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el dictador breton


[Paulina Arancibia] Hace 110 años nació quien definió su arte desde un manicomio. Amó profundamente a una mujer chilena, pero la convirtió en su sirvienta.
Francia 1917, Primera Guerra Mundial. En el campo psiquiátrico Val-Ce-Grâce, dos jóvenes practicantes de medicina, Louis Aragon y André Breton, recitan en voz alta a Rimbaud y Latréamont. Es de noche, y afuera del cuarto acolchado, un loco grita: "¡No profanen a Rimbaud! ¡Silencio eruditos de porquería! ¡Bazofias!".
Nadie podría imaginar que la cruza entre el demente, el novelista y el poeta, darían forma a una de las corrientes artísticas más revolucionarias del siglo XX: el surrealismo.
André Breton nació el 19 de febrero de 1896, y para entender las razones astrológicas que lo ponían en comunión con su admirado Rimbaud, adoptó como fecha de su nacimiento el 18 de febrero. Ya en 1919, Breton junto a Aragon fundaron la revista ‘Littérature’, de conceptos dadaístas. Pero en el segundo número rompieron con esta corriente para iniciar la experiencia de superar la realidad bajo el control automático de lo psíquico, imaginario y emocional: influencias de Freud, a pesar de calificarlo de pretencioso.
En 1924, Breton, escribió el ‘Manifiesto surrealista’, pero en el ‘Segundo manifiesto’ (1929) comenzó la polémica. El líder indiscutible del vanguardismo francés se hizo miembro del Partido Comunista y se transformó en el dictador y emperador absoluto del movimiento, condenando y expulsando del grupo a todos los que no coincidían con sus ideas o que no estaban a la altura del surrealismo. Entre los expulsados más renombrados aparecen nombres como el dramaturgo Antonin Artaud y el pintor chileno Roberto Matta.

El Führer de la Poesía
Breton se casó en 1934 con Jacqueline Lamba, inspiradora del libro ‘El amor loco’, quien también sufrió la intransigencia de su marido. Ella era una artista que buscaba el desarrollo libre de las pautas del surrealismo y el líder sectario, por su parte, le exigía que abandonase sus intereses en pos de los suyos. Jacqueline no aceptó y se escapó con uno de los mejores amigos de Breton, el escultor norteamericano David Hare. Mientras, el autor de ‘Nadja’, se hundió en una terrible depresión y su vanidad fue trapeada por el suelo.

Cortocircuito con Matta
Estando en Nueva York, el fornido ególatra, se encontró con sus propias demencias, volviéndose odiosamente racional. A fuerza de exclusiones, se convirtió en el único creyente y señor solitario de un imperio que él mismo fundó, desplazando incluso al pintor chileno.
En 1937, Matta viajó a Estados Unidos, a reunirse con los surrealistas que habían escapado del gobierno de Vichy, pero nueve años después, es expulsado del movimiento tras verse implicado en un misterioso asunto político y por su fascinación por las matemáticas.
"Nunca hablé con Breton de ciencia, fue en parte por eso que fui expulsado del grupo surrealista. Breton estaba bloqueado. Como con la música. Por falta de abstracción. Sin embargo, la matemática es un lenguaje fascinante. Había descubierto en París las maquetas de la geometría no euclidiana y esa revelación me entusiasmó. Me imagino que anduve cansando a André con todo esto tan alejado del mundo literario", expresó el pintor en 1991.
Afectado por la exclusión, Matta regresó a Europa y entre 1948 y 1958, creó el Infrarrealismo, que resurgió en México con un grupo de poetas locales y dos chilenos, el escritor Roberto Bolaño y el poeta Bruno Montané. "Fue una especie de dadaísmo de grupo que organizaba eventos más bien chuscos. Fueron unas cincuenta personas que, como poetas valían la pena sólo dos o tres. Cuando Mario Santiago y yo nos marchamos a Europa, el movimiento se acabó. En realidad, el Infrarrealismo era la locura de Mario y mi propia locura", reconocería más tarde Bolaño.

Sombra Azul
Nueva York, en los ’40, se transformó en sucursal de la capital de la bohemia artística, como lo fue París veinte años antes. Tertulias literarias, reuniones donde se negociaban formas idealistas de cambiar el mundo y exposiciones, eran la rutina americana que sacaban, momentáneamente, a Breton de su depresión.
Un frío día de diciembre, en un pequeño y sencillo restaurante, Duchamp y Breton esperaban a otros miembros del grupo. En su lugar llegó una mística mujer, delgada y estilizada, de ojos tristes y hermosos. Era la viñamarina Elisa Bindhoff, que aún no se recuperaba de la pérdida de su hija adolescente y del tifus que casi la manda al cementerio.
Breton fijó su mirada en aquella aparición divina.
"¡Qué cabeza tan extraordinaria tiene!", le comentó Elisa a su amiga también chilena, Julia Cohen, tal como cuenta el libro ‘Breton, entre dos estrellas’, de Marcela Godoy. "¿Qué será? No es músico...mmm, pintor tampoco. Puede ser escritor o tal vez poeta", relató Elisa al diario ‘El Mercurio’.
Al día siguiente, Breton regresó al restaurante. Roberto Matta, que paseaba por esa calle, quiso compartir junto a su maestro, pero percibió una extraña ansiedad en el escritor francés y desistió. Luego, apareció Elisa.
Tal como recordó Elisa Bindhoff poco antes de su muerte, un decaído Breton se sentó junto a ella y le dijo "sabía que regresarías", la miró de cerca y agregó "Pareces venir de otro mundo". "Es cierto, de allá vengo", respondió Elisa.
"Cuando te vi, estaba aún toda la niebla de una especie indecible en tus ojos. (...) te veía solamente engalanada de una sombra azul como aquella que baña los juncos al amanecer y no podía dudar que tú venías de aún más lejos", escribiría más tarde el poeta en ‘Arcano 17’, obra inspirada en un sueño de Elisa.
Desde ese día la pareja Breton-Bindhoff no se separó más. Se casaron en 1945 en Estados Unidos y terminada la guerra volvieron a París. Pero las cosas en Francia fueron distintas. Elisa tuvo que convertirse en una abnegada esposa, cocinera y nana. A pesar de que el escritor la amaba con locura, su fuerte personalidad terminó por opacarla. Elisa, su musa, tenía permitido asistir a las reuniones de los integrantes que quedaban del movimiento, pero no debía intervenir. Se sentaba detrás de Breton y sólo oía.

Breton y la Mandrágora
"Aunque Breton no ha pisado nunca tierra chilena, él vive entre nosotros, por medio de su influencia", escribió Teofilo Cid. Contrariamente de lo que se piensa, el surrealismo, no llegó a Chile por intermedio del poeta Vicente Huidobro, quien se oponía a la corriente por creer que los preceptos del padre del surrealismo convertían a la poesía en "una trampa espiritista".
En 1928 Breton publicó la novela ‘Nadja’. Una década después esta deslumbrante obra llegó a las manos de un liceano de Talca, Braulio Arenas. Allí el imberbe encontró la posibilidad de reinventar el camino para definir la juventud de su época. Así, compartió su descubrimiento con Teófilo Cid y Enrique Gómez-Correa, en ese entonces dos adolescentes rebeldes.
"Nosotros creíamos, de buena fe, en la posibilidad de crear un movimiento surrealista a la manera francesa, aunque por exceso de modestia disfrazáramos intencionalmente dicho movimiento con un nombre foráneo", declaró Teófilo Cid.
Gómez-Correa había probado la mandrágora, planta narcótica a la que se le asignaban propiedades mágicas y oscuros poderes, y con el nombre de la hierba debutaron como grupo literario en Santiago el 12 de julio de 1938, aunque primero se desarrolló como un proyecto político. Sin embargo, el paulatino distanciamiento que establecieron los mandragoristas con respecto a ese discurso, los hizo perfilarse como representantes de la continuidad del surrealismo de Breton.
A modo de homenaje para quien muriera en septiembre de 1966, Teófilo Cid declaró con devoción: "Breton nos ha acompañado en las amargas horas de soledad, en las risueñas horas de lucha y nos ha servido de unión cuando la vida sórdida, haciendo uso de sus más viles representantes, ha querido separarnos".

©la nación

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