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sin city, el más negro cine negro


[Stephen Hunter] ‘Sin City' transforma en arte la violencia digital.
‘Sin City' es un postre del infierno, una intensa reducción de ciertas tradiciones de la cultura pop urbana a una crème brûlée de brillante artificialidad. Reúne los diseños del espontáneo y apasionante cine negro de los años cuarenta -calles penumbrosas, letreros de neón, composiciones dramáticas, estados extremos- y los reduce a su viscosa y escabrosa esencia.
Y aunque es verdad que la película puede evocarnos a alguien canalizando a Raymond Chandler mientras hace gárgaras con un Wild Turkey, es también verdad que como icono de alta decadencia y superior maestría, es todo un universo diferente. Es un arte al otro lado de la ley -‘Kill Bill' sería otra obra maestra de este género, lo mismo que ‘Grupo Salvaje' [The Wild Bunch], aunque ninguna es tan estilizada formalmente. Y plantea una pregunta difícil: ¿Qué le debe una pieza de arte a la moral?
Se podría decir que es un producto puro del culto norteamericano de la muerte. Celebra la venganza de la especie más violenta, presenta héroes que no solamente matan, sino mutilan, y luego torturan hasta la muerte a sus enemigos, su visión de las mujeres es primitiva, extrae energía de la excitación de jadeantes reflexiones sobre las conductas humanas más profanas (canibalismo, acoso de niños, violación, asesinatos emboscados), valora la agresividad por encima de todo y, maldición, es realmente buena.
Así: ¿Deberíamos prohibir esta película perversa, porque con su agresivo nihilismo fascinará a demasiados jóvenes impresionables? ¿O deberíamos decir: Es tan hermosa y seductora y una experiencia tan cautivante que hay que dejarla ser lo que es y no someterla a las leyes de la sociedad y el buen gusto?
La respuesta es esta, y es lo único que es un hecho: no tengo ni idea.
Para el visionario director Robert Rodríguez -el único propietario de las franquicias de ‘Desperado' y ‘Los Niños Espías' [Spy Kids]-, que duplica casi al detalle la imaginería de las novelas gráficas de Frank Miller, ‘Sin City' y dos de sus secuelas, ‘Sin City' es una especie de mago de Oz del cine negro, saqueado y liberado del continuum espacio-temporal. Imaginadla como el lugar donde fue a morir el ello de Mickey Spillane [escritor de novelas policiales, el creador del personaje Mike Hammer].
El lugar, abreviado cínicamente de Basin City, es fácil de encontrar. Está justo más allá de Gotham, y al oeste de Zenith. Está en un estado de la mente, no en el espacio ni el tiempo sino en todas partes donde un hombre solo beba a las dos de la mañana mientras extrae energía de una incandescente barra de cáncer, donde oye aullar a los perros y el ulular del viento, siente el peso reconfortante de una Colt en la funda de la pistola y se pierde a una dama que -quiero decir, una vez que el tema se mete en tu cabeza, no te lo puedes sacar de ahí.
Los coches parecen sacados de una esquina de La Habana, desde el tosco viejo Modelo Ts al brillante y rojísimo Ferrari, pasando por un Chryslet color turquesa de 1957 -sabes, ese con unas aletas traseras del tamaño de la proa del buque insignia USS Alabama-, y ocupan un buen tiempo de la pantalla. ¿Las armas? Antiguas calibre 45, como la de John Dillinger, incluyendo unas bonitas presentaciones de la Armería Springfield de Geneva, Illinois. Pero también Uzis y Berettas y una o dos Steyr AUG. Los abrigos son todos impermeables; los sombreros, de ala vuelta; los cigarrillos, sin filtro; los callejones, oscuros y ventosos; los colores claroscuros con, de vez en vez, una cuchillada de rojo o un tajo de amarillo.
Como película -bueno, no es realmente una ‘película'; es más una construcción digital de alta tecnología- es el próximo paso lógico de las películas de ordenador que hemos visto últimamente -‘Sky Captain y el Mundo del Mañana' [Sky Captain and the World of Tomorrow], ‘El Expreso Polar' [The Polar Express]-, pero a diferencia de ellas, es más que solamente bonita; en realidad tiene una historia o dos o tres, todas bajo la dirección de arte.
Pero de todos modos: ¡Vaya producción de arte! Es uno de esos trabajos donde los actores entran a un pequeño cuarto verde, se colocan sus trajes y maquillaje, hacen su trabajo y vuelven a casa en unos días. El metraje es insertado de alguna manera en un detallado e impresionante universo digitalizado completamente ficticio, donde el diseño de arte y la iluminación cuentan más que la física. Allá no hay allá, sino solamente electronos cuidadosamente manipulados.
Hay unos 8 millones de historias en esta ciudad, pero Rodríguez ha preferido contar una de ellas, y es bastante buena, incluso si la cuenta tres veces.
Gira sobre un tipo duro -puede ser un poli, un matón o un asesino- que conoce a una desamparada que le llega al corazón, le da algo en que creer en esta barata bola de basura que llamamos el planeta Tierra. Pero entonces algo le pasa a ella, ve usted, así que se infla de cólera y furia, incluso a riesgo de su propia vida, y lucha contra la sordidez y la corrupción y las cloacas y la depravación y el lodo y el estiércol y el éxtasis y la oscuridad y los cretinos y los inspectores de impuestos y los... Okay, no incluyamos a los inspectores.
Rodríguez ha tomado tres cuentos de Miller -el original ‘Ciudad del pecado' [Sin City], ‘La gran masacre'‘ [The Big Fat Kill] y ‘Ese cobarde bastardo' [The Yellow Bastard]-, los tres tejidos en un tapiz, ya que transcurren más o menos en una sola noche en el casco histórico de Sin City, y en esas calles de vicio hay tres hombres que no están manchados ni tienen miedo. En realidad, los tres son bastante viciosos. El héroe del primer cuento es Marv, representado por Mickey Rourke y una nariz de 3 kilos aparentemente modelada mirando el perfil del indio del Pontiac. Marv, tres veces perdedor, topa con una mina llamada Goldie (Jaime King) y pasa una noche paradisiaca con ella, pero despierta a la mañana siguiente para encontrarla muerta y verse metido en una trampa, con la ley esperándolo al otro lado de la puerta. Tiene que descubrir quién lo hizo, y pagarle con dolor.
Marv no es un detective; es un vándalo. Su idea de una investigación se reduce la mayor parte de las veces a armas y puñetazos, y las pistas llevan hasta la cima de la estructura de poder de Sin City. Rutger Hauer es el malvado cardenal Roark, cuyo protegido Kevin (Elijah Wood) es un elfo caníbal con los ojos de un cervatillo que se alimenta de mujeres y cuelga sus cabezas en su granja. La venganza de Marv es, para qué decir, abrupta, terminal y extravagante.
La más floja de las tres historias es la siguiente, un relato sobre cómo el ex asesino a sueldo Dwight (Brit Clive Owen) rescata a unas chicas del casco histórico -la dama a cargo es Rosario Dawson, maquillada para parecer un infierno de 2 metros forrado en cuero y con tacones altos (que adora las Uzis), para no decir nada de Devon Aoki- después de que un matón al que han eliminado resulta ser un poli. Imaginad a Dwight como un tipo con dos zapatos rojos y dos 45. Se encarga de Jackie Boy (Benicio del Toro) y sus payasos, pero termina nadando en un pozo de alquitrán como premio por sus esfuerzos y descubre una conspiración de mercenarios irlandeses que se apoderan del puterío por encargo de poderes existentes. Una parte considerable gira sobre la posesión de la cabeza de Jackie Boy. La historia es demasiado complicada y depende completamente de una explicación de los contextos políticos.
Pero el tercer cuento -su primer episodio aparece temprano en la película, pero la conclusión está al final- es el mejor. Aquí el cansado y único poli honesto de Sin City, John Hartigan (Bruce Willis con las cicatrices y el peluquero de otro) trata de rescatar a la pequeña Nancy Callahan de Junior (Nick Stahl), un pervertido sociópata que odia a los niños y disfruta de la cortesía de su poderoso padre, un senador (representado por un ignorado Powers Boothe con demencia extrema), que lo saca de la cárcel. Por su heroísmo Hartigan es recompensado con ocho años en la penitenciaría; cuando sale, la pequeña Nancy ha crecido y se ha transformado en una esbelta bailarina (Jessica Alba) y todavía es molestada por el sociópata, que ahora se especializa en molestar a striptiseras de 19 años.
Hartigan se encarga del caso. Como Marv antes que él -quizás demasiado como Marv antes de él- sigue a su rival hasta el mismo local (nuevamente la granja; también hay una relación entre el cardenal Roark y el senador; y en algún sentido entre Kevin y Junior son hermanos) y captura sus 4.5 kilos de carne. Desafortunadamente, antes de que Hartigan haga justicia torturándolo, debe torturarse a sí mismo en su ruta hacia la injusticia: Una larga y sádica secuencia al final de una cuerda puede sorprender a los más duros espectadores de este tipo de basura genial.
En ‘Sin City' no hay secuencias grandiosas de ferocidad como en ‘Kill Bill' y ‘Grupo Salvaje', ni explosiones prolongadas de lirismo cinético. La imaginería, sin embargo, es sensacional: Marv deslizándose de su coche mientras se hunde en el río que los envuelve, Hartigan sacando un cuchillo de la nada y clavándolo en las tripas de otro, Dwight hundiéndose en alquitrán negro, hundiéndose y hundiéndose. Digamóslo así: Dos horas y seis minutos que no parecen más que dos minutos y seis segundos. Es metaficción pulpa suprema.

1 de abril de 2005
5 de abril de 2005
©washington post
©traducción mQh

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