Blogia
mQh

cine

murió jack palance


[Myrma Oliver] El actor había ganado un Oscar.
Murió Jack Palance, el actor de voz grave y cara de cuero que fue nominado a una Academy Award por ‘Miedo súbito' [Sudden Fear] y ‘Raíces profundas' [Shane], y que finalmente obtuvo el Oscar casi cuarenta años después como el cascarrabias capataz en la comedia western ‘Cowboys de ciudad' [City Slickers]. Tenía 87 años.
Palance, que se encontraba con la salud debilitada tras una serie de enfermedades, murió hoy de causas naturales en Montecito en casa de su hija Holly, dijeron familiares del actor.
Fue uno de los más apreciados malos en la historia del cine y la televisión -el marido asesino de ‘Miedo súbito' (1952), el espeluznante pistolero de ‘Raíces profundas' [Shane] (1953) y el irritable arriero Curly en ‘Cowboys de ciudad'- y actuó hasta entrado en sus ochenta.
Su acto al recibir el Oscar puede ser más memorable que la arrugada estrella que la ganó.
Tras recibirlo, Palance se echó al suelo del escenario del Dorothy Chandler Pavilion y deleitó al público con sus vigorosas flexiones con una mano. Los actores septuagenarios, dijo, deben demostrar continuamente su virilidad para seguir trabajando con un Hollywood que prefiere a los jóvenes.
El sorpresivo acto dio combustible a una serie de improvisados chistes durante toda la velada de parte de Billy Crystal, su co-protagonista en ‘Cowboys de ciudad' y el anfitrión del espectáculo. La ceremonia del año siguiente, en 1993, fue iniciada por Palance -entonces de 74 años- arrastrando por los dientes por el escenario una estatuilla del Oscar de seis metros con Crystal montado encima.
Los dos volvieron a trabajar nuevamente en la secuela de 1994, ‘El tesoro de Curly' [City Slickers II: The Legend of Curly's Gold]. Debido a que el Curly de Palance había muerto en la primera película, retrató al igualmente insoportable hermano gemelo de Curly. "Sólo Palance vuelve con florituras", escribió el Times. "Es tan nudoso y repugnante como siempre".
Igualmente en casa en la televisión que en el cine, ganó un Emmy por su rol como ex boxeador en ‘Réquiem por un campeón' [Requiem for a Heavyweight] en 1956. Y todavía tenía actuaciones de gran calidad en televisión en los años noventa -especialmente en la tercera entrega de ‘Sarah, Plain and Tall' [Al final del invierno], de Glenn-Close-Christopher Walken como el largo tiempo desaparecido y resentido padre de Walken.
En la versión western de ‘Una navidad ebenezer' [A Christmas Carol], Palance fue el personaje del título de la película, que se estrenó en cable en 1998. La clásica historia de Charles Dickens fue actualizada con un protagonista que tiene una cantina en los años setenta del siglo 19 y gruñe: "Navidad, tonterías".
"Este ebenezer chiflado no es un viejo excéntrico inofensivo; es un tipo dispuesto a explotar y eso hace que su redención sea todavía más catártica", se lee en una reseña del Times.
Dada su habitual infame apariencia en las negras tenidas de una variedad de malos del Viejo Oeste, no sorprende que Palance y sus películas entraran fácilmente a ‘The Manly Movie Guide' de David Everitt y Harold Schechter en 1977. Su nombre aparece junto a duros del western clásico como John Wayne y Clint Eastwood.
En realidad, el hombre nacido el 18 de febrero de 1919 como Volodymir Ivanovich Palahniuk provenía no del oeste sino de la región minera en los alrededores de Lattimer Mines, Pensilvania, y era un tipo bastante sensible.
Aunque disfrutaba criando ganado, era vegetariano y pintaba paisajes abstractos desde los años cincuenta, amaba los árboles y escribía poesía. Escribió e ilustró un libro con el poco canalla título de ‘The Forest of Love: A Love Story in Blank Verse', que fue publicado en 1996.
Viviendo rodeado de piezas de arte en Roma, donde vivió durante varios años haciendo spaghetti westerns, Palance empezó a pintar y su estilo llevaba el sello del impresionismo. Sus pinturas han sido exhibidas una docena de veces, contó al Allentown Morning Call en 1999.
Palance poseía un rancho ganadero de cuatro mil kilómetros cuadrados en las Montañas Tehachapi de California y una granja de dos mil kilómetros cuadrados cerca de sus raíces en el fuertemente arbolado condado de Luzerne, Pensilvania. La marca de su rancho era un ‘H' con una ‘B' y una ‘C' tejida a su alrededor, las iniciales de los nombres de pila de sus hijos -Holly, Brooke y Cody.
Fue la granja, dijo, la que inspiró su libro sobre el amor de un hombre por una mujer y la naturaleza.
"Me paso todo el tiempo hablando de Pensilvania", dijo sobre el poema en prosa que fue publicado entre sus pinturas y sus boscetos de árboles. "California no me inspira mucho".
"Creo que quiero dedicarme a escribir en mis últimos años", dijo en el reportaje del Morning Call, "porque no hay papeles para actores viejos".
En cuanto a su rechazo de la carne roja, Palance dijo: "Tengo tanto ganado que no quise empezar a comerlos, porque si caminas entre ellos, de vez en cuando descubres que tienes un amigo. Los pequeños corren detrás de ti como si fueran chuchos".
El tío malo del celuloide, de un metro 92 y 90 kilos creció en una región de minas de carbón, pero no se interesó en convertirse en minero. Asistió a la Universidad de Carolina del Norte con una beca de estudios para fútbol y abandonó los estudios para dedicarse al box.
Tenía un récord de 12-1 como boxeador profesional, y hacia los años cuarenta ganaba 200 dólares por pelea, comentó el Times en 1995.
"Entonces pensé: ‘Debo de estar loco para dejar que te peguen en la cabeza por 200 dólares'. El teatro me pareció mucho más atractivo", dijo Palance al Times.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundia, sirvió en la Fuerza Aérea. Era un piloto de guerra sin demasiada experiencia cuando su avión perdió un motor y se estrelló de punta en el suelo. Sufrió heridas graves a la cabeza y necesitó una profunda reconstrucción facial.
"Hay momentos que nunca se superan", dijo Palance en 1995. "Ese fue uno de ellos".

Periodista
Después de su licenciamiento, cambió su apellido a Palance y reanudó sus estudios en la Universidad de Stanford, donde estudió periodismo. Se convirtió en periodista deportivo para el San Francisco Chronicle y también trabajó para una emisora de radio.
Descontento con su paga de periodista de 35 dólares a la semana, siguió en consejo de una amiga actriz y se encaminó hacia Broadway. A las dos semanas, Palance estaba actuando en una pieza.
Después de aparecer en funciones como ‘Temporary Island' y ‘The Vigil' y un papel como el suplente de Marlon Brando en ‘Un tranvía llamado deseo' [A Streetcar Named Desire], ganó un premio como "prometedora personalidad" por su aparición en ‘Darkness at Noon' en 1950.
Su éxito en el teatro le ayudó a hacerse camino hacia Hollywood, donde Palance hizo su debut en el cine con el director Elia Kazan en ‘Pánico en las calles' [Panic in the Streets] en 1950. Presentado como Walter Palance, retrató a un fugitivo infestado con la plaga bubónica.
El papel le ganó el ambiguo cumplido de la columnista Hedda Hopper, que lo describió como "un hombre que podría hacer de Frankenstrin sin maquillaje".
A los dos años ganó su primera nominación a una Academy Award como el amenazador marido actor en la pieza de Joan Crawford, ‘Miedo súbito' [Sudden Fear]. Un año después, fue nominado nuevamente por ser, en palabras del historiador del cine Leonard Maltin, "inolvidable en el papel del espeluznante pistolero" Jack Wilson en ‘Raíces profundas' [Shane].
En 1956, Palance utilizó su experiencia real como boxeador para su trabajo en ‘Réquiem por un campeón', que fue escrita por Rod Serling y transmitida como la segunda emisión de la serie dramática ‘Playhouse 90'. La reseña del New York Times clasificó el espectáculo de "triunfo artístico que incluye la actuación de indescriptible intensidad de Jack Palance".
Aunque apareció en unos cien largometrajes, Palance también actuó en muchas películas para la televisión. Tuvo roles protagónicos en series como ‘The Greatest Show on Earth' (ABC, 1963-64), en la que hace del patrón de circo Johnny Slate, y ‘Bronk' (CBS, 1975-76), como el filosófico detective de policía, teniente Alex Bronkov.
Como anfitrión de ‘Ripley's Believe It or Not' en ABC de 1982 a 1986, "amaba merodear entre las ruinas, y agregaba un tono siniestro a su relato de las historias", de acuerdo a ‘The Complete Directory to Prime Time Network and Cable TV Shows'. Su hija actriz Holly se le unió como co-anfitriona durante parte de ese período.
"Es un original de la categoría de veteranos a los que no les importa lo que piense la gente", dijo Holly Palance al Times en 1995. "Tienes que recordar que luchó para salir de las minas. Mucho de lo que él llama virilidad es simplemente respeto de la privacidad".
No hablaba, dijo su hija, a menos que tuviera algo importante que decir.
Palance estuvo casado 18 años con la actriz Virginia Baker, y tuvieron tres hijos. El matrimonio terminó en divorcio.
Además de sus hijas, Holly Palance y Brooke Palance Wilding, le sobreviven su esposa Elaine Rogers Palance; un hermano, John Palance; una hermana, Anne Despiva; y tres nietos. Su hijo Cody, que apareció con su padre en la película ‘Arma joven' [Young Guns] en 1988, murió de cáncer en 1998.

myrna.olliver@latimes.com

10 de noviembre de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
rss

embrujada


[Don Aucoin] Una historia del siglo 18 se apoderó de John Stimpson.
Princeton, Estados Unidos. A la sombra de Mount Wachusett, una suave llovizna ha empezado a caer sobre un cementerio a un costado del camino donde John Stimpson está escudriñando una lápida del siglo 18 que se encuentra curiosamente muy bien preservada.
"Aquí está. Martha Keyes", dice Stimpson. "Es la mujer que todavía pena en las montañas".
Es una broma a medias. Quizás menos que a medias. Cuando se trata de la historia de Martha Keyes y su hija Lucy -a la que un historiador llamó ‘la Niña Perdida de la Montaña de Wachusett'-, Stimpson está, como un montón de gente de este pequeño pueblo, debatiéndose entre la certidumbre y la incredulidad, desgarrado entre la racionalidad y el encanto de una irresistible historia de fantasmas.
La diferencia es que Stimpson hizo una película sobre el asunto, ‘La leyenda de Lucy Keyes' [The Legend of Lucy Keyes], un thriller sobrenatural con Julie Delpy , Justin Theroux y Brooke Adams, que echaron por Lifetime Movie Network.
En cierto sentido, las semillas de la película fueron plantadas en 1993, cuando Stimpson y su mujer compraron una casa a tiro de piedra del sitio que fuera la casa de las Keyes. "La gente pasaba por aquí y me preguntaba: ‘¿Es esta la casa de Lucy Keyes?", recuerda. "Y yo les decía: ‘¿La casa de quién?'"
Pronto lo descubriría.
El 4 de abril de 1755, cuando aparentemente seguía a sus dos hermanas al estanque de Wachusett, Lucy Keyes, de cuatro años, desapareció. Nunca se la volvió a ver. Pero su madre, Martha, nunca dejó de buscarla. "Se dice que ella estuvo al borde de la locura, que salía por la noche a recorrer el bosque, llamando a su hija", dice Stimpson.
La leyenda se empezó a tejer tras la muerte de Martha Keyes en 1789. Algunos creyeron que el inquieto espíritu de Martha todavía rondaba en las montañas, buscando a su hija. Algunos imaginaron que todavía podían oír a la atormentada madre por las noches, su voz acarreada por el viento, gritando: "Luuucy". Algunos todavía creen oírla. Una mujer de la localidad dijo a Stimpson que había visto la aparición de una mujer con ropa de la época de la Colonia en un camino de la montaña. Un peluquero en la Zona de Ski de la Montaña de Wachusett [Wachusett Mountain Ski Area] dijo que había visto huellas frescas de pies de niños en la nieve a las dos de la mañana.
"Es una tragedia que se viene contando por más de 250 años", dice Mary Cadwallader, presidente de la Sociedad Histórica de Princeton. "La tradición popular dice que la gente todavía puede oír a Martha llamando a Lucy en las montañas y otras zonas. He hablado con niños de tercero, y no se cansan de oír hablar de Lucy".
Quizás es comprensible que la historia de una niña perdida y el insoportable dolor de una madre reverberara con el curso de los años. La historia se hizo camino en la imaginación de Stimpson y no le dejó. "Si tienes alguna inclinación hacia lo paranormal, esta era una situación perfecta", dice Stimpson. "Una madre que anhela una clausura en el más allá, y el hecho es que todavía no se ha resuelto".

Explorando una Leyenda
Aunque es un trabajo de ficción ambientado en el presente, la película de Stimpson refiere repetidas veces a eventos de la vida real que la inspiraron. Delpy y Theroux son Jean y Guy Cooley, que se mudaron a un pequeño pueblo con sus dos hijtias, una de las cuales se llama Lucy. A instancias de un siniestro agente inmobiliario (Adams), Guy se entrega de lleno a la tarea de convencer a la gente del pueblo para que apoyen un proyecto de energía eólica en Mount Wachusett. El ignorante y petulante Guy ignora las serias advertencias de una mujer de que no perturben el sitio donde el espíritu de Martha Keyes todavía busca a su hija.
Entretanto en casa, Jean es acosada por los recuerdos de otra hija, que murió en un accidente automovilístico. Pronto los Cooley se ven enfrentados a otro tipo de acoso, cuando la película explora los temas de la culpa, tanto histórica como personal, y sobre el control que tiene el pasado sobre el presente.
De momento, los críticos se han dividido en torno a ‘La leyenda de Lucy Keyes'. Variety la desechó como "una modesta trama psicológica de horror que se podría apodar fácilmente ‘La morada del miedo' [Amityville Jr.] Pero Entertainment Weekly lo llamó "una historia de fantasmas bellamente filmada", de "desarrollo lento... que todavía puede poner la piel de gallina". Stimpson dice que se enorgullece de su película, y aunque no hay una versión en teatro, observa que ha cerrado acuerdos para lanzamientos en DVD (ya ha salido en Estados Unidos) y transmisiones por televisión en 25 países.
De cualquier modo, este pueblo a 32 kilómetros al norte de Worcester está enloquecido con la película. En una comunidad de sólo 3.700 habitantes, más de mil llegaron a una proyección al aire libre.
Muchos de ellos probablemente esperaban verse a sí mismos en la película. Stimpson, que la escribió y dirigió, la rodó fundamentalmente en locación en Princeton y reclutó a muchos vecinos como extras. De hecho, cuando Stimpson se dirigió a los asistentes en una proyección en agosto, un desilusionado extra cuya escena quedó en el suelo de la sala de montaje, elevó la voz con una pregunta: "¿Qué siente cuando deja fuera de la película a su propio hijo?" Era John Stimpson Jr., 15, el primogénito del director, fastidiando a su padre.
 
Fundamentos Locales
Stimpson creció en Wellesley y estudió en Noble y Greenough y Harvard. Después de la universidad, se marchó a Hollywood a probar suerte como actor. Consiguió algunos trabajos, la mayoría en comerciales de televisión. Fue uno de los pocos finalistas para el papel de Woody en ‘Cheers'. Pero no recibió el papel y cansado de la inseguridad de la vida de los actores, se volvió hacia la dirección. Trabajó como lector de guiones para una compañía cinematográfica, luego volvió al este para trabajar en una compañía de producción de cine en Boston, donde escribió guiones y produjo películas comerciales. En 1988 produjo un documental, ‘Backstage at the Hasty Pudding', sobre el club de teatro de Harvard. Co-dirigió ‘Beacon Hill' (2003) con el ministro de estado de Massachusetts, Michael Connolly. La película fue un fracaso, pero le abrió el apetito para hacer otro largometraje.
Empezó a escribir el guión de `La leyenda de Lucy Keyes' hace cinco años, y rodó la mayor parte de la película en tres semanas en 2004. Unos amigos le dejaron usar su casa como la casa de los Cooley. El Wachusett Mountain Ski Area, de propiedad de, y gestionado por la esposa de Stimpson, Carolyn, y sus dos hermanos, fue el escenario de algunas escenas. Cadwallader, de la sociedad de historia, le mostró una muñeca que creía que había pertenecido a Lucy Keyes, y usó una copia de esa muñeca en la película. El clímax toma lugar en los embarrados cimientos de una casa en la zona de ski, que pertenecía a John Greenleaf Whittier. "Escribí el guión sabiendo que esta sería la locación donde la terminaríamos", dice Stimpson, parado en los cimientos circulares de piedra, que hacen las veces de cripta en la película.
Ahora que la historia de Lucy Ketes ha sido traducida por la sensibilidad de un cineasta, la película coloreará inevitablemente la película. Cadwallader, aunque aprecia la película y el conocimiento de Stimpson de la historia local, reconoce que "desde un punto de vista histórico, incluso aunque sea una película, probablemente tendremos siempre bandos que reclamarán la verdad contra la versión cinematográfica".
Stimpson admite voluntariamente que cambió algunos detalles de la historia, y que se tomó la libertad de un director para dar una respuesta al misterio de la desaparición de Lucy. Pero en la vida real, el misterio sigue royéndole, y no puede dejar de pensar en Lucy -y Martha-, cuando sale a correr o a caminar en Mount Wachusett.
"Si voy al bosque, se me ponen los pelos de punta", confiesa. "Especialmente si empieza a oscurecer, no puedo evitar que se me erice la piel".

aucoin@globe.com

4 de octubre de 2006
©boston globe
©traducción mQh
rss

odiamos tanto a scarlett


[Rodrigo Fresán] Quería tanto a Scarlett Johansson porque la confundía con Bill Murray.
Uno. Hay un pálido consuelo a la hora de saberse víctima de un engaño. Y ese leve alivio es el de que uno recién se sabe estafado (no importa desde cuándo, si fue por un tiempo largo o breve) en el instante preciso en que ese engaño muere. Es decir: la propia noción de la estafa sufrida consume y requiere de apenas unos pocos segundos, y su súbita conciencia duele lo que una inyección que, si hay suerte, inmunizará para la próxima. Después, claro –y aquí vienen las malas noticias–, dedicaremos minutos, horas, días, semanas, meses, años y hasta décadas al cómo es posible que hayamos sido tan idiotas. Lo que me lleva –a partir de aquí hablo a título personal, aunque estoy seguro de que no soy ni seré el único– a la joven actriz Scarlett Johansson.

Dos
Porque hace poco más de un año, yo escribía en las páginas de un suplemento de este diario que "Scarlett Johansson es una belleza rara, una rubia diferente, un cuerpo que no es el de una sex-symbol (y al que, por algo, se encuadra poco en sus películas) y una joven de atractivos que no son ni fueron los de la típica lolita" y que "si hay algo que resulta fascinante en Scarlett Johansson es su verosímil normalidad. Más que una actriz adentro de un personaje parece una persona afuera de una actriz. Alguien que –en más de una escena– parece muy lejos de allí, más cerca de la butaca que de la pantalla". En mi descargo, citaré que en la misma nota también advertí que "el gran riesgo, claro, está en que la novedad se agote, la rareza se vuelva cliché, el original se clone una y otra vez a sí mismo, y que la rubia se nos antoje cada vez más teñida y previsible y desesperada". Lo que no me excusa pero, al menos, me justifica un poco, a la hora de confesar que yo también fui víctima de la Fiebre Escarlata, de la Escarlatina, del Efecto Scarlett. Efecto que queda impecable y virósicamente de manifiesto en el reciente videoclip absolutamente protagonizado por la actriz y que dirigió Bennett Miller –responsable de Capote– para la canción ‘When the Deal Goes Down' de Bob Dylan. Allí, el cantautor canta, pero no aparece sino en una obsesiva mirada subjetiva digna de Humbert Humbert. Allí, Dylan sólo tiene ojos –y no tiene cuerpo–- para mirar a Scarlett sonriendo, leyendo, durmiendo. Sutiles y mínimas alusiones a Woody Guthrie, Buddy Holly y Hank Williams y texturas retro–Súper 8 nos recuerdan de tanto en tanto que lo que estamos viendo y oyendo es un video de Dylan y no un descarado ejercicio de adoración por la pequeña gran rubia. Y está claro que el que Dylan haya sucumbido a su influjo –quiero pensar que Dylan no es tan indiferente con lo que se hace para promocionarlo, cabe suponer que fue Dylan quien escogió a la chica dorada– no basta para justificarnos por el modo en que caímos tan bajo desde tan alto pero, al menos, hace que nos sintamos menos solos, flotando en el viento, en ese viento idiota que agita los cabellos de la blonda de moda.

Tres
¿Y cómo curarse? ¿Cómo despertar del hechizo? La solución es sencilla, pero un tanto drástica, y consiste en exponerse a la radiactiva sobredosis de dos films con Scarlett Johansson en el mismo día.
La primera se titula ‘La Dalia Negra', está basada en una gran novela de James Ellroy y ha sido filmada y firmada por Brian De Palma, probablemente el más grande director de películas malas de toda la historia del cine. Y aquí De Palma alcanza nuevas alturas; porque ‘La Dalia Negra' no sólo es incomprensible si no se ha leído recientemente el libro de Ellroy sino que, además, carece del delirio kitsch y de la pulsión absurda que redimía de algún modo a su ya inolvidable ‘Femme Fatale'. Y aquí está ella, haciendo de, sí, femme fatale, explotando esa gracia neumática que la relaciona con los pin-ups del Hollywood clásico, contoneándose en faldas ceñidas, fumando en boquilla y, finalmente, luego de tanto esfuerzo, tan sólo consiguiendo (lo mismo va para sus compañeros de reparto, Hillary Swank y Josh Hartnett, en el que posiblemente sea el casting más errado de los últimos tiempos) el mismo efecto de mamarracho que, voluntariamente, buscaba y encontró la alguna vez niña Jodie Foster en ‘Bugsy Malone', aquella farsa de Alan Parker con niños disfrazados de gangsters. Salí de allí tambaleándome, pensando que más sex-appeal tenía el Fidel Castro gimnasta en su reciente "pequeño material fílmico", y en la sala de al lado daban ‘Scoop', la nueva de Woody Allen y, de lejos, uno de los peores títulos de toda su carrera. Un despropósito con mago, fantasma, asesino, periodista amateur y aristocracia inglesa. Y a esta altura cabe preguntarse si eso de filmar una película al año es cláusula de algún leonino contrato mefistofélico porque, si no, resulta inexplicable que Allen se sienta obligado a presentar algo tan poco necesario, nada inspirado y sin gracia alguna. Y aquí, Scarlett Johansson –quien tan bien había estado como disparador carnal-criminal en ‘Match Point'– sucumbe a eso que Allen suele hacerles de tanto en tanto a sus supuestas y rotativas musas. Léase, véase: Allen les calza sombrerito, las viste con ropa bohemia de marca, les pone anteojitos, las hace tartamudear mucho y las presenta como chicas atolondradas, pero encantadoras. Y enseguida queda claro que Johansson no es Diane Keaton y que ni siquiera es Mia Farrow. Y que si de algo carece en absoluto es de gracia y de tempo cómico, al punto que todos los remates de chistes que le tocan a ella producen una y otra vez la incómoda sensación de ser la penúltima línea, la línea que precede a la carcajada que nunca llega porque... corte y a otra cosa. Y especialmente dolorosas son las escenas entre Allen y Johansson en las que el director aparece siempre con un rictus casi doloroso, producto –tal vez– del descubrimiento de haber sido engañado, él también, mientras piensa que ya es demasiado tarde y que quién fuera Dylan: haberse quedado fuera de cámara, mirándola de cerca pero, al mismo tiempo, tan lejos.

Cuatro
Y –perdón Winona, disculpas Natalie, no volverá a ocurrir Nicole– cómo fue que sucumbimos, dónde nos engañaron tan pero tan mal y tan pero tan feo. La respuesta es sencilla: fue en Tokio, en una película llamada ‘Lost in Translation'. Fue ahí y entonces que todos creímos que queríamos tanto a Scarlett cuando –en realidad, ahora lo comprendemos– lo que tanto y con tanta fuerza en verdad deseábamos era ser Bill Murray.

1 de noviembre de 2006
©página 12
rss

murió gillo pontecorvo


Muere a los 86 Gillo Pontecorvo, mejor conocido por su película ‘La batalla de Argel'.
El director italiano Gillo Pontecorvo, que dirigió el clásico en blanco y negro ‘La batalla de Argel', murió en Roma, informaron el viernes empleados del hospital. Tenía 86 años.
Pontecorvo murió el jueves noche, dijo el portavoz del hospital Nicola Cerbino. No se dio a conocer la causa de su muerte, pero informes dicen que sufrió un ataque al corazón hace algunos meses.
Pontecorvo dirigió sólo un puñado de largometrajes en una carrera que se extendió algunas décadas, ganándose el apodo de ‘director vago'. Pero siguió participando en el mundo del cine, dirigiendo documentales y como director del Festival de Cine de Venecia durante algunos años.
Ex combatiente de la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial, Pontecorvo mantuvo fuertes pasiones políticas que se reflejaban en sus películas.
Su película ‘Kapo' de 1959, contaba la historia de una chica judía tratando de escapar de un campo de concentración, y ‘Queimada', en 1969, tiene a Marlon Brando como actor de una historia contra el colonialismo.
Pero fue ‘La batalla de Argel' la que le dio fama.
La épica de 1966 describe la insurrección argelina contra los franceses en los años cincuenta, en una película tipo documental, con un reparto de actores en gran parte amateurs y una distintiva banda sonora de Pontecorvo y Ennio Morricone. La película estuvo durante varios años prohibida en Francia.
Le ganó un León de Oro en el Festival de Cine de Venecia, así como nominaciones al Oscar por mejor director, mejor guión y mejor película extranjera.
Cuando ‘La batalla de Argel' fue relanzada en 2004, el crítico de cine de Los Angeles Times, Kenneth Turan, dijo que "describe una de las dinámicas paradigmáticas de nuestra época, la guerra de guerrillas para liberarse de lo que los ocupados perciben como el peso opresivo de una potencia invasora".
El Pentágono consideró la película suficientemente verosímil y poderosa como para usarla en programas de adiestramiento para expertos militares y civiles en 2003.
Pero Pontecorvo no esperaba que los espectadores vieran su película desde un punto de vista educacional.
"No creo que una película pueda enseñar algo", dijo a un periodista del International Herald Tribune en 2004. "Creo que lo más que puede hacer ‘La batalla de Argel' es enseñar a hacer cine, no la guerra".
La película fue revolucionaria por sus técnicas neo-documentales, tan convincente que sus distribuidores iniciales agregaron un descargo, diciendo: "No se ha usado ni un solo rollo de noticiario".
La crítico de cine Pauline Kael la calificó de "probablemente la epopeya revolucionaria más conmovedora desde el ‘Potemkin' de Eisenstein".
Nacido como Gilberto Pontecorvo el 19 de noviembre de 1919 en Pisa en e seno de una adinerada familia judía, se mudó a Francia para escapar de las leyes raciales del régimen fascista de 1938, sobreviviendo como instructor de tenis.
En sus veinte, empezó a viajar entre Milán y Florencia para mantener los contactos entre los movimientos antifascistas, dijo el diario italiano La Repubblica. Volvió a Milán y encabezó una brigada de la resistencia.
Después de la Segunda Guerra Mundial, estudió química y trabajó como periodista antes de empezar a dirigir documentales.
Su primer largometraje, de 1957, giraba sobre la historia de una comunidad de pescadores, con Yves Montand y Alida Valli, titulada ‘La gran calle azul'.
Una de sus últimas películas, ‘Ogro', de 1980, estuvo escenificada en España en los años de la dictadura de Francisco Franco.
Pontecorvo fue director del Festival de Cine de Venecia de 1992 a 1994.
La noticia de su muerte se dio a conocer mientras Roma se prepara para la apertura de la primera edición de su festival de cine, y cientos de ejecutivos, celebridades y VIPS de la industria se reunían para una ceremonia en honor de Sean Connery.
Pontecorvo deja a su esposa, Picci, y tres hijos.

14 de octubre de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
rss

descolorida estrella de cine


[Martha Groves] Marion Davies y su casa en la playa personificaron la edad de oro de Hollywood.
En la cúspide de los locos años veinte, el magnate de la prensa William Randolph Hearst construyó para su amante rubia, la actriz Marion Davies, una extravagante casa en un terreno de cinco acres en la playa en Santa Mónica.
Fue la mansión más grandiosa de la playa, e hizo quedar chicas las residencias de aristócratas de Hollywood, como Louis B. Mayer, Samuel y Frances Goldwyn, Irving Thalberg y Norma Shearer, Harold y Mildred Lloyd, y Douglas Fairbanks y Mary Pickford.
Davies, una estrella del cine mudo, y Hearst, recibían a menudo. Sus elaboradas fiestas de disfraces atraían a personajes como Clark Gable, Carole Lombard, Cary Grant, Gloria Swanson y Howard Hughes, que se ponían pantalones de cuero con tirantes para un sketch tirolés.
Charlie Chaplin, del que rumoreaba que había sido amante de Davies, retozaba con ella en su piscina de agua de mar de 33 metros, bordeada de mármol italiano y cruzada por un puente de mármol veneciano.
Durante la edad de oro de la pantalla grande, Davies emergió como una favorita de Hollywood, una efervescente bromista con piel de porcelana y entusiasta parrandera.
Sin embargo, hoy se la recuerda, si acaso, como una luminaria menor de esa época, en gran parte debido a dos hombres.
Uno de ellos era Hearst, el magnate casado que utilizó su imperio mediático para vender sus talentos, dejando que sus detractores concluyeran que ella no valía nada por sí sola. Y el otro era Orson Welles, cuya película de 1941, ‘Ciudadano Kane' -basada libremente en la vida de Hearst- cimentó en la mente del público la idea de que Davies era una mujer chillona que carecía de talento.
En los últimos años, los fans de Davies se han esforzado en revivir el interés en la actriz y en sus películas.
Al mismo tiempo, admiradores de su propiedad en la playa, su mansión demolida no hace mucho, han estado presionando para convertir el sitio abandonado, con su histórica piscina y casa de huéspedes, en un balneario público.
Las dos iniciativas buscan la rehabilitación no solamente de una propiedad en la playa, sino también la imagen de una mujer muerta.
Casi a fines de 1915, poco después de que su esposa Millicent, diera a luz a dos niños, Hearst asistió al nuevo musical de Irving Berlin en Broadway, ‘Stop! Look! Listen!'
En el coro había una rubia fresa de dieciocho años, Marion Davies. Nacida en Brooklyn, Nueva York, era la menor de cinco hermanos de un magistrado del ayuntamiento, Bernard Douras, y su esposa Rose. Ella y dos hermanas mayores que también se dedicaron al mundo del espectáculo, adoptaron el nombre de Davies después de verlo en un letrero de una inmobiliaria.
Hearst, 52, se enamoró. "Me enviaba flores y pequeños obsequios, como cajas de plata o guantes o caramelos", recordó Davies en cintas grabadas con sus recuerdos, publicadas póstumamente en 1975 bajo el título ‘The Times We Had'.
Para la primavera de 1916, de acuerdo a David Nasaw, el biógrafo de Hearst, el magnate y la corista se veían regularmente en fiestas y banquetes. Tratando de ser discreto por el bien de su esposa, una ex corista que se negaba a concederle el divorcio, Hearst trató de llevar una doble vida. Pero no logró engañar a nadie.
En mayo de 1916, un reportaje en el New York American, de propiedad de Hearst, revelaba que Davies había sido "la primera de las nuevas bellezas de Brooklyn elegidas por Ziegfeld" para su siguiente espectáculo. Después de eso, las noticias sobre Davies empezaron a aparecer regularmente en los diarios de Hearst.
Davies apareció por primera vez en ‘Runaway, Romany', de 1917, una película que escribió y que fue dirigida por su cuñado George Lederer. "Yo no sabía actuar, pero la idea del cine mudo me atrajo porque yo tampoco podía hablar", dijo Davies años después, aludiendo a su problema con la tartamudez.
Al año siguiente, la compañía cinematográfica de Hearst en Manhattan, Cosmopolitan Productions, produjo dos películas con Davies como protagonista: ‘Cecilia of the Pink Roses' y ‘The Burden of Proof'. Las reseñas de la primera fueron tibias. El American de Hearst deliraba de entusiasmo.
El New York Times bostezó: "No se trata de objetar a la señorita Davies. No es de ninguna manera una actriz sensacional, pero cumple con los requisitos de su papel".
En su carrera cinematográfica de dos décadas, en las que trabajó en MGM y luego en Warner Bros., Davies se sentía más relajada, y generalmente le proporcionaban las mejores reseñas, en papeles ligeros y comedias. Hearst a menudo la utilizó mal haciéndola actuar en dramas épicos, pero incluso en esos fue a veces elogiada.
En 1928, en los últimos días del cine mudo, Davies fue protagonista en dos ligeras comedias dirigidas por King Vidor que son consideradas sus mejores: ‘The Patsy' y ‘Show People'. Dieron origen a su reputación como la primera heroína estrafalaria de Hollywood.
Ese año Davies y Hearst se mudaron a su terreno en la playa en lo que es ahora 415 Pacific Coast Highway.

La casa principal de tres pisos y estilo revival georgiano, tenía forma de U, con dieciocho columnas helénicas en la parte de atrás. Davies y Hearst tenían suites conectadas por una puerta secreta. Otras cuatro casas estaban ocupadas por la familia de Davies, huéspedes y más de 30 criados de tiempo completo. En total, el complejo contaba con 110 dormitorios y 55 cuartos de baño.
Como en su lujoso castillo en San Simeón en la costa central de California, Hearst compró habitaciones enteras en Europa y las hizo rearmar en su casa en la playa. Transplantó paneles de Burton Hall en Irlanda, un salón de baile de un palacio veneciano de 1750 y un mesón de un restaurante de Surrey, Inglaterra. Setenta y cinco ebanistas trabajaron durante un año para completar las balaustradas de las escaleras duales principales.
Una distorsión habitual dice que Julia Morgan, la primera mujer arquitecto de California, y colaboradora de Hearst en San Simeón, diseñó la casa de la playa. De hecho, William Flannery, del que se sabe poco, fue el arquitecto de la casa principal. Morgan diseñó la casa de huéspedes (conocida como North House) y la piscina, con detalles escogidos por Hearst.
"Me gustaría tener escaleras de mármol en la piscina de San Simeón, como las de la piscina de Santa Mónica tan pronto como te sea conveniente", telegrafió Hearst a Morgan en noviembre de 1928. "Tienen mucho éxito".
Cuando la mansión empezó a tener problemas con los fundamentos, Morgan hizo las veces "de ingeniero civil para apuntarlos y evitar que se desparramara con las mareas hacia el mar", dijo Nancy E. Loe, bibliotecaria de colecciones especiales en Cal Poly San Luis Obispo.
Para cuando se terminó de construir la mansión, según se lee en ‘Marion Davies', la biografía escrita por Fred Lawrence Guiles en 1972, había costado siete millones de dólares -tres millones en la construcción y cuatro millones en terminaciones y adornos. Eso equivaldría hoy a 83 millones de dólares.
Los interiores eran palaciegos, con inmensas alfombras orientales, candelabros de cristal de Tiffany, una habitación terminada con pan de oro y 37 chimeneas. En el vestíbulo colgaban retratos de Davies.
Cuando estaba en la ciudad, Davies invitaba a cenar todas las noches de la semana, y a fiestas de piscina de todo el día, escribió Nasaw en su biografía de 2000, ‘The Chief: The Life of William Randolph Hearst'.
La actriz Louise Brooks recordó una visita de fin de semana en abril de 1928 en la que "había veinte personas para el almuerzo, a las que se agregaron, en la tarde, cuarenta más para nadar en la piscina veneciana de mármol blanco que separaba la casa del océano, y cuarenta más que se agregaron para la cena servida en el porche que daba a la piscina".
En ocasiones especiales, como el cumpleaños de Hearst, se levantaban enormes tiendas para acomodar hasta dos mil invitados. En 1937, los invitados se vistieron como artistas de circo (incluyendo a una Bette Davis barbuda) y se montaron en un tiovivo prestado de Warner Bros. Para poder instalarlo, Hearst ordenó echar abajo una pared, para luego volver a levantarla.

En los primeros días de la casa de la playa, el ánimo alegre de Davies ocultaba el pánico que sentía por el surgimiento del cine sonoro. En una función en Nueva York de la película ‘The Singing Fool', de Al Jonhson, de 1927, Davies empezó a sollozar, estropeando su maquillaje y susurrando a su acompañante: "¡Es mi ruina! ¡Es mi ruina!"
Davies, cuya ronca y arrastrada voz era estropeada por el tartamudeo, temía que las películas sonoras presagiaran el fin de sus papeles como protagonista -y su salario anual de medio millón de dólares. Pero poco después se sorprendió al enterarse por Thalberg, el jefe de producción de MGM, que su prueba de sonido le había valido un nuevo contrato. Resultó que si memorizaba los diálogos, dejaba de tartamudear. Terminó participando en dieciséis películas sonoras.
No eran solamente personajes famosos de Hollywood y Hearst los que veían a Davies como una animada compañera. Le encantaba al dramaturgo George Bernard Shaw y al aviador Charles Lindbergh. Semanas antes del derrumbe de la bolsa en octubre de 1929, Winston Churchill y su familia alojaron en San Simeón, y luego visitaron la casa de la playa para nadar.
En 1937, después de 46 largometrajes, Davies se retiró del cine. Poco después, la devoción de Davies hacia W.R., como llamaba a Hearst, debió pasar por una dura prueba. Sus activos estaban hipotecados, el manirroto de Hearst estaba al borde de la insolvencia. Davies vendió sus acciones, sus propiedades inmobiliarias y sus joyas para darle una infusión de un millón de dólares que salvaría su imperio.
Para entonces, Davies había acumulado una fortuna personal de varios millones de dólares, gran parte en propiedad inmobiliaria en Beverly Hills y Nueva York. Era una de las mujeres más ricas de Hollywood y donaba millones de dólares a obras de caridad, amigos desafortunados e incluso desconocidos.
Sin embargo, su imagen sufriría pronto un golpe ‘fatal', según el biógrafo Guiles, con el lanzamiento de ‘Ciudadano Kane' en 1941.
La gente empezó a referirse a Susan Alexander -la amante de Charles Foster Kane, representada por Dorothy Comingore- como "el recambio de Marion Davies". Alexander, como Davies, era rubia, hacía rompecabezas y bebía demasiado, y vivía con Kane en Xanadu, muy parecido a San Simeón. La difunta crítico de cine Pauline Kael, observó más tarde: "El falso estrellato de Susan y el papel que tuvo en la vida de Kane era igual que el de Marion Davies, según prácticamente todo el mundo".
En 1945, Davies vendió la casa de la playa, la que describió como un "trasto", debido a una disputa por el impuesto a la propiedad. Los inversores le pagaron 600 mil dólares, una miseria que equivalía aproximadamente al coste de las 37 chimeneas.
Hearst murió a los 88 en 1951 en la mansión de Beverly Hills que compartía con Davies. A petición de sus hijos, la angustiada Davies hubo de ser sedada. Mientras dormía, sacaron el cuerpo de Hearst de la casa, junto con todo vestigio de él, incluyendo las fotografías de sus numerosos viajes a Europa.
¿Te das cuenta de lo que hicieron?", diría más tarde. "Me robaron lo único que tenía. Él era mío".
Diez semanas después de la muerte de Hearst, Davies se casó con Horace Brown, un capitán de barco que había cortejado a su hermana Rose. Empezó a beber todavía más de lo habitual, y vivía cada vez más inmersa en el pasado. Muchos de sus amigos habían muerto, otros se habían alejado, y la mayoría de sus películas habían sido olvidadas.
Como lo dijo Jeanine Basinger en su libro de 1999, ‘Silent Stars': "Aunque los críticos escribieron a menudo excelentes reseñas de Davies, nunca le perdonaron el pecado de Willian Randolph Hearst".
A principio de 1959, los doctores descubrieron un tumor maligno en la mandíbula de Davies. Fue operada y los tratamientos de cobalto descoloraron su famosa piel de porcelana. Murió el 22 de septiembre de 1961, a la edad de 64.
Para entonces, el complejo de la playa había pasado por varia encarnaciones. Uno de sus dueños, el hostelero Joseph Brown, agregó tres edificios al lugar. e abril de 1957, elementos de la casa principal, tales como tablillas, columnas y instalaciones interiores, se pusieron a la venta. La casa misma fue demolida poco después.
El estado compró el terreno en 1959 y lo arrendó al ayuntamiento de Santa Mónica, que a su vez lo alquiló al club privado Sand & Sea, de 1960 a 1990. El ayuntamiento instaló allí luego un balneario.
En 1994 el terremoto Northridge derrumbó una chimenea de ladrillos, lanzándola por el tejado de la North House. Todos los edificios del complejo fueron puestos a la venta.
Desde entonces, el sitio se ha ido deteriorando lentamente debido a la falta de fondos. Los ventanales de la North House fueron tapados, lo mismo que su histórica piscina y sus caprichosos azulejos de peces. Las hierbas han brotado entre las grietas en el suelo. Los enrejados se han oxidado y las vigas de madera han empezado a pudrirse.
Durante años, funcionarios de gobierno y activistas de barrio han trabajado en un plan para convertir el sitio en un balneario público. Por una modesta tarifa, cualquiera podría disfrutar de la piscina donde chapoteaban Chaplin y otras estrellas, una terraza con sillones para tomar el sol, canchas de voleibol y pádel, salas para eventos, una zona de juegos para niños y mesas de picnic.

Wallis Annenberg, la heredera y filántropa de TV Guide, ha prometido casi 28 millones de dólares para el proyecto de la Fundación Annenberg. Annenberg recuerda que, cuando era joven, pasaba gloriosos días de verano en el Sand & Sea Club, donde muchos de sus miembros, como ella, eran judíos. Otros clubes privados tendían a excluir a los judíos.
"Me molestaba ver este sitio vacante cercado por una valla de tela metálica", dijo Annenberg. "Para mí era importante que fuera una lugar agradable para que el público lo disfrutara".
Hace poco el ayuntamiento llegó a un acuerdo con los vecinos que habían rechazado el proyecto debido al tráfico, seguridad y ruidos. El ayuntamiento espera iniciar las obras en septiembre próximo y completar el proyecto a principio de 2010.
Los fans de Davies esperan que el complejo renueve el entusiasmo por sus películas y la edad de oro en la que jugó un papel destacado.
"Ver el nombre de Marion Davies en conexión con este sitio estimulará el interés en su carrera y en la historia de Hollywood y en su conexión con Santa Mónica", dice Marc Wanamaker, historiador y archivista de Hollywood. "Recuerda, ella era de la realeza de Hollywood".
Años después de su muerte, los festivales de cine revivieron varias de las mejores películas de Davies. Confrontados con su don para la comedia y su encanto, cinéfilos y estudiosos del cine que se criaron con ‘Ciudadano Kane', tuvieron que repensar sus opiniones. ‘Captured on Film', un documental de 2001, tenía por objetivo reparar algunas de esas percepciones.
Welles también trató de corregir su imagen. Décadas después de que ‘Ciudadano Kane' arrojara una sombra sobre la carrera de Davies, Welles se disculpó, diciendo que Susan Alexander "no se parece en absoluto" a Davies.
Catorce años tras la muerte de Davies, la elogió en el prólogo de ‘The Times We Had', llamándola "una de las comediantes más deliciosamente logradas en la historia de la pantalla grande".

martha.groves@latimes.com

6 de octubre de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
rss

idi amin como el oso yogi


[Wesley Morris] El macabro Idi Amin aparece tan tiránico como el Oso Yogi.
‘The Last King of Scotland' está ambientada en los años setenta durante el macabro gobierno del presidente de Uganda, Idi Amin, y en muchas de las primeras escenas de la película, la cámara pasa difíciles momentos tratando de encontrar una cara conocida en la que perderse.
Hay un montón de opciones. Pero debido a que la película es un confuso cuento con moraleja sobre lo que ocurre cuando extranjeros impresionables se dejan seducir por locaciones exóticas, se nos ofrecen, en lugar de eso, numerosas tomas de nuestro protagonista, un joven doctor blanco llamado Nicolas Garrigan (James McAvoy), que viene desde Escocia a hacer el bien.
Su hogar era frío y terriblemente aburrido. Este nuevo sitio, una ex colonia británica de la que Amin se acaba de apoderar mediante un golpe militar, es exótico, caliente, y se mueve rápido. (Poco después de llegar a suelo africano, Nick se encama con una mujer que conoce en un autobús).
Pronto se dirige hacia una gran asamblea pública y descubrimos que la película ha estado buscando esa cara conocida. Es la de Amin. Contenta, la cámara corre hacia Forest Whitaker, que hace de presidente, y lo enfoca de bastante cerca como para que podamos contar sus poros y admirar sus ojos encapotados. En ese eléctrico momento, se lanza un discurso que conmueve a la multitud.
Aquí entiendes inmediatamente cómo Amin pudo seducir y destruir un país, dejando casi medio millón de personas muertas. Hasta cierto punto, el inocente Nick se enamora a primera vista del obvio poder de Amin, y hasta otro cierto e inquietante punto, también lo hace la película, que Kevin Macdonald dirige con un guión basado en la novela de Giles Foden. ‘The Last King' se excita con el peligro que representa Amin, pero muestra sólo un interés pasajero en la dimensión de su malevolencia.
Después de que Nick se encuentra con un herido Amin y lo cuida a un lado del camino, el presidente termina por nombrarlo su médico personal y más tarde su asesor personal. (Si no fuera ugandés, dice Amin, sería escocés). A su vez, el doctor se mete en una horterada tras otra, aceptando el regalo que le hace Amin de un Mercedes descapotable y soltando frases que no entiende: "Esto es África. Aquí a la violencia se responde con violencia. ¡Otra cosa y te matan!"
Las vidas del doctor y del dictador se enredan. Nick espía a un colega de Amin en un club nocturno e le informa que el hombre debe estar planeando algo malo. Más tarde Nick empieza a encamarse con Kay (Kerry Washington), la esposa más joven y guapa de Amin. La aventura y su espeluznante desenlace se desarrolla en la segunda parte de la película, que se convierte en un ridículo bodrio.
Esta predilección por el romance de culebrón ilumina el mayor defecto de la película. Mientras Kay y Nick se ven a espaldas de Amin, Amin se dedica a sacrificar a miles detrás de las nuestras. La película no expone más que mínimos indicios de las atrocidades (rápidos montajes por aquí por allá) sin culpar directamente al régimen por esos crímenes. La única persona capturada que sufre verdaderamente es el pobre e imaginario Nick.
En este sentido, ‘The Last King of Scotland' se integra a las filas de las películas de pesadilla de inocentes en el extranjero, desde ‘El expreso de medianoche' [Midnight Express'] a ‘Hostel',en las que el desilusionado héroe lucha por volver a la civilización.
Como se trata de la versión africana, el director despliega todo tipo de salvajes adornos, incluyendo la visita de Nick a una casa hechizada que, mortificantemente, la hace acompañado por los eróticos gemidos de la banda sonora. La única persona en la película con algo de cordura es la rubia Gillian Anderson, la esposa británica del médico, a la que vemos por última vez en un autobús lleno de vecinos, saliendo de Dodge. Felices ellos.
En ‘One Day in September', el documental sobre la toma de rehenes en las Olimpíadas de Munich en 1972, y en la película de suspense ‘Tocando el vacío' [Touching the Void], Macdonald convirtió historias verídicas en convincentes docudramas. Aquí, carece de la firmeza moral que se necesita para contar una historia sobre la maldad humana.
Sólo un loco podría salir de esta película pensando que Amin era inocente. Pero sólo un loco podría hacer una película sobre Amin que tratara su inhumanidad como nada más que un defecto de carácter. (Caído en desgracia, en 1979 Amin huyó de Uganda hacia Ira y más tarde Arabia Saudí, donde murió, impenitente, en 2003).
Forest Whitaker tiene el don de desaparecer en el interior de los fracturados estados mentales de sus personajes -pensad en Charlie Parker en ‘Bird' o en el asesino de ‘El camino del samurai' [Ghost Dog]-, lo que lo hacía verse ideal para hacer de Amin.
Pero el guión, de Peter Morgan y Jeremy Brock, le falla, porque Amin carece de una psicología aparente, y sólo tiene el deseo de agradar. Whitaker transmite una intensa mezcla de tics faciales y ominosos manierismos. Pero ¿en qué está pensando? A menudo Whitaker transmite sagazmente una dimensión regresiva en los hombres que representa. Pero si el director quería mostrar el carácter despreocupado de Amin y su dependencia de sus asesores como signos de infantilismo (Nick lo acusa de eso), Whitaker envía al personaje al reino de las caricaturas. Es tan tiránico como Yogi Bear.
Amin puede haber sido un personaje completamente extrovertido. Pero que Macdonald lo filme repetidas veces como una estrella de rock quiere decir que se le ha escapado su propio cuento con moraleja. También refleja una curiosa verdad sobre el poder de Amin. La exposición prolongada a este hombre, incluso en la muerte, puede hacer enflaquecer el juicio de cualquiera. ‘The Last King of Scotland' se la pasa bien convirtiendo la mala educación en un titilante espectáculo de horror.

wmorris@globe.com

4 de octubre de 2006
©boston globe
©traducción mQh
rss

bettie


[Stephen Hunter] Su cuerpo y ella. Biografía pone al desnudo fantasías sobre las chicas de calendario de los años cincuenta.
La directora Mary Harron puede tener más coraje que talento, pero vaya qué dosis de talento. Después de encargarse intrépidamente de la detestable ‘American Psycho' en su última película, su nueva producción gira sobre otro estadounidense notorio, pero no demente. En realidad, su punto es la ausencia de ratones en la cabeza de su personaje: ‘The Notorious Bettie Page' gira sobre la reina de las chicas de calendario de los años cincuenta y dice cosas que no se dicen habitualmente. Gira sobre la exhibición y venta del cuerpo femenino y no cree que sea una idea tan deleznable.
Esta es una propuesta radical. De hecho, hay un pequeño pero distintivo género cinematográfico dedicado al tema de las fotografías de desnudos, que es casi siempre A) negativo y B) generoso en los cuerpos que muestra. La plantilla de la historia es siempre la del chulo y la prostituta, esa vilipendiada relación de manipulación emocional con crueles propósitos: Un charlatán zalamero engatusa a una chica de pueblo chico, de limitado talento pero de despampanante belleza y busto, para que se desnude frente a la cámara. Después de esto nada bueno puede pasar -como testimonian en particular las películas sobre la pobre Playmate Dorothy Stratten, cuyo psicótico marido la mató a balazos. Tal como en las películas de horror, las chicas rápidas muren primero.
Pero ‘The Notorious Bettie Page', con la casi estrella Gretchen Mol en el rol protagonista, argumenta que nadie obligó a Bettie a desnudarse para el señor Speed Graphic; lo hizo porque quería hacerlo, y porque era su modo de expresión. Una y otra vez la película traza mordaces paralelos entre su frustrada carrera de actriz y su exitosa carrera como modelo. Como actriz, Bettie es endeble y torpe y tímida y el método Zen que se le predicó no le hizo nada de bien. Como modelo desnuda es increíblemente impactante y autoexpresiva, tan liberada que, voilá, impregna mágicamente de color sus películas cada vez que se saca la ropa. Olas de melocotón, crema, caramelo inundan la pantalla. La película nos muestra que, incluso de niña, Bettie tenía una apasionada relación con las cámaras. Harron la muestra en su conservadora ciudad natal de Knoxville, Tennessee, en los castos años treinta cuando era adolescente: Cuando sale la cámara, sin más trámite la guapa chiquilla en su vestido de domingo no solamente se anima, sino que se calienta. Repentinamente es una vampiresa, dobla las caderas, se pasa los dedos por sus tirabuzones color caoba, estira los labios y los engorda como si estuvieran picados por avispas.
Y el retrato de Harron de los ‘pornógrafos' que facilitaron la desnudez de Bettie es extremadamente blando. Perdemos el tiempo esperando que alguno de ellos la presione, deslice alguna droga en su bebida, la extorsione emocionalmente de uno u otro modo, y la viole y la haga prostituirse. Eso no ocurre nunca. En lugar de eso, sus mejores amigos son los fotógrafos. Son gente sencilla, incluyendo a un Jerry Tibbs (Kevin Carroll) que hace sesiones fotográficas acompañado de su hija, que va a la escuela básica; el equipo formado por los hermanos sado-masoquistas, Irving y Paula Klaw (Chris Bauer y Lili Taylor), que suministran a la desconcertada Bettie varios artilugios y restricciones a petición de clientes ricos que quieren algo "fuera de lo común"; y finalmente Bunny Yeager (Sarah Paulson), que lleva el famoso Welcome a la postal de Miami Beach. También es Bunny la que toma la foto del cartel que hizo de Bettie un temprana Playmate, aunque Harron no parece ser una fan de Hef y no la convence su auto-promoción. Le ofrece a Playboy, y a todas esas olvidadas revistuchas de los años cincuenta, simplemente otra portada, junto con Tattler y Kitten. Playboy es simplemente la que se olvidó de morir.
Lástima que la historia de Bettie no sea más dramática, pero, en serio, el único momento desesperado que puede evocar la película es el día en que Bettie casi tuvo que declarar ante la Comisión Kefauver.
De otro modo, según dice Harron, la vida de Bettie es bastante tranquila, una vez que puso distancia entre ella y su estricto padre (¿Oímos un susurro de incesto cuando él le dice que suba al primer piso? De cualquier modo, Harron deja el asunto de lado) y de un primer marido con un rápido gancho de derecha. Pero después de llegar a Nueva York, es suficientemente lista como para encontrar trabajo y mantenerse alejada de las camas; todas sus relaciones profesionales son castas. Se desenvuelve con aplomo en el extraño mundo del modelaje amateur en ‘clubes fotográficos', y no pierde tiempo a la hora de deshacerse de sus ropas, avergonzando de paso a un camarógrafo necio. Simplemente se traslada de contacto a contacto en la pintoresca idea de los cincuenta acerca de qué es pasarla bien, que es subir al primer piso y entrar a la tienda de fotos Klaws' Brooklyn. Cuando la siempre jovial Klaws empieza a emperifollarla con accesorios de Sade, no lo entiende. ¿Es un genio? Bueno, difícilmente. Para ella es un chiste, la mala actuación en las películas semi-porno, la atracción del elástico, la tensión del nailon, el látigo y la fusta. Ella, simplemente, no asocia este tipo de juegos de época con las aberraciones sexuales. No puede dejar de reír.
Mol, ciertamente, está hecha para el papel, y aunque está en todas las escenas, de algún extraño modo no lo parece. Puede ser que la película se niega resueltamente a fijarla en su neurosis. En lugar de eso, la ve como un avatar de la auto-determinación que conoce su mejor producto y tiene la intención de estrujarlo al máximo, antes que ver cómo desaparece en manos de algún manipulador codicioso. A este respecto, ‘The Notorious Bettie Page' gira sobre el control de los medios de producción; ella es su propia materia prima, y no está dispuesta a que a cederla a otros.
Yo también diría que como colección de materiales de archivos sobre Nueva York en los años cincuenta -una legendaria época cuando el mundo de la publicidad estaba a la punta, todo el mundo bebía martini y fumaba y las luces de neón nunca fueron tan brillantes, ni las calles más húmedas ni las fajas más fundacionales-, la película es una obra maestra en cuanto a llevarte a esa época. Las fotografías blanco y negro (las escenas con desnudas son en color) de Mott Hupfel, sin embargo, se ven débiles; no tiene la luminosidad del trabajo de Robert Elswit en ‘Buenas noches y buena suerte' [Good Night, and Good Luck], y mucho menos la de esa pieza maestra de la fotografía, ‘El dulce sabor del éxito' [The Sweet Smell of Success], de 1957, cortesía de James Wong Howe, donde Burt Lancaster podía mirar callejones y tachos de basura y el lejano brillo del neón y hacerte creerlo cuando proclamaba: "Dios mío, adoro esta sucia ciudad".
Bettie también la amaba. La hizo incluso, hay que decirlo, todavía más sucia. Pero a su modo, y sólo en su propio beneficio.

20 de abril de 2006
©washington post
©traducción mQh
rss

la dalia negra


[Carina Chocano] Adaptación de De Palma es demasiado negra.
Nada más que por horror gótico, su interés como cuento con moraleja sobre sueños rotos en Hollywood y permanente misterio, el espeluznante asesinato de Elizabeth Short, una candidata a estrella del cine cuyo cuerpo mutilado fue encontrado partido por la mitad a unas pulgadas de la acera en un sitio eriazo en el centro de Los Angeles en 1947, continúa ejerciendo una macabra fascinación sobre nuestra psique. O quizás se deba a las campañas de promoción. Como quiera que sea, ayuda a explicar por qué James Ellroy utilizó la historia de la Delia Negra, como llegó a ser conocida, como un trampolín para una novela, pero no por qué emergió de ella en un túrgido pudín de convenciones negras, escabroso melodrama, personajes estereotipados y endebles tramas secundarias más inverosímiles que un cementerio de Praga.
Como el libro que la inspiró, ‘The Black Dahlia', de Brian de Palma, "parece gato por liebre. Los archiconocidos detalles históricos, empapados en grueso y brillante ámbar (¿es una película o un panqueque?), tienen aires de muñecos de cera de mal gusto, completo con el tipo de voz recia de los años cuarenta que, sin duda, convirtió a Edward G. Robinson en un popular invitado de fiestas. Las breves escenas en que vemos a la Dalia Negra misma, tanto como horripilante cadáver en las fotos policiales como la chica triste de una miríada de pruebas cinematográficas, son las cosas más convincentes de la película. Pero incluso ella se pierde en el rebosante enjambre de personajes terminalmente obsesivos y dudosa moralidad, cada uno cargando un bizantino pasado y buques de florido equipaje.
Josh Hartnett, un inocente con corte de pelo Alfalfa, es Dwight ‘Bucky' Bleichert, ex boxeador convertido en poli que accede a participar en un match de publicidad para el Departamento de Policía de Los Angeles, contra otro púgil convertido en poli llamado Lee Blanchard (Aaron Eckhart). Bucky es un niño pobre de Lincoln Heights, y si se ve demasiado joven y demasiado guapo como para sentirse tan cruelmente desilusionado, bueno, no hay más que conocer a su chiflado padre. Se divierte disparándole a las palomas desde su ventana. La muy publicitada pelea les reporta a Bucky y Lee otras peleas publicitarias y marca el comienzo de su amistad, su asociación profesional, su platónico ménage-à-trois y su viaje por la conejera del más puro gótico de Los Angeles.
La chica con suéter en el centro de la trama es Kay Lake (Scarlett Johansson), con la que vive Lee en sospechoso lujo y aparente pecado, aunque nada resulta ser lo que parece. De hecho, poco es lo que parece en la película. Gracias a la persistente voz en off, cada pulgada de espacio entre los personajes es enmasillado con información biográfica y otros rellenos de la trama. Parece que un poli no puede investigar un homicidio en esta ciudad sin abrir una enorme lata de gusanos personales y psicológicos. El resultado es vertiginosamente difícil de seguir, y demuestra ser demasiado para Lee, que poco después de pedir su traslado desde otro caso, al del asesinado de la Dalia, desciende en una espiral de bencedrina que lo envía girando, como una peonza, a una tercera obsesión y derechamente fuera de la película.
Bucky desciende en un mundo de tinieblas de su propia invención, donde conoce a la misteriosa look-alike de la Dalia Negra, llamada Madeleine Linscott (Hilary Swank). Para ser más fatal, a Madeleine sólo le falta disparar rayos letales con sus ojos. El papel es ridículamente vampiresco, y Swank, mascullando con un incongruente acento escocés, lo explota a tope. Una heredera bisexual seducida por los bajos fondos, vive en casa con su corrupto padre autócrata, Emmet (John Kavanagh), un ambicioso inmigrante convertido en millonario de la propiedad inmobiliaria; una madre desquiciada y adicta a los barbitúricos, Ramona (Fiona Shaw); y su perversa hermana menor, Martha (Rachel Miner). Pero ella prefiere gastar el tiempo en bares de lesbianas en Hollywood, y metiéndose con marinos para variar, tal como la chica muerta con la que, según la dicen, se parece. Y Madeleine no es la única con un problema de personalidad: la cordura es realmente escasa. Su prominente familia, por ejemplo, está decadente y extravagantemente en la calle; tan en bancarrota se revela en una escena después de una copiosa cena en la que Shaw, siempre chupando pantalla, ventila los trapos sucios de la familia con la ayuda de un fuerte martini.
Mientras más escarba Bucky, más se hunde en el pantano de corrupción y engaño, perversidad sexual y traiciones que componen el clásico género negro de Los Angeles. (Al menos, no lo obligan a ir al barrio chino). Y mientras más alejados parezcan estos personajes del misterio central, más difícil se torna para la película traerlos de vuelta al sitio del suceso -o más bien, más difícil se le hace expandir el sitio del suceso hasta implicar a todo el mundo. Fue culpa de la sociedad.
Por supuesto que lo fue. El asesinato de Betty Short obtuvo la condición de leyenda como el típico homicidio de Los Angeles, pero proporciona una oportunidad demasiado buena como para dejarla pasar, de culpar a la ciudad por el crimen. Es tarea del pobre Bucky encontrar las piezas dispersas y hacerlas adquirir sentido, lo que hace obedientemente, distrayéndonos de vez en vez con un melodramático floreo. Unas escenas valen el precio de la entrada, por su inspirado camp; en dos de ellas aparece Shaw. Johansson no tiene tanta suerte. No tiene mucho que hacer, aparte de hacer pucheros con unos labios pintados a la perfección y rellenar un suéter, aunque le otorgan una escena de amor en la que un pollo asado de aspecto simpático es sacrificado en el altar de su pasión. Sin embargo, a pesar de algunas divertidas distracciones, ver avanzar la película no es muy diferente a mirar cómo alguien completa un rompecabezas gigante. Eventualmente todo cae en su lugar, pero ya habías visto la imagen en la caja.

The Black Dahlia
Distribución Universal Pictures Dirección Brian De Palma Guión Josh Friedman, basedo en una novela de James Ellroy

15 de septiembre de 2006
©los angeles times
©traducción
mQh
rss

video