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niña boxeadora 3


[Kurt Streeter] La vida le da unos ganchos. Seniesa trata de concentrarse, pero su padre deja de prestarle atención. Después de una pelea, Joe se da cuenta de que está al borde de la cárcel.
Sus palabras se quedaron flotando en el aire. "Debería dejarlo". Apartó la vista de su padre.
Se quedó estupefacto. No supo qué decir, pero sabía que tenía que decir algo, y rápido. Para él, ‘dejarlo' no era una palabra de su diccionario.
Mientras ella fuera su hija, Seniesa Carmen Estrada no renunciaría. Había invertido demasiado en el boxeo.
Los dos habían invertido demasiado. El boxeo era tan importante para Joe Estrada, 44, como para Seniesa, que tenía 10. Su ilusión era la de él: que un día ganara un campeonato mundial. Además, prepararla lo ayudaba a seguir apartado de su pandilla, de las drogas y de la cárcel.
En su furgoneta, con olor a cerrado con sus camisetas sudorosas, guantes gastados y mohosas vendas para mano, cruzó Los Angeles Este, y pasó por el Parque Lincoln, una de sus paradas en sus días de pandillero. Se lo recordó. Luego pasaron frente al Central Juvenile Hall [Reformatorio Juvenil], donde había pasado tantas semanas que no podía contarlas. También se lo recordó.
"Papá", dijo ella, "es muy difícil".
Entrenaba al menos dos horas al día, cinco días a la semana. Pero no había muchas niñas boxeadoras, así que era difícil conseguir peleas. También hacía frente a otros obstáculos. A su madre, divorciada de su padre, no le gustaba que las niñas boxearan. Seniesa vivía con ella, así que no era fácil. Incluso su padre podría ser un problema. Si no controlaba sus impulsos callejeros, dejaba las drogas y dejaba de pelear, los polis lo encerrarían. Lo perdería.
El boxeo era el futuro de ambos, y la posibilidad de redención del pasado de su padre.
Llegaron a su barrio. Apretó las manos firmemente en el volante. Trataba de controlarse, con miedo a que ella lo abandonara todo. Ella se desplomó en el asiento de pasajero, el ceño fruncido. Era un trayecto largo. Lo recordarían bien, y lo que se dijeron. "Tienes que seguir peleando", le dijo él. "Tienes que hacerlo, aunque tenga que arrastrarte al gimnasio. Tú eres especial, mamacita".
Pararon frente al apartamento de su madre. Ella se quedó en la furgoneta. Él seguía hablando. "Tú eres la única de la familia que va a llegar a ser algo. Y yo voy a seguir a tu lado, te voy ayudar y a mostrar el camino. Te voy a enseñar a no cometer los errores que yo cometía. Y eso me hará sentir que he hecho algo bueno. He hecho un montón de cosas malas en mi vida, pero está bien, porque contigo creo que he hecho algo bueno".
No quería que terminara como sus dos hermanos. Uno había abandonado la secundaria, y conocía la calle. Joe tenía miedo de que el otro fuera por el mismo camino. Los dos habían sido buenos en deporte. Los dos lo habían dejado.
"Seniesa, no puedes abandonar".
Se agachó para abrazarla.
Ella ya se estaba sintiendo mejor. Sí, era difícil. Sí, su padre era un problema, y seguiría siendo un problema de modos que ella no podría imaginar. Pero también necesitaba que alguien le dijera que el boxeo estaba bien, que todo saldría bien, que las niñas podía boxear.
La besó en la frente.
"Dime qué quieres hacer", dijo él. "¿Seguimos boxeando?"
"Sí, papá. Sí, seguimos".
Poco después, ella le escribió un poema, con errores ortográficos, para darle las gracias por estar con ella. Él la claveteó a una pared de su dormitorio, cerca de su almohada. En las mañanas, era una de las primeras cosas que veía.

Quizás es como me haces reír
Quizás es como me haces boxear cuando me dan ganas de retirarme
Quizás es como me compras cosas
Quizás es como me abrazas y besas
Quizás es como me enseñas a distinguir el bien del mal
Quizás es como me ayudas a sacar buenas notas
Quizás es como me apoyas
Quizás es como me dices lo que hago mal en el boxeo

Qué Si Le Pasa Algo?
Demasiado nerviosa como para comer, Seniesa jugueteaba con su omelet.
"¡Gabriel pega como una niña!", dijo Ronny Rivota, un brusco preparador que entrenaba a los niños en su gimnasio. "Pega como mujer. Es una gatita. No puede pegar. No aguanta el dolor".
Los niños boxeadores, incluyendo a Gabriel, estaban sentados con Seniesa a una mesa en un restaurante. Los niños abucheaban y se saludaban golpeándose las manos.
Seniesa miró hacia la calle. Estaba acostumbrada a esto. Trató de ignorarlos. Ellos saben que yo no pego como niña, pensó entonces. Saben que soy dura. Saben que peleo tan bien como ellos.
Lo saben.
Era el 18 de mayo de 2003, y estábamos en El Monte Sur, donde boxearía en un torneo de las Olimpíadas Juveniles para niñas y mujeres. Finalmente le otorgaron un match. Ganar sería un gran paso hacia el torneo más importante del año, el VIII Campeonato Regional Guantes de Plata, un encuentro entre los mejores púgiles de California, Arizona, Utah, Nevada, Nuevo México y Colorado.
Los niños habían venido a animarla. Aunque se sentía segura, había empalidecido y sacudía su pierna derecha, temblando ligeramente contra la de su padre.
Pedí un pronóstico.
Ella apartó la vista. "No sé", se encogió de hombros, nerviosa, "No quiero hablar sobre esto... Dame un pedazo de papel".
Arranqué una página de mi cuaderno de notas.
Cogió mi bolígrafo. PÉGALE FUERTE, garrapateó rápidamente. HÁZLA LLORAR. QUE NO QUIERA VOLVER A PELEAR CONMIGO.
Dentro, el gimnasio olía a jabón. Había sido limpiado porque las peleas serían transmitidas por la televisión de cable local. Gazas y cintas blancas envolvían los puños de Seniesa como pequeñas escayolas, y llevaba unos shorts que le caían desde sus estrechas caderas hasta las rodillas.
Su padre iba y venía, la mirada distante. Se inclinó sobre ella. "¿Estás bien, mamacita?"
Asintió.
Él se mantenía susurrándole instrucciones al oído: Pega, pelea con arte en lugar de darle de porrazos, ten paciencia con la chica.
Seniesa escuchaba, pero algo estaba mal. Estaba tensa. Golpeó sus puños y empezó a mover los brazos, estirándolos desde sus apretados hombros, lentamente primero. Entonces empezó a tomar impulso, soltándose, saltando ligeramente sobre sus dedos. Finalmente, sus puños silbaron en el aire y lanzó un remolino de golpes, ganchos y derechazos siguiendo el ritmo de sus pies.
Pero entonces paró, con las piernas temblando, y se restregó los ojos. Tuve la impresión de que no se estaba sintiendo bien.
"Ok, Ok", dijo. "Estoy nerviosa. Mi mamá... Normalmente no viene por aquí".
Joe pensó que podría tratarse de algo más. ¿Estaba inquiera por la conversación del desayuno? "Toda esa cháchara sobre Gabriel y los niños esta mañana..., no dejes que te interrumpa".
Ella sacudió la cabeza, sorprendida de que lo hubiera interpretado mal.
"Todo lo que tienes que hacer es seguir ganando", dijo. "Las Vegas y ser profesional, todo eso lo puedes hacer tú, mamacita. ¿Por qué no? Puedes lograrlo. Esta es la escuela de los golpes duros, nena. Sigue, no te preocupes. Puedes hacerlo".
Ella asintió, con la boca cerrada, soltando golpes, luego balanceándose suavemente, de un lado a otro, sacudiendo la tensión de sus brazos. Finalmente, en las atiborradas gradas, vio a su madre. Seniesa caminó hacia ella. Se abrazaron.
Si Seniesa estaba nerviosa, Maryann lo estaba más. Había venido al torneo para aplaudir a su hija, pero seguía sentada rígidamente, retorciéndose las manos. No decía mucho. Cuando lo hacía, sus palabras salían frenéticamente, tan rápido que era difícil entenderla. La preocupación de Maryann era uno de los obstáculos para los sueños de Seniesa. Podría estropear la confianza de cualquiera. "¿Te estás sintiendo bien, Seniesa? ¿Está todo bien? ¿Seguro que estás bien?"
Seniesa asintió. Estaba bien. Se alejó directamente hacia el ring.
Maryann se volvió hacia mí. "Es lo que quiere, pero no me siento bien con eso", dijo. "¿Qué si la golpean? ¿Qué si se le forma un coágulo de sangre en su cabeza? Eso puede ocurrir".
En el ring, Seniesa apenas podía mirar por sobre las cuerdas. La muchedumbre, unas 150 personas, estaban aplaudiendo, pero sólo cortésmente. Peleas anteriores habían presentado a adolescentes cerca de la madurez. Estas eran dos niñitas.
Se saludaron tocándose los guantes. Observé que la oponente de Seniesa, Rosa Medel, tenía músculos. Tenía las pantorrillas gruesas. Vi sus bíceps. Podría amedrentar a Seniesa.
Seniesa esperó en su esquina y prestó atención a Joe. Su protector de cabeza cubría gran parte de su cara, pero yo podía ver sus ojos cautelosos. Se veía preocupada, paralizada.
Al sonido de la campana, Rosa llevó la pelea hacia Seniesa, imponiéndose con combinaciones de derecha-izquierda.
Seniesa le evadió, conservando su terreno. Entonces contraatacó, esquivándola como un torero, embistiendo con jabs y ganchos a la cabeza y barriga de Rosa.
En el segundo round, las respuestas de Seniesa empezaron a escocer. Se armó de valor. Una vez, cerca de mi lado del ring, Rosa le dio directamente en la cara. Seniesa ni se movió.
En la silla detrás de su esquina, Joe se sobresaltó.
Seniesa respondía con derechazos y ganchos, empujando a Rosa. Cuando Seniesa lanzó un golpe con la derecha, Joe también lanzó uno, como si fuera su sombra. Cuando ella pegaba con la izquierda, él lanzaba su izquierda.
Maryann estaba entre la muchedumbre, mordiéndose las uñas, mirando el suelo, cubriéndose la cara con una mano.
En el tercer round, y último, Seniesa dominaba la pelea.
Eran niñitas, pero la muchedumbre pedía más, y los vítores rebotaron en el gimnasio.
Rosa dejaba caer sus manos, a medida que se le acababa la energía.
Aprovechando el momento, Seniesa se abalanzó y retiró, como un abejorro enfadado, lanzando ganchos y jabs directos a su barbilla, ojos y nariz descubiertas.
Sonó la campana. Las niñas se abrazaron dos veces. Seniesa habló al oído de su oponente: "Buena pelea, buena pelea".
Los jueces contaron sus puntos y declararon ganadora a Seniesa. En medio del ring, saltó en el aire con los puños en alto. Luego se recuperó, y remplazó la sonrisa por una cara de piedra: Por supuesto que había ganado, ¿qué otra cosa esperaban?
Recibió un enorme trofeo. Le llegaba casi a su cintura. Lo arrastró con ella cuando se dirigió hacia las gradas, con el padre detrás de ella. Levantó el trofeo para mostrárselo a su madre.
Maryann le dio una rápida mirada. Luego le preguntó: "¿Te duele la cabeza? ¿Me ves bien? ¿Te duele, nena?"
"Esto bien", dijo Seniesa, mirando el trofeo, luego a su madre, y a otro lado.
Si ella tenía poca paciencia para esas preguntas, Joe tenía todavía menos. El murmuró, para nadie en particular, que a su niñita nadie le haría daño. "Es demasiado rápida. Demasiado diestra".
Como siempre, Seniesa no estaría satisfecha sino hasta que ella hubiese juzgado la pelea. Uno de los niños lo había filmado. Cogió la cámara de video y se alejó de sus padres. Se marchó hacia la parte de atrás del gimnasio; se sentó sola, en una silla de metal, cogiendo la cámara con su mano derecha. Analizó cada movida, cada finta, cada pegada, buscando faltas.
¿Vio alguna?
Apagó la cámara y se volvió hacia mí. "Hay un montón de cosas que puede haber hecho mejor". Se detuvo, buscando las palabras. "Pero estuvo bien".
Entonces recordó lo que había escrito en la página de mi cuaderno de notas.
"No creo que quiera volver a pelear conmigo".

Otro Hijo y Hermano
Sin aviso previo, los problemas de Seniesa superaron los temores de su madre. Esta vez era el pasado de su padres, y eso la afectaba seria y gravemente, de un modo que no había imaginado. Una noche antes de su victoria, entré al gimnasio Hollenbeck, y tenía la cabeza gacha.
Joe me tomó a un lado.
"Tengo una sorpresa para ti", dijo. Hizo una pausa. "Este es mi hijo. Este es Frank".
Yo conocía dos hijos. Uno era Joey, el otro Johnny. Pero ¿Frank?
Era mayor, chico y regordete, con un bigotito. Llevaba shorts grandes y una vieja camiseta gris. Joe me había contado sobre dos hijas, de sus días en Primera Flats, cuando la pandilla era más importante que la familia. Pero nunca había hablado de otro hijo. Había rumores de que después de que Joe había sido encarcelado, una de sus novias había tenido un bebé. Joe nunca trató de saber si era verdad.
Entonces, el otro día, dijo, la verdad entró en su vida.
Como Joe, su hijo recién descubierto había sido un jonqui. Quería alejarse de la calle y de las drogas, y ubicó a Joe. Quería que su padre lo ayudara a curarse.
Así fue que Seniesa descubrió que tenía otro hermano.
En el gimnasio corrió dando vueltas en torno a la cancha de baloncesto, en un grupo con los niños boxeadores. Pero corría lentamente, con la cabeza inclinada, dando pasos pequeños, arrastrando los pies. Cuando pasó cerca de su padre, lo miró.
Estaba parado junto a Frank, cerca del ring.
"Te voy a ayudar, mijo", decía Joe. "Vas a ser mi hijo".
Pasaron los días. Seniesa estaba tensa. Un día los niños boxeadores estaban sparring a unos metros de ella. Ella los ignoró. Se colocó derechamente más allá, para hacer creer que estaba mirando un disputado juego en la cancha de baloncesto.
Pero yo sabía que no estaba mirando el partido. Sus ojos buscaron a Joe. No podía oír lo que decía, pero mientras más miraba, más tensa se ponía. Frunció ligeramente los labios. Estiró la cara, como si estuviese tratando de resolver un puzzle difícil, tratando de imaginar cómo sería.
Frank estaba determinado a conocer a Joe. Pensó que el mejor modo era convertirse en lo que era Seniesa: un boxeador.
Pronto, Seniesa echó de menos la atención de su padre. Miró cuando él sostenía sus manos y las envolvía gentilmente en gaza y cinta. Desde fuera de las cuerdas, miró subir a su padre con Frank. Miró a su padre enseñar a Frank a usar el protector de cabeza, a deslizarse por el ring. Miró cuando su padre se puso sus pesados guantes y Frank avanzó lentamente hacia él, lanzando jabs y ganchos por primera vez.
Frank se acerba a Seniesa toda vez que podía. La llamaba hermana, aunque los chicos del gimnasio le habían enseñado a pronunciar su nombre.
Le pidió consejos para boxear.
Aunque se estaba colocando en el camino, ella respondió y le enseñó lo que sabía. Pero había algo que no encajaba.
Una noche Frank se unió a Seniesa, su padre y los otros boxeadores a mirar televisión en la casa de un amigo. Los chicos se burlaron de Frank porque se había rapado la cabeza para estar fresco en el ring. Vieron una pelea de Óscar de la Hoya. Joe estaba sentado en un sillón beige, y Frank se sentó junto a él en el lugar donde acostumbraba sentarse Seniesa. Su pierna izquierda tocaba la de su padre. Cuando Joe hablaba, Frank lo miraba hipnotizado.
Seniesa siguió en el suelo.
"Mira a Óscar, mira lo listo que es, mamá. Mira cómo lo mide", le dijo Joe a Seniesa. "Así se hace, mamá. Todavía no le pega nadie".
Seniesa apenas asintió.
Nunca la vi responder así a su padre.
Frank y Joe gritaban frente a la televisión, pero ella se escabulló hacia la cocina y se quedó allá, repantigándose, sosteniendo su cara en la palma de la mano, comiendo una pizza de salchichas y sorbiendo un Coca. A menudo la pillé mirando en el cubil a Joe y Frank.
Con el tiempo, sin embargo, la relación de Joe con Frank empezó a resquebrajarse. Ocupado durante varias semanas en su nuevo trabajo en la tienda de letreros, Joe tenía poco tiempo para el boxeo.
Una tarde terminé llevando a Frank del gimnasio a la casa. Estaba de mal humor, quejándose de que Joe lo evitaba. Frank tenía una novia y un bebé y no tenía trabajo. Necesitaba ayuda económica. Si no la recibía de Joe, dijo, volvería a vender drogas.
Pocos días después, encontré a Seniesa en el gimnasio, justo fuera del ring. "¿Qué pasa?", dijo, saludando con la cabeza. Me estiró la mano. Golpeamos las palmas y chocamos los nudillos, un saludo normal en Los Angeles Este.
Ella brincó sobre los dedos, más alegre de lo que había estado en semanas.
"¿Has visto a Frank?", le pregunté.
"No", dijo, con un deje de satisfacción.
Esa noche, cerca de medianoche, Frank me llamó a mi móvil, con la voz cascada, hablando entre las lágrimas. Estaba convencido de que Joe lo estaba evitando, y ahora era cuando más necesitaba a su padre.
"Ojalá no lo hubiera conocido nunca", dijo. "Se está distanciando de mí. Lo siento. Yo me abrí, lo ubiqué, descubrí que vivía de verdad. Y mira lo que pasó. Mi papá habla de una buena pelea. Me dice que si necesito dinero, que lo llame, que él me ayudará. Necesito dinero, y no está". Lo pude oír sollozando. "Está demasiado ocupado para darme atención. Seguramente está con Seniesa... Es su niñita, eso lo pone orgulloso".
Me fui a dormir pensando en Seniesa, su padre y el resto de su familia. Me preguntaba sobre Joe, esforzándose por alejarse del pasado, por demostrar su bondad. Vivía como un monje, en un cuarto en la casa de su madre. Era una vida sencilla, para disminuir las distracciones. La distracción podía hacerle perder el balance, y perder el balance podía llevarlo a sus viejos hábitos, y los viejos hábitos podían llevarlo a la cárcel. Joe tenía un trabajo, una televisión y el poema de Seniesa. Tenía a Seniesa y su boxeo.
Era o Frank o Seniesa. No había espacio para los dos.

Un Respiro
A Seniesa le gustaba entrar a su aula cuando no había nadie, y se sentaba a charlar con su profesora. Ocasionalmente hablaba de los obstáculos que entorpecían sus sueños. Ahora estaba menos preocupada sobre Frank de lo que estaba por el resto de su familia.
Sus otros hermanos, por ejemplo. Joey tenía 19, era delgado y fuerte. Ayudaba a Joe en la tienda, pero en la noche se echaba a la calle. Johnny tenía 15, y era larguirucho y tímido. También le gustaba la calle, y le iba mal en la escuela porque nunca iba. Maryann estaba tan preocupada que no podía dormir, imaginándose lo peor, el corazón latiéndolo mientras cerraba los ojos y se imaginaba que los mataban.
Cuando la oscuridad cayera sobre la escuela El Sereno, donde a menudo resonaban balazos, Seniesa le pediría a su madre que condujeran por el vecindario, buscando a los chicos. Quería recogerlos y llevarlos a casa, por su seguridad. "Te lo dije, mamá. No está yendo a clases", dijo una noche cuando Maryann hablaba de las notas de Johnny. "No tiene más que malas notas. Es tan tonto. Mami, ¿qué vas a hacer?"
Para Saniesa, las conversaciones con su profesora en la Escuela Básica El Sereno le ofrecían un respiro de su familia, incluso del boxeo. Cuando la visité en la escuela, vi a una encantadora mascota de la maestra, despreocupada, ansiosa de agradar, la chica más popular de su clase, la mejor actriz en la pieza de teatro de la escuela, la mejor alumna que hacía lo que le decían.
Su maestra estaba impresionada de cómo Seniesa hacía cualquier cosa para ganarse la amistad de un niño al que los otros fastidiaban y estaba cautivada por el modo en que se conducía. Pensaba que Seniesa sería la primera de la familia que terminaría la escuela. "Me sorprendería que no hiciera algo especial de su vida", dijo.
Seniesa se rodeaba de otras niñas. Paseaban en el patio, bromeando sobre quién era más alta, quién tenía los vaqueros más bonitos y los zapatos más chévere. Evitaban hablar de chicos. "Éramos B-F-F", dijo Seniesa, con un brazo sobre Victoria, que era larguirucha y de largo pelo castaño. Apuntó su propio cuaderno. Vi BFF garabateado en grandes letras azules en la tapa, y una lista de nombres de niñas debajo. "B-F-F. ¿No sabes lo que significa? Amigas para toda la Vida [Best Friends Forever]". Sus ojos brillaron mientras reía. "Somos nosotras: B-F-F".
Un día Maryann estaba sentada conmigo en su salita y hablaba de sus hijos y de sus perspectivas, con los ojos inquietos, como se ponía cuando estaba nerviosa.
"Ahora mismo no estoy preocupada por Seniesa", dijo. "Es como si Joe y Seniesa fueran una parte. La otra parte soy yo y los dos chiquillos. No dejo que nadie hable mal de mis hijos. Y Seniesa, si digo algo malo sobre Joe, me dice: ‘No digas cosas malas de mi papi'. Esos dos, a esos dos no los puedes separar por nada".
Seniesa entró y se sentó junto a su madre.
"No, no", dijo Maryann. "¿Por qué no te quedas en casa hoy? Quédate en casa, y vamos a Starbucks. ¿Qué te parece?"
"Se supone que tengo que estar con mi papi", dijo Seniesa, poco impresionada con la oferta, incluso si Starbucks era uno de sus lugares favoritos. Oyó una bocina. Miró a través de los postigos. Vio a Joe estacionando su coche en la entrada. Sin decir palabra, se levantó y salió disparada por la puerta, sonriendo mientras daba brincos por la entrada en pendiente, en sus zapatillas altas. Joe se asomó por la ventanilla del conductor y besó a su hija en la frente. Se acercó a él, con una sonrisa amplia, tocando sus hombros con sus pequeñas manos.
Maryann espió a través de las persianas. "La mima", dijo, sacudiendo la cabeza. "Y ella todo lo que quiere es estar con su padre. Quizás piensa que lo está salvando. Mira".

Al Borde
Era día de descanso, y Seniesa estaba en casa cuando ocurrió. En su barrio también se tendían trampas. Joe estaba en el gimnasio con los chicos boxeadores. Estábamos juntos, riendo, poniéndonos al día. Se jactó de Seniesa.
Repentinamente, oímos un alboroto en la cancha de baloncesto.
"¿Qué vas a hacer ahora, concha-de-tu-madre?" Era un matón de la calle llamado Johnny, que le gritaba a Marlon, un chico que había dejado de entrenar pero todavía daba vueltas en torno al ring. Johnny llevaba unos vaqueros bombachos, y una camiseta sin mangas. Se acercó a Marlon pavoneándose con las piernas rígidas.
Marlon retrocedió, inseguro sobre lo qué hacer.
Johnny lo empujó.
Los ojos de Joe se achicaron y se puso sombrío.
Yo miré los vaqueros bombachos de Johnny. ¿Llevaba un arma en el bolsillo? ¿Había un lugar donde protegerse?
Johnny volvió a empujar a Marlon y le gritó algo sobre una chica.
Joe hirvió. "Marlon, ¡no le aguantes nada!", gritó. "No te dejas apabullar".
Marlon retrocedió, mostrando debilidad. Joe sabía que mostrar debilidad era una manera de terminar muerto. "¡Pégale!", gritó. "¡Pégale de vuelta!"
El gimnasio se quedó en silencio.
Johnny seguía empujando.
Marlon siguió retrocediendo.
"¡Derecho, Marlon! ¡No le aguantes nada!", gritó. "Ya sabes lo que tienes que hacer. No le aguantes nada a ese maricón".
Marlon dejó de retroceder. Levantó los puños y lanzó un perfecto derechazo. Cayó como un chorro en la mandíbula, haciéndole caer al suelo, como cae una piedra.
"¡Eso, así se hace, nene!", aulló Joe. "¡No aceptes mierda de nadie! ¡DE-NA-DIE!"
Pero Johnny se incorporó. Miró a Joe y a mí. Se dio un golpe de puño en el pecho y señaló a Joe. "¡Tú, concha-de-tu-madre!", gritó, acercándose.
Mis piernas se pusieron tiesas. Si sacaba una pistola, me echaría a correr.
Pero Joe no retiró nada. "Déjate de joder", gritó, "¡y deja a ese niño tranquilo!"
Johnny seguía caminando, directamente hacia nosotros.
"Tú no quieres tener líos conmigo, vecino", dijo Joe.
Johnny siguió acercándose. Cogió una silla de metal.
"Yo no voy a aguantar tu mierda", dijo Joe. "Estoy listo para pegarte, perro".
Johnny lanzó la silla. Se vino dando vueltas hacia nosotros. Yo me agaché y chocó contra la espalda de Joe, rompiendo su camiseta y rasgando su piel.
"¡Puto!", gritó Joe.
Johnny cogió una escoba y la quebró en dos sobre su pierna. Largas astillas de madera emergían de un extremo.
Joe agarró un recogedor con una asa de madera. Lo golpeó violentamente contra el enrejado y rompió el mango. Ahora tenía un palo afilado propio.
Él y Johnny se pusieron en guardia, girando.
Joe se encorvó un poco, dobló las piernas y blandió su palo. Vi que estaba a punto de perder el control, a punto de golpear y machacar hasta que solo uno de ellos estuviera en pie. Joe estaba casi entrando a "la zona".
Pero paró. Estaba pensando en Seniesa, me dijo después. ¿Qué habría pasado si le pegaba al chico, lo detenían y metían a la cárcel? Un delito más, y podía ser condenado a 25 años. Perdería a Seniesa y sus ilusiones.
Joe arrojó su palo al suelo.
Johnny arremetió, atacándolo con el palo de la escoba.
Forcejearon, pecho a pecho, con las piernas temblando.
Joe hizo una mueca, apretando la mano derecha de Johnny, que se aferraba al palo.
Johnny se liberó y le pegó a Joe en la cabeza, tan fuerte que se quebró.
Joe lo agarró nuevamente, esta vez en una llave de cabeza.
Giraron abrazados. Por el pecho de Joe corría el sudor. Yo lo podía oír jadeando. Johnny logró zafar la mano con el palo y lo clavó en Joe. La sangre manó del brazo de Joe. También había sangre en su barbilla. "¿Eso es todo lo que haces?", rugió Joe. "Concha-de-tu-madre, ¿eso es todo lo que tienes, maricón?"
Se necesitaron varios hombres para separarlos. Gritaron: "¡Viene la poli!" Johnny se soltó y echó a correr, blandiendo el palo y clavándolo en otro hombre. La sangre empezó a manar de su frente.
"Kurt, tenemos que irnos", dijo Joe, caminando apresuradamente a su furgoneta. Los dos sabíamos que Johnny podría volver con su pandilla y tratar de hacer algo, quizás lanzar una ráfaga de balas contra el gimnasio.
Los chicos boxeadores subieron. "Vamos, Joe, Vamos. Vamos".
Joe encendió la máquina.
"Tengo que sacar a los chicos de aquí", le dijo. "Y tú también tienes que alejarte. ¿Estás bien? Hablaremos más tarde".
Esa noche hablamos por teléfono.
Estaba contrito. "No debería haber peleado con ese chiquillo. No debería".
Estaba meditativo. "Mi peor cualidad es la rabia. Siempre lo ha sido. Lo has visto. No pude mantenerme alejado, de ver que le molestaban a Marlon. No lo pude dejar pasar... Tuve que controlarlo y controlarme a mí mismo, con lo enojado que estaba. Estuve a punto de entrar a unos de esos momentos en que quedo en blanco y pierdo el control".
Entonces se volvió, desafiante: "Ese tipo no sabe con quién se mete. Yo ya no salgo con la pandilla, pero soy de la banda del Flats. Tengo amigos. Todo lo que tengo que hacer es llamar por teléfono, y lo agarraremos. Lo puedo poner en su sitio con una llamada".
Estaba agradecido de que su hijita no hubiera estado ahí. "Ay, man, estoy feliz de que fuera su día de descanso. Se habría asustado. Y, sabes, no quiero que me vea así".
Joe no le dijo nada a Seniesa sobre la riña.
Ella se enteró al día siguiente. Se lo contó uno de los chicos del gimnasio. Me dijo que no se había asustado. No mostró ninguna emoción. Si sentía algo, era orgullo. "Eso estuvo bien, cómo mi papi apoyó a Marlon".
Seniesa no parecía preocupada con la idea de que a su padre pudiera pasarle algo algún día. Quizás era la ilusión que compartían, y su papel en su redención. Sin embargo, estaba consciente de los riesgos, lo que podía hacer su padre cuando se enrabiaba.
Un día, poco después, le pregunté si sabía que su padre podría volver a la cárcel si volvía a meterse en problemas -y por un largo tiempo.
Me miró. "Lo sé", dijo. "Pero no ocurrirá".

18 de julio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh

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