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filosofía

murió walter burghardt


[Matt Schudel] Teólogo, académico y predicador. A los 93.
Murió el Reverendo Walter J. Burghardt, un prominente teólogo, escritor y pensador católico que fue mencionado en un estudio universitario como uno de los doce mejores predicadores de Estados Unidos, el 16 de febrero, por una deficiencia cardiaca congestiva en Manresa Hall, una residencia de jesuitas jubilados en Merion Station, Pensilvania. Tenía 93 años.
Burghardt pasó la mayor parte de su carrera dedicado a la teología e historia de la iglesia.
No fue nunca un cura párroco, pero era considerado un fascinante predicador cuyos convincentes llamados a la justicia social y tolerancia influyeron a generaciones enteras de sacerdotes católicos y pastores protestantes.
En 1991, cuando tenía 77, Burghardt se embarcó en lo que se convertiría en un proyecto global llamado ‘Predicando la palabra justa'.
En sus viajes por el mundo dirigió más de 125 intensivos retiros de cinco días para 7.500 sacerdotes y diáconos. El objetivo era instigar fervor moral y la motivación para predicar desde el púlpito.
"Tenía el maravilloso don de las palabras y tenía algo que decir", dijo el Reverendo Raymond B. Kemp, ex párroco de Washington que acompañó a Burghardt en la mayoría de los retiros. "Hacía de los profetas gente a la que se podía comprender. Creía que el mensaje profético abordaba necesidades humanas reales".
Entre los veinticinco libros de Burghardt, hay quince antologías de sus homilías y sermones.
También publicó una memoria y trabajos académicos sobre la historia de la iglesia y prédicas. Los veintiún títulos honorarios que recibió dan cuenta del respeto en que se le tenía, particularmente en el mundo católico.
De 1974 a 2003 fue investigador del Centro Teológico de Woodstock, de la Universidad de Georgetown. En 1978 fue nombrado el primer teólogo residente de Georgetown, la universidad más antigua del país.
Burghardt criticaba a menudo el estilo moderado de predicación de sus colegas sacerdotes, diciendo que "la imaginación parece ser un órgano residual que muchos sacerdotes católicos dejan en el seminario".

Walter John Burghardt nació el diez de julio de 1914 en Nueva York, hijo de inmigrantes de lo que ahora es Polonia. Entró al seminario jesuita de Poughkeepsie, Nueva York, a los dieciséis, y en 1937 recibió la licenciatura del Woodstock College, de Maryland. Fue ordenado en 1941.
Burghardt continuó sus estudios en Woodstock y enseñó en el seminario desde 1946 hasta su cierre en 1974. Tuvo un programa religioso en una radio de Baltimore, Maryland, durante los años cincuenta.
Se doctoró en teología en la Universidad Católica en 1957 y perteneció a la facultad desde 1974 a 1978.
Burghardt era una autoridad en documentos tempranos de la iglesia y tradujo muchos documentos de lenguas antiguas.
También era conocido por sus maneras cultas, sus amplios conocimientos -instaba a los sacerdotes a cultivar el interés en la literatura, la historia y las artes- y por su elegante estilo literario.
De 1946 a 1990 fue director y luego editor jefe de la influyente revista jesuita Theological Studies. En 1992 fundó, en colaboración, el trimestral ecuménico The Living Pulpit.
En 1968 Burghardt fue nombrado para la primera Comisión Teológica Internacional por el Papa Pablo VI, aunque no estaba de acuerdo con el encíclica del Papa que prohibía a los católicos en control de natalidad.
En una charla en 1994 en Georgetown, Burghardt dijo que esa decisión le había "costado caro" y que dejó de ver a algunos amigos de toda la vida.
En su vejez Burghardt devino más explícito en lo que consideraba los fracasos morales de la sociedad moderna, desde la pobreza y el hambre hasta la pena de muerte, la degradación del medio-ambiente, el trato dado a los ancianos y la guerra en Iraq.
Citando Salmos 24:1, escribió: "Una espiritualidad bien redondeada incluye la conciencia de lo que cantó el salmista: ‘Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella, el mundo y todos sus habitantes'".
No deja sobrevivientes inmediatos.

3 de marzo de 2008
26 de febrero de 2008
©los angeles times
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boda muy mona


[Sandeep Sahu] Alrededor de 3.000 invitados asistieron al matrimonio, al estilo hindú, de Manu y Jhumuri, dos monos en el este de India.
Orissa, India. Jhumuri, la novia, estaba vestida con un sari rojo de cinco metros de largo y adornado con flores.
Por su parte, el novio llamado Manu, un mono de tres años de edad, fue llevado en procesión al templo ante la mirada de cientos de perplejos espectadores.
Hubo música, bailes y juegos artificiales.
La ceremonia se celebró en el pueblo de Ghanteswara en el estado de Orissa.
Los invitados degustaron de un banquete de arroz, lentejas, vegetales, pescados y dulces.
Los monos son venerados como ídolos en la mitología hindú. Pero, la parejas que organizaron la boda de los simios dijo que los quieren como mascotas.

Experiencia Única
Las mujeres le dieron la bienvenida al novio con alegría y sincronizaron alaridos típicos en las bodas hindúes, mientras los sacerdotes entonaron cantos sacros.
Me siento como si mi hija se estuviera casando. No puedo pensar que ella no estará con nosotros nunca más

Mamina, Dueña de la Mona
"Fue una experiencia única para mí. Es la primera vez que conduzco un matrimonio entre dos animales. Pero, seguí todos los rituales por los que me rijo al celebrar matrimonios de personas", dijo Daitari Dash.
Las mujeres prepararon a la mona, llamada Jhumuri, como si fuera una novia humana, cubriéndola con un sari rojo y untándole sándalo.
Los invitados llevaron regalos para los recién casados. Entre los presentes hubo un collar de oro para la novia, que fue donado por un empresario local.
"Me siento como si mi hija se estuviera casando. No puedo pensar que ella no estará con nosotros nunca más", dijo Mamina, la mujer que ha estado cuidando la novia.

Liberados
Mamina ha tenido a Jhumuri desde que su esposo halló al animal en un templo local.
Manu fue encontrado en un huerto de mango en el pueblo por una pareja que lo tuvo como su mascota.
Los dos monos, que estaban encadenados antes del matrimonio, fueron dejados en libertad por sus dueños.
Mitrabhanu Dutta, un habitante de Ghanteswara, dijo que el evento fue "una buena manera de liberar a los monos".

3 de marzo de 2008
©bbc
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el instinto moral 5


[Steven Pinker] Muchos temen que la moral sea un truco del cerebro. Variedades de la experiencia moral.
Cuando antropólogos como Richard Shweder y Alan Fiske estudian las preocupaciones morales en el planeta, descubren que algunos temas se destacan entre la diversidad. En todas partes la gente, al menos en algunas circunstancias y con cierto tipo de gente en mente, creen que es malo causar daño a otros y bueno ayudarlos. Tienen un sentido de rectitud: que uno debe devolver los favores, recompensar a los benefactores y castigar a los estafadores. Valoran la lealtad al grupo, la generosidad y la solidaridad entre sus miembros y el respeto de sus normas. Creen que es justo respetar a las autoridades legítimas y a la gente de condición elevada. Y exaltan la pureza, la pulcritud y la santidad mientras que desprecian la profanación, la contaminación y la carnalidad.
El número exacto de temas depende de qué lado se situé usted, de los que reúnen o de los que dividen, aunque Haidt cuenta cinco -dolor, honestidad, comunidad (o lealtad al grupo), autoridad y decoro/integridad- y sugiere que son los colores primarios de nuestro sentido moral. No sólo aparecen una y otra vez en sondeos interculturales, sino que cada uno de ellos se aferra a las intuiciones morales de la gente en nuestra propia cultura. Haidt nos pide que consideramos cuánto dinero tendrían que pagarnos para que hiciéramos actos hipotéticos como los siguientes:

Pinchar una aguja en la palma de tu mano.
Pinchar una aguja en la palma de la mano de un niño que no conoces. (Dolor).

Aceptar un televisor de pantalla ancha de un amigo que la recibió sin costes debido a un error de computación.
Aceptar un televisor de pantalla ancha de un amigo que la recibió de un ladrón que la robó a una familia rica. (Honestidad).

Decir algo malo sobre tu país (sin creer en ello) en un programa de radio en tu país.
Decir algo malo sobre tu país (sin creer en ello) en un programa de radio fuera de tu país. (Comunidad).

Golpear a un amigo en la cara, con su permiso, como parte de un acto en una comedia.
Golpear a tu pastor en la cara, con su permiso, como parte de un acto en una comedia. (Autoridad).

Asistir a una realización artística en la que los actores actúan como idiotas durante treinta minutos, incluyendo enredarse en problemas sencillos y caerse en el escenario.
Asistir a una realización artística en la que los actores se comportan como animales durante treinta minutos, incluyendo gatear desnudos y orinar en el escenario. (Decoro/Integridad).

En cada par, la segunda conducta es mucho más repugnante. La mayoría de las ilusiones morales que hemos citado provienen de la intrusión indeseada en una de las esferas morales de nuestros juicios. Una violación de la comunidad llevó a la gente a fruncir el cejo sobre el uso de una bandera vieja para trapear el baño. Las violaciones del decoro repelieron a las personas que juzgaron la moralidad del incesto consentido e impidieron que vegetarianos éticos y no fumadores toleraran la menor huella de un contaminante repugnante. En el otro extremo de la escala, las exhibiciones de integridad extrema lleva a la gente a venerar a líderes religiosos que se visten de blanco y aparentan un aura de castidad y ascetismo.

29 de febrero de 2008
13 de enero de 2008
©new york times
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el instinto moral 4


[Steven Pinker] Muchos temen que la moral sea un truco del cerebro. ¿Existe una moral universal?
Los hallazgos de la trolleyology -percepciones complejas, intuitivas y universales- llevaron a Hauser y John Mikhail (jurista) a revivir una analogía del filósofo John Rawls entre el sentido moral y el lenguaje. De acuerdo a Noam Chomsky, todos nacemos con una ‘gramática universal' que nos impele a analizar la lengua en términos de su estructura gramatical, sin estar conscientes de las reglas del juego. Análogamente, nacemos con una gramática moral universal que nos obliga a analizar las acciones humanas en términos de su estructura moral, igualmente con apenas conciencia de ello.
La idea de que el sentido moral es un componente innato de la naturaleza humana no es demasiado rebuscada. Una lista de universales humanos recogidos por el antropólogo Donald E. Brown incluye numerosos conceptos y emociones morales, incluyendo la distinción entre el bien y el mal; la empatía; la admiración ante la generosidad; los derechos y obligaciones; la prohibición del homicidio, violación y otras formas de violencia; la reparación de los errores o injusticias; el castigo de las conductas contra la comunidad; la vergüenza; y los tabúes.
Los primeros juicios morales emergen tempranamente en la infancia. Los niños ofrecen espontáneamente sus juguetes, ayudan a otros y tratan de consolar a personas a las que ven apenadas. Y de acuerdo a los psicólogos Elliot Turiel y Judith Smetana, los niños en edad preescolar entienden intuitivamente la diferencia que hay entre las convenciones sociales y los principios morales. Niños de cuatro años dicen que no está bien ir de piyama a la escuela (que es una convención) y que tampoco está bien golpear a una niña sin motivo (que es un principio moral). Pero cuando se les pregunta si estas conductas serían correctas si el maestro las permitiera, la mayoría de los niños dicen que en realidad se podría llegar de piyama a la escuela, pero nunca golpear a una niña.
Aunque nadie ha identificado los genes de la moral, hay evidencias circunstanciales de que existen. Los rasgos de personalidad llamados ‘rectitud' y ‘simpatía' están mucho más correlacionados en gemelos idénticos separados al nacer (que comparten sus genes, pero no su contexto) que en hermanos adoptivos criados juntos (que comparten el contexto pero no sus genes). Personas diagnosticadas con ‘transtorno antisocial de personalidad' o ‘psicopatía' muestran signos de ceguera moral desde la infancia. Agreden o intimidan a otros niños, torturan a animales, mienten y parecen incapaces de sentir empatía o remordimiento, a menudo pese a contextos familiares normales. Algunos de estos niños se convierten en monstruos que roban los ahorros a los ancianos, son violadores en serie o disparan contra los oficinistas que yacen en el suelo durante atracos armados.
Aunque la psicopatía probablemente proviene de una predisposición genética, una versión más atenuada puede ser causada por lesiones a las regiones frontales del cerebro (incluyendo áreas que impiden que la gente íntegra empuje al gordo hipotético desde el puente a los rieles). Los neurólogos Hanna y Antonio Damasio y sus colegas descubrieron que algunos niños que han sufrido lesiones graves en sus lóbulos frontales pueden llegar a adultos como personas insensibles e irresponsables, pese a sus inteligencias normales. Mienten, roban, ignora el castigo, ponen en peligro a sus propios hijos y no pueden reflexionar ni siquiera en los dilemas morales más simples, como qué deben hacer dos personas si no están de acuerdo sobre qué canal de televisión ver o si un hombre debe robar un fármaco para salvar a su mujer agonizante.
El sentido moral, entonces, puede estar enraizado en el diseño mismo del cerebro humano normal. Sin embargo, pese al temor que invade nuestras mentes cuando pensamos en las leyes morales innatas que llevamos dentro, la idea es en el mejor de los casos incompleta. Consideremos este dilema moral: Un tranvía descontrolado está a punto de atropellar y matara a un maestro. Usted puede desviarlo jalando la palanca, pero el tranvía pasaría por un tramo que enviaría una señal a una clase de niños de seis años dándoles permiso para bautizar a un oso peluche como Mohamed. ¿Es permisible jalar la palanca?
Este no es un chiste. El mes pasado una mujer británica que enseña en una escuela privada en Sudán permitió que su clase bautizara a un oso peluche con el nombre del niño más popular del curso, que lleva el mismo nombre que el fundador del islam. Fue encarcelada por blasfemia y amenazada con una azotaina pública, mientras una turba reunida frente a la cárcel exigía su muerte. Para los manifestantes, la vida de la mujer tenía claramente menos valor que la maximalización de la dignidad de su religión, y su juicio sobre si sería correcto jalar la palanca del hipotético tranvía diferiría del nuestro. Cualquiera sea la gramática que orienta los juicios morales de la gente, esta no es universal. Cualquiera que se haya mantenido despierto leyendo ‘Antropología 101' puede ofrecer muchísimos otros ejemplos.
Por supuesto, los idiomas también varían. En la teoría de Chomsky, los idiomas conforman un plano abstracto, como tener frases construidas con verbos y objetos, mientras que los detalles varían, como cuál debería ir primero, el verbo o el objeto. ¿Podemos recibir una hoja de especificaciones que incluya todas las ideas raras que son consideradas juicios morales por gente de culturas diferentes?

25 de febrero de 2008
13 de enero de 2008
©new york times
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el instinto moral 3


[Steven Pinker] Muchos temen que la moral sea un truco del cerebro. Razón y racionalización.
No es solamente el contenido de nuestros juicios morales el que es a menudo cuestionable, sino también el modo en que llegamos a ellos. Nos gusta creer que cuando tenemos una convicción, hay buenas razones que explican porqué la adoptamos. Por eso es que una vieja tendencia de la psicología moral, encabezada por Jean Piaget y Lawrence Kohlberg, trató de documentar los razonamientos que llevaban a la gente a sacar conclusiones morales. Pero consideremos antes las siguientes situaciones, diseñadas originalmente por el psicólogo Jonathan Haidt:

-Durante las vacaciones universitarias de verano, Julie viaja por Francia con su hermano Mark. Una noche deciden que sería interesante y divertido hacer el amor. Julie ya tomaba pastillas anticonceptivas, pero Mark usa un condón, para estar seguro. Los dos disfrutan del sexo, pero deciden no volver a hacerlo. Mantienen lo que ocurrió esa noche como un secreto especial, que los hace sentirse más cerca uno del otro. ¿Qué piensa sobre eso: estuvo bien que hicieran el amor?

-Una mujer está ordenando su armario y encuentra una vieja bandera estadounidense. Ya no quiere la bandera, así que la corta en pedazos y la usa para trapear el baño.

-El perro de la familia muere atropellado por un coche frente a su casa. Han oído que la carne de perro es deliciosa, así que cortan el cuerpo del perro y lo cocinan para la cena.

La mayoría de la gente declara inmediatamente que estos actos son malos y luego tratan de explicar porqué. No es fácil. En el caso de Julie y Mark, la gente plantea la posibilidad de que sus hijos pudieran nacer con taras, aunque se les recuerde que la pareja usó anticonceptivos. Sugieren que los hermanos podrían sufrir secuelas emocionales, pero la historia deja en claro que no las tuvieron. Dicen que su conducta podría ofender a la comunidad, pero luego recuerdan que la mantuvieron en secreto. Finalmente muchos admiten: "No sé, no puedo explicarlo. Simplemente sé que es malo". Haidt dice que la gente, en general, no razona sobre cuestiones morales, sino que confecciona racionalizaciones morales: empiezan con la conclusión, provocada por una emoción inconsciente, y luego avanzan retrospectivamente hacia una justificación plausible.
La brecha entre las creencias de la gente y sus justificaciones también se advierte en el nuevo cajón de arena favorito de los psicólogos morales, un experimento mental diseñado por los filósofos Philippa Foot y Judith Jarvis Thompson llamado el Dilema del Tranvía. En su paseo de la mañana ve a un tranvía precipitándose por los rieles, con el conductor desplomado sobre los controles. En la ruta del tranvía hay cinco hombres trabajando en los rieles, ignorantes del peligro. Usted está parado en la bifurcación del tranvía y puede mover la palanca que desviará al carro hacia un ramal, lo que salvará la vida de los cinco trabajadores. Desgraciadamente el tranvía arrollaría entonces a un operario que está trabajando en el ramal. ¿Es permisible empujar la palanca, matando a un hombre para salvar a cinco? Casi todo el mundo dice ‘sí'.
Consideremos ahora otra escena. Está en un puente que da sobre los rieles y ha divisado el tranvía desbocado acercándose hacia los cinco trabajadores. Ahora el único modo de parar al tranvía es arrojando un objeto pesado en su ruta. Y el único objeto pesado al alcance es un hombre gordo que está parado junto a usted. ¿Debería empujar al gordo? Ambos dilemas le ofrecen la opción de sacrificar a una vida para salvar a cinco, y así, según la norma utilitaria de lo que sería lo mejor para el bien de la mayoría, los dos dilemas son moralmente equivalentes. Pero la mayoría de la gente no lo ve de ese modo: aunque en el primer dilema jalarían la palanca, en el segundo no empujarían al gordo.
Cuando se les pregunta por qué, no dicen nada coherente, aunque los filósofos morales tampoco la han pasado muy bien describiendo una diferencia relevante.
Cuando los psicólogos dicen "la mayoría de la gente" normalmente quieren decir "la mayoría de las dos docenas de estudiantes de primer año que han rellenado el cuestionario para tener dinero con que comprar cerveza". Pero en este caso quiere decir la mayoría de las doscientas mil personas de cien países que compartieron sus intuiciones en un experimento en la red realizado por los psicólogos Fiery Cushman y Liane Young y el biólogo Marc Hauser. Se constató una diferencia entre la aceptabilidad de jalar la palanca y de empujar al gordo, y la incapacidad de justificar la opción, entre encuestados de Europa, Asia y Norte y Sudamérica; entre hombres y mujeres, blancos y negros, adolescentes y octogenarios, hindúes, musulmanes, budistas, cristianos, judíos y ateos; y entre gente con educación básica y gente con doctorados en filosofía.
Joshua Greene, filósofo y neurólogo cognitivo, sugiere que la evolución dotó a la gente con el rechazo innato a maltratar a personas inocentes. Este instinto, sugiere, tiende a superar cualquier cálculo utilitario sobre las vidas salvadas y perdidas. El impulso contra el maltrato hacia otro ser humano explicaría otros ejemplos en los que la gente desiste de matar a uno para salvar a muchos, como aplicar eutanasia a un paciente en un hospital para cosechar sus órganos y salvar la vida de pacientes moribundos que necesitan transplantes, o arrojar a alguien al agua para mantener a flote un bote salvavidas en alta mar.
En sí misma, esta no sería más que una historia posible, pero Greene se unió con el neurólogo cognitivo Jonathan Cohen y varios colegas de Princeton para escudriñar el cerebro de la gente utilizando una imagen de resonancia magnética funcional. Trataron de encontrar signos de conflicto entre áreas del cerebro asociadas con las emociones (las que rechazan dañar a una persona) y áreas dedicadas al análisis racional (las que calculan entre vidas salvadas y vidas perdidas).
Cuando la gente sopesó los dilemas que exigían matar a alguien con sus propias manos, se encendieron varias redes en su cerebro. Una, que incluye las partes medias (las que dan hacia dentro) de los lóbulos frontales, ha sido implicada en las emociones sobre los otros. Una segunda zona, la superficie dorsolateral (que da hacia afuera, arriba) de los lóbulos frontales, ha sido implicada en cálculos mentales permanentes (incluyendo razonamientos no morales, como decidir si llegar a algún lugar en tren o avión). Y una tercera región, la corteza cingulada anterior (una antigua franja evolucionaria que yace en la base de la superficie interior de los hemisferios cerebrales), registra un conflicto entre el impulso de una parte del cerebro y las recomendaciones que provienen de la otra.
Pero cuando la gente estaba sopesando el dilema, como dirigir el tranvía hacia el ramal con un solo trabajador, el cerebro reaccionó de manera diferente: sólo sobresalió el área implicada en los cálculos racionales. Otros estudios han mostrado que los pacientes neurológicos que tienen las emociones embotadas debido a daños en sus lóbulos frontales, se convierten en utilitaristas: piensan que es lógico empujar al gordo contra los rieles. Los hallazgos corroboran la teoría de Greene de que nuestras intuiciones no utilitarias provienen de la victoria del impulso emocional sobre el análisis de costos y beneficios.

24 de febrero de 2008
13 de enero de 2008
©new york times
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el instinto moral 2


[Steven Pinker] Muchos temen que la moral sea un truco del cerebro. El botón de los juicios morales.
El punto de partida para darse cuenta de que existe una parte distintiva de nuestra mente que está reservada a la moral, es estudiar cómo difieren los juicios morales de otro tipo de opiniones que nos formamos sobre cómo debe comportarse la gente. La moralización es un estado psicológico que se puede encender y apagar como un interruptor y cuando está encendido, un distintivo esquema mental dirige nuestro pensamiento. Es este esquema mental el que hace que consideremos ciertas acciones como inmorales ("matar es malo"), antes que solamente desagradables ("Odio las bruselitas"), anticuadas ("los pantalones acampanados pasaron de moda") o imprudentes ("no te rasques las picaduras de mosquitos").
La primera característica de los juicios morales es que las reglas que invocan son postuladas como universales. No se cree, por ejemplo, que las prohibiciones de la violación y el asesinato tengan sólo validez local, sino que son principios garantizados universal y objetivamente. Uno puede decir fácilmente: "No me gustan las bruselitas, pero no me importa si las comes", pero nadie podría decir: "No me gusta el asesinato, pero no me importa si matas a alguien".
La otra característica es que la gente piensa que aquellos que cometen actos inmorales merecen ser castigados. No sólo se permite infligir dolor a una persona que ha violado una regla moral; es malo "dejarles salirse con la suya'. La gente, por lo que se ve, no tiene problemas con invocar represalias divinas o el poder del estado para atacar a otras personas consideradas inmorales. Bertrand Russell escribió: "Cometer actos de crueldad en buena conciencia es un placer para los moralistas, por eso inventaron el infierno".
Todos sabemos lo que se siente cuando el botón de los juicios morales se enciende en nosotros: el fulgor de la rectitud, la ardiente indignación, el impulso de reclutar a otros para la causa. El psicólogo Paul Rozin ha estudiado el interruptor comparando dos tipos de personas que presentan la misma conducta pero con diferentes configuraciones. Los vegetarianos por razones de salud evitan la carne por razones prácticas, como bajar el colesterol y evitar las toxinas. Los vegetarianos por razones morales evitan la carne por razones éticas: para evitar ser cómplices del sufrimiento de los animales. Con su investigación sobre los sentimientos sobre el consumo de carne, Rozin mostró que los motivos morales desencadenan toda una cascada de opiniones. Es más probable que los vegetarianos morales traten la carne como un contaminante -por ejemplo, se niegan a comer un cuenco de sopa donde ha caído una gota de caldo de vacuno. Es más probable que piensen que los otros también deberían ser vegetarianos, y es más probable que atribuyan a sus hábitos de alimentación otras virtudes, como la creencia de que la evitación de la carne disminuye la agresividad de la gente y la pone menos bestial.
Gran parte de nuestra historia social reciente, incluyendo las guerras culturales entre liberales y conservadores, consiste en la moralización o amoralización de tipos específicos de conducta. Incluso cuando la gente está de acuerdo en que es deseable un resultado, no se ponen de acuerdo sobre si debería ser tratado como un asunto de preferencias y prudencia o como un asunto de virtudes y pecados. Rozin observa, por ejemplo, que últimamente se ha moralizado el hábito de fumar. Hasta hace poco, se pensaba que algunas personas que evitaban fumar lo hacían porque era nocivo para su salud. Pero con el descubrimiento de los efectos perjudiciales del hábito sobre los que no fuman, fumar es ahora considerado inmoral. Los fumadores son aislados; se prohíben imágenes de gente fumando; y los espacios tocados por el humo son considerados contaminados (así, los hoteles tienen no solamente cuartos para no fumadores, sino también plantas para no fumadores). El deseo de represalia también ha afectado a las tabacaleras, que han sido castigadas con asombrosas ‘indemnizaciones'.
Al mismo tiempo, se han amoralizado muchas conductas, pasando de defectos morales a opciones de estilos de vida. Incluyen el divorcio, la paternidad o maternidad no reconocida o fuera del matrimonio, ser una madre trabajadora, el uso de la marihuana y la homosexualidad. Muchos males han sido redefinidos para pasar de venganza a opciones erróneas y mala suerte. Antes había personas que eran llamadas ‘vagos' y ‘bribones'; hoy se les llama ‘gente sin casa'. La drogadicción es una ‘enfermedad'; la sífilis fue rebautizada y pasó de ser el precio a pagar por las conductas desvergonzadas a ‘enfermedad transmitida sexualmente' y, más recientemente, ‘infección transmitida sexualmente'.
Esta ola de amoralización ha conducido a que la derecha cultural se queje de que la moral misma está siendo atacada, como vemos en el grupo que se bautizó a sí mismo como la Mayoría Moral. De hecho, parece haber una Ley de la Preservación de la Moral, de modo que a medida que se van quitando conductas de la columna moral, se van agregando a ella otras nuevas. Decenas de cosas que las generaciones pasadas trataban como asuntos prácticos ahora son campos de batalla éticos, incluyendo los pañales desechables, los tests de inteligencia, las granjas avícolas, las muñecas Barbie y la investigación sobre el cáncer de mamas. La alimentación se ha convertido en un campo minado, con críticos que hacen sermones sobre el tamaño de los refrescos, la química de la gordura, la libertad de los pollos, el precio del café, las especies de peces y ahora la distancia que debe cubrir el alimento desde la granja al plato.
Muchas de estas moralizaciones, como el ataque contra los cigarrillos, pueden ser entendidas como tácticas prácticas para reducir algún mal identificado recientemente. Pero que una actividad empuje nuestros botones mentales a una configuración ‘moral' no tiene sólo que ver con el daño que causa. No despreciamos al hombre que se olvida de cambiar las pilas de la alarma de incendio o que lleva a su familia a vacaciones en la carretera, cosas ambas que multiplican los riesgos de que mueran en un accidente. Conducir una Hummer que malgasta combustible es reprochable, pero conducir un viejo Volvo igualmente despilfarrador, no lo es; comer un Big Mac es excesivo, pero comer queso importando o crème brûlée, no lo es. La razón de estas normas dobles es obvia: la gente tiende a modelar sus juicios morales sobre la base de sus propios estilos de vida.

21 de febrero de 2008
13 de enero de 2008
©new york times
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el instinto moral 1


[Steven Pinker] Muchos temen que la moral sea un truco del cerebro. ¿Para qué sirve?
¿Cuál de las siguientes personas diría usted que es la más admirable: la Madre Teresa, Bill Gates, o Norman Borlaug? ¿Y cuál cree usted es la menos admirable? Para la mayoría de la gente es una pregunta fácil. La Madre Teresa, famosa por cuidar a los miserables de Calcuta, ha sido beatificada por el Vaticano, galardonada con el Premio Nobel de la Paz y clasificada en una encuesta estadounidense como la persona más admirada del siglo 20. Bill Gates, de mala fama por habernos dado el clip bailarín de Microsoft y la azul pantalla de la muerte, ha visto su imagen decapitada y atacada con tartas en páginas web llamadas ‘Odio a Gates'. En cuanto a Norman Borlaug... ¿quién diablos es?
Sin embargo, una mirada más atenta le haría volver a pensar en sus respuestas. Borlaug, padre de la ‘revolución verde' que utilizó la agronomía para reducir el hambre en el mundo, ha sido reconocido por haber salvado mil millones de vidas, más que nadie en la historia. Gates, al decidir qué hacer con su fortuna, hizo sus cálculos y decidió que podría aliviar la miseria de muchos luchando contra azotes de todos los días en los países en desarrollo -azotes como la malaria, la diarrea y los parásitos. Madre Teresa, por su parte, exaltaba la virtud del sufrimiento y dirigía bien financiadas misiones de acuerdo a ese principio: a sus protegidos enfermos les ofrecía muchas oraciones, pero duras condiciones de vida, pocos analgésicos y una atención médica peligrosamente primitiva.
No es difícil ver por qué las reputaciones morales del trío se apartan tanto de las cosas buenas que han hecho. La Madre Teresa era la personificación misma de la santidad: vestida de blanco, de ojos tristes, ascética y a menudo fotografiada con los condenados de la Tierra. Gates es el más tragón de los tragalibros y el hombre más rico del mundo, y tiene tantas posibilidades de entrar al cielo como el proverbial camello de pasar por el ojo de una aguja. Y Borlaug, ahora de 93 años, es un agrónomo que ha pasado toda su vida en laboratorios y organizaciones sin fines de lucro, rara vez subiéndose al podio de los medios, y por tanto tampoco al de nuestra conciencia.
Dudo que estos ejemplos convenzan a alguien a favor de Bill Gates sobre Madre Teresa en cuanto a la santidad. Pero muestran que nuestras cabezas pueden ser atraídas por el aura de santidad, distrayéndonos de un apreciación más objetiva de las acciones que hacen que la gente sufra o prospere. Pareciera que todos somos vulnerables a las ilusiones morales del equivalente ético de las líneas curvas que engañan al ojo en las cajas de cereales y en los libros de texto de psicología. Las ilusiones son una herramienta de percepción favorita de los científicos para exponer el funcionamiento de los cinco sentidos, y de los filósofos para desmoronar la ingenua creencia de la gente de que nuestra mente es una ventana transparente hacia el mundo. Hoy, un nuevo campo está utilizando las ilusiones para desenmascarar un sexto sentido, el sentido moral. Las intuiciones morales están siendo extraídas de personas en laboratorios, en páginas web y en escáneres del cerebro, y están siendo explicadas con herramientas de la teoría del juego, la neurología y la biología evolucionista.
"Dos cosas llenan la mente con dos sentimientos siempre nuevos y crecientes -admiración y asombro-, cuando pensamos en ellas con más frecuencia y dedicación", escribió Immanuel Kant. "Esas cosas son el cielo estrellado arriba y la ley moral interior". En estos días la ley moral interior está siendo considerada con creciente asombro, si no siempre admiración. El sentido moral humano resulta ser un órgano de considerable complejidad, con caprichos que reflejan la historia de su evolución y sus fundamentos neurológicos.
Esos caprichos están destinados a complicar la condición humana. La moral no es solamente un viejo tema de la psicología, sino un tema que es central para nuestra concepción del sentido de la vida. La bondad moral funda la creencia en nuestro valor como seres humanos. La buscamos en nuestros amigos y parejas, la nutrimos en nuestros hijos, la proponemos en nuestras concepciones políticas y la justificamos con nuestras religiones. Consideramos el rechazo de la moral como responsable de los pecados de todos los días y las peores atrocidades de la historia. Para tener este peso, el concepto de moral debe ser más grande que todos y cada uno de nosotros, y sernos completamente externa.
Así que diseccionar nuestras intuiciones morales no es asunto de poca monta. Si la moral es apenas un truco del cerebro, como temen muchos, los motivos mismos para ser éticos empiezan a erosionarse. Sin embargo, como veremos, la ciencia de la moral puede ser vista como un modo de fortalecer esos cimientos o motivos, definiendo qué es lo ético y cómo debería orientar nuestras acciones.

18 de febrero de 2008
13 de enero de 2008
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banalidad del amor


[Osvaldo Bayer] Hanna Arend hizo la vista gorda con el filósofo nazi Heidegger, pero no con el verdugo Eichmann, que terminó en la horca. ¿Por qué? [Retrato de RosaLuxemburgo]
Bonn, Alemania Federal. Sí. Tal cual. En vez de ‘La banalidad de la maldad', como subtituló la ensayista judía Hanna Arendt su libro sobre Eichmann, se ha estrenado una obra teatral en Alemania que lleva por título ‘La banalidad del amor'. Y justo se refiere a la relación entre la misma Hanna Arendt con el filósofo alemán Martín Heidegger, quien en 1933 se afilió al partido nazi. Una relación que nadie –la mayoría– ha podido entender todavía. La autora de la obra de teatro también es judía, se llama Savyon Liebrecht y trata de interpretar en la obra de ficción esa relación entre dos personas tan distintas en sus ideologías. La obra se ha estrenado con un gran éxito de público. No es para menos.
Antes de morir, Hannah Arendt declaró: "Me siento elevada hasta hoy por Heidegger como ser pensante y como mujer". Sí, una escritora que describió como pocos la miseria absoluta de pensamiento del nazismo.
El comienzo de esa relación fue la del profesor con la alumna. Heidegger era ya, a los 35 años, en 1924, un profesor de filosofía cuyos libros habían comenzado a trascender en todo el mundo. Ella, de 17 años, era su alumna. Profesor y alumna pasaron muchas horas muy enamorados en una cabaña no muy lejana de la casa de Heidegger, quien era casado con dos hijos. La relación amorosa fue muy intensa entre 1924 y 1926, hasta que después ella se fue a estudiar a otra universidad. En 1929 Hanna se casó con el escritor Günther Anders. En 1933 ella comienza a hacer una labor muy intensa en defensa de los judíos alemanes y Heidegger se afilia al partido nazi y es elegido rector de la Universidad Albert-Ludwig.
La pregunta es: cómo un hombre de estudios y pensamientos tan profundos como Heidegger pudo apartarse tan profundamente de la ética. Nunca pidió disculpas a la humanidad por haber apoyado en ese momento a un régimen absolutamente racista y totalitario. Tal vez al quedar al desnudo su equivocación o su oportunismo podría haber declarado: sí, yo tal vez fui un genio pero no fui un sabio. Me dejé llevar por los entusiasmos (tal vez la mejor palabra sería oportunismo) de ese entonces pero no supe jugarme por los principios éticos que tienen que ser irrenunciables en todo momento, aunque sea ante el peligro de muerte, de cárcel, de pérdida de posición y más cuando se es un docente famoso. No, nunca se sintió culpable de nada.
Hanna Arendt fue presa por la Gestapo en 1933. En 1937 le fue quitada la ciudadanía alemana y finalmente emigró, primero a Francia y desde 1941 vivirá en Estados Unidos. Allí dedicó sus mejores horas a luchar contra el Holocausto y formó parte de la Reconstrucción Cultural Judía. Terminada la guerra, en 1950, Hanna volvió a visitar a Heidegger y mantuvo una nutrida correspondencia con él hasta que Heidegger murió en 1976. Además se preocupó para que los últimos libros de Heidegger se editaran en Estados Unidos y que las traducciones sean excelentes.
Pero claro, el tema no es sólo Heidegger, sino también Hanna Arendt. Ella, que vivió en carne propia toda la injusticia nazi y su total irracionalidad. Ella que asistió al juicio de Eichmann y supo describir en su libro toda la trivialidad de un asesino de masas, un autor de crímenes de lesa humanidad, pero al mismo tiempo un representante típico de un sistema al que adhirió su amado Heidegger. Cómo nos puede explicar ella que, después de la caída del nazismo, fue a visitarlo y no le pidió que reconociera públicamente haberse equivocado. No, sigue su amistad. Hanna Arendt se conforma tal vez con la única defensa de sí mismo que ensaya Heidegger: "Hitler me engañó, me traicionó". Un hombre de la inteligencia de Heidegger no puede dejarse engañar por un demagogo que ya en los años '20 basó su marcha hacia el poder con su injustificable racismo. Hanna Arendt escribirá muchos años después, buscando una interpretación, tal vez de Heidegger o tal vez de ella misma, lo siguiente: "Nosotros, que queremos honrar a los pensadores, y aunque nuestro lugar de residencia se encuentre en el centro del mundo, no podemos dejar de sentir como llamativo y al mismo tiempo enojoso que tanto Platón com Heidegger –cuando se referían a situaciones humanas– buscaran refugio en tiranos y ‘Führer'." A esa pasión ella la llamó deformation profesionelle. Y añade: "Esa inclinación hacia lo tiránico teóricamente puede adjudicárles a casi todos los grandes pensadores (Kant sería una gran excepción)". Citándolo a Heidegger continúa: "Muy pocos tenían la capacidad de asombrarse ante la sencillez... tomar ese asombro como lugar habitable... en estos pocos es últimamente igual hacia dónde nos llevan las tormentas del siglo. Porque el huracán que atraviesa el pensamiento de Heidegger –como aquel que todavía nos roza desde la voz de Platón– no tiene nada que ver con el siglo. Proviene de lo más antiguo y deja algo concluso que, como todo lo concluso, atañe al pasado".
Palabras... Para justificar a quien tal vez seguía siendo, en lo más recóndito, su amor de adolescente. O para justificarse a sí misma. Por qué para un apenas lacayo de cuarta como Eichmann, la pena de la horca, y a Heidegger, la comprensión dentro de la crítica rebuscadamente filosófica. Para Eichmann, el ejecutor, nada más que la soga al cuello. Para Heidegger –que dio el ejemplo en 1933 de afiliarse al partido nazi y así influenciar a sus miles de alumnos y de lectores en su tierra y en el mundo entero–, a él nada más que explicar todo como "una deformación profesional". ¿Es banal el amor o son banales los que justifican todo a través del amor? Una pregunta difícil de contestar. Ni el amor es banal ni la maldad es banal, aunque muchos se comportan en forma banal con expresiones profundas. (Esto no implica ninguna crítica a los títulos de la obra de Hannah Arendt ni a la obra teatral de Savyon Liebrecht, al contrario, son títulos mordaces que hacen pensar.)
Hanna Arendt escribirá en 1949 que para ella los dos más grandes filósofos de su época fueron Heidegger y Jaspers. La pregunta es: ¿a la humanidad y al propio Heidegger les sirvió de algo en la vida ser "grande", cuando se falta tan profundamente a la ética?
Pero en esa misma Alemania se demuestra lo que es la verdadera conducta ética. El 15 de enero concurrieron más de setenta mil personas (cálculo del diario principal de Berlín, Tagespiegel) a llevar claveles rojos a la tumba de Rosa Luxemburgo, a 89 años de su cobarde asesinato por militares en Berlín. Se repite así un homenaje que se cumple todos los años. No hay figura que se recuerde así, en ninguna parte del mundo. Ni grandes pensadores, ni héroes históricos, ni políticos. Es un increíble ejemplo de respeto, recuerdo y admiración por la obra y la ética de esa mujer. Sus profundos escritos acerca de cómo el mundo debía luchar por un sistema definitivo que trajera la paz eterna y terminara con las injusticias sociales deberían ser lectura en todos los últimos años de los colegios secundarios y de las universidades, y tema preferido en centros culturales. Fue pacifista y por su lucha estuvo presa en las cárceles del Kaiser casi los cuatro años de la Primera Guerra Mundial. Fue en ese tiempo fundadora del Grupo Internacional Antimilitarista. Propuso siempre la solidaridad internacional de los trabajadores y por eso sostenía que ningún trabajador alemán debía apretar el gatillo contra un trabajador francés o de cualquier otra nación. Cuando, pese a su lucha, se declaró la guerra, dijo: "Cuando escuché la noticia, pensé en suicidarme. Me di cuenta de que había vencido el oportunismo". Ese oportunismo e irracionalidad que costó la muerte de miles de jóvenes. Rosa estaba contra la violencia y señalaba que el arma fundamental para la revolución obrera debía ser la huelga general. Fue una luchadora contra la pena de muerte. Y defendía la Libertad como un fundamento absoluto de la sociedad. Su frase que más trascendió en la historia fue: "Libertad es siempre la Libertad del que piensa distinto". Durante la revolución alemana, el 15 de enero de 1919, fue detenida en el hotel Eden, y en la puerta misma el suboficial Runge le dará un culatazo en la cabeza y luego será asesinada por el teniente Souchon, que le pegó un tiro en la sien. Terminaba así esa cabeza que tantos principios profundos enseñó a la humanidad.
En el recordatorio del martes pasado, ante su tumba, se vio a jóvenes y viejos con lágrimas en los ojos. Su tumba quedó cubierta totalmente por claveles rojos que llevaron cada uno de los asistentes. Un diario tituló el acto así: "El día en que faltaron claveles rojos en Berlín". Y se escucharon las viejas canciones obreras de siglos pasados.
Un ejemplo. Es curioso: los héroes de la sociedad en sus monumentos no son recordados, amén de algún acto oficial cada cincuentenario de su muerte. Pero a Rosa Luxemburgo la recuerdan como a nadie, año tras año, después del espantoso y cobarde crimen.
Que tengan esto en cuenta todos aquellos que aman el poder por el poder mismo. La historia va filtrando y sólo quedan aquellos que dieron sus vidas por esa palabra con la que comenzamos: la Ética, que es siempre el no rotundo a la muerte y el firme sí a la Vida.
No hay amores banales, como tampoco hay crímenes banales.

19 de enero de 2008
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