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partos y muerte en sudán


[Emily Wax] La presión social para tener más hijos y repoblar sus comarcas hace que las mujeres arriesguen embarazos sucesivos y permanentes.
Rumbek, Sudán. La exhausta y delgada mujer de la cama número 6 estaba luchando por su vida. Una enfermera había advertido a Bang Akok el año pasado, y el año antes de ese, que no volviera a embarazarse. Pero la presión para tener otro hijo era demasiado grande.
Incluso a los 23, incluso después de ocho embarazos previos, incluso después de que casi muriera de una hemorragia durante su parto anterior, Akok no pudo resistir las abrumadoras demandas de su familia y su sociedad -tratando de reconstruir después de 21 años de guerra civil- para remplazar a los caídos en la guerra.
Ahora, horas después de haber parido otra vez, Akok estaba deshidratada y sufriendo de una hemorragia interna. Este vez, había quedado embarazada de gemelos. Uno de sus bebés -un niño- murió antes del parto y tuvo que ser cortado de su vientre. Su hermana sobrevivió y estaba durmiendo al lado de su madre, con la cabeza llena de un pelo marrón.
"Su cuerpo estaba demasiado cansado", dijo suavemente la tía de Akok, Agoen Mathei, 50, mientras sujetaba la mano de la joven mujer en el pabellón del hospital de esta ciudad al sur de Sudán. "Sabíamos que no podía tener otro bebé. Pero lo intentó".
En un continente con las tasas de mortalidad infantil y maternal más altas del mundo, el sur de Sudán es una bolsa de circunstancias especialmente duras de sufrimiento y escasas posibilidades de supervivencia para las mujeres embarazadas y sus recién nacidos. Aquí en la maternidad del Hospital de Rumbek -el único en cientos de kilómetros a la redonda- menos de la mitad de los embarazos y partos terminan con la madre y el bebé vivos.
En todo el África sub-sahariana, las mujeres tienen 1 posibilidad en 16 de morir durante el embarazo y el parto, lo que ha dejado atrás a las enfermedades relacionadas con el sida como las principales causas de muerte de las mujeres, de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud OMS. En el mundo desarrollado, menos de 1 en 2.800 mujeres embarazadas enfrentan al mismo destino. Los bebés también mueren a tasas extremadamente altas en esta parte del mundo, con más de 100 muertes por cada 1.000 nacimientos, comparado con 34 en el Sudeste Asiático, 30 en América Latina y 6 en los países industrializados.
En Sudán, 590 mujeres mueren durante el parto por cada 100.000 nacimientos vivos. Es un panorama mucho más alentador que en países como Sierra Leona y Afganistán, donde la cifra es tres veces más alta, de acuerdo a la OMS. Pero los estragos de la guerra civil, la ausencia de trabajadores sanitarios preparados y el aislamiento de muchos asentamientos han hecho de Sudán un lugar especialmente precario para dar a luz.
"Salir con un bebé vivo con su madre viva al final de un embarazo es un gran, gran reto", dijo Terry Sisa, una enfermera keniata que trabaja en el Hospital de Rumbek, donde un pequeño equipo de matronas trabaja sin electricidad, agua corriente, sangre o analgésicos. Cada mes asisten en 35 nacimientos sanos. Pero cada mes, mueren 50 niños o madre durante o después del parto.
Cuando se trata de la salud de las madres, dijo Sisa, cansada, Sudán está "a un siglo de distancia del resto del mundo".
En la sociedad sudanesa, tener muchos hijos es considerado la principal función de una esposa y la medida de su valor. Después de años de guerra, las mujeres hacen frente a presiones para repoblar la tierra. En el sur rural, las niñas se casan a menudo a edades tan tempranas como 14 y se espera que tengan nueve o diez hijos; como resultado, las tasas de fertilidad son las más altas del mundo.
Sin embargo, las condiciones que rodean a la mayoría de los partos siguen siendo primitivas. La mitad de los bebés en Sudán nacen sin la ayuda de un asistente capacitado, de acuerdo a un estudio de 2004 del Fondo de Población de Naciones Unidas. La pobreza y el subdesarrollo agravan el problema, con pacientes que soportan largas caminatas bajo el agobiante calor para llegar a la clínica más cercana. Akok caminó durante una semana para llegar al Hospital de Rumbek, en enero.
Un acuerdo de paz firmado el 9 de enero entre el gobierno árabe islámico y el grupo rebelde animista africano, ha aliviado las tensiones en el sur de Sudán y permitido que profesionales sanitarios sondeen la extensión de los problemas que aquejan a mujeres y niños.
Pero en la región al oeste de Darfur, un conflicto separado entre el gobierno y grupos rebeldes es un obstáculo adicional para los embarazos, partos y cuidado infantil. Decenas de miles de familias han sido desplazadas por la guerra, y su salud se deteriora debido a la inestabilidad y mala alimentación.
"Dar a luz ya es bastante difícil", dijo Taban Paramena, un funcionario de la salud de UNICEF, durante una visita reciente a Rumbek. "El embarazo no es fácil ni bajo las mejores circunstancias. Imagine en el Sudán".
Hace un año, Ahmed Abdallah, 21, se casó con Fadna Abdulla Rhaman, una guapa mujer de 25. Vivían en un asentamiento de chozas a unos 60 kilómetros al este de Nyala, la capital de Darfur del Sur.
Rhaman se enteró pronto de que estaba embarazada. Su nuevo marido y sus familias lo celebraron. Sacrificaron una vaca y realizaron la fiesta tradicional de celebración del primer embarazo. Pero cuando Rhaman tenía ocho meses, su barriga hinchada de vida, atacaron su aldea -por rebeldes africanos o milicianos árabes, supuestamente armados por el gobierno para reprimir la insurrección.
"La gente llegó en caballos a las cuatro de la mañana, rebeldes o del gobierno, no estamos seguros", dijo Khadija Ishak Hamad, la madre de Rhaman, que estaba en un húmedo refugio parchado de hojas, trapos y palos en un abrasador campamento para los que huían. "Mi hija no podía correr. Yo sabía que le dolía".
En las últimas fases de su embarazo, Rhaman pasaba los días descansando, como la mayoría de las mujeres embarazadas del mundo. Así cuando la familia tuvo que huir, para Rhaman fue imposible mantener el ritmo. Tenían poco agua y tuvieron que caminar durante dos días bajo el sol en la arena caliente.
"El problema más grande era que estábamos en el monte y no teníamos comida", dijo Hamad. "En un momento, tuvimos que huir hacia las montañas, cuando oímos balazos. La arrastré yo durante un rato".
Durante el viaje, la familia se preocupaba de que Rhaman pudiera empezar a parir, porque estaba sangrando y perdía la conciencia. Pero al cabo de varios días, llegaron a un atiborrado campamento en Nyala, donde viven más de 80.000 personas después de ser desplazados por la guerra. Rhaman dio a luz poco después, ayudada por mujeres sin adiestramiento profesional.
Después de eso, sostuvo a su bebé, envuelta en una manta rosada rota y llamada Abdallia, o ‘Sierva de Dios' en árabe.
"Yo era tan feliz", recordó su marido. "Pensábamos que todo iba a salir bien. Pensamos que ella debía comer más carne. Pero no teníamos nada".
Rhaman sabía que estaba débil porque no podía amamantar al bebé y se sentía mareada. Pero su hermana, que dio a luz el año pasado, amamantó al bebé y toda la familia se apretujó en una choza, abrazándola. Los hombres se acercaron a cantar loas al milagro. Su marido cogió en sus brazos al niño. Se apareció un vecino a ofrecer un pequeño cuenco de dátiles y cereales.
Pero durante la noche, Rhaman comenzó a sangrar fuertemente. A la mañana siguiente su marido la llevó a una clínica del campamento. Las colas eran largas. Esperaron todo el día. Les dijeron que volvieran al día siguiente. Para entonces, ella había muerto.

Intentos de Educación
"Aquí sólo se ven bebés diminutos", dijo Sisa, la enfermera keniata, mirando el pabellón atiborrado de mujeres y recién nacidos en el Hospital de Rumbek. "Hay tantas que van en su décimo o noveno embarazo, que no es raro que estén muriendo tantas mujeres con sus bebés".
Últimamente las enfermeras de Rumbek se han sentido frustradas por el alto número de muertes. El año pasado se adiestró a 3.000 matronas pueblerinas 1.100 estudiantes fueron reclutadas para cursos de adiestramiento en todo el país, con apoyo del gobierno y del grupo rebelde que controla el sur de Sudán.
"Necesitamos ayuda con gran urgencia", dijo Sisa. "Durante la guerra, sabías por qué había tantas muertes de madres y bebés. Pero ahora, no podemos tener tanta gente muriendo".
Hace poco empezó a hacer una lista de consejos sanitarios para repartir entre mujeres embarazadas. Pero se los tenía que leer en voz alta, porque pocas de las madres pueden leer.
Sisa también quiere que el hospital monte clínicas móviles para instruir a la población de aldeas aisladas sobre planificación familiar e higiene. En África, las familias numerosas son consideradas prestigiosas. Pero Sisa observó que en Kenia, la tasa de natalidad ha decrecido entre las mujeres educadas. En Sudán, insistió, las cifras deben descender.
"Sé que habéis sufrido la guerra y queréis familias grandes", dijo Sisa a un grupo de enfermeras en un curso de formación en el hospital. "Pero no podéis construir un gran país si las mujeres han muerto. No es tolerable que las mujeres tengan tantos hijos. No es sano".
"Tratad de parar al sexto", dijo con una sonrisa, tratando de provocar una reacción. Algunas mujeres parecían tomarla muy en serio, mientras otras se encogían de hombros.
Sisa se ha interesado particularmente en el caso de Akok. Ella le advirtió a Akok el año pasado a no seguir quedando embarazada, pero ahora dice que le habría gustado visitar la aldea de Akok para hablar con su marido y otros hombres.
Pero hubo otro problema con el parto de Akok. Casi al final de la larga caminata hacia el hospital, ella pensó que iba a parir y su tía empezó lavarla con agua sucia y usando palos para tratar de sacar a los bebés. Quedó con una infección, que causó la muerte del niño antes del parto.
"No uséis nunca instrumentos sucios", recordó Sisa el grupo de aprendices de enfermera. "Es como disparar contra la madre y el bebé".
De vuelta en el pabellón con Akok, Sisa aplaudió de felicidad cuando vio que el corazón de Akok seguía latiendo. Todavía perdía sangre, pero tenía más color en su cara y se mantenía despierta durante varios minutos antes de volverse a dormir.
Durante uno de los momentos de lucidez, Sisa se agachó sobre ella y le dijo: "No más bebés. En serio".

5 de marzo de 2005
©washington post
©traducción mQh
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