso", declara su cartel. "Déselo a alguien que lo merezca".
Los ánimos al otro lado de la calle en las tiendas de papelería, restaurantes y desvencijados café, separada por un tráfico que no acelera nunca y nunca se detiene sino solamente se arrastra, son mucho más complicados. En el barrio confesionalmente mixto, las emociones son tan embrollados como claros los carteles. Hay temor en torno a la votación, esperanza por el futuro, desdén por los partidos y elasticidad, ese motivo de vida en Bagdad.
En Waziriya los carteles cuentan una historia: lo que ven los partidos políticos de Iraq como los deseos de los votantes. Las conversaciones, unas sobre otras como en un día cualquiera, sugieren otra cosa.
"El pueblo iraquí necesita a alguien fuerte", insistió Hussein Jumaa, un estudiante de 22 años cerca de la Academia de Bellas Artes, terminando un falafel en un restaurante. "No necesitan a alguien que vaya a decir toda la vida, cortésmente: ‘Por favor, señor'".
Jumaa dijo que apoyaba a Ayad Allawi, el primer ministro interino del país, cuya retórica dura y remoto pasado como miembro del represivo Partido Baaz parecen transformarlo en el favorito de los conservadores. Es una tema que repite incansablemente el partido de Allawi en la televisión árabe y en sus carteles, que dicen: "Un liderazgo fuerte y un país pacífico".
Ahmed Hadi, otro estudiante de arte que está con Jumaa, sacude la cabeza. Él apoyaba la lista de candidatos que muchos iraquíes consideran que es apoyada por el gran ayatollah Ali Sistani, el importante líder religioso chií del país.
"Pertenece a la casa de los chiíes", dijo.
Mientras hablaban, Qais Ubaidi, un chofer de microbús, entró al restaurante con un paso impaciente que correspondía con su actitud.
"Mentiras", insistió, cuando le pregunté qué pensaba de los carteles. "Es un proceso engañoso".

Una Campaña Débil
La elección de los 275 miembros del Parlamento, que deberá luego redactar la Constitución, fue convocada para el 30 de enero. En Bagdad, la campaña ya está en camino, aunque la capital está prácticamente bajo sitio, preparándose para una intensificación de la campaña de los insurgentes para interrumpir la votación. En lugar de mítines, hay pequeñas reuniones en locaciones fortificadas -casas, oficinas o sedes de partidos detrás de barricadas y alambre de púa. En lugar de discursos, hay réclames de televisión. Algunos canales están saturados de réclames electorales. En lugar de encontrarse cara a cara con la gente, los candidatos colocan carteles con sus mensajes.
Algunos son simples. En uno de los tablones de concreto, colocados como piezas de dominó en la calle de Waziriya, un panfleto de un candidato independiente, Ahmed Taha, dice humildemente: "Estoy tratando de presentarme a mí mismo".
Otros son más sofisticados.
La Alianza Unida Iraquí, el grupo de la más importante lista chií, ha empapelado partes de Bagdad con mensajes que se inclinan hacia lo moralizador. "Por la virtud social", dice un panfleto. "Para salvaguardar la identidad musulmana de Iraq", dice otro, agraciado con un retrato de Sistani, cuya autoridad entre los chiíes más religiosos es incuestionable.
Esta lista declaradamente chií se basa en la historia de una comunidad reprimida durante mucho tiempo, que sufrió siglos de desposesión a manos de gobernantes sunníes, excluidos por el presidente Saddam Hussein como el último de una larga lista. "Nuestro propósito es recuperar lo que destruyó el criminal régimen baazista", declara un cartel sobre un mapa de Iraq dibujado como una pared agrietada con flores rojas encima. Casi todos los carteles citan versos del Corán. Entre los más populares: "Dios nunca cambiará las condiciones de la gente a menos que la gente cambie ella misma".
"Vote por su seguridad, la distribución de los servicios sociales y contra el desempleo", entona otro cartel de otra coalición, la Unión Popular, respaldada por el venerable Partido Comunista Iraquí. Los carteles del partido, a menudo con los mensajes más eclécticos de Bagdad, prometen "una infancia segura", "fraternidad nacional" y "los derechos de la maternidad y de la infancia".
Ubaidi, el chofer de microbús, se burla de todos ellos sin excepción.
"Son todos ladrones que saben muy bien cómo robar", dijo.
Haciendo el trayecto desde el centro hasta el sur de Bagdad, Ubaidi gana unos seis dólares al día. En otoño pasado hacía 23 dólares. Sus ganancias se estropearon con la escasez de gasolina, que puede durar semanas, que ha quintuplicado los precios del combustible en el mercado negro.
"No hay gas, no hay aceite de cocina, no hay electricidad y no hay gasolina. No hay seguridad y todo el mundo roba", dijo el robusto Ubaidi, como el chirriante casete de un cantante de la región del Golfo Pérsico en la instalación estereo de un restaurante. "Si Saddam fuera candidato, yo lo votaría a él. Todos en Iraq son ladrones, pero Saddam era un buen ladrón. Por lo menos proporcionaba seguridad".
Ubaidi, hijo de una madre chií y un padre sunní, culpó a los partidos políticos de la intensificación de las tensiones confesionales. Importante grupos sunníes han llamado a boicotear las elecciones, y los más militantes entre ellos han amenazado con interrumpirlas.
"Están todos compitiendo por el trono", dijo. "¿Dónde estaban antes?"
No es un sentimiento desconocido hacia los partidos. Muchos de los más prominentes líderes políticos estuvieron en el extranjero durante el régimen de Hussein y a menudo sus raíces son huecas en una sociedad que estuvo efectivamente despolitizada durante los 35 años de régimen baazista. Muchos iraquíes culpan a los antiguos exiliados de la deslucida actuación del gobierno interino y del Consejo de Gobierno anterior. La lista chií usa en sus carteles el retrato de Sistani, no el de sus propios candidatos, y pocos emplean los nombres de los partidos.
"La gente odia a los partidos", declaró Fathi Abed, 40, que tiene una tienda de repuestos de automóvil en la calle de Waziriya, sus estanterías apiladas de focos, espejos retrovisores y cajas metálicas de bayetas.
Cansado de hablar e imperturbable, Abed dijo que votaría, incluso aunque insistió en que el resultado estaba predeterminado.
"Te apuesto", dijo. "Espera hasta después de las elecciones, y verás que el ganador será Ayad Allawi. Él las ganará".
Algunos en Bagdad creen que Estados Unidos quiere que el nuevo Parlamento elija a Allawi, el titular, como primer ministro. Si los americanos lo quieren, se dice en las conversaciones, así ocurrirá. Esto refleja la profunda veta de teorías conspirativas que impregnan la vida de Bagdad en estos días -desde el rumor de que el militante jordano Abu Musab Zarqawi, acusado de algunas de las más espectaculares carnicerías en Iraq, es un invento norteamericano, hasta el rumor expresado por Abed de que los iraquíes que no voten perderán sus raciones de alimento mensuales.
"Quizás no es verdad", dijo, "pero es lo que la gente dice".

Esperando el Caos
Más abajo en la calle de la tienda de Abed hay otros carteles, atestando la entrada a la Academia de Bellas Artes de la ciudad, junto a vendedores ambulantes que venden té en sus endebles tenderetes con techos de cartón y quioscos que venden caramelos y útiles de escritorio a los estudiantes que se arremolinan en la calle.
Algunos de los panfletos son repartidos por la comisión electoral iraquí, instando a los iraquíes a votar "por el futuro de Iraq" o a las mujeres para que participen en la votación "para dar vida a la democracia y la igualdad". Junto a ellos hay carteles del Movimiento Monárquico Constitucional, el grupo realista cuyo líder, Sharif Ali bin Hussein, promete "seguridad, estabilidad, justicia y prosperidad".
A la vuelta de la esquina se encuentra uno de los candidatos del partido monárquico, Muatasim Idris, que trabaja para una firma de ingeniería.
Su campaña, como muchas, es de tono suave: nada de discursos, mítines ni manifestaciones. Extendiendo su mano, Idris, 35, hizo un listado de las amenazas que enfrentaría durante la campaña. Le podían colocar una bomba, robarle el coche, su familia podría ser amenazada. Dijo que el día de las elecciones decenas de familias en su barrio abandonarían sus casas cerca de las escuelas, donde se instalarán los colegios electorales.
"Soy un blanco en movimiento", dijo Idris, con una sonrisa forzada. "Sólo hago campaña entre la gente que confío: familiares y amigos".
"Sabemos que habrá balbala", dijo. Confusión y caos. "No hay modo de evitarlo. Se oye todos los días. La gente tiene miedo. Tienen miedo incluso en sus casas. Pero tenemos que decidir el destino de nuestro país. No podemos abandonarlo".
En su oficina, adornada con una fotografía de la Meca, el santuario más sagrado del islam, y de versos del Corán escritos en un espejo, Idris se reunía con su primo Ali Saleh, 45. En una queja que ya es familiar, dijeron que estaban preocupados por Iraq, que tomaría una generación para que volviera a ser lo que era antes de la llegada de los norteamericanos, antes de la tiranía de Hussein, antes de las guerras y la violencia que ha desordenado sus vidas.
"Iraq tiene una larga historia", dijo Saleh. "Saddam no era algo nuevo. ¿Cuántas generaciones han tenido que vivir de esta manera?" Miró por la ventana de su empresa, la Fábrica Mustafa, los carteles del Partido Monárquico Constitucional y los panfletos del Partido Comunista en una barricada de concreto. "Nuestra generación ha crecido en la violencia. No pueden revolver sus problemas de manera pacífica".
Miembros de una generación más joven estaban en el patio de la Academia de Bellas Artes, ornamentada con estatuas de la dinastía Abbassid de Bagdad, el ambiente de las Mil y una Noches y las historias que dan a Bagdad su nostalgia. Junto a un estudiante que tocaba ‘Hotel California' en una guitarra acústica estaba Muntasir Jalal y su amiga Dalal Mohammed. Jalal es cristiano; Mohammed, sunní.
El voto "es nuestra oportunidad", insistió Jalal.
Mohammed dio vuelta los ojos, luego sacudió su cabeza.
"Yo soy sunní, y los sunníes estamos boicoteando las elecciones", dijo. "Creo que va a causar todavía más problemas".
En una muralla cercana, un cartel con el retrato de Sistani insta a la gente a votar. Al otro lado del patio hay una pancarta: "Así es como empieza un país a decidir su destino..., a través de las urnas".
"No les presto atención", dijo Mohammed. "Soy pesimista. Soy pesimista sobre la vida y sobre todo. Quiero irme de Iraq. Eso sería lo mejor".
Jalal se burló de ella. "Se va a lleva consigo un lanzagranadas". Trató de desviar la conversación. Eran artistas, insistió. "En el arte no hay política", dijo Jalal, tranquilizándola. "Estamos demasiado ocupados pintando".

20 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh

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