Blogia
mQh

el novelista como forajido


[Gore Vidal] Sobre James Purdy.
Oí hablar por primera vez de James Purdy hace algo así como medio siglo un brillante día de primavera en Londres. Edith Sitwell me había invitado a almorzar. Bebimos unos martinis mientras ella le daba los retoques finales a una carta para el Times de Londres; la novela de D.H. Lawrence, ‘El amante de Lady Chaterley' estaba siendo atacada por obscenidad. Aunque Edith le tenía antipatía a Lawrence por haber, según pensaba, caricaturizado a su hermano Sir Osbert en la novela, a medida que el gin nos hacía efecto yo aseguré descaradamente que el libro injurioso no era en realidad de Lawrence, sino de Truman Capote. Los ojos con bordes rojos se asomaron achicándose por encima de una larga nariz gótica: "Ciertamente, las fechas no son las correctas".
"Capote", dije yo, "no llegará nunca a los noventa de nuevo".
Ella suspiró con satisfacción. "Eso explica ese horroroso estilo". Comenzó a escribir al editor del Times: "Estimado Señor, soy una niña de 72 años y según me dicen las más altas autoridades literarias..."
A medida que la fuente con martinis se vaciaba, puso la pluma en la mesa y declaró: "He descubierto a un verdadero genio literario. Desconocido en su país, me temo. Se llama James Purdy". Yo aduje ignorancia, pero sabía que Edith, a pesar de sus trajes con vueltas y anillos de jade del tamaño de una pieza de dominó, tenía un aguda percepción del genio literario, si no siempre del talento. Fue una de las primeras admiradoras de Dylan Thomas, y colocó a Purdy en la misma categoría, a pesar del hecho de que sus libros eran en esos días tan cuidadosamente ignorados por los comentaristas literarios estadounidenses como lo son hoy. El novelista Jerome Charyn lo describió como "el forajido de la narrativa estadounidense". Presumiblemente, eso hace a John Updike nuestro forajido supremo.

En una de las solapas del último libro de Purdy lo saludo como "un auténtico genio americano", con énfasis en los dos adjetivos. La prosa de Purdy hace a menudo evocar el penúltimo siglo cuando se buscaban substantivos adecuados para servir como verbos, como en "divirtiéndose", sobre lo que un editor le dijo una vez a Purdy no que pertenecía a un habla americana auténtica, incluso si todo estudiante de las primeras películas de W.C. Fields sabe que es: "Sólo estaba bromeando, querida", dice Fields a la inimitable Gloria Jean. Purdy nació y se crió en el apéndice más auténtico de Nueva Inglaterra: la Reserva Occidental, cuya joya es el estado de Ohio, o, como lo dijo una vez, dramáticamente, Dawn Powell: "Todos los americanos provienen de Ohio originalmente, aunque sea brevemente". Y eso era, por supuesto. Desde entonces las fronteras se han cerrado, y el verdadero azul es a menudo confundido con el rojo de los últimos destellos del atardecer.
Carroll & Graf publica una novela y un tomo de los cuentos cortos de Purdy: ‘Eustace Chishol and the Works' (1967) y ‘Moe's Villa and Other Stories' (2003), con otra novela, ‘The House of the Solitary Maggot' (1974), que saldrá en mayo. Esta última es parte de un ciclo en curso o de una "novela continua", titulada ‘Sleepers in Moon-Crowned Valleys'. Afortunadamente para Purdy, nunco tuvo encima a un Maxwell Perkins rebanando su novela continua en ñascos comerciales, perdiendo en el proceso el flujo narrativo que tanto perdió Thomas Wolfe en su vida e, incluso peor, después de muerto, cuando los editores aserrucharon su vasta novela americana para hacer sus propias, disminuidas novelas convencionales (la biografía de David Herbert Donald, de Wolfe, describe en sangrientos detalles su enfoque de osario del grandioso texto original). Algo bueno acerca de ser un forajido es que Purdy ha sido capaz de hacer sus propias divisiones de toda su obra, y así cada novela se sostiene por sí misma mientras el todo espera la arqueología y la constitución de un trabajo que no se parece a ninguno.
La literatura ‘gay', particularmente por escritores todavía vivos, es un enorme cementerio donde se arroja a los escritores disimilares, excepto sus supuestos deseos sexuales, junto con un montón de trallados senderos de los valores familiares. James Purdy, que debería algún ser colocado junto a William Faulkner en el oscuro rincón gótico del cementerio de la literatura americana, en realidad está siendo desviado para yacer junto a no parientes.
Es interesante observar que en una época de renovado debate sobre asuntos sexuales (disfrazados torpemente de ‘valores morales'), esté James Purdy emergiendo desde las sombras. La primera sombra cayó sobre él con su primera novela, ‘63: Dream Palace' (1956), descrito por el editor como una novela que "gira sobre el amor obsesivo, la homosexualidad y la enajenación urbana", para terminar diciendo "con fratricidio... Purdy escribe sobre hombres que son incapaces de expresar su amor por otros hombres porque la homosexualidad les parece impensable". En realidad, como demuestra Purdy, todo el resto del mundo piensa que es posible. Él está solo en este camino; a veces tenebrosamente cómico, otras trágico como cuando se encuentra en su sendero boca abajo con los "simpáticos", el eufemismo griego para las Furias que persiguen siempre a la humanidad.
Los datos biográficos sobre Purdy son escasos. Nació en 1923, en Ohio, se mudó a Chicago cuando era adolescente, asistió a la Universidad de Chicago y la Universidad de Puebla en México. Entre 1949 y 1953 enseñó en el Lawrence College de Wisconsin, y luego vivió en el extranjero (¿dónde?). Ahora vive en Brooklyn. Aparentemente, empezó a publicar historias en revistas en los años cuarenta. En los cincuenta, trató sin éxito de encontrar un editor americano. Su primer libro fue publicado privadamente en su propio país, y luego por un importante editor en Inglaterra, donde tenía a muchos partidarios en el mundo literario, más especialmente Edith Sitwell y Angus Wilson.
Durante algunos años leí sus libros cuando pude encontrarlos. En un momento Edward Albee escribió una interesante pieza de teatro basándose en la novela ‘Malcolm' (1959), de Purdy. Pero las murallas de Jericó siguieron de pie y siguen todavía de pie hasta hoy a pesar de este único y variado corpus literario. Pero entonces algunos escritores simplemente no son admitidos porque, en algún nivel, causan genuina incomodidad, obligando a la Confederación de Zopencos a acarrear sus obras más vívidas como si fueran pilares de sal para ser instaladas en el mortífero desierto que separa nuestro Oz del mundo real.
‘Moe's Villa and Other Stories' es la última publicación de Purdy. Algunos de estos cuentos son cuentos de hadas, como ‘Kitty Blue', sobre un gato parlante que es amigo y musa de un gran cantante, mientras que la más elegante y extraña de estas historias es ‘Reaching Rose'. Aunque Purdy no abandona nunca sus personajes de ‘Malcolm' -esos dorados efebos perdidos o a la deriva en alguna ciudad extraña o caminando como sonámbulos en un campo coronado por la luna llena- mientras él mismo envejece, a menudo gira sobre viejos y a menudo desconcertantes ardides.

Leí primero su 'Eustace Chisholm and the Works' hacia 1968, poco después de su publicación. Era una época importante en Bookchart Land. Tres escritores "respetables" publicarían tres llamados "libros sucios": Philip Roth, con ‘Portnoy's Complaint' (en 1969), John Updike con ‘Couples', y yo mismo con ‘Myra Breckinridge'. No recuerdo que nadie haya escrito sobre ninguno. ‘Eustace Chisholm' es como un sinvergüenza. Ahora lo he vuelto a leer y me sorprende todo lo que recuerdo después de tantos años.
El libro empieza en un Chicago dreiseriano: "Aquí, en medio del remolino industrial de la depresión económica americana, los desempleados, en pequeños indistintos ejércitos privados, con una generosa pizca de jóvenes blancos de pequeños pueblos y granjas y negros del Sur, hacían la cola de la seguridad social. Eustace Chisholm había quedado apresado en dos tragedias, la nacional del colapso económico de su país, y su fallido intento de combinar el matrimonio con la vocación de poeta narrativo. Se preguntaba si acaso era debido a su incapacidad de escribir un libro o simplemente al tenor general de la época que su esposa Carla, que lo mantuvo durante dos años, se fugara con un aprendiz de panadero unos seis meses después del inicio de esta historia". Está solo, "escribiendo como de costumbre en su largo poema sobre el ‘linaje original' de América", una combinación aparentemente ecléctica de indios, negros y reservistas occidentales. Tiene 29 años y escribe su poema con un trozo de carbón en las páginas de The Chicago Tribune.
Sin anunciarse, la esposa fugitiva, Carla, vuelve. Eustace no está convencido. Le dice que la acepta sólo como "sostén de la familia". Ella acepta el papel, marcada como está por la Letra Escarlata. La esposa convertida en sostén de la familia y el poeta del ‘linaje original' en América se cuentan cuentos de viejas mientras ella se readapta al apartamento y a la vida de su marido, también conocido como Ace.
Purdy, como un amable anfitrión, nos cuenta ahora algo sobre Eustace: "Después de que su padre fracasara en el negocio de los Rápidos de Michigan, y se disparara a sí mismo en la boca en la oficina de la fábrica conservera desde la que había dirigido sus asuntos durante 30 años, Eustace Chisholm se marchó a Chicago dos días después del funeral. Al otoño siguiente empezó a asistir a la universidad por un tiempo, y en realidad estuvo a punto de obtener la licenciatura. Salir al mundo a fines de la era de Hoover y al comienzo del período de Roosevelt, no pudo encontrar trabajo, excepto unos pocos trabajos temporales que no duraban: trabajó como cocinero de comida rápida en una cantina de un vagón Pullman, como recepcionista en una residencia para niños disminuidos psíquicos, como lector de un millonario ciego y en cualquier cosa que encontrara". En cierto sentido, esta es una entretenida parodia del estilo realista del día; en otro, nos cuenta lo que uno termina haciendo en una Depresión. (¿Volvemos a tener días felices?)
Mientras Carla prepara el almuerzo, Eustace entra al salón, donde debe recibir una clase de griego del adolescente Amos Ratcliffe. El dorado joven ha dejado la universidad a pesar del hecho de que es un prodigio. Es también una belleza clásica, la que, como su dominio del griego, conlleva un inusual peso para Eustace, que se pregunta si vivirá lo suficiente como para "leer a Píndaro".
"‘Usted debería avanzar hasta ‘La antología griega'", se atreve Amos Ratcliffe, alentando a su alumno con una bonita exhibición de dientes".
Interactúan varios personajes. Amos es vendido a un millonario. Eustace no aprende nunca como para leer a Píndaro; también abandona la poesía. La narrativa se concentra finalmente en Daniel Haws, un divino joven de complexión oscura (posiblemente en parte un indio americano) que ha servido en el Ejército. Cuando Amos, con un nuevo vestuario de su millonario caballero, sigue adelante a regañadientes, Daniel decide volver a alistarse.
"La vida de Daniel Haws había llegado a un callejón sin salida, casi a su fin, cuando fue separado en oscuras circunstancias del Ejército regular norteamericano. Desde entonces, todo para él ha sido ir de sonámnulo, de una manera u otra. Fueron las ceremonias y rutina del Ejército las que parecía volver a actualizar varias veces al día... desde el desayuno hasta la cuenta de la cama".
Ahora Daniel vuelve a alistarse y es asignado a un campo en Biloxi, Mississippi. "La primera noche de su llegada al campamento, caminó sonámbulo hasta la tienda del capitán Stadger. El oficial, todavía despierto a las 2:30 de la madrugada y golpeteando de vez en vez una polilla que volaba en torno a su única fuente de luz, una linterna, estaba ocupado echándose un ungüento en una tiña en su brazo. Levantó la vista incrédulo y sin embargo con una expresión de reconocimiento y esperanza cumplida a la vista del soldado que estaba parado desnudo y con ojos que no ven ante él.
"Levantándose, desviando el haz de la linterna de la cara del soldado hacia su cuerpo, el capitán lo miró y esperó. Luego, presintiendo lo que tenía entre manos, rápidamente miró el número en la placa del sonámbulo y con una hueca voz de mando, en estricta etiqueta militar, lo despidió, implicando que había sido el capitán quien lo había llamado desde su tienda y volvería a llamarle nuevamente. Obediente, Daniel saludó y, todavía sin ver, giró sobre sí mismo y con un firme paso volvió a su catre". El destino se había encargado de él.
La ingenuidad del capitán como torturador le habría ganado una hoja de oro en la clase de Abu Ghraib de nuestro país. Purdy describe despiadadamente la lenta muerte del cuerpo del guapo soldado, utilizando toda suerte de imágenes en la mente del lector, desde las de Billy Budd hasta las últimas, excepto una, y terribles historias de indios y puritanos destrozándose unos a otros mucho antes de que la Reserva Occidental fuera poblada por usurpadores. En un estallido de dolor y furia, los personajes, uno por uno, cesan de ser. Cuando Amos, Daniel y el capitán se transforman en fantasmas, Purdy cita la traducción de Dryden de Virgilio:

Te conozco, Amor, de los desiertos donde te criaste
Y de las ubres de donde se alimentaron los tigres salvajes;
Extranjero desde que naces, usurpador de las planicies.

Al final, Eustace, por accidente, quema su poema y se quema él mismo. Carla apaga el fuego que está consumiendo su bata. Así se libera de su propio engaño. "Ya ves lo tranquilo que estoy de quemar el poema. No soy escritor, esas son las noticias, nunca lo fui, y nunca lo seré".
"No me interesa si logras algo, lo que sea", le dice Carla. "Todo lo que me interesa eres tú".
"Luego, lentamente, como todos los sonámbulos del mundo", él "la llevó por el largo pasillo hacia su cama, la apretó contra sí, aceptó su frialdad inicial como ella había aceptado durante tanto tiempo la suya, y luego la acarició con una especie de delirante amor".
Sueñan que están despiertos.

27 de febrero de 2005
©new york times
©traducción mQh
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres