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américa latina

dicen que está en honduras


Rodas: Zelaya va camino a Honduras.
Tegucicalpa, Honduras. La destituida canciller Patricia Rodas informó que el derrocado presidente Manuel Zelaya se encamina a Honduras a reclamar el cargo del que los militares despojaron el 28 de junio.
"Nuestro presidente (Zelaya) ha visitado varios países del continente (y le) hace falta algunos que recorrer, pero por ahora ya está camino a Honduras’’, aseguró Rodas en Bolivia, donde participó de un acto por el bicentenario de la gesta independentista, informó AP.
Sin ofrecer detalles, manifestó que Zelaya "estará en el algún momento y en algún lugar de Honduras, ya está caminando allá y que Dios lo proteja y los pueblos de América lo acompañen’’.
Desde Guatemala, Zelaya hizo el martes un llamado a los hondureños a la "insurrección’’ para sacar del poder a "los golpistas’’.
Rodas ha viajado desde entonces con Zelaya el Caribe, Centroamérica y Estados Unidos en busca de apoyo para ser restituido como presidente.
El Bloque Popular, que agrupa a 30 organizaciones de izquierda, arreció el jueves sus protestas para exigir en las calles el retorno de Zelaya, mientras el mandatario designado Roberto Micheletti anunció su disposición de dimitir por la paz de Honduras.
"En las calles es donde el pueblo refleja su malestar y su repudio al gobierno de facto’’, dijo a la AP el coordinador del Bloque Popular, Juan Barahona.
Unos 3.000 protestantes se situaron en El Durazno, al norte de Tegucigalpa, donde cerraron el paso hacia la región atlántica del país para demandar el regreso de Zelaya.
"Protestamos en toda localidad donde existen condiciones para hacerlo... y las manifestaciones continuarán este jueves y viernes en puntos estratégicos de Tegucigalpa y otras ciudades del territorio nacional hasta que logremos nuestro propósito’’, dijo el dirigente Israel Salinas.
El líder campesino Rafael Alegría, dijo a las autoridades: ``Verifiquen, aquí no hay ni un machete, ni pistola o fusil. Esta es una marcha pacífica’’, en alusión a que Micheletti advirtió el miércoles que los afiliados del Bloque Popular se estarían armando para causar el disturbios en Honduras.
En territorio nicaragüense unas 50 personas bloquearon durante cuatro horas el puesto fronterizo con Honduras Las Manos, a unos 180 kilómetros al norte de Managua, en apoyo de Zelaya.
El presidente venezolano Hugo Chávez dijo el jueves en Bolivia que habló por teléfono con Zelaya y que el mandatario derrocado le expresó su disposición de regresar a Honduras. ``Me dijo: no se si voy a morir, pero yo voy a Honduras. Está dispuesto a ingresar a Honduras. Prefiere morir’’.
Para Chávez, la situación en Honduras "podría derivar en una nueva guerra civil en Centroamérica’’.
Micheletti dijo el miércoles que está dispuesto a renunciar al cargo si Zelaya no retorna al país. ``La decisión es para que haya paz y tranquilidad, sin retorno, que conste, de Zelaya’’, subrayó.
El Congreso designó a Micheletti para desempeñarse en la presidencia por los seis meses que le faltaron a Zelaya, hasta el 27 de enero.
El designado canciller Carlos López presentó el jueves su "enérgica protesta’’ ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas por lo que calificó como "actos de provocación’’ de Venezuela contra Honduras debido a que el avión en que Zelaya intentó aterrizar en Tegucigalpa el 5 de julio era venezolano.

16 de julio de 2009
©el universal 
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insurrección en honduras


Gobierno de facto reintroduce el toque de queda, mencionando la amenaza de una insurrección armada.
[Juan Zamorano] Tegucigalpa, Honduras. El gobierno de facto de Honduras sugirió que los partidarios del derrocado presidente Manuel Zelaya estaban tomando las armas para restituirlo en la presidencia y reimplantó el toque de queda que había levantado hace unos días.
El gobernante de facto Roberto Micheletti dijo el miércoles que fuerzas que no identificó "estaban repartiendo armas" para fomentar la rebelión.
Un día antes, Zelaya dijo que los hondureños tenían derecho a la insurrección contra un gobierno ilegítimo -refiriéndose a una cláusula de la constitución del país- y advirtió que se retiraría de las conversaciones para resolver la crisis si el gobierno de facto no renuncia a corto plazo.
"Hay informes, no sé si son reales, no he sido informado oficialmente, que dicen que hay un grupo de gente armada y que Zelaya entrará al país este domingo por la frontera nicaragüense", dijo Micheletti, el ex presidente del Senado que fue nombrado presidente para servir los últimos seis meses del mandato de Zelaya después del golpe de estado del 28 de junio.
Agregó que "tenemos confianza en que este problema se pueda resolver mediante el diálogo". Las conversaciones para superar la crisis deberían reanudarse este sábado, con la mediación del presidente costarricense, Óscar Arias.
Pero una declaración del gobierno leída por televisión implanta un toque de queda de medianoche a cinco de la mañana a partir del miércoles noche. Mencionaba "las continuas y abiertas amenazas de grupos que quieren provocar disturbios y desorden".
El domingo, los oficiales levantaron un toque de queda similar que se había implantado desde el golpe, diciendo que tenían bajo control el malestar civil.
Antes el miércoles, Micheletti ofreció renunciar "si en algún momento esta decisión es necesaria para llevar paz y tranquilidad al país". Pero dijo que eso dependía de garantías de que Zelaya no volvería al poder.
Zelaya no pudo ser localizado para oír su reacción, pero no es probable que el ofrecimiento de renuncia pueda solucionar la crisis creada por el golpe, en el que soldados secuestraron a Zelaya y lo enviaron en avión fuera del país.
Si Micheletti renunciara, según la ley hondureña la presidencia pasaría al presidente de la Corte Suprema, Jorge Rivera. La Corte Suprema participó en el golpe, resolviendo que Zelaya había violado la ley al intentar realizar una consulta sobre si redactar o no una nueva Constitución.
Muchos hondureños veían la consulta propuesta como un intento de Zelaya, un aliado del presidente venezolano Hugo Chávez, de terminar con la prohibición de la reelección y allanar el camino para volver al poder.
Zelaya niega que estuviese intentado ser reelegido.
El gobernante de facto ha amenazado con cárcel a Zelaya, un adinerado ganadero que se inclinó hacia la izquierda después de las elecciones, si vuelve a Honduras.
Las demostraciones a favor del retorno de Zelaya continuaron en Tegucigalpa el miércoles y sus partidarios llamaron a realizar huelgas.
El dirigente sindical Israel Salinas, una de las principales figuras del movimiento pro-Zelaya, dijo a miles de manifestantes que marchaban por la capital que los trabajadores de las empresas estatales planean paralizar sus labores más tarde esta semana.
Dijo que los organizadores de las protestas estuvieron hablando con dirigentes sindicales de compañías privadas para ver si podían organizar una huelga general contra Micheletti. Salinas también dijo que sindicatos solidarios en Nicaragua y El Salvador tratarían de bloquear los cruces de fronteras más tarde esta semana en "solidaridad con nuestra lucha".
Los manifestantes arrojaron piedras contra un edificio de gobierno que alberga al instituto de la mujer del país. No hubo heridos ni lesionados.
"Vamos a llamar a una asamblea constituyente. Vamos a quemar el Congreso", prometió Miriam Miranda, una dirigente de las protestas.
Dos reuniones previas en Costa Rica no produjeron ninguna solución. Arias, que ganó el Premio Nobel de la Paz en 1987 por sus esfuerzos para poner fin a las guerras de América Central, instó a Zelaya a "ser paciente".

16 de julio de 2009
©fwdailynews
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golpe con final imprevisto


El derrocamiento muestra un nuevo tipo de lucha latinoamericana, en la que los presidentes de izquierdas elegidos retan el status quo y ponen a prueba los límites de la democracia en el marco de constituciones autoritarias.
[Tracy Wilkinson] Tegucigalpa, Honduras. El sábado 27 recibieron la orden: Arresten al presidente. Esa noche, oficiales hondureños dejaron de responder las llamadas de funcionarios estadounidenses.
En la madrugada del domingo, comandantes del ejército disparando al aire tiros de advertencia, entraron por la puerta de atrás de la casa del presidente, lo sacaron de la cama y se lo llevaron, todavía en piyama.
En quince minutos, la operación había terminado. Pero el golpe que derrocó al presidente Manuel Zelaya se había estado cocinando desde hacía meses, y tenía como ingredientes a un presidente arbitrario y provocador, los temores a menudo exagerados de una elite inflexible y unas fuerzas armadas con lealtades divididas.
Esa crisis a fuego lento explotó como uno de los retos más serios a los que se enfrenta América Latina en diez años. De algún modo, es un retroceso a la vieja América Latina, cuando golpes y uniformados determinaban a menudo quién gobernaba. Pero también fue emblemático de una lucha subterránea que se libra en todo el continente, donde una camada de presidentes de izquierdas con tendencias autoritarias han ascendido al poder mediante elecciones, retado el status quo y puesto a prueba los límites de la democracia [en países con constituciones redactadas durante las dictaduras militares de extrema derecha entre los años setenta y ochenta del siglo pasado].
El siguiente informe se basa en entrevistas con numerosos hondureños y extranjeros implicados en el golpe o en los acontecimientos que desembocaron en él. Algunos detalles son todavía discutidos.

Cuando ganó la elección presidencial de 2005 por un estrecho margen, Zelaya era un afuerino -no un miembro a parte entera de la elite que siempre gobernó el país. Sin embargo, incluso los hondureños que lo admiran dicen que se enamoró del poder que pensaba que tenía.
Su apuesta, decidiría pronto, era aliarse con el emergente bloque en la región encabezado por el presidente venezolano Hugo Chávez, un errático y carismático líder populista que suscita apasionados extremos de admiración y odio. Zelaya adoptó la retórica socialista de Chávez, sus bravatas, incluso su ropa truculenta. (Empezó a llevar un sombrero de vaquero blanco como su símbolo).
Zelaya logró impulsar leyes en beneficio de los pobres y eso alteró a la elite, entre ellas una que aumentó considerablemente el salario mínimo en un país donde el cuarenta por ciento de la población vive con menos de un dólar al día. Pero para él el poder era más importante que una ideología sólida.
"Para él, se trataba de convertirse en una gran figura", dijo Juan Ramón Martínez, historiador y analista político que tuvo muchos encuentros con Zelaya. "Si tenía que bailar el cha-cha-cha, lo hacía. Si tenía que adoptar la retórica marxista, la adoptaba".
La ideología puede no haber sido importante para Zelaya, pero sí lo era para su círculo íntimo, cuyos miembros trazan sus orígenes a la pequeña izquierda radical hondureña que emergió en los años setenta. Estudiaron juntos en la universidad, lucharon contra las brutales dictaduras militares de la época, fueron perseguidos. Finalmente adoptaron la causa de los derechos humanos o estudiaron abogacía, pero no abandonaron sus ideales.
Ayudaron a inclinar a Zelaya hacia la izquierda, y el año pasado este entró firmemente en el campo de Chávez al unirse a un grupo de presidentes latinoamericanos de izquierdas, formado hace cinco años por el presidente venezolano y Fidel Castro, de Cuba.
Cuando la vieja izquierda se hizo con el poder, la vieja derecha entró en acción. Hombres de negocios y medios de comunicación a su servicio empezaron a golpear a Zelaya implacablemente.
Entonces empezó un viejo trauma. Zelaya empezó a hablar de reformar la Constitución y sus enemigos decidieron que estaba buscando poner fin a los términos del mandato presidencial para poder reelegirse -como había hecho Chávez en Venezuela.
La Constitución hondureña prohíbe la reelección de presidente, una disposición que nació de una historia llena de gobernantes que se quedaron por más tiempo. El más famoso fue Tiburcio Carias, un militar con estrechos lazos con las compañías extranjeras de exportación de frutas que hicieron de Honduras la primera república bananera, rescribió la Constitución y gobernó de 1933 a 1949.
En marzo, Zelaya convocó a una votación el 28 de junio para buscar apoyo para reformar la Constitución. Inicialmente, la redacción de la convocatoria era suficientemente inocua, y había mucha anticipación por la ‘consulta popular’, como se lo llamaba. Contaba con gran apoyo entre la mayoría descontenta para la que los veintisiete años de experimento con la democracia en Honduras no han mejorado la vida diaria.
El 12 de mayo el fiscal general resolvió contra la votación. Zeleya ignoró la orden y siguió adelante con su campaña.
El Congreso, dirigido por Roberto Micheletti, un magnate del transporte del Partido Liberal de Zelaya, también se opuso a la votación. La diminuta clase rica de Honduras es notoriamente reacia a compartir su riqueza, y sus miembros vieron la movida de Zelaya para reformar la Constitución como la última gota. Organizaron protestas callejeras y una guerra mediática contra la consulta.
"Nunca un gobernante había asustado tanto a los instrumentos del poder político y económico", dijo el historiador Martínez.

Sube la Presión
A mediados de junio, las cosas empezaron a inclinarse precipitadamente hacia el desastre.
El 12 de junio el alto mando militar se reunió en secreto, dejando a Zelaya deliberadamente al margen. Los rumores de golpe que habían estado rebotando en la capital durante semanas se hicieron más insistentes. Cinco días después, el ministro de Defensa de Zelaya renunció, aunque la renuncia no se conocería sino una semana más tarde.
Ignorando la resolución de una corte de apelaciones que nuevamente declaraba ilegal la votación del 28 de junio, Zelaya anunció que el ejército ayudaría con la consulta, distribuyendo y recogiendo las urnas de votación.
Esto provocó conmoción en el mando militar: Se le estaba pidiendo ejecutar una operación que había sido declarada ilegal.
El jueves 25 de junio se desplegaron tropas en toda la capital, mientras el Congreso se reunía para deponer a Zelaya. Los políticos, incluyendo a Zelaya, prepararon la cobertura legal y constitucional para remover a un presidente que decían que estaba violando la ley.
Al día siguiente, La Gaceta, el registro de leyes oficial del gobierno, publicó el decreto convocando a la votación el domingo siguiente. Los enemigos de Zelaya dicen que la redacción del decreto final había sido cambiado de tal modo que permitiría una rápida reforma de la Constitución mediante una asamblea constituyente. Analistas no hondureños dicen que una serie de medidas legislativas eran todavía necesarias para que eso pudiera ocurrir.
Pero en realidad la lógica ya no importaba en estos momentos; la suerte estaba echada.
Funcionarios estadounidenses aparentemente subestimaron la seriedad y alcance de la crisis. En el último fin de semana antes del golpe, estaban telefoneando frenéticamente a sus contactos en Honduras en un intento de impedirlo. Hablaron en varias ocasiones con comandantes del ejército hondureño, con el que Estados Unidos ha tenido una larga relación.
Pero en las horas de antes de golpe, los funcionarios estadounidenses descubrieron que ya no podían comunicarse con los oficiales.

Una Movida Definidora
A Juan Ramón Martínez le gusta levantarse temprano los domingos. Entonces tiene tiempo para escribir y pensar. En la madrugada del 28 de junio estaba trabajando en su ordenador en su casa a una o dos cuadras de una de las residencia del presidente Zelaya.
De repente oyó una balacera. Se asomó con cautela a la puerta principal para preguntar al joven celador qué pasaba. "¡Golpe de estado!", respondió el hombre con un sonoro susurro. Un golpe. Martínez se volvió para encontrarse con un enorme soldado en tenida de combate que lo miraba desde la calle a unos metros. "¡Métase en su casa!", ladró el soldado.
Quince minutos después, ya había terminado. Un equipo del ejército, bajo el mando de un general y dos coroneles, había secuestrado a Zelaya.
Hasta este momento, los conspiradores podrían haber justificado sus acciones ante la comunidad internacional alegando que las fuerzas armadas estaban cumpliendo una orden judicial legítima para arrestar al presidente. Sin embargo, lo que pasó después los privó de ese lujo.
Los militares llevaron a Zelaya a empujones hacia un avión militar. Todavía en pijama, el presidente fue trasladado a Costa Rica.
Incluso entre los que apoyaban la remoción de Zelaya, la decisión de expulsarlo fue más allá de lo tolerable, y el asesor jurídico del comandante en jefe del ejército reconoce ahora que la expulsión fue ilegal.
"Ha hecho que Honduras quedara mal por una acción que se emprendió para beneficio de un sistema democrático", dijo Jorge Canhuate Larash, uno de los más poderosos hombres de negocios del país.
Las fuerzas armadas han asumido la responsabilidad por haber sacado a Zeleya del país, que dicen que fue una decisión de última hora, alegando que dejarlo en una cárcel en Honduras habría provocado intentos de rescatarlo. Pero aquí muchos piensan que esa decisión no la tomaron solos.
No está claro qué rol jugó la jerarquía de la iglesia católica, otro pilar de poder e influencia aquí, antes del golpe. El cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga estaba en el Vaticano esa semana. Pero en cuestión de días apoyó fervientemente el derrocamiento.
Nueve días después del golpe y dos días después de que Zelaya intentara sin éxito aterrizar en el aeropuerto, el cardenal fue escuchado hablando por teléfono con el fiscal general, instándole a entregar pruebas de que Zelaya está implicado en el tráfico de drogas. "Hijo mío", le dijo, "necesitamos esas pruebas. Es lo único que nos puede salvar ahora".
Dos días después, uno de los negociadores veteranos de América Latina, el presidente de Costa Rica, Óscar Arias, invitó a Zelaya y Micheletti a su casa para iniciar negociaciones. Pero el presidente derrocado y el hombre que lo depuso se negaron a compartir la misma habitación.
Se han planeado vagamente otros encuentros. Micheletti volvió a Honduras, y Zelaya rebota de capital en capital.

Alex Renderos contribuyó a este reportaje.

15 de julio de 2009
12 de julio de 2009
©los angeles times 
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honduras peligrosas


Allan McDonald, el historietista detenido en Honduras.
[Ángel Berlanga] Tegucigalpa, Honduras. La noche siguiente al golpe en Honduras, con una Tegucigalpa a oscuras, el ejército emprendió una serie de razzias en las que detuvieron a periodistas, estudiantes, dirigentes campesinos, obreros, diplomáticos y figuras diversas a amedrentar. Allan McDonald, el agudo humorista del conservador El Heraldo, se contó entre ellos en el aparente hotel en que los retuvieron. La solidaridad de sus colegas en todo el mundo fue instantánea (algunos ejemplos ilustran estas páginas). Ya en libertad, censurado en su propio diario, McDonald habló con Radar desde una ciudad de la que, dice, se sabe poco y nada de lo que realmente sucede.

Honduras amaneció convulsionada el domingo 28 de junio con algo que, está a la vista, no hay que dar por erradicado en Latinoamérica: un nuevo golpe de Estado. Un comando invadió la residencia del presidente Manuel Zelaya, lo secuestró y lo deportó a Costa Rica. El férreo y unánime rechazo internacional a los golpistas cívico-militares es novedoso, el modus operandi de los usurpadores es el tradicional: maquillajes legales, censura a los medios no alineados y rosca desde los medios del establishment, represión, detenciones, muertos. Allan McDonald, uno de los caricaturistas políticos más importantes del país, fue detenido en la noche siguiente a la de la usurpación. "Yo me encontraba en mi casa con mi pequeña hija, que tiene 17 meses –cuenta McDonald desde Tegucigalpa–. Habían cortado la luz y tenía la puerta abierta, para no estar totalmente a oscuras. De repente los vi llegar y entraron: en un primer momento me asustó la idea de que fueran delincuentes comunes, porque en esa situación las cosas se confunden. Sin embargo se identificaron, eran unos ocho militares, y me dijeron que los acompañara, con el argumento de que había violado el estado de sitio. Les dije que iría con ellos y que llevaría a mi nena; ellos querían que la dejara, pero no tenía con quién. En un momento me puse a buscar el biberón, se asustaron y empezaron a romper parte de mis trabajos."
Con el corte de luz, la ciudad estaba a oscuras y por eso no pudo identificar el sitio al que lo llevaron: por la arquitectura, dice McDonald, le pareció un hotel. "Seríamos unas cien personas, no supe con quiénes estaba –cuenta–. Había estudiantes, periodistas, dirigentes campesinos, obreros; había allí, además, un diplomático venezolano que tenía un teléfono desde el que alertamos al mundo de nuestra situación. La detención habrá durado unas cinco horas: no nos preguntaron nada, no nos dijeron nada, pero las miradas policiales advertían claramente qué camino debíamos tomar. En un momento nos subieron a un microbús en el que había mucha gente y dimos vueltas hasta que amaneció. Luego nos dejaron en el centro de Tegucigalpa."

¿Cómo perfilarías tu estilo de trabajo, tus intereses y tus temas?
Me inicié en este oficio hace 24 años, tenía 11 cuando empecé. Sé desde chico que la desgracia del pobre en este país no sólo es serlo, sino parecerlo: la línea que separa la pobreza de la riqueza está muy bien marcada en Honduras. Todo acá es dual, todo tiene un nombre de prestigio y una imitación: tiendas de ropa exclusiva y de ropa usada, unos malls para ricos y otros para pobres, casas de venta de ropa para mascotas y chicos que duermen en la acera, delante de esa vidriera, Coca Cola y Big Cola –un refresco que vale la mitad–, Nike y Naik. Mi caricatura tenía que enfocar en la línea cínica que separa los dos mundos, en eso me enfoqué. Hoy trabajo en un diario de clase alta, de derecha radical, que promovió la salida de Zelaya; sin embargo, hasta ahora respetaban mis caricaturas.

Desde hace diez días, cuenta, El Heraldo censura sus trabajos. Y sin embargo, dice, no lo echan. "Yo sé cuáles son sus posturas, pero sigo enviando mis caricaturas con las ideas del caso", dice. "No sé cuánto tiempo seguirá así la situación", explica; McDonald está a la espera de un pasaporte para irse del país. "Me angustia esto, la verdad es que no he salido de mi casa más que para buscar comida –cuenta–. Porque además, el que está al frente de esta movida es Billy Joya, un hombre cuestionado por fundar los escuadrones de la muerte."

¿Cómo está la situación con la censura en Honduras? ¿Hay medios en este momento que puedan pronunciarse a favor de la restitución de Zelaya?
Ni los periodistas amigos de Zelaya, que tenía muchos, hablan de que vuelva. Todos los diarios, las radios y la televisión están contra Zelaya. La resistencia está, fundamentalmente, en las manifestaciones en las calles. En cuanto a los caricaturistas, la mayoría aquí es de derecha, y hace lo que sus medios les obligan.

¿Cuál es el grado de movilización allí?
Es impresionante: la gente sale a la calle sin pensar en las balas. Debo ser honesto: los ricos han organizado marchas multitudinarias, como nunca. Pero claro, han obligado a ir a los empleados de sus comercios, a sus empleadas domésticas. En las marchas a favor de Zelaya hay olor a tierra, a sudor, ves gente sumamente pobre. Y en las otras ves gente prolija, con camisas blancas, cantando el Himno a la Alegría y el "Color esperanza" del Diego Torres. Rostros perfectos, miradas azules, cejas árabes, acentos bilingües, de educación en escuela exclusiva. Uno de los jóvenes que mataron, Isis Obed Murillo, vivía en una aldea y en su casa no había ni para comprar el ataúd. Eso indica que a Honduras le nació la conciencia del golpe.

McDonald se queja de la unidireccionalidad cultural de su país. "La mayoría sólo ve televisión y apenas lee, el fútbol es un dios en Honduras –explica–. Y entonces, cuando uno dice que la vida de un caricaturista está en peligro, se ríen: ‘¿Quién va a querer matar a alguien que hace pichingos?’, dicen sarcásticamente. Es decepcionante. Ni los artistas plásticos entienden una imagen política". En contrapartida, caricaturistas de todo el mundo se solidarizaron con su situación e hicieron una serie de trabajos sobre su detención y el golpe. "Quiero decirte que los ricos odian a Zelaya –concluye–. Más por su forma de ser que por sus posturas. Detestan que use bigote y sombrero, o que ande a caballo. Odian con locura verlo comer en el mercado con las manos. O que invite a la etnia más miserable del país, los tolupanes, a que se fueran a sentar en los muebles de lujo de la presidencial. Odiaron que se lleve con los feos y miserables. Por eso lo echaron."

14 de julio de 2009
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¿hubo un golpe en honduras?


La respuesta divide a una nación. Cómo un partido político trata de impedir la fragmentación de su partido.
[Sara Miller Llana] Tegucigalpa, Honduras. ¿Fue un golpe, o no? La respuesta a esta pregunta es la nueva y accidentada línea de falla que está desgarrando a los partidos políticos, instituciones fiscales, organizaciones sociales y familias hondureñas.
El congresista Jorge Aguilar, presidente del partido Innovación y Unidad Social (PINU), se encuentra a horcajadas en la división, tratando desesperadamente de impedir que su partido se siga fragmentando aún más.
Una mañana hace poco, interrumpe una entrevista para recibir una llamada urgente: el director ejecutivo de PINU [en una entrevista en la radio] ha expresado su condena a la remoción del presidente Manuel Zelaya el 28 de junio, a la que calificó de "golpe".
Aguilar llama de inmediato al programa radial, para aclarar que los comentarios no reflejan la línea oficial del partido, sino que son las opiniones personales de un solo miembro.
PINU tiene dos miembros en el Congreso, y, como muchos votantes de PINU, están en lados opuestos de la situación. Y repentinamente, Aguilar, cuyo trabajo se concentraba en campañas y asuntos internos del partido, ahora es un mediador, un parachoques y un operativo de control de daños.
"Esta situación está polarizando a todo el mundo", dice Aguilar, que mira apesadumbrado. "Alguna gente piensa que lo que ocurrió fue un golpe, otros no. Esto podría romper a nuestro partido".
Honduras es un país dividido. El nuevo gobierno de facto juró apenas horas después de la poco ceremoniosa expulsión del país del presidente legítimo. El lunes, el aeropuerto fue cerrado durate 48 horas y las marchas de protesta continuaron en la capital. La Associated Press informó que Zelaya viajaría a Washington el martes para reunirse con la secretaria de Estado,
Hillary Rodham Clinton.
Pese a que la crisis se concentra en los niveles más altos de gobierno, también se ha extendido a toda la clase política del país. Y desde el punto de vista del presidente de un partido social-demócrata, que hace frente a las preocupaciones de militantes que apoyan el derrocamiento, y lo condena, las repercusiones de esta división podrían sentirse mucho después de la crisis actual.

Reunión Urgente
Como el resto de la sociedad, Aguilar despertó el domingo pasado para descubrir que su presidente había sido derrocado y enviado en pijama a Costa Rica después de negarse a retirar sus planes de [lo que la derecha pensaba que era un llamado a una] asamblea constituyente, que muchos dicen que tenía por objetivo anular los límites a la reelección de presidentes.
Mientras Aguilar devoraba vorazmente las noticias esa mañana -encendió la radio del coche cuando se interrumpió el suministro eléctrico- lo primero que pensó fue en su partido PINU, uno de los más pequeños en la escena política hondureña y que incluye a miembros con ideologías diversas.
Aguilar llamó a celebrar una reunión de urgencia y horas después el partido emitió una declaración condenando la situación, aunque sin hablar todavía de un  golpe. Horas después recibió una llamada de un enfadado Toribio Aguilera, congresista, uno de los dos miembros del PINU en el Congreso.
"Yo iba a renunciar", dice Aguilera, que votó en el Congreso apoyando al nuevo gobierno de facto y sostiene que el derrocamiento de Zelaya no fue un golpe. "Su remoción tenía que ocurrir por respeto a la ley y la Constitución".
Mientras Aguilera se aferra a su posición, el director de PINU, Wilfredo Méndez, está pidiendo se renuncia.
"Para mí fue un golpe. Detuvieron al presidente y lo expulsaron del país", dice Méndez. "Nosotros no somos un partido que apoya golpes, y no podemos tener congresistas del partido que piensen de otro modo".
Méndez dice que la mayoría del partido comparte su opinión: Fue un golpe. Pero Aguilera dice que la mayoría de los militantes lo apoyan a él.
Aguilar, presidente del partido, dice: "Yo estoy en el medio".

Diálogo
De muchos modos, las divisiones que se están formando dentro del PINU son un microcosmo de lo que está pasando en el resto de la sociedad. Hay dos presidentes. Hay protestas en las calles. "Esto ha dividido al país entero, ha roto amistades, incluso las familias están divididas", dice Roger Marin, columnista del diario local El Heraldo.
Aguilar, cuyo padre fue miembro fundador del PINU, asumió su primer papel en el partido a los catorce, repartiendo comidas entre los representantes del partido el día de las elecciones. Desde entonces ha trabajado como fotógrafo, chofer y botones. En 2002 se convirtió en congresista y ha presidido el partido -un período de cuatro años- desde 2006.
Dice que nunca antes vio tanta polarización. Varios -de ambos lados- dicen que se niegan a participar en las próximas elecciones. Algunos están llamando al diálogo con el gobierno de facto. Otros dicen que eso lo legitimaría y en lugar de eso quieren llamar a la desobediencia civil. Algunos dicen que Zelaya debe apartarse, otros que debe volver. El teléfono de Aguilar no ha dejado de sonar en la última semana.
Convocó a una segunda reunión de urgencia este martes pasado -y llegaron dos veces más militantes que lo habitual. Pidió que compartieran sus puntos de vista, tomando copiosas notas. "Quería mostrar lo diversas que están las opiniones en el partido", dice.
Aguilar dice que el único modo de avanzar [en la solución de la crisis] es el diálogo, tanto dentro del partido como en el país. "Sentémosnos y hablemos. Todos los sectores. Nadie puede quedar fuera. Esta es una crisis. Pero es también una oportunidad", dice.

14 de julio de 2009
6 de julio de 2009
©christian science monitor
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hondureños piden intervención de eua


Rivales hondureños ven la intervención estadounidense como crucial para resolver la crisis política.
[Ginger Thompson] San José, Costa Rica. Cuando el presidente Óscar Arias, de Costa Rica, se propuso encontrar una solución negociada a la crisis política hondureña, la describió como una oportunidad para que los centroamericanos muestren que pueden resolver sus propios problemas, y determinó algunas reglas básicas.
El derrocado presidente de Honduras, Manuel Zelaya, y el hombre que dirige el gobierno de facto que lo ha reemplazado, Roberto Micheletti, debían aparecerse por su casa con sólo cuatro de sus asesores hondureños más cercanos.
El jueves en la mañana, Micheletti se apareció con seis. Había agregado a un norteamericano, especialista en relaciones públicas que ha trabajado antes para el presidente Bill Clinton, y un intérprete estadounidense, y un funcionario interiorizado con las negociaciones dijo que el equipo rara vez hacía algo sin consultarlo con él.
El viernes, cuando las negociaciones no se veían bien encaminadas, Arias buscó apoyo estadounidense por su propia cuenta, diciéndole a la secretaria de estado Hillary Rodham Clinton que la presión de Estados Unidos era crucial para poner fin al impasse.
En las dos semanas que han pasado desde el golpe contra Zelaya, el gobierno de Obama se ha esforzado por distanciarse de la crisis como parte de un intento de mostrar que Estados Unidos es sólo uno más de los actores en una región a la que ha dominado durante largo tiempo. Y los presidentes de América Latina han expresado públicamente su apoyo a lo que describen como el nuevo espíritu de colaboración de Washington.
Sin embargo, en privado, y no tan en privado, ha quedado en claro que los dos presidentes ven a Estados Unidos como esencial para solucionar el conflicto.
En los últimos días, Zelaya y sus aliados, entre los que se incluyen algunos de los críticos más declarados de la política de Estados Unidos en la región, han llamado repetidas veces a Washington a que aumente su presión sobre Micheletti, retirando a su embajador -Estados Unidos es uno de los pocos países de la región que todavía mantiene a su enviado en Tegucigalpa, la capital hondureña- e imponga sanciones más severas.
Incluso el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, hizo el viernes un raro llamado al subsecretario de Estado, Thomas A. Shannon Jr., para repetirle lo que había dicho antes en televisión.
"Haga algo", había dicho Chávez a los periodistas. "Obama, haga algo".
Entretanto, Micheletti se ha embarcado en una ofensiva de relaciones públicas contratando a reputados abogados con fuertes vínculos con Washington para cabildear contra las sanciones. Un poderoso consejo comercial latinoamericano contrató a Lanny J. Davis, que fue abogado personal del presidente Clinton y que dirigió la campaña a la presidencia de Rodham Clinton.
Y la semana pasada Micheletti contrató al asesor de otra firma con vínculos con Clinton, relacionado con las conversaciones en Costa Rica. El asesor, Bennett Ratcliff, de San Diego, se negó a dar detalles sobre su papel en las conversaciones.
"Todas las propuestas presentadas por el grupo de Micheletti fueron escritas o aprobadas por el norteamericano", dijo otro funcionario familiarizado con las conversaciones, refiriéndose a Ratcliff.
Con o sin la presencia de extranjeros, Arias hace frente a serios obstáculos. Zelaya y Micheletti se han negado a encontrarse cara a cara y dejaron las conversaciones antes de que terminara el primer día. Y aunque para el día 2 había menos hostilidad entre las dos delegaciones, un funcionario cercano a las conversaciones dijo que Arias no era capaz de poner a los dos grupos de acuerdo para fijar una segunda ronda de conversaciones o incluso para darse la mano frente a los periodistas reunidos frente a su casa.
"Les dijo que los palestinos y los israelíes habían sido enemigos durante generaciones, y sus presidentes se daban la mano", dijo un funcionario, refiriéndose a Arias. "Hace dos semanas ustedes eran amigos. ¿Y aún así no pueden hacer un gesto simbólico?"
Pero personas familiarizadas con las conversaciones -diplomáticos, abogados y funcionarios de gobierno que asistieron a las reuniones o las siguieron desde sus oficinas en Costa Rica, Estados Unidos y Honduras- dijeron que las sesiones produjeron al menos un importante logro: los líderes de ambos lados avanzaron más allá de sus estruendosas declaraciones, de modo que los mediadores pudieran identificar los obstáculos para un compromiso pacífico.
Entre los obstáculos más intratables, dijeron los tres funcionarios interiorizados con las conversaciones, estaba Micheletti. Mientras Zelaya indicó que estaba dispuesto a aceptar un compromiso que lo restituyera en la presidencia con poderes significativamente reducidos, dijeron los funcionarios, Micheletti parece creer que puede aferrarse a la presidencia hasta las elecciones presidenciales de noviembre en su país.
Los funcionarios dijeron que Arias le dijo a Clinton que Estados Unidos tenía que dejar en claro a Micheletti que las elecciones convocadas por un gobierno ilegítimo no serían tampoco consideradas legítimas.
Sin embargo, un funcionario dijo que Estados Unidos quería ser cuidadoso "de no asumir un rol público muy grande". Dijo que Estados Unidos indicó que comunicaría a Michelleti discretamente que [el gobierno de Estados Unidos] ya ha suspendido 16.5 millones de dólares de ayuda militar y la suspensión podría incluir otros 180 millones de dólares en ayuda al desarrollo -medida que está siendo considerada.
Los partidarios de Micheletti están defendiéndose en parte pagando cientos de dólares la hora a bien conectados abogados de Washington que han iniciado, desde Washington, una campaña de relaciones públicas. El viernes, Davis testificó en el Capitolio en apoyo del gobierno de facto de Micheletti.
Y el sábado, cerca de medianoche, Davis llamó a periodistas para notificarlos que Micheletti había despedido a Enrique Ortez, al que había nombrado ministro de relaciones exteriores, por haber insultado a funcionarios estadounidenses refiriéndose al presidente Obama, en una entrevista por televisión, como "el negrito que ni siquiera sabe dónde queda Tegucigalpa". [Ortez fue nombrado ministro del Interior]

14 de julio de 2009
12 de julio de 2009
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repatriaron a criminal boliviano


Arce Gómez, el ministro de Interior de la dictadura, empezó a cumplir la condena de 30 años. La Paz reclamaba la presencia del ex jefe de grupos paramilitares desde 1993, cuando la Corte Suprema lo condenó a él, a su jefe García Meza y a otros militares por los crímenes cometidos por el gobierno de facto.
[Sebastián Ochoa] Santa Cruz, Bolivia. Luis Arce Gómez, ministro del Interior, Migraciones y Justicia durante la dictadura del general Luis García Meza, fue ayer repatriado a Bolivia. Desde 1989 estaba preso en Estados Unidos por integrar una red que ingresaba cocaína a ese país. De ahí su apodo de "ministro de la cocaína". En el penal de máxima seguridad de Chonchocoro, de La Paz, empezó a cumplir la condena de 30 años por delitos cometidos entre 1980 y 1981, lo que duró el gobierno de terror de García Meza. El ex ministro es autor de la máxima "los bolivianos que comploten deben andar con el testamento bajo el brazo", dicha en conferencia de prensa. El gobierno nacional pidió a EE.UU. la expulsión de otros acusados por crímenes de lesa humanidad, como el ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada y varios de sus ministros, refugiados allí desde 2003, cuando concretaron la masacre de la llamada Guerra del Gas.
El anciano achacoso que bajó del avión de American Airlines custodiado por agentes del FBI es la sombra del militar vehemente en la eliminación de opositores a su gobierno. Apenas tocó suelo natal lo sentaron en silla de ruedas y pidió oxígeno, desacostumbrado a los 3800 metros de La Paz. La barba blanca como todos sus pelos acentuaba el aspecto inofensivo de enfermo de diabetes y cáncer de próstata. Por su mala salud, Arce Gómez solicitaba a la Justicia de EE.UU. que lo dejaran permanecer en ese país. Sostenía que en Bolivia no podría tener atención médica adecuada y que, además, sería torturado por el gobierno de Evo Morales.
Bolivia reclamaba su presencia desde 1993, cuando la Corte Suprema lo condenó a él, a su jefe García Meza y a otros militares por los crímenes cometidos por su gobierno. Pero, en ese momento, el ex ministro cumplía otra pena, también de 30 años, en una cárcel de Miami por narcotráfico. En esa actividad se habría iniciado en 1974, amparado en su cercanía con los gobiernos militares de turno. Está preso desde diciembre de 1989, cuando el ejército se metió en su mansión de Santa Cruz para interrumpir el asado que hacía a la familia. En pantuflas y pantalón corto, el entonces presidente Jaime Paz Zamora lo mandó a EE.UU. para que respondiera ante su Justicia.
El ministro de Gobierno, Alfredo Rada, dijo ayer que "ese trámite se hizo violando la normativa nacional y omitiendo el hecho de que esta persona, Luis Arce Gómez, tenía que rendir cuenta de sus crímenes ante la Justicia boliviana". El ex ministro quedó libre el año pasado, luego de cumplida media condena.
Con la vuelta a sus pagos del ex coronel, el gobierno nacional espera aclarar los asesinatos de decenas de personas. Entre otros, del diputado socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz y del sindicalista Juan Carlos Flores Bedregal, acribillados por paramilitares durante el asalto a la Central Obrera Boliviana (COB) el 17 de julio de 1980, día del golpe de García Meza. Según la Asamblea Permanente de Derechos Humanos (APDH), en 13 meses la dictadura asesinó a 500 personas.
En 1992, Arce Gómez dio una entrevista al periódico Ultima Hora desde la cárcel de Fort Lauderdale. En la ocasión dijo que "yo no he matado a nadie en mi vida. A Marcelo Quiroga Santa Cruz yo sé quién lo mató, yo sé absolutamente todo, por qué lo mataron, quién lo mató". Y sostuvo que daría ese dato si estuviera en Bolivia.
Ayer, en conferencia de prensa, el presidente expresó que "ojalá por razones humanitarias pueda dar informaciones sobre el paradero de Marcelo Quiroga. Arce Gómez, como jefe de grupos paramilitares, sabe dónde está, qué pasó con el cuerpo". Desde el Congreso, Quiroga Santa Cruz había impulsado un juicio por responsabilidades contra el ex dictador (1971-1978) Hugo Banzer. Los militares cobraron tanta osadía.
En Chonchocoro el ex coronel encontrará al ex dictador García Meza, preso desde 1993 por la misma causa. Quizá copie su rutina de pasar la mitad del tiempo en la celda y la otra mitad en el hospital. El lunes que viene, Arce Gómez oirá de la Justicia la sentencia efectuada en 1993.
La expulsión del represor es parte del diálogo que iniciaron Bolivia y EE.UU. para arreglar relaciones, afectadas desde septiembre de 2008, cuando Morales expulsó al embajador Philip Goldberg por sus vínculos con grupos separatistas del oriente boliviano. Ahora Morales exige el regreso de otros acusados por delitos de lesa humanidad refugiados en EE.UU., como Sánchez de Lozada y sus ex ministros de Defensa Carlos Sánchez Berzaín, de Hidrocarburos Jorge Berindoague y de Agricultura Guido Ñáñez. "Siento que no hay una razón legal internacional para evitar la extradición de Gonzalo Sánchez de Lozada. Eso demuestra la llegada de Luis Arce Gómez", dijo ayer.

10 de julio de 2009
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el golpe y el presidente zelaya


Estados Unidos interpretó mal el conflicto hondureño. El acercamiento de Zelaya a Chávez asustó a sus opositores.
[William Booth y Juan Forero] Tegucigalpa, Honduras. Aunque el gobierno estadounidense sabía hace meses que Honduras estaba al borde del caos políticos, algunos funcionarios dicen que subestimaron el temor que tenían la elite y los militares hondureños al derrocado presidente Manuel Zelaya y  su aliado el presidente venezolano, Hugo Chávez.
Circulaban rumores en la capital de que el conflicto entre Zelaya y sus opositores conservadores había alcanzado el punto de ebullición, pero funcionarios diplomáticos dicen que el gobierno de Obama y su embajada fueron tomados por sorpresa cuando el domingo pasado soldados hondureños irrumpieron violentamente en el palacio presidencial y removieron a Zelaya del poder.
Diplomáticos estadounidenses habían estado tratando de mediar para llegar a algún compromiso y estuvieron negociando con ambos lados durante horas antes del golpe. Washington ha adiestrado durante décadas a las fuerzas armadas hondureñas, y altos funcionarios estadounidenses dicen que no pensaron que los militares hondureños intentarían dar un golpe de estado.
El derrocamiento, y la determinación del nuevo gobierno hondureño de permanecer en el poder pese a la condena internacional, es la primera prueba del presidente Obama en una región que se había alejado de Estados Unidos.
La crisis también es una prueba para la matizada aproximación de Obama a la diplomacia contra la de un adversario a menudo belicoso, Chávez, que ha ocupado un lugar central en el enfrentamiento, amenazando con derrocar al gobierno que derrocó a Zelaya.
Los nuevos líderes hondureños dijeron el sábado que no cederán a las demandas de la Organización de Estados Americanos de permitir que Zelaya retorne al poder. El presidente de facto, Roberto Micheletti, amenazó con detener a Zelaya si vuelve el domingo, como prometió, acompañado por el presidente nicaragüense Daniel Ortega y otros presidentes latinoamericanos.
La Iglesia Católica llamó a la calma. El cardenal Óscar Andrés Rodríguez advirtió por radio que si Zelaya vuelve el domingo, podría haber un "baño de sangre".

Giro a la Izquierda
Cuando Zelaya, 56, un acomodado ganadero cuya familia hizo fortuna en la industria maderera, fue elegido presidente en 2005, era un populista de centro de uno de los dos principales partidos hondureños. Pero a medida que avanzaba su presidencia, Zelaya se inclinó hacia la izquierda y entró en frecuentes conflictos con asociaciones empresariales, legisladores de su propio partido, los medios de comunicación y el ejército.
"El último año, las posiciones de Zelaya se inclinaron hacia la izquierda. Impulsó programas sociales y prestó más atención a los pobres que no tenían trabajo", dijo Giuseppe Magno, el embajador italiano saliente. "El giro no formaba parte del programa con el que fue elegido. Estaba demasiado cerca de Ortega y Chávez, una posición que no era apreciada por las clases medias y altas".
Pero Zelaya lo veía de otro modo, diciendo a menudo a sus seguidores que Honduras necesitaba un cambio fundamental para acabar con la pobreza -tan extrema que el cuarenta por ciento de la población vive con menos de dos dólares. De hecho Honduras es el tercer país más pobre del hemisferio, y muchos resienten la intervención a menudo dolorosa de Estados Unidos en el pasado.
Al anunciar la asociación de su país con la alianza encabezada por Chávez, Zelaya dijo que su objetivo era "liberar a los hondureños". Dijo que al incorporarse al pacto, la Alternativa Bolivariana para las Américas, Honduras "no tiene que pedir permiso a ningún imperialista".
Zelaya empezó a hablar frecuentemente de las dos Honduras, una desesperadamente pobre, y a la otra rica e indiferente. Empezó a fomentar el "poder popular", una suerte de democracia popular directa.
Cuando recorría el campo, montaba manifestaciones para preguntar a la gente qué querían, y prometía nuevos puentes y clínicas, en una ocasión regalando a campesinos cien tractores venezolanos, y hablando contra la oligarquía, a la que llamaba enemiga del pueblo.
Zelaya provocó el enfado del mundo empresarial cuando elevó el salario mínimo mensual en un sesenta por ciento. Muchas compañías respondieron despidiendo a trabajadores. Otras empresas ignoraron el decreto.
Cuando el embajador de Estados Unidos, Hugo Llorens, llegó el año pasado, Zelaya pospuso la ceremonia de presentación de credenciales del diplomático recién llegado. Luchó contra el Congreso, insistiendo en que los legisladores aceptaran a sus candidatos a la Corte Suprema. Se negó a firmar el presupuesto y congeló decenas de proyectos de ley aprobados por el Congreso. Al mismo tiempo, Zelaya se acercaba más a presidentes de izquierda de América Latina, especialmente a Chávez. Viajaba frecuentemente a Venezuela, donde acompañaba a Chávez cuando este hacía incendiarios discursos contra los capitalistas.
Pero Adolfo Facussé, un dirigente empresarial amigo de Zelaya, dice que al principio el presidente explicaba su alianza con Venezuela en términos pragmáticos y económicos.
"Hace un año dijo que estaba interesado en ALBA", dijo Facussé, hablando sobre la Alternativa Bolivariana para las Américas, que incluye a Cuba, Bolivia y Nicaragua. "Le dije que se trataba de un grupo antinorteamericano, y me dijo que eso no le interesaba. Le interesaba la ayuda que podía recibir".
Facussé dijo que invitó a funcionarios de la embajada venezolana a reunirse con industriales hondureños, agregando que le quedó claro, a él y a otros hombres de negocios, que Honduras podía sacar provecho de la generosidad venezolana, incluyendo la compra de combustible con tarifas preferenciales, una línea de crédito de Caracas y simplemente donaciones.
"Revisé el acuerdo, y lo di por bueno", dijo Facussé sobre el plan de Zelaya de acercar a Honduras a Venezuela y su combustible barato.

Oposición Descarada
Diplomáticos europeos que conocen a Zelaya y saben cómo funciona, lo describen como un populista nacionalista, para nada un ideólogo de izquierdas.
Aquellos familiarizados con la creciente crisis dicen que la preocupación por Chávez, entre los opositores de Zelaya, era impulsada con un exagerado temor de que Venezuela tuviera propósitos diabólicos con Honduras -que se habría implantado el sistema económico de Venezuela y estilo de gobierno de Chávez si le hubieran permitido a Zelaya realizar la consulta popular.
"Es el mismo esquema que aplicó Chávez en Venezuela", dijo Benjamín Bogran, el nuevo ministro de industria y comercio. "Chávez considera que Honduras cae en su órbita de influencia".
Elizabeth Zúñiga, miembro del Congreso y líder del Partido Nacional, dijo: "Paso a paso, poco a poco, se orientaba hacia los sudamericanos para pedir ayuda y orientación. Eran sus nuevos amigos". Zúñiga, que apoya el derrocamiento, dijo: "Creo que lo estábamos viendo era la evolución hacia una dictadura democrática".
Armando Sarmiento, miembro del derrocado gabinete de Zelaya, que ha entrado en la clandestinidad, dijo que el miedo a Chávez y su influencia sobre Zelaya motivaron el golpe. "La derecha cree en el infundio de que el presidente Zelaya quería gobernar durante otro término. Pero eso no es verdad".
Sarmiento señaló que Zelaya quería ayudar a los pobres del país, no nacionalizar la industria ni crear una economía socialista. "El presidente Zelaya tenía discusiones muy fuertes con esa gente, a la que llamaba la oligarquía, los medios, los intereses especiales. Empezaron con campañas de odio contra el presidente".
Doris Gutiérrez, parlamentaria que se opone al golpe, dijo: "El sector que apoya la medida contra el presidente Zelaya no había sido nunca tan descarado, tan abierto, tan franco. La situación se hará todavía más peligrosa".

El Núcleo Político
Analistas familiarizados con el gabinete de Zelaya dijeron que contaba con la influencia de un pequeño grupo de asesores. Incluyen en este a la ministro de Relaciones Exteriores, Patricia Rodas, considerada como aliada del gobierno sandinista de Ortega, e hija de un popular político progresista que huyó del país después de un golpe militar en 1963. Otros de estos asesores serían Milton Jiménez, ex ministro de Relaciones Exteriores que según los analistas tiene más influencia que los demás sobre el presidente Zelaya; Enrique Flores Lanza, ministro de la presidencia de Zelaya y considerado el más radical de sus asesores; y Arístides Mejía, vicepresidente de Zelaya.
"Ellos formaban el núcleo político, los ideólogos de Manuel Zelaya", dijo Jorge Yllescas, economista y miembro de la Unión Cívica, una coalición de sesenta organizaciones que se oponen a Zelaya. "Ellos eran los que trazaban la línea ideológica. Cuando Mel fue elegido presidente, era liberal, pero al cabo de un año ya tenía una tendencia diferente a su propia ideología".
Pero los mismos diplomáticos están intrigados sobre qué quería hacer Zelaya exactamente con su intención de reformar la Constitución. El punto de ebullición se produjo cuando Zelaya trató de realizar una consulta popular, una suerte de referéndum no vinculante, sobre una asamblea constituyente que podría aprobar una nueva ley que permitiera que el presidente pudiera ser reelegido. Pero el extenso y a veces contradictorio documento de Honduras contiene un párrafo en el que se considera como traidores incluso a los que sugieren reformar la Constitución.
Mientras Zelaya seguía adelante con su plan de realizar la consulta el domingo pasado, el día del golpe, el comandante de las fuerzas armadas hondureñas, el general Romeo Vásquez retrocedió, porque la Corte Suprema le dijo que la realización de la consulta era ilegal. Zelaya destituyó a Vásquez, lo que irritó todavía más a los militares.
"Mira, somos demócratas y respetamos las ideologías de otros países", dijo Gabriela Núñez, la nueva ministro de Finanzas. "Pero no queremos cambiar nuestro sistema de gobierno".

5 de julio de 2009
©washington post 
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