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derecha chilena sin futuro


[Fernando Gaspar] La chueca derecha chilena. Sorprende que los partidos de la Alianza no sometan al candidato y se sometan a él.
Sorprende que no entiendan que con encuestas de metodologías y muestreos muy cuestionables no van a poder seguir inflando una candidatura destinada a perder. Después de los 17 años de fidelidad con la dictadura, fue normal que la derecha política chilena recibiera rotundos rechazos del electorado. En 1993, el triunfo de Eduardo Frei Ruiz-Tagle por 34% de diferencia sobre Arturo Alessandri Besa, el candidato de la UDI, fue decidor respecto de la debacle conservadora, en democracia, frente a la alternativa de la Concertación. En el 2005, el escenario parecía diferente. Si bien el gobierno laguista, compacto y consistente, elevó la evaluación del presidente saliente a niveles insospechados a la mitad de su mandato, otros factores jugaban a favor de la opción derechista: el desgaste de la coalición gobernante, los sonados casos de corrupción y negligencia concertacionista, la natural tendencia de los electorados en gobiernos democráticos hacia la alternancia. Estos y otros factores posibilitaban una victoria de Joaquín Lavín sobre una candidata mujer, ante un aparente electorado machista. Sin embargo, contra todos los pronósticos, fue al interior de la propia derecha que ocurrió la traición que imposibilitó su victoria.
Sebastián Piñera, un empresario con una ambición de poder insólita, observó con astucia que la figura de Lavín se había desgastado e intentó sacar provecho de aquello. Resulta cómico escuchar a Piñera, ahora, pidiendo a sus aliados que acepten sin chistar su opción presidencial, cuando él, en el momento que le solicitaron su adhesión en un frente común para derrotar a la Concertación luego de 16 años en el poder, hizo precisamente lo contrario. Piñera es uno de esos narcisos que abundan en la política, enamorados de sí mismos, que piden todo para ellos y no entregan nada a los otros.
La derrota aliancista se consumó y la Concertación se aseguró un cuarto gobierno consecutivo en el poder. ¿Y qué ocurrió de esa fecha a esta parte? Lejos de hacer una profunda reflexión y transformación de sus estructuras, la derecha chilena persiste en destruir sus posibilidades reales de gobernar. Sus organizaciones partidistas permanecen intactas, sobre todo en el caso de la UDI, como si su fundador, Jaime Guzmán, operara aún en el partido desde ultratumba. La democracia interna del partido sigue siendo un proyecto digno de ser reprimido desde la directiva nacional. La permanencia en sus filas de individuos como Iván Moreira, lejos de ser desincentivada, produce orgullo y conformidad. La tendencia a utilizar la descalificación personal, la ofensa pública y la denuncia sin fundamento en sus discursos desacredita cotidianamente a sus personeros más conspicuos.
Pero la lista no para ahí y, claro, Renovación Nacional pone lo suyo. Su veneración por la figura de Piñera obliga a someter al partido a una candidatura sumamente expuesta al ataque político. El sometimiento del partido hacia el empresario exhibe uno de los síntomas de la crisis en la política contemporánea, en la que los candidatos son los que eligen a los partidos según convenga a sus intereses, y no al revés.
El espectáculo cotidiano ofrendado por la derecha es lamentable. A los candidatos que vienen de su seno partidista se les traiciona y disminuye a cualquier precio, como a Pablo Longueira. A los candidatos que someten a la Alianza a un crítico predicamento y permanente conflicto se les permite todo, o casi. No se necesita estudiar ciencias políticas para darse cuenta que Piñera genera y seguramente seguirá haciéndolo un rechazo justificado y sólido entre la militancia gremialista. Quizás sea uno de los votos más duros en los próximos comicios: el voto de rechazo a uno de los empresarios más aborrecidos por sus pares.
Sorprende que los partidos de la Alianza no sometan al candidato y se sometan a él. Sorprende que no entiendan que con encuestas de metodologías y muestreos muy cuestionables no van a poder seguir inflando una candidatura destinada a perder.
Pero la derecha, principalmente la UDI, no se contenta con atacar cualquier intención de democratizar sus estructuras. También le siguen resultando incómodos los temas de derechos humanos la muerte del dictador lo evidenció-, se niega a llamar al orden a sus parlamentarios cuando persisten en sus bravuconadas, cultivan el arte de la denuncia efectista y sin fundamento, aprecian la técnica del político golpeador sin escrúpulos.
Lo ocurrido esta semana en la derecha es sólo fiel reflejo de su incapacidad para gobernarse a sí mismos, de construir verdaderos vínculos de coordinación política no gestos hacia las cámaras aparentando concordia , de proponer alternativas consistentes a las políticas instrumentadas por la Concertación. De seguir así, la derecha va camino de la inmolación, pese a los errores o faltas de los gobiernos que ellos observan con rabia e impotencia desde la vereda de enfrente.
Indispuestos para reconocer sus errores en el pasado, inútiles a la hora separarse de personeros que no construyen sino que merman, obsesivos en su rol fiscalizador y no de posible gobernante, los políticos de la derecha parecen asegurar a los chilenos del bicentenario un quinto gobierno de la Concertación. Ahora, da un poco lo mismo que el adversario sea una democratacristiana o un socialista, si es mujer u hombre. Porque, contra todas las incertidumbres del electorado, la derecha siempre va a poner de su parte para seguir manteniéndose aferrada al banco de los resentidos con la libertad y la democratización de la sociedad chilena, los nostálgicos del autoritarismo y los que aún creen que el país estará mejor si en Chile nada cambia y todo vuelve a ser como era antes. Ese antes cuando ellos sacaban beneficio de la falta de democracia.

9 de septiembre de 2007
©la nación
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