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almorzando en la oficina


[Michaele Weissman] Es poco higiénico, poco sano, poco amistoso, y todos lo hacemos.
Probablemente almuerzas en tu oficina. Un bocadillo, un burrito, una taza de sopa. Quizás te zampas la ensalada el correo electrónico. La comida se puede olvidar fácilmente, pero las migas y las gotas se quedan por más tiempo, y echan raíces en las rendijas de tu tablero.
No eres el único. La mayoría de los oficinistas americanos, directores tanto como empleados, almuerzan en sus escritorios. Bonnie Taub-Dix, de la Asociación Dietética Americana, informa que el 75 por ciento de los oficinistas almuerzan, dos o tres veces a la semana, en sus escritorios.
Culpa a la dificultad de combinar trabajo y familia, el acelerado ciclo comercial, las consecuencias imprevisibles de la tecnología o la envolvente ansiedad económica. Cualquiera sea la razón, el almuerzo degustado con colegas y amigos fuera de la oficina ha seguido el mismo camino que las prestaciones sociales y otras antigüedades laborales. Pocos tienen el tiempo. En Estados Unidos, dice el psicólogo Paul Rozin, de la Universidad de Pensilvania, el almuerzo no es una comida. "Es un combustible".
"La gente trabaja más tiempo y más fuerte", duce Ian Simmons, socio del bufete O’Melveny & Myers en Washington, que más a menudo que no sale escopetado a por un bocadillo y luego lo come mientras trabaja. Con 12 a 14 horas de trabajo diario como norma y dos hijos pequeños a los que le gustaría ver antes de la hora de acostarse, el almuerzo es prescindible, a menos que tenga un objetivo. Para Simmons, eso significa almorzar con clientes o colegas.
La pregunta es: ¿Nos perdemos algo que valga la pena cuando almorzamos solos en la oficina?
En términos nutritivos, dice la especialista en dietética Taub-Dix, no hay gran diferencia entre un pedazo de pollo, arroz integral y verduras en el plato de un restaurante y un bocadillo de pollo en un pan integral con lechuga y tomate en tu escritorio: "Puedes hacer opciones saludables donde quieras que comas". Lo que está en peligro es el disfrute de tu comida, dice, sin lo cual los comensales de la oficina son más vulnerables al canto de sirena de la comida chatarra.
Otro problema son las bacterias que causan enfermedades. Un escritorio típico tiene cien veces más bacterias que la mesa de cocina típica, de acuerdo a un estudio de investigadores de la Universidad de Arizona. Los tableros y teléfonos tienden a ser todavía más sucios que los escritorios: "Puedes limpiar regularmente esas superficies", dice Taub-Dix. "No almorzarías en un restaurante sin mantel, ¿no?"
Lo que está en peligro a un nivel más personal puede ser más profundo: la posibilidad de relacionarse con tus colegas y personal. "Cuando la gente soluciona junta problemas comunes o problemas relacionados y socializan, se genera una enorme creatividad", dice Jordan Goodman, presidente del departamento de física de la Universidad de Maryland. "Es por eso que los centros contemporáneos de investigación, incluyendo el centro de ciencias físicas que estamos construyendo aquí en College Park, están diseñados con comedores y cafeterías".
Los directores también pueden estar perdiéndose una oportunidad de relacionase con sus empleados. Como escribió hace el poco el columnista de gerencia online Jill Geisler: Cuando los managers "hablan acerca de ayudar a crecer a la gente, o de resolver conflictos, o de dar mejor retroalimentación, o de mejorar la colaboración con los colegas en la organización, a menudo lo expresan con una idea simple: ‘Sabes, debería invitarlos a almorzar para conocerlos mejor’".
Incluso así, poca gente da prioridad al almuerzo fuera de la oficina. "El almuerzo es energía", dice Newt Pendleton, un asesor financiero de Falls Church. Entre una cita y otra, Pendleton sale a toda prisa a una cercana tienda de alimentos integrales, donde rellena un contenedor de sopa mediano -limita el tamaño de su porción para controlar el peso- con una pila de arroz blanco encima de su porción de cerdo con salsa teriyaki. Igual que otro montón de gente que almuerzan en sus escritorios, Pendleton dice que sufre de la preferencia por un solo alimento [food jag], por lo que come lo mismo todos los días. (No es nada bueno, dicen los especialistas en dietética; una dieta variada es mejor). Aunque es amigo de otros socios de su firma, generalmente almuerza solo.
Margaret Polski, asesora del buró África de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional [U.S. Agency for International Development] dice que come a menudo en su escritorio. "A la hora en que pienso sobre el almuerzo, ya me lo perdí", dice. A menudo dan las 2 de la tarde antes de que corra escaleras abajo, recoja un bocadillo de bonito y vuelva a subir a comérselo en la oficina.
Melina Afzal, una asistente social autónoma en el Distrito, se salta completamente el almuerzo. La adrenalina le suprime el apetito. "Tengo mil cosas que hacer para ganar dinero", dice. "Si desacelero, me quedo atrás".
Los profesionales que cobran por su tiempo tienen otra razón para comer en sus escritorios. Delia Jones y Jennifer Downey trabajan en ICF, una consultoría en el centro. "En la consulta, cotizamos cada media hora. No se puede cotizar el almuerzo, así que lo mantenemos breve", dice Jones.
Jones y Downey salen de la oficina para recoger al almuerzo. Salir les da algunos minutos de vida social, proporcionándoles versiones comprimidas de lo que antes era un rasgo habitual del almuerzo.
Incluso si comen en sus escritorios, la mayoría de los oficinistas gastan por sobre los cinco dólares al día en almuerzo. El dueño de Panadería y Cafetería Firehook dice que en sus ocho locales (que venden bocadillos, sopas y ensaladas) la mayoría de los clientes gasta entre nueve y diez dólares en el almuerzo.
Podrías pensar que los altos costes promueven que los oficinistas prefieran llevar el lonche a la oficina. "No es así", dice Harry Balzer, vice-presidente del Grupo NPD, de Chicago, que estudia dónde, qué y cómo comen los estadounidenses. "La costumbre de llevar a la oficina bocadillos hechos en casa está desapareciendo".
La mayoría de los días Jeff Donahoe, director de recaudación de fondos de la Universidad de Georgetown, corre a una tienda de alimentos integrales para comprar su almuerzo -normalmente sopa, ensalada o quizás un burrito que recalienta en el microondas de la oficina. Mientras hace esto, Donahoe disfruta de la posibilidad de conversar. Pero se retira a la privacidad de su oficina, donde el ordenador es su único acompañante.
No anima a los visitantes. "Dejo al puerta abierta, pero si la gente se para, les pido que vuelvan en media hora", dice.

11 de enero de 2006

©washington post
©traducción mQh

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