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masacre arbitraria


[N.C. Aizenman] En medio de las mortíferas protestas en Uzbekistán, un sorprendido empresario.
Suzak, Kirguistán. Cuando la noche del viernes se abrió la puerta de su celda en la cárcel, Odil Maksataliev dio un brinco de sorpresa. Ocho hombres armados entraron a la celda.
Maksataliev no los había visto nunca antes, pero ellos parecieron reconocerlo inmediatamente. "Sabemos que es uno de los hombres de negocios que fueron detenidos sin motivo, y hemos venido a liberarle", dijo uno de ellos, según recordó.

Luego lo sacaron fuera en las primeras horas de la mañana, y pasaron junto a los cuerpos ensangrentados de dos guardias de la prisión tendidos en el suelo. Los esperaba una flota de coches.
Así ocurrió la fuga en la ciudad de Andijon, que provocó revueltas en varias otras ciudades de Uzbekistán, el país de Asia Central que ha sido gobernado por Islam Karimov desde que ganara su independencia en 1991, con el colapso de la Unión Soviética.
Veintitrés hombres de negocios locales acusados de formar una célula terrorista fueron liberados por los pistoleros, junto a otros 2.000 reclusos.
En pocas horas los hombres de negocios aparecieron como invitados en la plataforma de oradores en una manifestación sin precedentes contra el régimen autocrático de Karimov en la plaza mayor de la ciudad. Pero la manifestación terminó en un baño de sangre cuando las fuerzas de seguridad de Uzbekistán lanzaron ráfagas de balas contra los manifestantes.
El miércoles Maksataliev estaba parado en un campamento de tiendas en una ladera cubierta de hierba cerca de la ciudad de Suzek en la vecina Kirguistán, con varios colegas empresarios y unas 500 personas que habían huido de Uzbekistán.
Llevando sólo un chándal y apretando una pequeña hoja de papel documentando su petición de asilo político en Kirguistán, Maksataliev no se distinguía de los otros desaliñados escapados.
Pero su historia gira sobre la continuada controversia sobre quién está detrás de la revuelta en el país preponderantemente musulmán, que alberga una base aérea norteamericana utilizada para la guerra en el vecino Afganistán.
El miércoles las autoridades norteamericanas y británicas exigieron una investigación internacional imparcial de la violencia. Entretanto Karimov ha reclamado que los empresarios, los hombres que los liberaron y la mayoría de los manifestantes eran musulmanes radicales violentos que quieren transformar al país en una teocracia extremista.
Una queja común en el país se dirige contra la restricciones de culto. La Comisión norteamericana sobre Libertad Religiosa Internacional, un grupo bipartidista creado por el Congreso, informó este mes "graves violaciones de la libertad religiosa" en el país.
Las autoridades de Uzbequistán "reprimen despiadadamente a individuos y grupos musulmanes y mezquitas que no adoptan las prácticas prescritas por el gobierno o que el gobierno dice que están asociados con programas políticos extremistas", dice un informe. "Esto ha resultado en la prisión de varios miles de personas en los últimos años".
Pero Maksataliev, y otros en el campamento, dijo que él y sus 22 colegas acusados tenían poco interés en la religión o en la política. Según su versión, eran simplemente hombres de negocios exitosos que fueron perseguidos por un gobierno paranoico que considera una amenaza a toda persona con prestigio. La mayoría de la gente en la plaza era pacífica, ciudadanos de a pie, dijeron los hombres.
"No eran terroristas", dijo Maksataliev, 45. "Era simplemente gente que estaba harta".
Maksataliev es un hombre fuerte con una blanquinegra, incipiente barba y aspecto de boxeador. Pero cuando habló de su fundición que empezó hace 5 años, su voz se espesó con la emoción de quien habla de un hijo extraviado.
"Teníamos 54 trabajadores", dijo, melancólico. "Era realmente algo profesional. Todos llevaban uniformes, tenían almuerzo gratuito y dinero para el transporte".
En 2003 su compañía y las que pertenecían a muchos de los otros 22 empresarios recibieron los mayores honores en una exposición que mostraba las empresas de Andijon. Retrospectivamente, Maksataliev se pregunta si no habrá sido ese el momento en que despertó las sospechas de las autoridades.
"Quizás Karimov nos tenía miedo porque estábamos creciente muy fuertemente y nos conocíamos unos a otros y nos ayudábamos como si fuéramos una red", dijo Maksataliev. "Creo que piensa que eso puede significar que algún día lo saquen del poder".
A veces, agregó Maksataliev, pensaba en la necesidad de mayor democracia -"especialmente cuando veo la televisión rusa y miro a Vladimir Zhirinovsky decir que la gente de Uzbekistán son como los corderos, que se dejan conducir por una persona". Zhirinovsky es un político ruso ultra-nacionalista ruso.
Pero Maksataliev dijo que estaba demasiado ocupado con sus negocios como para entretenerse con esas ideas. Se quedó completamente transtornado, dijo, cuando una mañana de junio pasado funcionarios de Uzbekistán atiborrados en dos coches lo sacaron del camino en su trayecto hacia el trabajo y lo llevaron bruscamente al centro de interrogatorios de la ciudad.
Fue mantenido allá durante más de un mes sin que se le acusara de nada, dijo.
Luego fue transferido a una celda de 1.80m por 4m en la cárcel principal de Andijon, que debió compartir con otros cinco reclusos. Uno de ellos era un ladrón, dijo; otro, un traficante de drogas.
Grupos de derechos humanos dicen que el gobierno de Uzbekistán ha aplicado formas extremas de tortura y ejecuciones en las que un prisionero fue hervido vivo. Pero Maksataliev dijo que él no fue maltratado físicamente y se permitió que su familia lo visitara frecuentemente.
Pero dijo que había sufrido la tortura mental de ver su empresa hundirse mientras las autoridades pasaban varios meses registrando sus archivos a la búsqueda de evidencias de mala conducta.
Entretanto, las autoridades continuaron arrestando a más empresarios prominentes.
Luego un día le informaron que lo acusarían de formar una red terrorista islámica con los otros 22 empresarios y de ser un seguidor de Akram Yuldashev, un escritor uzbeco encarcelado por el gobierno en 1999.
"Nunca había oído hablar de Akram", dijo Maksataliev.
Maksataliev es musulmán, pero dijo que no era particularmente observante. "Ni siquiera rezo cinco veces al día", observó, refiriéndose al principal principio del islam. "He dado empleo a montones de rusos no musulmanes en mi empresa, muchos de los cuales beben alcohol. ¿Habría hecho eso si fuera fundamentalista?"
El juicio duró tres meses y fue una farsa, dijo Maksataliev. Cientos de testigos fueron llevados al estrado e interrogados sobre si Maksataliev era un terrorista; sólo dos testigos dijeron que sí; el uno era una persona mentalmente inestable, dijo Maksataliev, y el otro un antiguo empleado descontento al que había despedido.
El fiscal pidió al juez que condene a Maksataliev a tres años de prisión. La decisión del juez estaba todavía pendiente cuando los hombres lo sacaron de la cárcel.
Maksataliev dijo que una vez en la calle accedió a ir a la manifestación por gratitud hacia sus rescatadores y con la esperanza de que Karimov se aparecería por allá, oiría las preocupaciones de la gente y aceptaría liberar a los prisioneros.
Vio brevemente a su familia en la manifestación, pero les dijo que se marcharan a casa cuando la policía empezó a disparar.
Ahora, dijo, se preocupa de haber tomado la decisión equivocada. "Yo estoy aquí", dijo. "Pero ellos están seguramente siendo seguidos por el gobierno. El gobierno podría incluso matarlos".
El miércoles, con una creciente condena internacional de las muertes, el gobierno uzbeco permitió que diplomáticos extranjeros visitaran Andijon, pero sólo bajo estrecha vigilancia. No se les permitió visitar la principal escena de la violencia.
Funcionarios norteamericanos, de Naciones Unidas y británico pidieron una investigación independiente, que debe ser dirigida o respaldada por organizaciones internacionales.
Informaciones obtenidas por Estados Unidos muestran una "imagen muy perturbadora" y muertes de "grandes cantidades" de civiles debido "al uso indiscriminado de la fuerza" por las fuerzas de seguridad de Uzbequistán, dijo a periodistas ayer el portavoz del departamento de Estado, Richard A. Boucher.
La crisis exige que "investigación creíble", agregó. Funcionarios americanos han dicho en privado que creen que en la represión murieron unas 300 personas.
En un discurso en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington, el ministro de Asuntos Exteriores británico, Jack Straw, pidió a Karimov que permitiera inmediatamente el acceso pleno a Andijon de los grupos humanitarios y diplomáticos extranjeros y diera pasos para tratar las causas del descontento introduciendo una "sociedad más abierta y pluralista".

Robin Wright en Washington contribuyó a este reportaje.

19 de mayo de 2005
©washington post
©traducción mQh
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