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apartan a fiscal que investigaba al das


La salida repentina de la ’Fiscal de Hierro’, Ángela María Buitrago, deja varios casos claves en el aire: el Palacio de Justicia, Jorge Noguera, Guillermo Valencia Cossio y Ciro Ramírez, entre otros. El fiscal general encargado, Guillermo Mendoza, fue criticado por su decisión de pedirle la renuncia a la fiscal delegada Ángela María Buitrago.
Colombia. La última semana de julio, Ángela María Buitrago, fiscal delegada ante la Corte Suprema, tomó dos decisiones sensibles: llamó a indagatoria a tres generales retirados e imputó cargos contra el ex vicepresidente Francisco Santos y el ex asesor presidencial José Obdulio Gaviria. En el primer caso, la Fiscalía investiga la responsabilidad de los generales Jesús Armando Arias Cabrales, Rafael Hernández y Carlos Alberto Fracica en la presunta ejecución extrajudicial del magistrado Carlos Horacio Urán en los hechos del Palacio de Justicia. En el segundo proceso, Buitrago encontró méritos para hacerle una imputación a Santos y a Gaviria por calumnia. Ellos habían acusado a unos sindicalistas de ser auxiliadores de la guerrilla.
El pasado martes, sin previo aviso, Buitrago se enteró de que esos dos procesos habían sido reasignados a otro fiscal. Fue una decisión un poco sorprendente: en la justicia colombiana no hay persona alguna que conozca más en detalle los episodios del Palacio de Justicia que la fiscal Buitrago. Unos meses antes había logrado la condena del coronel retirado Alfonso Plazas por desaparición forzada, y acababa de acusar ante la Corte Suprema al general retirado Arias Cabrales por los mismos hechos. La investigación sobre la muerte de Urán contiene hoy 20.000 folios y más de 2.000 horas de grabaciones.
El miércoles por la noche, el fiscal general encargado, Guillermo Mendoza, quien había pedido la renuncia a todos los fiscales delegados ante la Corte Suprema, aceptó la de Buitrago. Dijo a los medios que la salida de la Fiscal se debía a falta de diligencia de ella en más de 50 procesos. La noticia causó revuelo, ya que Buitrago era una de las estrellas de la entidad, apodada incluso por algunos como ’la Fiscal de Hierro’. Por esa reputación le habían asignado varios de los procesos más complicados. Además del Palacio de Justicia, que hasta que llegó Buitrago estaba relegado al cuarto de San Alejo de investigaciones inconclusas, la Fiscal estaba encargada del proceso contra Guillermo Valencia Cossio, hermano del entonces Ministro del Interior; del caso contra el ex director del DAS Jorge Noguera por vínculos con paramilitares y asesinatos de sindicalistas, y del juicio por narcotráfico contra el ex senador Ciro Ramírez.
La decisión de Mendoza ha generado varios interrogantes. Para empezar, SEMANA conoció que hace menos de un mes a Buitrago le reasignaron tres procesos más para descongestionar el trabajo de otro fiscal. No parece lógico que apenas unas semanas después la sacaran por ineficiente. Segundo, aunque ningún funcionario es indispensable, cambiar a un fiscal en la mitad de procesos tan complejos como los de Noguera, el Palacio y Valencia Cossio no favorece los intereses de la Fiscalía, ya que el reemplazo queda en desventaja frente a los defensores. En el de Noguera, por ejemplo, en el que hay 12.000 folios, el nuevo Fiscal debe presentar su alegato a finales de septiembre. Igual ocurre con el caso que se adelanta contra Valencia Cossio, cuya audiencia se reanuda este lunes.
Si bien los cambios de fiscales son de la discreción de Mendoza, nadie entiende el afán con que procedió, más aún cuando la Corte Suprema podría, en las próximas semanas, elegir un Fiscal General en propiedad.
5 de septiembre de 2010
4 de septiembre de 2010
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la tierra prometida


Juan Manuel Santos quiere reversar la contrarreforma agraria que el narcoparamilitarismo desató en los últimos 20 años. Si lo logra, pasará a la historia.
Colombia. Cuando Juan Manuel Santos, en su discurso de posesión, dijo que las tierras van a regresar a manos de quienes "de verdad las trabajan con vocación y sudor", muchos interpretaron esta frase como un recurso retórico para adornar su primera alocución presidencial. Hoy, un mes después de ese lluvioso día en la Plaza de Bolívar, todo indica que la cosa va en serio. Pero el gran interrogante es si es posible solucionar un problema como el de la tierra en Colombia, que por su complejidad histórica, política y jurídica se ha convertido en un reto imposible hasta la fecha.
De las muchas reformas estructurales que el gobierno tiene en la agenda, todas muy importantes y urgentes, la ley de tierras es quizá la única que puede partir la historia en dos. Así como Álvaro Uribe para convertirse en el adalid de la seguridad tuvo primero que apaciguar las carreteras del país, Juan Manuel Santos sabe que no es posible la prosperidad que ha prometido sin hacer un milagro en el campo.
Y es que el tema de quién tiene derecho a la tierra es quizá el más importante de resolver en Colombia. El país ya va a completar un siglo viendo cómo se repite, cada 20 años, la misma letanía: la tierra como el epicentro de alguna forma del conflicto. En 1920, por ejemplo, eran apenas luchas agrarias en el centro del país. Pero 20 años después, en esos mismos lugares donde se había sembrado el descontento, germinaron los primeros brotes guerrilleros. Y en la década de los 60, en el documento que sirvió de partida de bautismo de las Farc, de lo único que se hablaba era de reforma agraria. La tierra también se convirtió en botín estratégico para los carteles del narcotráfico de los años 80, que las usaban como corredores de tráfico o para lavar dineros calientes y como símbolo de estatus. Y los paramilitares no solo nacieron para defender a los latifundistas del azote de la guerrilla, sino que a comienzos de este siglo decidieron tomarse para sí toda finca que se topaban en el camino.
Cada nuevo conflicto por la tierra parece mutar a fenómenos de violencia más crueles y complejos. En los últimos 30 años, el narcoparamilitarismo desencadenó a sangre y plomo una contrarreforma agraria que anuló todo el esfuerzo que en materia de tierras se había hecho unas décadas antes. Colombia es cada vez un país más desigual: se duplicó el porcentaje de la tierra en poder de grandes hacendados, y el despojo de los suelos hizo que los desplazados colombianos se convirtieran en una de las crisis humanitarias más graves del planeta. Eso en números es escandaloso: las fincas de más de 500 hectáreas que hace 20 años ocupaban el 32 por ciento de la tierra útil hoy ocupan el 62 por ciento y pertenecen a no más del 4 por ciento de los propietarios; y, del otro lado, uno de cada cuatro campesinos fue expulsado de su terruño -según las cifras de un estudio que presentó hace dos semanas la investigadora Ana María Ibáñez en la Convención Bancaria- y el destierro lo convirtió en un indigente en los cordones de miseria de la ciudad.
Algunos economistas neoliberales podrían argumentar que esa estructura no necesariamente es mala per se, porque para que la agroindustria se convierta en motor de desarrollo necesita contar con grandes extensiones de tierras. Pero ese supuesto tiene dos problemas en Colombia: el primero es que, según cálculos de Luis Jorge Garay, el 35 por ciento de los predios más ricos para el agro son propiedad de capitales de dudosa procedencia, y el segundo es que la agricultura se coronó como la cenicienta de la economía con el desempeño más pobre en la última década. Como dijo Alejandro Gaviria en su columna de El Espectador, "más parece un vagón de tercera clase que una locomotora", como la ha denominado el gobierno.
Ese estado de cosas es aún más dramático si se tiene en cuenta que intentos de resolver el problema de las tierras no han faltado. Desde Alfonso López Pumarejo, quien en 1936 desafió con su Revolución en Marcha a los terratenientes con el concepto hasta hoy vigente de que la tierra tenía una función social, hasta otros mandatarios de estirpe liberal, como Alberto Lleras, Carlos Lleras y Virgilio Barco, que a su manera trataron de poner a funcionar, con mediano o ningún éxito, la locomotora agrícola. Casi siempre, los terratenientes terminaron atravesándose y frenando en seco las reformas, como ocurrió, por ejemplo, con el acuerdo de Chicoral de 1973.
Las buenas intenciones, y sus muchos o pocos logros, se desmontaron de manera definitiva en los últimos 20 años con la contrarreforma agraria que a sangre y plomo impusieron los paramilitares. Un experto en el tema, Absalón Machado, es contundente: "Los intentos de hacer reforma agraria han sido un fracaso. Como Colombia no ha resuelto el problema de control de la propiedad, la idea de tener tierras es un elemento de poder. La tierra aquí tiene una carga feudal muy grande. Y si lo hubiéramos resuelto antes, tal vez nos habríamos ahorrado la violencia de 40 años".
El gobierno de la seguridad democrática de Álvaro Uribe le dio prioridad a erradicar la insurgencia en el campo más que a distribuir equitativamente su propiedad. Por otra parte, la apuesta de aumentar la confianza inversionista a través de estímulos a la inversión se tradujo en dos de los escándalos más sonoros de su mandato: el de Agro Ingreso Seguro y el de Carimagua, en el cual fincas destinadas a los desplazados casi acaban en manos de los empresarios palmeros. Por otra parte, el Incoder se convirtió en otra olla podrida, ya que desde su creación, en 2003, se infiltraron los paramilitares. La entidad terminó por entregar las tierras, no a los campesinos, sino a personas con órdenes de captura.
Es toda una paradoja: Colombia, en sus 200 años de historia, no ha logrado hacer una reforma agraria sostenida en el tiempo, y en solo tres décadas sufrió una contrarreforma de inmensas proporciones.

¿En Qué Consiste la Reforma?
El gobierno de Juan Manuel Santos parece haber entendido la dimensión del problema y ha decidido dar un viraje radical. Ha puesto a trabajar a sus mejores ministros en el tema. Juan Camilo Restrepo, de Agricultura, lleva la batuta, y lo apoyan Juan Carlos Echeverry, de Hacienda; Germán Vargas, del Interior, así como los directores de Planeación, Hernando José Gómez, y de Acción Social, Diego Molano.
El presidente presentó la reforma el viernes pasado, en Barrancabermeja. Con un emotivo discurso, en el que evocó al legendario ‘Siervo sin tierra’, de Eduardo Caballero Calderón, dijo que la ley de tierras "es el mejor programa de paz".
El eje central de la política es el capítulo de restitución de tierras a las víctimas. Este será radicado en el Congreso, a más tardar este martes, como parte del proyecto de ley de víctimas (como quiere el Partido Liberal) o como un proyecto independiente de ley de tierras (como quiere el Partido Conservador).
La meta que se ha propuesto el gobierno es ambiciosa: devolver dos millones de hectáreas a las víctimas del destierro en los últimos 20 años. Eso equivale a una franja de terreno casi del tamaño de Cundinamarca. El dato, como dice uno de los arquitectos de la reforma, es "al ojímetro", porque los investigadores no se han podido poner de acuerdo: algunos, como Garay, hablan de 5,5 millones de hectáreas usurpadas, y otros, como Ibáñez, de 1,2 millones de hectáreas, avaluadas en un billón de pesos.
La gran innovación de la futura ley es que contiene una fórmula, que parece inteligente pero no será fácil, para poner al descubierto a los testaferros de narcotraficantes, guerrilleros y paramilitares, quienes negocian con las tierras mientras sus jefes están en cárceles en Estados Unidos o en la selva. El trabajo será titánico pues no hay nada más difícil que probar judicialmente el testaferrato, y a eso se suma que muchos de los campesinos desplazados ni siquiera tienen título de propiedad.
Lo primero que tendrá que hacer el Ministerio de Agricultura es unificar varias bases de datos que hoy existen, para contar con un gran sistema de información catastral que permita determinar, dentro de lo posible, quién era el dueño de cada predio hasta 1991. De esta forma, cuando un desplazado se acerque al Ministerio a reclamar su finca, se compara con los datos del sistema, y si en efecto lo despojaron de sus tierras, el gobierno le entregará un certificado que lo acredita como tal. Con ese certificado se podrá acercar a la jurisdicción de tierras, un nuevo cuerpo de magistrados que se creará especialmente para tratar los problemas de la restitución agraria.
Contrario a lo que ocurre hoy, al campesino no le tocará demostrar que él es el dueño, ya que la nueva ley contempla que la carga de la prueba quede invertida de tal suerte que sean los actuales tenedores o propietarios los que tendrían que demostrar que no participaron del despojo. Si el actual tenedor no logra probar de forma convincente su derecho a la propiedad, el magistrado ordenará la restitución de la tierra al despojado y se la titulará. Y en caso de que el actual ’dueño’ de la finca vaya a pleito y demuestre que no era un testaferro sino un tercero de buena fe, el magistrado ordenará indemnizarlo y el pago se hará con TES de deuda pública.
La fórmula no es nada fácil de aplicar. Es como si Colombia se devolviera en la máquina del tiempo hasta 1991, dejara tal cual la propiedad de la tierra como estaba en ese momento, y así hacer caso omiso de las consecuencias del conflicto y tratar de reparar los daños que hicieron durante este periodo los señores de la guerra, ya sean de izquierda o de derecha, en el campo. Una medida de la dificultad que enfrenta el gobierno es que en cinco años de la Ley de Justicia y Paz, del más de millón de hectáreas que se le atribuye al despojo paramilitar solo han entregado 21.000.
En el lanzamiento de este ambicioso proyecto, el viernes pasado, en un acto simbólico el presidente Santos entregó 400 hectáreas, que había devuelto Macaco, a 40 familias que hacen parte del laboratorio de paz del Magdalena Medio.
Lo anterior es, sin embargo, solo uno de los capítulos de la política de tierras del gobierno de Juan Manuel Santos. Hay otros no menos importantes. El segundo es el de extinción de dominio. El Estado ha fracasado en la aplicación de esta figura a pesar de llevar tres lustros ensayándola: 789.000 hectáreas han sido decomisadas; pero por falta de pruebas la tercera parte ha tenido que ser devuelta a quienes se las habían incautado, y es tal el desorden que otra tercera parte no se sabe en manos de quién está en la actualidad. Solo se ha logrado extinguir definitivamente el dominio de 100.000 hectáreas, y de ellas solo 15.000 se han entregado a desplazados. Es decir, de casi 800.000 hectáreas, solo el 2 por ciento ha llegado a manos de los campesinos.
El tema de extinción ha estado a cargo del ministro del Interior, Germán Vargas, quien le ha pedido al ex ministro de Justicia Carlos Medellín que diseñe el proyecto. La idea inicial sobre la que están trabajando es que los trámites se agilicen o que el Estado compre -también con TES- las 330.000 hectáreas que aún hoy están atascadas en el trancón judicial, para ponerlas en la bolsa de tierras. A esa bolsa también van a ir a parar otras 650.000 hectáreas que hoy están en poder del Ministerio de Agricultura. Todas, en teoría, serán devueltas a víctimas, y también entregadas a campesinos pobres.
El tercer gran tema de la política del gobierno es formalizar 1,2 millones de predios rurales que hoy no tienen papeles de propiedad y suman más de 6 millones de hectáreas. Se trata de un ejercicio de titulación masiva, como el que se dio en la época de López Pumarejo. El esfuerzo va a ser también monumental si se tiene en cuenta que todavía hay oficinas de registro en el país que no tienen computador. Pero es una tarea urgente, porque la informalidad en el campo es tan grande que abona el terreno para que los violentos se sientan como Pedro por su casa.
El cuarto capítulo de la política va a tocar el bolsillo de los terratenientes. Se trata de la modernización que el gobierno quiere hacer del impuesto predial en el campo. Es muy diciente que del total del avalúo catastral del país, que asciende a 500 billones de pesos, el de Bogotá pesa 200 billones y el de todo el sector agrario apenas 70 billones. Hoy algunos dueños de tierras pagan una tarifa de uno por cada 1.000 pesos del valor catastral. Sin embargo, en este gobierno, en las discusiones preliminares sobre el tema, se ha mencionado una tarifa mínima de cuatro por 1.000 y hasta de 16 por 1.000 para predios improductivos. Y eso que parece sencillo es un chicharrón no menos complicado que los anteriores, dado el poder que ha tenido tradicionalmente en el país la clase terrateniente. Hay un dato interesante: la tarea de modernizar la estructura tributaria del agro fue una de las metas que le puso hace 60 años el Banco Mundial a Colombia, cuando vino su primera misión al país encabezada por Lauchlin Currie, pero ningún presidente se ha atrevido a cumplirla.
Los otros dos capítulos de esta cruzada tienen que ver con la organización del uso que se le debe dar la tierra en Colombia y cómo hacerla más productiva. En el país hay 114 millones de hectáreas, y de ellas, más de la mitad, 65 millones, fueron declaradas hace medio siglo zonas de reserva. Pero a hoy, con el paso del tiempo y de los sembrados de coca, en la práctica han dejado de ser reserva 14 millones y se van a excluir de esa calificación 6 millones más. Esto quiere decir que el país amplía su frontera agrícola, y lo que busca el gobierno Santos es dejar esos límites claros y sellar definitivamente las selvas y otras reservas, para que el país no siga perdiendo su patrimonio ambiental.
¿Y cómo hacer más productiva esta mitad del país compuesta por tierras útiles agropecuarias? Ese es, para expertos como el presidente del Partido Liberal, Rafael Pardo, uno de los grandes desafíos de este gobierno. Hay que darle, literalmente, un revolcón al campo. La idea del ministro Juan Camilo Restrepo es que la tierras dedicadas hoy al ganado se reduzcan a la mitad. En la actualidad son 38 millones de hectáreas, y la meta sería reducirlas a 20. Por otra parte, el Ministro aspira a que las tierras dedicadas a la explotación agrícola se multipliquen por cuatro, pasando de 5 millones de hectáreas a 20 millones.
Todas estas metas tendrán como parámetro de comparación los resultados obtenidos en materia de reforma agraria en el pasado. Durante el primer gobierno de López Pumarejo, hace 75 años, cuando el país era esencialmente feudal, se alcanzaron a titularizar 60.000 hectáreas por año. Por otra parte, la Ley 160 de 1994, expedida al final del gobierno de César Gaviria, y otras reformas produjeron entre 1994 y 2002 la redistribución de alrededor de 600.000 hectáreas. En el gobierno de Uribe, se calcula que se entregaron 66.000 entre subsidios y tierras.

Los Enemigos
El tamaño de la cruzada es tal que se corre un considerable riesgo de fracasar en el intento. Solo conseguir la información, que está dispersa y en algunas oficinas apenas es parcial, será una tarea de una enorme dificultad, y más si el propósito es hacerla de manera rápida. Devolverles esas tierras a campesinos injustamente despojados implicará conflictos jurídicos monumentales que requerirán, para desenredarse, una gran voluntad política.
No va a ser fácil, sin ir más lejos, su tránsito por el Congreso. Como dijo un experimentado senador, "una gran mayoría de los congresistas son representantes de ganaderos y terratenientes". El primer pulso se verá en la Comisión Quinta, a la que le corresponde discutir los temas de tierras.
Los aspectos legales pueden llegar a ser la mayor barrera. La figura que se tiene que aprobar es una especie de expropiación, que si bien se fundamenta en la utilidad social, también puede entrar en choque con otros pilares del Estado de derecho, como la presunción de buena fe, el respeto a la propiedad privada y la seguridad jurídica. En lo que se refiere a títulos de propiedad, en Colombia no todo es blanco o negro. Cada situación es diferente y se encontrarán muchos casos en los que no habrá claridad, y aunque un campesino despojado demuestre que era tenedor de un predio antes de 1991, no se le va a poder incautar ese predio al actual tenedor. En esos casos, el gobierno tal vez recurra, como lo ha sugerido, a llegar a un acuerdo y buscar otras opciones para reubicar a esas familias desplazadas.
Son tan grandes todos los problemas enumerados anteriormente que el enfrentamiento con los grandes jefes paramilitares que produjeron el desalojo es importante, pero no es el mayor desafío. La mayoría de ellos están recluidos en cárceles y su poder no es el que tenían cuando le estaban ganando la guerra a la guerrilla. Esto no significa, sin embargo, que no vaya a haber violencia en el proceso. El gobierno parece tenerlo muy claro. Los asesinatos y las intimidaciones contra quienes quieren recuperar su terruño son el pan de cada día. No solo Mancuso, Macaco, Don Berna y compañía matan en Colombia. También lo hace la nueva generación de bandas emergentes que se han quedado con muchas de esas tierras.
Un ejemplo macabro de este fenómeno es el caso de ’Colombia’, un hombre al que en diciembre pasado el Estado le devolvió las 38 hectáreas donde los paramilitares habían matado a su hermano y a su papá. No valió ni siquiera que el entonces vicepresidente Francisco Santos les hiciera saber a quienes lo habían despojado que el gobierno estaba muy pendiente de la suerte de ’Colombia’. En mayo pasado lo mataron, y mes y medio después el alcalde encargado de Necoclí firmó un acta de devolución de las tierras al personaje a quien se creía que el Vicepresidente había dirigido su advertencia. En ocho años han matado a 45 líderes de grupos de víctimas. El ministro Juan Camilo Restrepo ya se reunió con el cuerpo de generales para pedirles protección.
El panorama es bastante áspero. Pero también es cierto que las verdaderas revoluciones son las que todos consideran imposibles. Y es ahí donde aparecen los líderes que, contra viento y marea, las saquen adelante. El principal factor a favor de esta histórica propuesta es la voluntad férrea de hacerlo que tienen el presidente Santos y su ministro Juan Camilo Restrepo. Los dos están jugados. No están apostando al aplauso de sus contemporáneos sino a su puesto en la historia. Cuentan por ahora con la enorme popularidad que rodea al gobierno en esta etapa de luna de miel. Pero nada acaba una luna de miel más rápido que un gobierno reformador, y eso es precisamente lo que quiere ser Juan Manuel Santos.
Si lo logra, pasará a ser uno de los grandes transformadores del país. Con una verdadera reforma agraria Colombia podría cerrar heridas que tiene abiertas desde la época de la Independencia. En términos más contemporáneos, será una oportunidad para saldar la deuda moral con las víctimas del conflicto armado, y al mismo tiempo dará un salto importante en la búsqueda de la equidad. Pero sobre todo, puede hacer que se acabe esa división que ha existido en Colombia desde hace 200 años: una Colombia urbana, moderna, tolerante y productiva, y otra Colombia rural atrasada, paupérrima y olvidada, donde aún se dan comportamientos de la Edad Media.
5 de septiembre de 2010
4 de septiembre de 2010
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limpieza social del capo uribe


columna de lísperguer
Falsos positivos desmienten y tiñen política de seguridad de ex presidente Uribe.

Se estima en más de 5 mil los civiles asesinados para ser presentados como guerrilleros caídos en combate. El relator de la ONU definió esta campaña de asesinatos como un esfuerzo sistemático del ejército colombiano. Se trata no sólo de aumentar falsamente las bajas enemigas (la recompensa es de 2 mil dólares por cabeza, a cambio de cabeza o manos), sino además de eliminar a las personas que el gobierno considera que pertenecen a grupos inútiles: vendedores ambulantes, jóvenes desempleados, delincuentes juveniles, homosexuales, minusválidos. Es una campaña de limpieza social y forma parte de los planes preventivos en la estrategia del gobierno. En la fosa de La Macarera hay 2.200 víctimas. No son guerrilleros caídos en combate sino civiles con las manos amarradas a la espalda. La presión internacional es fundamental para terminar con esta insensata carnicería. Es vergonzoso que Piñera haya alabado la política de seguridad del sanguinario Uribe.

lísperguer

protestan por posible degradación


Como una "oportunidad de entendimiento" definen asistencia de militares en retiro a Comisión de Derechos Humanos. Pinochetistas asustados por proyecto de degradación. Podrían perder sus pensiones.

Valparaíso, Santiago. La diputada María Angélica Cristi (UDI), gestora de la iniciativa, señaló que la concurrencia del grupo de ex uniformados sirvió para conocer las inquietudes de este sector, que nunca había concurrido a la instancia parlamentaria.
Como "un hecho inédito" definió la diputada de la Unión Demócrata Independiente (UDI), María Angélica Cristi, la participación de un grupo de militares y carabineros en retiro en una sesión de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara.
"Hoy, en un acto inédito, la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara recibió a un grupo de generales en retiro de las Fuerzas Armadas y Carabineros", dijo la diputada, quien destacó que "para algunos diputados esta fue la primera vez que escuchaban la versión del otro lado".
En este sentido, la parlamentaria enfatizó que "fue una sesión muy contundente, seria y emotiva en que se planteó la voluntad de seguir conversando", por lo que valoró "la oportunidad de entendimiento que tuvimos".
"Creo que fue una muy buena instancia que nos permite dar un paso para tratar de entender mejor lo que el pasado significó para cada uno", afirmó.
La diputada Cristi precisó que los ex uniformados concurrieron a la instancia para plantear su postura respecto a un proyecto presentado para degradar a los militares sentenciados por delitos de lesa humanidad.
Al respecto, la parlamentaria sostuvo que "no sólo se planteó la inconstitucionalidad de este proyecto sino también que se trata de un proyecto innecesario porque en Chile no ha habido delitos de lesa humanidad". Fundamentó aquello explicando que "el delito de lesa humanidad consiste en que una institución armada se organice para atacar a una población civil, tiene que ser un acto absolutamente predeterminado".
Por otro lado, la diputada argumentó que este tipo de iniciativas "puede afectar el alma de las instituciones porque para un oficial ser degradado es lo peor que le puede pasar, puede ser preferible la muerte. O por temor a este castigo podría inhibirse la acción de militares o carabineros frente a distintas ocasiones".
5 de septiembre de 2010
1 de septiembre de 2010
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memorial de los dddd en quintero


Se trata de 119 personas que fueron lanzadas al mar, en 1974, en la llamada Operación Colombo. En la caleta de pescadores donde se levantó el monumento, se encontraron en 2004 rieles y restos de ropa, determinando el juez Guzmán que habían sido utilizados para amarrar los cuerpos de los asesinados.

[Quintero, Chile] [Silvia Pino] Cerca de 300 familias de detenidos desaparecidos se reunieron este mediodía en la caleta El Manzano de Quintero, para presenciar la inauguración del memorial que ahí se construyó, para recordar a las 119 personas cuyo rastro se perdió el 24 de julio de 1974, en la llamada Operación Colombo.
En el lugar se instalaron tres rieles en posición vertical, proyecto que fue impulsado por el Centro Cultural 119 Esperanzas -que reúne a los familiares de los aludidos- y cuyo costo ascendió a los $ 40 millones.
Edita Castro Salvadores, presidenta de la Agrupación de Detenidos Desaparecidos de los 119, quien perdió a su hija y a su yerno, manifestó emocionada que esta obra se hizo para las futuras generaciones, a fin de que "nunca más en este país ocurra una cosa así, porque lo peor que pudieron hacer fue no entregarnos sus cadáveres", afirmó.
A su vez, el alcalde de Quintero, José Varas,  agradeció a los pescadores de la caleta por haber cedido dicho espacio para el memorial, el que "será un punto de reflexión para los habitantes y visitantes de la comuna", argumentó.
 En la jornada participaron músicos como Jorge Yáñez, Pedro Foncea, Jorge Coulon y el payador Manuel Sánchez. Cabe mencionar que la ubicación del memorial se justifica porque fue allí donde un buzo del sector halló cuatro rieles -con pedazos de tela y un botón- en el año 2004. Éstos, según la investigación del ex juez Juan Guzmán, eran utilizados para impedir que los cuerpos salieran a flote tras ser lanzados desde los helicópteros.
5 de septiembre de 2010
©la tercera
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miseria y abandono en zona mapuche


Conflicto mapuche: Informe descarta "zona de guerrillas" o "militarización". El documento de organismos de inteligencia sostiene que la causa principal del problema es el "abandono, aislamiento, frustración y pobreza" del pueblo indígena, y el no respeto a "sus tradiciones, cultura y esencia".
[Chile] [Jorge Escalante] Un detallado informe de inteligencia sobre la actual situación del pueblo mapuche -realizado durante el último gobierno de la Concertación- estableció que el origen del problema no corresponde a una "militarización" o "zona de guerrilla" del área en conflicto, sino al estado de "abandono, postergación y frustración" de este pueblo desde décadas. El informe sostiene que, debido a ello, "las comunidades mapuche pertenecen al sector más desvalido del país, no por su carácter indígena, sino por la realidad en que se encuentran insertos".
De esta manera, el documento determinó que el actual conflicto indígena está creado principalmente por "los niveles de pobreza y el bajo nivel socioeconómico en el que vive un número importante de indígenas en la zona sur oeste de la Región del Biobío, Región de la Araucanía, y el borde costero desde la Región del Biobío hasta la Región de Los Lagos".
Una de las conclusiones del dossier consignó expresamente que si bien el conflicto actual por la reivindicación de las tierras indígenas existe y está en desarrollo, "no se puede hablar de una zona de guerrilla o militarizada donde no impera el Estado de derecho", pues se sostiene que "el problema sólo está radicado en una zona cuantitativamente menor en relación a la superficie del territorio nacional".
Ante este escenario, el informe de 48 páginas dice que, para hacerse escuchar, el pueblo mapuche ha debido ampararse en "la problemática de la tenencia de la tierra, la falta de respeto a sus tradiciones, a su cultura y a su esencia", constituyéndose ellos en los argumentos para "poder cambiar su actual condición de aislamiento y estado de precariedad".
El análisis continúa expresando que las condiciones de vida de la etnia mapuche "es un conflicto latente", entre otras razones, porque las comunidades indígenas probaron que no requieren de conglomerados políticos para plantear sus reivindicaciones. Sin embargo, se comprobó que el movimiento indígena cuenta con el apoyo y simpatía de "prestigiosas organizaciones no gubernamentales nacionales e internacionales, que no sólo respaldan sus exigencias sino que, además, las fomentan tanto monetaria como intelectualmente".
El extenso documento no conocido hasta ahora públicamente al cual accedió LND, estaba empezando a ser analizado por el Ministerio Secretaría General de la Presidencia del gobierno de Michelle Bachelet, con el fin de reorientar y potenciar su trabajo respecto del conflicto mapuche. En la confección de este informe participaron organismos de inteligencia.

"Engaño" y DL 2568
El dossier manifiesta que a partir de la llamada "Pacificación de la Araucanía" -proceso militar iniciado en 1861-, ante la que "estos pueblos lograron mantener sus particularidades", la comunidad indígena comenzó a ser víctima, "a través de los años, de un verdadero engaño por sus tierras ancestrales".
Destaca el documento que, no obstante, en los gobiernos de Eduardo Frei Montalva (1964-70) y Salvador Allende (1970-73) mediante el proceso de reforma agraria, se entregaron al pueblo mapuche 3,5 millones de hectáreas durante el primero y 6,5 millones de hectáreas bajo el segundo.
Pero el régimen militar "anuló y se dejó sin efecto" esta entrega de tierras, resolviéndose, por el contrario, mediante el Decreto Ley 2.568 de 1979 "la división de las comunidades indígenas" que buscó "eliminar totalmente el régimen de tenencia comunitaria de tierras".
Como resultado de esta división de las comunidades indígenas "impuesta por el gobierno militar", el informe establece que "grandes multinacionales como Shell, Mitsubishi y otras, además de algunos capitalistas chilenos, compraron gran cantidad de tierras a las comunidades mapuche".

Grupos "Anárquicos"
Pero el informe también advierte que todo lo señalado acerca de la situación de abandono y discriminación en la que se encuentra el pueblo indígena desde hace décadas y por lo cual mantiene su lucha, "hace propicio el resurgimiento de grupos anárquicos fuera de la ley en contra del actual sistema económico, que buscan retomar viejas consignas y luchas pretéritas pretendiendo involucrar a grupos étnicos para mantener activos sus principios antisistémicos".
Y recomienda no desatender las características del conflicto, "que claramente podría constituir un elemento de vulnerabilidad de nuestra seguridad nacional, afectando el orden interno y tranquilidad pública del país, a través de diversos llamados a transgredir el ordenamiento jurídico que han efectuado los dirigentes del movimiento".
Se advierte a las autoridades no despreocuparse del curso del conflicto y sus soluciones, porque a través de él se ha pretendido "no sólo limitar, sino también vulnerar el derecho de propiedad consagrado por la Constitución", con claras manifestaciones de "extrapolar el conflicto local al plano nacional, incluso con la participación de elementos foráneos".

Rectificar el Trabajo
El informe advirtió a las autoridades del pasado gobierno responsables en esta materia acerca de "inquietarse" por el "paradigma de perezosos con que se suele motejar a los pueblos originarios". Y con el fin de reducir el nivel del conflicto actual para "restablecer el clima de normalidad en la zona", propuso "la generación de mejores condiciones que lleven aparejados la creación de empleos, otorgando acceso a las comunidades a diferentes servicios, como salud, comunicaciones, transporte" y otras mejoras que permitirían la creación de "desarrollo, riqueza colectiva, bienestar general y seguridad para esta zona".
Todo ello, dice el informe, sólo puede convertirse en realidad si "se rectifican los proyectos de inversión actuales, que dejan de manifiesto la ineficiencia de los programas en curso y la necesidad de redistribuir y reorganizar los programas y proyectos, despolitizando el conflicto y haciendo comprender a los implicados la necesidad imperiosa de una real integración".
5 de septiembre de 2010
©la nación
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por qué matan a inocentes en colombia


La política cazaguerrilleros que mata inocentes. Desde el 2008 cadáveres de jóvenes pobres, vagabundos y dirigentes sociales empezaron a ser desenterrados en Colombia. Habían sido vestidos con uniformes de guerrilleros y los militares cobraban días libres o dinero por ellos.
[Mauricio Becerra] Colombia. Jacqueline esperaba salir de vacaciones para compartir con su hermano Jaime Castillo. Ambos vivían en Bogotá en agosto del 2008 y sólo alcanzaban a compartir cuando Jaime la esperaba en la esquina de su casa de madrugada y la acompañaba a coger el bus para llegar temprano al trabajo.
Acostumbrada a la vida diletante de Jaime, pasaban semanas sin verse. Ella lo aconsejaba y a veces le daba dinero; él le dibujaba imágenes de Cristo y le regalaba guitarras de madera para que adornara su hogar. Pero cuando por fin Jacqueline salió de vacaciones, Jaime llevaba días desaparecido. Una mañana había llamado para ir a almorzar a Gloria, su hermana menor, pero nunca llegó.
Jacqueline pasó sus vacaciones entre Medicina Legal y el CTI (Cuerpo Técnico de Investigación) colombiano viendo fotos de los cadáveres que llegaban, mientras por las noticias de la televisión mostraban la extraña desaparición de 11 jóvenes de Soacha, localidad al sur de Bogotá, cuyos cuerpos fueron apareciendo en Ocaña, poblado ubicado al norte de Santander, enterrados como NN en fosas y vestidos como guerrilleros.
En su ir y venir buscando a Jaime, la investigadora asignada del CTI le dijo que pidiera las fotos de los NN de Ocaña en Medicina Legal. Entre los muertos de Soacha había sólo uno entre 40 y 45 años. La funcionaria que la atendió tomó los datos, los digitó en el computador y Jacqueline vio en una pantalla el rostro de su hermano muerto. Era el 7 de octubre del 2008.
La versión del Ejército decía que Jaime murió junto a otro sujeto el 12 de agosto luego de entrar en combate. Una pistola aparecía junto al cadáver, respaldando la tesis oficial. Jacqueline fue junto a su otro hermano a buscar el cuerpo de Jaime a Ocaña. En una fosa de 3 por 3 metros lo encontró. Tenía la cara golpeada y cuatro impactos de fusil, a ambos lados de la espalda y en cada pierna.
Cada palada desenterrando a Jaime, involucraba a Jacqueline y su familia en uno de los capítulos más sangrientos y oscuros de la reciente historia de Colombia: los llamados falsos positivos, eufemismo que se le dio a los asesinatos de civiles por parte del Ejército colombiano para hacerlos pasar por guerrilleros muertos en combate a cambio de recompensas o días libres.
Presentada como el más grande éxito de los 8 años del gobierno de Álvaro Uribe, la Política de Seguridad Democrática fue la estrategia diseñada para terminar con décadas de guerrilla y violencia armada.
Deseoso de mostrar resultados, el gobierno de Uribe aplicó una política de estímulo a los militares por bajas propinadas a las FARC. Así, el 2005 el ministro de Defensa, Camilo Ospina, emitió la Directiva Nº 029, que otorgaba bonos en dinero, días de descanso y otras regalías a los soldados y las compañías que mostraran efectividad en su combate a la guerrilla.
Los resultados fueron el gran capital político de Uribe: Los colombianos volvieron a transitar seguros por las carreteras, se redujeron los secuestros y fueron liberados los secuestrados más emblemáticos por las FARC, como 3 contratistas estadounidenses y la ex candidata a la presidencia, Ingrid Betancourt.
Pero datos de la Unidad de Derechos Humanos de la Fiscalía dan cuenta que tras la firma de la Directiva 029, las denuncias sobre desapariciones pasaron de 73 el 2005 a 122 en 2006 y 245 en 2007. Un informe de una comisión internacional que visitó Colombia el 2008, invitados por organizaciones de derechos humanos, acusa que en los primeros 5 años del gobierno de Uribe (2002-2007), se incrementaron en 67% las ejecuciones extrajudiciales atribuibles directamente a la fuerza pública comparados con el quinquenio anterior.
Alberto Yepes, abogado y coordinador de la Comisión Colombia-Europa-EEUU de DDHH, acusa que "desde el 2002 al 2009 comentamos 3.180 casos de ejecuciones extrajudiciales". Por su parte, la Fiscalía General de la Nación tiene documentados a 2.300 víctimas en su unidad de DDHH y otras 600 en otras secciones.
Pero la respuesta de Uribe a estos informes fue que eran falsas y acusó a los investigadores de derechos humanos de defender el "terrorismo" y de ser "compinches" de la guerrilla. Diana Sánchez, investigadora de la organización de DDHH Minga, comenta que "Uribe transformó el imaginario colectivo, ya que acabar físicamente con el enemigo es una victoria y hay que aplaudirlo".
Yepes asegura que "cada vez que se daba de baja a presuntos o reales delincuentes, había una gigantesca convocatoria a los medios, con rueda de prensa y se presentaban como trofeos de dicha política un número cada vez más abultado de cadáveres, en el marco de discursos entusiastas de los asistentes".
Días antes de entregar el Palacio de Nariño, el gobierno de Uribe dio a conocer que la lucha contra la insurgencia logró que la guerrilla se redujera de más de 25 mil soldados que tenía el 2002 a 8 mil que mantiene las FARC y 1.500 el ELN el 2009.
A juicio de Iván Cepeda, recién electo congresista y del Movimiento de Víctimas de los Crímenes de Estado (Movice), las cifras no cuadran: "Hay más de 200 mil casos de personas puestas fuera de combate, entre éstas 50 mil desmovilizados, unos cuantos detenidos y otros miles muertos. El problema es que los guerrilleros no tenían más de 16 mil miembros cuando Uribe tomó el poder. Los paramilitares tenían 12 mil personas. O sea, han eliminado 3 ó 4 veces los grupos existentes y esos grupos siguen teniendo cuadros".
Faír Leonardo Porras tenía 26 años al momento de desaparecer y trabajaba como ayudante en la construcción. Fue el primero de la larga lista de Soacha y, pese a que tenía problemas sicomotrices y era zurdo, el Ejército lo reportó como guerrillero abatido en combate en Ocaña con un arma empuñada en su mano derecha el 12 de enero del 2008, cuatro días después de haber desaparecido. Le siguieron Elkin Gustavo Verano, de 25 años, y Joaquín Castro, de 27 años, amigos que trabajaban en un taller de autos y se esfumaron el 13 de enero del mismo año para aparecer 8 días después como insurgentes abatidos por la Brigada Móvil XV, con sede en Ocaña, a 600 kilómetros de su lugar de origen.
Los casos se repitieron hasta agosto del 2008 y la Procuraduría definió que el patrón común de las víctimas era que tenían entre 16 y 32 años, habían sido contactadas por civiles con la promesa de un trabajo en fincas en otras regiones, engañados se les pagó el pasaje y luego eran entregadas a militares.
Con el correr de los días, en distintos departamentos de Colombia surgieron denuncias que acusaban la desaparición de personas. Un mimo que vivía en la calle en Huila, que desapareció junto a otros 4 vagabundos; dos muchachos que estaban en tratamiento antidrogas en Suaza; un lustrabotas de Bucaramanga o dos vendedores de dulces del Parque de Berrío de Medellín daban cuenta de que la seguridad democrática estaba cobrando la vida de miles de colombianos.
Desde el 2007 que las Naciones Unidas ya había hecho ver a Uribe su preocupación por la desaparición y muerte de jóvenes pobladores.
Cuando se destapó el escándalo el gobierno recurrió a la tesis de que era una infiltración de los terroristas y del narcotráfico entre los militares. "Hemos controvertido esa tesis, demostrando que estos crímenes tienen similares patrones de comportamiento y se repiten en distintos regimientos de 23 departamentos del país" -sostiene Cepeda.
Ante la evidencia Uribe, en noviembre de 2008, llamó a retiro a 27 militares, entre ellos a 3 generales, 4 coroneles y 7 tenientes coroneles por su implicancia en los hechos o estar al mando de las unidades militares acusadas. De paso se derogó la Directiva 029.
Entre los 2.300 casos llevados por la Fiscalía figuran 59 de menores de edad y 122 de mujeres. Sólo se han dictado 137 condenas contra militares y otros 396 tienen órdenes de captura.
Cepeda considera "difícil hacer una estimación porque pese a la estadística de organizaciones de DD.HH., hay varios casos que quedan en la impunidad al no ser denunciados por las víctimas". Además acusa la impunidad en el 98% de los casos. En la investigación por la muerte de Jaime, el fiscal de Cúcuta recién está reuniendo las pruebas y aún no llama a la primera audiencia.
Cuando la sociedad colombiana aún no se reponía del genocidio de los falsos positivos, se desayunó con el descubrimiento de una fosa en el pueblo de La Macarena, 200 kilómetros al sur de Bogotá, donde se estima hay entre 400 y 2 mil cadáveres enterrados como NN.
Las fosas constituyen el más grande cementerio clandestino del continente y se halla al lado de la base local de las brigadas móviles de la Fuerza de Despliegue Rápido. Se calcula que hay unas 3 mil fosas clandestinas repartidas en todo el territorio colombiano y la Fiscalía mantiene igual número de cuerpos que no ha podido identificar. El MOVICE estima en más de 50.000 las personas desaparecidas por militares o grupos paras en las dos últimas décadas y, según los datos entregados por el gobierno de Uribe, el 70% de las bajas atribuidas a las guerrillas tienen el rótulo de NN y yacen diseminadas por territorio colombiano. Cepeda acusa la impunidad en el 98% de los casos. En el caso de Jaime Castillo, el fiscal de Cúcuta, a cargo del caso, recién está reuniendo las pruebas y aún no llama a la primera audiencia.

Por $90.000 Chilenos
Cuando la esposa del campesino Luis Alberto Vega Patiño fue a preguntarles a los soldados apostados en Labranzagrande (Boyacá) por el paradero de su marido, desaparecido en junio del 2006, los militares le respondieron que "de él no sabemos nada, lo único que sabemos es de un guerrillero dado de baja en combate ayer y al parecer ya se lo llevaron para Yopal. Tranquila, que si él está muerto vale treinta millones de pesos".
Víctor Manuel López Manosalva, uno de los reclutadores de jóvenes y hoy bajo protección de la Fiscalía, confesó haber recibido cien mil pesos por entregar a 2 víctimas al Ejército (30 mil pesos chilenos). Los jóvenes desaparecidos en Bogotá le habrían reportado a sus reclutadores unos 300 mil pesos por cabeza ($90 mil).
Una vecina le contó a Jacqueline que vio a su hermano Jaime el día que desapareció con unos tipos en un carro blanco de vidrios oscuros. El vehículo se repite en los relatos de los desaparecidos en Soacha.
Daniel Rendón, integrante de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) que operaban en el departamento del Meta, confesó en mayo de este año que entregó a decenas de ex paras y civiles, cuyos cuerpos aparecieron como guerrilleros dados de baja. Rendón confesó que conocían a sus víctimas de noche, los invitaban a bares y burdeles, donde los emborrachaban hasta perder la conciencia. Luego los vestían con uniformes, les ponían un fusil y los ultimaban. Así los militares mostraban resultados a sus superiores y el Ejército bajaba la presión sobre las AUC.
El Batallón 21 Vargas, con cuyos integrantes se contactaba Rendón, fue condecorado el 2003 por el Ministerio de Defensa como la mejor unidad del país por sus resultados en operaciones. Cuando los fiscales le pidieron que hiciera una estimación sobre los muertos bajo esta modalidad, Rendón dijo que entre el 2002 y el 2004 fueron más de 100 casos en el Meta.
Las investigaciones de Yepes señalan que "se llegó a pagar 2 mil dólares por cada cadáver de un guerrillero raso y hasta 250 mil dólares por personas que se les atribuía mayor responsabilidad en la insurgencia. Como las recompensas por la muerte de guerrilleros no podían ser entregadas a miembros de la Fuerza Pública, grupos criminales y militares cobraban las recompensas y los militares mostraban mejores resultados en el combate a la insurgencia.
5 de septiembre de 2010
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dijeron no al racismo


Más de 130 protestas contra la política de seguridad de Sarkozy. Todos los sindicatos de Francia, el Partido Socialista, los verdes, la extrema izquierda, Amnistía Internacional, Attac, Emmaus, los grupos de defensa de los inmigrados y decenas de asociaciones se sumaron a las manifestaciones.
[Eduardo Febbro] París, Francia. Una inmensa bandera francesa desplegada en la estatua de la Place de la Republique, con una mancha en el medio donde podía leerse "sarkozysmo", presidió las más de 100 manifestaciones que se llevaron a cabo en toda Francia contra la política de seguridad del presidente Nicolas Sarkozy. Hacía muchos años que no se veía una movilización tan nutrida en defensa de quienes han sido objeto de un ensañamiento particular por parte del Ejecutivo: los extranjeros y en particular los gitanos, cuyas deportaciones y cierre de campamentos fueron condenadas por las Naciones Unidas. Con París a la cabeza y unas 50 mil personas en la calle (12.000 según la policía), más de 130 ciudades del país respondieron al llamado de la Liga de Derechos Humanos. La LDH convocó a manifestar bajo el eslogan "frente a la xenofobia y la política de la demolición, libertad, igualdad, fraternidad". Todos los sindicatos de Francia, el Partido Socialista, los verdes, la extrema izquierda, Amnistía Internacional, Attac, Emmaus, los grupos de defensa de los inmigrados y decenas de asociaciones se sumaron a las marchas contra una política que ha llegado incluso a dividir a la misma derecha.
Una orquesta de jazz gitano abrió la manifestación parisina que se inició en la Place de la Republique. Miles de personas desfilaron por las calles de la capital francesa con pancartas y al son de la canción de Manu Chao, ‘Clandestino’. "El mundo debe saber que en este país hay gente que no pierde ni la razón, ni la humanidad, ni la dignidad, ni la memoria", decía a Página/12 una encolerizado sindicalista de la CGT. Al lado de él, Elizabeth, una contadora de 50 años que llevaba una pancarta que decía "Somos todos extranjeros", explicó a Página/12 que "la seguridad de una democracia no puede justificar que se viole el derecho, que se designen como chivos expiatorios a los extranjeros, que se nieguen los valores que hicieron de Francia lo que es. Con Sarkozy estamos volviendo a la Edad Media, estamos entrando en el túnel de la xenofobia oficial". Los carteles que poblaron las calles tenían mensajes del mismo tono: "No a la represión", "basta de xenofobia". En este contexto, la Liga de Derechos Humanos denunció el hecho de que "en pocos días las más altas autoridades del Estado pasaron de la explotación de los prejuicios sobre los gitanos a la relación entre inmigración y delincuencia".
Hace poco más de un mes, en la localidad de Grenoble, Nicolas Sarkozy abrió la caja de Pandora con un agresivo discurso contra los extranjeros. Allí, entre otras cosas, anunció que se le retiraría la nacionalidad a los extranjeros naturalizados que cometieran ciertos delitos contra las fuerzas del orden. Antes, a raíz de una serie de disturbios que se produjeron entre gitanos y policías en la localidad de Saint-Aignan, el Ejecutivo había preparado un cóctel represivo destinado a los gitanos: desmantelamiento de sus campamentos y deportaciones de gitanos hacia Rumania y Bulgaria fueron las principales medidas anunciadas por el ministro de Interior, Brice Hortefeux. La ONU, Amnistía Internacional y varios organismos europeos las condenaron. Jean Pierre Dubois, presidente de la LDH, explicó en una columna publicada por el portal Mediapart (el que sacó el escándalo L’Oréal) que "cuando los términos del debate político convierten a los extranjeros y a aquellos a los que se asimila en responsables de nuestros miedos, cuando el pretexto del orden público no es más que la coartada de un orden injusto, es entonces el espíritu y la letra de los principios que fundan la República y la democracia los que están en peligro". La derecha no lo entiende en esos términos. El partido gubernamental UMP y los ministros de Interior e Inmigración e Identidad Nacional desacreditaron las manifestaciones. Eric Ciotti, secretario nacional de la UMP encargado de la seguridad, deploró la "indulgencia culpable con aquellos que pisotean las leyes de la república". Brice Hortefeux, titular de la cartera de Interior, declaró que "con el pretexto de querer defender los derechos humanos, la manifestación no hace más que aceptar el laxismo, demostrar el angelismo y rehusar todo realismo".
El discurso oficial está esbozando dos Francias: una, víctima de la incomprensión del mundo y de las instituciones internacionales y cercada por la delincuencia y las turbulencias de los extranjeros; y otra aún apegada a los valores históricos de una nación igualitaria que promovió en toda la tierra la aceptación del otro y la solidaridad. La manifestación de ayer fue la primera del otoño naciente. Contrariamente a otras marchas, esta reunió gente de horizontes muy diversos: grupúsculos de izquierda, gente de derecha, anarquistas, asociaciones militantes por los derechos cívicos, sindicalistas, personalidades como la esposa del difunto presidente socialista François Mitterrand, Danielle Mitterrand, cantantes como Jane Birkin, familias enteras con niños en los hombros, inmigrantes sin papeles, jóvenes bachilleres y personas sin más filiación que la indignación que les provocó la meditada puesta en escena de la deportación de los gitanos. Un grupo de gitanos de la localidad de Choisy-Le-Roy, cuyo campamento fue desmontado el pasado 12 de agosto, encabezó la caminata en la capital francesa. Una de las hijas de los gitanos llevaba un cartel que decía "nos decían que eran nuestros amigos". Alrededor de ellos, miles de jóvenes se acercaban a alentarlos. Casi todos llevaban una pegatina que exigía lo que el Ejecutivo francés está perdiendo cada semana que pasa: "Respeto".
5 de septiembre de 2010
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