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fascista con monumento


El monumento a Guzmán
[Carlos Peña] ¿Debería asistir la Presidenta de la República a la inauguración del monumento a Jaime Guzmán? ¿Sería mejor que no fuera? El memorial -así se le ha llamado- está listo. Un espejo de agua, siluetas que se recortan, senderos que se bifurcan, un jardín a desnivel. Y a falta de cipreses, ligustrinas.
La Presidenta tomará una decisión en el momento adecuado -declaró el ministro Vidal.
Así, entonces, la pregunta está vigente: ¿debe o no asistir a esa ceremonia la Presidenta de la República?
Aparentemente, las razones para asistir sobran.
Jaime Guzmán fue un profesor claro y elocuente, un político eficaz y un líder carismático. Nunca, que se sepa, empuñó arma alguna. Prefirió las palabras. Solía tejer discursos en los que los argumentos encajaban como piezas bien bruñidas. Y la claridad de sus clases llegaba a anestesiar toda reacción crítica: algo tan claro, pensaban sus alumnos, no podía ser erróneo. Aun cuando su desempeño público en medio de un debate abierto fue más bien escaso -casi toda su vida política y universitaria se desenvolvió con opositores enmudecidos por el temor o por el castigo-, no cabe duda de que era un hombre inteligente con una profunda vocación pública.
¿Por qué entonces siquiera dudar que la Presidenta deba asistir a la inauguración de un monumento en su nombre?
La razón es tan obvia como las anteriores. Y tiene mayor peso.
Ocurre que Jaime Guzmán fue uno de los sustentos intelectuales de una dictadura que elaboró, y luego ejecutó, una política sistemática, y casi siempre inmisericorde, de violación a los derechos humanos. Nada menos. Su adhesión a ese régimen no fue ni por oportunismo ni por miedo. Tampoco es posible ver en él a alguien ingenuo y cándido que no era capaz de distinguir entre militares genuinos y violadores de los derechos humanos. Él fue solidario con la dictadura por convicción intelectual y política: creyó a pie juntillas que la democracia carecía de valor intrínseco (un simple medio, decía), que debía ser precedida por las reformas económicas (en esto su argumento era casi del marxismo clásico) y que, en cualquier caso, debía dotarse de salvaguardas y de protecciones que evitaran que las mayorías (casi siempre rendidas por la demagogia, pensaba él) hicieran su voluntad.
En lo que respecta a los derechos humanos, se movió en medio de una curiosa ambigüedad: apoyó a algunas víctimas y al mismo tiempo justificó al régimen que las castigaba; pareció comprender el dolor de quienes se acercaron a él, pero siguió apoyando con entusiasmo a la dictadura que, él sabía, torturaba y hacía desaparecer personas. Como muchos intelectuales conservadores -Guzmán fue uno de ellos- tenía misericordia, pero al mismo tiempo una rara fascinación por la fuerza militar y la violencia; creía en la responsabilidad moral por los propios actos, pero al mismo tiempo actuaba como si ella no se relacionara con la acción política.
Todas esas características de Guzmán -con las que él forjo su posición pública y labró su sitio en la memoria colectiva- impiden que la Presidenta pueda asistir a la inauguración de ese memorial.
Y es que la Presidencia de la República -cuyo capital simbólico es deber de Michelle Bachelet cuidar- es portadora de virtudes y convicciones colectivas que, desgraciadamente, riñen con la conducta que Jaime Guzmán desplegó en la parte más notoria de su vida pública.
Por lo mismo, si es comprensible que sus partidarios y amigos le rindan un homenaje y procuren perpetuar su memoria, no es razonable que lo haga la Presidenta de la República.
A ellos los motivos les sobran. Y está muy bien y es muy legítimo que los tengan.
Pero la Presidencia -la más alta institución de la República, justo lo opuesto de la dictadura que Jaime Guzmán hizo esfuerzos por legitimar- no tiene ningún motivo para homenajearlo. Hay motivos para lamentar su muerte violenta e injustificable, sin duda, pero no hay motivos para erigir su recuerdo en parte de la República.
Porque la inauguración de ese memorial con la presencia de la Presidenta hará toda la diferencia que media entre una ceremonia de recuerdo ejecutada por quienes creyeron lo que él creyó, o un acto mediante el cual Jaime Guzmán comienza a ingresar al panteón de la República.
La Presidenta dirá.
Y por supuesto nada de lo anterior tiene que ver con la reconciliación o la condena de su asesinato. Es simplemente que negar el pasado -lo que cada uno hizo o dejó de hacer ayer- equivale al absurdo de querer saltar fuera de la propia sombra.

12 de octubre de 2008
©el mercurio
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