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indagan a chiquita brands inc.


A indagatoria, tres directivos norteamericanos de Chiquita Brands Inc. Uno de los casos por los que Colombia averigua es el de los alijos de coca hallados en buques de Chiquita. Uno de ellos es el Bremen implicado en un proceso de incautación en 1997.
Colombia. Uno de los casos por los que Colombia averigua es el de los alijos de coca hallados en buques de Chiquita. Uno de ellos es el Bremen  implicado en un proceso de incautación en 1997.
Fiscalía dijo tener evidencia de que habrían estado al tanto de financiación que la filial de Chiquita en Colombia les dio a los ’paras’ entre 1997 y el 2004, por 1,7 millones de dólares.
Hace tres días, la Fiscalía General le solicitó a Thomas Black, director de asuntos criminales del Departamento de Justicia de E.U., que les notifique a tres de sus ciudadanos que están siendo investigados en Colombia por concierto para delinquir agravado y que acaban de ser vinculados, mediante indagatoria, por financiación de paramilitares.
Los afectados con la medida son John Paul Olivo, Charles Dennis Keiser; y Dorn Robert Wenninnger, empleados de la multinacional bananera Chiquita Brands Inc., con sede principal en Cincinnati.
La Fiscalía dijo tener evidencia de que los ejecutivos habrían estado al tanto de la financiación que la filial de Chiquita en Colombia les dio a los ’paras’ entre 1997 y el 2004, cuyo monto ascendió a 1,7 millones de dólares.
Durante esos siete años, ese dinero terminó alimentando la máquina criminal de las autodefensas de Urabá (zona en la que funcionaba la bananera), que dejó 11 mil víctimas, asesinadas violentamente.
Por esto, la Fiscalía también le pidió a E.U. que se le gire a la Comisión de Reparación y Reconciliación de Colombia los 25 millones de dólares que Chiquita pagó a manera de multa, tras reconocerle a un juez del Distrito de Columbia los pagos a las Auc, consideradas en E.U. como un grupo terrorista.
Pero la rogatoria de la Fiscalía es mucho más ambiciosa. Fuentes en Washington le confirmaron a EL TIEMPO que, además, pidieron datos de 19 miembros de la Junta Directiva y gerentes, y de 4 empleados centroamericanos.
La petición se fundamenta en inspecciones a contabilidades y nóminas y en declaraciones de ex jefes ’paras’ como Salvatore Mancuso; Raúl Emilio Hasbún, ’Pedro Bonito’; Ever Veloza, ’H.H.’; y Freddy Rendón, ’El Alemán’.
Todos contaron cómo las bananeras, incluida Chiquita, hicieron aportes a través de las convivir, entre ellas Papagayo. Y Hasbún narró el ingreso de 4.200 fusiles por el puerto de una filial de Chiquita.

Coca y Soborno
Y hay otros dos expedientes, que involucran a la multinacional, por los que la Fiscalía también preguntó: narcotráfico y un supuesto soborno a funcionarios aduaneros en Colombia, para que habilitaran el puerto de Zungo, en Turbo (Antioquia).
Sobre el primer caso, hay evidencia de que siete embarcaciones de la multinacional se han visto involucradas con cargamentos de coca camuflados entre la fruta. Se habla de más de una tonelada y media de droga, valorada en 33 millones de dólares. Dos de esas embarcaciones son la Chiquita Bremen y la Chiquita Belgie.
Y sobre el soborno, la Fiscalía pide copia de las interceptaciones (de 1997) a John Walker, jefe de operaciones, en las que habría manifestado su preocupación porque trascendiera el motivo de su salida: el pago a empleados aduaneros para la operación del puerto en Turbo.
Las fuentes en E.U. confirmaron que Thomas Black, del Departamento de Justicia, ya comunicó la petición a su gobierno y recordó que (en el 2008) hubo una similar sin respuesta de E.U., que accedió a que el caso estuviera cobijado por la confidencialidad.

¿Habrá Respuesta?
Pero, a diferencia de ese requerimiento, la actual petición tiene el respaldo pleno del fiscal (e.) Guillermo Mendoza; del coordinador de la Unidad Nacional de Fiscalías Antiterrorismo, Hermes Ardila; y de la fiscal delegada ante los jueces penales especializados de Medellín, Alicia Domínguez, a quien Mendoza le devolvió el caso Chiquita que había sido enviado a Bogotá. La Procuraduría también se notificó.
Incluso, el presidente Uribe se ha referido a la posibilidad de que se pidan en extradición a los responsables.
Además, la solicitud se fundamenta en la Convención Interamericana de Asistencia Judicial Mutua, de 1992. Y Chiquita es uno de los puntos que trae en su agenda la relatora especial de la ONU para la Independencia Judicial, Gabriela Knaul de Albuquerque, quien mañana inicia visita oficial a Colombia.

7 de diciembre de 2009
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condenas por falsos positivos


Condenan a dos militares por ’falso positivo’ en Córdoba. Un teniente y un sargento deberán pagar 38 años de cárcel por el asesinato de dos jóvenes sacados de Caucasia, Antioquia con falsas promesas de trabajo.
Colombia. Un juez penal de Montería condenó al teniente del Ejército Diego Beltrán Vega y al sargento segundo Óscar Camargo Ortiz, por la muerte de dos jóvenes de Caucasia, Antioquia, que a comienzos de 2006 fueron sacados de ese lugar con falsas promesas para trabajar en una finca en Córdoba, donde supuestamente les pagarían al mes un millón 200 mil pesos.
El 16 de febrero de 2006, John Freddy Camargo Herrera y Darwin Antonio Rivera salieron de su casa ilusionados con el dinero, pero dos días después, inexplicablemente, terminaron en la lista de muertos en combate por hombres del batallón de Infantería número 33 Junín porque, según los militares, pertenecían a bandas criminales.
Un fiscal de la unidad de Derechos Humanos inició la investigación y encontró responsables a varios miembros de esta unidad castrense que dieron muerte a estas personas en un campo de la localidad Canalete.
"Las investigaciones permitieron establecer que los dos supuestos ‘NN’ eran los dos jóvenes que habían sido sacados mediante engaños con falsas ofertas de trabajo de Caucasia, Antioquia", señaló la Fiscalía en su momento.
Hace dos años, un fiscal impuso medida de aseguramiento a seis militares como presuntos coautores del delito de homicidio agravado, entre los que se contaban el teniente Edgar Andrés Santos Acevedo y los soldados profesionales Óscar Javier Berrío Correa, Jorge Luis Rivera Blanco, Henry Serpa Neira, Gustavo Adolfo García y Juvenal Carvajal Cruz.
Desde que a finales del año pasado se conoció el espeluznante caso de once jóvenes que desaparecieron en Soacha y aparecieron muertos en combate en Ocaña, cientos de estos casos se han conocido en los últimos meses. Sólo por este caso, una treintena de militares fueron sacados de forma fulminante del Ejército por orden del alto gobierno. Aunque los reportes oficiales sólo dan cuenta de un caso de ’falso positivo’ este año, la Fiscalía lleva en total más de mil investigaciones por denuncias de esta brutal práctica, en todo el país.

7 de diciembre de 2009
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el general inspector


El general Carlos Arturo Suárez puso el dedo en la llaga por los falsos positivos. Por eso muchos lo admiran, mientras otros quieren verlo fuera del Ejército.
Colombia. Desde el año pasado, cuando se puso al frente de la investigación interna por falsos positivos del Ejército, al general Carlos Arturo Suárez le han sobrado los adversarios dentro de las filas castrenses. En Internet voces anónimas y sectores derechistas lo tildan de traidor, de solapado y de lobo con piel de oveja. Mientras tanto, en los organismos internacionales de derechos humanos y en la justicia se le valora como una persona clave para frenar las ejecuciones de civiles que se venían presentando y por las que hay más de 1.000 procesos abiertos en la Fiscalía.
Suárez lleva 35 años en el Ejército. Es un hombre profundamente religioso, nacido en Sonsón, Antioquia, en una familia de 12 hermanos. Si hoy se ha convertido en la espada de Damocles de muchos batallones y brigadas es gracias a la autoridad que ha ganado en operaciones militares a lo largo de su carrera. Estuvo en las más difíciles zonas de orden público, como el Magdalena Medio, Urabá y Tolima y Cundinamarca, en las cuales se enfrentó muchas veces a denuncias de las comunidades por las actuaciones de los soldados. Cuentan que hace unos años, en San Juan de Sumapaz, llegó a una reunión con el entonces alcalde de esa localidad de Bogotá, Mario Upegui, reconocido militante comunista. Upegui saludó a los militares con un "buenos días, camaradas" que muchos uniformados sintieron como una bofetada, y querían levantarse de la mesa. Pero Suárez decidió que la reunión era justamente para escuchar a la gente que estaba en otra orilla de pensamiento. Ese día recibieron más de un centenar de denuncias de la comunidad. "Siempre ha dicho que ninguna de las extremas sirve", dice sobre él un viejo conocido.
Ha obtenido sus mayores logros militares con pocas o casi ninguna bala. En 2004, como comandante de la Brigada contra el narcotráfico, diseñó y orientó la captura de ’Sonia’, la guerrillera que fue sacada de lo profundo de las selvas del Caguán en una operación comando basada en la inteligencia. Aunque algunos oficiales querían un ataque sorpresa, a sangre y fuego. Suárez tomó la decisión de esperar para capturarla, aunque al principio esto parecía una misión imposible. Así pudo demostrar que las Farc estaban profundamente vinculadas al narcotráfico.
Cuatro años después, cuando los reflectores enfocaban a los protagonistas de la ’Operación Jaque’, tras la escena había varios oficiales que habían sido claves en la liberación de los 15 secuestrados. Uno de ellos era Suárez, que actuaba como jefe de operaciones de las fuerzas militares.
Todavía no había terminado de saborear el triunfo de ’Jaque’ cuando le encargaron la tarea de investigar las denuncias por falsos positivos que había en Soacha y que estaban relacionados con supuestas muertes en combate en Ocaña. La tarea le fue asignada directamente por el general Freddy Padilla de León, a pesar de que para ese momento, él no era inspector. Se trató de una comisión que partió su vida militar en dos.
Quienes lo vieron trabajando en esos días recuerdan que no paró. Investigó sin tregua cada detalle. En varias guarniciones se negó a almorzar o tomar tinto con los comandantes que estaban siendo inspeccionados. Eso les dolió profundamente a sus colegas, acostumbrados a las superficiales inspecciones del pasado. El informe que presentó Suárez llegó a manos del Presidente y tuvo como consecuencia la destitución de 27 militares. Uno de ellos, el general José Joaquín Cortés, le dijo a El Espectador que Suárez: "el único trabajo que hizo fue hacer que se diera de baja a tres generales. Ahí cumplió su trabajo, se oxigenó y llegó a ser inspector general del Ejército".
Durante esos días Suárez solía decir que nadie debería tener miedo a ser inspeccionado, pues en la guerra se presentan sólo tres situaciones: los combates en franca lid, que aguantan cualquier investigación; los errores militares, que siempre hay que reconocerlos, y las actuaciones criminales, que deben ser denunciadas ante la justicia.
Pocas semanas después del informe de Ocaña sobre los falsos positivos, Suárez estuvo en el Batallón La Popa de Valledupar y llegó con un informe tan duro, que una decena de oficiales tuvo que ser destituida. Durante 2009 produjo varios informes de diferentes guarniciones que, según una fuente oficial, "están engavetados" en consideración al debido proceso. Es decir que sólo servirán para cuando los implicados tengan algún requerimiento de la justicia.
Pero los informes de Suárez incomodan a muchos. Quizá por eso hace unas semanas había sido designado agregado militar en Chile, lo que en la práctica significaba el fin de su carrera. Pero el viaje se dañó a última hora. El gobierno de Estados Unidos y otros organismos internacionales le expresaron al gobierno la preocupación de que la salida de Suárez significara un retroceso en los controles internos de las Fuerzas Armadas. Es así como el gobierno lo dejó en una posición incluso más alta, como inspector de todas las fuerzas militares. Un cargo que quizá por primera vez es realmente relevante y en el que la comunidad internacional tiene puestos los ojos.

6 de diciembre de 2009
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la mala hora de los generales


El general Jaime Humberto Uscátegui había sido exonerado por la masacre de Mapiripán hace dos años, pero el fallo fue derogado y ahora recibe una dura condena de 40 años. El fallo, aunque controvertido, revela una nueva doctrina de la justicia frente a los mandos. El proceso para-castrense apenas comienza.
Colombia. El general Jaime Humberto Uscátegui no esperaba una condena de 40 años por la masacre de Mapiripán. La noticia le llegó como una amarga sorpresa la semana pasada, cuando se supo que el Tribunal Superior de Bogotá derogó la decisión que hace dos años tomó un juez, que lo había exonerado. La historia de Uscátegui ha sido muy controvertida y ha dividido las opiniones entre quienes creen que hizo parte del complot criminal y quienes creen que es una víctima más de los paramilitares.
Todo comenzó en 1997, cuando Carlos Castaño envió desde Urabá dos aviones cargados de paramilitares, que volaron por medio país hasta aterrizar en San José del Guaviare y empezar una lenta y pavorosa arremetida contra un pueblo a orillas del río Meta, lleno de coca y guerrilla, llamado Mapiripán, del que prácticamente nadie en Colombia había oído hablar hasta entonces. Con libertad se movieron por ríos y carreteras, llegaron al pueblo y a lo largo de cinco días se dedicaron a matar, secuestrar, desaparecer y desplazar a la gente que consideraban guerrillera.
A pesar de que había Policía Antinarcóticos (colombianos y gringos) en la región y Ejército por todas partes, nadie hizo nada para proteger a la gente. Por el contrario, hubo facilitación, encubrimiento, mentiras, y falsos testimonios. Muy pronto se supo que algunos militares de la Brigada Móvil 2 habían sido cómplices de la matanza. Varios oficiales de diferentes rangos fueron condenados a duras penas de prisión. Pero durante años quedó sin resolver la situación de Uscátegui, quien era comandante de la Brigada VII del Ejército en la época en que sucedieron los hechos.
Uscátegui siempre usó dos poderosos argumentos en su defensa. El primero era que cuando ocurrió la masacre él no tenía mando sobre las tropas acantonadas allí, que pertenecían al Batallón Joaquín París. Y en todo caso, que la información que le envió el comandante de este Batallón, el teniente coronel Hernán Orozco, fue vaga, imprecisa y no permitía saber la magnitud de los crímenes que allí se estaban cometiendo. Hace dos años un juez dio crédito a sus argumentos, lo exoneró por los cargos de homicidio agravado y secuestro y le dictó una condena corta de 40 meses, por haber alterado un documento público. Ese fallo es el que acaba de dejar sin piso el Tribunal Superior de Bogotá, después de que fue impugnado por la Fiscalía, la Procuraduría y el Colectivo de Abogados José Alvear, que representa a las víctimas.
Los magistrados consideraron que Uscátegui era responsable de brindarle seguridad a Mapiripán, porque ésta hacía parte de la jurisdicción de la Brigada VII que él comandaba. Encontraron pruebas suficientes de que el Batallón Joaquín París, que actuaba en esa zona, respondía a sus órdenes -aunque también a las de la Brigada Móvil 2- , que tuvo suficiente información sobre la incursión paramilitar y que, sin embargo, no hizo nada por proteger a la gente. Y como si fuera poco, que trató de engañar a la justicia. En últimas, que su actuación fue crucial para garantizar que los paramilitares cumplieran su objetivo de convertir a ese remoto pueblo en una carnicería humana.
"El Tribunal no estudió a fondo las pruebas. Yo he demostrado en un largo juicio mi inocencia y ahora tendré que demostrarle a la Corte Suprema que aquí se está cometiendo una injusticia conmigo", dice Uscátegui, quien tan pronto supo por la radio que habían ordenado su captura, se recluyó voluntariamente en la Escuela de Artillería.
Este fallo es, además de controvertido, histórico, revelador y tendrá consecuencias mayores. Es histórico porque es la primera vez que un General de la República es condenado por la justicia ordinaria, y que se imparte una dura sanción a un alto oficial por violaciones a los derechos humanos. En muy pocos casos los altos mandos militares han comparecido ante tribunales, y estos casi siempre han sido castrenses. El mismo Uscátegui había sido condenado por la Justicia Penal Militar por los hechos de Mapiripán, pero bajo el cargo de omisión, a una pena de cinco años.
También se rompe una tradición en la justicia colombiana -considerada por muchos críticos una práctica de impunidad- según la cual en las más graves violaciones a los derechos humanos terminaban condenados los militares de rangos medio y bajo. La justicia, en cambio, había sido indulgente con los generales.
La sensación de que los generales eran intocables ha empezado a cambiar. Primero, porque el Presidente destituyó a por lo menos tres generales bajo sospecha de haber sido negligentes frente a los casos de "falsos positivos" que se estaban cometiendo en sus jurisdicciones. Segundo, con la investigación a los altos mandos que tuvieron bajo la responsabilidad la violenta retoma del Palacio de Justicia, hace 24 años, y tercero, con la investigación y el juzgamiento de un general activo, el almirante Gabriel Arango Bacci, señalado por la contrainteligencia de su propia fuerza de haber favorecido narcotraficantes. A esto se suman varias capturas y juicios por casos de violaciones de derechos humanos y paramilitarismo que involucran a generales activos y en retiro.
El fallo contra Uscátegui también es revelador porque muestra hacia dónde va la justicia. Aunque muchos sectores castrenses han esgrimido el peregrino argumento de que este giro de la justicia es parte de la "guerra jurídica" de las Farc, de unas ONG que buscan dinero o de los enemigos del gobierno, lo que ocurre en realidad es que la justicia está desarrollando doctrinas universales que son más drásticas con quienes ejercen mando militar. Estas tesis buscan sobre todo elevar el costo moral de las violaciones de los derechos humanos y, por esta vía, proteger a los civiles de la barbarie de la guerra.
El caso de Uscátegui tiene varios antecedentes. El primero es que el Estado colombiano fue condenado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos por la masacre de Mapiripán. La Corte no sólo le ordenó reparar a las víctimas. También instó al Estado a: "realizar inmediatamente las debidas diligencias para activar y complementar eficazmente, en un plazo razonable, la investigación para determinar la responsabilidad intelectual y material de los autores de la masacre, así como de las personas cuya colaboración y aquiescencia hicieron posible la comisión de la misma". Es importante recordar que aunque los hechos de Mapiripán ocurrieron antes de 2002, año en que entró en vigencia el Estatuto de Roma, la mayoría de las víctimas son desaparecidos, y eso hace que el caso pueda llegar a la Corte Penal Internacional, si hay impunidad en Colombia.
Otro factor que contribuye al juzgamiento ejemplar de altos mandos militares es el proceso de Justicia y Paz, donde se supone que se ventilan las verdades ocultas de una guerra que ha sido sucia y despiadada. En estos relatos los militares salen bastante mal. Hay una lista de casi 150 oficiales mencionados, de los cuales por lo menos una docena son generales. Se han compulsado copias para que se les investigue. La mayoría está en preliminares, y unos pocos en indagatoria o expedición de órdenes de captura. Esto no sorprende a nadie. Después de lo traumático -pero necesario- que ha sido el proceso de la para-política, es evidente que está a punto de comenzar uno sobre las relaciones entre los paras y los militares, para el que se tienen que preparar las Fuerzas Armadas. Paradójicamente, Uscátegui no ha sido mencionado por ningún paramilitar como colaborador o cómplice de Mapiripán, y el fallo de los jueces se basa exclusivamente en las pruebas del proceso. ?

Acusado por Acción
Este fallo también tendrá consecuencias jurídicas y políticas. Los magistrados condenan a Uscátegui por homicidio agravado, secuestro y falsedad en documento público. Es decir, por acción. Los jueces creen que el general facilitó el plan criminal, al tiempo que le faltó mando y control sobre los hombres del Batallón París, que fueron cómplices de la matanza. Esto es trascendental porque la justicia moderna ha acogido la tesis de que el mando debe responder por los delitos que cometan sus subalternos en contextos de guerra. Se sabe que los ejércitos son organizaciones piramidales donde el mando y el control son verticales y, en consecuencia, tanto los méritos como las responsabilidades recaen en el comandante.
No obstante, este concepto del Tribunal es el más controvertido, pues en ninguna parte del fallo hay pruebas de que Uscátegui haya conspirado para que se realizara la masacre. "No hay ningún paramilitar que haya mencionado mi nombre", dice el general. Tampoco hay evidencias de relaciones suyas con las AUC. Por eso considerarlo autor de la masacre podría ser exagerado. Dado que el alto tribunal le critica la grave negligencia de no haber actuado, muchos creen que si había lugar a una condena, debía ser por omisión, lo cual no sería tan drástico como la que recibió.
Como Uscátegui no es el único general que enfrenta un juicio por masacres, es de esperarse que la justicia va seguir en esta línea -y tiene en la mira a muchos generales sobre los que hay acusaciones aún más graves-. Es el caso por ejemplo del general Francisco René Pedraza, quien fue capturado hace pocas semanas en la IV Brigada (y después puesto en libertad), pues está vinculado a la masacre del Alto Naya, cometida por las AUC. Alias ’H. H’, otros paramilitares, y algunas víctimas dicen que el Ejército, bajo el mando de Pedraza, les abrió paso a los verdugos para que cumplieran la misión de matar a 26 campesinos.
También está preso Rito Alejo del Río, acusado de un homicidio cometido por los paramilitares del ’Alemán’ en el Urabá chocoano, según la Fiscalía, en complicidad de soldados bajo el mando de Del Río. Aunque la conexión entre el general y ese crimen específico es difícil de establecer, la situación de Del Río no se resolverá fácilmente, pues la Corte Suprema de Justicia decidió reabrir el proceso que por vínculos con paramilitares ya le había cerrado la justicia. Lo nuevo es que varios jefes paramilitares han dicho que hubo reuniones con el general en Urabá y que les colaboró en muchas ocasiones.
El general Iván Ramírez está detenido por la retoma del Palacio de Justicia, junto al coronel Alfonso Plazas. Este ha sido un proceso controversial en el que el punto crítico a resolver es quién tenía el mando, la información y tomó las decisiones para que por lo menos nueve personas que salieron con vida del Palacio de Justicia terminaran desaparecidas. Pero Ramírez también ha sido mencionado por jefes paramilitares, como Salvatore Mancuso, como uno de los principales aliados de las AUC.
Vale la pena aclarar que el solo testimonio de los paramilitares o delincuentes no inculpa a los militares. Pero quizá las más importantes son las consecuencias políticas que esta condena puede tener. Un sector importante de militares considera que la actuación de la justicia es parte de la "guerra jurídica" de las Farc, y que la guerrilla busca golpear la moral y la legitimidad de las tropas. El propio Presidente así lo cree, pues lo ha dicho en muchas ocasiones. Incluso le dijo al ministro de Defensa, Gabriel Silva, que la defensa jurídica de los militares debería ser su prioridad.
Pero más que guerra jurídica, esta es una tendencia internacional. El año pasado Argentina condenó a cadena perpetua a dos octogenarios generales por la desaparición de un ciudadano. Pinochet murió como un criminal de guerra y no con los honores que hubiera soñado. El gobierno de El Salvador acaba de pedir perdón porque militares participaron en el asesinato de monseñor Romero y de un grupo de jesuitas en la década de los 80, y en Perú y Guatemala los juicios a militares no han faltado.
Lo que revela esta actuación de la justicia es el fortalecimiento de la democracia. Quiere decir que en Colombia está en decadencia la idea de que el fin -combatir a la guerrilla- justifica los medios -aliarse con los paramilitares-; una falsa doctrina que hizo carrera entre los militares y policías de más de una generación. Pero también demuestra que las autoridades civiles están por encima del poder militar. Mucha de la impunidad que durante tanto tiempo le hizo daño al país estaba basada en que los generales eran intocables. El mensaje actual es que un crimen es un crimen, cualquiera que sea el rango de quien lo cometa. Y que si algo atenta contra la legitimidad y el honor militar son estas masacres, y no los fallos de los jueces.
No obstante, no deja de ser paradójico que mientras los paramilitares pagarán ocho años por haber matado a miles de personas, o que miles de combatientes de las autodefensas que cometieron los peores crímenes estén libres, los militares terminen con máximas penas de hasta 40 años.
Está por verse qué reacciones desatará un fallo tan drástico como este. No sólo entre militares que pueden interpretarlo como una falta de respaldo del Estado hacia ellos, sino en sectores políticos y de la sociedad que consideran que los militares han puesto el pecho en la guerra y han terminado siendo juzgados con más dureza que los propios jefes guerrilleros y paramilitares.
Nadie desconoce que 12 ó 15 años atrás la situación del país era otra. La guerrilla estaba a la ofensiva, los militares estaban duramente golpeados y en el filo de la derrota, y los paramilitares emergían como falsos salvadores en muchas regiones del país, donde eran aupados por las elites locales.
Pero nada de ello atenúa la gravedad de la masacre de Mapiripán, que los paramilitares pudieron cometer, durante cinco días, sin que nadie los detuviera.

30 de noviembre de 2009
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violadas por paramilitares


Las pocas mujeres que se han atrevido a denunciar que fueron violadas por paramilitares, ahora son amenazadas, desplazadas y denuncian que no han tenido el acompañamiento del Estado. Dos de cada diez mujeres son desplazadas por la violencia sexual.
Colombia. "No preguntaron nada. Sacaron a mi marido, en ropa interior, lo amarraron. A mí me apartaron y abusaron de mí. Solamente me decían perra, esa era la palabra que más escuchaba Yo les suplicaba que vieran mi estado, estaba embarazada. Se reían a carcajadas", recuerda Ana  de la noche que los paramilitares asesinaron a su esposo, la violaron y además la quemaron.
Tras huir a otro lugar con sus hijos, Ana necesitó recurrir a una sentencia de la Corte Constitucional para obligar a la Fiscalía a abrir una investigación. Miembros de un organismo de seguridad la ubicaron y la citaron a la misma región donde había sido violada. Días después, un periódico regional divulgó su foto, su historia y el  pueblo donde vivía.
"Después de eso ya no confío en nadie, di esas declaraciones pero no pensé que me iban a sacar en un periódico; nunca me preguntaron si estaba de acuerdo; dijeron hasta donde me encontraba y lo que me había ocurrido", se lamenta.
Ese día empezaron sus problemas. La llamaron varias veces diciéndole que sabía en qué andaba y donde estaba. Después de semanas de intimidaciones telefónicas Ana recibió una carta con un dibujo intimidatorio: una cruz, un revólver y un águila, en la misiva le daban 72 horas para salir del pueblo.
"Ahí me vi acorralada, me di cuenta que me iban a matar".
Este no ha sido un caso aislado. Según pudo conocer VerdadAbierta.com las pocas mujeres que se han atrevido a denunciar sus violaciones por parte de los paramilitares están atravezando por la misma tragedia que hoy le ocurre a Ana: han sido amenazadas, muchas de ellas les ha tocado abandonar sus pueblos y sienten que han sido desamparadas.
La Iniciativa de las mujeres colombianas por la paz (IMP) defiende a más de 450 mujeres víctimas de la violencia, entre desplazadas, viudas y violadas. Aunque sólo tienen 35 casos de violencia sexual, todas estas mujeres han recibido amenazas de los violadores.

Un Crimen Que Nadie Confiesa
Para una abogada de IMP las violaciones tienen un fuerte estigma social hay un gran interés para que se mantenga oculto. Es más aceptable matar, masacrar que violar. La mayoría de las mujeres empezaron a ser amenazadas desde que entraron al proceso. "Cada vez que se da un paso ante la justicia, llega una amenaza", añade.
Los investigadores que se han dedicado a estudiar la relación entre el género y la guerra dicen que es un tabú el que rodea las violaciones.
En los cuatro años de funcionamiento del proceso de Justicia y Paz  han sido pocos los paramilitares que han confesado haber violado, porque es un crimen que se sale de lo que es "admisible" hacer en la guerra.
Según un funcionario de IMP la violación es un ataque contra la honra del hombre porque quiere decir que no puede conseguir mujeres, que tiene que forzarlas a pesar de su dinero, sus armas, de su poder. Eso explica que muchos ‘paras’ nieguen lo ocurrido y quieran tapar el crimen amenazando a sus víctimas.
Sonia Fiscó, politóloga de la Universidad Javeriana, analiza en un artículo sobre violencia sexual en el conflicto colombiano que "las mujeres son vulneradas sexualmente en los conflictos armados porque lo son también fuera de los conflictos bajo la mística de la masculinidad". En ese sentido los violadores no consideran que forzar a una mujer a tener sexo sea un crimen y persiguen a los que lo denuncian por algo "injusto".
Camila vivó esta historia, cuenta que un  paramilitar la sacó de la habitación y la llevó a un corredor para interrogarla. Allí, en un banco que hay en el corredor, me amenazó con matarme si no me dejaba. Me quitó la ropa, me tapó la boca y me forzó. Me violó. Luego me dijo que me vistiera y también dijo: ‘aquí no pasó nada. Las mujeres, al fin y al cabo son para esto’ ".
Otra de las razones que explican las intimidaciones por denunciar abusos sexuales es que muchos ex jefes ‘paras’ han reiterado que en sus grupos la violación se castigaba con la muerte, lo que expone a muchos paramilitares a que sean atacados por sus compañeros desmovilizados.
En una versión libre de noviembre de 2008 Edgar Ignacio Fierro Flores, alias ’Don Antonio’ confesó que integrantes del Bloque Norte de las Auc abusaron sexualmente de mujeres, pero que "eso no hacía parte de las políticas de la organización y quienes lo hacía eran inmediatamente considerados objetivos y ajusticiados". Edilson Cifuentes Hernández, alias ‘Richard’ otro paramilitar del Bloque Centauros reveló que tres integrantes del grupo violaron y mataron a una mujer, pero "apenas nos enteramos los matamos. Eso estaba terminantemente prohibido".
Muchos desmovilizados creen además que confesar violaciones los excluye de Justicia y Paz. "Esta idea es falsa, lo único que los puede sacar es que no digan la verdad, que no confiesen sus crímenes, no importa la naturaleza del crimen" dice una abogada de IMP.

El Eterno Desplazamiento
Según Oxfam, los paramilitares son culpables de 58 por ciento de los crímenes sexuales entre 1993 y 2009.
Según un informe de Oxfam sobre violencia sexual en Colombia, la inseguridad lleva a que muchas de las mujeres desplazadas decidan volver a huir junto a sus familias buscando un nuevo refugio donde sentirse protegidas. Después de que las desplazan, mas de la mitad de ellas han sufrido algún tipo de maltrato físico y el 36 por ciento han sido forzadas por desconocidos a tener relaciones sexuales.
El estudio concluye que "esta inseguridad y las continuas amenazas llevan a que muchas mujeres decidan volver a huir buscando un nuevo refugio donde sentirse protegidas".
Ana, para salvar su vida, tuvo que desplazarse por segunda vez.
"Desplazarse es algo fuerte; es como si muriera una parte de mi vida. Este segundo desplazamiento me genera más temor porque la primera vez ellos me daban por muerta, pensaron que no sobreviviría, pero ahora me tienen ubicada".
La primera vez que huyó Ana quedó sola, sin su esposo, con la responsabilidad de sacar adelante a sus hijos pero estaba en una región que conocía.
"Ahora estoy en una ciudad completamente diferente, me siento amarrada, no sé ni por dónde empezar, ni de dónde agarrarme" dice.

El Abandono del Estado
Sin embargo además del miedo, las amenazas, del dolor del desplazamiento, las mujeres se enfrentan que las instituciones y los funcionarios del estado que tienen que acompañarlas no están preparados para este tipo de crímenes.
Un vocero de Oxfam consultado para este reportaje resalta que en Colombia no existen ni los espacios, ni la formación de los funcionarios, ni los recursos para que las mujeres se atrevan a denunciar los crímenes. Además no hay mecanismos formales para que las mujeres violadas reclamen reparación de sus victimarios y del Estado.
Por su parte, para funcionarios de IMP antes de que las mujeres se atrevan a llevar sus casos ante la justicia, es necesario que sean vistas por sicólogos, con trabajadores sociales, y se reúnan con otras víctimas y se les informe sobre sus derechos.
"Crear un ambiente de confianza para que denuncien se puede demorar más de un año, el gobierno no se toma ese tiempo" denuncia la abogada de IMP.
Olga Amparo Sánchez, de la Casa de la Mujer, dice que las mujeres "empiezan a deambular por cada una de las instituciones y a contarle a cada funcionario su situación que hace una interpretación de lo que pasó. Existe la costumbre de pensar que a las mujeres les suceden este tipo de situaciones por su culpa. Esa es una forma de revictimización. La mujer no sólo termina siendo víctima del delito, sino de cada uno de los funcionarios".
Además de esto, las víctimas tienen que contar sus historias en oficinas abiertas e incluso cuando llegan a los despachos tienen que contarle al celador para que las oriente.
Alejandro Mattos de Oxfam, en una entrevista de Semana.com, recuerda un caso donde "una mujer que, dando el testimonio en la Fiscalía, se puso a llorar y le dijeron ‘aquí no vino a llorar. Cuente los hechos’".
Ana se acuerda que la Policía no quiso darle importancia a su historia y a las amenazas que le estaban haciendo. "Una vez recibí dos llamadas estando con los policías; ellos me dijeron que apagara el celular y más nada, no le dieron importancia; lo único que me decían era que iban a ver qué podían hacer".
Para completar el panorama de la poca visibilización de esta tragedia, muchas de estas mujeres no van a tener la oportunidad de ser reparadas en el proceso de Justicia y Paz.
Esto porque la reparación administrativa si la mujer fue violada tiene que entregar la prueba del crimen.
Así para certificar que fue violada, una mujer tiene que realizarse un examen en Medicina Legal o en un hospital en un término de 32 horas después del crimen.
Si ya de por sí es difícil que las víctimas denuncien y cuenten lo ocurrido varios años después del crimen, muy pocas de ellas tuvieron el coraje para hacerse un examen horas después la violación.
Ahora, en el sistema de Justicia y Paz, para que reparen a las víctimas, los crímenes tienen que ser reconocidos por sus autores o en el peor de los casos por el jefe del Bloque donde actuaba el violador.
"El problema es que el tema es tabú, entonces los postulados ni lo aceptan, ni lo confiesan y los ex cabecillas dicen que no era política del grupo. Aunque si se prueba que alguien del bloque cometió la violación, hasta si no se identifica el victimario, hay una esperanza para que reparen" dicen las abogadas de IMP.
A pesar de todos los obstáculos, Ana sigue luchando, "lo que necesito es no coger para atrás sino arrancar para adelante. Mis hijos siguen siendo el único motor de mi vida y las ganas de que esto no vaya a quedar impune".

Los nombres originales y las indicaciones de tiempo y lugar fueron ocultados por razones de seguridad.

30 de noviembre de 2009
©verdad abierta 
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el secuestro frustrado de avelino canteli


Cantelli habla después del intento de secuestro, después de declarar en la causa Brusa. El ex comisario aún está shockeado. Considera "gravísimo" lo que pasó al describir cómo se llevaron a su vecino creyendo que era él. "Hay un comentario firme que uno de los que integraban el grupo sería un tal González, un ex policía", asegura.
[Juan Carlos Tizziani] Santa Fe, Argentina. "¿Quién es?", pregunta detrás de la puerta. La identificación del cronista lo tranquiliza. Abre y deja el revólver arriba de la mesa: Un Magnun 357. "Un arma poderosa", bromea. Y explica por qué tantas precauciones. "Lo que pasó es gravísimo", dice Avelino Canteli, el comisario de la Policía santafesina que el martes pasado declaró en el juicio a los represores de la dictadura, entre ellos el ex juez Víctor Brusa. Y al día siguiente, cuatro desconocidos intentaron secuestrarlo, pero se confundieron y tomaron como rehén a un vecino suyo, de su misma edad, muy parecido él, que vive en el mismo edificio, en la planta baja y en el departamento de enfrente.
La tardecita se hizo noche en Las Flores I, un complejo del Fonavi donde viven cinco mil personas. El barrio es inquietante a esa hora para los foráneos, pero a Canteli no le preocupan los apretadores que puedan merodear por la calle, sino los otros: los secuestradores de su vecino, Raúl Bianchi, un jubilado ferroviario de 74 años, canoso, igual que él. De entrada no descartó ninguna hipótesis. "Esto puede venir de cualquier lado", dijo. Pero ayer, fue más preciso y hasta mencionó el nombre de un represor que anda suelto. "Le digo la última información que recibí. Me dijeron que uno de los que podría integrar esta banda de delincuentes sería un tal González, un ex policía que fue exonerado de la fuerza y estaría implicado en esto", dijo Canteli en un diálogo con Rosario/12.

¿Cree que hay un ex policía detrás de esto?
Ese es el dato que me dieron. Sí, efectivamente. Es una persona muy peligrosa, capaz de hacer este secuestro. Porque no fue una tentativa. A mí me quisieron secuestrar, pero por error se llevaron a un vecino. Hay un comentario firme que uno de los que integraban el grupo sería un tal González, un ex policía insistió.

¿Y qué más le dijeron?
Que no sería el único, que podría haber más secuestros en Santa Fe.

Parece un mensaje para meter miedo.
Una cosa mafiosa. Estos tipos son profesionales, los que secuestraron a mi vecino estaban organizados. Porque cuando se dan cuenta del error, que se habían llevado a otra persona, dicen: "Este no es Canteli. Seguí con el procedimiento". Y después lo dejan en el Puente Negro.

Todo ocurrió en un minuto. "No sé si eran rubios o morochos", dijo Bianchi. Sólo recuerda que fue un recorrido de media hora, sin escalas y lo bajaron en una casa, en la que apenas pudo ver una puerta marrón. Cuando le sacaron la manta de la cabeza, se dieron cuenta que era la persona equivocada. "¡Ese no es Canteli! ¿Qué hicieron pelotudos"", escuchó que decían. Y confirmó que lo habían confundido con su vecino.
Ya no hubo más comentarios ni diálogos. Lo volvieron a subir a la camioneta, otro recorrido de media hora y lo dejaron en la zona del puente Negro, bastante lejos de su barrio. "Cuando me llevaban me moví un poquito para ver si veía algo, pero uno de ellos me dijo: "Quédate quieto viejo, no te hagas problemas que si te portás bien no te pasa nada". No sufrió ningún rasguño. "Gracias a Dios no lo maltrataron", lo tranquilizó su vecino.
Cantelli declaró el martes como testigo en el juicio a Brusa y compañía. Ya no tiene dudas que el intento de secuestro está vinculado con su testimonio. En su declaración ante el Tribunal Oral, ratificó el rol que cumplía en el aparato represivo de la dictadura uno de los imputados en la causa que falleció en 2007: el ex encargado del Destacamento de Inteligencia Militar 122, Nicolás Correa. "Era un asesino", dijo. Y lo acusó por una bomba que le pusieron en la puerta de su casa después del golpe de 1976, que "gracias a Dios no explotó". "Los militares eran una banda de delincuentes comunes", agregó.
Pero también le pidió explicaciones al ex gobernador Jorge Obeid por haber reciclado a Correa en la democracia, como asesor de seguridad de su primer gobierno (1995/99). "Yo lo denuncio al ingeniero Obeid porque lo tuvo cuatro años a Correa al lado suyo", como el segundo de la Subsecretaría de Seguridad Pública.

¿Usted acusó a Correa y a otro militar, Eleodoro Jorge Hauque?
Correa le ordenó a Hauque que me pusiera la bomba. Ese día explotaron trece bombas en Santa Fe. Yo vivía en Francia 4229. La que pusieron en la puerta de mi casa lograron desactivarla antes que explote. Hubo un revuelo bárbaro en el barrio. Mi señora y mi hija sufrieron un ataque de pánico, un trauma por el que estuvieron bajo tratamiento médico y que les dejó secuelas hasta el día de hoy. Quedaron mal. La nena tenía nueve años.

El juicio dejó a la luz el rol de Correa en el circuito represivo, pero usted ya lo había denunciado hace once años, cuando era funcionario de Obeid.
Sí, lo denuncié y nadie hizo nada. Obeid lo apañaba. Cuentan que Obeid y (el ex subsecretario de Seguridad Pública, teniente coronel José) Bernhardt son del mismo pueblo de Entre Ríos. Y Correa trabajaba con Bernhardt.

Y también mencionó a otros dos imputados: Héctor Colombini y Eduardo Ramos.
Me preguntaron si integraban la patota militar. Yo dije que Colombini y Ramos eran oficiales del D 2 (Departamento Informaciones) que dependía directamente del jefe de Policía de la provincia (coronel Carlos Alberto Ramírez). El D 2 era una brigada antisubversiva a las órdenes del Ejército, era el nexo con la Policía. Y los operativos eran conjuntos respondió.

29 de noviembre de 2009
©rosario 12
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absuelven a general colombiano


Justicia colombiana absuelve a uno de los más infames militares implicados en la masacre de más de cincuenta campesinos en 1997.
Colombia. Cuando los familiares de las víctimas de la masacre de Mapiripán conocieron la noticia quedaron estupefactos: el juez noveno especializado de Bogotá absolvió al general Jaime Humberto Uscátegui por homicidio agravado, secuestro y omisión de denuncia cuando era comandante de la Brigada Séptima con sede en el Meta, pero lo condenó a 41 meses por falsedad en documento, pena que ya cumplió pues desde 1999 se encuentra en la cárcel.
Para las víctimas, el oficial retirado (el de más alto rango investigado por una masacre) debe pagar por lo que ocurrió entre el 15 y el 20 de julio 1997, cuando centenares de paramilitares acabaron con la vida y desaparecieron a por lo menos 50 habitantes del sitio. "Es absurda... inaudita" la absolución, dijo el abogado Eduardo Carreño, defensor de 11 familias de víctimas de dicha matanza.
La Fiscalía apelará la decisión ante el Tribunal Superior de Bogotá. El fiscal Leonardo Augusto Cabana, quien dirigió las investigaciones de la matanza, dijo que Uscátegui y el coronel Hernán Orozco (prófugo de la justicia pero condenado a 40 años de cárcel por el juez) "tenían una responsabilidad de garantes, tenían el deber de proteger a la población, donde tenían conocimiento previo sobre la presencia de paramilitares (...) se mantendrá la orden de captura contra el coronel Hernán Orozco, esté donde esté", dijo el fiscal a la agencia AP. "Nosotros nos uniremos a la apelación y si es necesario llegaremos a la sala penal de la Corte Suprema", dijo el abogado de las víctimas.
La historia de la masacre de Mapiripán es escalofriante. El 12 de julio del 97, dos aviones partieron desde el Urabá antioqueño llenos de paramilitares. Aterrizaron en el aeropuerto de San José del Guaviare, donde está instalada una base antinarcóticos de la Policía. Luego llegaron a Mapiripán, Meta, por río y carretera. Con su llegada se inició una masacre que duró varios días y sobre la cual el desaparecido líder, Carlos Castaño, admitió que habían sido asesinadas 49 personas. La mayoría fueron arrojadas al río, pues apenas se hallaron 5 cadáveres. Las autoridades civiles, entre ellas el juez, alertaron a los militares sobre lo que ocurría en ese remoto poblado. Pero no encontraron respuesta. Así, los paramilitares pudieron recorrer la zona a sus anchas, sin ningún tipo de impedimento.
Con esta matanza se inició la expansión de las AUC, que hasta entonces estaban en Urabá y Córdoba, para conquistar los territorios dominados por las Farc. Las atrocidades cometidas por los paramilitares contaron con la complacencia y la complicidad de varios miembros de la fuerza pública, la mayoría de ellos ya sentenciados. La Corte Interamericana de Derechos Humanos ya condenó a la nación por este hecho.
El general Uscátegui había sido condenado por la Justicia Penal Militar en el 2001 por prevaricato por omisión en el mismo caso, pero ahora el juez no encontró méritos que demostraran su responsabilidad directa en la masacre. Solo lo halló culpable de falsificar un documento que advertía la alerta por la presencia paramilitar en la zona.
"Esta acusación me la hizo el coronel Orozco", dijo Uscátegui al conocer la noticia de su absolución y de la condena del otro oficial. "Estos es un triunfo de la justicia divina, de la justicia colombiana. Es un acto esperanzador para todos los inocentes que se encuentran en las cárceles", dijo
El comandante del Ejército, general Mario Montoya Uribe, se acercó en la mañana de este jueves hasta las instalaciones de la escuela de Infantería en Bogotá, donde se encuentra recluido el general Uscátegui. Al parecer, le ofreció incluso las instalaciones del Ejército para dar una rueda de prensa que se tiene programada para hoy en las horas de la noche
Con la condena a Orozco se suman diez sentencias por el caso de Mapiripán. En febrero de 2005, el coronel retirado Lino Sánchez Pardo, quien se desempañaba como comandante de la Brigada Móvil no. 2, fue vinculado al caso por omisión y fue condenado a 40 años de prisión por el Tribunal Superior de Bogotá. Sin embargo, mientras cumplía la pena, falleció.

29 de noviembre de 2009
©semana
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seguridad democrática en crisis


Se reactivan las Farc, sigue el paramilitarismo y las bandas criminales acechan en las grandes ciudades.
[León Valencia] Colombia. Los resultados de 2009 indican que la política de Seguridad Democrática ha empezado a declinar. Tuvo su punto más alto en 2008 cuando fueron extraditados 14 jefes paramilitares, se produjo la muerte de tres miembros del Secretariado de las Farc, se realizó la ’Operación Jaque’ que trajo a la libertad a Íngrid Betancourt y a otros 14 secuestrados, y se redujo el tráfico de drogas.
Fue el momento cumbre de un proyecto que a lo largo de seis años había reducido los homicidios, los secuestros y el asedio de los grupos ilegales a los grandes centros de población y producción, mediante un gran esfuerzo del Estado y del sector privado que llevó a un aumento de más del 70 por ciento de los efectivos de la Fuerza Pública y a uno similar en los gastos de defensa.
Los impactantes resultados de 2008 generaron una gran euforia en el gobierno y en la opinión pública y llevaron a pensar a muchos sectores que los paramilitares eran asunto del pasado y que las guerrillas estaban en su momento final.
Sin embargo, el balance de las acciones y de la presencia de los grupos ilegales en 2009 muestra un panorama distinto. Una nueva generación de  paramilitares -llamados por el gobierno ’Bacrim’, bandas criminales- está extendiéndose de manera acelerada por todo el país  y sus acciones han logrado un récord que supera la suma de las actividades de las Farc y el Eln.
Especial atención merece el caso de las ciudades. Medellín ha regresado a una situación muy parecida a la de 2003. Las bandas y los ’combos’ se han reactivado y han logrado que este año la cifra de homicidios se acerque a 2.000: una tasa de 73 por cada 100.000 habitantes. Bogotá está empezando a vivir una preocupante presencia de grupos armados y mafias en las principales entradas y salidas de la ciudad, que acuden a la violencia y al sicariato para apoderarse de negocios lícitos e ilícitos. Y en otras 13 ciudades también se siente la proliferación de grandes bandas herederas de los paramilitares.
En cuanto a la guerrilla, después de sus graves derrotas en la cordillera Oriental, se ha atrincherado en lugares clave de la cordillera Central y en las zonas fronterizas de Venezuela y Ecuador,  y ha iniciado con éxito un proceso de reorganización de sus fuerzas y relanzamiento de sus actividades. Hasta octubre 20, las Farc registraban 1.429 acciones, cerca del 30 por ciento más que en 2008. Han vuelto a atacar bases fijas y a incursionar en cascos urbanos con resultados muy negativos para las Fuerzas Militares y la Policía. El Eln, a pesar de su marginalidad y su baja actividad en los últimos años, muestra ahora un incremento considerable en sus filas y una mayor actividad de sus estructuras en Cauca, Nariño y Arauca.
Las Fuerzas Armadas están afrontando una dura prueba. El asesinato de 12 jóvenes oriundos de Soacha en un lejano paraje de Norte de Santander a manos de una unidad del Ejército, sacó a la luz pública una inmensa cadena de ejecuciones extrajudiciales que tienen a la Fuerza Pública en graves aprietos ante la Justicia y ante la comunidad internacional. Se conoció entonces que la Fiscalía tiene en procesos a más de 2.000 miembros de las Fuerzas Armadas y que 476 están presos.  Esta situación, ligada al desgaste natural que traen siete años de ofensiva continua sobre las guerrillas, ha llevado a una pérdida de iniciativa de las Fuerzas Militares en algunas zonas del país.
La visión de que ha comenzado el declive de la seguridad democrática emana del informe anual del Observatorio del Conflicto Armado de la Corporación Nuevo Arco Iris. Sobre la base de fuentes oficiales de la Vicepresidencia de la República, el seguimiento de la prensa regional, estudios monográficos en regiones y ciudades, y un diálogo intenso con otros centros de investigación y con fuentes de inteligencia militar, los investigadores de Arco Iris han logrado una radiografía de la situación de los grupos irregulares y del estado de la confrontación en el país, y señalan que es urgente un cambio en las estrategias que parta de reconocer los nuevos desafíos de la criminalidad en las ciudades y el reacomodo de las guerrillas. Que tenga en cuenta también la reducción de los gastos en el conflicto interno que vendrán con la crisis económica, el recorte de los dineros del Plan Colombia y la atención de la crisis con Venezuela.
Una gráfica que recoge una larga línea de tiempo de las acciones del Estado y de los grupos irregulares puede ilustrar el momento en que nos encontramos:
En su afán de esconder las limitaciones y fallas que se presentaron en la negociación con los paramilitares, el gobierno ha insistido en deslindar los grupos que ahora se cobijan bajo las denominaciones de Águilas Negras, Los Rastrojos, Los Paisas, Nueva Generación, Ejército Revolucionario Popular Anticomunista de Colombia, Oficina de Envigado, Autodefensas Gaitanistas de Colombia, etc., de las fuerzas que estuvieron en la mesa de conversaciones en Santa Fe Ralito. Y también ha intentado minimizar el alcance de las acciones de estas organizaciones.
Pero un examen de los lugares donde actúan estos grupos, de sus jefes y del tipo de acciones que realizan, permite concluir que corresponden a estructuras que nunca se desmovilizaron, grupos y personas que después de participar en el proceso de desmovilización han vuelto a las acciones armadas, y nuevas fuerzas reclutadas a partir de la ruptura generada por la reclusión de una parte de la cúpula paramilitar en Itagüí y su posterior extradición a los Estados Unidos.
Los acontecimientos de 2008 y 2009  muestran que tenían mucho de cierto las afirmaciones que Iván Roberto Duque, ’Ernesto Báez’, consignó en una carta enviada al alto comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo, en diciembre 28 de 2006. "Queremos percatar a los colombianos sobre la gravedad del fenómeno de las mal llamadas bandas emergentes, que no son más que grupos de autodefensas desmovilizados a medias, por el fracaso de la reinserción y en proceso acelerado de rearme  y expansión, dirigidos por comandantes con tanto poder como usted efectivamente los pudo conocer, y que alcanzaron a quedar por fuera de las puertas de la cárcel", decía Báez.  Y agregaba: "Al respecto me veo forzado a recordarle que de los 40 grandes jefes que Usted conoció dentro de la cúpula federada de las Auc, 19 están detenidos, esto indica que más del 50 por ciento de estos altos mandos gozan de libre albedrío, entre ellos el cofundador histórico de las Auc. En igual condición están más de 500 segundos comandantes y cerca de 1.000 mandos medios".
En 2008, la Corporación Nuevo Arco Iris logró identificar acciones de estos grupos en 247 municipios. Para 2009 ha logrado registrar alguna actividad en 46 municipios distintos a los de 2008, lo cual indica que en estos dos años han tenido algún tipo de presencia en 293 municipios. Las agresiones a la población civil y las acciones de contacto con la fuerza pública alcanzan la cifra de 2.286 y el número de integrantes se aproxima a 11.000.  Sin duda alguna, están involucrados en el narcotráfico, como lo estaban las Auc, pero se dedican también a golpear a las organizaciones sociales y sindicales, a amenazar a líderes de la oposición y a las víctimas que reclaman sus derechos, y a reconstruir sus nexos con sectores de la fuerza pública y con dirigentes políticos. Se diferencian de la anterior generación de paramilitares en que aún no tienen una estructura nacional que los cobije a todos y en que, en algunos lugares, están aliándose con uno de los grupos guerrilleros para compartir actividades de narcotráfico o para luchar por el control territorial combatiendo a la fuerza pública o a  otro grupo insurgente.
El caso emblemático del fracaso de la negociación con los paramilitares es Medellín. Con ocasión de los acuerdos de paz realizados por el gobierno del presidente Uribe con Diego Fernando Murillo Bejarano, ’don Berna’, que llevaron a la desmovilización de los bloques Cacique Nutibara y Héroes de Granada, los homicidios se redujeron a 781 en 2005, 709 en 2006 y 790 en 2007.
Pero una vez rotas las negociaciones y extraditado ’don Berna’, las cifras volvieron a escalar hasta 1.044 homicidios en 2008 y 1.717 entre el 1° de enero y el 31 de octubre de 2009, lo cual indica que en este año el número rondará los 2.000, cifra similar a los 2.012 registrados en 2003.
Las bandas y ’combos’ que antes estaban bajo el control de ’don Berna,’ han vuelto a una intensa actividad. Las autoridades han identificado cerca de 60 grandes estructuras, parte de las cuales recibe órdenes de alias ’Valenciano’ y la otra de alias ’Sebastián’. La gran fragmentación y enfrentamiento que se produjo en 2008 empieza a ceder, y en el punto más alto de la pirámide del crimen han quedado estos dos mandos que en los tiempos de ’don Berna’ ocupaban en lugar secundario.
Realizan, en todo caso, las mismas actividades de los anteriores paramilitares: obligan a conductores de vehículos de servicio público y a pequeños y medianos comerciantes de las comunas a pagarles una cuota. Controlan las entradas de la ciudad en la troncal que va hacia la Costa Caribe y en la carretera que lleva a Urabá, y también en el oriente por las vías que conducen a Bogotá y al aeropuerto José María Córdoba, y en el  sur  en la entrada desde Cali y el Eje Cafetero. Para conectar estos sitios establecen corredores por donde mueven grandes cantidades de drogas y de armas.
Este tipo de control territorial también empieza a darse en Bogotá. Las capturas de testaferros de ’el loco’ Barrera llevaron a descubrir el interés de este jefe paramilitar en la compra de predios alrededor de la capital. Así mismo, el registro de 106 acciones de sicariato este año muestra que la disputa por el territorio y por los negocios entre las bandas paramilitares está cobrando gran fuerza en una ciudad que no tenía mayores antecedentes en este aspecto.
Kennedy, Suba, Bosa, Ciudad Bolívar y Usaquén son las localidades más afectadas por la presencia de estas bandas, y Corabastos es uno de los lugares donde con más claridad se registra la actividad de Águilas Negras, el bloque Cacique Nutibara, el grupo Héroes Carlos Castaño y el Ejército Revolucionario Popular Anticomunista, al mando de Pedro Olivero, ’Cuchillo’. También hacen presencia en los sanandrecitos, los centros de expendio de droga, las casas de prostitución e influyen en los juegos de azar y en las cooperativas de vigilancia y seguridad. Privilegian en todo caso el suroriente por donde se sale hacia los Llanos Orientales, o la carrera 7ª en la salida hacia Boyacá. Además de ’el Loco’ Barrera y de ’Cuchillo’, las investigaciones señalan que existe presencia importante de grupos ligados a mafias de esmeralderos.
No hay aún un aumento sensible de homicidios en Bogotá, lo cual indica que la disputa por la ciudad apenas comienza y las autoridades están a tiempo de impedir que el fenómeno paramilitar eche raíces como en otras ciudades. En este sentido, tanto la prevención como la confrontación de la nueva generación de paramilitares requieren un cambio profundo de la visión del Gobierno y de la actividad de la fuerza pública.
Es claro que tras la negociación con las Auc quedó intacta buena parte de las redes de narcotráfico y de las estructuras militares más especializadas, y ha sido evidente que estas organizaciones mantienen importantes nexos con sectores de la política, la Justicia y las Fuerzas Armadas, y que cuentan con la tolerancia de agentes del Estado en todos los niveles.

El ’Plan Renacer’
La euforia del Gobierno y de la opinión pública por los golpes propinados a la guerrilla en 2008 tenía buenos motivos. La ’Operación Jaque’ selló con broche de oro una larga cadena de éxitos militares, dentro de los cual el mayor triunfo fue la expulsión de las Farc de Bogotá y Cundinamarca, y en general la disminución decisiva de sus fuerzas en toda la cordillera Oriental. En 2003, las Farc tenían en Cundinamarca nueve frentes, incluido el frente ’Antonio Nariño’, que realizaba operaciones en Bogotá.
En total eran más de 1.200 guerrilleros y no menos de 1.500 milicianos. Las operaciones ’Libertad I’ y ’Libertad II’, lanzadas en 2003 y 2005, lograron desmantelar la mayoría de esos frentes y que se replegaran hacia Meta y Caquetá. Así mismo, las operaciones lanzadas sobre la Sierra de La Macarena y los llanos del Yarí sometieron a  permanente acosos al jefe militar de las Farc, Jorge Briceño, ’el Mono Jojoy’,  y desbarataron buena parte de sus anillos de seguridad.
Además del castigo continuado de las guerrillas en la cordillera Oriental, la fuerza pública asestó golpes en otras zonas que estremecieron la cúpula de la insurgencia y lograron disminuir sus fuerzas en cerca del 40 por ciento. La ofensiva del Ejército tuvo el mejor momento a finales de 2007 y principios de 2008, cuando ’Manuel Marulanda Vélez’, el jefe histórico de las Farc, se debatía entre la vida y la muerte y en las filas de la guerrilla se producía un gran desorden que permitió acciones como el ataque al campamento de ’Raúl Reyes’ y el asesinato de ’Iván Ríos’ por parte de uno de sus compañeros.
A mediados de 2008 comenzó la reorganización de las Farc con la elección de ’Alfonso Cano’ como sucesor de ’Marulanda’, y el lanzamiento posterior del ’Plan Renacer’, que plantea la reactivación militar de las Farc y la retoma de varios territorios mediante el uso intensivo de minas antipersonal, la movilización de tropa en pequeños grupos, la especialización de francotiradores para hostigar al Ejército en movimiento, la fabricación y uso de armas artesanales para sustituir el armamento convencional, la apertura de escenarios de combate en la cordillera Central y en las fronteras para atraer a la fuerza pública y disminuir la presión sobre la guerrilla en la cordillera Oriental.
Con la reorganización del mando y el nuevo plan, las Farc han logrado frenar el desangre y la desarticulación a las que venían siendo sometidas.  Después de la ’Operación Jaque’ han recibido muy pocos golpes e incrementado sus acciones: han logrado reactivar varias estructuras en zonas urbanas y rurales, e incluso creado un nuevo frente guerrillero en el Guaviare, algo que no ocurría hacía varios años.
Particular mención merece el crecimiento de sus fuerzas en Cauca, Nariño, el Bajo Cauca antioqueño y las estructuras que tienen presencia en la frontera con Venezuela. Las Farc mantienen en sus filas alrededor de 11.500 guerrilleros. La incursión de un comando guerrillero en el casco urbano de Garzón, Huila, en mayo pasado, y el reciente ataque a una instalación militar en Corinto, Cauca, con un saldo de nueve militares muertos, muestran que las Farc están recuperando capacidad para atacar bases fijas del Ejército y regresar a los ataques urbanos.
La gráfica 3 muestra la evolución anual de acciones bélicas de las Farc. En ellas se incluyen combates, emboscadas, hostigamientos, francotiradores, campos minados activados y ataques a la infraestructura energética. Pero no se tienen en cuenta capturas, confiscación de caletas, desmovilizaciones, acciones que, en términos generales, no implican actividad armada alguna.
Una mirada superficial nos diría que el accionar se ha mantenido  estable, pero las características de las acciones se han modificado. Durante 2003, el 31 por ciento fueron realizadas con explosivos y en  2008 llegaron a 64 por ciento. En lo corrido de 2009 la tendencia no se modifica: las acciones con explosivos se acercan a 55 por ciento. Por acciones con explosivos se entiende campos minados, y emboscadas y hostigamientos en las que utilizan estos artefactos.
La  gráfica 4 muestra el total de acciones de las Farc en 2009 (hasta el 20 de octubre se registraron 1.429 acciones). En 10 meses, las Farc realizaron un número superior de acciones a la totalidad del año pasado. Si la tendencia continúa, para finales del año las acciones se acercarían a 1.600, un aumento sustancial con respecto a los años anteriores.
La gráfica 4 indica que el número de Campos Minados Activados (CMA) está por debajo del número de Combates (C), mientras que se registraron 177 acciones de Francotiradores (F), 188 Hostigamientos (H), 88 Ataques a la Infraestructura Energética (AIE) y 36 Emboscadas (E). Es decir, que la capacidad bélica de las Farc en términos de confrontaciones abiertas ha aumentado con respecto a 2008.

La Nueva Coyuntura de las FF.AA.
El auge económico que permitió aumentar la fuerza pública de 260.000 efectivos a 445.000 en seis años y subir el gasto en defensa de 3,2 por ciento del PIB a 4,6 por ciento, según cálculos de Planeación Nacional, o a 6,0 por ciento,  según estimaciones de analistas independientes, no va a continuar. El aumento del déficit fiscal no permite gran movilidad en el gasto. Los empresarios empiezan a mostrar reticencias ante el impuesto de guerra que ha producido cerca de seis billones de pesos en los cuatro años de recaudo. Y los recursos del Plan Colombia que contribuían en forma significativa a la movilidad aérea,  pueden llegar a un recorte del 40 por ciento.
Al tiempo que los recursos tienden a disminuir, las bajas en las filas aumentan y este año entre heridos y muertos es muy probable que la cifra se acerque a las 2.500, dado que en los primeros seis meses se registraron 1.346, con una alta cuota de mutilados por minas antipersonales. A esta situación se agrega una mayor exigencia en el desplazamiento de las tropas por los nuevos escenarios de combate y por las tensiones en las fronteras. En apenas una semana, a mediados de noviembre, se anunciaron dos movilizaciones importantes de unidades militares: 2.500 efectivos al norte del Cauca para repeler la ofensiva de las Farc en Toribio, Corinto y Jambaló,  y  una brigada entera hacia  la frontera con Venezuela.
No menos importante es la crispación que se siente en algunos sectores de las Fuerzas Militares por la creciente vinculación de sus miembros a los juicios por ejecuciones extrajudiciales y por la entrada en vigencia de la Corte Penal Internacional que tiene puestos sus ojos en la situación colombiana.
Nada fácil va a estar la situación de seguridad en la próxima campaña electoral con una nueva generación de paramilitares en expansión, una guerrilla en proceso de reactivación y una fuerza pública en dificultades. Son asuntos sensibles que deberían estar en el centro del debate electoral, pero los candidatos están eludiendo la discusión bajo la premisa de que en este campo el presidente Uribe es amo y señor, y cualquier mención favorece su reelección.

29 de noviembre de 2009
©cambio
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