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filosofía

ha muerto un mendigo


Peter Altenberg, poeta, pensador, humorista, crítico cultural, pedagogo, bohemio, nudista y mendigo, aunque la etiqueta que mejor le cuadraba era la de santo.
[Juan Forn] Los dos hombres de la foto son Adolf Loos y Peter Altenberg. Loos, el más joven, el de impecable sombrero, fue el gran arquitecto-artista de Viena, en aquellos tiempos en que Viena se creía no sólo la capital del mundo, sino el Olimpo y Babilonia a la vez. Loos, dice la leyenda, fue quien convocó y pagó al fotógrafo para tener el resto de su vida este retrato junto al hombre que más admiraba en Viena. En ese entonces vivían en Viena Freud, Wittgenstein, Schoenberg, Klimt, Musil, Joseph Roth, Kokoshka, Alban Berg y el ígneo Karl Kraus (que hacía temblar la ciudad cada semana con su periódico Die Fackel, del cual dice Elias Canetti en sus memorias que "abría los oídos de tal manera que después ya no se podía no escuchar"), pero el hombre que Adolf Loos más admiraba en toda Viena era este viejito llamado Peter Altenberg, definido a lo largo de su vida como poeta, pensador, humorista, crítico cultural, pedagogo, bohemio, nudista y mendigo, aunque la etiqueta que mejor le cuadraba, dicen, era la de excéntrico, o la de sabio, o la de santo.
Entendámonos: las personas favoritas de Peter Altenberg eran los cocheros y las putas (él aclaraba: "Las putillas buenas y los cocheros que saben escuchar"). Se lo define como santo en el sentido en que Joseph Roth definía a su Santo Bebedor: el que logra merecer "una liviana y honrosa muerte al cabo de su vida". De hecho, cuando Altenberg murió, el mismísimo Karl Kraus lo despidió diciendo: "Ha muerto un mendigo. ¡Qué pobres somos!". Y Soma Morgenstern escribió en su necrológica para el Frankfurter Zeitung: "Peter Altenberg era un sabio porque tenía comprensión para todos los placeres y todos los vicios de este mundo".
Altenberg había nacido en el seno de una familia judía acomodada de Viena (léase, fue bautizado y luego educado en el culto a la hipocresía católica y a la superioridad teutónica). Uno de sus maestros de escuela lo definió como "un genio sin cualidades". Dejó los estudios después de que lo reprobaran en un examen en que debía explayarse sobre "La influencia del Nuevo Mundo" y él se limitó a escribir la palabra papas en la hoja de examen. A los dieciocho años, un psiquiatra contratado por su padre le diagnosticó una "sobreexcitación del sistema nervioso" que lo hacía técnicamente incapaz para cualquier empleo. El joven tomó el diagnóstico al pie de la letra. Cambió su nombre de nacimiento (Richard Englander) a Peter Altenberg para salvar el honor familiar y se sumergió en la bohemia: su dirección postal a partir de entonces hasta el día de su muerte, cuarenta años después, fue sencillamente "Café Central, Viena".
Antes de hacerse conocido como escritor (publicó trece libros, todos de prosas breves, que él definía como "telegramas del alma"), fue un pionero de la ropa informal (él mismo adaptaba a su gusto la ropa usada que le regalaban), del uso de sandalias en la ciudad (los nudistas hicieron suyo el epigrama de Altenberg: "Un pie hermoso es más bello que un zapato hermoso") y de las tarjetas postales (cada vez que se topaba con una putilla o bailarina especialmente angelical, la hacía fotografiar, en el reverso del retrato escribía uno de sus aforismos y lo enviaba por correo a alguno de sus innumerables amigos). Dormía de día y brillaba de noche. Cobraba por sus reflexiones en su recorrida nocturna por los cafés, y así pagaba sus tragos y el hotel por horas donde dormía durante el día. Todo lo hacía con esa inocencia y bondad que se suele asociar con la infancia o la santidad. Una o dos veces debieron internarlo en el manicomio de Steinhof. La primera vez lo rescataron Loos y Kraus para llevárselo a Venecia (la única vez que salió de Austria). Allí vieron caminando por el Lido al gran Georg Trakl, en el verano de 1913. Altenberg se le acercó y conversaron en susurros durante largo rato. Nunca se supo qué le dijo uno al otro, pero los dos volverían a ser internados y Trakl se suicidaría en el manicomio.
La afinidad de Altenberg por lo austero terminó de fraguar el día en que asistió a la gran exposición imperial sobre el arte del Japón. Al salir escribió: "Los japoneses pintan una rama en flor y logran retratar la primavera. En todos los ampulosos paisajes primaverales de nuestros pintores, en cambio, a duras penas hay una rama verdaderamente florecida". Aunque predicaba el nudismo, el vegetarianismo y la vida en la naturaleza, Altenberg bebía y comía como un buey (jamás rechazaba una invitación) y nunca pudo vivir fuera de Viena. También eso, decía, era parte de su ética antiburguesa y antiutilitarista. A quienes lo acusaban de impostor, les contestaba angélicamente: "Mi máscara es mi verdad".
Pero mi detalle favorito de Peter Altenberg es su relación con el dinero. El dramaturgo Arthur Schnitzler se lo cruzó por la calle una tarde y, como hacía siempre, lo invitó a cenar, sólo que en el camino al restaurant descubrió que había dejado la billetera en casa. "No te preocupes", le dijo Altenberg. "Tú me invitas pero pago yo", y sacó de su bolsillo un puñado de billetes arrugados. En una antología de miscelánea vienesa se reproduce el facsimilar de un telegrama enviado por Altenberg a su hermano empresario Georg Englander. Dice: "Querido hermano, manda enseguida cien coronas. He puesto todos los ahorros en el banco y estoy ante la nada". A la muerte de Altenberg, en 1919, se abrió su testamento y se descubrió que dejaba una cuantiosa suma a repartir entre los cocheros y las putas que paraban en la esquina del Hotel London de la Wallnerstrasse, sólo que esa cuantiosa suma estaba en coronas austríacas de antes de la guerra: un dinero que no valía nada, como el propio Peter Altenberg supo entender antes que nadie.

7 de enero de 2009
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lévi-strauss cumple cien años


Rinden tributo a antropólogo Claude Lévi-Strauss con ocasión de sus cien años.
[Steven Erlanger] París, Francia. Claude Lévi-Strauss, que cambió la manera en que los occidentales miran a otras civilizaciones cumplió cien años el viernes y Francia lo celebró con películas, charlas y entrada libre al museo inspirado por él, el Musée du Quai Branly.
Lévi-Strauss es querido en Francia y es un recordatorio adicional de la significación cultural del país en un año en que otro francés, Jean-Marie Gustave Le Clézio recibió el Premio Nobel de Literatura.
Lévi-Strauss se hizo famoso tempranamente, pero con su libro de 1955, ‘Tristes trópicos’, una especie de meditación antropológica basada en sus viajes en Brasil y otros lugares en los años treinta, se convirtió en un tesoro nacional de un tipo especialmente francés. El jurado del Prix Goncourt, el premio literario más famoso de Francia, dijo que si ‘Tristes trópicos’ hubiese sido un libro de ficción, le habrían otorgado el premio.
Lévi-Strauss, de origen judío y nacido en Bruselas, escapó de Francia después de la capitulación ante los nazis en 1940. Pasó los siguientes ocho años en Estados Unidos, donde enseñó en la Nueva Escuela para la Investigación Social en Nueva York y fue influido por renombrados antropólogos, como Franz Boas, que enseñaba en Columbia.
El viernes, la culminación de varios días de celebración, no hubo notas discordantes. En el Quai Branly, cien académicos y escritores leyeron o dieron charlas sobre el trabajo de Lévi-Strauss, mientras se proyectaban documentales sobre él y se organizaban visitas guiadas a las colecciones, que incluían algunos de sus propios artefactos favoritos.
Stéphane Martin, presidente del museo, dijo en una entrevista que Lévi-Strauss fue él mismo un importante coleccionista, y cuando visitó por primera vez el nuevo museo, en 2006, "recordaba varias piezas y se quejó de que había tenido que venderlas para pagar un divorcio".
Martin, junto con la ministro de cultura de Francia, Christine Albanel, y la ministro de educación superior e investigación, Valérie Pécresse, presidieron la inauguración de una placa en el frontis del teatro del museo, que se llama Lévi-Strauss, que no asistió a las festividades. Pécresse anunció un nuevo premio anual de cien mil euros (unos 127 mil dólares) en su nombre para algún investigador de ciencias humanas que trabaje en Francia. El presidente Nicolás Sarkozy visitó a Lévi-Strauss el viernes noche en su casa.

Roger-Pol Droit, un filósofo que leyó de ‘Tristes trópicos’, dijo que "me habría encantado leer algún texto de Lévi-Strauss que dijera ‘Odio los cumpleaños y las conmemoraciones’, tal como empezó ‘Tristes trópicos’ diciendo ‘Odio los viajes y los exploradores’".
"Es todo parte del intento convertirlo en un mito", dijo Droit, "porque eso es lo que hacemos en nuestra época".
El museo fue el gran proyecto del ex presidente Jacques Chirac, que adoraba la antropología y acogió la idea de un coloquio de las civilizaciones en contraste con la calidad académica del antiguo Museo del Hombre, que Philippe Descola, presidente del departamento de antropología en el Colegio de Francia, describió como un "cascarón vacío, llena de artefactos, pero muertos para sí mismos".
El nuevo museo, que recibe 1.3 millones de visitantes al año, fue una especie de homenaje a Lévi-Strauss, que "lo bendijo desde el principio", dijo Descola, y fue una voz importante de apoyo de una idea bastante criticada y politizada.
En 1996, cuando se le preguntó su opinión sobre el proyecto, Lévi-Strauss dijo en una carta manuscrita a Chirac: "Toma en cuenta la evolución del mundo desde la creación del Museo del Hombre. Un museo etnográfico ya no puede, como en esa época, ofrecer una visión auténtica de estas sociedades tan diferentes de las nuestras. Con quizás algunas excepciones que no durarán demasiado, estas sociedades se están integrando progresivamente en la política y la economía mundiales. Cuando veo los objetos que coleccioné en el campo entre 1935 y 1938 -y también es verdad de otros- , sé que su relevancia se ha convertido en documental o, en general, estética".
El edificio es sorprendente y controvertido, imponiendo las ideas del arquitecto estrella Jean Nouvel sobre la organización de los espacios. Pero Martin dice que está trabajando bien para el museo, cuyos maravillosos objetos -"frágiles flores de diferencia", como los llamó Lévi-Strauss a menudo- pueden ser vistos en varios niveles de estética y serios estudios. Son presentados como objetos de gran belleza; cuentan con textos explicativos, contando a los visitantes no sólo lo que son, sino también qué significaban cuando fueron creados.

El jueves, de mediodía a medianoche, ARTE, el canal de televisión cultural germano-francés, dedicó su programación exclusivamente a Lévi-Strauss, con documentales, películas y entrevistas con él y con aquellos inspirados o influidos por su obra, incluyendo al novelista Michel Tournier.
La Academia Francesa, que rige el francés y eligió a Lévi-Strauss en 1973, honrándole con lo que su secretario permanente, Hélène Carrère d’Encausse, llamó "una gran ocasión y quizás sobre todo un ‘celebración familiar’".
El martes hubo un coloquio de todo un día en el Colegio de Francia, donde Lévi-Strauss enseñaba. Descola dijo que se realizaron celebraciones del centenario en al menos veinticinco países.
"La gente se da cuenta de que es uno de los grandes héroes intelectuales del siglo veinte", dijo en una entrevista. "Su filosofía es una de las más complejas del siglo veinte, y es difícil trasladar su prosa y su pensamiento al inglés. Pero le dio a la antropología un objeto apropiado: no simplemente como estudio de la naturaleza humana, sino un estudio sistemático de la variedad de prácticas culturales, de cómo se organizan sistemáticamente las diferencias culturales".
Levi-Strauss tomó la diferencia como la base de su estudio, no la búsqueda de lo común, que definió a la antropología del siglo diecinueve, dijo Descola. En otras palabras, analizó las culturas en sus propios términos antes que tratar de relacionarlas con el Occidente.
Descola, 59, dijo que tenía diecisiete años cuando leyó ‘Tristes trópicos’ y "dejó en mí una marca indeleble".
"No puedo decir que decidí en ese momento llegar a ser antropólogo", dijo. "Pero sí llegar a ser un hombre como él".
Uno de los aspectos más notables de Quai Branly en su arquitectura paisajista, diseñada por Gilles Clément para reflejar el espíritu explorador de Lévi-Strauss. Clément trató de crear un "jardín no occidental", dijo en una entrevista, "con el espíritu de la sabana", donde viven la mayoría de las civilizaciones animistas cuyas artefactos rellenan el museo mismo.
Trató de pensar con símbolos de la cosmología de estas civilizaciones, sus sistemas de dioses y creencias, que también animan su agricultura y sus jardines. El jardín aquí utiliza el símbolo de la tortuga, sin reflejarla literalmente, "sino en la forma oval que se ve a menudo", dijo Clément.
"La tortura se encuentra en todas partes", dijo. "Es un animal que vive un largo tiempo, así que representa una suerte de consuelo, o quizás de lo eterno".
Lévi-Strauss "es muy importante para mí", dijo Clément, agregando: "Con su interés en poblaciones que eran desdeñadas en el pasado, representa una visión extremadamente subversiva. Prestó cuidadosa atención, no turísticamente sino profundamente, a los seres humanos en la Tierra que piensan diferente de nosotros. Es el respecto por los otros lo que es muy fuerte y muy emotivo. Él sabía que la diversidad cultural es necesaria para la creatividad cultural, para el futuro".

Basil Katz contribuyó a este reportaje.

29 de noviembre de 2008
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murió marilyn ferguson


La escritora de ‘La conspiración de Acuario’ [The Aquarian Conspiracy], que fue fundamental para el movimiento Nueva Era. A los 70.
[Elaine Woo] El 19 de octubre murió en su casa, en Banning, Marilyn Ferguson, la autora del éxito de ventas de 1980, ‘La conspiración de Acuario’, que ejerció una estimulante influencia sobre una veintena de grupos alternativos que cristalizaron en el movimiento Nueva Era.
Se cree que la causa fue un ataque al corazón, dijo su hijo, Eric, del adyacente condado de Ciudad de Beaumont.
Ferguson convirtió un interés en el potencial humano en un influyente boletín mensual, Brain/Mind Bulletin, que informaba sobre nuevos descubrimientos en neurología y psicología. Ese trabajo la llevó a darse cuenta de que estaba ocurriendo una masiva ‘reordenación cultural’, una conspiración de fuerzas disparatadas, unidas para producir cambios personales y sociales.
‘La conspiración de Acuario’ fue el primer análisis comprehensivo de desarrollos aparentemente desconectados -científicos que investigan la biorretroalimentación, parteras dirigiendo maternidades alternativas, políticos fomentando el gobierno creativo, evangélicos promoviendo la meditación, un astronauta explorando los estados alterados de conciencia- que ‘conspiraban’ en su alejamiento de las prácticas y creencias occidentales en medicina, psicología, espiritualidad, política y otros campos.
El mensaje del libro era optimista. "Después de una época oscura y violenta, la era pisciana, ahora estamos entrando al milenio del amor y la luz -según la letra de la popular canción ‘The Age of Aquarius’, la época de la ‘verdadera liberación mental’", escribió Ferguson. Los acuarianos, en su definición, eran personas que buscaban una revolución en la conciencia, para "escapar de la prisión de nuestro condicionamiento, para amar, para volver a casa. Para conspirar unos con otros y por todos nosotros".
Algunos críticos rechazaron sus puntos de vista por simplistas. R.C. Bealer escribió en la revista Science Books & Films que Ferguson ofrecía "la hipérbole de la pregonera del pensamiento positivo".
Otros la acusaron de socavar el cristianismo por acoger religiones alternativas. El libro fue un blanco favorito de Lyndon LaRouche, el político extremista cuyos seguidores realizaron protestas contra el libro y lo calificaron como "reto al sentido de realidad del país".
Pero a medida que las actividades de las que llevaba la crónica se desplazaron desde los márgenes de la sociedad hacia su centro, Ferguson conquistó una reconocida influencia. Su libro se convirtió en "la definición más comúnmente aceptada de los ideales y metas del movimiento", escribió J. Gordon Melton en la New Age Encyclopedia.
"Marilyn Ferguson fue una importantísima comunicadora y constructora de redes para todo el movimiento" para crear una conciencia alternativa, dijo la semana pasada Fritjof Capra, el físico de Berkeley e importante figura del movimiento Nueva Era que escribió ‘El tao de la física’ [The Tao of Physics]. El libro de Capra, de 1975, nutrió la nueva ideología mostrando paralelos entre la física moderna y el misticismo oriental.
Ferguson se crió en circunstancias modestas en Grand Junction, Colorado, donde nació el 5 de abril de 1938. Su padre era albañil, y concertista de piano; su madre era ama de casa hasta que puso una tienda de antigüedades.
Ferguson asistió al Mesa College en Colorado durante dos años y estudió un año en la Universidad de Colorado antes de iniciarse como escritora independiente. Su primer libro, ‘Champagne Living on a Beer Budget’ (1968), ofrecía consejos económicos y lo escribió con su marido de entonces, Michael Ferguson. También escribió cuentos y poemas que fueron publicados en revistas de mujeres como Cosmopolitan y Mademoiselle.
Después de mudarse a Los Angeles en 1968, empezó a estudiar psicología y a recopilar información sobre la que se basó para su siguiente libro, ‘La revolución del cerebro’ [The Brain Revolution], que comentaba las últimas investigaciones en temas como la hipnosis, la meditación, la percepción extrasensorial, la memoria y la genética. Ella misma empezó a practicar la meditación transcendental.
A medida que ampliaba sus contactos con otros participantes en prácticas similares, se fue convirtiendo en un centro de referencia para "todo, desde actitudes más humanas hasta la medicina holística", dijo al Times en 1980.
Empezó a publicar el Brain/Mind Bulletin, que en su apogeo tuvo una ecléctica audiencia de unos diez mil subscriptores, entre los cuales se encontraban académicos, celebridades y encargados de pizzerías. Durante veintiún años, cuando cesó su publicación en 1996, compiló noticias de revistas y conferencias y presentó entrevistas con personajes de vanguardia, incluyendo a Capra.
"Fue una tremenda ayuda, porque unía a la gente y nos informaba sobre lo que hacían los demás", dijo Capra. "El principal logro de Marilyn Ferguson -y fue un tremendo logro- fue que ella mantuvo esta red de la cultura alternativa y el movimiento Nueva Era mucho antes de que hubiera internet".
Otro subscriptor era el editor Jeremy Tarcher, que se especializaba en libros sobre salud, filosofía y el potencial humano. Le fascinaban sus reportajes. "Llamé a Marilyn y le pregunté: ‘¿Qué otra cosa tienes?’", recordó Tarcher. "Me dijo: ‘Recibí un folleto, pero no sé qué puedo hacer con él’".
Tarcher recuerda claramente cómo reaccionó cuando le mostró las informaciones que había recolectado: Empezó a llorar.
"Tuve uno de esos momentos de epifanía cuando sientes que estás oyendo o leyendo algo que te va a servir de guía durante un período importante de tu vida", dijo. "Eso no le pasa a los editores todos los días".
Después de convertir esas notas en ‘La conspiración de Acuario’, los lectores compartieron con ella una reacción similar. Recibió miles de cartas de personas que se sintieron aliviadas al descubrir que también otros compartían su pasión por el sufismo, diarios de sueños, el rolfing y la solución del hambre en el mundo. Su reacción más común, dijo en 1984 al Christian Science Monitor, fue: "Gracias a Dios que escribió ese libro. Pensé que estaba loco, hasta que lo leí".
Cuando empezó a recorrer el mundo dictando charlas, encontró lectores leales en un impresionante rango de actividades. Como dijo al Boston Globe en 1988, una noche se dirigió a quinientas mujeres de campo en Alberta, Canadá, y al día siguiente dictó una charla ante los miembros del Congreso. Al Gore era un fan de su libro e invitó a Ferguson a la Casa Blanca, dijo su hijo.
Ferguson vivió en Los Angeles durante 37 años, hasta 2005, cuando se mudó a San Bernardino. Ese año también publicó la continuación de ‘La conspiración de Acuario’, titulada ‘El mundo de Acuario hoy’ [Aquarius Now]". Más tarde se mudó a Banning, para estar más cerca de su hijo.
Le sobreviven dos hijas, Kris Ferguson, de Los Angeles, y Lynn Lewis, de Oakland; y seis nietos.

7 de noviembre de 2008
2 de noviembre de 2008
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doctrina del shock


Naomi klein habla de la doctrina del shock, el libro que presenta hoy. Su libro busca demostrar cómo el capitalismo emplea la violencia y el terror contra el individuo y la sociedad. Además de presentarse en la Rural, Klein filma en Buenos Aires un documental junto a Avi Lewis y Michael Winterbottom.
[Silvina Friera] Argentina. La musa de la antiglobalización, que vendió más de un millón de ejemplares en todo el mundo con ‘No logo’, llama la atención de los hombres. En el hotel céntrico donde se aloja, no es una turista más; camina con la familiaridad de quien conoce el terreno que pisa, se siente "como en casa" en esta ciudad en la que vivió durante 2002. Elegante y cuidadosa de su imagen –para sus encuentros con la prensa contó con la ayuda de maquilladora y coiffeur–, Naomi Klein se toma con humor su regreso al país. Cuando llegó, el sábado pasado, la densa nube de humo que cubría la ciudad impidió que el avión aterrizara inmediatamente en Ezeiza. "Prefiero la otra Argentina, en la que había fuego por la política, y no ésta, que me sofocó de entrada con tanto humo", bromea la periodista canadiense, que hoy a las 19.30 presentará en la Feria su último libro, ‘La doctrina del shock’ (Paidós), que bien podría definirse como "la historia no oficial del libre mercado". En este trabajo de investigación de más de 600 páginas, Klein demuestra cómo el capitalismo emplea constantemente la violencia y el terror contra el individuo y la sociedad.
Nieta de un sindicalista de la empresa Disney e hija de una pareja formada por una artista feminista y un objetor de la guerra de Vietnam que huyó a Canadá, seguidora entusiasta de Eduardo Galeano, John Berger y Susan Sontag, Klein no vino sola a la Argentina. Además de su marido, Avi Lewis, con quien realizó el documental La toma, sobre los obreros de Bruckman y Zanon, la acompaña el cineasta británico Michael Winterbottom, con quien filmará un documental sobre La doctrina del shock en Buenos Aires, donde encontró la materia prima de su último libro. "Acá tomé lecciones de historia simplemente caminando y hablando con amigos por las calles. Fue el período donde más aprendí en poco tiempo, fue una experiencia muy intensa, porque ellos cambiaron la forma en que veía el mundo", recuerda la periodista en la entrevista con Página/12. Esos amigos –Marta Dillon, Claudia Acuña, Silvia Delfino y Sergio Ciancaglini, entre otros– le contaron de las sangrientas raíces del proyecto de la Escuela de Chicago, comandada por Milton Friedman, "el hombre de la libertad", según The Wall Street, y compartieron sus propios recuerdos y tragedias personales con Klein.
Gran gurú del movimiento a favor del capitalismo de libre mercado, Friedman fue el responsable de crear "la hoja de ruta de la economía global, contemporánea e hipermóvil en la que hoy vivimos", plantea Klein. Durante más de tres décadas, el economista de Chicago y sus poderosos seguidores esperaron a que se produjera una crisis de primer orden o estado de shock para vender al mejor postor los pedazos de la red estatal a los agentes privados. "Algunas personas almacenan latas y agua en caso de desastre o terremotos; los discípulos de Friedman almacenan un montón de ideas de libre mercado", ironiza la autora. Friedman aprendió lo importante que era aprovechar una crisis o estado de shock a gran escala durante la década del setenta, cuando fue asesor del dictador chileno Augusto Pinochet.
Si las privatizaciones, la desregulación gubernamental y los recortes en el gasto social solían ser impopulares entre la gente, "pero con el establecimiento de acuerdos firmados y una parafernalia, oficial, al menos se sostenía el pretexto del consentimiento mutuo entre los gobiernos que negociaban, así como una ilusión de consenso entre los supuestos expertos", ahora, el mismo programa ideológico "se imponía mediante las peores condiciones coercitivas posibles: la ocupación militar de una potencia extranjera después de una invasión o inmediatamente después de una catástrofe natural de gran magnitud". Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, "ya no tenían que preguntar al resto del mundo si deseaban la versión estadounidense del ‘libre mercado y la democracia’; ya podían imponerla mediante el poder militar y su doctrina de shock y conmoción", afirma Klein. "La administración Bush aprovechó la oportunidad generada por el miedo a los ataques para lanzar la guerra contra el terror, pero también para garantizar el desarrollo de una industria exclusivamente dedicada a los beneficios, un nuevo sector en crecimiento que insufló renovadas fuerzas en la debilitada economía estadounidense." Aunque Friedman declaró que su propuesta era liberar al mercado de la tenaza estatal, Klein advierte que las elites políticas y empresariales sencillamente se han fusionado, "intercambiando favores para garantizar su derecho a apropiarse, desde los campos petrolíferos de Rusia, pasando por las tierras colectivas chinas, hasta los contratos de reconstrucción otorgados para Irak". La periodista canadiense repasa, en esta exhaustiva investigación, cómo en Chile, Irak, Sudáfrica, Argentina y China la tortura ha sido el socio silencioso de la cruzada por la libertad de mercado global.

Política y Economía
¿Por qué no es frecuente que se relacione, como usted hace en el libro, al neoliberalismo con la violencia y las torturas?

Creo que por muchas razones, pero la principal es que la historia la contaron los ganadores y, como toda historia de ganadores, está narrada de una manera "muy limpia" y triunfante. Si pensamos en Chile, teníamos a los Chicago Boys, que eran financiados por la fundación Ford. Cuando se los cuestionaba por las violaciones a los derechos humanos llevadas a cabo por Pinochet, ellos decían que eran técnicos, que no tenían nada que ver con esa situación. El principal financista de los grupos de derechos humanos en Chile también era la Fundación Ford, y estos grupos decían que sólo les interesaba que se respetara la ley, que no les interesaba ni la política ni la economía. La Fundación Ford trataba de asegurar que política y economía nunca se entrelazaran. No se relacionaba el neoliberalismo y la tortura por la tiranía de la especialización, abogados por un lado y economistas por el otro que sólo se ocupaban de sus disciplinas. Pero si leemos a Rodolfo Walsh o a Eduardo Galeano, nos encontramos con un análisis completo e integral de la situación.

El material del libro, sobre todo la parte en la que recuerda los experimentos de electroshocks en pacientes psiquiátricos financiados por la CIA en la década del 50, resulta bastante desesperanzador. ¿Encuentra alternativas?
Entiendo por qué el material del libro es un tanto deprimente cuando uno lo lee, incluso yo misma me deprimí un poco en algunas instancias (risas). Pero el libro expresa un acto prometedor. Justamente a partir de mi experiencia en la Argentina me di cuenta de la importancia de la memoria histórica para poder resistir y de alguna manera veo al libro como una contribución a la memoria colectiva. Hay una luz de esperanza porque cuando el neoliberalismo falla surge un nuevo espíritu que nos revela una alternativa. Una de las cosas que me hace tener esperanzas es que veo un cambio político en Estados Unidos; cada vez observo cómo más personas están resistiendo y levantándose contra el corporativismo. Y esto es muy nuevo, porque durante mucho tiempo de lo único que se hablaba era de Bush y de su incompetencia.

¿El contexto electoral norteamericano está vinculado con este cambio que percibe?
En realidad, la situación electoral lo único que hace es tirarnos hacia atrás. De alguna manera, los movimientos antiglobalización, las protestas de Seattle, que surgieron a fines de los ’90, marcaron un cambio a la hora de hablar del neoliberalismo y el corporativismo. La era Bush y la era del 11 de septiembre con la guerra del terror eclipsaron todas las otras cuestiones políticas, lo cual generó una gran pérdida de conciencia de la situación. Pero después se vivió una especie de coletazo contra Bush, no tanto en cuanto a su agenda política o económica, sino más hacia su persona. Pero por suerte estamos una vez más enfocados hacia la mecánica misma del poder. Hay dos millones de personas que están perdiendo sus hogares mientras el gobierno está preocupado por rescatar a Wall Street. Si uno se fija quiénes están financiando las campañas de Hillary Clinton y Obama, son el Citibank y JP Morgan. Es la primera vez en catorce años que los demócratas obtienen más dinero de los fabricantes de armas que los republicanos. Hillary Clinton ha obtenido más financiación de las compañías de defensa que la que obtuvo John McCain. Ni Clinton ni Obama están aprovechando este gran momento de radicalización que se está viviendo en la sociedad, ninguno tiene planes concretos para retirarse de Irak. Al contrario, quieren mantener la zona verde, que de alguna manera es una ocupación. Obama dijo la semana pasada que el pueblo norteamericano era amargo, que no tenía mucho sentido del humor, y en realidad tiene razón, porque la gente está cansada y furiosa.

En el libro se percibe una defensa importante de Keynes. ¿Una alternativa sería recuperar la figura de un Estado más fuerte que regule la economía?
No veo el libro sólo como una defensa del keynesianismo. Creo que es importante entender que el keynesianismo era una conciliación: el New Deal se logró por el masivo movimiento de los socialistas y de los sindicatos, pero no fue suficiente, no fue más allá. No me parece que plantee que la alternativa sea volver al keynesianismo. Estoy a favor de la descentralización, del cooperativismo; no estoy diciendo que volver al modelo keynesiano sea la gran solución.

Usted señala que los auténticos enemigos de la teoría de Friedman no eran los marxistas, sino los keynesianos norteamericanos, los socialdemócratas europeos y los desarrollistas de lo que entonces se llamaba Tercer Mundo. ¿Quiénes serían hoy los enemigos del neoliberalismo?
El socialismo democrático siempre ha sido el mayor peligro para el neoliberalismo. La atracción que genera la democracia con la combinación de una red de contención social siempre ha sido "la gran amenaza". Después de que Allende fuera electo, Kissinger le dijo a Nixon que temía que el modelo chileno se propagara por el mundo. Creo que las tácticas de ayer y de hoy son las mismas, por ejemplo, la forma en que se demoniza a Hugo Chávez y Evo Morales. Lo mejor que le pasó a Chávez es haber perdido el referéndum porque ahora es mucho más difícil presentarlo como autoritario cuando aceptó y respetó el resultado. Cuando vemos que con la única figura con la que no se puede tratar en Irak es con Al Sadr, empezamos a comprender claramente cuál es la amenaza de Irak. Al Sadr es un nacionalista fundamentalista, los otros líderes son tan fundamentalistas como él en cuestiones de religión, pero la diferencia es que Al Sadr quiere tener el control de la economía de Irak. Nos enfrentamos a la misma lucha y la misma batalla que hemos tenido en los últimos treinta años y las mismas amenazas. Las figuras que no tienen respeto por la democracia son un don para los neoliberales.

26 de abril de 2008
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el instinto moral 9


[Steven Pinker] Muchos temen que la moral sea un truco del cerebro. Última entrega.
La moral, entonces, es algo todavía más grande que nuestra conciencia moral heredada, y la nueva ciencia de la conciencia moral no termina con nuestra capacidad de raciocinio y convicción. Al mismo tiempo, sus implicaciones para nuestro universo moral son inmensas.
La ciencia nos dice, como mínimo, que incluso aunque las creencias de nuestros adversarios son en general desconcertantes, es posible que no sean psicópatas amorales si no que estén tan inmersos en un esquema mental que donde esas creencias son obligatorias y universales como las nuestras a nosotros. Por supuesto, algunos rivales son psicópatas, y otros están tan envenenados por la moralización punitiva que están más allá del alcance de la razón. (El actor Will Smith tuvo a muchos historiadores de su parte cuando, hace poco, comentó con periodistas que Hitler pensaba que él actuaba moralmente). Pero en todo conflicto en el que el encuentro de mentalidades no es completamente inútil, el reconocimiento de que el otro está actuando sobre bases morales, antes que venales, puede ser un primer trecho de terreno común. Un lado puede reconocer la preocupación del otro por la comunidad, o la estabilidad, o la justicia, o la dignidad, argumentando al mismo tiempo que deberían preocuparse por otros valores. Con acción afirmativa, por ejemplo, los opositores pueden ser vistos como defendiendo la justicia, no el racismo, y los defensores como movidos por la preocupación por la comunidad, no por el poder burocrático. Los liberales pueden ratificar la preocupación por la familia, proponiendo al mismo tiempo que el matrimonio homosexual es perfectamente consistente con esa preocupación.
La ciencia de la conciencia moral también nos advierte sobre modos en que nuestro esquema psicológico puede convertirse en un obstáculo para llegar a conclusiones morales defendibles. La conciencia moral, nos damos cuenta ahora, es tan vulnerable a las ilusiones como los otros sentidos. Es propensa a confundir moralidad per se con pureza, estatus y conformidad. Tiende a reformular problemas prácticos como cruzadas morales y por eso consideran que la solución es la agresión punitiva. Impone tabúes que convierten en indiscutibles algunas ideas. Y tiene el feo hábito de colocarse a sí misma del lado de los ángeles.
Aunque algunos más prudentes han meditado largamente sobre cómo podemos enceguecernos por nuestra propia santimonia, nuestro discurso público todavía no la descarta adecuadamente. En el peor de los casos, la rudeza de nuestros instintos más brutales puede ser celebrada como una virtud. En su influyente ensayo ‘The Wisdom of Repugnance', Leon Kass, ex presidente del Consejo sobre Bioética del Presidente defendió la tesis de que deberíamos dejar de la lado la razón cuando se trata de la clonación y otras tecnologías biomédicas y reaccionar visceralmente: "Nos repele la perspectiva de la clonación de seres humanos... porque intuimos y sentimos, inmediatamente y sin argumentación, que se están violando cosas que nos son legítimamente caras... En esta época en que se admite todo mientras se haga voluntariamente..., la repugnancia puede ser la única voz a la que podemos recurrir para defender el sentido de nuestra humanidad. Vanos son aquellos que han olvidado el temor."
Por supuesto, hay buenas razones para regular la clonación humana, pero la prueba del temor no es una de ellas. La gente se ha estremecido con todo tipo de violaciones de pureza moralmente irrelevantes en su cultura: tocar a un intocable, beber de la misma fuente que un negro, permitir que la sangre judía se mezcle con la aria, tolerar la sodomía entre hombres consintientes. Y si la repugnancia de nuestros ancestros hubiese ganado la batalla, no habríamos conocido la autopsia, las vacunas, las transfusiones de sangre, la inseminación artificial, los transplantes de órganos y la fertilización in vitro, todas prácticas que fueron denunciadas como inmorales cuando fueron propuestas.
Hay muchos otros temas sobre los cuales apretamos muy rápidamente el botón de la moralización y buscamos culpables en lugar de soluciones. ¿Qué debemos hacer cuando un paciente de un hospital muere debido a que una enfermera le administra el fármaco equivocado en el catéter intravenoso del paciente? ¿Debemos facilitar el procedimiento para demandar al hospital por negligencia? ¿O debemos volver a diseñar las conexiones de modo que sea físicamente imposible conectar el tubo equivocado a una sonda?
Y en ninguna parte es la moralización un obstáculo para nuestro reto global más importante. La amenaza de un cambio climático inducido por el hombre se ha convertido en una oportunidad para celebrar un congreso de renacimiento moralista. En muchas discusiones la causa del cambio climático es la indulgencia (demasiados todoterrenos) y la contaminación (ensuciando la atmósfera), y la solución es la moderación (conservación) y la expiación (redención, como pagar un impuesto aparte). Sin embargo, los expertos conceden que estos factores no siempre se suman: incluso si todos los americanos se convirtieran en ciudadanos conscientes sobre sus emisiones de carbono, los efectos sobre el cambio climático serían insignificantes, aunque no fuese más que porque no es probable que dos mil millones de indios y chinos hagan suya nuestra evangélica abstinencia. Aunque la conservación voluntaria puede ser una porción de una tarta de reducción del carbono efectiva, las otras porciones tendrán que ser moralmente aburridas, como el impuesto al carbono y las tecnologías de nuevas energías, o incluso prohibidas, como la energía atómica y la manipulación deliberada del océano y la atmósfera. Nuestro hábito de moralizar los problemas, fundiéndolos con intuiciones sobre la pureza y la contaminación, y de dejar de inquietarnos cuando creemos que tenemos la razón, puede ser un obstáculo para hacer lo que debemos.
Por tanto, lejos de acabar con la moral, la ciencia de la conciencia moral puede hacerla avanzar, permitiéndonos ver a través de la ilusiones que nos han entregado la evolución y la cultura y concentrarnos en objetivos que podemos compartir y defender. Como escribió Antón Chéjov: "El hombre mejorará si se le muestra como es".

El autor ha publicado ‘The Language Instinct' y ‘The Stuff of Thought: Language as a Window Into Human Nature'.

9 de abril de 2008
13 de enero de 2008
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el instinto moral 8


[Steven Pinker] Muchos temen que la moral sea un truco del cerebro. ¿La moral es un invento?
La comprensión biológica de la conciencia moral no implica que estemos tratando de maximizar nuestros genes o nuestros propios intereses. ¿Pero dónde queda el concepto mismo de moral?
La visión científica nos ha enseñado que algunas partes de nuestra experiencia subjetiva son productos de nuestra configuración biológica y no tienen una contraparte objetiva en la realidad. La diferencia cualitativa entre el rojo y el verde, el sabor de las frutas y el hedor de la carroña, el pavor a la altura y la hermosura de las flores son elementos fijos de nuestro sistema nervioso común, y si nuestra especie hubiese evolucionado en un ecosistema diferente o si nos faltaran algunos genes, nuestras reacciones podrían ser diferentes. Ahora, si la distinción entre el bien y el mal es también producto del cableado cerebral, ¿por qué tendríamos que creer que es más real que la distinción entre el rojo y el verde? Y si es solamente una alucinación colectiva, ¿cómo podríamos argumentar que horrores como el genocidio y la esclavitud son malos para todos, antes que solamente desagradables para nosotros?
Por supuesto, poner a Dios a cargo de la moral es una de las maneras de resolver el problema, pero Platón ajustó cuentas con la idea hace 2400 años. ¿Tiene Dios una razón para designar ciertos actos como morales y otros como inmorales? Si no -si sus dictados son caprichos divinos- ¿por qué tendríamos que tomarlos en serio? Supongamos que Dios nos ordenara torturar a un niño, ¿sería por eso correcto, o tendríamos otros criterios para resistir? Y si, por otro lado, Dios fuera obligado por razones morales a emitir ciertos dictados y no otros -si la orden de torturar a un niño no fuese nunca una posibilidad-, entonces ¿por qué no apelar directamente a esas razones?
Esto nos hace retroceder para preguntarnos de dónde podrían provenir esas razones, si acaso son más que productos de la imaginación. Ciertamente no existen en el mundo físico, como la longitud de onda o la masa. La única otra opción es que las verdades morales existan en algún reino platónico abstracto, que debemos descubrir, quizás del mismo modo que las verdades matemáticas. Según esta analogía, nacemos con un concepto rudimentario de número, pero tan pronto como construimos sobre este con un razonamiento matemático formal, la naturaleza de la realidad matemática nos obliga a descubrir algunas verdades, y no otras. (Nadie que entienda el concepto de dos, el concepto de cuatro y el concepto de suma puede llegar a otra conclusión que dos más dos son cuatro). Quizás nacemos con una conciencia moral rudimentaria, y tan pronto como empezamos a construir sobre ella con razonamientos morales, la naturaleza de la realidad moral nos impone algunas conclusiones, con exclusión de otras.
El realismo moral, como se llama a esta idea, es demasiado rico, según muchos filósofos. Sin embargo, una versión diluida de la idea no estaría fuera de lugar. Dos rasgos de la realidad empujan a cualquier agente social racional y con sentido de la sobrevivencia en una dirección ética. Y podrían proporcionar un criterio para determinar cuándo nuestra conciencia moral se ajusta con la moral misma.
Una es la prevalencia de los juegos de suma cero. En muchas áreas de la vida, dos partes se benefician ambas más con conductas altruistas que si una de ellas actúa egoísticamente. Usted y yo ganamos más si compartimos nuestros excedentes, rescatamos a nuestros hijos de peligros y nos impedimos de dispararnos uno al otro, en comparación con acumular nuestros excedentes mientras se pudren, dejar que nuestros hijos se ahoguen mientras nos afilamos las uñas y nos peleamos como Hatfields y McCoys. Cierto, yo podría estar mejor si actuara de modo egoísta a costa suya y usted fueras el idiota, pero lo mismo sería verdad para usted con respecto a mí, de modo que si cada uno de nosotros tratara de hacerse con estas ventajas, los dos terminaríamos peor. Cualquier observador neutral, y usted y yo si pudiésemos hablar sobre ello racionalmente, tendría que concluir que deberíamos esforzarnos por alcanzar una situación en la que los dos actuemos altruistamente. Estas proyecciones no son rarezas del cableado cerebral, ni son dictadas por algún poder sobrenatural; están en la naturaleza de las cosas.
El otro anclaje externo de la moral es un rasgo de la racionalidad misma: que no puede depender del punto de vista egocéntrico del razonador. Si le lleva a hacer algo que me afecta -dejar de pisarme, o decirme la hora o no atropellarme con su coche-, entonces, si quiero que me tome en serio, no puedo hacerlo anteponiendo mis intereses a los suyos (es decir, reteniendo mi derecho a atropellarle con mi coche). A menos que yo sea un jefe supremo galáctico, tengo que formular mi caso de modo que le obligue a tratarme del mismo modo. No puedo actuar como si mis intereses fueran especiales porque yo soy yo y usted no lo sea, ni tampoco puedo convencerle de que estoy en un lugar especial del universo simplemente porque yo estoy parado en él.
Por cierto, lo esencial de esta idea -la intercambialidad de las perspectivas- reaparece una y otra vez en las más completas filosofías morales de la historia, incluyendo la Regla Dorada (ella mismo descubierta muchas veces); el Punto de Vista de la Eternidad de Spinoza; el Contrato Social de Hobbes, Rousseau y Locke; el Imperativo Categórico de Kant; y el Velo de Ignorancia de Rawls. También se encuentra en la teoría del Círculo en Expansión de Singer -la optimista propuesta de que nuestra conciencia moral, aunque modelada por la evolución para otorgar más valor a uno mismo, la familia y el clan-, puede empujarnos al sendero del progreso moral, a medida que el raciocinio nos fuerza a generalizarla en círculos cada vez más amplios de seres sensibles.

27 de marzo de 2008
13 de enero de 2008
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el instinto moral 7


[Steven Pinker] Muchos temen que la moral sea un truco del cerebro. ¿Sirve para algo la honestidad, o es una gilipollez?

Todo esto nos lleva a la pregunta de si el sentido moral puede ser universal y variable a la vez. Los cinco pares o esferas morales son universales, un legado de la evolución. Pero cómo se ordenan en importancia, y cuál de ellas se utiliza para imbuir de moral la vida social -el sexo, el gobierno, el comercio, la religión, el régimen de alimentación, etc.- depende de la cultura. Muchas de las asombrosas prácticas en lugares remotos se hacen más comprensibles cuando reconocemos que el mismo impulso moral que las elites occidentales canalizan hacia las violaciones del dolor y la honestidad (nuestras obsesiones morales) es canalizado en otros lugares hacia las otras esferas. Pensemos en el temor japonés a la inadaptación (comunidad), las abluciones sagradas y las restricciones alimentarias de hindúes y judíos ortodoxos (pureza), la indignación que sienten los musulmanes cuando se insulta al Profeta (autoridad). En el Occidente, creemos que en los negocios y en el gobierno la honestidad debería prevalecer por sobre la comunidad y tratamos de erradicar el nepotismo y el favoritismo. En otras partes del mundo, esto es incomprensible -¿qué gilipollas desalmado favorecería a un perfecto desconocido por sobre su hermano?
El orden y colocación de las esferas morales también divide a liberales y conservadores en Estados Unidos. Muchos puntos de conflicto, como la homosexualidad, el ateísmo y las familias monoparentales para la derecha, y las desigualdades raciales, la explotación laboral y el salario de los ejecutivos para la izquierda, reflejan diferentes valoraciones de las esferas. En un extenso sondeo en la web, Haidt constató que los liberales colocan atribuyen más valor al daño y a la honestidad que a la lealtad de grupo, la autoridad y la pureza. Por su parte, los conservadores dan más importancia a todos los pares. No sorprende que cada lado piense que es motivado por loables valores éticos y que el otro lado es ruin y carente de principios.
Reordenando una actividad en una esfera o par diferente, o sacarla completamente de algunas de las esferas morales no es fácil. La gente cree que una conducta pertenece a su esfera como algo motivado por una necesidad sagrada y que el mero acto de cuestionar una asignación es un ultraje moral. El psicólogo Philip Tetlock ha mostrado que la mentalidad del tabú -la convicción de que es pecaminoso pensar algunas ideas- no es sólo una superstición de los polinesios, sino un esquema mental que puede manifestarse fácilmente en estadounidenses con estudios universitarios. Pedidles que piensen sobre cómo aplicar el par o esfera de la reciprocidad a las relaciones normalmente regidas por la comunidad o la autoridad. Cuando Tetlock preguntó a algunos encuestados sus opiniones sobre si las agencias de adopción deberían asignar niños a las parejas dispuestas a pagar más, o si la gente debería tener el derecho a vender sus órganos o si deberían poder sobornar a un jurado, los encuestados no sólo estuvieron en desacuerdo sino que se sintieron personalmente insultados y se indignaron de que alguien pudiera plantear esas interrogantes.
Las instituciones de la modernidad cuestionan y experimentan a menudo con el modo en que se asignan las actividades a las esferas morales. Las economías de mercado tienden a colocar todo a la venta. La ciencia priva de moral a un mundo que quiere entender los fenómenos antes que simplemente juzgarlos. La filosofía laica cuestiona todas las creencias, incluyendo aquellas fortalecidas por la autoridad y arraigadas en la tradición. No es sorprendente que estas instituciones sean vistas a menudo como moralmente corrosivas.

¿No Hay Nada Sagrado?
Y ‘moralmente corrosivo' es exactamente el término que algunos críticos aplican a la nueva ciencia del sentido moral. El intento de diseccionar nuestras intuiciones morales puede parecer un intento de desacreditarlas. Los psicólogos evolucionistas parecen que quieren desenmascarar nuestros motivos más nobles y presentarlos en última instancia como interesados -para mostrar que nuestro amor por los niños, la compasión por los desafortunados y el sentimiento de justicia son simples tácticas en la lucha darwiniana por la perpetuación de nuestros genes. La explicación de cómo culturas diferentes apelan a diferentes esferas podría conducir a un relativismo abúlico en el que no podríamos tener nunca base alguna para criticar las prácticas de otras culturas, sin importar lo bárbaras que sean, debido a que "nosotros tenemos un cierto tipo de moral, y ellos, otra". Y todo el proyecto parece estar arrastrándonos hacia un nihilismo amoral, en el que la moral misma podría ser degradada y pasar de ser un principio transcendente a un invento de nuestros circuitos neurales.
En realidad, ninguno de esos temores son justificados, y es importante que veamos por qué no. El primer malentendido involucra a la lógica de las explicaciones evolucionistas. Los biólogos evolucionistas a veces antropomorfizan el ADN por la misma razón que los profesores de ciencias encuentran útil que sus estudiantes imaginen el mundo desde el punto de vista de una bacteria o de un rayo de luz. Un atajo a la comprensión de la teoría de la selección sin pasar por las matemáticas es imaginar que los genes son pequeños agentes que tratan de hacer copias de sí mismos.
Desgraciadamente, el meme del gene del egoísta escapó de los libros de biología y se introdujo en la idea de que los organismos (incluyendo a la gente) son despiadadamente interesados. Pero esto no es así. Los genes no son una reserva de nuestros deseos inconscientes más inconfesables. Los genes del ‘egoísmo' son perfectamente compatibles con los organismos desinteresados, porque el objetivo metafórico de un gene de replicarse egoístamente a sí mismo puede ser implementado estimulando el cerebro del organismo para hacer cosas desinteresadamente, como ser simpático con los parientes o ayudar a desconocidos. Cuando una madre se queda despierta toda la noche para cuidar a un niño enfermo, los genes que la dotan con ese cariño son ‘egoístas' en sentido metafórico, pero no está siendo egoísta de ninguna manera.
El altruismo recíproco -el motivo evolutivo racional detrás de la honestidad- tampoco implica que la gente haga cosas buenas con la expectativa cínica de ser recompensado por ello. Todos conocemos los actos buenos sin condiciones, como dar propina a una camarera en una ciudad que no volverás a pisar o lanzarse sobre una granada para salvar a tus compañeros del pelotón. Para los biólogos, estos estallidos de bondad no son tan anómalos como se podría creer.
En su clásico artículo de 1971, Trivers, el biólogo, mostró que la selección natural podía empujar la evolución hacia un genuino altruismo. La emergencia de la reciprocidad ojo por ojo, que permite que los organismos intercambien granjerías sin ser estafados, es apenas el primer paso. Alguien que hace un favor no sólo tiene que evitar a estafadores descarados (aquellos que aceptan un favor, pero que no lo devuelven) sino también preferir a personas generosas (aquellas que lo devolverán con el mayor favor posible) por sobre las tacañas (las que reciprocarán con el favor más pequeño a su alcance). Debido a que es bueno recibir favores, surge pronto una competencia para que nos vean como los amigos más generosos. Más precisamente, surge una competencia para que te vean como el amigo más generoso, ya que el dador de favores no puede ni leer la mente ni ver el futuro. La reputación de honestidad y generosidad se convierten en capital.
Ahora, esto mismo inicia una competencia entre beneficiarios potenciales que inflan su reputación sin hacer sacrificios que las respalden. Pero también pone presión sobre el dador de favores para que desarrolle radares cada vez más sensibles para distinguir a los colegas genuinamente generosos de los hipócritas. Esta competencia finalmente alcanza una conclusión lógica. El modo más efectivo de parecer generoso y honesto es simplemente ser generoso y honesto. A largo plazo la reputación sólo la garantiza la perseverancia. Al menos algunos agentes evolucionan y se convierten en personas nobles y altruistas -son éticos no por lo que les reporta, sino porque es así como son.
Por supuesto, una teoría que postule que todos se sacrifican siempre por el bienestar de otros sería tan escandalosa como una teoría que propugnara que nadie fue nunca altruista. Junto a los nichos de los santos, hay nichos para personas que devuelven los favores a regañadientes, que atraen escasos amigos y más pobres, pero no hacen los sacrificios necesarios para gozar de una buena reputación. Y ambas pueden coexistir en estafadores declarados, que explotan los encuentros ocasionales imprudentes. Un ecosistema de los nichos, cada uno con una estrategia distinta, puede evolucionar cuando el rédito de cada estrategia dependa de cuántos jugadores están aplicando las otras estrategias. El ambiente social humano tiene su cuota de personajes generosos, rácanos y torcidos, y la variación genética de la personalidad parece llevar la marca de este proceso evolutivo.

15 de marzo de 2008
13 de enero de 2008
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el instinto moral 6


[Steven Pinker] Muchos temen que la moral sea un truco del cerebro. La genealogía de la moral.
Las cinco esferas son buenas candidatas para una tabla periódica del sentido moral no sólo porque son ubicuas sino también porque tienen profundas raíces en la evolución. El impulso a evitar el dolor, que dan a los que piensan sobre el dilema del tranvía ataques de pánico cuando sopesan la idea de empujar a un hombre del puente, también se encuentra en los macacos, que prefieren pasar hambre antes que jalar de una cadena que les da comida, pero también golpea con una descarga eléctrica a otro mono. El respeto por la autoridad está relacionado claramente con las jerarquías de dominio y sumisión que se encuentran ampliamente difundidas en el reino animal. El contraste pureza-profanación se nutre de la emoción de repugnancia que es provocada por vectores potenciales de enfermedades, como los fluidos corporales, la carne en descomposición y formas no convencionales de carne, y por prácticas sexuales riesgosas, como el incesto.
Las otras dos esferas moralizadas corresponden con los ejemplos clásicos de la evolución del altruismo que fueron propuestos por los socio-biólogos en los años sesenta y setenta y hechos famosos por Richard Dawkins en su libro ‘The Selfish Gene'. La honestidad está bastante cerca de lo que los científicos llaman el altruismo recíproco, en el que la voluntad de ser simpáticos con otros puede evolucionar siempre que el favor ayude al receptor más de lo que cuesta al donante y el receptor devuelva el favor cuando hay cambios de fortuna. El análisis lo hace sonar como si el altruismo recíproco fuera el resultado de un cálculo robótico, pero de hecho Robert Trivers, el biólogo que postuló la teoría, dijo que es implementado en el cerebro como una serie de emociones morales. La simpatía lleva a una persona a ofrecer el primer favor, especialmente a alguien que lo necesite. La indignación protege a una persona de tramposos que aceptan un favor sin devolverlo, motivándolo a castigar a los ingratos o terminar la relación. La gratitud impele al beneficiario a recompensar a los que lo ayudaron en el pasado. La culpa lleva al tramposo en peligro de ser desenmascarado a reparar la relación, anunciando también que en el futuro se comportará mejor (lo que es consistente con la definición de Mencken de la conciencia como "la voz interior que nos advierte que puede haber alguien mirándonos"). Muchos experimentos sobre quién ayuda a quién, quién ama a quién, quién castiga a quién y quién se siente culpable han confirmado esas predicciones.
La comunidad, las diferentes emociones que llevan a la gente a compartir y sacrificarse sin esperar recompensa, puede originarse en el altruismo nepotista nepotista, la empatía y solidaridad que sentimos hacia nuestros familiares (y que evolucionó porque un gene que empujó a un organismo a ayudar a un familiar puede haber ayudado a hacer copias de sí mismo en ese familiar). Por supuesto, en los humanos los sentimientos comunitarios pueden ser prodigados también a desconocidos. A veces paga (en un sentido evolucionario) querer a los compañeros porque sus intereses están entrelazados, como las esposas con hijos comunes, parientes políticos con familiares comunes, amigos con inclinaciones comunes o aliados con enemigos comunes. Y veces no paga en absoluto, pero sus detectores de parentesco son engañados para tratar a sus compañeros como si fuesen familiares con tácticas como las metáforas de parentesco (hermanos de sangre, cofradías, la patria), mitos de origen, banquetes colectivos y otros rituales de vínculo.

6 de marzo de 2008
13 de enero de 2008
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