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manicomio abandonado en líbano


[Megan K. Stack] Un hospital en el sur del Líbano ha sido abandonado por la mayoría de sus empleados, y los pacientes no pueden ser visitados por sus familiares.
Zefta, Líbano. La guerra llegó. Los médicos huyeron del manicomio. Los pacientes se hicieron cargo.
En el Hospital para Desórdenes Psiquiátricos Fanar, 250 pacientes languidecen en este alucinate verano de guerra. Las líneas telefónicas han sido destruidas por las bombas. Los familiares no pueden llegar al lugar. Los alimentos empiezan a escasear. Sólo se han quedado algunos enfermeros.
Y para cuando este diario entre a las prensas, se habrán terminado las medicinas que mantienen unidas las destrozadas mentes de los pacientes.
En las noches, los aviones de guerra israelíes resuenan entre las estrellas y los misiles retumban en las colinas cercanas de este pueblo al noroeste de Nabatiyeh. Entonces los pacientes empiezan a aullar y gritar. Se acurrucan debajo de sus catres, corren frenéticamente por los pasillos. Se agolpan en los rincones.
"Es muy pesado y la presión, sabes. Podemos sentir la presión", dice Mounir Jamal Eddin, un paciente de 60 años de holgadas y oscuras ropas, nervioso, mientras da vueltas frente a la puerta principal. "Todo el edificio empieza a temblar y no podemos hacer nada".
Al otro lado de las puertas del hospital, el paisaje se ve cicatrizado y vacío. Las tiendas se protegen con sus postigos cerrados. Sólo algunos hombres afiliados al grupo militante Hezbolah merodean en las fantasmagóricas calles. Cuando la tarde avanza hacia la noche, las explosiones empiezan a retumbar en los valles.
Laila Hashem no se da cuenta. Está sentada con las piernas cruzadas en el suelo de linóleo. Lleva su bata y está cantando una canción romántica, en árabe. Joven y gordinflona, sus ojos escudriñan impacientes la habitación.
"Quiero una fiesta esta noche", le suplica a nadie en particular. Luego vuelve a cantar. "Me voy a enamorar de ti", canta.
Una mujer ancha de pelo negro y una cara gorda se deja caer boca abajo en su cama y da patadas en el aire como una colegiala. "Elvis Presley, Elvis Presley", grita. La habitación está llena de mujeres, acurrucadas en sus colchones. Se jalan del pelo, miran fijamente las paredes y se ríen tontamente con nadie. Alguien está gimiendo. "Bailemos otra vez...", canta una de las mujeres.
Con un cuarto de la población expulsada de sus casas y el número de muertes acercándose a las mil personas, el Líbano se ha hundido en la desesperación. En Fanar, la desesperación es más directa. Pintaron una enorme cruz roja en el tejado con la esperanza de protegerse a sí mismos de los aviones de guerra. Pero debajo de ese crudo escudo, los pacientes necesitan medicinas.
Tres fatigados enfermeros asustados revisan sus medicinas psiquiátricas. Tratando de que las medicinas duren algo más, el viernes las cortaron cuidadosamente en dos.
Todo el mundo ha estado recibiendo algo menos de lo que necesita. Ya han empezado a estallar peleas entre los pacientes.
"Estas son todas las medicinas que tenemos", dice Hossam Moustapha, un enfermero de 26 años, mostrando una bandeja con una raquítica colección de píldoras cortadas por la mitad, colocadas en vasos de papel. "Sin la medicación, perderán el control".
Él mismo medio loco por el despiadado bombardeo y su guerra para mantener a flote el hospital, Moustapha reconoce que ha empezado a meter mano en las reservas de estupefacientes -antidepresivos y pastillas para dormir.
Los enfermeros hablan por teléfono con la Cruz Roja, explicando sus necesidades y pidiendo ayuda. La Cruz Roja prometió enviar medicamentos, dicen. Pero no ha llegado nada. Los enfermeros advirtieron que dentro de poco los pacientes empezarán a hacerse daño a sí mismos y a otros.
"Será un desastre", dice el enfermero jefe Youssef Zarora. "No sé qué va a pasar de aquí a 48 horas".
En una sala de color beige, con mesas de madera para comer y un solitario televisor, los hombres dan vueltas en círculos, inquietos. Barrotes de metal protegen el ventanal que da hacia el corredor, como si los hombres estuviesen enjaulados; se apretujan curiosos contra la ventana para mirar a los visitantes desconocidos. Los humores corren por la habitación, tan contagiosos como los bostezos. A veces los hombres gritan; a veces se quedan en silencio.
"¿Por qué estáis aquí?", pregunta, ansioso, un hombre llamado Mohammed Ali Hamoud.
Junto a Hamoud, un hombre de gruesas gafas y una torcida gorra de béisbol dice que no ha visto a su doctor hace un año. Es decir, explica seriamente, desde antes de que estallara la guerra con Israel -hace tres semanas. No parece tener ninguna noción del tiempo. La mayor parte del tiempo, lo único que quiere es que la gente que hay a su lado aquí empiece a llamarlo por su nombre correcto. Se queja de que siempre se equivocan.
"De vez en cuando me cambio de nombre y cambio mi personalidad", dice Faisal Younis Rashid, mostrando una boca llena de dientes manchados de nicotina. "Me siguen llamando Faisal. Quiero que me llamen Younis. No tenemos suficientes medicinas".
Cerca, un paciente llamado Mouaim Berro se aferra con sus dedos regordetes a los barrotes de la ventana. De sus 44 años, ha vivido 27 en el hospital psiquiátrico, dice.
"Estoy tranquilo debido a la medicación, pero ahora no tengo medicinas", dice. "Tengo miedo de ponerme agresivo". Se queda quieto, sus ojos encapotados mirando fijamente en el vacío, mientras los otros farfullan a su alrededor.
"Estoy cansado", dice. "Siento algo en mi cabeza".
Desde que empezara a desaparecer el personal, los pacientes se han visto obligados a hacerse cargo. Aturdidos, sirven la comida, limpian los cuartos y dan baños de esponja a sus compañeros menos lúcidos. Se han hecho cargo de la seguridad en la puerta principal.
Osama Sabra está sentado en una silla de jardín de plástico junto a la puerta. Tiene una cuerda en la mano, con la que puede subir y bajar la puerta valla para que los coches puedan pasar. La ciudad abajo está vacía y Sabra mira con pasivo desconcierto al coche que se acerca. Un himno de guerra retumba desde una radio portátil a sus pies.
Sabra es esquizofrénico, pero como la mayoría de los pacientes en el asilo, insiste en que está aquí por "problemas de familia". Ha sido paciente del hospital Fanar desde antes de 1982, dice. Mira las moscas que se arrastran por sus pies.
"Estoy a cargo de la puerta", dice.
"Pero nadie viene, por la guerra".
Las mariposas revolotean debajo de los pinos, y la luz del sol rebota en los campos. Una caliente brisa montañesa atraviesa los barrotes del enorme ventanal del manicomio.
Pero los pacientes dicen que se sienten atrapados. Están preocupados de que puedan morir de hambre. Uno tras otro, recitan extravagantemente números de teléfono a los visitantes, rogándoles que ubiquen a familiares perdidos para que los saquen de aquí.
"Por favor, llama a mi madre. Apunte su número", dice un hombre de 53 años, que dice que se llama Fawaz. "Dile que me saque de aquí". Vuelve unos minutos después, se apoya en el marco de la ventana y habla con tranquila urgencia.
"¿Puedes enviar a la Cruz Roja para que me saquen de aquí?", pregunta.
En la vieja casa de piedra junto a la puerta, una viuda palestina que heredó el hospital de su marido, está sentada sola mirando una estruendosa televisión. Adela Dajani Labban insiste en que no tiene miedo de Israel. Ha visto antes pasar a soldados israelíes por el hospital, durante la invasión de 1982, dice.
"Si vienen", dice, "liberaré a los pacientes".

5 de agosto de 2006
©los angeles times
©traducción
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