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filosofía

murió antony flew


Filósofo ateo que cambió de opinión en sus últimos años. El ateo de toda la vida se convirtió al deísmo después de leer en 2001 un libro de un físico y teólogo. Pero no quería tener unmás allá.
Murió en Inglaterra Antony Flew, filósofo académico que defendió el ateísmo durante la mayor parte de su vida, pero se convirtió más tarde a la creencia en un creador. Tenía 87 años.
Flew murió el 8 de abril después de una larga enfermedad, de acuerdo a una nota de la familia publicada en el Times de Londres.
Hijo de un ministro metodista, Flew abandonó sus creencias religiosas cuando era adolescente debido al problema del mal.
"Parecía de plano inconsistente decir que el universo fue creado por un ser omnipotente y perfectamente bueno, cuando había males en abundancia que no podían atribuirse a las consecuencias del pecado humano", dijo en una entrevista con el Sunday Times en 2004.
En la última década de su vida, los descubrimientos científicos sobre la complejidad del ADN lo llevaron a creer que sí había un creador inteligente.
Flew creía en el deísmo -la creencia en un creador remoto que no se interesa en los asuntos humanos.
Flew dijo que le había impresionado el trabajo de Gerald Schroeder, teólogo y físico judío que escribió ‘La cara oculta de Dios’ [The Hidden Face of God], publicado en 2001.
"Ahí señala las improbables estadísticas que resultan y las escasas posibilidades de que hubieran ocurrido. Simplemente no se puede pensar que todo ocurriera sólo por casualidad" dijo Flew al Sunday Times.

Flew nació el 11 de febrero de 1923 en Londres. Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en la unidad de inteligencia de la Real Fuerza Aérea y luego estudió filosofía en la Universidad de Oxford. Participó en las reuniones semanales del Club Socrático de C.S. Lewis, y un artículo que presentó al grupo en 1950, ‘Teología y falsificación’ [Theology and Falsification], se convirtió en un citado argumento contra la existencia de Dios.
La carrera académica de Flew incluye períodos en universidades en Aberdeen, Escocia y en Keele y Reading, Inglaterra. Escribió y co-escribió más de treinta libros, incluyendo ‘Dios y filosofía’ [God & Philosophy] (1966), revisada y publicada como ‘God: a Philosophical Critique’ en 1984; "La presunción del ateísmo’ [The Presumption of Atheism] (1976); "Social Life and Moral Judgment" (2003) y ‘Hay Dios: lo sabe Flew’ [There Is a God] (2007).
Le sobreviven su esposa y dos hijas.
"No quiero otra vida futura", dijo Flew al Sunday Times. "Quiero morir cuando muera y que eso sea el fin de todo. No quiero una vida eterna. No quiero nada que no termine nunca".

25 de abril de 2010
14 de abril de 2010
©los angeles times 
cc traducción mQh
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recordando el holocausto


En el Día de la Recordación del Holocausto hay que pensar también en los animales que viven y mueren en campos de concentración.
[Heather Moore] Isaac Bashevis Singer, el escritor judío galardonado con el Premio Nobel, que huyó de Polonia a Estados Unidos en 1935 y alquiló un cuarto encima de un matadero, observó una vez que "sólo hay un pequeño paso entre matar animales y crear cámaras de gas al estilo de Hitler y campos de concentración al estilo de Stalin..." Singer, que defendió el vegetarianismo hasta su muerte en 1991, creía que deberíamos escandalizarnos y horrorizarnos por todas las formas de maltrato, y mostrar simpatía con todas las víctimas de injusticias.
Este domingo 11 de abril, el Día de la Recordación del Holocausto, mientras piensas en todas esas desdichadas personas que sufrieron y murieron durante el Holocausto, por favor detente un momento a pensar en los campos de concentración de nuestra época y en los miles de millones de animales que son criados y matados al año para que sirvan de alimento. Hay un inquietante paralelo entre los sistemas de confinamiento, maltrato y sacrificio de los judíos y los de los animales de las granjas industriales. Aunque las víctimas son diferentes -excepto en su capacidad de sentir dolor, amor, alegría, temor y pesar-, los métodos de opresión y persecución son los mismos.
A menudo me pregunto sobre la especie humana, y sé que muchos de ustedes también lo hacen. ¿Qué se necesita para convencer a más personas de que se comporten de manera civilizada y muestren sentimientos de compasión, no solamente con los que son como ellos, sino también con los que son diferentes?
Once millones de personas fueron escupidas, ridiculizadas, golpeadas y asesinadas en cámaras de gas durante el Holocausto, mientras que millones más -aquellos que no temían por sus vidas- miraron indiferentes y no hicieron nada para impedirlo. Y la mayoría de la gente consume complaciente la carne y secreciones de animales criados en dantescas empresas de confinamiento intensivo, conocidas como fábricas de cría intensiva. Son los campos de concentración de nuestra época.
Pollos, cerdos, vacas y otros animales criados en granjas viven apretujados en los más pequeños espacios imaginables. La mayoría de ellos no respiran nunca aire fresco ni sienten la hierba debajo de sus patas. Bebés aterrados son separados violentamente de sus madres desesperadas. A los pollos les cortan el pico; a las vacas les extraen los cuernos de sus cabezas; los cerdos son castrados -y todo ello sin anestesia. Luego son arreados y metidos en sucios y resbaladizos camiones de transporte y llevados a los mataderos, donde son colgados por sus patas, boca abajo, para ser degollados.
¿Nos sentaremos a mirar? El filósofo y académico Helmut Kaplan, dijo una vez: "Nuestros nietos nos preguntarán un día: ‘¿Dónde estabas durante el Holocausto de los animales? ¿Qué hiciste contra esos espantosos crímenes?’"
¿Qué responderás?
Ojalá digas que te hiciste vegano porque no puedes soportar ninguna forma de crueldad. Alguna gente dice que eligen comer animales criados en el campo, sin jaulas, o en granjas orgánicas. Pueden tener buenas intenciones, pero hay una diferencia entre tratar de manera más suave a los esclavos y no tener esclavos de ninguna manera. Cuando nos sentamos a comer, podemos elegir entre apoyar el holocausto contra los animales o ayudar a ponerle fin.
Desgraciadamente, nadie puede hacer nada para borrar el dolor y los ultrajes que sufrieron las víctimas del Holocausto, pero todos podemos ayudar a impedir agresiones y sufrimientos adicionales convirtiéndonos en veganos. Si todavía no lo has hecho, por favor promete no comer carne ni durante el Día de la Recordación del Holocausto ni durante ningún día del año.

10 de abril de 2010
8 de abril de 2010
©care2
cc traducción mQh
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animal, vegetal, miserable


Es difícil ser un vegano estricto en estos días. Y es más difícil ser animal en una sociedad obsesionada por el consumo de carne.
Gary Steiner. Últimamente más gente ha empezado a manifestar interés en temas como de dónde viene la carne que comen y cómo fue criada. ¿Fueron los animales tratados humanamente? ¿Tuvieron una buena calidad de vida antes que la muerte los convirtiera en la cena de alguien?
Algunas de estas preguntas, que alcanzan un estado de extrema agitación en los días previos al Día de Acción de Gracias, tienen que ver con la manera en que se trata a los animales. (¿Su pavo vivía al aire libre?) Otras se concentran en la pregunta sobre cómo afectará a la salud y bienestar del consumidor el consumo de animales. (¿Le metieron hormonas y antibióticos?)
Sin embargo, ninguna de estas interrogantes se detiene a pensar sobre si es correcto matar animales para el consumo humano. E incluso cuando la gente pregunta esto, encuentran casi siempre toda una variedad de respuestas ingeniosas para justificar la muerte y consumo de animales en nombre del bienestar humano. Los veganos estrictamente éticos, entre los que me cuento yo mismo, son habitualmente denunciados por hacer equivaler la manera en que nuestra sociedad trata a los animales con un genocidio. ¿Puede alguien considerar seriamente que el sufrimiento animal sea incluso remotamente comparable con el sufrimiento humano? Los que responden con un resonante no se defienden normalmente de dos modos.
Algunos sugieren que los seres humanos, y no los animales, están hechos a imagen de Dios y por tanto están mucho más cerca de la divinidad que cualquier animal no humano; de acuerdo con esta línea de pensamiento, los animales fueron creados expresamente para su uso por los humanos y pueden ser utilizados sin escrúpulos para satisfacer sus necesidades y deseos. Hay un amplio apoyo en la Biblia y en los escritos de filósofos cristianos como San Agustín y Tomás de Aquino para este modo expresamente antropocéntrico de despojar de valor la vida de los animales.
Otros argumentan que la capacidad humana para pensar abstractamente nos hace capaces de sufrir de una manera que cualitativa y cuantitativamente excede el sufrimiento de cualquier animal no humano. Filósofos como Jeremy Bentham, que es famoso por haber basado la condición moral no en las capacidades lingüísticas o racionales sino más bien en la capacidad de sufrir, argumentan que debido a que los animales son incapaces de pensar abstractamente viven prisioneros en un eterno presente, sin ninguna percepción de un futuro y por tanto no se puede decir que tengan algún interés en una existencia continuada.
La respuesta más aguda e inconformista a este tipo de razonamiento provino del escritor Isaac Bashevis en su cuento ‘El escritor de cartas’ [The Letter Writer], en el que llamó al sacrificio de animales la "Treblinka eterna".
El cuento describe un encuentro entre un hombre y un ratón. El hombre -Herman Gombiner- reflexiona sobre su lugar en el esquema cósmico de las cosas y concluye que hay un vínculo esencial entre su propia existencia como "hijo de Dios" y la "criatura divina" que corre frente a él en el suelo.
Piensa que el ratón ciertamente tiene alguna capacidad de pensamiento; Gombiner cree incluso que el ratón es capaz de sentir amor y gratitud hacia él. No solamente como medio para la satisfacción de deseos humanos, ni tampoco meramente un incordio que debe ser exterminado, esta pequeña criatura posee la misma dignidad que cualquier otro ser sensible. Frente a esa dignidad inherente, concluye Gombiner, la práctica humana de llevar a los animales a la mesa en forma de alimento es aborrecible e inexcusable.
Muchas de las personas que denuncian la manera en que tratamos a los animales durante su crianza para el consumo humano no se detienen nunca a pensar sobre esta profunda contradicción. En lugar de eso, hacen apasionados llamados para producir carne de manera más "humana". Mucha gente apacigua su conciencia comprando solamente aves y huevos de granja, felizmente inconscientes de que "de granja" no tiene ningún significado práctico. Los pollos pueden ser etiquetados como de granja incluso si nunca han estado al aire libre ni hayan visto nunca ni una pizca de luz diurna en la vida. ¿Y el pavo de Acción de Gracias? Incluso si es criado en una granja, todavía vive una vida de dolor y encierro que termina con el cuchillo del carnicero.
¿Cómo puede gente inteligente que dice estar profundamente preocupada del bienestar animal y que respetan la vida hacer la vista gorda ante semejantes prácticas? ¿Y cómo puede la gente seguir consumiendo carne cuando se enteran de que casi 53 mil millones de animales terrestres son sacrificados cada año para el consumo humano? La respuesta más simple es que a la mayoría de la gente simplemente no le preocupa ni la vida ni el destino de los animales. Si les preocupara, tratarían de saber todo lo posible sobre las maneras en que nuestra sociedad los maltrata sistemáticamente, y tomarían una decisión que es a la vez simple y difícil: abjurar del consumo de productos animales de todo tipo.
La parte fácil de esto consiste en considerar las exigencias de la ética y luego simplemente ponerlas en práctica. La parte difícil es que no has vivido realmente sino cuando tratas de funcionar como un estricto vegano en una sociedad obsesionada con la carne.
Las que antes eran las actividades más simples se convierten en una prueba permanente. Podrías pensar que se trata solamente de eliminar la carne, los huevos y los productos lácteos de tu dieta, pero en realidad es mucho más que eso.
Para ser un vegano estricto de verdad se requiere evitar todo producto animal, y esto incluye evitar materiales como el cuero, la seda y la lana, así como toda una gama de cosméticos y medicamentos. Mientras más exploras, más sabes sobre productos que nunca hubieras pensado que contenían o implicaban a componentes animales en su producción -como el vino y la cerveza (la ictiocola, una especie de gelatina derivada de la vejiga de los peces, se usa a menudo para refinar o purificar estas bebidas), el azúcar refinada (a veces se usan huesos carbonizados para aclararla) o tiritas (se usan productos animales en su adhesivo). La semana pasada me dijeron que las pequeñas tiritas que se utilizan en la mayoría de las hojas de afeitar contienen grasa animal.
Continuar por este camino es asomarse imprudentemente a un abismo que, para parafrasear a Nietzsche, terminará por engullirnos.
Los retos a los que hace frente un vegano no terminan con los elementos básicos de la existencia material. También debes hacer frente a algunas dificultades sociales, entre las cuales quizás la principal es cómo se podría sentir uno de pasar el tiempo con personas no veganas.
¿Está bien cenar con gente que consume carne? ¿Qué deberías decir cuando otro comensal dice: ‘En realidad soy vegetariano: en casa no como carne roja’? (Lo he oído muchas veces, sin ninguna provocación mía). ¿Qué haces cuando alguien empieza a ponerte en la parrilla (para decirlo así) por tu ética vegana durante una cena? (Los veganos sensatos prefieren discutirlo cuando no hay comida a la vista). ¿O cuando alguien empieza a lanzar acusaciones de que te consideras moralmente superior a los otros, o de que es ridículo preocuparse tanto de los animales cuando hay tanto sufrimiento humano en el mundo? (Sonríe amablemente y pídele que te pase el seitán).
Seamos francos: en general, los consumidores de carne son personas que se creen moralmente superiores. Los veganos que conozco personalmente son... cinco. Y llevo quince años de vegano, después de haber sido vegetariano durante otros quince años.
Cinco. He perdido mucho más que cinco amigos debido a estas discusiones sobre la ética animal. Una lapidaria conclusión que debe ser extraída aquí es que la gente se toma muy en serio la prerrogativa de usar a los animales como fuente de satisfacción. No solamente como alimento, sino también como bestias de carga, como materias primas y como fuente de diversión en cautiverio -que es como son tratados los animales en zoológicos, circos y cosas parecidas.
Estos usos de los animales están tan institucionalizados, tan normalizados en nuestra sociedad que es difícil encontrar la distancia crítica que se necesita para ver lo horrorosos que son como formas de sometimiento, de servidumbre y - en el caso del sacrificio de animales para consumo humano y otros propósitos- de descarados asesinatos.
Los que son veganos éticos creen que las diferencias en inteligencia entre humanos y animales no humanos no tienen ninguna significación moral. El hecho de que mi gato no pueda apreciar las últimas sinfonías de Schubert y no puedan dominar la lógica silogística no quiere decir que tengo derecho a utilizarlo como un juguete orgánico, como si yo fuera de algún modo no solamente moralmente superior a él sino además que estuviera autorizado para tratarlo como mercancía con un minúsculo valor de mercado.
Hemos sido formados por una historia del pensamiento en la que apenas estamos conscientes de que vemos a los animales como recursos que tenemos derecho a emplear del modo que creamos conveniente para satisfacer nuestras necesidades y deseos. Sí, hay leyes de bienestar animal. Pero estas leyes han sido formuladas para y por personas que proceden de la proposición de que los animales son en lo fundamental inferiores a los seres humanos. En el mejor de los casos, estas leyes hacen que las condiciones de vida de los animales sean marginalmente mejor que como serían sin ellas -hasta que llegue la hora, claro está, de enviarlos a los mataderos.
Piensa en esto cuando estés comprando tu pavo de granja, que no tiene absolutamente nada que agradecer el Día de Acción de Gracias. Todo lo que tuvo fue una vida breve y miserable, gracias a nosotros, seres humanos inteligentes y piadosos.

Gary Steiner es profesor de filosofía en la Bucknell University y autor de ‘Animals and the Moral Community: Mental Life, Moral Status and Kinship’.

12 de marzo de 2010
21 de noviembre de 2009
©new york times
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murió paul samuelson


Fue el primer estadounidense en ganar el Premio Nobel de economía. Asesor del presidente John F. Kennedy. Su libro ‘Economics: An Introductory Analysis’ explicaba las teorías keynesianas a estudiantes de económicas de primer año; vendió más de cuatro millones de ejemplares en más de cuarenta idiomas.
Murió Paul Samuelson, el primer estadounidense en recibir el Premio Nobel en economía, autor de un libro de texto universitario histórico sobre el tema y asesor presidencial que ayudó a diseñar la política fiscal durante el gobierno de Kennedy.
Según el MIT, Samuelson murió el domingo en su casa en Belmont, Massachusetts, donde se dedicó a la enseñanza durante varias décadas. No se informó sobre la causa de su muerte.
"Paul Samuelson transformaba todo lo que tocaba: los fundamentos teóricos de su campo de estudio, el modo en que se enseña economía en el mundo, el ethos y la estatura de su departamento, las prácticas de inversión del MIT y las vidas de sus colegas y estudiantes", dijo en una declaración la presidenta del MIT, Susan Hockfield.
En 1970 se convirtió en la tercera persona en ganar el Premio Nobel en Ciencias Económicas. El texto decía que Samuelson "ha hecho más que cualquier otro economista contemporáneo para elevar el nivel de análisis científico en la teoría económica".
"Es agradable que reconozcan tu trabajo", dijo entonces.
Como muchos de su generación, Samuelson era un seguidor del economista británico John Maynard Keynes, que propuso que se necesitan gobiernos que mantengan bajo el desempleo mediante políticas fiscales y monetarias, incluso si a veces eso significa déficit fiscal.
El sobrino de Samuelson es Lawrence Summers, el principal asesor económico del presidente Obama.
"En la anticuada economía del laissez-faire, la prosperidad era en realidad muy frágil", escribió Samuelson en un artículo para el New York Times en 1970. "Pero para una moderna ‘economía mixta’ en la era post-keynesiana, las políticas fiscales y monetarias definitivamente pueden prevenir las recesiones crónicas, pueden contrarrestar la automatización o el subconsumo" y puede asegurar que "los recursos encuentren oportunidades rentables".
Fue uno de los asesores que llevó a Kennedy a recomendar una histórica reducción fiscal que finalmente fue aprobada por el Congreso a principios de 1964, después del asesinato del presidente.
"Una reducción temporal de los impuestos al ingreso individual puede ser una poderosa arma contra la recesión", había escrito Samuelson a Kennedy en un informe de principios de 1961.
Fue ampliamente reconocido que la reducción fiscal ayudó a fomentar el auge económico de los años sesenta.
"La gente no entendía bien a JFK", dijo Samuelson, que fue el principal asesor económico de Kennedy durante la campaña de 1960, al New York Times en 1993. "Creían que era una persona decidida, que tomaba decisiones. Pero era una persona extremadamente insegura, y controlaba todo. Decía que era vanidad utilizar tu capital político en causas perdidas".
La obra de Samuelson como educador puede haber sido su papel más influyente.
‘Economics: An Introductory Analysis’, publicado en 1948, explicaba los principios económicos keynesianos a estudiantes de economía de primer año.
El fallecido economista Robert Heilbroner escribió en The Nation en 1997 que el libro de Samuelson "cambió nuestra visión de la economía y la convirtió de una ciencia sombría en un estudio de posibilidades sociales".
De ‘Economics’ se han vendido más de cuatro millones en más de cuarenta idiomas.
"Yo sabía que era un buen libro, pero no me di cuenta de que iba a tener una influencia tan duradera", dijo Samuelson a la Associated Press en 1998. "Creo que la economía -y esto es lo que he tratado de enseñar- posee una enorme interés humano".

Paul Anthony Samuelson nació el 15 de mayo de 1915 en Gary, Indiana. Se graduó en la Universidad de Chicago en 1935 y recibió los diplomas de maestría y doctorado en Harvard. Se unió a la facultad del MIT como profesor asistente de economía en 1940 y fue catedrático de tiempo completo en 1947.
Se casó con Marion Crawford, también economista, en 1938, y reconoció que lo había ayudado en sus primeras investigaciones. Crawford murió en 1978.
"Quizás más importante que el papel casual de la suerte fue el hecho de que la economía era lo que me convenía", escribió Samuelson en un artículo en 2003, en el que trazaba su interés por la economía a una charla en la Universidad de Chicago en 1932. "Este campo de estudio estaba entonces entrando en una fase matemática tanto en teoría como en estadística. Como niño precoz, siempre fui bueno en manipulaciones lógicas y en resolver tests de inteligencia. Así que si la economía era para mí, era porque también estaba hecho para la economía.
"He estado en una posición que me ha permitido observar la mayor parte de un siglo de historia económica básica. Fue una bendición estar en la vanguardia de las revoluciones que han cambiado la economía para siempre".
En ‘Foundations of Economic Analysis’, de 1947, que fue también la tesis doctoral de Samuelson, se refiere a los economistas como "atletas muy bien preparados, que nunca corren una carrera".
También en 1947 recibió la Medalla John Bates Clark, de la Asociación Económica de Estados Unidos, para importantes contribuciones de economistas de menos de cuarenta años.
En el MIT, Samuelson fue miembro del departamento de economía que durante años incluyó a galardonados del Nobel, entre ellos Robert Solow y Franco Modigliani.
Samuelson poseía "una maravillosa intuición sobre cómo debía ser una economía de mercado", dijo Solow en una declaración. "‘Debe funcionar de este modo’, diría él. ‘Ahora todo lo que tenemos que hacer es demostrarlo’. No había nadie como él".
Samuelson escribió una columna para la revista Newsweek de 1966 a 1981. El economista conservador Milton Friedman, también ganador del Nobel, también escribió para Newsweek durante ese período. Oficialmente se retiró del MIT en 1985, pero continuó trabajando allá.
Entre sus muchos honores, Samuelson recibió la Medalla Nacional [presidencial] a la Ciencia de manos del presidente Clinton en 1996.
Le sobreviven la que fue su esposa durante veintiocho años, Risha Samuelson; seis hijos de su primer matrimonio: Jane Samuelson Raybould, de Londres; Marnie Crawford Samuelson, de Brookline, Massachusetts; William Samuelson, de Belmont, Massachusetts; Robert Samuelson, de Boston; John Samuelson, Sherborn, Massachusetts; y Paul Samuelson, Newton, Massachusetts; su hijastra, Susan Miller, de Lexington, Massachuetts; y 15 nietos.

5 de enero de 2010
14 de diciembre de 2009
©los angeles times 
©traducción mQh
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memoria y olvido


Entrevista con Daniel Brauer, titular de filosofía de la historia e investigador del Conicet.
[Leonardo Moledo] ¿La Historia, así con mayúscula, tiene un sentido? Y si lo tiene, ¿cuál es? ¿El que determinan factores tan elusivos como las memorias individuales y colectivas? ¿Qué es lo que nos dice la Filosofía de la Historia al respecto? Muchas preguntas, tal vez...

–Usted actualmente dirige un proyecto de investigación sobre la relación entre historia y memoria. ¿Por qué no me cuenta de qué se trata?
Bueno, en los últimos años ha habido un auge del tema de la memoria no sólo en la filosofía de la historia propiamente dicha, sino en la sociedad en general: la novela histórica, los films que tienen que ver con la reconstrucción del pasado, son sólo algunos ejemplos. Para la teoría tradicional de la historia también ha sido un desafío, porque la memoria trae al conocimiento del pasado una cuestión que no estaba muy presente en la historiografía clásica, en el sentido de que ésta tenía que ver con un discurso más anónimo, más apegado a los documentos. La memoria, mientras tanto, es otro tipo de acceso, que permite una comprensión diferente del pasado y que se complementa con la historia. El auge como fenómeno cultural tiene indudablemente que ver con el Holocausto, con el concepto de trauma, con todas estas cuestiones que han cuestionado la idea del progreso...

La memoria individual en realidad es muy falible... La memoria social, ¿no es algo también de corto plazo? ¿Qué puede recordar una sociedad?
Es un fenómeno muy complejo, porque entre esa memoria individual y la memoria colectiva hay una interacción. Lo que hay son ceremonias sociales del recuerdo. La noción de memoria está muy unida al concepto de identidad: todos los pueblos construyen su identidad a partir de una selección de acontecimientos, de hechos significativos que adquieren un carácter emblemático y que definen lo que uno es.

Pero la memoria es selectiva. Decide qué guardar.
No sólo eso: incluso hay memorias en conflicto. El historiador, por eso, trata de dar una imagen de la totalidad, aunque su discurso también puede ser sesgado. La memoria, desde el momento en que es selectiva, es conflictiva, lo cual no significa que todo sea relativo o que los hechos no hayan existido. Para eso es necesario contrastar distintos testimonios.

¿Hasta dónde llega la memoria colectiva? ¿Qué puede recordar un colectivo de sujetos sobre Yrigoyen, por ejemplo?
Prácticamente nada, salvo la gente muy mayor. Pero la memoria colectiva no es sólo una memoria directa, sino también legada por una generación anterior.

Y desde el punto de vista metodológico: ¿cómo trabaja con la memoria?
Bueno, yo soy filósofo: mi trabajo es puramente teórico y consiste en el análisis de textos, de teorías, de hipótesis. El material empírico también es la obra del historiador, y las preguntas que nos hacemos, por ejemplo, tienen que ver con la significación de términos como "objetividad" o "verdad" en Historia.

A ver, a ver..., ¿qué son la objetividad o la verdad en Historia?
Son temas polémicos. Existe una corriente muy fuerte de epistemología de la historiografía que se basa en el análisis del discurso del historiador, o sea, de las narraciones (porque los historiadores cuentan cosas). Esas narraciones muchas veces están vinculadas con géneros literarios específicos. Llevado esto a una posición extrema, se llega a un relativismo absoluto que le quita toda cientificidad. Yo trato de defender un punto de vista que tiene en cuenta la pretensión científica de la historia, pensando que un relato puede ser objetivo sin dejar de ser controversial y revisable.

¿Qué controversias hay sobre la dictadura acá?
En general, son controversias que tienen que ver con las formas de legitimación del poder. Sin duda, la dictadura es un referente central del discurso político actual. Esa época sirve como el momento al que no se debe volver, lo cual está muy bien expresado en la fórmula "Nunca más". Pero también es cierto que todavía estamos lejos de haber elaborado históricamente lo que pasó en aquella época: tenemos discursos muy unilaterales. Habría que hacer un trabajo de memoria, en palabras de Freud...

Yo creo que se está construyendo una imagen de la dictadura que empieza el 24 de marzo y que vino a romper un mundo idílico. Y eso no fue así. Había una situación predictatorial, con un gobierno civil que administraba las muertes... ¿Usted cree, como yo, que se está haciendo un recorte falso?
Yo creo que la memoria hay que revisitarla y revisarla. Uno debe oponerse siempre a las llamadas "historias oficiales", que se ofrecen como modos de legitimación de determinadas políticas. El trabajo del historiador es paradójico, porque si bien se ocupa del pasado, puede condicionar fuertemente el presente. Lo que yo creo es que la época de la dictadura aún no está bien elaborada y no se puede observar con la debida distancia crítica. La Historia, a diferencia de otras disciplinas, tiene un papel importantísimo en el ámbito del discurso público, y la revisión de la historia contemporánea es, por lo tanto, fundamental. Esto sonará a verdad de perogrullo, pero el trabajo de comprender el pasado es vital para definir el futuro.

¿Y esta preocupación por la memoria es global o es propia de Argentina?
Es global, es un tema muy actual en todos los campos.

¿Por qué es tan actual?
Es una pregunta difícil de contestar. Por un lado hay una desilusión con respecto a la esfera pública y, por lo tanto, un intento de rescatar la dimensión humana, personal, sentimental de lo que vivieron los protagonistas de determinados hechos. Hay un horror frente a lo acontecido: como paradigma de reflexión en torno de los acontecimientos del pasado, el Holocausto es central. Pareciera que, aunque estamos desorientados respecto de nuestro futuro, sabemos que hay ciertas cosas que no queremos que vuelvan a suceder...

¿Quiénes no queremos que sucedan de nuevo esas cosas?
Creo que hay una opinión pública formada a través de lecturas, de contemplación de obras de arte, con los museos de la memoria... Creo que es un fenómeno cultural abarcador: digamos que hay una visión actual que es compartida en el mundo. Es "lo que se piensa ahora". De cualquier modo, no puedo explicarle contundentemente cómo es que surgió este "boom memorialista".

¿No tiene que ver con todos los horrores del siglo XX?
Pero fíjese que surgió mucho tiempo después del Holocausto. Hasta los años ’60 el tema del Holocausto casi no figuraba, no se le da la importancia que se le da ahora (que se ha convertido en el acontecimiento del siglo).

Usted trabaja con otra línea, que tiene que ver con la globalización, ¿no?
Sí. Después de la crisis de la idea del progreso, se consideraba que toda pregunta acerca del sentido de la Historia formaba parte de una mala metafísica de la historia. Más aún después de la caída del Muro de Berlín; el marxismo había sido el gran heredero de la Ilustración, y la caída del Muro produjo un enorme escepticismo. Ya eran visibles, por supuesto, las consecuencias negativas de los regímenes proclamados marxistas...

No fueron simplemente consecuencias negativas: hubo una masacre pavorosa.
Exactamente. Ahí tenemos una visión de lo que aconteció que durante mucho tiempo se trató de tapar...

Con bastante eficacia...
Sí. Con mucha eficacia. Yo recuerdo que una vez llevé un libro sobre los crímenes de la Unión Soviética a la facultad y un alumno se acercó y me dijo: "No conviene traer esto acá, porque es hacerle el juego a la derecha". Pero esas son cosas que, de cualquier manera, pasaron, y uno no puede darle vuelta la cara.

Me decía lo de la mala fama que se había ganado el sentido de la historia...
Sí, claro. Por eso los filósofos de la Historia dejaron de dedicarse a eso y empezaron a dedicarse a la explicitación de la metodología del trabajo de escritura histórica. El giro memorialista y el fenómeno de la globalización están conduciendo a algo unitario: el mundo se parece cada vez más en todos lados. Eso tiene consecuencias positivas y negativas.

¿Existe la Historia? ¿Hay un ente, una fuerza real, existente, llamada Historia?
La palabra Historia (con mayúscula) es una creación de la época de la Ilustración, hoy muy cuestionada. Esa visión fue muy criticada y, con el tiempo, volvió a hablarse de "historias". El tema de la globalización vuelve a hacer plausible esa manera ilustrada de ver las cosas en la cual todo está encadenado a un fenómeno general. Hay una enorme necesidad de teorías, de abandonar viejos esquemas interpretativos y considerar nuevas maneras de dar cuenta de la realidad. Creo que en general la gente no está contenta con el mundo en el que vive...

Tal vez muy equivocadamente, por falta de memoria... Porque si se repasa lo que era el mundo hace un tiempo, incluso hace cincuenta años, es fácil ver que vivimos una situación mucho más pacífica que antes, entre otras cosas.
Yo creo que hemos avanzado mucho más de lo que creemos pero mucho menos de lo que deseamos. Y esa paradoja es la que impulsa el pensamiento.

23 de diciembre de 2009
©página 12
©leonardo moledo
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el quijote del siglo xx


La muerte del etnólogo francés Claude Lévi-Strauss es el final de una era de hombres que convirtieron el estudio sociocultural en la ciencia que es hoy.
Si hubiera que definir la vida de uno de los más grandes pensadores del siglo XX en tan solo unas líneas, habría que trazar un mapa del mundo y de sus pobladores, hacer un análisis de sus costumbres, de sus relaciones de parentesco, de lengua, y después de ese viaje encontrar que todas esas preocupaciones intelectuales se reunieron en la persona de Claude Lévi-Strauss, fallecido el domingo primero de noviembre en la pequeña población de Lignerolles, en la Borgoña francesa, antes de cumplir 101 años el próximo 28 de noviembre.
Lévi-Strauss es una institución para la antropología, la etnología, la lingüística y las ciencias sociales modernas. Y no es una frase: el suyo fue un empeño que comenzó siendo apenas un incómodo estudiante de derecho y filosofía que a los 26 años, después de haber leído con fruición a Sigmund Freud y a Karl Marx, y de haber sido militante socialista, descubrió que su verdadera vocación estaba muy lejos de la filosofía y muy cerca de la etnología. "La filosofía me molestaba porque estaba por fuera de la realidad, no actuaba en el presente". Con Marx, en cambio, encontró un modelo metodológico para el análisis de la historia desde las transformaciones sociales; y con Freud, algo similar, pero desde el inconsciente del ser humano.
Nacido en Bruselas en 1908 debido a que su padre, un pintor académico de familia judía, se había trasladado allí, muy pronto regresó a París para educarse en medio del clima de preguerra. A los 10 años descubrió tres aficiones que lo marcarían toda su vida: la lectura de Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes; una afición al coleccionismo de objetos extraños, y un profundo amor por la geología.
El pequeño niño creció en un típico hogar burgués, con algunos aires bohemios, que le permitieron una educación humanística con la cual pudo defenderse en los avatares que le tenía preparada su larga vida. "El quijotismo, me parece, es, en lo esencial, un deseo obsesivo de reencontrar el pasado más allá del presente", dijo en su libro ‘De cerca y de lejos’, de 1984. Un quijotismo que se podía encontrar en cada una de sus expediciones no sólo a los recónditos territorios de la Amazonia y el Matto Grosso brasileños, sino en el frente de batalla en la Segunda Guerra Mundial, en Nueva York en el exilio forzoso debido a la persecución en contra de los judíos; en la lucha en contra de la academia francesa y, finalmente, en la defensa de sus teorías.
En 1931 Lévi-Strauss era apenas un inquieto graduado que sabía que estaba buscando algo aún sin saber muy bien qué. Por eso, tras leer ‘Aden Arabia’, la crónica desesperada de Paul Nizan que narra la huida de un muchacho de 20 años a la periferia, aburrido de la monolítica cultura francesa, Lévi-Strauss sintió que algo lo invitaba también a alejarse de la comodidad y la rutina que entonces lo tenían como profesor en Laon, una ciudad al norte de Francia. "Tenía ganas de moverme, de ver el mundo", lo cita su biógrafo Denis Bertholet. Soñaba con las novelas de Joseph Conrad; soñaba con poder tocar, sentir: "el pensamiento para él necesitaba de lo concreto para no perderse", dice Bertholet. Y lo concreto llegaría gracias a la lectura de ‘Primitive Society’, de Robert H. Lowie, un libro que le descubrió la etnología angloamericana, el punto de partida de su verdadera vocación. Con esa lectura descubrió que el estudio de las costumbres sociales de los pueblos era la posibilidad que estaba esperando para poder unir lo que había aprendido de Marx y de Freud.
Para entonces, en 1934, George Dumas, uno de sus profesores, había abierto el camino en la naciente Universidad de Sao Paulo, y lo invitó a que hiciera parte de la segunda camada de profesores de sociología que enseñaban a una elite brasileña que profesaba amor y devoción por Francia.
Lévi-Strauss partió sin pensarlo mucho. Y en Brasil, cuando descubrió que podía dedicarse tanto a la enseñanza como al trabajo de campo, se embarcó en varias expediciones que definirían para siempre su acercamiento a la antropología, la etnología y las ciencias sociales. El encuentro con los bororo y los caduveo, en la Amazonia, y después los nambikwara, en el Matto Grosso, lo convencieron de que era posible sistematizar el conocimiento sobre las comunidades echando mano del método científico.
Pero entonces estalló la guerra. Una guerra que se le antojaba lejana y que sólo pudo entender cuando, al regresar a Francia cuatro años después, fue enviado primero a la sección de comunicaciones del Ejército francés y después al frente de batalla, en la línea Maginot, en septiembre de 1939.
Dos años después era un paria en su propio país. Su apellido y su cultura judíos lo hicieron exiliarse. ¿A dónde ir, se preguntó. Y encontró que en Nueva York, la fundación Rockefeller tenía un programa de protección a los intelectuales judíos. Tras un penoso viaje en barco, en donde conoció a André Bretón, recaló en Nueva York y desde allí completaría su tarea pendiente con la etnología. En esa ciudad, que bullía de intelectuales de todo el mundo, se hizo asiduo de los surrealistas primero, y después de dos personajes cruciales para su vida: el antropólogo alemán Franz Boas y el lingüista ruso Roman Jakobson. Con Boas discutió sus teorías sobre lo que había visto entre los indígenas brasileños y aprendió que no debía enfocarse al análisis de las razas: sólo el hombre existe. Y su organización, así parezca extraño, es la misma gracias, entre otras, a mitos y costumbres arraigados que han permitido su supervivencia. De Jakobson, a quien conoció en la Universidad de Columbia, aprendió la posibilidad de crear una etnología capaz de comprender que hay leyes, como en la lengua, que funcionan en el nivel inconsciente, fuera de control de los sujetos hablantes, y que por lo mismo se pueden estudiar como fenómenos objetivos.
En Estados Unidos comenzó a estudiar y a leer todo cuanto se había escrito sobre etnología en las diferentes culturas humanas. Con esas bases, escribió una tesis doctoral que se convirtió en su primer libro y en el fundador del estructuralismo, como metodología de estudio y comprensión de la vida social, familiar y comportamental de los hombres: ‘Las estructuras elementales del parentesco’. El libro lo transformó en una institución en su país, al que regresó convencido de que era necesario reconstruir el estudio de las ciencias sociales arrasado por la guerra. En 1955 publicó ‘Tristes Trópicos’, un viaje a las entrañas de Brasil, y desde 1960 (hasta 1982), se hizo profesor del Collège de France.
Lévi-Strauss revolucionó la manera de acercarse a la investigación social: demostró que era posible hacer un sistema que respondiera preguntas que hasta entonces no se habían hecho. Y esa, quizá, sea la razón de su importancia. Como lo señala Robert Maggiore, estudioso de su obra, "él no dio respuestas nuevas a las preguntas que estaban hechas, sino que cambió las preguntas, y descubrió otro continente, mediante una revolución copernicana que puso patas arriba a la antropología, la etnología, la lingüística, el sicoanálisis y la historiografía". Todo ello consignado en más de 20 libros, algunos complejos, como ‘Antropología estructural’; los cuatro tomos de las ‘Mitológicas’, y otros de un enorme valor literario, como ‘Tristes trópicos’ y ‘De lejos y de cerca’, que lo muestran como un Quijote buscando en el pasado las claves del presente.

8 de noviembre de 2009
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despedida para el siglo xx


Con la muerte del etnógrafo francés, muere también el siglo 20.
[Ricardo G. Abduca] Se ha dicho de Picasso que si no hubiese pintado ningún cuadro igual lo recordaríamos como gran escultor, como ceramista. Algo parecido puede decirse de Lévi-Strauss. No deja una obra, deja varias. Fue el autor de ‘Etnografía nambikwara’, y otros textos menores, por los años 1940. Hizo luego un tratado de gran alcance, ‘Las estructuras elementales de parentesco’. Dejó también tres obras de reflexión personal y estética: su segundo gran libro, ‘Tristes trópicos’, de 1955, y dos obras postreras: su relectura de las fotos que tomó en los ’30, ‘Saudades de Brasil’ y ‘Mirar, escuchar, leer’. Tres volúmenes (los dos primeros llamados ‘Antropología estructural’) reunieron sus artículos. Quizás en ‘El pensamiento salvaje’ confluye la red mayor de sus argumentos. Luego se abocó casi exclusivamente a siete tomos de mitología americana: las ‘Mitológicas’, y otros tres, quizá más convincentes. En ‘La vía de las máscaras’ pasó a analizar objetos concretos, en ‘La alfarera celosa’ desafió a los psicoanalistas, en ‘Historia de lince’ culminó una reflexión sobre la especificidad de las sociedades americanas.
Su obra también tiene entidad política. Con dos intervenciones centrales en la Unesco: ‘Raza e historia’, en la posguerra (que tendría que ser de referencia obligada en las escuelas públicas de hoy), y ‘Raza y cultura’, veinte años después, que matizó y enriqueció sus propias tesis previas. Pero también en ‘Tristes trópicos’, esa crónica pesimista que compara los trópicos despoblados de América y los hiperpoblados de Asia. Hasta sus últimos reportajes, siempre se mostró amargadamente lúcido ante el crecimiento de la población y el estropicio del planeta.
Nieto del rabino de Versailles, su obra casi no tiene referencias al mundo judío o cristiano; habló poco de ritual. Pero todo lo que se diga sobre los mitos de ahora en más tendrá que referirse de un modo u otro a su empresa. Desde el tour de force con que presentó la herencia de Mauss, en 1950, inauguró un nuevo pensamiento que está en el horizonte contemporáneo: el estructuralismo (sin él no hay postestructuralismo, ni desconstrucción). Entre los primeros en recibir su influencia, positiva o reactiva, estuvieron Lacan y Althusser. No se entiende la ontología lacaniana de los registros real, imaginario y simbólico, sin su apuesta fuerte por la autonomía de lo simbólico –y si no véanse las lecciones sobre la inyección de Irma en el seminario de Lacan, al cual asistió–. Investigadores británicos ya formados, como Edmund Leach y Mary Douglas, acusaron su influencia, como el norteamericano Marshall Sahlins. Maurice Godelier, Françoise Héritier, Philippe Descola, Eduardo Viveiros, han seguido por rutas que él ayudó a trazar. Desde la Argentina, desde Eudeba, gracias a Eliseo Verón (también Noelia Bastard y Eduardo Menéndez), se lo introdujo al mundo castellano. Describir la estela de las adhesiones y reacciones que suscitó entre nosotros (desde Blas Alberti a Carlos Reynoso, pasando por Cordeu y muchos otros) no es tarea sencilla.
Hemos terminado de despedirnos del siglo XX.

El autor es antropólogo y profesor de Antropología Económica (UBA).

4 de noviembre de 2009
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murió claude lévi-strauss


A los 100 años, murió Claude Lévi-Strauss. Imposible sintetizar su legado en algunas líneas. Capaz de estudiar a Marx y Freud y luego internarse en la selva amazónica, el filósofo francés llevó a las alturas su gusto por las ideas, que lo condujo a explorar el conocimiento con auténtica pasión.
[Silvina Friera] Francia. El maestro de cara angulosa y ojos pequeños, que odiaba los viajes y a los exploradores, hizo escuela. Enseñó nada más ni nada menos que a mirar contemplando lo remoto como ordinario y sorprendiéndose ante lo cotidiano. El valor de la pluralidad humana y la necesidad de defenderla, el estudio de los fenómenos sociales y culturales, enfocados en los mitos, fueron la espina dorsal de sus reflexiones, de su escritura traviesamente literaria, que incita a preguntarse si no será uno de los grandes autores de la literatura francesa. Las hipótesis y conjeturas, se sabe, las responde, cuando puede, el tiempo. Anticiparse y definirlo como escritor también, ahora que se multiplicarán las alabanzas al "sabio del siglo XX", sería una empresa probablemente destinada al fracaso. El antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, uno de los intelectuales más relevantes del siglo XX y padre del enfoque estructuralista de las ciencias sociales, que influyó de manera decisiva en la filosofía, la sociología, la historia y la teoría literaria –y hasta bien podría ser tenido como uno de los precursores de la ecología, en el más amplio de los sentidos–, murió el viernes pasado a los 100 años, según informó ayer la editorial Plon. En uno de sus libros más celebrados, ‘Tristes trópicos’, de 1955, escribió una de esas frases que suelen dar mucha tela para cortar, más allá de la coyuntura en la que fue pensada: "La humanidad se instala en la monocultura; se dispone a producir civilización en masa, como cultiva la remolacha".
Este sabio longevo, que nació en Bruselas en 1908, estudió filosofía en la Sorbona, porque su gusto por las ideas era "lo que menos dificultades me planteaba", como dijo. Leyó a Marx durante sus años de estudiante y militó en la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera) a fines de la década del 20. Otra de las grandes revelaciones intelectuales de su vida fue Sigmund Freud, quien le enseñó que "incluso lo que se presentaba bajo los aspectos más irracionales, los más absurdos, los más chocantes, podían ocultar una racionalidad secreta". Las influencias no se detienen en estos dos titanes. Lévi-Strauss fue hijo intelectual de Emile Durkheim y de Marcel Mauss; se interesó en la lingüística de Ferdinand de Saussure y Roman Jakobson y el formalismo de Vladimir Propp. Y más allá de los nombres que conforman esta suerte de breve retrato de sus lecturas capitales, además era un apasionado de la música, la geología, la botánica y la astronomía.

El Telefonazo
Su vocación nació, como le gustaba contar, de un telefonazo. Marcel Mauss y su equipo estaban buscando, entre los licenciados en Filosofía, gente que quisiera trabajar en el recién creado Departamento de Etnografía, una ciencia que acababa de adquirir rango universitario y que hasta entonces había dependido de misioneros y administradores coloniales. "Yo hacía sólo dos años que ejercía como profesor de Filosofía, en Mont-de-Marsan y en Laon, en 1932 y 1933. El primer año es apasionante, tienes que construirte todo un programa, pero los cursos siguientes te limitas a retocarlo. Estaba claro que no era eso lo que iba a dar sentido a mi vida. Tenía ganas de descubrir el mundo. Y de ahí que aceptase un puesto en la universidad de San Pablo y comenzase mis viajes de etnólogo." Lévi-Strauss tenía 27 años cuando abandonó la confortable vida académica francesa para meter las patas en el barro del Mato Grosso y la selva amazónica brasileña. Esa prolongada estancia con los indios del Amazonas marcaría a fuego la identidad de este hombre que vivió en Brasil entre 1935 y 1939. ¿Qué encuentra el antropólogo en esa sociedad humana "reducida a su expresión básica"? Lo que el zoom de su mirada acerca, lo que enfoca con una precisión hasta entonces desconocida, son las fauces del colonialismo y cómo el viejo "buen salvaje" de Rousseau deviene en desechos del progreso industrial europeo.
"El viaje del etnógrafo tiene muy poco que ver con la aventura romántica que pude imaginarme antes de marchar hacia Brasil", confesó el antropólogo muchos años después de aquella emblemática experiencia. En esa región selvática se encontró al "Otro", a los indios, a hombres "sin Historia", que lo iniciaron en otra manera de pensar, donde el mito juega un papel más importante que la razón. Partiendo de los indígenas Bororo, Nambikwara y Tupi Kawahib de Brasil, Lévi-Strauss comenzó su gigantesca investigación sobre la mitología de los indígenas del continente. "He sido siempre un americanista a causa de la impresión imborrable provocada en mí por el Nuevo Mundo, a lo que se agrega el trastorno, que dura aún, causado por mi contacto con una naturaleza virgen y grandiosa", escribió. "Creo que ningún otro continente necesita tanta imaginación para estudiarlo", aseguró el pensador e investigador, que plasmó posteriormente esta visión en ese curioso y paradigmático artefacto narrativo que es ‘Tristes trópicos’, modelado con la arcilla de la escritura literaria. Cerca de la frontera con Bolivia, precisaba en el libro, se cruzó con los Tupi Kawahib. El intento de comunicación fue frustrado por la imposibilidad de entablar un diálogo. Imposible sortear la muralla que levantaba la lengua. "Estaban realmente dispuestos a enseñarme sus costumbres y creencias, pero yo nada sabía de su lengua. Estaban tan cerca de mí como una imagen vista en un espejo. Los podía tocar pero no podía entenderlos. Allí tuve mi recompensa y al mismo tiempo mi castigo, pues, ¿no consistía mi error, y el de mi profesión, en creer que los hombres no son siempre hombres? ¿En pensar que algunos merecen más nuestro interés y atención porque en sus maneras hay algo que nos asombra?"
La transformación radical que él iniciaría en la etnología contemporánea consistió en elaborar un método original que mezclaba las aguas del estructuralismo y el psicoanálisis a la hora de interpretar los mitos; método que el antropólogo francés utilizó para estudiar la organización social de las tribus de Brasil y la de los indios del norte y sur de América. Tres bloques de hormigón constituyen las aportaciones que puso sobre el tapete de las ciencias sociales: la teoría de la alianza, los procesos mentales del conocimiento humano y la estructura de los mitos.
La teoría de la alianza plantea que el parentesco está más vinculado con la alianza entre dos familias por matrimonio respectivo entre sus miembros que con la ascendencia de un antepasado común. El autor de ‘Las estructuras elementales de parentesco’ astilló la distinción entre pensamiento "primitivo" y "civilizado"; la mente humana organiza el conocimiento en parejas binarias y opuestas que se "modulan" de acuerdo con la lógica. El mito y la ciencia, entonces, están estructurados por pares de opuestos relacionados lógicamente.

El Mito de la Nostalgia
Una de las críticas que tuvo en su momento cierto predicamento acusaba a Lévi-Strauss de mirar con nostalgia las sociedades que producen mitos, que tienen estructuras de parentesco sofisticadas, pero totalmente ajenas al cambio, conservadoras y cerradas en sí mismas. Esta lectura, para muchos errática y reduccionista del más complejo pensamiento del antropólogo francés, ocasionó que en su momento se interpretara que la antropología debía dedicarse al estudio de las sociedades arcaicas, "sin historia", cuando, en rigor, el autor de libros fundamentales como ‘El pensamiento salvaje’ (1962) y su monumental ‘Mitológicas’ (cuatro tomos publicados entre 1964-1971) siempre se interesó por la estructura en el porvenir. La concepción del tiempo en las sociedades modernas se ubica en el horizonte del progreso, mientras que las sociedades que él estudiaba conservaron una sabiduría particular que las impulsaba a resistir cualquier modificación de su estructura resistiendo la idea de progreso. En este nudo se afincaba el reproche hacia la nostalgia que cultivaba el pensador francés.
Luego de su inmersión por la selva amazónica y su trabajo como profesor en la universidad de San Pablo, volvió a Francia en vísperas de la Segunda Guerra Mundial y estuvo movilizado como oficial entre 1939 y 1940, pero fue dado de baja por su origen judío. Escapó de la ocupación nazi y se instaló en Estados Unidos, donde impartió clases en la New School for Social Research de Nueva York, ciudad en la que conoció y trató al lingüista Roman Jakobson, cuya obra fue fundamental para la evolución de sus ideas. A su regreso a Francia, fue sudirector del Museo del Hombre de París, enseñó en el Collège de France, desde 1959 hasta su jubilación en 1982; y en 1973 se convirtió en el primer antropólogo en ingresar a la Academia Francesa. A Lévi-Strauss le gustaba bromear y afirmar que había descubierto el estructuralismo antes de leer. "El secreto del estructuralismo creo haberlo intuido mientras estaba en el frente, en la Línea Maginot, como oficial de enlace que esperaba servir de intérprete a las tropas británicas. Allí, mientras esperábamos una batalla que no comenzaba, pude observar con detalle cómo, detrás del aparente azar de la belleza ondeante de un campo lleno de flores, estaba una organización estricta de cada una de ellas", explicaba. "Luego, en Nueva York, el encuentro con Roman Jakobson fue definitivo. Me reveló que era estructuralista sin saberlo." Catherine Clément, filósofa y especialista en la obra del antropólogo francés, recuerda la irritación del etnólogo al descubrir, en casa de ella, sus libros puestos en el mismo estante que los de Michel Foucault, Roland Barthes, Louis Althusser o Jacques Lacan. "Los únicos estructuralistas al lado de los cuales acepto figurar son Emile Benveniste y Georges Dumezil", aclaró Lévi-Strauss.

La Frontera de la Humanidad
"Demasiado cientificista", sentenciaron al estructuralismo muchos filósofos. "Demasiado filosófico", protestaron muchos científicos. Algunos con mayor o menor ironía vieron en Lévi-Strauss a una suerte de mago que no dejaba de sacar de su galera estructuras por todos lados. A otros les resultó imperdonable que el antropólogo planteara preguntas que supuestamente no respondía al pie de la letra de lo que otros esperaban. "Al estructuralismo se le reprochó ser antihumanista y eso es parcialmente cierto", admitía. "Es imposible para un etnólogo no tomar en consideración la destrucción sistemática y monstruosa que los occidentales hemos hecho de las culturas distintas de la nuestra desde, como mínimo, 1492. No es posible separar o aislar esa condena de la destrucción de la que hoy son víctimas especies animales y vegetales, y todo eso en nombre de un humanismo que situó al hombre como rey y señor del mundo. La definición que el humanismo clásico hace del hombre es muy estrecha, lo presenta como un ser pensante en vez de tratarlo como un ser viviente y el resultado es que la frontera donde se acaba la humanidad está demasiado cerca del propio hombre."
Lévi-Strauss reconocía que el escepticismo llega con la edad. "El espectáculo que ofrece la ciencia contemporánea invita a ello. Durante el siglo XX esa ciencia ha progresado mucho más que en todos los siglos anteriores, una aceleración enorme en la producción de conocimientos y, al mismo tiempo, ese progreso vertiginoso nos abre abismos insondables, cada descubrimiento nos plantea diez enigmas, de manera que el esfuerzo humano está abocado al fracaso. Pero está bien que sea así." Ese escepticismo se profundizó en una de las últimas entrevistas que concedió, en 2005, en la que pronosticaba que "vamos hacia una civilización de escala mundial en la que probablemente aparecerán diferencias". "Estamos en un mundo al que yo ya no pertenezco. El que yo he conocido, el que he amado, tenía 1500 millones de habitantes. El mundo actual tiene 6000 millones de humanos. Ya no es el mío."
El mundo cultural francés cayó rendido a sus pies el año pasado cuando celebró los 100 años de su "hijo más ilustre". Suplementos especiales, documentales, exposiciones y reediciones de sus libros proliferaron en lo que bien podría haber sido declarado el año Lévi-Strauss. La crítica literaria, el psicoanálisis, la lingüística, la historia, la filosofía llevan medio siglo dialogando con él. Incluso contra él, sin que ninguna haya podido esquivar el influjo de este "pensador salvaje". "¿Para qué sirve actuar, si el pensamiento que guía la acción conduce al descubrimiento de la ausencia de sentido?", se preguntó en ‘Tristes trópicos’. "Simplemente he aspirado a dar cuenta de fenómenos múltiples y complicadísimos de una manera más económica, y más satisfactoria para el intelecto que todo lo hecho anteriormente. Pero con la certeza de que este estadio es provisorio y que otros, mejores, lo sucederán", reflexionaba el antropólogo. El legado de Lévi-Strauss se podría sintetizar, si esto fuera posible en apretadas líneas, en su ponderación de que el saber científico avanza, a paso inseguro, bajo el látigo de la contención y la duda.

4 de noviembre de 2009
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