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revuelta en las alturas


[Héctor Tobar] Los indios de El Alto, de Bolivia, dirigen un proyecto de cambio social que ha derrocado a dos presidentes.
El Alto, Bolivia. Este metrópolis india en el altiplano boliviano exporta dos cosas a la ciudad capital en el rocoso valle abajo: mano de obra barata y revolución social.
La mayoría de las mañanas las calles del centro de El Alto se llenan de hombres y niños con ropas modernas y mujeres con sombreros hongos y amplios vestidos de algodón de la gente aimara. Pasan frente a chatas torres de oficinas, cafés informáticos y mercadillos, y se apretujan en minibuses para el corto trayecto diario a La Paz.
Otros días, en los bordes de El Alto, en vecindarios donde los niños juegan en pozas de agua llenas de lodo y las patatas crecen entre casas de ladrillos de adobe, la gente se reúne a debatir dónde construir sus barricadas y fogatas. En pocas horas habrán aislado a La Paz.
El Alto es el crisol de la rebelión india de Bolivia, a veces un explosivo, siempre subterráneo reto al centenario orden social de este país andino. La semana pasada, una rebelión india obligó al presidente Carlos Mesa a renunciar y ha impedido que dos posibles sucesores asumieran el cargo. Justo 20 meses antes, el predecesor de Mesa fue derrocado de una manera similar.
"Triunfaremos porque el pueblo de El Alto lo quiere, porque Bolivia quiere", dijo a 400 activistas Abel Mamani, líder de la Federación de Juntas Vecinales de El Alto, en una reunión la semana pasada. "La gente de El Alto empezó esta movilización, y no pueden bajar la guardia".
Mamani, 36, un enjuto hijo de la región minera de Bolivia, es uno de los miembros más prominentes de una nueva generación de líderes aimara y quechua. Están al frente de varios movimientos sociales de activistas anti-globalización exigiendo cambiar, entre otras cosas, cómo distribuir la riqueza del petróleo boliviano.
El domingo el nuevo presidente Eduardo Rodríguez realizó su primer encuentro con el público, y visitó El Alto y se reunió en persona con Mamani. Rodríguez, que dirige el país interinamente, estaba ansioso de recuperar el orden en el país sacudido por semanas de protestas. Se levantaron las barricadas, incluyendo la que bloqueaba la planta de distribución de combustibles que abastece a La Paz.
Sin embargo, nadie puede decir que las barricadas no volverán.
"No hemos obtenido lo que queremos", dijo a periodistas Roberto de la Cruz, uno de los activistas aimara más ruidosos de aquí.
Además de la nacionalización de la industria del petróleo, los activistas indios como De la Cruz, exigen una asamblea constitucional que "restablezca el estado boliviano" y otorgar más poder a los aimara, quechua y otros grupos indígenas que constituyen la mayoría de los casi 9 millones de habitantes de Bolivia.
En los últimos años El Alto se ha transformado en un punto central de la política boliviana, en gran medida porque la metrópolis de 800.000 habitantes es donde ciudad y país se encuentran y fusionan. Los activistas más conocidos de El Alto, como el carismático De la Cruz, son hombres y mujeres con raíces rurales. Crecieron en las escuelas, institutos y centros vecinales de El Alto.
Gracias a un accidente de la geografía, la carreteras más importantes que unen a La Paz con el interior de Bolivia, pasan por los miserables y densamente poblados vecindarios de El Alto.
"Esta es la puerta de La Paz", dijo Germán Mamami Angulo, residente del Distrito 8 de El Alto, en la parte sur de la ciudad. Estaba parado en un tramo asfaltado que lleva a las abiertas praderas de hierba. "Si cerramos la puerta, no pasa nadie".
El trayecto de La Paz a las ciudades de Oruro y Cochabamba toma varias horas, y la carretera pasa por un vecindario llamado 23 de Marzo. Como muchas comunidades de El Alto, sus calles son de tierra y no hay agua potable ni alcantarillado. La policía escasa y un muñeco a la entrada de la comunidad advierte a los ladrones que serán linchados.
"Nuestras exigencias son cosas básicas", dijo Mamani Angulo, que no es familiar de Abel Mamani. Los vecinos de El Alto queremos que el ayuntamiento recoja la basura y construya acercas, dice.
A unos pasos de la carretera La Paz-Oruro-Cochabamba, una familia obtiene su agua potable de un sistema de captación. Cuando llueve, el agua cae sobre el tejado de hojalata de su casa en grandes toneles.
Cuando no llueve, los residentes dependen de un camión cisterna que vende agua. "Es el no tener agua lo que aquí más indigna a la gente", dijo Mamani Angulo.Cuando los residentes de El Alto se cansen de la pobreza y la sed, pueden bloquear los caminos para hacer miserable la vida de los vecinos de La Paz.
En octubre de 2003, cuando las protestas contra el gobierno del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada alcanzaron su clímax, camiones desde el interior fueron parados con barricadas en el barrio 23 de Marzo durante semanas y no pudieron entregar sus mercaderías en la capital.
"Los camiones llegaban de Cochabamba y tenían que vender sus productos aquí mismo" en las barricadas, dijo Mamanu, un líder de la comunidad. "Vendían los pollos a 4 bolivianos el kilo", o unos 50 centavos de dólar. "Tenían cerdos vivos y no podían alimentarlos, así que los tuvieron que vender". Pequeños blancos lechones que descienden de los cerdos de las barricadas todavía nacen en el área del 23 de Marzo, agregó.
Varios cientos de mineros de Oruro se unieron a las barricadas locales. Los vecinos extendieron su hospitalidad ocupando una escuela para alojarlos.
El activismo de El Alto obedece a menudo a tradiciones nacidas en las aldeas indias en el altiplano y en los apagados pueblos mineros de los Andes, donde hombres morenos sacaron en el pasado una fortuna en estaño de las montañas.
La migración de ambas áreas transformaron los antaño somnolientos suburbios de La Paz en la tercera ciudad de Bolivia. Los residentes trabajan normalmente como vendedores callejeros, obreros de la construcción o empleados de bajos salarios en el sector de servicios de la capital, y muchos retornan frecuentemente a áreas rurales.
"Hay mucha gente que va y viene entre el campo y la ciudad para la cosecha y la siembra", dijo Wilson Soria, ex sacerdote y actual miembro del ayuntamiento. Entre esos residentes, los hábitos y creencias rurales son fuertes.
"Cada vez que hay un desastre, la gente cree que es por alguna razón, que algún desliz moral de ellos lo ha causado", dijo Soria. Quizás han estado bebiendo demasiado, o no han ido a la iglesia. Rezan al Apóstol Santiago, que creen que ofrece protección contra los rayos. Cada 25 de julio, los barrios sureños de El Alto se llenan de gente celebrando el festival en honor del apóstol.
Y cada semana, 560 centros vecinales locales se reúnen a discutir los trabajos que se necesita hacer en sus comunidades. Los centros son el equivalente urbano de la tradicional comuna aymara y quechua. Todas las decisiones se toman a brazo alzado. Las opiniones de los viejos tienen un peso adicional.
En esas reuniones "se lleva la lógica de la comunidad agraria al mundo urbano", dijo Álvaro García Linera, un politólogo que ha estudiado el activismo indio.
"Ellos dicen: ‘Tenemos que arreglar las calles porque el agua se llevó todo'", dijo García Linera. "‘Tenemos que construir una cancha de fútbol para los jóvenes'. Todo se hace con trabajo comunal, la convivencia comunal y las reuniones comunales".
Las escuelas y cafés de El Alto, y sus centros comunitarios urbanos, son los lugares donde ha estado creciendo una nueva ideología de orgullo indígena, gracias en gran parte a escritores aimara como Fausto Reinaga, cuyo libro de 1970, ‘La revolución india' se ha transformado para esta generación de activistas lo que la ‘Autobiografía de Malcolm X' para una generación de afro-americanos.
"Yo soy indio. Un indio que piensa, que tiene ideas", escribió Reinaga. "Antes estaba sola, ahora soy millones... Echaré abajo la infame muralla del ‘silencio organizado' que el sometimiento indígena de Bolivia ha construido en torno a mí".
Reinaga, que murió en 1994, profetizó que su trabajo provocaría una revolución violenta en Bolivia. El país "llorará de dolor y derramará sangre gracias a mis palabras", escribió.
Uno de los que leyó a Reinaga de joven fue De la Cruz. La semana pasada apareció en la televisión boliviana, refiriéndose a los vecinos de la comunidad como "nuestras tropas".
"Cuando lees ‘La revolución india', el impacto es enorme", dijo De la Cruz en una entrevista. "Si quieres liberar a tu raza, tienes que poner en práctica sus argumentos".
De la Cruz nació en el distrito rural de Omasuyos, de la provincia de La Paz, un área que es ahora un semillero de militancia rural. Llegó a la capital como un adolescente huérfano, y más tarde se alistó en el ejército y asistió brevemente a un instituto local.
En 2003, De la Cruz fue detenido y encarcelado por varios meses bajo cargos de que había dirigido a un grupo de activistas que incendiaron el ayuntamiento de El Alto. Ahora tiene una oficina en el mismo edificio: Fue elegido al ayuntamiento este año.
El alcalde José Luis Paredes, que era el blanco del ataque debido a un plan de subir los impuestos, ha trasladado su despacho a otro edificio."Creo que es más difícil ser alcalde de El Alto que ser presidente de la república", dijo Paredes.
Hizo una lista de problemas: Uno es que los vecinos de El Alto no tienen certificado de nacimiento. Más de un tercio de los hogares no son están inscritos. Y todas las semanas parece haber una nueva protesta del vecindario -contra el desalojo de una familia, quizás, o a favor de una nueva escuela.
Una protesta en toda la ciudad este año en El Alto forzó al gobierno a absorber la empresa de agua potable local de propiedad francesa, Aguas de Illimani, después de que los vecinos acusaran a la compañía de no cumplir sus promesas de extender sus servicios.
"Ahora tendré que aprender a dirigir una compañía de agua", dijo Paredes, irónicamente.
Pero las últimas propuestas se han centrado menos en asuntos locales y más en macroeconomía.
Durante los años noventa, el gobierno de Bolivia aplicó la privatización como un modo de atraer la inversión extranjera que se necesitaba urgentemente. Pero en los últimos años, a medida que la economía boliviana lucha por crear nuevos empleos, esos contratos extranjeros se transformaron en un blanco de críticas de parte de un creciente movimiento de líderes rurales, indios y sindicales.
Muchos vecinos de El Alto han acusado a las políticas económicas neo-liberales -el capitalismo de libre mercado propugnado por Estados Unidos y otros- y a las corporaciones transnacionales de la pobreza que les ha obligado a abandonar sus hogares y emigrar a la ciudad a trabajar en servicios.
Mamani, uno de 9 hermanos de una familia minera de la región de Oruro, se mudó a El Alto con sus padres hace 20 años cuando era un adolescente.
"Ni siquiera tenía una maleta", dijo. Quería ser dentista, pero abandonó los estudios para trabajar en pegas.
La familia vivía cerca del ayuntamiento, y Mamanu se unió al consejo vecinal local, ayudando a dirigir la lucha para obtener agua potable y electricidad.
"Empezamos con la pavimentación de las calles", dijo. "Luego conseguimos grifos de agua".
Otros vecinos de El Alto observaron sus dotes como orador y organizador. Ahora es presidente de uno de los grupos cívicos más poderosos de Bolivia.
El sábado, Mamani respondió a un llamado en su despacho, en su escritorio, junto a un busto del revolucionario argentino cubano Ernesto ‘Che' Guevara.
Era el nuevo presidente de Bolivia, pidiéndole un encuentro.

17 de junio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh


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