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la invasión del líbano


[Michael Young] La incursión israelí en el Líbano no terminarásin el desarme de Hezbollah.

Beirut, Líbano. La incursión de Israel en el Líbano tras el secuestro el miércoles de dos soldados israelíes por el grupo militante Hezbollah es mucho más que otro brote de violencia en una frontera tensa. También debe ser visto como un subproducto de un contraataque general contra el poderío estadounidense e israelí en la región de parte de Iraq y Siria, que operan mediante actores como Hezbollah y la organización palestina Hamas.
Sin embargo, si Estados Unidos y sus colegas en el Consejo de Seguridad son listos, deberían ser capaces de usar esta crisis para afianzar sus metas de seguridad en Oriente Medio, y ayudar al Líbano a salir de su estancamiento político.
Esto no es lo mismo que decir que el ciclo de ataques y venganzas entre Hezbollah e Israel es meramente una guerra por poderes. Los dos lados han sostenido un largo conflicto en el sur del Líbano -aunque desde la retirada de Israel en 2000, se ha limitado fundamentalmente al territorio disputado conocido como las Granjas de Shebaa y moderada por reglas no escritas. Esta semana, sin embargo, Hezbollah transgredió tres líneas políticas.
La primera fue su expansión de las operaciones militares fuera del área de Shebaa. Aunque Hezbollah lo ha hecho antes -incluso llegando a matar a tropas israelíes-, la última operación era ciertamente intolerable para el gobierno israelí que ya tenía entre sus manos el secuestro de otro soldado, el cabo Gilad Shalit, por Hamas, en Gaza.
La segunda línea que cruzó Hezbollah era su evidente coordinación estratégica con Hamas; esto fue más allá de su objetivo declarado de simplemente defender al Líbano y dejó que Israel se sintiera como lubrando una guerra en dos frentes.
La tercera línea que cruzó fue doméstica. Al incorporar unilateralmente al Líbano en el conflicto con Israel, Hezbolla trató de montar un golpe de estado contra la mayoría parlamentaria y el gobierno anti-sirio, que se oponen a la imprudencia del grupo militante.
Hezbollah controla 28 escaños en el parlamento de 128 diputados, pero tiene una difícil relación con la mayoría, que ha estado a la defensiva mientras Siria trataba de reafirmar su control sobre el Líbano después de la retirada de sus militares el año pasado. Hezbollah esperaba humillar a los políticos anti-sirios obligándolos a respaldar los secuestros y mostrando la falta de control del gobierno sobre el partido.
Israel quiere que el Líbano pague un alto precio por su ambigüedad con respecto a Hezbollah: ha impuesto un bloqueo aéreo y marítimo y ha lanzado ataques aéreos contra el Líbano, incluyendo varios contra el aeropuerto de Beirut. Sin embargo, Israel no ha mencionado deliberadamente los aspectos regionales de la crisis. Personeros israelíes han dejado a Siria fuera de sus condenas, en discordante contraste con las declaraciones del gobierno de Bush que han, correctamente, destacado la responsabilidad de Irán y Siria en la conducta de Hezbollah.
Por supuesto, Irán ha patrocinado a Hezbollah durante largo tiempo, y el gobierno israelí declaró ayer que temía que los dos soldados secuestrados fueran llevados a Teherán. Pero Siria es el nexo de la inestabilidad regional, ya que ofrece refugio a varios de los militantes palestinos más intransigentes, suministrando armas a Hezbollah y socavando la frágil soberanía del Líbano.
Israel puede brutalizar al Líbano todo lo que quiera, pero a menos que se haga algo para impedir que el régimen del presidente sirio Bashar al-Assad continúe exportando inestabilidad para apuntalar su despótico régimen, poco cambiará.
Una vez que los israelíes terminen su ofensiva, Hezbollah se reagrupará y continuará secuestrando al Líbano mediante su milicia, que es demostrativamente la fuerza más efectiva del país. Los líderes de Hamas en Damasco continuarán desbaratando toda negociación entre israelíes y palestinos. Y Siria continuará socavando la independencia libanesa, revirtiendo los avances del año pasado, cuando cientos de miles de libaneses marcharon contra la hegemonía siria.
Para Israel, y Estados Unidos, sería mucho más inteligente sacar provecho de la metida de pata de Hezbollah. El ánimo popular aquí es de extremo enfado con que el grupo haya provocado un conflicto que el Líbano no puede ganar. La temporada turística del verano, una valiosa fuente de ingresos para un país en las cuerdas, económicamente, ha sido arruinada. Incluso los partidarios claves de Hezbollah, los musulmanes chiíes del sur, no pueden alegrarse de ver sus ciudades y pueblos convertidos nuevamente en campos de la muerte.
¿Qué hacer? Aunque Naciones Unidas ha sido inefectiva en sus intentos de imponer la paz en Oriente Medio, puede ser el órgano adecuado para intervenir aquí, aunque sea solamente porque tiene la maza de la Resolución 1559 del Consejo de Seguridad, que fue aprobada en 2004 y que, entre otras cosas, exige el desarme de Hezbollah.
Los cinco miembros permanente del Consejo de Seguridad, quizás en la reunión este fin de semana del Grupo de los 8, deberían considerar una iniciativa más importante basada en la resolución, que incluyera: una propuesta para el retiro gradual de las armas de Hezbollah; garantías escritas de que Israel respetará la soberanía libanesa y retirará sus fuerzas de territorio libanés en disputa y las Granjas de Shebaa; y la liberación de prisioneros de las dos partes. Un acuerdo de este tipo contaría con el apoyo de los políticos anti-sirios del Líbano, limitaría substancialmente la capacidad de Hezbollah de conservar sus armas, y enviaría, además, una señal a Siria y especialmente a Irán de que la región no está a disposición.
Una cosa importante: Ningún gobierno libanés podría legítimamente proponer un plan semejante si Israel tuviera la intención, como dijo su jefe del estado mayor esta semana, "hacer retroceder en 20 años el reloj libanés". Israel debe cesar sus ataques y dejar que actúe la diplomacia.

Michael Young es el editor de la sección de opiniones del diario The Daily Star del Líbano y un colaborador de la revista Reason.

14 de julio de 2006
©new york times
©traducción mQh
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