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ni buen amante ni buen espía


[Ching-Ching Ni] Quería combatir a los comunistas chinos y saborear un romance. En lugar de eso, su destino fueron años de prisión.
Shanghai, China. La época más feliz de su vida duró cuatro días. Era el invierno de 1958. Se había escapado con su amante a Shanghai. Salían a pasear todos los días y no les importaban ni las calles oscuras ni las tiendas pobremente surtidas en las que se cambiaban alimentos por cupones de racionamiento. La vida estaba recién empezando.
Hasta que dos policías de paisano se acercaron a ellos por detrás y lo llamaron por su nombre.
"¿Es usted Kan Zhonggan?"
Cegado por su felicidad y su pasión, dijo sí.
"Venga con nosotros".
En la esquina esperaba un coche. La pareja subió. Entre ellos se sentó un agente. Viajaron durante media hora y entonces le dijeron a su amante que descendiera. Cuando se la llevaban, sus ojos se encontraron.
No se volvieron a ver sino veintisiete años después.
Esta es la historia del sueño roto de un hombre que quería servir a su país y amar a su mujer.
Kan Zhonggan era un espía. Trabajaba para el gobierno de Taiwán, una isla que en 1949 había roto con China continental después de una prolongada guerra civil. Desde entonces, el espionaje mutuo había sido un modo de vida, pero fue especialmente robusto en los primeros años tras la separación.
Se sabía poco sobre la vida de los agentes secretos que lo arriesgaron todo por la causa hasta que un grupo de ex espías viejos decidieron hablar, hace poco, con la esperanza de obtener reparación y compensación de Taipei. Dicen que en lugar de ser tratados como héroes de guerra, fueron abandonados por la isla que los había reclutado.
"Las autoridades de Taiwán no quieren hurgar en viejas heridas", dijo Andrew Yang, director de un laboratorio ideológico de Taipei. "Para ellos, esos espías son redundantes, dispensables".
Durante el fragor de la Guerra Fría, se enviaron al continente unos treinta mil espías taiwaneses, dice Jiang Jianguo, 73, ex espía que ahora vive en Hong Kong y pasó trece años en la cárcel. De esos treinta mil se calcula que veinte mil fueron ejecutados por los comunistas, dijo. El resto murió probablemente de vejez o viven todavía en el exilio, la mayoría en China continental y en Hong Kong, dice Jiang, cuya Cross Strait Relations Victims Association ha tomado contacto con unos setenta ex espías.
Un número no conocido fue capturado y arrojado a las prisiones y campos de concentración chinos. Kan pasó veinte desolados años en prisión, convirtiéndose en un hombre eternamente solitario y temeroso de recibir más castigos.
Es el único ex agente taiwanés dispuesto a revelar su pasado secreto y que todavía vive en China continental.
"La vida de todo hombre es un reflejo de los tiempos en que ha vivido", dijo, a los 72, sentado en su oscuro y vacío apartamento en un remoto suburbio de Shanghai, donde vive solo. "Sacrifiqué mi vida y mi amor por la política. Ahora no me quiere nadie".
Nacido en Shanghai de padres obreros que querían dar a su primogénito una vida mejor, Kan fue enviado a vivir con su tío en Taiwán a los once años, durante el masivo éxodo que precedió a la toma del poder por los comunistas en 1949. Pero las hostilidades entre el continente y Taiwán continuaron en los años cincuenta y sesenta. Las máquinas propagandísticas de ambos lados funcionaban a cien.
"Nos dijeron que los comunistas eran la personificación del mal, que compartían sus mujeres y arrojaban a los patrones al mar", recordó Kan. "Ahora me parece un chiste, pero entonces yo era un niño. Creía todo lo que me decían. Yo odiaba a los comunistas. Los odiaba tanto que habría podido comer su carne y beber su sangre".

A los dieciocho, Kan empezó a ser adiestrado por la versión insular de la KGB. Él lo veía como un acto sagrado de patriotismo, una posibilidad de liberar a su propio pueblo, incluyendo a sus padres y hermanos que todavía vivían en el continente.
Después de dos años se graduó casi como el mejor de su clase y se ofreció de voluntario para recibir adiestramiento adicional para la misión de infiltrarse clandestinamente en el continente. Aprendió a usar explosivos, a enviar mensajes secretos, a escribir cartas codificadas. Su misión, dijo, era asesinar a líderes importantes del Partido Comunista, a militares, a científicos y diplomáticos. Hacer volar blancos en ciudades claves, crear problemas internos y provocar conflictos internacionales. Le instaron a suicidarse en caso de ser capturado.
"Cuando recibí mi misión, sabía que era un billete sólo de ida", dijo Kan.
Entonces conoció a la mujer que cambiaría su vida.
Fue en Hong Kong, en 1957. La decadente colonia británica era una importante estación de paso para las actividades de espionaje entre Taiwán y China. Kan tenía sólo veintidós años cuando fue trasladado en bote protegido por la oscuridad para fundirse en la enorme red de agentes encubiertos allá.
Al llegar el día, el delgado y capaz joven espía se pondría su disfraz de dependiente en una tienda de fotografías local. Se reuniría con su contacto al menos una vez al mes en una cafetería cercana, el que le comunicaría cuándo debía entrar en China.
No sabía nada de su contacto, pero el hombre lo introdujo indirectamente a la mujer que llama Xiao Zhen.
Era una maestra -guapa, inteligente, honesta y, todavía más importante, políticamente fiable. Con eso quería decir que ella entendía su misión y él no tenía que mentir. Su hermano era un agente, y su padre era funcionario del Partido Nacionalista.
Había un solo problema. Ella estaba casada, e incluso si no lo estuviera, su trabajo le prohibía casarse antes de cumplir los veintiocho.
"Todavía tenía una misión. No podía enamorarme", dice Kan.
Decidieron huir juntos, a China comunista. Eso, se da cuenta ahora, era como si un pez quisiera nadar en una red.
"Antes de partir, escribí una carta a mis superiores diciéndoles que entraría en China para redimirme del error que había cometido al meterme con una mujer", dice Kan, que sigue en China en parte porque teme ser arrestado y posiblemente procesado por traición si volviera a Taiwán.
Sin esperar la respuesta, Kan entró a China con Xiao en lo que los taiwaneses llamaban ‘el cruce del diablo' y abordaron un tren hacia Shanghai.
En 1958 China comunista atravesaba por un período de fervor revolucionario y el desastroso Gran Salto Adelante ese año provocaría finalmente una masiva hambruna. Pero la pareja estaba llena de esperanzas. En Shanghai, Kan se reunió con sus padres, a los que no había visto en veinte años. Nunca les contó su identidad clandestina ni que él ni Xiao no eran casados. Para el mundo exterior, eran una pareja de compatriotas de ultramar que volvían a la madre patria buscando una posibilidad de contribuir a la construcción de una nueva China.
Sus cuatro días juntos fueron dichosos. Vivían tan despreocupadamente que casi olvidaron el motivo de su viaje. Entonces la realidad les dio alcance.

Los comunistas sabían todo sobre él, incluyendo el apodo que usaba en Hong Kong y que sólo su contacto en la cafetería conocía. No tenía más que una opción: Confesar y vivir, o resistir hasta la muerte.
"Yo sólo tenía veintitrés años, y quería vivir", dice Kan. "Así que les conté todo".
Lo hizo fundamentalmente por ella, pensando que a cambio de su confesión le tratarían con indulgencia y podrían seguir con sus vidas después de algunos años. En lugar de eso, los comunistas lo castigaron con una sentencia de veinte años de cárcel. Xiao fue condenada a cinco años.
Durante sus años en la cárcel la vio una sola vez, desde el diminuto ventanuco de su celda. Recuerda el momento como si hubiese ocurrido recién, y se levanta de la silla para demostrarlo: Ella estaba fuera caminando en un círculo con otras reclusas. La reconoció por su camisa de retazo de algodón rojo -se había cubierto de polvo y la pudo oír cuando ella lo estiraba con sus manos. El pelo le llegaba hasta los hombros. Tenía la cara pálida, por la falta de sol.
Al día siguiente alguien informó a los guardias que había mirando a las mujeres desde la ventana. Llegaron a su celda y la taparon con cinta adhesiva negra.
Las visiones que tuvo de ella lo mantuvieron en vida, desde su calabozo en Shanghai hasta la ‘Siberia' de China, al oeste en la provincia de Qinghai, a la que fue trasladado a un campo de trabajos forzados. Para cuando fue liberado, tenía cuarenta y tres años y estaba tan poco acostumbrado a la libertad que hasta cruzar la calle le daba miedo. Entre trabajitos como obrero de la construcción, vendedor de verduras y, más tarde, limpiador de inodoros, Kan sólo tenía una cosa en la mente. Encontrar a Xiao Zhen.

Un día en el invierno de 1984, Kan se arropó con un abrigo acolchado y se subió a un autobús de larga distancia. Recorrió campo de trabajo tras campo de trabajo. En su bolsillo llevaba cajetillas de cigarrillos para sobornar a los guardias.
"Les conté a todos la misma historia", recordó. "Que había traído a esta mujer a China desde Hong Kong. Que había arruinado su vida. Que todavía quería vivir con ella, si acaso estaba viva".
Alguien se compadeció de él y le dio la dirección de otro campo más: descubrió que después de cumplir su sentencia, Xiao se había quedado en el campo como funcionaria.
Para entonces, ya había caído el crepúsculo. La nieve se convirtió en una ventisca. No había más buses y los conductores no paraban en un camino que sabían que era frecuentado por ex convictos o sus familiares. Finalmente paró un tractor y lo llevó hasta el campo.
El corazón de Kan latía con la mera idea de volverla a ver. Pero cuando llegó a allá, ella ya se había marchado.
Que se había casado, que había vuelto a Shanhgai, fue todo lo que escuchó sobre ella.
"Yo esperaba que ella estuviera soltera todavía", dijo Kan. "Eso había sido una débil esperanza en mi corazón durante todo ese tiempo. Oír eso fue como recibir un balde de agua fría. Me hizo estremecer".
Sin embargo, Kan no podía sacársela de la mente. La siguió buscando. "Yo no sabía si ella me odiaba o si quería volver a verme", dice Kan. "Yo quería verla, aunque fuese una sola vez, para que mi corazón pudiera morir".
Finalmente, la encontró en la primavera de 1985, trabajando en una oficina en Shanghai. La reconoció instantáneamente.
"Allí estaba ella, inclinada sobre un escritorio, escribiendo. Había otra gente a su alrededor. La llamé por su nombre. Al principio no me oyó. La volví a llamar. Se levantó y preguntó: ‘¿A quién quiere ver?' Le dije: ‘A ti'", recuerda Kan, con los ojos electrificados detrás de las gafas mientras golpea el aire frente a él como si estuviese viendo a un fantasma.
"Fue como en un sueño", continúa, como en trance. "Después de veintisiete años, todavía la reconocía. Era alta y delgada. Estaba un poco más gorda, pero tenía muy pocas arrugas. Tenía la piel bonita, el pelo ondulado".
Temeroso de que cuando llegara este momento se quedara sin habla, Kan había llevado un diario que contaba sobre sus años separados. Se lo entregó.
Se sentó al otro lado del escritorio mientras ella leía. La vio sonrojarse. La vio contener las lágrimas.
Xiao no quería dar curso libre a sus emociones frente a sus colegas, así que le pidió a Kan que fuera con ella a casa durante la pausa del almuerzo. Hablaron cordialmente, casi como desconocidos. Ella le mostró fotos de su marido e hijo. Él la besó suavemente en la mejilla; ella no se resistió. Le repitió una y otra vez lo mucho que lo lamentaba. Ella le dijo que no se culpara a sí mismo.
Antes de que pasara una hora, volvió a salir. Estaba lloviendo a cántaros.
Finalmente, ella le envió una carta diciéndole que el día en que él la había visitado, había querido llorar en sus brazos. Le dijo que lo había esperado durante diecisiete años. Cuando sus guardias le dijeron que se buscara otro hombre, ella dijo: "Si no puedo estar con Kan, prefiero quedarme en la cárcel".
Dejó de pensar en él cuando cumplió cuarenta y tres años; su marido era un amigo contrarrevolucionario, un hombre amable que la había cuidado cuando ella enfermó en el campo.
Leer esa carta, fechada el 16 de mayo de 1985, le provoca escalofríos. Es lo único que tiene de ella, y le duele incluso mirarla -quemó casi todas las cartas que ella le escribió después del encuentro, porque eran demasiado dolorosas.
El pasado lo llena de remordimiento y pesar, pero no ha abandonado la esperanza de que algún día ella sea suya.
"Ella sufrió mucho, y fue por mi causa", dice Kan, limpiándose la frente y las gafas con un pañuelo de algodón y recogiendo las hojas ligeramente amarillas y deshilachadas de las cartas que conserva. "Debería haberla encontrado antes".

chingching.ni@latimes.com

9 de junio de 2007
31 de mayo de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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