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toreros enanos de aguascalientes


[Paul Cullum] En el ruedo, las troupes de rodeo de enanos mexicanos son una parodia de la machista cultura de los speedos, y diminutas demostraciones de coraje. Pero es en su propio terreno en Aguascalientes donde la gente chica tiene sus sueños más grandes.
Aguascalientes, México. ¿Qué maravillas conjura, que tosca magia promete la frase ‘Rodeo Enano Mexicano'? Son un grupo itinerante de enanos, famosos en su propio país pero desconocidos en el nuestro, que se enfrentan a unos bovinos igualmente diminutos con el resultante caos.
En un micro-espectáculo similar montado hace unos años en la Pico Rivera Sports Arena en el engalanado corazón del sudeste de Los Angeles, estos geniales embajadores de la patología humana realizaban poco menos que un milagro por el mero hecho de llegar a trabajar en las mañanas. En una breve excepción cultural, lograron reunir a una audiencia de residentes latinos acostumbrados a este especial tipo de humor que se encuentra en la televisión por cable hispana -hombres disfrazados de avispas, hombres con pañales, etc.- y anglos beodos que consideraban la tarde como algo similar al lanzamiento de enanos, con un giro picante. Por el simple acto de asistir al carnaval ecuménico, nuestras tribus en guerra se volvieron a encontrar, el choque de neuronas de nuestros orígenes mezclopotámicos se apaciguaron y la acechante esquizofrenia del mestizaje cultural amainó de momento -todo por medio de nuestros miedos comunes y fascinación con ‘el Otro'.
Ahora, se dice que esa misma troupe está planeando un triunfal retorno a Pico Rivera este verano. Para cualquier que piense que Los Angeles es una mezcla en video de ‘Como plaga de langosta' [The Day of the Locust] y ‘Freaks', no busquéis más. Esta es la prueba empírica.
Me enteré de este empolvado espectáculo en un cartel en el Ranch Market, el emporio de carne de Sunset con Western, donde venden carne de hamburguesas por 1.85 dólares la libra si no haces preguntas. Encima de una foto gigante de un equipo de escaramuzas, había un letrero anunciando el Tercer Festival Charro de Independencia, el rodeo en celebración del día de la independencia mexicana. Como parte de una tarde con cantantes, mariachis y comediantes, también actuarían los legendarios Enanitos Toreros, como Sasquatch o Nessie, sobre los que se rumoreaba hace tiempo por aquí, pero sin confirmación. "¡La Entrada es Gratis, Gratis!", gritaba el cartel.
Rebosante de intrépido entusiasmo, emprendí el viaje de una hora hacia el este de Los Angeles. Sin embargo, al llegar a Pico Rivera, a un lado de la 605 al oeste de Whittier, me entristeció descubrir que la entrada al centro deportivo requería un ticket especial -y ciertamente no era ni por asomo ‘¡Gratis, Gratis!' Mientras esperaba -45 minutos bajo el despiadado sol del sur de California-, unos apagados gigantes con walkie-talkies demostraban ampliamente la locura de intentar algún subterfugio en un segundo idioma, incluso cuando permitían entrar a numerosas familias.
Finalmente me escoltaron hasta la oficina de Leo y Fernando López, cuya firma La Noria Entertainment administra la arena. Leonardo, el patriarca del negocio de la familia, ha sido agente de conciertos y rodeos durante más de tres décadas, pero permitió amablemente que su hijo Fernando fijara el programa y llevara la conversación.
La familia de Fernando ha contratado a Los Enanitos Toreros todos los últimos tres años y concedió que, entre el ‘Factor Miedo' y los deportes extremos, su estatura puede haber estado, en realidad, creciendo. "Tienen un toro en miniatura", dijo. "Es hijo de uno de esos toros enormes que crían en España, en Pamplona, pero es enano. Tiene la misma sangre y el mismo temperamento, y cuando sale es una furia. En las corridas en México tienen de todo: ponis, motos chicas. Hoy, sólo trajeron al toro enano y sus trajes y todo lo demás. Pero te va a encantar. Es un espectáculo divertidísimo".
Leonardo sonrió. "Viene un montón de gente", dijo. "Hace bien verlos".
Y, de hecho, gracias al patrocinio de una emisora radial de Los Angeles, una ruidosa minoría de anglos han hecho el peregrinaje ese día, aunque su interés parece limitado. Una personalidad de la radio con una poderosa y pulida voz de cromo había colocado un amplificador en una esquina del gimnasio donde se había instalado su estridente demografía, y parecían excitados ante la perspectiva de participar en una transmisión que se alejaba de las buenas maneras y el buen gusto. Esto generó una rara dinámica, a medida que anunciadores rivales intentaban dirigir la acción y animaban a sus respectivas audiencias.
Yo sólo pude asumir que los comentaristas de lengua española hicieron uso de una historia e identidad cultural compartidas para relatar las proezas de fuerza y astucia ante nosotros. El gringo, en contraste, esperaba algunos minutos en cada número para dirigir un espontáneo coro de "¡Enanos! ¡Enanos!"

Pero pronto esas observaciones se convirtieron en banales, cuando me enteré de que me habían concedido una audiencia con los enanos. Me llevaron a través de pasillos de cemento y rampas para el ganado hacia un pequeño camerino de bloques de hormigón donde una docena y media de atléticos señores de entre 90 centímetros y 1 metro 20 de estatura -algunos de proporciones normales, otros de prominentes cabezas y miembros truncos- se metían a duras penas en diminutos pantalones de torero y en boleros. Ha habido algo de polémica sobre los términos ‘enanos', ‘nomos' y ‘gente chica' (la designación preferida, de acuerdo a sus cabilderos nacionales y a la sociedad de Little People of America), cada una entrando y saliendo de moda en el curso de la historia moderna. Prometí resolver este punto y otras controversias y documentar la voluntad, resistencia y temperamento que necesita este equipo para enfrentarse a sus retos diarios.
El problema era -y no sé por qué no pensé en ello durante el largo viaje- que no hablaban ni una jota de inglés. Esos señores, aunque son amables y tratan de complacer, como dicta el arte de la diversión, no tenían ni idea de lo que les estaba preguntando y no había nadie que pudiera traducir. Según mis observaciones, los artistas se especializaban en algunas categorías: Los toreros parecían estar en sus veinte y en excelente forma, aunque entre los enanos la edad es engañosa. Había actores -el espectáculo incluía un número paródico de Chippendales y un sketch cómico sobre un botella gigante, inflable, de Corona -que se yuxtapuso con los toreros, aunque empezó a emerger algo así como una jerarquía, con el bastión de las vacas locas en primera línea. Desde mi limitado punto de vista, pude deducir que las corridas serían portuguesas, vale decir, que no se mataría al toro (quizás por razones tanto fiscales como sentimentales) y que hay un rico legado de rodeos enanos en España, México y América Central y del Sur. Este troupe, Los Internacionales Enanitos Toreros de Aguascalientes, fue aparentemente la primera en visitar Estados Unidos.
Más tarde, destilando estos hallazgos en una tesis coherente, decidí que no sería una violación escandalosa de mis deberes profesionales si realizaba un rápido sondeo del fenómeno en internet. Allí me enteré, por ejemplo, de que la tradición de los rodeos enanos mexicanos (de acuerdo a un documental en video) podía incluir go-karts en llamas, mujeres enanas -mujeres enanas striptiseras- bailando ‘Baby Got Back' y, a veces, un torero enano montado por un vengativo toro. En la página web de los Enanitos Toreros de Torreón, me enteré de lo siguiente:
"Durante más de 20 años, el espectáculo de los Enanitos Toreros de Torreón se ha caracterizado por ser una entretención sana y divertida destinada a todo público, aunque con énfasis en niños y niñas... El espectáculo ha evolucionado en el curso de los años, y vuelve con actos más elaborados y mejores que le han agregado emoción, ganándose la admiración de los espectadores. Sin embargo, los principales elementos del espectáculo siguen siendo el Humor y la Sana Diversión". En conclusión, asegura el sitio: "Sea haciendo frente a los bravos toros, realizando divertidas maniobras toriles, pases de suerte y atrevidas acrobacias, o imitando a los artistas del momento, los Toreros Enanitos de Torreón siguen siendo el Número Uno".

Pero todo eso empalideció frente al espectáculo mismo, que en realidad empezó con las mujeres de faldas grises de fieltro y sombreros alones del equipo de la escaramuza, un competitivo deporte de acrobacias similar a un elaborado ballet ecuestre o una coreografía de Busby Berkeley. Como si fuera un canapé entre los números, un personaje con un traje de pollo amarillo arrojaba caramelos hacia las graderías mientras daba vueltas en apretados arcos como una bolita de ruleta empujada por el croupier, seguido por los niños de allá para acá.
Repentinamente los enanos salieron a la arena, llevando monos con estampados dálmatas del tipo que suelen usar los estriptiseros, sacudiendo sus considerables barrigas. "¡Tetas de hombres! ¡Tetas de hombre!", gritan los clientes gringos, dirigidos por su asesor espiritual en el aire. Los enanos se desnudan rápidamente hasta quedar en sus diminutos Speedos rosados, cuyos contenidos silenciaron brevemente a sus nuevos fans. Esto fue seguido por sketches, números musicales, números musicales travestis, más desnudos sincronizados y un montón de chistes que dejaron a un cuadrante de la audiencia claramente desconcertada. Finalmente, soltaron al toro, o como quiera que sea que lo llamen. No era realmente un toro -se tambaleaba sobre sus flacas patas, y se podían contar sus costillas-, sino un ternero de razonables tamaño, con cuernos de 15 centímetros y un problema de disposición.
Uno por uno los mini-Manoletes sometieron al bebé toro a una humillación ritual pública: enlazándolo y montándolo para atrás, danzando con él sobre dos patas, arrastrándose por debajo (el ternero los meó sumariamente) y toreándolo con una brillante capa roja. Después de uno o dos pases buenos, el toro derribó a uno de los matadores y luego, agregando insulto a la lesión, se paró en la capa. Dos picadores improvisados surgieron de los lados y distrajeron al toro con ayuda de unos martillos de plástico. Me hizo recordar mi reseña favorita de la guía de películas epónima de Leonard Maltin, de la película de horror de ‘Cromosoma 3' [The Brood], de David Cronenberg: "[Samantha] Eggar se come su propia placenta mientras unos clones enanos golpean, con unos mazos, a sus abuelos y a unos jóvenes y amorosos maestros hasta causarles la muerte. El mundo en que vivimos es grande, amplio y maravilloso".
Tras cada altercado, otro enano salió cojeando de la arena, y parecía que el ruedo se vaciaría debido a la mera reducción de personal. Finalmente, un último defensor desenvainó una espada de plástico y se cuadró frente el toro de caricatura, que ahora resoplaba y piafaba el suelo, echando un caricaturesco vapor por las ventanas de su nariz. En recompensa por sus esfuerzos, el toro le fue topeteando un tercio del trayecto, hasta que lo hizo volar por sobre su cabeza. Se rindió el enano entonces, y fue rescatado por unos de los charros, un vaquero a caballo de tamaño normal. Y esto terminó definitivamente la lidia. Resultado final: Toro 6, Enanos 0.

¿Por qué tiene el Rodeo Enano Mexicano un atractivo tan perdurable? ¿Atrae por lo extravagante, lo extremo, la presencia del Otro, exhibido en tradicionales contiendas de habilidades y osadía? ¿Por ser una parodia de una insular cultura machista, alimentada desde dentro? ¿O el simulacro de niños indefensos arrojados a indescriptibles peligros, mientras miramos sentados y sonreímos impotentes? ¿O es algo más profundo -el Enano Saltarín persiguiendo al minotauro cretense, Tauro el toro retando a la Lollipop Guild, gnomos en los establos de Augeas impidiendo los doce trabajos de Hércules? ¿Y si esos espectáculos se basan en nuestros temores, entonces por qué los sancionarían estos participantes, validándolos con su presencia?
Esas suposiciones surgen en la incubadora del privilegio. Lo hacen porque es un modo de ganarse la vida.
Y así me encuentro volando hacia el sur de la frontera, hacia Aguascalientes, México, ciudad capital del estado de Aguascalientes, donde viven, trabajan, ensayan, aman y sin duda tratan de evitar este tipo de intrusiones los Enanitos Toreros, para descubrir qué es la vida diaria para estos personajes de leyenda.
Nos reunimos en la impresionante pista de varios niveles anclada a un lado de la Plaza de Toros San Marcos, el paseo de arquitectura colonial que domina el centro de esta polvorienta ciudad de casi un millón de habitantes. Debajo de la estatua del famoso matador Fermín ‘Armillita' Espinosa, que preparó al futuro director de cine Budd Boeticher en el arte de la verónica y fue el doble de Tyrone Power en ‘Sangre y arena' [Blood and Sand], me presentan al agente Alfredo Rocha, un intérprete y siete de los ocho miembros de la troupe -cinco hombres y dos mujeres, de 19 a 40 años, todos con camisetas rojas idénticas.
Después de un breve recorrido de la plaza, repleta con un enfermería y una capilla -un plan de contingencia para antes y después-, nos apilamos en una furgoneta y nos trasladamos varias cuadras hacia El Cortijo, un bar y restaurante frecuentado por los aficionados a los toros -o, como dice el propietario, "el bar donde los toreros montan sus fiestas". Atrás hay un patio privado y una pequeña plaza donde ensaya la troupe, y donde más tarde insistirán en montar una pequeña exhibición como gesto de hospitalidad por la distancia que he viajado para verlos. Pero, de momento, con la luz de la mañana reflejándose en los cristales de colores incrustados en las paredes de piedra de la cantina al aire libre, y una enorme caldera de paella hirviendo a fuego lento en una esquina, los enanos se reúnen con refrescos de naranja para tratar de decirme qué significa ser lo que son.
Juan López es el superior, experto en todos los aspectos del espectáculo: las corridas, las imitaciones, los sketches cómicos. Empezó como payaso en un circo de niños a los 25 años y ha estado con la troupe de Aguascalientes, una del puñado que operan en México, desde su fundación en 1991. Se muestra contento por la atención, pero admite que tiene un precio.
"Cuando hacemos los actos, la gente se acerca para sacarse fotos con nosotros", dice. "Les excita vernos. Pero fuera del espectáculo, cuando, por ejemplo, vamos por la calle, a veces cruzan la calle para evitarnos. Los niños que nunca nos han visto se burlan de nosotros -nos vemos como ellos, pero somos más viejos. Y los padres incluso pueden alentarlos a burlarse de nosotros. ‘Hey, miren al enano chico'. Es doloroso cuando la gente hace eso".
"Ahora somos más, así que la gente ya no nos mira de la misma manera", agrega Tomás ‘Tommy' Emmanuel, el gordo maestro de ceremonias que también presenta los matches de lucha libre locales, y que en el pasado peleó bajo el nombre de Salvajito. "Cuando alguien me ofende, en lugar de enfadarme, trato de explicarle cómo nos sentimos. Les digo que no somos solamente enanos que la gente ve en la televisión o en espectáculos y que los mitos sobre nosotros no son verdad -incluso los más estúpidos, como que comemos gente o unos a otros".
Hector Miguel (alias ‘Chiquito'), Ricardo Reyes y Audelio Miranda son conocidos como toreros, y parecen estar en la mejor de las formas, aunque ninguno de ellos ensaya demasiado.
"Es genético", dice Audelio. "No nos entrenamos mucho".
"Simplemente comemos y dormimos", dice Erike Amescua-Flores, la mujer de Audelio. Erika es una de las dos mujeres de la troupe, junto con Elizabeth Medina, que hacen ambas imitaciones de cantantes famosas, como Ana Bárbara y Thalia.
El octavo miembro, José Chipa, se unirá a nosotros más tarde, después de su segundo trabajo en una fábrica de latas de jugo de naranja. Casi la mitad de la troupe tiene un segundo trabajo: Juan trabaja en un restaurante, Ricardo llena las estanterías de la tienda de ultramarinos Super XX y Audelio trabaja a veces como mecánico y electricista.
"Al principio me faltaba seguridad", dice Audelio, sobre sus experiencias. "Ni siquiera me atrevía a mirar a otros enanos. Me daba vergüenza. Me daban asco... Tampoco me gustan ahora, pero ya no da vergüenza de ser uno de ellos. Tienen temperamentos fuertes y son difíciles de tratar. Siempre están pasando por algún drama. Son excéntricos. Testarudos. Parece que tienen más problemas que todos los demás".
"No todos somos iguales simplemente porque somos chicos", dice Tommy. "Todo depende de cómo nos hayamos criado. Algunos no somos felices; otros somos felices todo el tiempo. Tenemos días buenos y malos. Pero no es porque seamos enanos".
Para José, que tiene que mantener una familia, el rodeo le ha brindado seguridad e incluso una cierta estatura y no tiene más ambiciones. Pero la mayoría de los otros tienen sueños más grandes. A Ricardo le gustaría ser médico. A Juan le gustaría tener su propio restaurante. Audelio podría volver a ser un mecánico de jornada completa. Tommy está contento con su carrera, pero le gustaría fundar una familia.
"También a mí me gustaría tener una familia", dice Elizabeth. "Pero me gustaría tener mi propio espectáculo".
"A mí me gustaría ser maestra", dice Erika. "Siempre que fueran niños chicos".
De repente, se oyen trompetas en los altavoces del patio. Es ‘Los Gallos', la balada mariachi y tema oficial de las corridas en Aguascalientes. Mientras todos nosotros apenas podemos meter diente en la abundante paella, Alfredo y sus ayudantes trata de convencer a dos recalcitrantes toros y su desanimado cuidador a que salgan de su remolque y entren en el ruedo. Cuando pasan por las rampas tan estrechas como las de las calles de Pamplona, se paran a escarbar cada algunos metros. En un momento, un toro se devuelve y corre rápidamente hacia el corral en la parte de atrás, apenas esquivando a uno de los charros, que acababa de orinar, lo que lo alarmó convenientemente, para encanto de una pareja que miraba desde el balcón arriba.
Los Enanitos ejecutan sus números habituales, repitiendo los movimientos una vez más, hasta que finalmente un toro se devuelve al corral y el otro aparentemente se duerme, quedándose inmóvil en la arena por al menos unos diez minutos. Me apoyo contra las tablillas de madera de las paredes del ruedo, con los brazos sobra la barandilla que sirve como una encimera improvisada del portátil y de un plato de paella a medias.
"La fuerza está en el cuello", me está explicando Audelio. "Las piernas son chicas, pero los hombros y el cuello son donde está todo el poder".
Mientras avanza para demostrarlo, veo una imagen borrosa sobre su hombro izquierdo. La mirada en mi cara hace que Audelio se vuelva y, en el mismo movimiento, se haga a un lado hacia un cercado construido en la muralla de la arena justamente para este tipo de eventualidad. Sin plan de emergencia, los 64 kilos del ternero furioso chocan de cabeza contra la pared en la que me apoyo. Me siento de repente como un tenedor humano, mientras mis huesos y dientes absorben el choque de masa más velocidad. Quedo cubierto por una ligera niebla de paella y todo se mueve con dolorosa lentitud, como algo, bueno, como algo sacado de ‘Toro salvaje' [Raging Bull].
Y finalmente tengo una revelación sobre las razones de este largo viaje: Lo que sea que se le pague a esta gente por lo que hacen, no es suficiente.

4 de junio de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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2 comentarios

janett vazquez -

hola me interesa un presupuesto de su show, me urge es para jalisco

narciso -

sabes una cosa amigo o persona alguna somos personas como tu o mejor que aprende a criticar mejor tenemos mas huevos que tu amigo para empesar somos gente pequeña de mejor pensamientos que potras peronas que no mas se la pasa criticando alo tonto ojala que nunca tengas hijos y te salgan como nosotros o pero de una mente como la tuya todo loco saludos gracias por darme cuenta que todavia hay gente tonta que critica alas demas personas cuidate y que dios te bendiga a ti y a toda tu familia