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otra vez en el bar


[Manohla Dargis] Bukowski es la paradoja del sueño americano: un borracho durmiendo a la sombra de las palmeras de Hollywood.
Durante años el bello y beodo mundo de Charles Bukowski ha sido como menta de gato para los directores europeos y algunos actores estadounidenses se han apuntado dichosos para el tormentoso viaje: Ben Gazzara, Mickey Rourke y ahora Matt Dillon. La propia historia de Bukowski (sus padres se mudaron de Alemania a Los Angeles cuando él tenía tres) claramente atrae a algunos tipos creativos, así como todas sus historias de locura ordinaria. Que muchas de esas historias ocurran en Los Angeles puede ser particularmente atractivo, ya que pocas imágenes transmiten mejor la paradoja del sueño americano que un borracho durmiendo a la sombra de Hollywood.
Hollywood, como signo o principio rector, no se encuentra en ninguna parte en ‘Factótum', y ni siquiera se ve una palma. Rodada en la viciosa y desolada Minneapolis, lejos de las calles cubiertas de verde de esa ciudad y de la arquitectura de la Prairie School, la película fue dirigida por un director de prodigioso nombre, Bent Hamer, noruego cuyas primeros largometrajes incluyen la comedia seria ‘Historias de cocina' [Kitchen Stories]. Trabajando con el productor Jim Stark, Hamer escribió el guión a partir de la novela del mismo título de 1975, con pedazos de otros tres tomos con títulos más típicos de Bukowski: ‘The Days Run Away Like Wild Horses Over the Hills' y los póstumos ‘What Matters Most Is How Well You Walk Through the Fire' y ‘The Captain Is Out to Lunch and the Sailors Have Taken Over the Ship'.
Publicado cuando Bukowski se acercaba a los sesenta y empezaba a tener un público más amplio, ‘Factotum' presenta la vieja lucha del hombre contra la mediocridad. Henry Chinaski (Dillon), el familiar alter ego de Bukowski, es el único sobreviviente de incontables juergas, reyertas, rechazos, mujeres locas y trabajos estériles y monótonos. O, como lo dice tan bien en la novela: "¿Cómo es posible que un hombre pueda disfrutar de que deba despertarse a las 6:30 de la mañana por la alarma de un despertador, saltar de la cama, vestirse, desayunar a la fuerza" -naturalmente hay una dimensión escatológica en esta lista-, "lavarse los dientes y el pelo, y luchar contra el tráfico para llegar a un lugar donde tú en lo esencial haces un montón de plata para otro y te piden que te muestres agradecido por la oportunidad de hacerlo?"
En ‘Factótum', Henry responde esta muy razonable pregunta tratando en general de evitar el trabajo, o al menos evitar trabajar demasiado, para otra gente. (Bukowski mismo trabajó en Correos durante más de una década). Para ese fin, acepta una sucesión de trabajos poco importantes que le exigen sacar brillo al presuntuoso decorado del edificio de un diario (alberga la esperanza, brevemente, de que lo contraten como periodista), picando hielo y sorteando pepinillos. Hace todo esto con variados grados de competencia y justo con el suficiente interés como para no derrumbarse de atontamiento, aunque ocasionalmente se deja caer en el bar más cercano. Allá, en un torrente de alcohol, echa una ojeada a las echazones y restos de naufragios aledaños, tomando notas sobre la condición humana.
Por supuesto, Bukowski-CHinaski trabajó siempre, incluso cuando apenas podía conservar un trabajo, enviando manuscritos y recibiendo, durante muchos años flacos, cartas de rechazo. En ‘Factótum', Hamer nos muestra a Henry doblado sobre una mesa mal iluminada, presionando vehemente con un bolígrafo contra hojas de papel, mientras las palabras flotan en la banda sonora. Dillon, con barba y las enardecidas mejillas de un alcohólico dedicado, suena tan convincente como se ve. Sea que esté besuqueando a otras borrachas (Lili Taylor y Marisa Tomei se turnan desnudando cuellos y psiques) o intercambiando filosofías con otros vagos (Fisher Stevens), el actor entrega gran parte de sus diálogos con la callada determinación de un hombre que pasa un montón de tiempo ensimismado, lo que tiene sentido, dada la gente con la que, en general, suele acompañarse.
Como la película misma, la actuación de Dillon descansa en subentendidos. Es fácil exagerar con Bukowski, del modo que lo hizo Barbet Schroeder en su película de 1987, ‘El borracho' [Barfy], en la que un despreocupado Mickey Rourke es el bueno para nada de Punk, en el teatro de los condenados. Hay destellos de espíritu entre las malditas sonrisas y gárgolas de taburete de bar, pero le falta la ternura de Bukowski, pues esos suspiros de sentimientos se elevan cuando la vida es dura, pero el alma que la sufre no se ha endurecido. Las formulaciones de Dillon cargan con el peso de esos sentimientos, como lo hace también los ademanes hipnóticamente ralentizados que le dan el aspecto de un hombre parado en el fondo de una piscina y pensando en ahogarse.
Henry no se ahoga. Representado por Dillon e interpretado por Hamer, lo que hace es revolcarse magnífica, y a menudo hilarantemente. ‘Factótum' es una película sobre los horrores y ocasional comedia del trabajo, como también sobre pasar por la vida con tus propios términos, que en el caso de Bukowski significó convertir ese horror y esa comedia en literatura. Incluso ahora, más de una década después de su muerte y bastante adentrados en su canonización, todavía queda algo genuinamente liberador en su rechazo a unirse a la cola de la perforadora. Quizás subversivo no sea la palabra correcta con la que caracterizar su entrega a su arte, a su musa, a su petaca y al Gran No, como en el no al conformismo y lo limitado, no a lo limpio y ordenado. Pero suena bonito.

Factotum
Dirección Bent Hamer Guión Mr. Hamer y Jim Stark, sobre la base de la novela de Charles Bukowski Fotografía John Christian Rosenlund Montaje Pal Gengenbach Música Kristin Asbjornsen Diseño de Producción Eve Cauley Turner Producción Mr. Stark y Mr. Hamer Distribución IFC Films. Duración: 94 minutos.

Reparto
Matt Dillon
(Henry Chinaski), Lili Taylor (Jan), Marisa Tomei (Laura), Fisher Stevens (Manny), Didier Flamand (Pierre), Adrienne Shelly (Jerry), Karen Young (Grace) y Tom Lyons (Tony Endicott).

18 de agosto de 2006
©new york times
©traducción mQh
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