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el agente y los terroristas 4


[Mark Arax] Durante 35 años, James Wedick fue una estrella del FBI. Cuando sus ex colegas procesaron a un sospechoso de terrorismo, tomó partido por la defensa y fue tildado de traidor. Última entrega.
En los meses anteriores al juicio, mientras el presidente Bush felicitaba al FBI por su trabajo en el caso de Lodi y el zar de los servicios de inteligencia, John Negroponte, mencionaba la red de "extremistas musulmanes" en la ciudad agrícola, quedó cada vez más claro que más allá de los Hayat, no había ningún caso. Se demostró que los dos imanes, los llamados peces gordos que presuntamente eran los cerebros de la campaña de reclutamiento de terroristas, habían expresado opiniones anti-norteamericanas años antes durante una tumultuosa época en Pakistán, pero nada más. Al final, justificándose en violaciones menores a las leyes de inmigración, el gobierno los deportó.
A mediados de febrero, Jim Wedick abrió la pesada puerta de la sala del tribunal del juez de distrito Garland E. Burrell Jr., el ex marine de Los Angeles Sur-Central que había presidido la sala en el caso del Terrorista Solitario [Unabomber]. Wedick eludió a los abogados de la defensa Johnny Griffin y Wazhman Mojaddidi y se sentó juntos a los dos acusados. Se había estado preparando para este momento durante ocho meses, trabajando gratuitamente, estudiando meticulosamente las confesiones de padre e hijo y analizando detenidamente todo pedazo de papel que el FBI le había pasado. Para el viejo agente, todo se resumía en unas preguntas básicas.
¿Si este caso era importante, por qué puso el FBI la investigación en manos de agentes novatos? ¿Por qué no usó el buró su abundante personal en Pakistán para seguir a Hamid y determinar si había participado en un campamento terrorista? ¿Por qué, si era una amenaza tan seria para la seguridad nacional, lo sacó el FBI de la lista negra y le dejó volver a entrar a Estados Unidos? ¿Por qué, si Hamid estaba realmente confesando, el FBI encontró necesario meterle las respuestas en la boca?
El trío de jóvenes fiscales -S. Robert Tice-Raskin, Laura L. Ferris y David Deitch- apenas miraron a Wedick. Trató de no establecer contacto visual con los agentes del FBI que se apiñaban en torno a la mesa del gobierno, pero cuando lo intentó, ellos pretendieron no haberlo visto. Sabía lo que estaban pensando. Su esposa había llegado a casa de vuelta de la oficina, hecha un mar de lágrimas y diciéndole que sus colegas agentes lo estaban llamando "traidor" y que no sería admitido en el banquete que estaban organizando para despedir a un viejo colega. Ahora fijó su mirada en los jurados. Provenían de las regiones más conservadoras del estado -en cuanto a eso, podría haber sido perfectamente un jurado de Oklahoma- y tenían que determinar el destino de Hamid.
Ferris se levantó para dirigirse a los jurados. Les dijo que Hamid llevaba un álbum de recortes ‘yihadista' y se había sumergido en la ideología musulmana extremista antes de viajar a Pakistán. Allá había asistido a un campo de adiestramiento de Al Qaeda y volvió a casa con el objetivo de atacar a Estados Unidos. "Hablaba sobre los campos de adiestramiento. Hablaba sobre actos de violencia", dijo. "Hablaba sobre la yihad, la yihad, la yihad".
Entonces le tocó el turno a Mojaddidi, el abogado de la defensa. Refugiado de Pakistán, ella y los Hayat eran de la misma tribu pashtún, sólo que ellos eran del campo y ella, de la ciudad. "El gobierno no puede probar que él haya realmente asistido a un campo de adiestramiento. Ese es un eslabón perdido que es crucial". En lugar de eso, en Pakistán Hamid pasó el tiempo jugando al cricket y casándose y siguiendo clases de religión en un seminario. En cuanto a la confesión, Hamid simplemente repitió "las palabras que quería oír el FBI". No eran nada más que tonterías.
Y entonces los testigos empezaron a subir al estrado.
Primero fue Lawrence Futa, un agente del FBI en Japón que declaró que el 30 de mayo de 2005, el vuelo de las Líneas Aéreas Coreanas a San Francisco fue desviado hacia Tokio porque llevaba un pasajero que aparecía en una lista negra. Futa entrevistó a Hamid Hayat y encontró que era un joven agradable que negaba toda vínculo con el terrorismo, de modo que lo dejaron viajar en un vuelo posterior.
También habló Pedro Tenoch Aguilar, el agente novato que dirigió el caso y que admitió que nunca pudo corroborar si Hamid había o no asistido a un campamento de terroristas. "Sólo tenemos su declaración", dijo Aguilar. Naseem ‘Wildcat' Khan declaró que Hayat había expresado su deseo de ir a un campo, pero nunca le dijo que ya hubiera asistido a alguno.
Un profesor de estudios islámicos declaró que el verso que Hamid llevaba en su cartera -"Oh, Alá, te colocamos en sus gargantas y en ti nos protegemos de su maldad"- podía haber sido una oración para los viajeros que buscaban protección divina. Más probablemente, sin embargo, era una súplica que llevaban "fanáticos y extremistas". Finalmente, un analista del ministerio de Defensa declaró que las fotografías satelitales tomadas en el nordeste de Pakistán mostraban un campamento cerca de Balakot que "probablemente" correspondía con uno de los campamentos descritos por Hamid.
Todo era más bien turbio, y padre e hijo no iban a aclarar las cosas. El juicio, parecía, se basaría en una confesión que no se convirtió en una confesión sino en las primeras horas del 5 de junio de 2005. Es cuando el agente Tim Harrison se convirtió en el principal inquisidor de Hamid.

"¿Así que la yihad significa que peleas y atacas algo?"
"Uh-huh".
"Dame un ejemplo de un blanco. ¿Un edificio?"
"Yo no diría edificio. Yo diría gente".
"Okay, gente. Sí. Es razonable. Gente en edificios... Estoy tratando de obtener detalles sobre los planes que tenías".
"Ellos no nos dieron ningún plan".
"¿Pero te dieron dinero?"
"No, no me dieron dinero".
"¿Te dieron armas".
"No".
"¿Te dieron objetivos en Estados Unidos?", preguntó nuevamente el agente.
"¿Quiere decir cosas como edificios?"
"Sí, edificios", asintió el agente. "¿En Sacramento o San Francisco?"
"Yo diría en Los Angeles y San Francisco".
"¿Financieros, comerciales?"
"Yo diría finanzas y cosas como esas".
"¿Hospitales?", sugirió el agente.
"Quizás, seguro".
"¿Quién dirigía el campamento?"
"Mi abuelo, quizás".
"¿Al Qaeda? ¿Al Qaeda?"
"Yo diría que ellos dirigían el campamento... Sí, eso es lo que voy a decir".

¿Qué estarían pensando los jurados?, se preguntaba Wedick. Si no podía decirles qué pensaba exactamente -que esta era la "investigación más necia e infantil" que había visto alguna vez con el nombre del FBI-, podría al menos subir al estrado y decir lo idiota que era el interrogatorio. Podría contarles al menos sobre las precauciones que tomó en el caso de la Estafa de las Gambas, cómo se había estado preparando durante todo un año para una sola entrevista y cómo logró que un informante cooperara después de que llenara meticulosamente las paredes del cuarto de interrogatorios con gigantescas fotos de vigilancia del tipo cuando recibía un considerable cheque para la campaña.
Estaba lejos de tener la certeza de que el tribunal accediera a llamar a Wedick como un testigo experto. Hasta el momento, el juez Burrell había mostrado una actitud cercana a la beligerancia cuando se trataba de los abogados de la defensa. Cuando resolvía contra ellos, lo hacía con un aire de impaciencia que bordeaba la intimidación. Y en cuanto a la posible declaración de Wedick, el fiscal Deitch había presentado casi cien páginas de mociones para impedir que el agente subiera al estrado. Argumentó que Wedick había "exagerado groseramente" su experiencia en el contraterrorismo y que sus reflexiones equivaldrían a evidencias acumulativas "inútiles", el equivalente legal de la exageración.
Johnny Griffin, en representación del padre, se levantó para ofrecer varias razones de por qué era necesario que Wedick explicara algunas deficiencias importantes. Pero Burrell no sorprendió a nadie cuando le dijo que volviera a sentarse. "Sé lo que declarará", gruñó a Griffin. "Puede pasar al siguiente tema".
Fuera de la sala del tribunal, Wedick se preguntó cómo el mismo gobierno que rechazaba sus credenciales podía fracasar a la hora de producir una sola pieza de evidencia corroborante en cuatro años de pesquisas que cuestan al contribuyente millones de dólares y que desenterraron a un envasador de cerezas y un vendedor de helados que recorría la ciudad tocando ‘Pop Goes the Weasel'. "Observar el poder del estado desde este lado de la verja es algo extraño para mí", admitió. "Lo que estamos haciendo a esos musulmanes es lo mismo que hicimos a los japoneses en los años cuarenta. Es el mismo temor y la misma reacción exagerada. En lugar de los campos de internamiento, los estamos mandando a la cárcel".
Con Wedick silenciado, las dos partes cerraron sus alegatos y los casos contra el padre y el hijo siguieron cursos y jurados separados que habían estado juntos durante dos meses.

Los musulmanes paquistaníes de Lodi miraron y esperaron, acurrucados a la sombra de la mezquita, las cabezas gachas mientras sacaban fuera cajas de dieciocho kilos de pollo fresco del supermercado Pak India
-la misma tienda que el informante del gobierno había colocado en el centro de una banda que estaba enviando fondos a Osama bin Laden. "Este lugar ni siquiera da lo suficiente para mantener a una maldita familia", dijo el tendero. "¿Cómo podría enviar dinero a Osama bin Laden?"
En la casa amarilla, los niños estaban jugando al baloncesto junto al camino de entrada bordeado de árboles de granadas, higos y nísperos, uno de ellos vestido a la manera tradicional corriendo hacia la cesta mientras su primo en vaqueros trataba de impedírselo. El camión de helados estaba parado a un lado y el gallinero donde padre y hijo acostumbraban a ocuparse de sus aves, estaba vacío. El tío de Hamid, Umer Khatab, daba vueltas afuera en sus sandalias de cuero.
Estaba parado debajo de unas telas de algodón doradas y moradas lavadas recientemente que colgaban de una cuerda tendida en el patio y suspiró. "Estamos esperando. Hace un año que estamos esperando". Entonces un joven, un doble de Hamid -sólo que llevaba una gorra Tupac Shakur echada hacia atrás, pantalones holgados por debajo de la cintura y Air Jordans- subió la escalinata hacia la casa. Era Arslan, el hermano adolescente de Hamid. "Es una mentira. El mundo entero es una mentira". Empujó una silla de ruedas con su agonizante abuelo por la puerta y lo colocó en un pequeño camión en dirección al doctor. Justo en ese momento, el nuevo vendedor de helados, tocando una canción diferente, aunque también paquistaní, dobló con su furgoneta hacia el bloque, ofreciendo a los niños paletas rojas, blancas y azules.
Los veredictos llegaron al día siguiente. Un jurado estaba en punto muerto y no podían llegar a una decisión sobre Umer Hayat. El juez lo declaró nulo, aunque el gobierno juró que lo volvería a intentar. En cuanto a su hijo, fue declarado culpable de dos cargos por declarar falsamente ante el FBI y por proveer de "materiales de apoyo" a los terroristas. Puede ser condenado hasta a 39 años de prisión. "Espero que el mensaje se difunda", explicó el jurado Starr Scaccia. "No te metas con Estados Unidos. No paga".
Wedick no pudo mirar a los ojos a Hamid Hayat. Meses antes le había jurado que haría todo lo posible para reparar la injusticia, incluso si eso significaba volver la espalda a 35 años de FBI. "Hamid es un personaje raro, pero, Dios mío, no es un terrorista. El gobierno contaba con que la histeria dominara la sala del tribunal. Y funcionó, maldita sea si funcionó".
Vio a un jurado retener las lágrimas y se dirigió directamente a su apartamento. De primeras no lo quería dejar entrar, hablándole a través de una ranura en la puerta. Dos horas, cuatro horas, hasta que finalmente abrió la puerta y le dijo lo que sospechaba. Ella no creía que Hamid fuera culpable. La presión de sus colegas jurados había sido tan intensa, que tuvo que internarse en un hospital. Durante el juicio, dijo, el presidente del jurado no dejó de hacer el gesto de una horca. "Colguemos al moro", pensaba ella que quería decir. Wedick la convenció de escribirlo todo y firmarlo. Luego presentó la declaración jurada al tribunal federal, con la esperanza de que se ordene un nuevo juicio.
Al día siguiente, Wedick condujo a un campo al borde de unas viñas junto a la Autopista 99 y miró hacia abajo hacia un largo camino de entrada en un terreno donde se habían reunido cuatrocientos hombres musulmanes con gorros y batas. Se acercó lo suficiente como para ver sus caras y manos gastadas y verlos acarrear el ataúd de pino hacia un hoyo en la tierra. El cuerpo del padre de Umer Hayat estaba envuelto en tres sábanas de lino, que debían separarlo de la tierra de este país extraño. Wedick retrocedió y vio a los hombres dividirse en veinte hileras, lado a lado, mirando al este, hacia la Meca. Empezaron a rezar. A la distancia, mientras el sol se hundía, pensó en un pueblo americano diferente, en una era diferente, enterrando a sus muertos en un desierto que no conocían.

28 de mayo de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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