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horror en noruega


El asesinato de inocentes refuerza la necesidad de una Europa tolerante. Editorial del New York Times.
Compartimos el pesar y el dolor de los noruegos y lloramos a las 76 personas asesinadas en la masacre cometida por Anders Behring Breivik. Él, y sus cómplices, si los tuvo, deben ser castigados con el máximo rigor que permita la ley.
Breivik es un extremista anti-musulmán que, dijo su abogado, realizó los atentados para "salvar" a Noruega y Europa Occidental del "marxismo cultural y dominación musulmana". Sus odiosos actos -un atentado con coche bomba contra edificios gubernamentales y múltiples asesinatos en un campamento juvenil del Partido Laborista- no lo distinguen de los yihadistas.
Los noruegos se hacen preguntas que exigirán respuestas directas de su gobierno. ¿Por qué no prestaron las autoridades más atención al peligro del terrorismo de extrema derecha? De acuerdo al manifiesto de quinientas páginas de Breivik, pasó una década planificando los ataques. Y ¿por qué demoró la policía tanto en responder a los llamados desde el campamento juvenil?
Hay un problema todavía mayor: la creciente e inquietante intolerancia hacia los musulmanes y otros inmigrantes de África, Asia y el Medio Oriente, en toda Europa. La retórica política incendiaria es cada vez más tolerada. Y los partidos anti-inmigrantes y anti-musulmanes son cada vez más fuertes, especialmente en países de Europa del Norte que han tenido durante largo tiempo políticas de inmigración liberales.
Los individuos son responsables de sus actos. Pero son influidos por el debate público y por el grado en que en ese debate ciertas ideas se hacen aceptables. En Europa, incluso políticos tradicionales, incluyendo al primer ministro británico David Cameron, a la canciller alemana Angela Merkel y al presidente francés Nicolás Sarkozy han sembrado dudas por la capacidad, o incluso voluntad de Europa en lo que se refiere a la absorción de nuevos inmigrantes. El multiculturalismo "ha fracasado terriblemente", dijo Merkel en octubre pasado.
Breivik parece haber sido influido profundamente por un pequeño grupo de blogueros y escritores estadounidenses que vienen advirtiendo desde hace años sobre la presunta amenaza que supondría el islam para la civilización occidental. Su tendencia a retratar a los musulmanes que respetan las normas con la misma brocha con que representan a los extremistas es repugnante. Deben denunciar rotundamente la depravación de Breivik.
En una democracia, los ciudadanos pueden diferir sobre las políticas de inmigración. Es la responsabilidad de los líderes políticos -en Europa y en este país- garantizar que el debate sea abierto, honesto y respetuoso, que incluya a todos los miembros de la sociedad y que rechace los estereotipos odiosos. El mejor modo de castigar a Anders Behring Breivik, y de respetar la memoria de sus víctimas, es asegurarse de que Europa no sea nunca el lugar xenófobo que pretendía.
28 de julio de 2011
25 de julio de 2011
©new york times
cc traducción mQh

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