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asesinatos selectivos en honduras


Guillermo Padilla Amador, hondureño, exiliado político en Argentina. Participó en la resistencia contra el golpe que derrocó a Manuel Zelaya en Honduras y debió exiliarse un año después. Desde la instalación del gobierno de Lobo, decenas de activistas han sido asesinados.
[Gustavo Veiga] ¿Por qué tuvo que exiliarse en la Argentina después de resistir durante un año en Honduras el golpe de Estado contra Manuel Zelaya?
Porque en mi país hay asesinatos políticos disfrazados y el ejército hondureño tiene los mejores asesores, tanto colombianos como israelitas, para hacerlo. Están apareciendo cantantes de música popular atropellados por un auto o militantes con los bolsillos de los pantaloncillos afuera, eliminados. Han incrementado adrede la violencia para justificar el asesinato político. El gobierno de Porfirio Lobo ha permitido estas muertes, ya son catorce los periodistas asesinados en Honduras durante su gobierno. Por eso no voy a regresar.

¿Cuándo salió de su país?
Yo salí el 26 de junio de 2010, dos días antes de que se cumpliera el primer aniversario del golpe.

¿Estaba amenazado?
Sufrí un intento de secuestro con mi esposa, también un intento de asesinato del que salí bien librado, y lo que no entendían los golpistas es cómo los detectaba o cómo sabía esas cosas. Pudieron haberme matado y no lo hicieron. Lo que querían era secuestrarme y fui muy escurridizo para ellos, siempre los detecté. Querían primero sacarme información y después matarme. Ellos querían saber cómo yo sabía tanto.

¿Y cómo hacía para obtener la información y adelantarse a los golpistas?
Porque era el encargado de la seguridad en el Frente Nacional de Resistencia Popular. La disciplina de los indígenas nos enseñó mucho. Con 150 días en las calles empezamos a adoptar en las movilizaciones el método de tres filas. Ellos están más organizados que muchos. Hacen tres hileras y no se mueven en grupos masivos para poder saber quiénes son los que están provocando disturbios. Era la forma de saber si un infiltrado llegaba a provocar desmadres, como les decimos nosotros allá. Supimos que el alcalde opositor de Tegucigalpa en el momento del golpe mandó a gente con bombas molotov para quemar Popeyes, que son locales de una transnacional de comida rápida. Quemaron un bus y nos lo achacaron a nosotros. No sabe la cantidad de infiltrados que agarrábamos. Se los entregábamos a la Policía y no hacían nada. Tampoco la fiscalía.

¿Usted participó de la toma de la embajada de Brasil donde se refugió el ex presidente Zelaya?
Yo logré quedarme en la embajada y conmigo parte de mi grupo. El núcleo de seguridad de Zelaya, del frente, permaneció. Pero después, por una cuestión estratégica, salí porque había que tener alguien afuera organizando la lucha que continuaba. Con otro grupito seguimos la lucha en las calles. Uno a uno fuimos saliendo y algunos fueron bien detectados. Empezaron a asesinarlos, lo hicieron con dos y seguían a los demás. Entonces nos relevaron a todos, al núcleo, que éramos como cincuenta.

¿Qué hizo después y hasta que logró escaparse de Honduras?
Necesitaba un lugar desde donde luchar. No podía hacerlo desde el frente estudiantil porque ya no era estudiante, no me había matriculado. Y el coordinador era otro. Busqué la plataforma de Derechos Humanos y me dijeron: ven acá. Llegué a ser parte del Codeh, el Comité para la Defensa de los Derechos Humanos en Honduras, y en dos meses empezó una persecución, me empezaron a seguir, a mandar anónimos a la casa de mi hermana. La vigilaban, no había casas seguras, pero nosotros teníamos información fidedigna de qué cosas iban a suceder. No toda la policía y no todo el ejército estaban a favor del golpe. Y eso nos favorecía. Del Codeh pasé a la clandestinidad. En esos tres meses no pudieron sacarme del país. La Plataforma de Derechos Humanos quería hacerme salir hacia España, pero nunca me dieron una visa especial para defensores de derechos humanos, nunca hubo respuesta.

¿Hacia dónde partió finalmente?
Salí hacia Costa Rica. El Codeh me monitoreó desde que dejé Tegucigalpa hasta la frontera con Nicaragua. Crucé ese país entero y no me detuve hasta cuando entré a Costa Rica. Cecilia Arce, una defensora de derechos humanos me llevó a su casa. Ella tenía a bastantes exiliados hondureños. Me permitió quedarme una semana y luego me dijo: "Mi casa no te va a servir. Hay un hondureño que es poeta, te puede ayudar en algo" y fui hacia San José de Costa Rica. Lo busqué a mi compatriota que tiene dos restoranes y me dio trabajo. En la misma semana que empecé, detectamos que monitoreaban el restorán y me seguían.

¿Quiénes lo vigilaban?
Comencé a darme cuenta que Costa Rica es una plataforma de Estados Unidos donde están el DAS colombiano, el Departamento Administrativo de Seguridad, y la CIA. Incluso el FBI hace arrestos ahí, se manejan muy bien. Entonces me di cuenta de que era el peor lugar que podía haber escogido. ¿Por qué no ir a Nicaragua?, diría cualquiera. ¿O El Salvador? Pues bueno, hay cuestiones difíciles de explicar ahorita, me pondrían en una situación muy difícil... Finalmente salimos hacia Bolivia.

¿Lo hizo junto a su familia?
Yo partí un 13 de septiembre de Costa Rica y llegué el 14 a El Alto, en Bolivia. Y el 15 a la misma hora me reencontré con mi mujer y mi hijo. El 15 de septiembre, día de la independencia en Centroamérica, nos reunimos con mi esposa a la una de la madrugada con 6 grados centígrados y a 4 mil metros de altura. Al día siguiente estaba en la Cancillería y no tenía a dónde ir a vivir. Me llevaron a un refugio para inmigrantes, estuve un mes y después me fui a Huanuni, un pueblo minero.

¿Es cierto que descartó como destinos a Perú y Chile porque tenían gobiernos de derecha y a Brasil por el idioma?
Sí, nosotros con mi compañera nos fijamos un objetivo, estudiar. No es fácil. Mi mujer se quedó a media carrera. Ella estudia pedagogía del inglés, es mucho más joven que yo y le estaba deteniendo sus estudios. Tampoco está directamente involucrada en política, aunque en Honduras se expuso a cualquier cosa por mi militancia. Yo sólo tengo tres trimestres en la universidad y estoy parado con mis estudios. Quiero reorientarlos y no será sencillo. En Bolivia iba a ser muy difícil hacerlo.

¿Cómo llegó a Buenos Aires?
En un bus desde La Quiaca, un bus trucho, como le dicen ustedes acá. No me alcanzaba el dinero ya que si venía en un bus normal hacia Buenos Aires no comía y en el camino sólo comimos una vez para guardar dinero. Pagamos uno que nos engañó. Nos dejó en Jujuy, nos cambiaron a otro con olor a vómito y querían cobrarnos aparte porque traía siete maletas. El bus me dejó finalmente un domingo en Plaza Once.

¿Bajo qué condiciones se encuentra en la Argentina?
Hice contacto con Acnur y me mandaron a la comisión católica para la atención de refugiados. Entonces empezaron a investigar un poco y al día siguiente nos dieron una ayuda económica de 700 pesos que no teníamos y eso nos permitió movernos en el subte sin documentos, sin nada. Luego conseguí un documento temporal, el primero que me entregaron en la Argentina. Con él puedo trabajar. Me citaron un día para declarar todo y estoy esperando un fallo que va a ser de seis meses a un año. Si el Estado me diera refugio, yo accedería a estar dos años. Con este documento y a pesar de que es legal para trabajar, nadie nos da empleo.

¿Cómo es su historia familiar? ¿Desde cuándo le comenzó a interesar la política?
Mi padre tenía en su casa un cuadro del Che Guevara y otro de Jesucristo. El decía que los mejores revolucionarios eran el Che y Jesucristo. Y ahí fui entendiendo muchas cosas, escuchando música de los Guaraguao de Venezuela, música revolucionaria. Mi padre era el presidente de un sindicato, el más fuerte de San Pedro Sula, en la costa norte. A él lo hicieron renunciar los militares, le dijeron: deje el sindicato o se muere. A partir de ahí me di cuenta que mi padre tuvo que decidir, siendo miembro del Partido Comunista, entre desafiar a los militares o proteger a sus siete hijos. Mi padre dejó el sindicato ya que otros compañeros habían sido asesinados y desaparecidos. En el PC de Honduras había que estar en la clandestinidad, estaba proscripto, no se podía hablar del PC. Mi mamá tuvo que guardar el cuadro del Che, porque el hecho de tenerlo era suficiente para que te allanaran la casa y pasara algo.

¿De qué años está hablando?
1976, 1977... casi el ’78.

¿Quién era el dictador de Honduras en ese momento?
En ese momento estaba Juan Alberto Melgar Castro, después hubo un triunvirato de militares con Policarpo Paz García a la cabeza. Esos son los que recuerdo porque tenía siete u ocho años. Cuando cambió el escenario político, mi padre empezó a militar dentro del Partido Liberal, que era el partido de Zelaya. Pero siempre formó parte de una facción rodista. Porque en 1981 se hablaba de que Modesto Rodas Alvarado iba a ser el presidente. Pero falleció antes de las elecciones. Es el padre de la que fuera canciller de Zelaya, Patricia Rodas. Y la línea de este hombre era progresista. Yo tengo un hermano gemelo, René, y a ambos mi padre nos decía que leyéramos, nos enseñó a leer. Mi hermano salió de Honduras hacia España al cumplirse el tercer mes del golpe, cuando intentaron asesinarlo.

¿El resto de su familia permanece en su país?
Yo tengo tres hermanos en Estados Unidos y dos en Honduras que estudian en la Universidad Pedagógica. Uno es una persona especial porque tiene quemaduras en casi todo su cuerpo y aun así pertenece a los movimientos estudiantiles. Incluso recibió amenazas y ha sido arrestado ahorita. Se llama Pedro Joaquín. De los cinco varones que somos, el único que hizo el servicio militar fui yo. Me tocó en la fuerza naval en la costa norte, en el Atlántico. Tuve oportunidad de conocer ahí el entrenamiento de la CIA. Lo hacían con el escuadrón piraña y los comandos navales hondureños a los que entrenaban para apoyar a la Contra nicaragüense y atacar a los sandinistas. Además perseguían a los del FMLN de El Salvador en todo el golfo de Fonseca. Recibí en dos meses el entrenamiento de recluta y pasé a ser de Comunicaciones porque antes de entrar era operador de radio. Mi padre me había metido a eso en los medios periodísticos donde trabajó. Así tuve contacto más directo con los oficiales y empecé a saber muchas infidencias, muchas cosas de espionaje desde ahí hacia Nicaragua y El Salvador. Y me di cuenta que se hacía desde la punta de la isla del Tigre, donde había una base de radar norteamericana a donde sólo accedían ciertos oficiales hondureños.

¿Su padre además de sindicalista también es periodista?
Es un luchador ante todo y Premio Nacional de Prensa 2007 Oscar A Flores. Se llama José Manuel Amador y vive en Honduras como jubilado.

¿Después que finalizó el servicio militar, usted qué camino siguió?
Empecé la lucha dentro de los frentes estudiantiles y nos comenzamos a acoplar a algunos que estaban prohibidos en Honduras. Luego, mi hermano gemelo pasó a militar a finales de los ‘90 en el sindicalismo. El ingresó al mismo gremio donde mi padre había sido forzado a irse. René llegó a ser secretario de conflicto, dentro de la directiva. Después integró una organización política llamada Los Necios. Era el único obrero y todos los demás universitarios.

¿Por qué Los Necios? ¿Quiénes son?
Los Necios son una agrupación política que se llama así por la canción de Silvio Rodríguez. Y forman en la Universidad Pedagógica una cadena enorme de jóvenes que empezaron un proyecto político para tener formación política, que no existía. Los estudiantes organizados teníamos que hacer algo y todos los frentes redactamos un manifiesto en el que apoyamos al gobierno de Zelaya y a la cuarta urna. No fue ese día que pasamos a la lucha, pero un miércoles el Congreso se reunió para declarar loco al presidente o algo así. Y al día siguiente, él convocó al pueblo por cadena nacional y miles lo acompañamos en las calles y en buses hacia la Fuerza Aérea para sacar el material electoral que un juez había decretado decomisarlo. Literalmente miles de personas con el presidente a la cabeza sacamos el material electoral de la consulta popular. El gobierno nos había empezado a dar apertura para poder luchar y como los movimientos sociales, sindicales, estudiantiles y profesionales nos fortalecimos, porque él nos escuchaba, estábamos por introducir lo de la cuarta urna. Nosotros veíamos a la Constitución como el despegue para poder salir...

¿Cuál es su opinión sobre Manuel Zelaya?
El ha tenido entre sus principales colaboradores no solo a Patricia Rodas, también a toda una gente que en los ’80 formó parte del frente de reforma universitaria de izquierda, que luego se graduaron y pasaron a formar su equipo. Muchos llegaron a ser ministros. Algunos habían sido desaparecidos temporales y torturados en los ‘80. Esta gente fue la base de la Alianza Liberal del Pueblo (Alipo) del Partido Liberal, que eran de centroizquierda. Y Zelaya en su juventud fue un rebelde, apoyaba al movimiento hippie a pesar de que es un terrateniente de la corona española y su padre, un ganadero y deforestador del bosque en su región, Olancho.

Salvo por esto último, parece la versión idealizada de un joven reformista.
Siempre quería cambios, por eso digo que habría que haberlo conocido en su juventud. También hizo cambios importantes cuando fue ministro en el Fondo Hondureño de Inversión Social durante ocho años. Estuvo en ese tiempo en las regiones más inhóspitas del país y se topó con el pueblo más pobre. O sea, logró ver y palpar la pobreza hondureña como ministro. Llevó a los rincones más apartados las obras sociales. Y se propuso en ese entonces, cuando era ministro, llegar a la presidencia. Sabía que con Estados Unidos no lo iba a hacer y que tenía que desligarse y buscar otra alternativa para poder sacar a Honduras de la pobreza. Fue cuando empezó a chocar con el embajador Charles Ford, quien le llevó la lista de los futuros ministros y le dijo: "Acá están". ¿Y qué contestó Mel? Nada. Le dio a su edecán la lista, dejó a los que coincidían en ella, pero no le hizo caso. Mandó una ley donde prohibía la minería a cielo abierto y favoreció a los campesinos. Empezó a sacarse de encima a los sectores sindicales e incluso hasta las feministas, que lo tenían entre ceja y ceja, lo apoyaron porque vetó la ley de la píldora del día después, una ley que iba a perjudicar a las mujeres.

¿Dónde lo sorprendió el golpe de Estado del 28 de junio de 2009?
El día del golpe, a las 5.20 de la mañana, me desperté y encendí el Canal 8, que es el canal que Zelaya colocó como canal del Estado porque no existía, porque tuvo que sacar hasta un periódico por toda la avalancha mediática que se le venía encima, y sucedió algo extraño. Empecé a ver programas que no tenían nada que ver con la cuarta urna, cuando ya debían estar informando sobre ello. No pasaba nada. Me parecía raro y cinco minutos después, en la TV alguien dejó colocado el cartel "Todos a Plaza Libertad". Sacaron fuera del aire el canal pero el operador logró poner esas palabras. Los militares ya lo habían allanado. Nadie sabía nada. Y los celulares Tigo y Claro no funcionaban, pero si Digicel, una compañía que se declaró neutral, ya que las otras dos tomaron partido por los golpistas. Se filtró entonces por un mensajito el golpe de Estado y que Zelaya estaba siendo secuestrado en ese momento. Fue la hija del presidente que les escribió a Los Necios, específicamente a Gilberto Ríos, el coordinador del grupo: "Gilberto, estoy debajo de la cama, están sacando a mi papá".

Con Zelaya de regreso en Honduras, ¿cuál es la situación ahora?
Con él allá, el Frente Amplio de Resistencia Popular ganaría ampliamente el Ejecutivo pero no el Congreso bajo la Constitución que queremos cambiar. ¿Cuál es el verdadero poder en Honduras? El Congreso. No hay otro poder. Pone a la Corte Suprema, a los fiscales. ¿Y a qué le apuesta la embajada de Estados Unidos? A neutralizar a la izquierda y a los nuevos emergentes como nosotros con el asesinato político disfrazado, a la infiltración de políticos que dicen ayudar a Zelaya y lo hacen equivocarse, a la división partidaria. En el Frente hay peleas para saber quién va a ser el candidato. Apuestan a dividirlo para que no gane la mayoría de diputados. Incluso ganaría con su esposa Xiomara Zelaya como candidata porque Mel no puede serlo. La embajada gringa ya sabe que no tiene más poder en elecciones. Podría hacer un fraude como lo hicieron con López Obrador en México, pero estallaría una guerra civil.
20 de septiembre de 2011
19 de septiembre de 2011
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violencia sexual de la represión


Debate sobre la especificidad de las violaciones y los abusos entre los crímenes de la dictadura. A partir de la proyección en la ex ESMA del documental ‘Lesa Humanidad’, investigadoras y víctimas del terrorismo de Estado analizaron las particularidades de los delitos sexuales y su silenciamiento durante años.
[Alejandra Dandan] Argentina. ¿Cómo operaron las relaciones de poder desde la perspectiva de género entre los genocidas? ¿Por qué no se habló de la violencia sexual en los casos tomados por el Nunca Más y durante el Juicio a las Juntas? ¿Por qué la Justicia no lo tomó como delito específico? Algunas de esas preguntas integraron el debate que abrió la proyección del documental ‘Lesa Humanidad’, presentado por un grupo de mujeres cordobesas, militantes de los ’70, que exige que la violencia sexual del terrorismo de Estado sea considerada una violación a los derechos humanos. La proyección realizada en la ex Escuela Mecánica de la Armada condensó en pocas horas una discusión que atraviesa a quienes estuvieron dentro y fuera de los centros clandestinos, un debate que intenta buscar diferencias ante una dictadura que homogeneizó a las víctimas.
El documental producido por un colectivo de mujeres cordobesas entre septiembre de 2009 y marzo de 2011 está estructurado en bloques articulados por la voz de Liliana Herrero: cuatro mujeres subrayan en sus relatos formas y efectos específicos de la violencia sexual durante el terrorismo de Estado. Violaciones. Abusos. Con todas las palabras, hasta alcanzar lo insoportable. Intentan dar cuenta de lo que no se dijo. Pero ese camino está antecedido por los relatos de sus historias desde una perspectiva novedosa porque ya no sólo son ellas las que se pronuncian como militantes, sino que releen en clave de trayectorias políticas las vidas de sus padres, del país, de la familia que intentaron construir.

Violencia en Debate
"El documental fue abordado como una herramienta de reflexión militante a partir de un nuevo marco de escucha en esta nueva etapa", indicó Dinora Gebennini, coordinadora del Programa Violencia de Género en Contextos Represivos. "Pero cuando intentamos abordar esto –aclaró– nos preguntaron si no estábamos revictimizando, nos decían que no hay que volver a poner a las víctimas en ese lugar, que es un momento traumático, nos preguntaron si teníamos psicólogos y montones de cosas que tendieron a quitarnos la posibilidad de hacerlo."
Las discusiones sobre la violencia sexual bajo la represión aparecen hace tiempo. En las salas de audiencias de los juicios orales de lesa humanidad los organismos de derechos humanos y sobrevivientes que declaran en todo el país reclaman en muchos casos que la Justicia la considere como delito autónomo y de lesa humanidad. Hasta ahora la batalla jurídica obtuvo resultados importantes, pero aislados. Un fallo en Mar del Plata y otro en Tucumán. Semanas atrás, el juez Sergio Torres a cargo de la causa ESMA abrió por primera vez una causa con el acuerdo de las querellas a nombre de las víctimas, sobrevivientes y desaparecidas. Las diferencias aparecen no sólo en la Justicia, sino entre académicos e incluso las y los sobrevivientes.
Delia Galara, una de las protagonistas del documental, ex militante de Montoneros, explica los años de silencio. "Cada vez que intentaba hablar con el psiquiatra me preguntaba: ‘¿Qué hacés con tus hormonas?’. Y yo le contestaba que era un pelotudo. Yo le estaba contando una experiencia terrible y él me preguntaba qué hacía con mis hormonas: ¿qué carajo le importa qué hago con mis hormonas?" Son esos tiempos de oídos sordos los que ellas dicen que cambiaron.
María Sondereguer, que es investigadora de la Universidad de Quilmes, se preguntó por qué el silencio duró tantos años. Por las perspectivas de género y poder en la dictadura, por su propio olvido de los testimonios del Nunca Más. "La violencia sexual –dijo Sondereguer–, en los casos de los varones, los destituye de su masculinidad, es una forma de feminizarlos. En el caso de las mujeres, comienza antes del campo, porque es un tema que está en la ciudad y está condensada en los campos y perduró luego por fuera del terrorismo de Estado, por eso tal vez permaneció invisibilizado." Hasta 1999, dijo, la violencia sexual estuvo tipificada como delito contra la honestidad y después contra la integridad: "No es un delito de acción pública, sino de acción privada, es decir: el comienzo de la investigación o la denuncia debe ser impulsado por la persona agredida, se deposita en la voluntad de la víctima el reconocimiento del crimen y pone en el ámbito privado algo que debería ser de lo público". Entonces, siguió: "¿Por qué se privatiza la violencia sexual? ¿Es posible diseñar un protocolo de indagación específica para que las víctimas reconozcan eso que sufrieron como violencia? ¿Se puede repensar la reparación? ¿Qué es en este caso lo reparable?".
Las preguntas sirvieron para alimentar un debate que incluye preguntas sobre roles: quedó claro que la violencia sexual no sólo se ejerció sobre mujeres, sino también sobre varones, un dato que intenta ser mirado en el interior de los juicios orales a partir de los aún escasos datos que aparecen.
Miriam Lewin, sobreviviente de la ESMA, escuchó en el documental los relatos pronunciados "como quien toma un remedio amargo". "Lo que conspiró al silencio fuimos las víctimas, me culpabilizo como víctima por no haber reconocido los delitos sexuales contra mí y mis compañeras y reconozco que muchos años tuvimos una venda sobre los ojos."
¿Fue así? ¿Por qué culpabilizarse otra vez como si no hubiese ya suficientes culpas? ¿No será que se privilegiaron otras búsquedas? O que, como dijo otra de las sobrevivientes, en aquellos años había que salir a probar primero hasta la existencia de los desaparecidos y los centros de exterminio.
Miriam Lewin explicó cómo en algún momento, adentro de la ESMA, una de sus compañeras le habló de una violación, y ella le respondió con una pregunta sobre otra cosa, como sucedió años después con el testimonio de Elena Alfaro ante la Conadep. "La concepción era que eso era la mínima parte de lo que nos pasaba –dijo–; como era obsceno pensar en reclamar por los bienes materiales cuando nos habían arrebatado la vida." Como buenas mujeres, dijo, educadas en el sometimiento, "los delitos sexuales eran menores; si nos sacaban la vida, a nuestros hijos, ¿cómo nos íbamos a atrever a denunciar una tocadita, una violación?". A eso la dictadura agregó otro estigma con el que las mujeres vienen trabajando. "Las mujeres tenían el doble castigo –dijo Miriam–: terminan siendo las víctimas y cargando con la culpa de haber provocado una situación que deja marcas de por vida."

El Afuera
¿Qué es lo que se habilita a partir de que pueda pensarse la violencia sexual en estos términos? ¿Los juicios? ¿Solamente? El documental pareció dar cuenta de esas preguntas. En la primera parte de la película, las cuatro mujeres subrayan el deslumbramiento con la vida de las militancias en clave de rescate político de sus organizaciones de pertenencia. Pero reconstruyen también las trayectorias familiares de padres y madres en un mundo atravesado por la vida cotidiana de una militancia que generaba problemas, pero también portaba valores.
Soledad Edelveis García Quiroga es una de las protagonistas. Se presenta como parte de una familia entrerriana de Villaguay, mudada a Córdoba cuando empezó la facultad. "Mi infancia siempre estuvo muy atravesada por un padre peronista, en la resistencia, luchó siempre, vivía mucho en cana después del ’55 y mi madre, más bien, era no peronista por decirlo sutilmente." Y agrega: "Pero no nos educó nunca para casarnos, ser mujeres que se aplicaran a la casa, a la cocina, a estas cuestiones. Lo que yo más amo de mis padres es el tremendo sentido de la libertad: mi vida estuvo muy marcada por no apegarme a ningún mandato masculino, no fue fácil pero fue parte de un tránsito personal y político complejo, pero siempre lo personal estuvo muy unido a lo político".
Gloria di Renzo muestra sus fotos de familia. Se presenta como militante del PRT-ERP, trabajadora de comercio, estudiante de historia y de música. "Hasta 1973, cuando vinieron las elecciones, mi familia nunca fue peronista, así que yo tampoco, era bastante gorila, pero dije: ‘Mirá vos, si todos votan acá, capaz por algo debe ser’". Nilda Jelenic es otra de las protagonistas: "Mi papá en una época fue socialista, después se hizo radical, estaba bien informado en política, viví a través de mi hermana todo lo que fue la lucha de laicos y libres. Por eso digo que las historias no son contradictorias, no son lineales".
Para Dinora Gebennini cada cosa parece una clave. Las mujeres subrayan parentescos. Trayectorias políticas de familia. Padres. Hermanas. Madres. La idea de los mandatos. Y Gebennini habla de esa determinada condición femenina que persiguió particularmente la dictadura: "Porque ellas generaron rupturas con los estereotipos del género, mantenían otro tipo de relación, no la de la familia nuclear, sino la de la familia militante donde los hijos también eran puestos en función de un proyecto de desarrollo colectivo de libertad, de justicia, de transformación cultural, que era lo que nos movía".
Meses atrás, en una audiencia por el plan sistemático de apropiación de bebés, Victoria Montenegro planteaba esa misma dualidad con medias palabras. Robada por un coronel del Ejército, en la audiencia recordó lo que él le decía de las Abuelas de Plaza de Mayo, los desaparecidos y la dictadura: decía que las Abuelas con las "mentiras de los desaparecidos" intentaban "destruir a las familias que eran la salud de la sociedad". Una idea que se replicaba en las propagandas políticas y en las formas en las que intentaron extender un consenso frente al cual aún hoy esas mujeres que se presentan como militantes de los ’70 sienten que deben dar una batalla de sentido todavía pendiente.
20 de septiembre de 2011
19 de septiembre de 2011
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se apalearon para simular agresión


Apalearon a dos compañeras para simular el ataque de una presa. Tres carceleras de la U52 de Azul fueron condenadas por golpear a dos compañeras. Quedó demostrado que lo hicieron para dejarles marcas y poder justificar de ese modo la golpiza que le habían dado a una presa. Un caso que radiografía al SPB.
[Horacio Cecchi] Argentina. Tres guardias de la cárcel de mujeres de Azul, la Unidad 52 del Servicio Penitenciario Bonaerense, fueron condenadas por golpear a otras tres mujeres en dicha unidad, en febrero de 2007, mientras que una cuarta carcelera resultó absuelta. Lo curioso (aunque sumamente expresivo) del caso es que las golpeadas resultaron ser una presa y dos guardias (supuestamente) compañeras. La paliza que dieron a las dos empleadas del SPB se debió a que pretendían justificar la golpiza que antes habían propinado a la detenida, simulando que tuvieron que controlarla porque la interna, fuera de sí, estaba apaleando a sus demolidas compañeras.
El 28 de febrero de 2007, Claudia Aguirre, alojada en la U52 de Azul, fue trasladada desde el pabellón hasta una celda del sector de admisión. El motivo alegado: que había provocado (supuestos) incidentes en el sector donde era alojada.
En aquel momento, la información que trascendió fue que en un ataque feroz la presa habría repartido golpes a diestra y siniestra, habría lastimado seriamente a dos guardias y que sólo habría podido ser controlada con la participación de otras tres o cuatro funcionarias, según fuentes carcelarias, condicional incluido.
Tiempo después, las dos guardias seriamente lastimadas –María Eugenia Cervino y Rosa Edith Alonso– denunciaron otra versión de los golpes, ya no en condicional y con fuentes verificables: sostuvieron que Aguirre había sido trasladada hasta el sector de admisión, donde Estefanía Fernández, una de las condenadas, la ablandó a golpes, patadas y palazos, mientras la detenida se acurrucaba en el piso intentando protegerse. Un silencioso y paciente trabajo de Laura Ramallo y Jorge Moreno, de la APDH de Azul, permitió que las dos denunciantes, muy atemorizadas, se animaran a presentar el caso ante la Justicia.
Según quedó demostrado en el juicio, para justificar el deplorable estado en que había quedado la detenida, Fernández junto a Natalia Paola Callegaro y María José Newbery rodearon a Cervino y Alonso, y decidieron que debían colaborar con ellas forzosamente, es decir, debían representar la supuesta violencia de la detenida en sus propios cuerpos, con marcas de golpes y moretones. Y, como quien dice, las molieron a patadas al grito de "¡defendámoslas!", tal como se registra en la historia de la humanidad en cuanta cruzada se haya realizado en aras de la paz mundial.
El juicio –llevado adelante por el juez Carlos Pocorena, del Juzgado Correccional Nº 1, de Tandil– tuvo su curiosidad: las defensas, y sus testigos incluidos, reconocieron que había ocurrido todo tal cual la denuncia. Pero sus abogados sostuvieron que fueran absueltas por la "atipicidad" de los hechos, lo que en realidad parecía disculpar más al SPB que a las acusadas. Moreno se presentó como particular damnificado y Ramallo como representante de APDH. La fiscal Neli Rosas pidió 3 años de prisión para las cuatro acusadas, incluida Fabiana Marianache, por omisión de denuncia, a Fernández por vejámenes y a Callegaro y Newbery por lesiones graves a Alonso y leves a Cervino. Moreno reclamó 3 años de cumplimiento efectivo. El juez sentenció a Fernández a 2 años y 5 meses; a Callegaro y Newbery a 1 año y 8 meses; y a Marianache la absolvió.
20 de septiembre de 2011
19 de septiembre de 2011
horaciolqt@yahoo.com.ar
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homenaje a julio lópez


Acto en homenaje a Jorge Julio López, desaparecido el 18 de septiembre de 2006. El mismo dolor que hace cinco años. Organismos de derechos humanos y agrupaciones de izquierda convocaron a la marcha que se realizó desde el Congreso hasta la Plaza de Mayo para reclamar justicia y la aparición del testigo.
[Adriana Meyer] Argentina. "Toda esta gente está peleando por un bien común", le dijo Ramón a su hijo Agustín, que miraba pasar la marcha sentado sobre sus hombros. Pero como su cara evidenciaba que desconocía los motivos de la movilización, una militante abandonó la columna de su agrupación y le entregó un volante. Al rato, ya en la mesa de un bar de la Avenida de Mayo, leían juntos que ayer se cumplieron cinco años de la desaparición de Jorge Julio López, el sobreviviente de la dictadura que atestiguó contra el genocida Miguel Etchecolatz y fue secuestrado pocos días antes de la sentencia en aquel juicio. Y que por esa razón, y para pedir "aparición con vida, castigo a los culpables y fin a la persecución de luchadores populares", toda esa cantidad de gente iba de Congreso a Plaza de Mayo. Cuando su papá llegó a la parte que decía "cinco años sin López, cinco años de encubrimiento y silencio oficial, cinco años sin culpables ni sospechosos, cinco años de impunidad", el chico preguntó qué es la impunidad. "Cuando pedís justicia y no te la dan", trató de resumir Ramón.
"Es un aniversario muy duro, algunos que hablan hoy tendrían que haber actuado hace cinco años pero Julio está más presente que nunca, por donde mirás está su rostro porque tratamos de reconvertir su ausencia", dijo a Página/12 Guadalupe Godoy, quien fuera abogada del querellante López, durante la enorme marcha que se hizo en La Plata, ciudad que fue "empapelada" con el rostro del albañil que desapareció en dictadura, sobrevivió a los campos de exterminio, lo contó ante la Justicia al acusar a sus victimarios, y nunca más apareció en democracia. Agustín exclamó de pronto "¡miren qué grandote!". Fue cuando pasó un muñeco gigante que representaba al testigo desaparecido, mientras se armaba la cabecera de la marcha, a la altura de San José. Allí, sosteniendo la bandera de Encuentro Memoria Verdad y Justicia (EMVJ), se alinearon las Madres de Plaza de Mayo (LF) Mirta Baravalle y Elia Espen, Diana Kordon (Liberpueblo), Carla Lacorte (Ceprodh), Christian Castillo y Myriam Bregman (PTS), Néstor Pitrola, Gabriel Solano y Jorge Altamira (PO), José Castillo y Juan Carlos Giordano (IS), Vilma Ripoll (MST en Proyecto Sur), Héctor Heberling (Nuevo MAS) y Patricia Walsh (Proyecto Sur). Abriendo paso entre fotógrafos, cronistas y camarógrafos, megáfono en mano, Enrique Fukman y Carlos Lordkipanidse, de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos (AEDD).
"Cada 18 sentimos el mismo dolor que aquella mañana en que Julio no aparecía, cuando a las pocas horas presentábamos el hábeas corpus y decíamos que había que buscar a los secuestradores en Marcos Paz y en la Bonaerense, pero lo grave es que testigos como López se presentan, exponen su historia y su integridad física como él, mientras que son cada vez más los acusados y condenados van quedando en libertad", dijo a Página/12 Myriam Bregman, abogada de López en el juicio contra Etchecolatz y candidata del Frente de Izquierda. "La experiencia de Julio López marca que los genocidas tienen que estar en la cárcel, que el aparato represivo de la dictadura sigue impune y en funciones, como demostramos en la causa ESMA, que 3100 suboficiales de la Marina de esa época están en actividad, así como 9 mil policías en la Bonaerense. Todo esto sobreexpone enormemente a los testigos y nadie puede hablar de protección si todas estas personas siguen impunes y en sus casas", agregó.
A las 17 en punto ingresó la cabecera a la plaza, ante la mirada asombrada de algunos turistas. Dos jóvenes mexicanos preguntaron "¿quién es López?". Una señora que se había sumado con sus hijas a la marcha un par de cuadras antes le explicó que "era un albañil de 77 años que sobrevivió a la tortura y declaró contra los represores que se lo habían llevado en 1976, pero lo volvieron a desaparecer". Uno de los extranjeros elogió que haya ese tipo de juicios. "Es que hay una decisión política", respondió la mujer y lo despidió para seguir marchando.
A esa hora un viento fresco pulseaba con unos débiles rayos de sol, y Eduardo Nachman, hijo del desaparecido Gregorio Nachman, comenzaba la lectura del documento del EMVJ. "Acusamos al gobierno nacional y provincial de encubrir la desaparición, los responsabilizamos de usar el silencio que sostiene la impunidad, de haber renunciado a buscar y encontrar a nuestro compañero Julio, y a su obligación de detener, juzgar y condenar a los responsables", dijo casi en el inicio del discurso. "Lo hacemos conscientes de que esto es coherente con la política represiva que implementa hacia la protesta social, porque la mano de obra genocida, así como sus discípulos presentes en las fuerzas de seguridad, están dispuestos y son utilizados para esa tarea", agregó. Es que hace cinco años el entonces gobernador Felipe Solá y su ministro de Seguridad, León Arslanian, dijeron que aún había miles de policías en la Bonaerense que venían de la dictadura y que estaba en peligro la "gobernabilidad" de esa fuerza. "Con dolor y bronca decimos que este año fueron asesinados luchadores populares, que el gatillo fácil como instrumento de criminalización de la pobreza sigue golpeando a los jóvenes, que se persigue a dirigentes obreros a través de procesos judiciales", leyó Nachman. Y respecto de los juicios por delitos de lesa humanidad, el EMVJ consideró que "la impune desaparición de Julio ha facilitado el asesinato de Silvia Suppo, los secuestros de Puthod y Gerez, y las centenares de amenazas a testigos y querellantes en los juicios contra los genocidas".
20 de septiembre de 2011
19 de septiembre de 2011
©página 12

murió george kuchar


Cineasta alternativo.
[Paul Vitello] Murió el martes en San Francisco el director George Kuchar, cuyas extravagantes aunque ardientes películas camp de bajo presupuesto inspiraron en los años sesenta a directores como John Waters y David Lynch, y ayudaron a encender la estética de la película casera ahora omnipresente en YouTube. Tenía 69 años.
La causa fue un cáncer a la próstata, dijo su hermano gemelo, Mike.
Kuchar y su hermano empezaron a hacer películas juntos cuando eran niños, usando la cámara de ocho milímetros que recibieron como regalo cuando cumplieron doce años, utilería sacada del departamento de la familia y actores enrolados entre amigos y vecinos del Bronx.
George y Mike Kuchar empezaron a llamar la atención de la escena del cine alternativo a principios de los años sesenta con irónicas parodias como ‘I Was a Teenage Rumpot’, ‘Night of the Bomb’ y ‘Lust for Ecstasy.’ Las películas se burlaban de los largometrajes de Hollywood que los hermanos devoraban durante las maratones de los fines de semana en el teatro local -donde en realidad crecieron mientras transmitían lo que el New York Times, en una retrospectiva de 1983, definió como "una compasiva visión de la condición humana, especialmente de la soledad."
Mientras los dos desarrollaban estilos individuales, George Kuchar dirigió en 1966 el corto ‘Sujétame mientras estoy desnudo’ [Hold Me While I’m Naked], una reflexión semi-autobiográfica sobre las frustraciones de un director películas pornográficas suaves. Muchos estudiosos del cine la consideran como uno de los textos definitorios de la estética camp. Junto con su ‘Diarios del tiempo’ [Weather Diaries], una serie de películas que hizo en visitas anuales a un campamento de casas remolque en Oklahoma durante la temporada de tornados, es su trabajo mejor conocido.
La capacidad de Kuchar de hacer películas con nada de dinero durante una prolífica carrera en la que a veces hacía dos o tres películas por año para el circuito de cine arte, fue motivo de orgullo para él, y una fuente de inspiración para varias generaciones de jóvenes cineastas.
"Fue un liberador", dijo P. Adams Sitney, fundador de Anthology Film Archives en el East Village, una organización sin fines de lucro que colecciona y conserva películas experimentales. "Te mostraba cómo hacer una película sin gastar un centavo, usando a tus amigos y tu ingenio. Su influencia es incalculable, y lo puedes ver en YouTube. Siempre fue un tipo que quería hacer películas. Creo que ni siquiera le interesaba ser descubierto por Hollywood."
Waters, que se pasó del cine de culto al convencional con su película de 1988, ‘Hairspray’, dijo en una entrevista el miércoles que los hermanos Kuchar fueron "las personas que hicieron que quisiera hacer películas."
"Fueron los primeros cineastas ‘experimentales’ sobre los que leí cuando era un quinceañero", agregó. "Eran gigantes. Inspiraron a cuatro o cinco generaciones de cinéfilos del cine arte militantemente excéntricos. Para mí, eran los Warner Brothers alternativos."

George Andrew Kuchar nació en Manhattan el 31 de agosto de 1942 (una hora después de su hermano) y creció en el Bronx. Su padre -llamado también George- era un camionero cuya preferencia por las películas pornográficas provocó un interés inicial en lo que el joven George llamó "la sordidez de los adultos" y el poder del cine "en darle vida tan repentinamente."
Su madre, Stella, compró a los gemelos la cámara.
Tras egresar de la Escuela de Arte Industrial (ahora la Escuela Superior de Arte y Diseño) en Manhattan, Kuchar trabajó brevemente dibujando mapas meteorológicos para el meteorólogo de la televisión de Nueva York, el dr. Frank Field; luego trató de dibujar historietas. Se conformó con ser un cineasta de tiempo completo después de que The Village Voice y The New York Herald Tribune escribieran entusiastas artículos sobre algunas de sus primeras producciones. (Un reseñador en Newsweek llamó a los hermanos "los santos inocentes del cine alternativo.")
En 1971 fue invitado a enseñar cine en el Instituto de Arte de San Francisco, donde trabajó en la facultad hasta que, este año, su enfermedad lo obligó a dejar de trabajar. La docencia le proporcionó no solamente un ingreso estable, sino además cientos de actores aficionados -sus estudiantes- dispuestos a aparecer en algunas de sus películas posteriores, incluyendo ‘Carnal Bipeds’ (1973), ‘I Married a Heathen’ (1974) y ‘I, an Actress’ (1977).
Kuchar, que nunca se desprendió de su acento del Bronx, fue siempre prosaico a la hora de describir su trabajo. En los numerosos documentales y entrevistas impresas que lo citan, casi nunca usa el término vanguardia. Es más probable que fanfarronee de lo poco que gastaba en hacer películas, o que compare los costes de usar película y cinta de video, que exponga una teoría articulada sobre el cine.
"Normalmente, no tengo casi vida personal", dijo en una entrevista grabada, respondiendo a una pregunta sobre por qué hacía películas. "Hacer una película es muy personal. Tienes que tratar con gente. Es como una fiesta. Haces una fiesta y después te quedas solo en casa durante un largo tiempo. La editas, y la montas y luego haces otra fiesta para mostrar lo que hiciste. Así que te ayuda a tener vida social."
Sin embargo, en una entrevista en video de 2009 probablemente dio su mejor explicación sobre sus motivos para convertirse en cineasta. "A veces haciendo películas, ves a una persona muy guapa. Y lo primero que se me viene a la mente es que quiero hacer una película sobre esa persona. "Porque me gusta ponerme gasas -ah, una tela negra barata sobre la lente, con una cinta de goma- y crear lo que parecen películas de los años cuarenta, o películas con un bello estilo de Hollywood, e inflar a esa personas y hacerlas más grandes que la vida y convertirlas en dioses y diosas. Y pienso que las películas son una maravillosa manera de llevarlos hacia el público, e inspirarlo con grandes objetos de deseo, y sueños, y cosas de gran belleza."
Agregó, después de una larga pausa: "Seres humanos vivos de belleza."
20 de septiembre de 2011
8 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

terminemos con la sopa de tiburón


Las poblaciones de tiburones están disminuyendo. California puede ayudar aprobando la prohibición de la aleta de tiburón. Editorial de Los Angeles Times.
La pérdida de una tradición cultural es lamentable, pero la pérdida de una especie es trágica y el trastorno del equilibrio medioambiental de los océanos podría ser catastrófico. Es por eso que un proyecto de ley en California, que prohíbe la posesión y venta de aletas de tiburón, debe ser rescatado de los archivos de la Comisión de Asignaciones del Senado el jueves y ser aprobado por los senadores.
Las poblaciones de tiburón están disminuyendo y cerca de un tercio de las especies de tiburón están en peligro de extinción. Contribuye a esta situación la práctica de la pesca del tiburón en operaciones de pesca de gran envergadura en las que se corta a los tiburones sus preciadas aletas, usadas para la exclusiva sopa de aleta de tiburón, y se arroja el resto del pez al océano, para que muera allí. En el pasado, la onerosa sopa no estaba al alcance de todo el mundo, sino solamente de las familias chinas más ricas, pero la emergencia de la clase media china hizo subir la demanda hasta el punto de que se calcula que setenta millones de tiburones son matados al año solamente por sus aletas.
Algunos chino-estadounidenses se oponen vehementemente al proyecto, diciendo que sería el fin de una tradición de siglos de antigüedad: la de servir sopa de aleta de tiburón en las bodas. Un cuenco de esta sopa es un símbolo de prestigio que cuesta cerca de cien dólares. Otros apoyan incondicionalmente el proyecto -uno de los patrocinadores es el representante demócrata Paul Fong (Sunnyvale), que es de origen chino-, señalando que hay muchos modos de homenajear a los invitados de una boda con delicias prestigiosas.
Pese a las afirmaciones de sus detractores, el proyecto no es discriminatorio. La tradición merece respeto, pero a veces las costumbres deben acatar imperativos medioambientales, que en este caso es permitir que las poblaciones de tiburón vuelvan a niveles más sanos. La carne de ballena fue consumida históricamente por Japón, pero es ilegal vender esta carne en este país. En Hong Kong, en un importante centro comercial de aletas de tiburón, una encuesta a principios de año constató que sólo cerca del viente por ciento de los habitantes creen que sería inaceptable omitir la sopa en las bodas.
Como importantes depredadores del océano, los tiburones ayudan a mantener el equilibrio del ecosistema marino. Producen relativamente pocas crías y demoran en madurar; sus poblaciones no se recuperan rápidamente. La práctica de cercenar las aletas del tiburón ya es ilegal en aguas territoriales de Estados Unidos, la Unión Europea y muchos otros países, pero es común en aguas internacionales. Obviamente, una prohibición a nivel de estado no pondrá fin a la pesca de tiburones, pero haría una importante diferencia. Fuera de China, California es el mercado más grande del mundo para aletas de tiburón.
El proyecto AB 376 se ha inspirado en la prohibición en Hawai que se convirtió en ley el año pasado; Oregon y Washington aprobaron prohibiciones este año. Los líderes de la legislatura en California, durante largo tiempo a la vanguardia en el fomento del medio ambiente marino, no deberían perder esta oportunidad de proteger los océanos.
19 de septiembre de 2011
25 de agosto de 2011
©los angeles times
cc traducción c. lísperguer

atrocidades de kim jong-il


La comunidad internacional no se puede cruzar de brazos frente a las atrocidades que comete el régimen comunista norcoreano contra su propia población.
[Benedict Rogers] Corea del Norte es clasificada en todos los sondeos de libertad y derechos humanos como lo peor de lo peor. Una red de al menos seis campos de prisioneros políticos, con cerca de veinte mil personas internadas, forma el núcleo del terrible aparato represivo de Kim Jong-il. Espeluznantes relatos de las peores formas de tortura posibles han sido proporcionados por sobrevivientes que han escapado de los gulags.
¿Qué debería hacer la comunidad internacional?
Primero, terminar con su silencio. Es extraordinario que una situación tan grave como la de Corea del Norte sea rara vez discutida. Cuando Corea del Norte aparece en la agenda, es en el contexto de su programa nuclear, seguridad regional o escasez de alimentos. Muy rara vez entran los gulags de Corea del Norte en la conciencia de las potencias internacionales. Eso debe cambiar.
Segundo, es urgente apoyar los esfuerzos para hacer llegar a Corea del Norte información desde fuera. Las transmisiones radiales son el modo más efectivo de hacerlo. Cada vez más norcoreanos tienen acceso a la radio y a celulares, y la comunidad internacional debería recurrir a esos canales para difundir información sobre el país.
Tercero, debemos encontrar maneras de hablar directamente con el régimen y plantear nuestras inquietudes sobre los derechos humanos. El año pasado acompañé a dos parlamentarios británicos, Lord Alton y la baronesa Cox, en un viaje a Pyongyang. En todas las reuniones con altos funcionarios norcoreanos, hablamos sobre los campos de prisioneros y otros graves problemas de derechos humanos.
Sólo el tiempo dirá si esas iniciativas tuvieron algún efecto, pero Corea del Norte es el país más cerrado del mundo, así que nuestro objetivo debería ser encontrar maneras de abrirlo, no de aislarlo aun más.
Más importante, necesitamos hacer un esfuerzo para terminar con la impunidad. Es hora de que Naciones Unidas forme una comisión para investigar los crímenes contra la humanidad que se cometen en Corea del Norte.
Los escépticos dirán que los norcoreanos no cooperarán nunca con una pesquisa semejante, y que el acceso al país será imposible. Eso es muy probable, pero no quiere decir que no se puede investigar.
[El autor es jefe de equipo de Christian Solidarity Worldwide y co-fundador de la International Coalition to Stop Crimes Against Humanity in North Korea.]
19 de septiembre de 2011
9  de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

menos bajas que las esperadas


Hay menos bajas que las declaradas por los bandos en conflicto en Libia, incluyendo las víctimas de los bombardeos aéreos de la OTAN, las de ejecuciones gubernamentales y las de los asesinatos de negros subsaharianos cometidos por paramilitares libios.
[Rod Nordland] Libia. Oficialmente, de acuerdo a los nuevos gobernantes libios, sus mártires de la lucha contra el gobierno del coronel Muamar al-Gadafi deberían rondar los treinta mil o cincuenta mil, sin contar las bajas enemigas.
Sin embargo, en las morgues del país, las víctimas de la guerra registradas para los dos lados en cada área se cuentan de momento en cientos, no en miles. Y aquellas que todavía están desaparecidas no sobrepasan las mil, de acuerdo al Comité Internacional de la Cruz Roja. Esas cifras pueden ser incompletas, pero incluso si las personas desaparecidas fueran tres veces más, y estuvieran todas muertas, la cuenta total sería mucho más baja que el total de bajas según el nuevo gobierno.
El viernes, los combatientes anti-Gadafi atacaron los dos últimos bastiones de las fuerzas gubernamentales en la ciudad portuaria de Surt y en Bani Walid, una ciudad en el desierto. Aunque ambos asaltos fueron repelidos por la tenaz resistencia de las fuerzas gadafistas, no cabe duda de que la guerra está en sus fases finales. Y mientras remite, la pregunta sobre cuántas víctimas se cobró la guerra adquiere mayor significación.
Desde que empezara la rebelión libia, el número de muertos es indiscutiblemente pavoroso, incluso si no corresponde con la representación de los ex rebeldes en cuanto a que se trató de una lucha del tipo de David contra Goliat contra un régimen sanguinario que, afirman, asesinó a decenas de miles de personas indefensas e inocentes. También se ha convertido en un tema delicado y algunos funcionarios de gobierno se niegan a entregar cifras reales sobre las bajas y las organizaciones de derechos humanos se muestran cautas a la hora de adoptar una posición definitiva.
Las nuevas autoridades dicen que el número de muertos confirmados aumentará con el hallazgo de fosas comunes donde el gobierno de Gadafi ocultaba a sus víctimas, tanto durante los últimos meses como cuando se derrumbó y abandonó Trípoli y otros centros de población.
Es efectivo que se han encontrado sitios con enterramientos masivos recientes -trece de estos fueron confirmados por la Cruz Roja, y "cerca de veinte" fueron hallados por el gobierno, de acuerdo al coordinador humanitario del Consejo Nacional de Transición, Muattez Aneizi. Se encuentran más "casi todos los días", dijo Aneizi.
Sin embargo, que se trata de fosas comunes masivas es algo engañoso, porque en realidad la fosa común más grande encontrada hasta el momento, en las montañas de Nafusah, al occidente de Libia, tenía treinta y cuatro cuerpos. En muchas de las otras, las víctimas se cuentan con dígitos simples. Muchos sitios ni siquiera son fosas, sino más bien contenedores o edificios donde las víctimas
fueron ejecutadas y sus cuerpos abandonados.
La Cruz Roja contó sólo 125 muertos en los trece sitios confirmados, 53 de los cuales fueron hallados en un hangar cerca del aeropuerto de Trípoli. Aunque los rebeldes probablemente no murieron en las cantidades que reclaman, no hay duda de que muchos fueron asesinados, a veces de manera horrorosa, después de haber sido tomados prisioneros. Cuando colapsó el gobierno de Gadafi y sus intransigentes huyeron de Trípoli y otros bastiones, esos crímenes de guerra ocurrieron en muchos casos bien documentados. Simplemente, a juzgar por las evidencias disponibles, no se trató de miles de casos.
No existe ninguna explicación que de cuenta ni de las cifras del consejo -de 30 mil a 50 mil víctimas- ni de las cifras preferidas por el ministro de Salud del nuevo gobierno, Naji Barakat: de 25 mil a 30 mil víctimas.
En el ministerio de Salud, Mohammed al-Ghazwi, que encabeza la recién formada Comisión de Bajas, encargado de confirmar el número de muertes en el conflicto, se mostró reticente a ofrecer cifras. "Encontramos fosas nuevas todos los días, así que no puedo darle cifras específicas", dijo Ghazwi. "Pero se trata de 25 mil a 30 mil bajas, como dijo el ministro de Salud."
Interrogado sobre cuántas de esas bajas se basaban en casos documentados de muertos encontrados hasta el momento, dijo que eran muchos menos, pero que no podía entregar cifras. "Es muy difícil saber el número real [de bajas] porque durante el gobierno de Gadafi a los muertos los escondían", dijo Ghazwi.
En Trípoli hay dos morgues, pero la mayoría de las víctimas que murieron violentamente se hallan en una de ellas: en el Hospital Central de Trípoli. Allá, de acuerdo a Ali al-Kerdasi, miembro de la comisión prensa del hospital, el total de muertos desde el 25 de agosto es de setecientos. Kerdasi dijo que había seiscientas denuncias por personas desaparecidas, cuyos familiares habían llegado al hospital buscándolas. En las paredes del pabellón de emergencia del hospital cuelgan las fotos de 113 personas desaparecidas.
La cifra de setecientos muertos puede no incluir a los que murieron en los primeros días de la batalla final por la ciudad, desde el 20 de agosto, cuando los principales hospitales estaban en manos de las fuerzas de gobierno durante los primeros días, y los familiares pueden haber sepultado a algunos de sus muertos sin llevarlos a la morgue como exige la ley.
En la otra morgue -en el Centro Médico de Trípoli-, el doctor Hossam Algedar, director del equipo de personas desaparecidas del centro, dijo que no estaba autorizado para dar información sobre las cifras de muertos y desaparecidos. En las paredes de ese hospital, los volantes muestran al menos a 127 personas desaparecidas.
Los cuerpos de las personas que todavía no son identificadas se pueden mirar, con sus fotos, en la página de Facebook del equipo; son 52 en total. Algedar dijo que esa era una lista parcial.
Algedar no trepida en confirmar la cifra ampliamente citada sobre los muertos y desaparecidos. "De treinta mil a cincuenta mil es una cifra creíble", dijo. "El destino de los desaparecidos es un misterio."
Su opinión es compartida por el doctor Othman el-Zentani, un patólogo forense que está a cargo del Consejo Nacional de los Desaparecidos, que agrupa a varios ministerios y organizaciones internacionales como la Cruz Roja en un intento de racionalizar los listados de desaparecidos.
El comité todavía tiene que realizar su primera reunión, pero Zentani predijo con seguridad que los muertos o desaparecidos debían sobrepasar los veinte mil. "¿Por qué no?", dijo. "Es una lucha que lleva siete meses, en todas partes y con todo tipo de armas, así que eso no lo pongo en duda."
Todos están de acuerdo con el número de bajas, cualquiera que fuese, habría sido mucho más alto si las fuerzas del coronel Gadafi hubiesen resistido en Trípoli tanto tiempo como la gente temía que ocurriera. Pero en lugar de eso, la mayoría de las víctimas en la ciudad murieron entre el 20 y el 26 de agosto. "Trípoli cayó en cuestión de días; no fue como en Beirut ni como en Gaza", dijo Carole Pittet, de la Cruz Roja.
El cálculo de mil desaparecidos que hizo la Cruz Roja incluye a muchos trabajadores inmigrantes, dijo Pittet, y se basa en los informes de las oficinas locales en Trípoli; Misurata, escenario de los peores combates, y Bengasi, donde empezó la revolución.
Incluso en Bengasi, donde la lucha se libró durante semanas antes de que interviniera la OTAN para cambiar la marea contra las fuerzas del gobierno el número de bajas no puede haber sido mucho más alto que en Trípoli. De acuerdo a Omar Babdous, director de rastreo de la sede de la Sociedad del Creciente Rojo en Trípoli, hay confirmación de la muerte de 850 personas durante la guerra en Bengasi y alrededores, mientras que 1.350 figuran como desaparecidas.
En Misurata, una ciudad mucho más pequeña que Trípoli o Bengasi, el número de muertos fue peor que en cualquier otra parte de Libia. Las autoridades de Misurata han identificado a 1.083 víctimas de todos los lados, de acuerdo a Abu Bakr Triebe, director de la Oficina Médica de Misurata, y se cree que dos mil siguen desaparecidas.
El total de desaparecidos en esas tres grandes ciudades es mucho mayor que la cifra de la Cruz Roja para todo el país, a la que supera en 3.500 víctimas, incluso aunque los equipos de la Cruz Roja también estaban reuniendo datos en esas ciudades. Pero sin un sistema centralizado de control de los informes sobre desaparecidos, no es posible saber cuánta duplicación hay ni cuántos fueron denunciados originalmente como desaparecidos y ya han sido encontrados. Y muchos libios pueden no haber denunciado sus desaparecidos a la Cruz Roja.
Sidney Kwiram, representante de Human Rights Watch que ha estado en Libia durante gran parte del conflicto, dijo que era demasiado pronto como para sacar conclusiones sobre el número de muertos y desaparecidos. Algunos de los desaparecidos pueden haber sido retenidos por fuerzas gadafistas en Surt, donde hay un centro de detención de la policía militar. Muchos rebeldes fueron enterrados por familiares y amigos para evitar contactos peligrosos con las autoridades. "En Trípoli la gente incluso dejó de llevar a sus seres queridos al hospital, por miedo", dijo Kwiram.
Gran parte de la cifra oficial de muertes se basa en la teoría de que había treinta mil prisioneros antes de la caída del gobierno de Gadafi, pero cuando las prisiones fueron abiertas, sólo encontraron a nueve mil reos vivos. El problema es que nadie sabe realmente cuántos prisioneros había, y nadie en realidad contó cuántos recobraron su libertad.
"Las cifras que se ventilan en la prensa son básicamente suposiciones", dijo Stefan Schmitt, antropólogo forense de Médicos por los Derechos Humanos que estuvo en Libia hace poco para asesorar a las autoridades sobre cómo manejar las fosas comunes masivas. "Realmente, es demasiado pronto para saber."
[Kareem Fahim contribuyó al reportaje desde las afueras de Bani Walid, Libia.]
19 de septiembre de 2011
16 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer