casa de muchos espíritus
[Reed Johnson] Unidos por su trabajo con Frida Kahlo y Diego Rivera, un par de artistas cuidan el legado cultural de una casa histórica.
Empinándose por encima de la estrecha acera, la Casa de la Malinche se parece a una fortaleza del siglo 16, y, con los años, este sólido edificio ha tenido su parte de invasiones y reformas, no todas acogedoras. Se cree que sus secciones más antiguas se remontan a 500 años. La leyenda dice que el conquistador español Hernán Cortés utilizó una primera versión de la casa como un retiro mientras él y sus soldados asolaban el imperio azteca. En una de sus varias vidas previas, la estructura hizo las veces de cárcel municipal. Más tarde, fue un monasterio.
En otra etapa, parte de su planta baja fue cortada en pedazos y convertida en una farmacia. "Ha tenido muchos usos en su historia", dice Rina Lazo, que ha vivido en la Casa de la Malinche con su marido y colega artista Arturo García Bustos durante las últimas cuatro décadas.
Incluso hoy, dice la pareja, la vieja casa funciona como una especie de inexpugnable ciudadela en esta ruidosa, agresiva y contaminada metrópolis de 20 millones de habitantes. Situada estratégicamente al borde un apacible parque en el histórico distrito de Coyoacán de la ciudad, la Casa de la Malinche es un tranquilo y civilizado amortiguador contra las embestidas del exorbitante tráfico en la calle, chillones vendedores callejeros y los miles de visitantes y turistas que marchan por el barrio los fines de semana.
La casa tiene un complejo pedigrí simbólico. Su tocaya, la Malinche, era una mujer india de habla náhuatl que fue la intérprete de Cortés y también compartió la cama del conquistador (la malinche' se traduce como la mujer del capitán'). Debido a que ayudó a los españoles a derrotar y someter a los pueblos indígenas de México, ha sido considerada como una traidora nacional, una femme fatale, en contraste con la adorada heroína nacional, la Virgen de Guadalupe.
Hoy, la casa de caliza, ladrillos y adobe es no sólo un oasis para sus dueños: es también un bastión de los valores culturales tradicionales mexicanos, que Lazo y García creen que están actualmente bajo sitio. Está repleta de arriba a abajo, de arte: esculturas precolombinas, muebles antiguos y una impresionante colección de pinturas, dibujos e impresiones, incluyendo obras de los tres padrinos fundadores del modernismo mexicano: Diego Rivera, Frida Kahlo y David Alfaro Siqueiros.
Para Lazo y García, la relación con este legendario patrimonio artístico es a la vez palpable y personal. Lazo pasó 10 años trabajando como asistente de Rivera, cuyos monumentales murales contribuyeron a definir la identidad post-revolucionaria del país y cuyo peso icónico se inclina sobre el arte mexicano del siglo 20 como el volcán Popocatépetl en los márgenes sur de la ciudad.
García fue estudiante y discípulo de Kahlo, la esposa intermitente de Rivera. Desde los años de su muerte en 1954, la cicatrizada vida de Kahlo, sus coloridos trajes y excéntrico e introspectivo arte -tan diferente del de su marido- la han convertido en una mártir feminista internacional y una diva póstuma. También la han transformado en estrella de cine, en la persona de la actriz Salma Hayek, la que retrató a Kahlo en la película de Miramax de 2002, Frida'.
Pero no nos adelantemos.
Eh, es demasiado tarde. Lazo y García guían al visitante a través de su salón atiborrado de arte, una casual mención de la película sobre la primera pareja de arte mexicano lanza a Lazo en un animado monólogo. "Es triste, porque es una buena película que pudo haber sido mejor", dice. Sí, reconoce Lazo, hubo montones de escenas de fiestas nocturnas y montones de alcohol en los viejos días, pero no las bacanales libidinosas que pretende la película. Lazo y García deberían saberlo, pues eran huéspedes regulares en la antigua casa de Kahlo, la Casa Azul, ahora un museo a menos de una docena de manzanas de Coyoacán.
La pareja también cree que la película minimizó el ardiente compromiso de Kahlo y Rivera con las causas políticas de izquierdas. "Y el lesbianismo no hacía parte de eso", dice Lazo, negando la tradicional percepción de la bisexualidad de Kahlo. "Es un invento". O más bien, dice, esta imagen de Kahlo puede haber sido fomentada por el malicioso marido, Rivera, al que le encantaba dejar caer bombas sociales, incluso inventados. "Frida era una enamorada, pero de los hombres, no de las mujeres", dice Lazo con la determinación de un caso cerrado.
Una extensa matriz de varios pisos que ocupa hasta la cuarta parte de una manzana, la Casa de la Malinche fue concebida a una escala dramática que se ajusta a sus dueños actuales. El dormitorio principal, con su banco de piel de jaguar y elevado catre, podría ser un plató para la producción de Las mil y una noches'. La biblioteca, atiborrada hasta las vigas de libros de arte, da a un patio enmarcado de buganvillas.
Cuando llegas al descanso de la escalera principal, te encuentras con una enorme lechuza de aires doctorales llamada Tecolotzin, en honor a un gobernante azteca. "Tiene cara inteligente, pero quién sabe si es verdad", dice García divertido, mirando a la bestia en su gigantesca jaula. "No escribió Don Quijote' ni nada por el estilo".
La Casa de la Malinche es una obra maestra, pero no un museo. Antes de que Lazo y García lo compraran a principio de los años sesenta, la casa de casi 930 metros cuadrados ha soportado décadas, sino siglos, de lento deterioro. La mantención es cara, y sus dueños de ocupan de su decorado y mantención con los ojos expertos del artista.
Pero la casa, felizmente, no tiene el pavoneo, la obsesión de estar listo-para-la-foto de muchas casas de diseñadores'. Se puede ver un pedazo de peladuras de pintura en el techo, materiales para artistas en alguna esquina. Como sus dueños, la Casa de la Malinche es cálida y acogedora.
El segundo piso del salón, donde Lazo y García hacen gran parte de sus labores de anfitriones, rinde homenaje a sus famosos mentores -el maestro Rivera y la maestra Kahlo, como se refiere la pareja a ellos. Dotada de un techo alto y la luz natural filtrándose a través de las altas ventanas, la habitación está ordenada en torno a dos sofás y un largo banco de madera y cuero. Una alfombra de motivos geométricos de Estambul y un stand de libros antiguo agregan marcados acentos.
Pero al entrar a la habitación, tus ojos instantáneamente se tornan hacia las paredes. Hay una naturaleza muerta de Lazo, con un montón de cocos, a la manera cubista, como Cézanne. Y más allá, su retrato de la hija única de la pareja, Rina García Lazo, una arquitecto que vive abajo con sus dos hijitos.
A unos metros, planeando como una aparición, está el retrato de tamaño natural de una escultural mujer con un vestido azul. Lazo la identifica como una amante de Henry Ford, el autocrático magnate de los coches cuyo hijo Edsel llevó a Rivera a Michigan a principio de los años treinta, para realizar los murales de Detroit Industry' en el Instituto de las Artes de Detroit. Junto a ella, cuelga el dibujo de Kahlo titulado La Copa', de fines de los años treinta, o cuarentas, que muestra una embarcación hecha con las cabezas de gente que representa a diferentes razas o grupos étnicos.
Pequeño. Críptico. Vagamente horripilante. Muy Frida.
En otra pared hay un dibujo inconcluso de Rivera, que llama la atención por su inscripción del maestro a su entonces joven aprendiz: "Para Rina Lazo, que me ayuda a pintar y a vivir".
"Tuvimos la suerte de estar cerca de esos grandes maestros, José Clemente Orozco, Rivera, Siqueiros y Frida", dice García, entre cuyas piezas mejor conocidas se encuentran los murales del palacio del gobierno municipal en el sureño estado de Oaxaca. "Sí, fue una época maravillosa", dice Lazo. A menudo, dice Lazo, quisiera que más de su tiempo en la Tierra se hubiera yuxtapuesto con el de esa extraordinaria era.
En sus años mozos, García y Lazo estuvieron inmersos en una embriagadora mezcla de acción política y apasionada devoción al arte que giraba en torno a Kahlo, Rivera y sus colegas. La pareja los conoció cuando el maestro ordenó a Lazo, su asistente, que ayudara a García a hacer carteles para una manifestación política. "Eso nos unía mucho: el interés artístico, y la política, y las preocupaciones, todo", dice García.
En realidad, después de tantas décadas de ajuste mutuo de las rutinas y contornos, Lazo y García afinan tan ajustadamente como las vigas del suelo. Lazo, una sorprendente mujer con un chal de cremoso color hueso y una cascada de joyas de oro, originaria de Guatemala, tiene una personalidad más histriónica y lleva la palabra. Su marido más circunspecto, que creció en Ciudad de México, escucha y habla cuidadosamente, mirando con cariño a su esposa y metiéndose en la conversación cuando ella se equivoca con un nombre u olvida una fecha. A pesar de su todavía incendiario idealismo político, se las arreglan para mantener a distancia los problemas del mundo con un dulce e irónico humor.
De crucial importancia en este matrimonio, y creativa asociación, es la creencia compartida en el valor perdurable de métodos artísticos de siglos de antigüedad, la preferencia por lo hecho a mano, no generado en un ordenador. La pareja tiene poco interés en el arte prefabricado, casas insulsas, vecindarios sin vida, vidas monótonas.
Al entrar en la Casa de la Malinche, a través de una pesada puerta de madera que da directamente a la acera pública, es como retroceder a una era de ritmo más calmo, más contemplativa. Inmediatamente a la izquierda, un pasillo de piedra conduce al taller de grabados de la pareja, llena de maquinarias de grabado antiguas. "Esta técnica está en desuso", concede García, "pero es maravillosa. La usó Rembrandt, la usó Goya".
García confiesa que está todavía aprendiendo a trabajar en diseño en ordenadores. "Me siento desafiada cuando estoy frente al tablero". Como artista, dice, le parece más fácil expresar sus sentimientos y emociones cuando modela con barro. Su esposa está de acuerdo, y lamenta la pérdida gradual de las habilidades tradicionales de la pintura con pincel. "La pintura a mano va a desaparecer, y con ella el corazón", dice Lazo. "Yo digo que no volverá a nacer otra Frida Kahlo en el futuro".
Pero la devoción a métodos y creencias sancionadas por el tiempo no significa necesariamente vivir en el pasado. De entre pilas dispersas de dibujos, grabados, frescos y acuarelas, García saca uno de sus últimos trabajos, una pequeña imagen blanco-y-negro de un hombre de aire desanimado sentado al borde de una gran ciudad. Detrás de él asoman dos torres de edificios y un avión a reacción.
"El 11 de Septiembre", dice García, "y un artista muy preocupado por el mundo, por el futuro del mundo".
A veces el artista trata de abrazar al mundo y consolarlo. Otra, él o ella debe mantenerlo a un brazo de distancia, o te vuelves loco, lo pueden asegurar Lazo y García.
En Coyoacán, como en otros barrios históricos de Ciudad de México, se libra una batalla para preservar las cualidades únicas e irremplazables que hacen tan atractiva el área, no sólo para los residentes, sino también para extranjeros. Junto con muchos de sus vecinos, Lazo y García han estado peleando contra una propuesta para construir un teatro al aire libre de 900 asientos, que estaría ubicado en la pequeño y encantador parque al otro lado de su casa.
Aunque sus proponentes han dicho que el teatro será usado para conciertos de música clásica y cosas similares, la pareja sospecha que abrirá la puerta a diversiones más agresivas. Creen que el parque debería ser un sitio para pasear, encontrarse con amigos y un pensativo descanso, y no, en palabras de Lazo, un lugar donde "uno viene a divertirse y bailar cumbia".
Poco a poco, teme la pareja, el fino carácter del barrio está siendo engullido por el tráfico comercial y urbanistas que huelen una tendencia lucrativa cuando la hay. En los últimos años, varios de los amigos de la pareja se han marchado de Coyoacán a la búsqueda de prados más tranquilos.
"Aquí, los vecinos, que quieren conservar este lugar, como debe ser, como un centro histórico, por su historia, por sus monumentos", dice Lazo. Ella y su marido se alegran de que las murallas de los viejos fundamentos de la Casa de la Malinche sean de unos 90 centímetros. "¡Mira lo anchas que son las murallas!", dice Lazo, pasando su mano por su granosa superficie."Nos ayudan a protegernos de los ruidos de la calle, de los coches".
La pareja cree que las paredes más gruesas de la casa corresponden a las de la estructura original de un piso donde Cortés y La Malinche vivieron durante un año, probablemente hacia 1521 o 1522. De acuerdo a García, Cortés eligió establecerse en Coyoacán porque la gran capital azteca de Tenochtitlán (hoy el centro de Ciudad de México) , tras ser saqueada por los españoles, estaba llena de cuerpos descompuestos.
En los siglos posteriores, la casa asumió otros aspectos, incluyendo su fase como monasterio. Luego, en los años de 1860, el presidente liberal Benito Juárez implementó sus famosas reformas agrarias y el monasterio y sus terrenos cayeron en manos de una familia campesina que había hecho las tortillas de los monjes. Lazo dice que parte de los terrenos todavía eran usados para cultivar maíz cuando ella y su marido se mudaron aquí hace 40 años.
En los años treinta, la casa llamó la atención de José Vasconcelos, el poderoso ministro de educación mexicano que encargó a Rivera, Siqueiros y otros artistas a pintar los grandes murales públicos que debían articular una visión de la identidad mexicana después del levantamiento revolucionario de 1910-1920.
Consciente del valor histórico de la Casa de la Malinche, Vasconcelos compró la casa. Aunque nunca vivió en ella, dice Lazos, Vasconcelos reconstruyó sus tejados y restauró o remplazó sus vigas derrumbadas.
Finalmente la casa pasó a manos de la hija de Vasconcelos, doña Carmen Vasconcelos. En esa época, a principio de los años sesenta, Lazo y García estaban viviendo en un apartamento y buscando un lugar más grande con suficiente espacio como para instalar un taller artístico y su hija recién nacida. Convencieron a doña Carmen de les alquilara la casa, que más tarde fue puesta a la venta. La pareja vio su oportunidad.
"Nadie quería la casa, porque era vieja, y era de una época en que todo el mundo estaba dejando de lado sus viejas casas y mudándose a unas más modernas", dice Lazo.
Ella y García habían justo recibido un dinero por unos murales que habían pintado para el deslumbrante nuevo Museo de Antropología de la ciudad. Reuniendo su dinero, pudieron comprar la casa. "El hecho es que doña Carmen estaba muy contenta", dice Lazo. "Nos dijo: Ah, ningún mexicano quería comprar esta casa, eran siempre extranjeros, y yo no la quería vender a extranjeros'. Es por eso que le alegró y nos la vendió a nosotros".
Reconstruir la casa, y tratar de restaurarla en algo aproximado a su diseño original fue, para la pareja, un proyecto de 10 años de la pareja. Gradualmente lograron reconstruir muchas de las antiguas habitaciones y encontrar puertas y ventanas antiguas, y enrejados para remplazar los antiguos. Volvieron a abrir ventanas tapiadas en la cocina y excavaron tabiques antiguos, ocultos. Hoy, la Casa de la Malinche goza de la condición de monumento colonial registrado, y "no se ha hecho ni un solo cambio" sin la aprobación oficial, dice Lazo.
El atardecer se está escabullendo, y nos traen una botella de fina tequila y unos sabrosos quesos de Oaxaca. Afuera, es la hora pique. Pero apenas penetran sonidos a través de las firmes murallas de piedra mientras la pareja obsequia a su huésped con más historias y opiniones sobre arte, política, todo.
Sí, acceden Lazo y García, el futuro político y económico de México es incierto. Sí, la inmigración y la globalización plantean inquietantes preguntas en todo el hemisferio.
Y sí, dice la pareja, tienen pensado quedarse en su vecindario y seguir peleando, por México y por Coyoacán. En los días de apogeo de Rivera y Kahlo, dice García, los mexicanos querían cambiar su sociedad "apasionadamente". Ahora, cree, el país hace frente a un reto comparable.
"Nos movía la idea de construir un mundo nuevo", dice de los viejos días. "Fue retrasado. Pero tenía que volver a brotar, aunque muchos años después, y debe adoptar nuevas formas".
Como la Casa de la Malinche.
10 de julio de 2005
19 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
Empinándose por encima de la estrecha acera, la Casa de la Malinche se parece a una fortaleza del siglo 16, y, con los años, este sólido edificio ha tenido su parte de invasiones y reformas, no todas acogedoras. Se cree que sus secciones más antiguas se remontan a 500 años. La leyenda dice que el conquistador español Hernán Cortés utilizó una primera versión de la casa como un retiro mientras él y sus soldados asolaban el imperio azteca. En una de sus varias vidas previas, la estructura hizo las veces de cárcel municipal. Más tarde, fue un monasterio.En otra etapa, parte de su planta baja fue cortada en pedazos y convertida en una farmacia. "Ha tenido muchos usos en su historia", dice Rina Lazo, que ha vivido en la Casa de la Malinche con su marido y colega artista Arturo García Bustos durante las últimas cuatro décadas.
Incluso hoy, dice la pareja, la vieja casa funciona como una especie de inexpugnable ciudadela en esta ruidosa, agresiva y contaminada metrópolis de 20 millones de habitantes. Situada estratégicamente al borde un apacible parque en el histórico distrito de Coyoacán de la ciudad, la Casa de la Malinche es un tranquilo y civilizado amortiguador contra las embestidas del exorbitante tráfico en la calle, chillones vendedores callejeros y los miles de visitantes y turistas que marchan por el barrio los fines de semana.
La casa tiene un complejo pedigrí simbólico. Su tocaya, la Malinche, era una mujer india de habla náhuatl que fue la intérprete de Cortés y también compartió la cama del conquistador (la malinche' se traduce como la mujer del capitán'). Debido a que ayudó a los españoles a derrotar y someter a los pueblos indígenas de México, ha sido considerada como una traidora nacional, una femme fatale, en contraste con la adorada heroína nacional, la Virgen de Guadalupe.
Hoy, la casa de caliza, ladrillos y adobe es no sólo un oasis para sus dueños: es también un bastión de los valores culturales tradicionales mexicanos, que Lazo y García creen que están actualmente bajo sitio. Está repleta de arriba a abajo, de arte: esculturas precolombinas, muebles antiguos y una impresionante colección de pinturas, dibujos e impresiones, incluyendo obras de los tres padrinos fundadores del modernismo mexicano: Diego Rivera, Frida Kahlo y David Alfaro Siqueiros.
Para Lazo y García, la relación con este legendario patrimonio artístico es a la vez palpable y personal. Lazo pasó 10 años trabajando como asistente de Rivera, cuyos monumentales murales contribuyeron a definir la identidad post-revolucionaria del país y cuyo peso icónico se inclina sobre el arte mexicano del siglo 20 como el volcán Popocatépetl en los márgenes sur de la ciudad.
García fue estudiante y discípulo de Kahlo, la esposa intermitente de Rivera. Desde los años de su muerte en 1954, la cicatrizada vida de Kahlo, sus coloridos trajes y excéntrico e introspectivo arte -tan diferente del de su marido- la han convertido en una mártir feminista internacional y una diva póstuma. También la han transformado en estrella de cine, en la persona de la actriz Salma Hayek, la que retrató a Kahlo en la película de Miramax de 2002, Frida'.
Pero no nos adelantemos.
Eh, es demasiado tarde. Lazo y García guían al visitante a través de su salón atiborrado de arte, una casual mención de la película sobre la primera pareja de arte mexicano lanza a Lazo en un animado monólogo. "Es triste, porque es una buena película que pudo haber sido mejor", dice. Sí, reconoce Lazo, hubo montones de escenas de fiestas nocturnas y montones de alcohol en los viejos días, pero no las bacanales libidinosas que pretende la película. Lazo y García deberían saberlo, pues eran huéspedes regulares en la antigua casa de Kahlo, la Casa Azul, ahora un museo a menos de una docena de manzanas de Coyoacán.
La pareja también cree que la película minimizó el ardiente compromiso de Kahlo y Rivera con las causas políticas de izquierdas. "Y el lesbianismo no hacía parte de eso", dice Lazo, negando la tradicional percepción de la bisexualidad de Kahlo. "Es un invento". O más bien, dice, esta imagen de Kahlo puede haber sido fomentada por el malicioso marido, Rivera, al que le encantaba dejar caer bombas sociales, incluso inventados. "Frida era una enamorada, pero de los hombres, no de las mujeres", dice Lazo con la determinación de un caso cerrado.
Una extensa matriz de varios pisos que ocupa hasta la cuarta parte de una manzana, la Casa de la Malinche fue concebida a una escala dramática que se ajusta a sus dueños actuales. El dormitorio principal, con su banco de piel de jaguar y elevado catre, podría ser un plató para la producción de Las mil y una noches'. La biblioteca, atiborrada hasta las vigas de libros de arte, da a un patio enmarcado de buganvillas.
Cuando llegas al descanso de la escalera principal, te encuentras con una enorme lechuza de aires doctorales llamada Tecolotzin, en honor a un gobernante azteca. "Tiene cara inteligente, pero quién sabe si es verdad", dice García divertido, mirando a la bestia en su gigantesca jaula. "No escribió Don Quijote' ni nada por el estilo".
La Casa de la Malinche es una obra maestra, pero no un museo. Antes de que Lazo y García lo compraran a principio de los años sesenta, la casa de casi 930 metros cuadrados ha soportado décadas, sino siglos, de lento deterioro. La mantención es cara, y sus dueños de ocupan de su decorado y mantención con los ojos expertos del artista.
Pero la casa, felizmente, no tiene el pavoneo, la obsesión de estar listo-para-la-foto de muchas casas de diseñadores'. Se puede ver un pedazo de peladuras de pintura en el techo, materiales para artistas en alguna esquina. Como sus dueños, la Casa de la Malinche es cálida y acogedora.
El segundo piso del salón, donde Lazo y García hacen gran parte de sus labores de anfitriones, rinde homenaje a sus famosos mentores -el maestro Rivera y la maestra Kahlo, como se refiere la pareja a ellos. Dotada de un techo alto y la luz natural filtrándose a través de las altas ventanas, la habitación está ordenada en torno a dos sofás y un largo banco de madera y cuero. Una alfombra de motivos geométricos de Estambul y un stand de libros antiguo agregan marcados acentos.
Pero al entrar a la habitación, tus ojos instantáneamente se tornan hacia las paredes. Hay una naturaleza muerta de Lazo, con un montón de cocos, a la manera cubista, como Cézanne. Y más allá, su retrato de la hija única de la pareja, Rina García Lazo, una arquitecto que vive abajo con sus dos hijitos.
A unos metros, planeando como una aparición, está el retrato de tamaño natural de una escultural mujer con un vestido azul. Lazo la identifica como una amante de Henry Ford, el autocrático magnate de los coches cuyo hijo Edsel llevó a Rivera a Michigan a principio de los años treinta, para realizar los murales de Detroit Industry' en el Instituto de las Artes de Detroit. Junto a ella, cuelga el dibujo de Kahlo titulado La Copa', de fines de los años treinta, o cuarentas, que muestra una embarcación hecha con las cabezas de gente que representa a diferentes razas o grupos étnicos.
Pequeño. Críptico. Vagamente horripilante. Muy Frida.
En otra pared hay un dibujo inconcluso de Rivera, que llama la atención por su inscripción del maestro a su entonces joven aprendiz: "Para Rina Lazo, que me ayuda a pintar y a vivir".
"Tuvimos la suerte de estar cerca de esos grandes maestros, José Clemente Orozco, Rivera, Siqueiros y Frida", dice García, entre cuyas piezas mejor conocidas se encuentran los murales del palacio del gobierno municipal en el sureño estado de Oaxaca. "Sí, fue una época maravillosa", dice Lazo. A menudo, dice Lazo, quisiera que más de su tiempo en la Tierra se hubiera yuxtapuesto con el de esa extraordinaria era.
En sus años mozos, García y Lazo estuvieron inmersos en una embriagadora mezcla de acción política y apasionada devoción al arte que giraba en torno a Kahlo, Rivera y sus colegas. La pareja los conoció cuando el maestro ordenó a Lazo, su asistente, que ayudara a García a hacer carteles para una manifestación política. "Eso nos unía mucho: el interés artístico, y la política, y las preocupaciones, todo", dice García.
En realidad, después de tantas décadas de ajuste mutuo de las rutinas y contornos, Lazo y García afinan tan ajustadamente como las vigas del suelo. Lazo, una sorprendente mujer con un chal de cremoso color hueso y una cascada de joyas de oro, originaria de Guatemala, tiene una personalidad más histriónica y lleva la palabra. Su marido más circunspecto, que creció en Ciudad de México, escucha y habla cuidadosamente, mirando con cariño a su esposa y metiéndose en la conversación cuando ella se equivoca con un nombre u olvida una fecha. A pesar de su todavía incendiario idealismo político, se las arreglan para mantener a distancia los problemas del mundo con un dulce e irónico humor.
De crucial importancia en este matrimonio, y creativa asociación, es la creencia compartida en el valor perdurable de métodos artísticos de siglos de antigüedad, la preferencia por lo hecho a mano, no generado en un ordenador. La pareja tiene poco interés en el arte prefabricado, casas insulsas, vecindarios sin vida, vidas monótonas.
Al entrar en la Casa de la Malinche, a través de una pesada puerta de madera que da directamente a la acera pública, es como retroceder a una era de ritmo más calmo, más contemplativa. Inmediatamente a la izquierda, un pasillo de piedra conduce al taller de grabados de la pareja, llena de maquinarias de grabado antiguas. "Esta técnica está en desuso", concede García, "pero es maravillosa. La usó Rembrandt, la usó Goya".
García confiesa que está todavía aprendiendo a trabajar en diseño en ordenadores. "Me siento desafiada cuando estoy frente al tablero". Como artista, dice, le parece más fácil expresar sus sentimientos y emociones cuando modela con barro. Su esposa está de acuerdo, y lamenta la pérdida gradual de las habilidades tradicionales de la pintura con pincel. "La pintura a mano va a desaparecer, y con ella el corazón", dice Lazo. "Yo digo que no volverá a nacer otra Frida Kahlo en el futuro".
Pero la devoción a métodos y creencias sancionadas por el tiempo no significa necesariamente vivir en el pasado. De entre pilas dispersas de dibujos, grabados, frescos y acuarelas, García saca uno de sus últimos trabajos, una pequeña imagen blanco-y-negro de un hombre de aire desanimado sentado al borde de una gran ciudad. Detrás de él asoman dos torres de edificios y un avión a reacción.
"El 11 de Septiembre", dice García, "y un artista muy preocupado por el mundo, por el futuro del mundo".
A veces el artista trata de abrazar al mundo y consolarlo. Otra, él o ella debe mantenerlo a un brazo de distancia, o te vuelves loco, lo pueden asegurar Lazo y García.
En Coyoacán, como en otros barrios históricos de Ciudad de México, se libra una batalla para preservar las cualidades únicas e irremplazables que hacen tan atractiva el área, no sólo para los residentes, sino también para extranjeros. Junto con muchos de sus vecinos, Lazo y García han estado peleando contra una propuesta para construir un teatro al aire libre de 900 asientos, que estaría ubicado en la pequeño y encantador parque al otro lado de su casa.
Aunque sus proponentes han dicho que el teatro será usado para conciertos de música clásica y cosas similares, la pareja sospecha que abrirá la puerta a diversiones más agresivas. Creen que el parque debería ser un sitio para pasear, encontrarse con amigos y un pensativo descanso, y no, en palabras de Lazo, un lugar donde "uno viene a divertirse y bailar cumbia".
Poco a poco, teme la pareja, el fino carácter del barrio está siendo engullido por el tráfico comercial y urbanistas que huelen una tendencia lucrativa cuando la hay. En los últimos años, varios de los amigos de la pareja se han marchado de Coyoacán a la búsqueda de prados más tranquilos.
"Aquí, los vecinos, que quieren conservar este lugar, como debe ser, como un centro histórico, por su historia, por sus monumentos", dice Lazo. Ella y su marido se alegran de que las murallas de los viejos fundamentos de la Casa de la Malinche sean de unos 90 centímetros. "¡Mira lo anchas que son las murallas!", dice Lazo, pasando su mano por su granosa superficie."Nos ayudan a protegernos de los ruidos de la calle, de los coches".
La pareja cree que las paredes más gruesas de la casa corresponden a las de la estructura original de un piso donde Cortés y La Malinche vivieron durante un año, probablemente hacia 1521 o 1522. De acuerdo a García, Cortés eligió establecerse en Coyoacán porque la gran capital azteca de Tenochtitlán (hoy el centro de Ciudad de México) , tras ser saqueada por los españoles, estaba llena de cuerpos descompuestos.
En los siglos posteriores, la casa asumió otros aspectos, incluyendo su fase como monasterio. Luego, en los años de 1860, el presidente liberal Benito Juárez implementó sus famosas reformas agrarias y el monasterio y sus terrenos cayeron en manos de una familia campesina que había hecho las tortillas de los monjes. Lazo dice que parte de los terrenos todavía eran usados para cultivar maíz cuando ella y su marido se mudaron aquí hace 40 años.
En los años treinta, la casa llamó la atención de José Vasconcelos, el poderoso ministro de educación mexicano que encargó a Rivera, Siqueiros y otros artistas a pintar los grandes murales públicos que debían articular una visión de la identidad mexicana después del levantamiento revolucionario de 1910-1920.
Consciente del valor histórico de la Casa de la Malinche, Vasconcelos compró la casa. Aunque nunca vivió en ella, dice Lazos, Vasconcelos reconstruyó sus tejados y restauró o remplazó sus vigas derrumbadas.
Finalmente la casa pasó a manos de la hija de Vasconcelos, doña Carmen Vasconcelos. En esa época, a principio de los años sesenta, Lazo y García estaban viviendo en un apartamento y buscando un lugar más grande con suficiente espacio como para instalar un taller artístico y su hija recién nacida. Convencieron a doña Carmen de les alquilara la casa, que más tarde fue puesta a la venta. La pareja vio su oportunidad.
"Nadie quería la casa, porque era vieja, y era de una época en que todo el mundo estaba dejando de lado sus viejas casas y mudándose a unas más modernas", dice Lazo.
Ella y García habían justo recibido un dinero por unos murales que habían pintado para el deslumbrante nuevo Museo de Antropología de la ciudad. Reuniendo su dinero, pudieron comprar la casa. "El hecho es que doña Carmen estaba muy contenta", dice Lazo. "Nos dijo: Ah, ningún mexicano quería comprar esta casa, eran siempre extranjeros, y yo no la quería vender a extranjeros'. Es por eso que le alegró y nos la vendió a nosotros".
Reconstruir la casa, y tratar de restaurarla en algo aproximado a su diseño original fue, para la pareja, un proyecto de 10 años de la pareja. Gradualmente lograron reconstruir muchas de las antiguas habitaciones y encontrar puertas y ventanas antiguas, y enrejados para remplazar los antiguos. Volvieron a abrir ventanas tapiadas en la cocina y excavaron tabiques antiguos, ocultos. Hoy, la Casa de la Malinche goza de la condición de monumento colonial registrado, y "no se ha hecho ni un solo cambio" sin la aprobación oficial, dice Lazo.
El atardecer se está escabullendo, y nos traen una botella de fina tequila y unos sabrosos quesos de Oaxaca. Afuera, es la hora pique. Pero apenas penetran sonidos a través de las firmes murallas de piedra mientras la pareja obsequia a su huésped con más historias y opiniones sobre arte, política, todo.
Sí, acceden Lazo y García, el futuro político y económico de México es incierto. Sí, la inmigración y la globalización plantean inquietantes preguntas en todo el hemisferio.
Y sí, dice la pareja, tienen pensado quedarse en su vecindario y seguir peleando, por México y por Coyoacán. En los días de apogeo de Rivera y Kahlo, dice García, los mexicanos querían cambiar su sociedad "apasionadamente". Ahora, cree, el país hace frente a un reto comparable.
"Nos movía la idea de construir un mundo nuevo", dice de los viejos días. "Fue retrasado. Pero tenía que volver a brotar, aunque muchos años después, y debe adoptar nuevas formas".
Como la Casa de la Malinche.
10 de julio de 2005
19 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
marcha de los muertos
[David Rohde] Bosnios musulmanes rehacen ruta de los que fueron asesinados en 1995.
Konjevic Polje, Bosnia y Herzegovina. Unos 500 hombres musulmanes bosnios salieron a las 7:30 de la mañana del domingo desde esta tranquila aldea agrícola al este de Bosnia en el tercer y último día de su repetición de la marcha de la muerte' esta semana hace una década.
Con banderas bosnias y bosnias musulmanas, los hombres completaron su solemne repetición de la ruta que hicieron unos 15.000 hombres musulmanes durante la guerra de Bosnia. En julio de 1995, habían huido aterrados del pueblo de Srebrenica después de que tropas ligeramente armadas de Naciones Unidas no les protegieran ante el avance de las fuerzas serbias. Los serbios mataron a más de 7.000 de los musulmanes que huían, en emboscadas y ejecuciones en masa que los jueces en los juicios por crímenes de guerra declararon genocidio.
El domingo, la columna de musulmanes marchó a través de los bosques aquí estuvo nuevamente rodeada de cientos de serbios armados, pero esta vez los serbios eran agentes de policía encargados de la protección de los manifestantes.
Zoran Rosuljas, un policía serbio que dio la mano a uno de los manifestantes durante la ruta, dijo que no tenía "problemas" con proteger a los musulmanes 10 años después de una guerra que mató a más de 200.000 personas. Interrogado sobre si se sentía cómodo con sus antiguos enemigos, respondió rápidamente. "¿Por qué no?", dijo. "¿Por qué no?"
El apretón de manos fue sólo una de las escenas curiosas en el último día de la marcha de 65 kilómetros para protestar por el hecho de que dos de los líderes serbios acusados de cargos de genocidio por los asesinatos, Radovan Karadzic y Ratko Mladic, todavía no han sido capturados. Se espera a unas 50.000 personas asistan el lunes a las ceremonias que conmemoran el décimo aniversario de la caída de Srebrenica. Se enterrarán los cuerpos de 610 hombres exhumados de una fosa común, que fueron identificados con análisis de ADN.
Cuando empezaban ayer domingo la última fase -en realidad, una repetición al revés de la marcha original, para llegar a Srebrenica-, los hombres pasaron por la aldea de Nova Kasaba, el sitio de dos fosas comunes cavadas por soldados serbios. A principio de 2001, algunas familias musulmanas se mudaron al área bajo protección de fuerzas militares americanas que patrullaron esta parte de Bosnia hasta 2004.
Mehmet Muharemovic, 50, un campesino en la aldea, dijo que no había tenido problemas con serbios de la localidad o la policía serbia. Interrogado sobre un gallinero construido encima de una de las fosas comunes después de haber sido exhumado, dijo que pertenecía a otro granjero musulmán que había retornado. "No es un problema", dijo, encogiéndose de hombros, con un cigarrillo colgando de sus labios. "Todos perdimos a alguien. ¿Qué vamos a hacer?"
Mientras los hombres marchaban por caminos de tierra y senderos en la montaña que hace una década estuvieron llenos de miles de aterrados musulmanes, conversaban calmamente. Ali Hodzic Naziv, el hombre que se dio el apretón de manos con el agente de policía serbio, dijo que estaba marchando en memoria de sus dos hijos adolescentes, que desaparecieron en algún lugar de estos bosques.
Naziv, 53, un hombre robusto que fue evacuado de Srebrenica para un tratamiento médico después de que fuera herido en la pierna izquierda en 1993, tenía dolor después de dos días de caminata. Pero dijo que se hacía sentirse mejor ver la ruta que sus hijos, que se habían quedado atrás, habían tomado en sus últimas horas.
"Tengo que aferrarme a mis hijos", dijo mientras se esforzaba subiendo un lodoso sendero. "Llegaré, si Dios quiere".
Amir Halicic, un ensortijado hombre de 20, dijo que estaba marchando para comprender lo que había sentido su padre cuando huyó en 1995. Dijo que su padre le había contado que él tenía demasiado miedo como para atravesar otra vez esos bosques.
Halicic, de 10 cuando la caída de Srebrenica, dijo que había huido separándose de su madre y abuelo. Dos de ellos sobrevivieron. "No tuve infancia", dijo. "A mi abuelo mataron frente a mí".
Cerca de la cabeza de la columna marcha un hombre alto y tostado por el sol que dijo que volvía por primera vez a Srebrenica después de 10 años. Este hombre, Gary Kremer, fue uno de los cirujanos que trabajaba para los soldados holandeses que fueron intimidados por las fuerzas serbias aquí en 1995. Dijo que un musulmán que había conocido durante la guerra lo había invitado a la marcha. Sobrevivientes de Srebrenica, que se han quejado amargamente de que los holandeses no habían hecho lo suficiente para protegerlos, parecían tratarlo bien.
Los cambios eran evidentes. Cuando se encontraron en un sitio fragmentos de calaveras la columna se detuvo para recordar a los asesinados en un emboscada, los musulmanes se acercaron a sacar fotografías de los restos con las cámaras de sus móviles. Junto a la ruta abundan las casas y mezquitas reconstruidas, y campos recién plantados en lo que en 1995 era una tierra de nadie con sus casas incendiadas.
Pero la realidad de lo que ocurrió, y las continuas guerras de Bosnia, se impuso cuando la marcha terminaba. La marcha se detuvo junto a una fosa común parcialmente abierta cerca de Srebrenica. Mirando a los fémures, calaveras y tibias expuestas, algunos de los agotados manifestantes se echaron a llorar.
11 de julio de 2005
©new york times
©traducción mQh
Konjevic Polje, Bosnia y Herzegovina. Unos 500 hombres musulmanes bosnios salieron a las 7:30 de la mañana del domingo desde esta tranquila aldea agrícola al este de Bosnia en el tercer y último día de su repetición de la marcha de la muerte' esta semana hace una década.Con banderas bosnias y bosnias musulmanas, los hombres completaron su solemne repetición de la ruta que hicieron unos 15.000 hombres musulmanes durante la guerra de Bosnia. En julio de 1995, habían huido aterrados del pueblo de Srebrenica después de que tropas ligeramente armadas de Naciones Unidas no les protegieran ante el avance de las fuerzas serbias. Los serbios mataron a más de 7.000 de los musulmanes que huían, en emboscadas y ejecuciones en masa que los jueces en los juicios por crímenes de guerra declararon genocidio.
El domingo, la columna de musulmanes marchó a través de los bosques aquí estuvo nuevamente rodeada de cientos de serbios armados, pero esta vez los serbios eran agentes de policía encargados de la protección de los manifestantes.
Zoran Rosuljas, un policía serbio que dio la mano a uno de los manifestantes durante la ruta, dijo que no tenía "problemas" con proteger a los musulmanes 10 años después de una guerra que mató a más de 200.000 personas. Interrogado sobre si se sentía cómodo con sus antiguos enemigos, respondió rápidamente. "¿Por qué no?", dijo. "¿Por qué no?"
El apretón de manos fue sólo una de las escenas curiosas en el último día de la marcha de 65 kilómetros para protestar por el hecho de que dos de los líderes serbios acusados de cargos de genocidio por los asesinatos, Radovan Karadzic y Ratko Mladic, todavía no han sido capturados. Se espera a unas 50.000 personas asistan el lunes a las ceremonias que conmemoran el décimo aniversario de la caída de Srebrenica. Se enterrarán los cuerpos de 610 hombres exhumados de una fosa común, que fueron identificados con análisis de ADN.
Cuando empezaban ayer domingo la última fase -en realidad, una repetición al revés de la marcha original, para llegar a Srebrenica-, los hombres pasaron por la aldea de Nova Kasaba, el sitio de dos fosas comunes cavadas por soldados serbios. A principio de 2001, algunas familias musulmanas se mudaron al área bajo protección de fuerzas militares americanas que patrullaron esta parte de Bosnia hasta 2004.
Mehmet Muharemovic, 50, un campesino en la aldea, dijo que no había tenido problemas con serbios de la localidad o la policía serbia. Interrogado sobre un gallinero construido encima de una de las fosas comunes después de haber sido exhumado, dijo que pertenecía a otro granjero musulmán que había retornado. "No es un problema", dijo, encogiéndose de hombros, con un cigarrillo colgando de sus labios. "Todos perdimos a alguien. ¿Qué vamos a hacer?"
Mientras los hombres marchaban por caminos de tierra y senderos en la montaña que hace una década estuvieron llenos de miles de aterrados musulmanes, conversaban calmamente. Ali Hodzic Naziv, el hombre que se dio el apretón de manos con el agente de policía serbio, dijo que estaba marchando en memoria de sus dos hijos adolescentes, que desaparecieron en algún lugar de estos bosques.
Naziv, 53, un hombre robusto que fue evacuado de Srebrenica para un tratamiento médico después de que fuera herido en la pierna izquierda en 1993, tenía dolor después de dos días de caminata. Pero dijo que se hacía sentirse mejor ver la ruta que sus hijos, que se habían quedado atrás, habían tomado en sus últimas horas.
"Tengo que aferrarme a mis hijos", dijo mientras se esforzaba subiendo un lodoso sendero. "Llegaré, si Dios quiere".
Amir Halicic, un ensortijado hombre de 20, dijo que estaba marchando para comprender lo que había sentido su padre cuando huyó en 1995. Dijo que su padre le había contado que él tenía demasiado miedo como para atravesar otra vez esos bosques.
Halicic, de 10 cuando la caída de Srebrenica, dijo que había huido separándose de su madre y abuelo. Dos de ellos sobrevivieron. "No tuve infancia", dijo. "A mi abuelo mataron frente a mí".
Cerca de la cabeza de la columna marcha un hombre alto y tostado por el sol que dijo que volvía por primera vez a Srebrenica después de 10 años. Este hombre, Gary Kremer, fue uno de los cirujanos que trabajaba para los soldados holandeses que fueron intimidados por las fuerzas serbias aquí en 1995. Dijo que un musulmán que había conocido durante la guerra lo había invitado a la marcha. Sobrevivientes de Srebrenica, que se han quejado amargamente de que los holandeses no habían hecho lo suficiente para protegerlos, parecían tratarlo bien.
Los cambios eran evidentes. Cuando se encontraron en un sitio fragmentos de calaveras la columna se detuvo para recordar a los asesinados en un emboscada, los musulmanes se acercaron a sacar fotografías de los restos con las cámaras de sus móviles. Junto a la ruta abundan las casas y mezquitas reconstruidas, y campos recién plantados en lo que en 1995 era una tierra de nadie con sus casas incendiadas.
Pero la realidad de lo que ocurrió, y las continuas guerras de Bosnia, se impuso cuando la marcha terminaba. La marcha se detuvo junto a una fosa común parcialmente abierta cerca de Srebrenica. Mirando a los fémures, calaveras y tibias expuestas, algunos de los agotados manifestantes se echaron a llorar.
11 de julio de 2005
©new york times
©traducción mQh
aliados reducirán tropas
[Glenn Frankel y Josh White] Según memorándum británico: Estados Unidos reducirá sus tropas a la mitad para mediados de 2006.
Londres, Reino Unido. Estados Unidos y Gran Bretaña están diseñando planes para retirar a la mayoría de sus tropas de Iraq para mediados del próximo año, de acuerdo a un memorándum secreto escrito por el primer ministro británico, Tony Blair, y el ministro de Defensa, John Reid.
El documento, que está marcado "Secreto - Personal Británico Solamente", dice que "planes emergentes de Estados Unidos asumen que para principios de 2006, 14 de las 18 provincias podrán ser puestas bajo control iraquí", lo que permitirá una reducción general de fuerzas de la coalición norteamericana en Iraq, a 66.000 tropas. El nivel de tropas actual es de unas 160.000.
El domingo, Reid no negó la autenticidad del documento, pero dijo que no se habían tomado decisiones sobre el nivel de tropas. En Washington, un portavoz del Pentágono dijo que los funcionarios no conocían el documento.
El memorándum, sin fecha, sobre el que se informó el domingo en el diario The Mail on Sunday, afirma que "la doctrina político-militar actual de Estados Unidos está cambiando. Pero hay un fuerte deseo de las fuerzas armadas norteamericanas de significantes reducciones de tropas para aliviar los niveles generales de intervención estadounidense".
Mientras los comandantes estadounidenses y funcionarios del Pentágono han estado esperando desde algún tiempo reducir los niveles de tropas en Iraq, el memorándum británico aparentemente es la primera que se ha mencionado una reducción importante con un calendario específico. El presidente Bush se ha negado a fijar una fecha de retirada en medio de preocupaciones militares de que una fecha fija permitiría que los insurgentes esperen a que las tropas americanas se retiren.
El memorándum observa un debate entre funcionarios norteamericanos en el Pentágono y jefes militares en Iraq, diciendo que los funcionarios en Washington favorecen "una reducción relativamente osada de los niveles de fuerza", difiriendo de comandantes en el terreno "cuyo enfoque es más cauto". Actualmente hay más de 135.000 soldados norteamericanos en Iraq.
Esos debates contribuyen a frecuentes planificaciones de contingencias, de acuerdo a funcionarios estadounidenses, y puede haber varias estrategias al mismo tiempo. Una reducción rápida de las tropas representa una de las posiciones más optimistas, que requerirá varios procesos políticos para terminar exitosamente en Iraq junto al éxito de las emergentes fuerzas de seguridad iraquíes.
Aunque los comandantes norteamericanos han elogiado el desarrollo del ejército y las fuerzas de policía iraquíes, el adiestramiento y equipamiento de las unidades ha tomado más tiempo que el esperado. Ninguna de las provincias de Iraq está actualmente únicamente protegida por fuerzas iraquíes, y las esperadas importantes reducciones del nivel tropas estadounidenses no se han concretado.
"Hay varios planes, para todo tipo de desarrollos, buenos y malos, constantemente", dijo el capitán de corbeta de la Marina, Joe Carpenter, un portavoz. Carpenter se negó a comentar específicamente sobre el memorándum británico porque funcionarios del Pentágono no lo han visto. "El gobierno norteamericano ha estado desde hace un tiempo diciendo que nuestras reducciones y eventual retirada se basa en una estrategia que depende de condiciones".
Muchos analistas creen que el mayor obstáculos para retirar tropas es la tenacidad de la resistencia iraquí, aunque muchos oficiales estadounidenses están proclamando éxitos recientes en apaciguar la violencia.
Parte de la reducción general, dice el memorándum, disminuirá las fuerzas británicas de las actuales 8.500 a cerca de 3.000 para mediados de 2006. El cambio, agrega el memorándum, puede ahorrar a Gran Bretaña la mitad de los costes actuales de 1.8 billones de dólares al año.
"Sin embargo, nada de esto representa un plan respaldado por el ministerio", advierte el memorándum. "Hay muchos más análisis militares que hacer, y están en camino".
Reid, en una declaración el domingo después de la publicación del memorándum, insistió en que "hemos dejado absolutamente en claro que nos quedaremos en Iraq todo el tiempo que sea necesario.
"No se han tomado decisiones sobre la fuerza futura de las tropas británicas. Pero hemos dicho siempre que nuestra intención es entregar la conducción de la guerra contra los terroristas a las fuerzas de seguridad iraquíes a medida que aumenta su capacidad", dijo Reid. "Por eso estamos continuamente presentando documentos con opciones posibles y contingencias.
"Este es sólo uno de varios documentos escritos en los últimos meses para explorar diferentes estrategias".
Las fuerzas británicas han sido estacionadas en cuatro provincias relativamente pacíficas en los alrededores de la sureña ciudad de Basra. Pero desde la invasión de Iraq en marzo de 2003, han muerto 89 soldados británicos. La guerra no cuenta con el apoyo de la opinión pública británica y los funcionarios quieren retirar tropas del área tan pronto como sea posible, pero Blair ha insistido en se retirarán tropas sólo cuando las fuerzas iraquíes puedan hacerse cargo.
Los comandantes británicos esperan entregar el control de dos provincias a Iraq para octubre de 2005, de acuerdo al memorándum, y dos provincias más en abril de 2006.
White informó desde Washington.
11 de julio de 2005
©washington post
©traducción mQh
Londres, Reino Unido. Estados Unidos y Gran Bretaña están diseñando planes para retirar a la mayoría de sus tropas de Iraq para mediados del próximo año, de acuerdo a un memorándum secreto escrito por el primer ministro británico, Tony Blair, y el ministro de Defensa, John Reid.El documento, que está marcado "Secreto - Personal Británico Solamente", dice que "planes emergentes de Estados Unidos asumen que para principios de 2006, 14 de las 18 provincias podrán ser puestas bajo control iraquí", lo que permitirá una reducción general de fuerzas de la coalición norteamericana en Iraq, a 66.000 tropas. El nivel de tropas actual es de unas 160.000.
El domingo, Reid no negó la autenticidad del documento, pero dijo que no se habían tomado decisiones sobre el nivel de tropas. En Washington, un portavoz del Pentágono dijo que los funcionarios no conocían el documento.
El memorándum, sin fecha, sobre el que se informó el domingo en el diario The Mail on Sunday, afirma que "la doctrina político-militar actual de Estados Unidos está cambiando. Pero hay un fuerte deseo de las fuerzas armadas norteamericanas de significantes reducciones de tropas para aliviar los niveles generales de intervención estadounidense".
Mientras los comandantes estadounidenses y funcionarios del Pentágono han estado esperando desde algún tiempo reducir los niveles de tropas en Iraq, el memorándum británico aparentemente es la primera que se ha mencionado una reducción importante con un calendario específico. El presidente Bush se ha negado a fijar una fecha de retirada en medio de preocupaciones militares de que una fecha fija permitiría que los insurgentes esperen a que las tropas americanas se retiren.
El memorándum observa un debate entre funcionarios norteamericanos en el Pentágono y jefes militares en Iraq, diciendo que los funcionarios en Washington favorecen "una reducción relativamente osada de los niveles de fuerza", difiriendo de comandantes en el terreno "cuyo enfoque es más cauto". Actualmente hay más de 135.000 soldados norteamericanos en Iraq.
Esos debates contribuyen a frecuentes planificaciones de contingencias, de acuerdo a funcionarios estadounidenses, y puede haber varias estrategias al mismo tiempo. Una reducción rápida de las tropas representa una de las posiciones más optimistas, que requerirá varios procesos políticos para terminar exitosamente en Iraq junto al éxito de las emergentes fuerzas de seguridad iraquíes.
Aunque los comandantes norteamericanos han elogiado el desarrollo del ejército y las fuerzas de policía iraquíes, el adiestramiento y equipamiento de las unidades ha tomado más tiempo que el esperado. Ninguna de las provincias de Iraq está actualmente únicamente protegida por fuerzas iraquíes, y las esperadas importantes reducciones del nivel tropas estadounidenses no se han concretado.
"Hay varios planes, para todo tipo de desarrollos, buenos y malos, constantemente", dijo el capitán de corbeta de la Marina, Joe Carpenter, un portavoz. Carpenter se negó a comentar específicamente sobre el memorándum británico porque funcionarios del Pentágono no lo han visto. "El gobierno norteamericano ha estado desde hace un tiempo diciendo que nuestras reducciones y eventual retirada se basa en una estrategia que depende de condiciones".
Muchos analistas creen que el mayor obstáculos para retirar tropas es la tenacidad de la resistencia iraquí, aunque muchos oficiales estadounidenses están proclamando éxitos recientes en apaciguar la violencia.
Parte de la reducción general, dice el memorándum, disminuirá las fuerzas británicas de las actuales 8.500 a cerca de 3.000 para mediados de 2006. El cambio, agrega el memorándum, puede ahorrar a Gran Bretaña la mitad de los costes actuales de 1.8 billones de dólares al año.
"Sin embargo, nada de esto representa un plan respaldado por el ministerio", advierte el memorándum. "Hay muchos más análisis militares que hacer, y están en camino".
Reid, en una declaración el domingo después de la publicación del memorándum, insistió en que "hemos dejado absolutamente en claro que nos quedaremos en Iraq todo el tiempo que sea necesario.
"No se han tomado decisiones sobre la fuerza futura de las tropas británicas. Pero hemos dicho siempre que nuestra intención es entregar la conducción de la guerra contra los terroristas a las fuerzas de seguridad iraquíes a medida que aumenta su capacidad", dijo Reid. "Por eso estamos continuamente presentando documentos con opciones posibles y contingencias.
"Este es sólo uno de varios documentos escritos en los últimos meses para explorar diferentes estrategias".
Las fuerzas británicas han sido estacionadas en cuatro provincias relativamente pacíficas en los alrededores de la sureña ciudad de Basra. Pero desde la invasión de Iraq en marzo de 2003, han muerto 89 soldados británicos. La guerra no cuenta con el apoyo de la opinión pública británica y los funcionarios quieren retirar tropas del área tan pronto como sea posible, pero Blair ha insistido en se retirarán tropas sólo cuando las fuerzas iraquíes puedan hacerse cargo.
Los comandantes británicos esperan entregar el control de dos provincias a Iraq para octubre de 2005, de acuerdo al memorándum, y dos provincias más en abril de 2006.
White informó desde Washington.
11 de julio de 2005
©washington post
©traducción mQh
casa de muchos espíritus
[Reed Johnson] Unidos por su trabajo con Frida Kahlo y Diego Rivera, un par de artistas cuidan el legado cultural de una casa histórica.
Empinándose por encima de la estrecha acera, la Casa de la Malinche se parece a una fortaleza del siglo 16, y, con los años, este sólido edificio ha tenido su parte de invasiones y reformas, no todas acogedoras. Se cree que sus secciones más antiguas se remontan a 500 años. La leyenda dice que el conquistador español Hernán Cortés utilizó una primera versión de la casa como un retiro mientras él y sus soldados asolaban el imperio azteca. En una de sus varias vidas previas, la estructura hizo las veces de cárcel municipal. Más tarde, fue un monasterio.
En otra etapa, parte de su planta baja fue cortada en pedazos y convertida en una farmacia. "Ha tenido muchos usos en su historia", dice Rina Lazo, que ha vivido en la Casa de la Malinche con su marido y colega artista Arturo García Bustos durante las últimas cuatro décadas.
Incluso hoy, dice la pareja, la vieja casa funciona como una especie de inexpugnable ciudadela en esta ruidosa, agresiva y contaminada metrópolis de 20 millones de habitantes. Situada estratégicamente al borde un apacible parque en el histórico distrito de Coyoacán de la ciudad, la Casa de la Malinche es un tranquilo y civilizado amortiguador contra las embestidas del exorbitante tráfico en la calle, chillones vendedores callejeros y los miles de visitantes y turistas que marchan por el barrio los fines de semana.
La casa tiene un complejo pedigrí simbólico. Su tocaya, la Malinche, era una mujer india de habla náhuatl que fue la intérprete de Cortés y también compartió la cama del conquistador (la malinche' se traduce como la mujer del capitán'). Debido a que ayudó a los españoles a derrotar y someter a los pueblos indígenas de México, ha sido considerada como una traidora nacional, una femme fatale, en contraste con la adorada heroína nacional, la Virgen de Guadalupe.
Hoy, la casa de caliza, ladrillos y adobe es no sólo un oasis para sus dueños: es también un bastión de los valores culturales tradicionales mexicanos, que Lazo y García creen que están actualmente bajo sitio. Está repleta de arriba a abajo, de arte: esculturas precolombinas, muebles antiguos y una impresionante colección de pinturas, dibujos e impresiones, incluyendo obras de los tres padrinos fundadores del modernismo mexicano: Diego Rivera, Frida Kahlo y David Alfaro Siqueiros.
Para Lazo y García, la relación con este legendario patrimonio artístico es a la vez palpable y personal. Lazo pasó 10 años trabajando como asistente de Rivera, cuyos monumentales murales contribuyeron a definir la identidad post-revolucionaria del país y cuyo peso icónico se inclina sobre el arte mexicano del siglo 20 como el volcán Popocatépetl en los márgenes sur de la ciudad.
García fue estudiante y discípulo de Kahlo, la esposa intermitente de Rivera. Desde los años de su muerte en 1954, la cicatrizada vida de Kahlo, sus coloridos trajes y excéntrico e introspectivo arte -tan diferente del de su marido- la han convertido en una mártir feminista internacional y una diva póstuma. También la han transformado en estrella de cine, en la persona de la actriz Salma Hayek, la que retrató a Kahlo en la película de Miramax de 2002, Frida'.
Pero no nos adelantemos.
Eh, es demasiado tarde. Lazo y García guían al visitante a través de su salón atiborrado de arte, una casual mención de la película sobre la primera pareja de arte mexicano lanza a Lazo en un animado monólogo. "Es triste, porque es una buena película que pudo haber sido mejor", dice. Sí, reconoce Lazo, hubo montones de escenas de fiestas nocturnas y montones de alcohol en los viejos días, pero no las bacanales libidinosas que pretende la película. Lazo y García deberían saberlo, pues eran huéspedes regulares en la antigua casa de Kahlo, la Casa Azul, ahora un museo a menos de una docena de manzanas de Coyoacán.
La pareja también cree que la película minimizó el ardiente compromiso de Kahlo y Rivera con las causas políticas de izquierdas. "Y el lesbianismo no hacía parte de eso", dice Lazo, negando la tradicional percepción de la bisexualidad de Kahlo. "Es un invento". O más bien, dice, esta imagen de Kahlo puede haber sido fomentada por el malicioso marido, Rivera, al que le encantaba dejar caer bombas sociales, incluso inventados. "Frida era una enamorada, pero de los hombres, no de las mujeres", dice Lazo con la determinación de un caso cerrado.
Una extensa matriz de varios pisos que ocupa hasta la cuarta parte de una manzana, la Casa de la Malinche fue concebida a una escala dramática que se ajusta a sus dueños actuales. El dormitorio principal, con su banco de piel de jaguar y elevado catre, podría ser un plató para la producción de Las mil y una noches'. La biblioteca, atiborrada hasta las vigas de libros de arte, da a un patio enmarcado de buganvillas.
Cuando llegas al descanso de la escalera principal, te encuentras con una enorme lechuza de aires doctorales llamada Tecolotzin, en honor a un gobernante azteca. "Tiene cara inteligente, pero quién sabe si es verdad", dice García divertido, mirando a la bestia en su gigantesca jaula. "No escribió Don Quijote' ni nada por el estilo".
La Casa de la Malinche es una obra maestra, pero no un museo. Antes de que Lazo y García lo compraran a principio de los años sesenta, la casa de casi 930 metros cuadrados ha soportado décadas, sino siglos, de lento deterioro. La mantención es cara, y sus dueños de ocupan de su decorado y mantención con los ojos expertos del artista.
Pero la casa, felizmente, no tiene el pavoneo, la obsesión de estar listo-para-la-foto de muchas casas de diseñadores'. Se puede ver un pedazo de peladuras de pintura en el techo, materiales para artistas en alguna esquina. Como sus dueños, la Casa de la Malinche es cálida y acogedora.
El segundo piso del salón, donde Lazo y García hacen gran parte de sus labores de anfitriones, rinde homenaje a sus famosos mentores -el maestro Rivera y la maestra Kahlo, como se refiere la pareja a ellos. Dotada de un techo alto y la luz natural filtrándose a través de las altas ventanas, la habitación está ordenada en torno a dos sofás y un largo banco de madera y cuero. Una alfombra de motivos geométricos de Estambul y un stand de libros antiguo agregan marcados acentos.
Pero al entrar a la habitación, tus ojos instantáneamente se tornan hacia las paredes. Hay una naturaleza muerta de Lazo, con un montón de cocos, a la manera cubista, como Cézanne. Y más allá, su retrato de la hija única de la pareja, Rina García Lazo, una arquitecto que vive abajo con sus dos hijitos.
A unos metros, planeando como una aparición, está el retrato de tamaño natural de una escultural mujer con un vestido azul. Lazo la identifica como una amante de Henry Ford, el autocrático magnate de los coches cuyo hijo Edsel llevó a Rivera a Michigan a principio de los años treinta, para realizar los murales de Detroit Industry' en el Instituto de las Artes de Detroit. Junto a ella, cuelga el dibujo de Kahlo titulado La Copa', de fines de los años treinta, o cuarentas, que muestra una embarcación hecha con las cabezas de gente que representa a diferentes razas o grupos étnicos.
Pequeño. Críptico. Vagamente horripilante. Muy Frida.
En otra pared hay un dibujo inconcluso de Rivera, que llama la atención por su inscripción del maestro a su entonces joven aprendiz: "Para Rina Lazo, que me ayuda a pintar y a vivir".
"Tuvimos la suerte de estar cerca de esos grandes maestros, José Clemente Orozco, Rivera, Siqueiros y Frida", dice García, entre cuyas piezas mejor conocidas se encuentran los murales del palacio del gobierno municipal en el sureño estado de Oaxaca. "Sí, fue una época maravillosa", dice Lazo. A menudo, dice Lazo, quisiera que más de su tiempo en la Tierra se hubiera yuxtapuesto con el de esa extraordinaria era.
En sus años mozos, García y Lazo estuvieron inmersos en una embriagadora mezcla de acción política y apasionada devoción al arte que giraba en torno a Kahlo, Rivera y sus colegas. La pareja los conoció cuando el maestro ordenó a Lazo, su asistente, que ayudara a García a hacer carteles para una manifestación política. "Eso nos unía mucho: el interés artístico, y la política, y las preocupaciones, todo", dice García.
En realidad, después de tantas décadas de ajuste mutuo de las rutinas y contornos, Lazo y García afinan tan ajustadamente como las vigas del suelo. Lazo, una sorprendente mujer con un chal de cremoso color hueso y una cascada de joyas de oro, originaria de Guatemala, tiene una personalidad más histriónica y lleva la palabra. Su marido más circunspecto, que creció en Ciudad de México, escucha y habla cuidadosamente, mirando con cariño a su esposa y metiéndose en la conversación cuando ella se equivoca con un nombre u olvida una fecha. A pesar de su todavía incendiario idealismo político, se las arreglan para mantener a distancia los problemas del mundo con un dulce e irónico humor.
De crucial importancia en este matrimonio, y creativa asociación, es la creencia compartida en el valor perdurable de métodos artísticos de siglos de antigüedad, la preferencia por lo hecho a mano, no generado en un ordenador. La pareja tiene poco interés en el arte prefabricado, casas insulsas, vecindarios sin vida, vidas monótonas.
Al entrar en la Casa de la Malinche, a través de una pesada puerta de madera que da directamente a la acera pública, es como retroceder a una era de ritmo más calmo, más contemplativa. Inmediatamente a la izquierda, un pasillo de piedra conduce al taller de grabados de la pareja, llena de maquinarias de grabado antiguas. "Esta técnica está en desuso", concede García, "pero es maravillosa. La usó Rembrandt, la usó Goya".
García confiesa que está todavía aprendiendo a trabajar en diseño en ordenadores. "Me siento desafiada cuando estoy frente al tablero". Como artista, dice, le parece más fácil expresar sus sentimientos y emociones cuando modela con barro. Su esposa está de acuerdo, y lamenta la pérdida gradual de las habilidades tradicionales de la pintura con pincel. "La pintura a mano va a desaparecer, y con ella el corazón", dice Lazo. "Yo digo que no volverá a nacer otra Frida Kahlo en el futuro".
Pero la devoción a métodos y creencias sancionadas por el tiempo no significa necesariamente vivir en el pasado. De entre pilas dispersas de dibujos, grabados, frescos y acuarelas, García saca uno de sus últimos trabajos, una pequeña imagen blanco-y-negro de un hombre de aire desanimado sentado al borde de una gran ciudad. Detrás de él asoman dos torres de edificios y un avión a reacción.
"El 11 de Septiembre", dice García, "y un artista muy preocupado por el mundo, por el futuro del mundo".
A veces el artista trata de abrazar al mundo y consolarlo. Otra, él o ella debe mantenerlo a un brazo de distancia, o te vuelves loco, lo pueden asegurar Lazo y García.
En Coyoacán, como en otros barrios históricos de Ciudad de México, se libra una batalla para preservar las cualidades únicas e irremplazables que hacen tan atractiva el área, no sólo para los residentes, sino también para extranjeros. Junto con muchos de sus vecinos, Lazo y García han estado peleando contra una propuesta para construir un teatro al aire libre de 900 asientos, que estaría ubicado en la pequeño y encantador parque al otro lado de su casa.
Aunque sus proponentes han dicho que el teatro será usado para conciertos de música clásica y cosas similares, la pareja sospecha que abrirá la puerta a diversiones más agresivas. Creen que el parque debería ser un sitio para pasear, encontrarse con amigos y un pensativo descanso, y no, en palabras de Lazo, un lugar donde "uno viene a divertirse y bailar cumbia".
Poco a poco, teme la pareja, el fino carácter del barrio está siendo engullido por el tráfico comercial y urbanistas que huelen una tendencia lucrativa cuando la hay. En los últimos años, varios de los amigos de la pareja se han marchado de Coyoacán a la búsqueda de prados más tranquilos.
"Aquí, los vecinos, que quieren conservar este lugar, como debe ser, como un centro histórico, por su historia, por sus monumentos", dice Lazo. Ella y su marido se alegran de que las murallas de los viejos fundamentos de la Casa de la Malinche sean de unos 90 centímetros. "¡Mira lo anchas que son las murallas!", dice Lazo, pasando su mano por su granosa superficie."Nos ayudan a protegernos de los ruidos de la calle, de los coches".
La pareja cree que las paredes más gruesas de la casa corresponden a las de la estructura original de un piso donde Cortés y La Malinche vivieron durante un año, probablemente hacia 1521 o 1522. De acuerdo a García, Cortés eligió establecerse en Coyoacán porque la gran capital azteca de Tenochtitlán (hoy el centro de Ciudad de México) , tras ser saqueada por los españoles, estaba llena de cuerpos descompuestos.
En los siglos posteriores, la casa asumió otros aspectos, incluyendo su fase como monasterio. Luego, en los años de 1860, el presidente liberal Benito Juárez implementó sus famosas reformas agrarias y el monasterio y sus terrenos cayeron en manos de una familia campesina que había hecho las tortillas de los monjes. Lazo dice que parte de los terrenos todavía eran usados para cultivar maíz cuando ella y su marido se mudaron aquí hace 40 años.
En los años treinta, la casa llamó la atención de José Vasconcelos, el poderoso ministro de educación mexicano que encargó a Rivera, Siqueiros y otros artistas a pintar los grandes murales públicos que debían articular una visión de la identidad mexicana después del levantamiento revolucionario de 1910-1920.
Consciente del valor histórico de la Casa de la Malinche, Vasconcelos compró la casa. Aunque nunca vivió en ella, dice Lazos, Vasconcelos reconstruyó sus tejados y restauró o remplazó sus vigas derrumbadas.
Finalmente la casa pasó a manos de la hija de Vasconcelos, doña Carmen Vasconcelos. En esa época, a principio de los años sesenta, Lazo y García estaban viviendo en un apartamento y buscando un lugar más grande con suficiente espacio como para instalar un taller artístico y su hija recién nacida. Convencieron a doña Carmen de les alquilara la casa, que más tarde fue puesta a la venta. La pareja vio su oportunidad.
"Nadie quería la casa, porque era vieja, y era de una época en que todo el mundo estaba dejando de lado sus viejas casas y mudándose a unas más modernas", dice Lazo.
Ella y García habían justo recibido un dinero por unos murales que habían pintado para el deslumbrante nuevo Museo de Antropología de la ciudad. Reuniendo su dinero, pudieron comprar la casa. "El hecho es que doña Carmen estaba muy contenta", dice Lazo. "Nos dijo: Ah, ningún mexicano quería comprar esta casa, eran siempre extranjeros, y yo no la quería vender a extranjeros'. Es por eso que le alegró y nos la vendió a nosotros".
Reconstruir la casa, y tratar de restaurarla en algo aproximado a su diseño original fue, para la pareja, un proyecto de 10 años de la pareja. Gradualmente lograron reconstruir muchas de las antiguas habitaciones y encontrar puertas y ventanas antiguas, y enrejados para remplazar los antiguos. Volvieron a abrir ventanas tapiadas en la cocina y excavaron tabiques antiguos, ocultos. Hoy, la Casa de la Malinche goza de la condición de monumento colonial registrado, y "no se ha hecho ni un solo cambio" sin la aprobación oficial, dice Lazo.
El atardecer se está escabullendo, y nos traen una botella de fina tequila y unos sabrosos quesos de Oaxaca. Afuera, es la hora pique. Pero apenas penetran sonidos a través de las firmes murallas de piedra mientras la pareja obsequia a su huésped con más historias y opiniones sobre arte, política, todo.
Sí, acceden Lazo y García, el futuro político y económico de México es incierto. Sí, la inmigración y la globalización plantean inquietantes preguntas en todo el hemisferio.
Y sí, dice la pareja, tienen pensado quedarse en su vecindario y seguir peleando, por México y por Coyoacán. En los días de apogeo de Rivera y Kahlo, dice García, los mexicanos querían cambiar su sociedad "apasionadamente". Ahora, cree, el país hace frente a un reto comparable.
"Nos movía la idea de construir un mundo nuevo", dice de los viejos días. "Fue retrasado. Pero tenía que volver a brotar, aunque muchos años después, y debe adoptar nuevas formas".
Como la Casa de la Malinche.
10 de julio de 2005
19 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
Empinándose por encima de la estrecha acera, la Casa de la Malinche se parece a una fortaleza del siglo 16, y, con los años, este sólido edificio ha tenido su parte de invasiones y reformas, no todas acogedoras. Se cree que sus secciones más antiguas se remontan a 500 años. La leyenda dice que el conquistador español Hernán Cortés utilizó una primera versión de la casa como un retiro mientras él y sus soldados asolaban el imperio azteca. En una de sus varias vidas previas, la estructura hizo las veces de cárcel municipal. Más tarde, fue un monasterio.En otra etapa, parte de su planta baja fue cortada en pedazos y convertida en una farmacia. "Ha tenido muchos usos en su historia", dice Rina Lazo, que ha vivido en la Casa de la Malinche con su marido y colega artista Arturo García Bustos durante las últimas cuatro décadas.
Incluso hoy, dice la pareja, la vieja casa funciona como una especie de inexpugnable ciudadela en esta ruidosa, agresiva y contaminada metrópolis de 20 millones de habitantes. Situada estratégicamente al borde un apacible parque en el histórico distrito de Coyoacán de la ciudad, la Casa de la Malinche es un tranquilo y civilizado amortiguador contra las embestidas del exorbitante tráfico en la calle, chillones vendedores callejeros y los miles de visitantes y turistas que marchan por el barrio los fines de semana.
La casa tiene un complejo pedigrí simbólico. Su tocaya, la Malinche, era una mujer india de habla náhuatl que fue la intérprete de Cortés y también compartió la cama del conquistador (la malinche' se traduce como la mujer del capitán'). Debido a que ayudó a los españoles a derrotar y someter a los pueblos indígenas de México, ha sido considerada como una traidora nacional, una femme fatale, en contraste con la adorada heroína nacional, la Virgen de Guadalupe.
Hoy, la casa de caliza, ladrillos y adobe es no sólo un oasis para sus dueños: es también un bastión de los valores culturales tradicionales mexicanos, que Lazo y García creen que están actualmente bajo sitio. Está repleta de arriba a abajo, de arte: esculturas precolombinas, muebles antiguos y una impresionante colección de pinturas, dibujos e impresiones, incluyendo obras de los tres padrinos fundadores del modernismo mexicano: Diego Rivera, Frida Kahlo y David Alfaro Siqueiros.
Para Lazo y García, la relación con este legendario patrimonio artístico es a la vez palpable y personal. Lazo pasó 10 años trabajando como asistente de Rivera, cuyos monumentales murales contribuyeron a definir la identidad post-revolucionaria del país y cuyo peso icónico se inclina sobre el arte mexicano del siglo 20 como el volcán Popocatépetl en los márgenes sur de la ciudad.
García fue estudiante y discípulo de Kahlo, la esposa intermitente de Rivera. Desde los años de su muerte en 1954, la cicatrizada vida de Kahlo, sus coloridos trajes y excéntrico e introspectivo arte -tan diferente del de su marido- la han convertido en una mártir feminista internacional y una diva póstuma. También la han transformado en estrella de cine, en la persona de la actriz Salma Hayek, la que retrató a Kahlo en la película de Miramax de 2002, Frida'.
Pero no nos adelantemos.
Eh, es demasiado tarde. Lazo y García guían al visitante a través de su salón atiborrado de arte, una casual mención de la película sobre la primera pareja de arte mexicano lanza a Lazo en un animado monólogo. "Es triste, porque es una buena película que pudo haber sido mejor", dice. Sí, reconoce Lazo, hubo montones de escenas de fiestas nocturnas y montones de alcohol en los viejos días, pero no las bacanales libidinosas que pretende la película. Lazo y García deberían saberlo, pues eran huéspedes regulares en la antigua casa de Kahlo, la Casa Azul, ahora un museo a menos de una docena de manzanas de Coyoacán.
La pareja también cree que la película minimizó el ardiente compromiso de Kahlo y Rivera con las causas políticas de izquierdas. "Y el lesbianismo no hacía parte de eso", dice Lazo, negando la tradicional percepción de la bisexualidad de Kahlo. "Es un invento". O más bien, dice, esta imagen de Kahlo puede haber sido fomentada por el malicioso marido, Rivera, al que le encantaba dejar caer bombas sociales, incluso inventados. "Frida era una enamorada, pero de los hombres, no de las mujeres", dice Lazo con la determinación de un caso cerrado.
Una extensa matriz de varios pisos que ocupa hasta la cuarta parte de una manzana, la Casa de la Malinche fue concebida a una escala dramática que se ajusta a sus dueños actuales. El dormitorio principal, con su banco de piel de jaguar y elevado catre, podría ser un plató para la producción de Las mil y una noches'. La biblioteca, atiborrada hasta las vigas de libros de arte, da a un patio enmarcado de buganvillas.
Cuando llegas al descanso de la escalera principal, te encuentras con una enorme lechuza de aires doctorales llamada Tecolotzin, en honor a un gobernante azteca. "Tiene cara inteligente, pero quién sabe si es verdad", dice García divertido, mirando a la bestia en su gigantesca jaula. "No escribió Don Quijote' ni nada por el estilo".
La Casa de la Malinche es una obra maestra, pero no un museo. Antes de que Lazo y García lo compraran a principio de los años sesenta, la casa de casi 930 metros cuadrados ha soportado décadas, sino siglos, de lento deterioro. La mantención es cara, y sus dueños de ocupan de su decorado y mantención con los ojos expertos del artista.
Pero la casa, felizmente, no tiene el pavoneo, la obsesión de estar listo-para-la-foto de muchas casas de diseñadores'. Se puede ver un pedazo de peladuras de pintura en el techo, materiales para artistas en alguna esquina. Como sus dueños, la Casa de la Malinche es cálida y acogedora.
El segundo piso del salón, donde Lazo y García hacen gran parte de sus labores de anfitriones, rinde homenaje a sus famosos mentores -el maestro Rivera y la maestra Kahlo, como se refiere la pareja a ellos. Dotada de un techo alto y la luz natural filtrándose a través de las altas ventanas, la habitación está ordenada en torno a dos sofás y un largo banco de madera y cuero. Una alfombra de motivos geométricos de Estambul y un stand de libros antiguo agregan marcados acentos.
Pero al entrar a la habitación, tus ojos instantáneamente se tornan hacia las paredes. Hay una naturaleza muerta de Lazo, con un montón de cocos, a la manera cubista, como Cézanne. Y más allá, su retrato de la hija única de la pareja, Rina García Lazo, una arquitecto que vive abajo con sus dos hijitos.
A unos metros, planeando como una aparición, está el retrato de tamaño natural de una escultural mujer con un vestido azul. Lazo la identifica como una amante de Henry Ford, el autocrático magnate de los coches cuyo hijo Edsel llevó a Rivera a Michigan a principio de los años treinta, para realizar los murales de Detroit Industry' en el Instituto de las Artes de Detroit. Junto a ella, cuelga el dibujo de Kahlo titulado La Copa', de fines de los años treinta, o cuarentas, que muestra una embarcación hecha con las cabezas de gente que representa a diferentes razas o grupos étnicos.
Pequeño. Críptico. Vagamente horripilante. Muy Frida.
En otra pared hay un dibujo inconcluso de Rivera, que llama la atención por su inscripción del maestro a su entonces joven aprendiz: "Para Rina Lazo, que me ayuda a pintar y a vivir".
"Tuvimos la suerte de estar cerca de esos grandes maestros, José Clemente Orozco, Rivera, Siqueiros y Frida", dice García, entre cuyas piezas mejor conocidas se encuentran los murales del palacio del gobierno municipal en el sureño estado de Oaxaca. "Sí, fue una época maravillosa", dice Lazo. A menudo, dice Lazo, quisiera que más de su tiempo en la Tierra se hubiera yuxtapuesto con el de esa extraordinaria era.
En sus años mozos, García y Lazo estuvieron inmersos en una embriagadora mezcla de acción política y apasionada devoción al arte que giraba en torno a Kahlo, Rivera y sus colegas. La pareja los conoció cuando el maestro ordenó a Lazo, su asistente, que ayudara a García a hacer carteles para una manifestación política. "Eso nos unía mucho: el interés artístico, y la política, y las preocupaciones, todo", dice García.
En realidad, después de tantas décadas de ajuste mutuo de las rutinas y contornos, Lazo y García afinan tan ajustadamente como las vigas del suelo. Lazo, una sorprendente mujer con un chal de cremoso color hueso y una cascada de joyas de oro, originaria de Guatemala, tiene una personalidad más histriónica y lleva la palabra. Su marido más circunspecto, que creció en Ciudad de México, escucha y habla cuidadosamente, mirando con cariño a su esposa y metiéndose en la conversación cuando ella se equivoca con un nombre u olvida una fecha. A pesar de su todavía incendiario idealismo político, se las arreglan para mantener a distancia los problemas del mundo con un dulce e irónico humor.
De crucial importancia en este matrimonio, y creativa asociación, es la creencia compartida en el valor perdurable de métodos artísticos de siglos de antigüedad, la preferencia por lo hecho a mano, no generado en un ordenador. La pareja tiene poco interés en el arte prefabricado, casas insulsas, vecindarios sin vida, vidas monótonas.
Al entrar en la Casa de la Malinche, a través de una pesada puerta de madera que da directamente a la acera pública, es como retroceder a una era de ritmo más calmo, más contemplativa. Inmediatamente a la izquierda, un pasillo de piedra conduce al taller de grabados de la pareja, llena de maquinarias de grabado antiguas. "Esta técnica está en desuso", concede García, "pero es maravillosa. La usó Rembrandt, la usó Goya".
García confiesa que está todavía aprendiendo a trabajar en diseño en ordenadores. "Me siento desafiada cuando estoy frente al tablero". Como artista, dice, le parece más fácil expresar sus sentimientos y emociones cuando modela con barro. Su esposa está de acuerdo, y lamenta la pérdida gradual de las habilidades tradicionales de la pintura con pincel. "La pintura a mano va a desaparecer, y con ella el corazón", dice Lazo. "Yo digo que no volverá a nacer otra Frida Kahlo en el futuro".
Pero la devoción a métodos y creencias sancionadas por el tiempo no significa necesariamente vivir en el pasado. De entre pilas dispersas de dibujos, grabados, frescos y acuarelas, García saca uno de sus últimos trabajos, una pequeña imagen blanco-y-negro de un hombre de aire desanimado sentado al borde de una gran ciudad. Detrás de él asoman dos torres de edificios y un avión a reacción.
"El 11 de Septiembre", dice García, "y un artista muy preocupado por el mundo, por el futuro del mundo".
A veces el artista trata de abrazar al mundo y consolarlo. Otra, él o ella debe mantenerlo a un brazo de distancia, o te vuelves loco, lo pueden asegurar Lazo y García.
En Coyoacán, como en otros barrios históricos de Ciudad de México, se libra una batalla para preservar las cualidades únicas e irremplazables que hacen tan atractiva el área, no sólo para los residentes, sino también para extranjeros. Junto con muchos de sus vecinos, Lazo y García han estado peleando contra una propuesta para construir un teatro al aire libre de 900 asientos, que estaría ubicado en la pequeño y encantador parque al otro lado de su casa.
Aunque sus proponentes han dicho que el teatro será usado para conciertos de música clásica y cosas similares, la pareja sospecha que abrirá la puerta a diversiones más agresivas. Creen que el parque debería ser un sitio para pasear, encontrarse con amigos y un pensativo descanso, y no, en palabras de Lazo, un lugar donde "uno viene a divertirse y bailar cumbia".
Poco a poco, teme la pareja, el fino carácter del barrio está siendo engullido por el tráfico comercial y urbanistas que huelen una tendencia lucrativa cuando la hay. En los últimos años, varios de los amigos de la pareja se han marchado de Coyoacán a la búsqueda de prados más tranquilos.
"Aquí, los vecinos, que quieren conservar este lugar, como debe ser, como un centro histórico, por su historia, por sus monumentos", dice Lazo. Ella y su marido se alegran de que las murallas de los viejos fundamentos de la Casa de la Malinche sean de unos 90 centímetros. "¡Mira lo anchas que son las murallas!", dice Lazo, pasando su mano por su granosa superficie."Nos ayudan a protegernos de los ruidos de la calle, de los coches".
La pareja cree que las paredes más gruesas de la casa corresponden a las de la estructura original de un piso donde Cortés y La Malinche vivieron durante un año, probablemente hacia 1521 o 1522. De acuerdo a García, Cortés eligió establecerse en Coyoacán porque la gran capital azteca de Tenochtitlán (hoy el centro de Ciudad de México) , tras ser saqueada por los españoles, estaba llena de cuerpos descompuestos.
En los siglos posteriores, la casa asumió otros aspectos, incluyendo su fase como monasterio. Luego, en los años de 1860, el presidente liberal Benito Juárez implementó sus famosas reformas agrarias y el monasterio y sus terrenos cayeron en manos de una familia campesina que había hecho las tortillas de los monjes. Lazo dice que parte de los terrenos todavía eran usados para cultivar maíz cuando ella y su marido se mudaron aquí hace 40 años.
En los años treinta, la casa llamó la atención de José Vasconcelos, el poderoso ministro de educación mexicano que encargó a Rivera, Siqueiros y otros artistas a pintar los grandes murales públicos que debían articular una visión de la identidad mexicana después del levantamiento revolucionario de 1910-1920.
Consciente del valor histórico de la Casa de la Malinche, Vasconcelos compró la casa. Aunque nunca vivió en ella, dice Lazos, Vasconcelos reconstruyó sus tejados y restauró o remplazó sus vigas derrumbadas.
Finalmente la casa pasó a manos de la hija de Vasconcelos, doña Carmen Vasconcelos. En esa época, a principio de los años sesenta, Lazo y García estaban viviendo en un apartamento y buscando un lugar más grande con suficiente espacio como para instalar un taller artístico y su hija recién nacida. Convencieron a doña Carmen de les alquilara la casa, que más tarde fue puesta a la venta. La pareja vio su oportunidad.
"Nadie quería la casa, porque era vieja, y era de una época en que todo el mundo estaba dejando de lado sus viejas casas y mudándose a unas más modernas", dice Lazo.
Ella y García habían justo recibido un dinero por unos murales que habían pintado para el deslumbrante nuevo Museo de Antropología de la ciudad. Reuniendo su dinero, pudieron comprar la casa. "El hecho es que doña Carmen estaba muy contenta", dice Lazo. "Nos dijo: Ah, ningún mexicano quería comprar esta casa, eran siempre extranjeros, y yo no la quería vender a extranjeros'. Es por eso que le alegró y nos la vendió a nosotros".
Reconstruir la casa, y tratar de restaurarla en algo aproximado a su diseño original fue, para la pareja, un proyecto de 10 años de la pareja. Gradualmente lograron reconstruir muchas de las antiguas habitaciones y encontrar puertas y ventanas antiguas, y enrejados para remplazar los antiguos. Volvieron a abrir ventanas tapiadas en la cocina y excavaron tabiques antiguos, ocultos. Hoy, la Casa de la Malinche goza de la condición de monumento colonial registrado, y "no se ha hecho ni un solo cambio" sin la aprobación oficial, dice Lazo.
El atardecer se está escabullendo, y nos traen una botella de fina tequila y unos sabrosos quesos de Oaxaca. Afuera, es la hora pique. Pero apenas penetran sonidos a través de las firmes murallas de piedra mientras la pareja obsequia a su huésped con más historias y opiniones sobre arte, política, todo.
Sí, acceden Lazo y García, el futuro político y económico de México es incierto. Sí, la inmigración y la globalización plantean inquietantes preguntas en todo el hemisferio.
Y sí, dice la pareja, tienen pensado quedarse en su vecindario y seguir peleando, por México y por Coyoacán. En los días de apogeo de Rivera y Kahlo, dice García, los mexicanos querían cambiar su sociedad "apasionadamente". Ahora, cree, el país hace frente a un reto comparable.
"Nos movía la idea de construir un mundo nuevo", dice de los viejos días. "Fue retrasado. Pero tenía que volver a brotar, aunque muchos años después, y debe adoptar nuevas formas".
Como la Casa de la Malinche.
10 de julio de 2005
19 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
casa de muchos espíritus
[Reed Johnson] Unidos por su trabajo con Frida Kahlo y Diego Rivera, un par de artistas cuidan el legado cultural de una casa histórica.
Empinándose por encima de la estrecha acera, la Casa de la Malinche se parece a una fortaleza del siglo 16, y, con los años, este sólido edificio ha tenido su parte de invasiones y reformas, no todas acogedoras. Se cree que sus secciones más antiguas se remontan a 500 años. La leyenda dice que el conquistador español Hernán Cortés utilizó una primera versión de la casa como un retiro mientras él y sus soldados asolaban el imperio azteca. En una de sus varias vidas previas, la estructura hizo las veces de cárcel municipal. Más tarde, fue un monasterio.
En otra etapa, parte de su planta baja fue cortada en pedazos y convertida en una farmacia. "Ha tenido muchos usos en su historia", dice Rina Lazo, que ha vivido en la Casa de la Malinche con su marido y colega artista Arturo García Bustos durante las últimas cuatro décadas.
Incluso hoy, dice la pareja, la vieja casa funciona como una especie de inexpugnable ciudadela en esta ruidosa, agresiva y contaminada metrópolis de 20 millones de habitantes. Situada estratégicamente al borde un apacible parque en el histórico distrito de Coyoacán de la ciudad, la Casa de la Malinche es un tranquilo y civilizado amortiguador contra las embestidas del exorbitante tráfico en la calle, chillones vendedores callejeros y los miles de visitantes y turistas que marchan por el barrio los fines de semana.
La casa tiene un complejo pedigrí simbólico. Su tocaya, la Malinche, era una mujer india de habla náhuatl que fue la intérprete de Cortés y también compartió la cama del conquistador (la malinche' se traduce como la mujer del capitán'). Debido a que ayudó a los españoles a derrotar y someter a los pueblos indígenas de México, ha sido considerada como una traidora nacional, una femme fatale, en contraste con la adorada heroína nacional, la Virgen de Guadalupe.
Hoy, la casa de caliza, ladrillos y adobe es no sólo un oasis para sus dueños: es también un bastión de los valores culturales tradicionales mexicanos, que Lazo y García creen que están actualmente bajo sitio. Está repleta de arriba a abajo, de arte: esculturas precolombinas, muebles antiguos y una impresionante colección de pinturas, dibujos e impresiones, incluyendo obras de los tres padrinos fundadores del modernismo mexicano: Diego Rivera, Frida Kahlo y David Alfaro Siqueiros.
Para Lazo y García, la relación con este legendario patrimonio artístico es a la vez palpable y personal. Lazo pasó 10 años trabajando como asistente de Rivera, cuyos monumentales murales contribuyeron a definir la identidad post-revolucionaria del país y cuyo peso icónico se inclina sobre el arte mexicano del siglo 20 como el volcán Popocatépetl en los márgenes sur de la ciudad.
García fue estudiante y discípulo de Kahlo, la esposa intermitente de Rivera. Desde los años de su muerte en 1954, la cicatrizada vida de Kahlo, sus coloridos trajes y excéntrico e introspectivo arte -tan diferente del de su marido- la han convertido en una mártir feminista internacional y una diva póstuma. También la han transformado en estrella de cine, en la persona de la actriz Salma Hayek, la que retrató a Kahlo en la película de Miramax de 2002, Frida'.
Pero no nos adelantemos.
Eh, es demasiado tarde. Lazo y García guían al visitante a través de su salón atiborrado de arte, una casual mención de la película sobre la primera pareja de arte mexicano lanza a Lazo en un animado monólogo. "Es triste, porque es una buena película que pudo haber sido mejor", dice. Sí, reconoce Lazo, hubo montones de escenas de fiestas nocturnas y montones de alcohol en los viejos días, pero no las bacanales libidinosas que pretende la película. Lazo y García deberían saberlo, pues eran huéspedes regulares en la antigua casa de Kahlo, la Casa Azul, ahora un museo a menos de una docena de manzanas de Coyoacán.
La pareja también cree que la película minimizó el ardiente compromiso de Kahlo y Rivera con las causas políticas de izquierdas. "Y el lesbianismo no hacía parte de eso", dice Lazo, negando la tradicional percepción de la bisexualidad de Kahlo. "Es un invento". O más bien, dice, esta imagen de Kahlo puede haber sido fomentada por el malicioso marido, Rivera, al que le encantaba dejar caer bombas sociales, incluso inventados. "Frida era una enamorada, pero de los hombres, no de las mujeres", dice Lazo con la determinación de un caso cerrado.
Una extensa matriz de varios pisos que ocupa hasta la cuarta parte de una manzana, la Casa de la Malinche fue concebida a una escala dramática que se ajusta a sus dueños actuales. El dormitorio principal, con su banco de piel de jaguar y elevado catre, podría ser un plató para la producción de Las mil y una noches'. La biblioteca, atiborrada hasta las vigas de libros de arte, da a un patio enmarcado de buganvillas.
Cuando llegas al descanso de la escalera principal, te encuentras con una enorme lechuza de aires doctorales llamada Tecolotzin, en honor a un gobernante azteca. "Tiene cara inteligente, pero quién sabe si es verdad", dice García divertido, mirando a la bestia en su gigantesca jaula. "No escribió Don Quijote' ni nada por el estilo".
La Casa de la Malinche es una obra maestra, pero no un museo. Antes de que Lazo y García lo compraran a principio de los años sesenta, la casa de casi 930 metros cuadrados ha soportado décadas, sino siglos, de lento deterioro. La mantención es cara, y sus dueños de ocupan de su decorado y mantención con los ojos expertos del artista.
Pero la casa, felizmente, no tiene el pavoneo, la obsesión de estar listo-para-la-foto de muchas casas de diseñadores'. Se puede ver un pedazo de peladuras de pintura en el techo, materiales para artistas en alguna esquina. Como sus dueños, la Casa de la Malinche es cálida y acogedora.
El segundo piso del salón, donde Lazo y García hacen gran parte de sus labores de anfitriones, rinde homenaje a sus famosos mentores -el maestro Rivera y la maestra Kahlo, como se refiere la pareja a ellos. Dotada de un techo alto y la luz natural filtrándose a través de las altas ventanas, la habitación está ordenada en torno a dos sofás y un largo banco de madera y cuero. Una alfombra de motivos geométricos de Estambul y un stand de libros antiguo agregan marcados acentos.
Pero al entrar a la habitación, tus ojos instantáneamente se tornan hacia las paredes. Hay una naturaleza muerta de Lazo, con un montón de cocos, a la manera cubista, como Cézanne. Y más allá, su retrato de la hija única de la pareja, Rina García Lazo, una arquitecto que vive abajo con sus dos hijitos.
A unos metros, planeando como una aparición, está el retrato de tamaño natural de una escultural mujer con un vestido azul. Lazo la identifica como una amante de Henry Ford, el autocrático magnate de los coches cuyo hijo Edsel llevó a Rivera a Michigan a principio de los años treinta, para realizar los murales de Detroit Industry' en el Instituto de las Artes de Detroit. Junto a ella, cuelga el dibujo de Kahlo titulado La Copa', de fines de los años treinta, o cuarentas, que muestra una embarcación hecha con las cabezas de gente que representa a diferentes razas o grupos étnicos.
Pequeño. Críptico. Vagamente horripilante. Muy Frida.
En otra pared hay un dibujo inconcluso de Rivera, que llama la atención por su inscripción del maestro a su entonces joven aprendiz: "Para Rina Lazo, que me ayuda a pintar y a vivir".
"Tuvimos la suerte de estar cerca de esos grandes maestros, José Clemente Orozco, Rivera, Siqueiros y Frida", dice García, entre cuyas piezas mejor conocidas se encuentran los murales del palacio del gobierno municipal en el sureño estado de Oaxaca. "Sí, fue una época maravillosa", dice Lazo. A menudo, dice Lazo, quisiera que más de su tiempo en la Tierra se hubiera yuxtapuesto con el de esa extraordinaria era.
En sus años mozos, García y Lazo estuvieron inmersos en una embriagadora mezcla de acción política y apasionada devoción al arte que giraba en torno a Kahlo, Rivera y sus colegas. La pareja los conoció cuando el maestro ordenó a Lazo, su asistente, que ayudara a García a hacer carteles para una manifestación política. "Eso nos unía mucho: el interés artístico, y la política, y las preocupaciones, todo", dice García.
En realidad, después de tantas décadas de ajuste mutuo de las rutinas y contornos, Lazo y García afinan tan ajustadamente como las vigas del suelo. Lazo, una sorprendente mujer con un chal de cremoso color hueso y una cascada de joyas de oro, originaria de Guatemala, tiene una personalidad más histriónica y lleva la palabra. Su marido más circunspecto, que creció en Ciudad de México, escucha y habla cuidadosamente, mirando con cariño a su esposa y metiéndose en la conversación cuando ella se equivoca con un nombre u olvida una fecha. A pesar de su todavía incendiario idealismo político, se las arreglan para mantener a distancia los problemas del mundo con un dulce e irónico humor.
De crucial importancia en este matrimonio, y creativa asociación, es la creencia compartida en el valor perdurable de métodos artísticos de siglos de antigüedad, la preferencia por lo hecho a mano, no generado en un ordenador. La pareja tiene poco interés en el arte prefabricado, casas insulsas, vecindarios sin vida, vidas monótonas.
Al entrar en la Casa de la Malinche, a través de una pesada puerta de madera que da directamente a la acera pública, es como retroceder a una era de ritmo más calmo, más contemplativa. Inmediatamente a la izquierda, un pasillo de piedra conduce al taller de grabados de la pareja, llena de maquinarias de grabado antiguas. "Esta técnica está en desuso", concede García, "pero es maravillosa. La usó Rembrandt, la usó Goya".
García confiesa que está todavía aprendiendo a trabajar en diseño en ordenadores. "Me siento desafiada cuando estoy frente al tablero". Como artista, dice, le parece más fácil expresar sus sentimientos y emociones cuando modela con barro. Su esposa está de acuerdo, y lamenta la pérdida gradual de las habilidades tradicionales de la pintura con pincel. "La pintura a mano va a desaparecer, y con ella el corazón", dice Lazo. "Yo digo que no volverá a nacer otra Frida Kahlo en el futuro".
Pero la devoción a métodos y creencias sancionadas por el tiempo no significa necesariamente vivir en el pasado. De entre pilas dispersas de dibujos, grabados, frescos y acuarelas, García saca uno de sus últimos trabajos, una pequeña imagen blanco-y-negro de un hombre de aire desanimado sentado al borde de una gran ciudad. Detrás de él asoman dos torres de edificios y un avión a reacción.
"El 11 de Septiembre", dice García, "y un artista muy preocupado por el mundo, por el futuro del mundo".
A veces el artista trata de abrazar al mundo y consolarlo. Otra, él o ella debe mantenerlo a un brazo de distancia, o te vuelves loco, lo pueden asegurar Lazo y García.
En Coyoacán, como en otros barrios históricos de Ciudad de México, se libra una batalla para preservar las cualidades únicas e irremplazables que hacen tan atractiva el área, no sólo para los residentes, sino también para extranjeros. Junto con muchos de sus vecinos, Lazo y García han estado peleando contra una propuesta para construir un teatro al aire libre de 900 asientos, que estaría ubicado en la pequeño y encantador parque al otro lado de su casa.
Aunque sus proponentes han dicho que el teatro será usado para conciertos de música clásica y cosas similares, la pareja sospecha que abrirá la puerta a diversiones más agresivas. Creen que el parque debería ser un sitio para pasear, encontrarse con amigos y un pensativo descanso, y no, en palabras de Lazo, un lugar donde "uno viene a divertirse y bailar cumbia".
Poco a poco, teme la pareja, el fino carácter del barrio está siendo engullido por el tráfico comercial y urbanistas que huelen una tendencia lucrativa cuando la hay. En los últimos años, varios de los amigos de la pareja se han marchado de Coyoacán a la búsqueda de prados más tranquilos.
"Aquí, los vecinos, que quieren conservar este lugar, como debe ser, como un centro histórico, por su historia, por sus monumentos", dice Lazo. Ella y su marido se alegran de que las murallas de los viejos fundamentos de la Casa de la Malinche sean de unos 90 centímetros. "¡Mira lo anchas que son las murallas!", dice Lazo, pasando su mano por su granosa superficie."Nos ayudan a protegernos de los ruidos de la calle, de los coches".
La pareja cree que las paredes más gruesas de la casa corresponden a las de la estructura original de un piso donde Cortés y La Malinche vivieron durante un año, probablemente hacia 1521 o 1522. De acuerdo a García, Cortés eligió establecerse en Coyoacán porque la gran capital azteca de Tenochtitlán (hoy el centro de Ciudad de México) , tras ser saqueada por los españoles, estaba llena de cuerpos descompuestos.
En los siglos posteriores, la casa asumió otros aspectos, incluyendo su fase como monasterio. Luego, en los años de 1860, el presidente liberal Benito Juárez implementó sus famosas reformas agrarias y el monasterio y sus terrenos cayeron en manos de una familia campesina que había hecho las tortillas de los monjes. Lazo dice que parte de los terrenos todavía eran usados para cultivar maíz cuando ella y su marido se mudaron aquí hace 40 años.
En los años treinta, la casa llamó la atención de José Vasconcelos, el poderoso ministro de educación mexicano que encargó a Rivera, Siqueiros y otros artistas a pintar los grandes murales públicos que debían articular una visión de la identidad mexicana después del levantamiento revolucionario de 1910-1920.
Consciente del valor histórico de la Casa de la Malinche, Vasconcelos compró la casa. Aunque nunca vivió en ella, dice Lazos, Vasconcelos reconstruyó sus tejados y restauró o remplazó sus vigas derrumbadas.
Finalmente la casa pasó a manos de la hija de Vasconcelos, doña Carmen Vasconcelos. En esa época, a principio de los años sesenta, Lazo y García estaban viviendo en un apartamento y buscando un lugar más grande con suficiente espacio como para instalar un taller artístico y su hija recién nacida. Convencieron a doña Carmen de les alquilara la casa, que más tarde fue puesta a la venta. La pareja vio su oportunidad.
"Nadie quería la casa, porque era vieja, y era de una época en que todo el mundo estaba dejando de lado sus viejas casas y mudándose a unas más modernas", dice Lazo.
Ella y García habían justo recibido un dinero por unos murales que habían pintado para el deslumbrante nuevo Museo de Antropología de la ciudad. Reuniendo su dinero, pudieron comprar la casa. "El hecho es que doña Carmen estaba muy contenta", dice Lazo. "Nos dijo: Ah, ningún mexicano quería comprar esta casa, eran siempre extranjeros, y yo no la quería vender a extranjeros'. Es por eso que le alegró y nos la vendió a nosotros".
Reconstruir la casa, y tratar de restaurarla en algo aproximado a su diseño original fue, para la pareja, un proyecto de 10 años de la pareja. Gradualmente lograron reconstruir muchas de las antiguas habitaciones y encontrar puertas y ventanas antiguas, y enrejados para remplazar los antiguos. Volvieron a abrir ventanas tapiadas en la cocina y excavaron tabiques antiguos, ocultos. Hoy, la Casa de la Malinche goza de la condición de monumento colonial registrado, y "no se ha hecho ni un solo cambio" sin la aprobación oficial, dice Lazo.
El atardecer se está escabullendo, y nos traen una botella de fina tequila y unos sabrosos quesos de Oaxaca. Afuera, es la hora pique. Pero apenas penetran sonidos a través de las firmes murallas de piedra mientras la pareja obsequia a su huésped con más historias y opiniones sobre arte, política, todo.
Sí, acceden Lazo y García, el futuro político y económico de México es incierto. Sí, la inmigración y la globalización plantean inquietantes preguntas en todo el hemisferio.
Y sí, dice la pareja, tienen pensado quedarse en su vecindario y seguir peleando, por México y por Coyoacán. En los días de apogeo de Rivera y Kahlo, dice García, los mexicanos querían cambiar su sociedad "apasionadamente". Ahora, cree, el país hace frente a un reto comparable.
"Nos movía la idea de construir un mundo nuevo", dice de los viejos días. "Fue retrasado. Pero tenía que volver a brotar, aunque muchos años después, y debe adoptar nuevas formas".
Como la Casa de la Malinche.
10 de julio de 2005
19 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
Empinándose por encima de la estrecha acera, la Casa de la Malinche se parece a una fortaleza del siglo 16, y, con los años, este sólido edificio ha tenido su parte de invasiones y reformas, no todas acogedoras. Se cree que sus secciones más antiguas se remontan a 500 años. La leyenda dice que el conquistador español Hernán Cortés utilizó una primera versión de la casa como un retiro mientras él y sus soldados asolaban el imperio azteca. En una de sus varias vidas previas, la estructura hizo las veces de cárcel municipal. Más tarde, fue un monasterio.En otra etapa, parte de su planta baja fue cortada en pedazos y convertida en una farmacia. "Ha tenido muchos usos en su historia", dice Rina Lazo, que ha vivido en la Casa de la Malinche con su marido y colega artista Arturo García Bustos durante las últimas cuatro décadas.
Incluso hoy, dice la pareja, la vieja casa funciona como una especie de inexpugnable ciudadela en esta ruidosa, agresiva y contaminada metrópolis de 20 millones de habitantes. Situada estratégicamente al borde un apacible parque en el histórico distrito de Coyoacán de la ciudad, la Casa de la Malinche es un tranquilo y civilizado amortiguador contra las embestidas del exorbitante tráfico en la calle, chillones vendedores callejeros y los miles de visitantes y turistas que marchan por el barrio los fines de semana.
La casa tiene un complejo pedigrí simbólico. Su tocaya, la Malinche, era una mujer india de habla náhuatl que fue la intérprete de Cortés y también compartió la cama del conquistador (la malinche' se traduce como la mujer del capitán'). Debido a que ayudó a los españoles a derrotar y someter a los pueblos indígenas de México, ha sido considerada como una traidora nacional, una femme fatale, en contraste con la adorada heroína nacional, la Virgen de Guadalupe.
Hoy, la casa de caliza, ladrillos y adobe es no sólo un oasis para sus dueños: es también un bastión de los valores culturales tradicionales mexicanos, que Lazo y García creen que están actualmente bajo sitio. Está repleta de arriba a abajo, de arte: esculturas precolombinas, muebles antiguos y una impresionante colección de pinturas, dibujos e impresiones, incluyendo obras de los tres padrinos fundadores del modernismo mexicano: Diego Rivera, Frida Kahlo y David Alfaro Siqueiros.
Para Lazo y García, la relación con este legendario patrimonio artístico es a la vez palpable y personal. Lazo pasó 10 años trabajando como asistente de Rivera, cuyos monumentales murales contribuyeron a definir la identidad post-revolucionaria del país y cuyo peso icónico se inclina sobre el arte mexicano del siglo 20 como el volcán Popocatépetl en los márgenes sur de la ciudad.
García fue estudiante y discípulo de Kahlo, la esposa intermitente de Rivera. Desde los años de su muerte en 1954, la cicatrizada vida de Kahlo, sus coloridos trajes y excéntrico e introspectivo arte -tan diferente del de su marido- la han convertido en una mártir feminista internacional y una diva póstuma. También la han transformado en estrella de cine, en la persona de la actriz Salma Hayek, la que retrató a Kahlo en la película de Miramax de 2002, Frida'.
Pero no nos adelantemos.
Eh, es demasiado tarde. Lazo y García guían al visitante a través de su salón atiborrado de arte, una casual mención de la película sobre la primera pareja de arte mexicano lanza a Lazo en un animado monólogo. "Es triste, porque es una buena película que pudo haber sido mejor", dice. Sí, reconoce Lazo, hubo montones de escenas de fiestas nocturnas y montones de alcohol en los viejos días, pero no las bacanales libidinosas que pretende la película. Lazo y García deberían saberlo, pues eran huéspedes regulares en la antigua casa de Kahlo, la Casa Azul, ahora un museo a menos de una docena de manzanas de Coyoacán.
La pareja también cree que la película minimizó el ardiente compromiso de Kahlo y Rivera con las causas políticas de izquierdas. "Y el lesbianismo no hacía parte de eso", dice Lazo, negando la tradicional percepción de la bisexualidad de Kahlo. "Es un invento". O más bien, dice, esta imagen de Kahlo puede haber sido fomentada por el malicioso marido, Rivera, al que le encantaba dejar caer bombas sociales, incluso inventados. "Frida era una enamorada, pero de los hombres, no de las mujeres", dice Lazo con la determinación de un caso cerrado.
Una extensa matriz de varios pisos que ocupa hasta la cuarta parte de una manzana, la Casa de la Malinche fue concebida a una escala dramática que se ajusta a sus dueños actuales. El dormitorio principal, con su banco de piel de jaguar y elevado catre, podría ser un plató para la producción de Las mil y una noches'. La biblioteca, atiborrada hasta las vigas de libros de arte, da a un patio enmarcado de buganvillas.
Cuando llegas al descanso de la escalera principal, te encuentras con una enorme lechuza de aires doctorales llamada Tecolotzin, en honor a un gobernante azteca. "Tiene cara inteligente, pero quién sabe si es verdad", dice García divertido, mirando a la bestia en su gigantesca jaula. "No escribió Don Quijote' ni nada por el estilo".
La Casa de la Malinche es una obra maestra, pero no un museo. Antes de que Lazo y García lo compraran a principio de los años sesenta, la casa de casi 930 metros cuadrados ha soportado décadas, sino siglos, de lento deterioro. La mantención es cara, y sus dueños de ocupan de su decorado y mantención con los ojos expertos del artista.
Pero la casa, felizmente, no tiene el pavoneo, la obsesión de estar listo-para-la-foto de muchas casas de diseñadores'. Se puede ver un pedazo de peladuras de pintura en el techo, materiales para artistas en alguna esquina. Como sus dueños, la Casa de la Malinche es cálida y acogedora.
El segundo piso del salón, donde Lazo y García hacen gran parte de sus labores de anfitriones, rinde homenaje a sus famosos mentores -el maestro Rivera y la maestra Kahlo, como se refiere la pareja a ellos. Dotada de un techo alto y la luz natural filtrándose a través de las altas ventanas, la habitación está ordenada en torno a dos sofás y un largo banco de madera y cuero. Una alfombra de motivos geométricos de Estambul y un stand de libros antiguo agregan marcados acentos.
Pero al entrar a la habitación, tus ojos instantáneamente se tornan hacia las paredes. Hay una naturaleza muerta de Lazo, con un montón de cocos, a la manera cubista, como Cézanne. Y más allá, su retrato de la hija única de la pareja, Rina García Lazo, una arquitecto que vive abajo con sus dos hijitos.
A unos metros, planeando como una aparición, está el retrato de tamaño natural de una escultural mujer con un vestido azul. Lazo la identifica como una amante de Henry Ford, el autocrático magnate de los coches cuyo hijo Edsel llevó a Rivera a Michigan a principio de los años treinta, para realizar los murales de Detroit Industry' en el Instituto de las Artes de Detroit. Junto a ella, cuelga el dibujo de Kahlo titulado La Copa', de fines de los años treinta, o cuarentas, que muestra una embarcación hecha con las cabezas de gente que representa a diferentes razas o grupos étnicos.
Pequeño. Críptico. Vagamente horripilante. Muy Frida.
En otra pared hay un dibujo inconcluso de Rivera, que llama la atención por su inscripción del maestro a su entonces joven aprendiz: "Para Rina Lazo, que me ayuda a pintar y a vivir".
"Tuvimos la suerte de estar cerca de esos grandes maestros, José Clemente Orozco, Rivera, Siqueiros y Frida", dice García, entre cuyas piezas mejor conocidas se encuentran los murales del palacio del gobierno municipal en el sureño estado de Oaxaca. "Sí, fue una época maravillosa", dice Lazo. A menudo, dice Lazo, quisiera que más de su tiempo en la Tierra se hubiera yuxtapuesto con el de esa extraordinaria era.
En sus años mozos, García y Lazo estuvieron inmersos en una embriagadora mezcla de acción política y apasionada devoción al arte que giraba en torno a Kahlo, Rivera y sus colegas. La pareja los conoció cuando el maestro ordenó a Lazo, su asistente, que ayudara a García a hacer carteles para una manifestación política. "Eso nos unía mucho: el interés artístico, y la política, y las preocupaciones, todo", dice García.
En realidad, después de tantas décadas de ajuste mutuo de las rutinas y contornos, Lazo y García afinan tan ajustadamente como las vigas del suelo. Lazo, una sorprendente mujer con un chal de cremoso color hueso y una cascada de joyas de oro, originaria de Guatemala, tiene una personalidad más histriónica y lleva la palabra. Su marido más circunspecto, que creció en Ciudad de México, escucha y habla cuidadosamente, mirando con cariño a su esposa y metiéndose en la conversación cuando ella se equivoca con un nombre u olvida una fecha. A pesar de su todavía incendiario idealismo político, se las arreglan para mantener a distancia los problemas del mundo con un dulce e irónico humor.
De crucial importancia en este matrimonio, y creativa asociación, es la creencia compartida en el valor perdurable de métodos artísticos de siglos de antigüedad, la preferencia por lo hecho a mano, no generado en un ordenador. La pareja tiene poco interés en el arte prefabricado, casas insulsas, vecindarios sin vida, vidas monótonas.
Al entrar en la Casa de la Malinche, a través de una pesada puerta de madera que da directamente a la acera pública, es como retroceder a una era de ritmo más calmo, más contemplativa. Inmediatamente a la izquierda, un pasillo de piedra conduce al taller de grabados de la pareja, llena de maquinarias de grabado antiguas. "Esta técnica está en desuso", concede García, "pero es maravillosa. La usó Rembrandt, la usó Goya".
García confiesa que está todavía aprendiendo a trabajar en diseño en ordenadores. "Me siento desafiada cuando estoy frente al tablero". Como artista, dice, le parece más fácil expresar sus sentimientos y emociones cuando modela con barro. Su esposa está de acuerdo, y lamenta la pérdida gradual de las habilidades tradicionales de la pintura con pincel. "La pintura a mano va a desaparecer, y con ella el corazón", dice Lazo. "Yo digo que no volverá a nacer otra Frida Kahlo en el futuro".
Pero la devoción a métodos y creencias sancionadas por el tiempo no significa necesariamente vivir en el pasado. De entre pilas dispersas de dibujos, grabados, frescos y acuarelas, García saca uno de sus últimos trabajos, una pequeña imagen blanco-y-negro de un hombre de aire desanimado sentado al borde de una gran ciudad. Detrás de él asoman dos torres de edificios y un avión a reacción.
"El 11 de Septiembre", dice García, "y un artista muy preocupado por el mundo, por el futuro del mundo".
A veces el artista trata de abrazar al mundo y consolarlo. Otra, él o ella debe mantenerlo a un brazo de distancia, o te vuelves loco, lo pueden asegurar Lazo y García.
En Coyoacán, como en otros barrios históricos de Ciudad de México, se libra una batalla para preservar las cualidades únicas e irremplazables que hacen tan atractiva el área, no sólo para los residentes, sino también para extranjeros. Junto con muchos de sus vecinos, Lazo y García han estado peleando contra una propuesta para construir un teatro al aire libre de 900 asientos, que estaría ubicado en la pequeño y encantador parque al otro lado de su casa.
Aunque sus proponentes han dicho que el teatro será usado para conciertos de música clásica y cosas similares, la pareja sospecha que abrirá la puerta a diversiones más agresivas. Creen que el parque debería ser un sitio para pasear, encontrarse con amigos y un pensativo descanso, y no, en palabras de Lazo, un lugar donde "uno viene a divertirse y bailar cumbia".
Poco a poco, teme la pareja, el fino carácter del barrio está siendo engullido por el tráfico comercial y urbanistas que huelen una tendencia lucrativa cuando la hay. En los últimos años, varios de los amigos de la pareja se han marchado de Coyoacán a la búsqueda de prados más tranquilos.
"Aquí, los vecinos, que quieren conservar este lugar, como debe ser, como un centro histórico, por su historia, por sus monumentos", dice Lazo. Ella y su marido se alegran de que las murallas de los viejos fundamentos de la Casa de la Malinche sean de unos 90 centímetros. "¡Mira lo anchas que son las murallas!", dice Lazo, pasando su mano por su granosa superficie."Nos ayudan a protegernos de los ruidos de la calle, de los coches".
La pareja cree que las paredes más gruesas de la casa corresponden a las de la estructura original de un piso donde Cortés y La Malinche vivieron durante un año, probablemente hacia 1521 o 1522. De acuerdo a García, Cortés eligió establecerse en Coyoacán porque la gran capital azteca de Tenochtitlán (hoy el centro de Ciudad de México) , tras ser saqueada por los españoles, estaba llena de cuerpos descompuestos.
En los siglos posteriores, la casa asumió otros aspectos, incluyendo su fase como monasterio. Luego, en los años de 1860, el presidente liberal Benito Juárez implementó sus famosas reformas agrarias y el monasterio y sus terrenos cayeron en manos de una familia campesina que había hecho las tortillas de los monjes. Lazo dice que parte de los terrenos todavía eran usados para cultivar maíz cuando ella y su marido se mudaron aquí hace 40 años.
En los años treinta, la casa llamó la atención de José Vasconcelos, el poderoso ministro de educación mexicano que encargó a Rivera, Siqueiros y otros artistas a pintar los grandes murales públicos que debían articular una visión de la identidad mexicana después del levantamiento revolucionario de 1910-1920.
Consciente del valor histórico de la Casa de la Malinche, Vasconcelos compró la casa. Aunque nunca vivió en ella, dice Lazos, Vasconcelos reconstruyó sus tejados y restauró o remplazó sus vigas derrumbadas.
Finalmente la casa pasó a manos de la hija de Vasconcelos, doña Carmen Vasconcelos. En esa época, a principio de los años sesenta, Lazo y García estaban viviendo en un apartamento y buscando un lugar más grande con suficiente espacio como para instalar un taller artístico y su hija recién nacida. Convencieron a doña Carmen de les alquilara la casa, que más tarde fue puesta a la venta. La pareja vio su oportunidad.
"Nadie quería la casa, porque era vieja, y era de una época en que todo el mundo estaba dejando de lado sus viejas casas y mudándose a unas más modernas", dice Lazo.
Ella y García habían justo recibido un dinero por unos murales que habían pintado para el deslumbrante nuevo Museo de Antropología de la ciudad. Reuniendo su dinero, pudieron comprar la casa. "El hecho es que doña Carmen estaba muy contenta", dice Lazo. "Nos dijo: Ah, ningún mexicano quería comprar esta casa, eran siempre extranjeros, y yo no la quería vender a extranjeros'. Es por eso que le alegró y nos la vendió a nosotros".
Reconstruir la casa, y tratar de restaurarla en algo aproximado a su diseño original fue, para la pareja, un proyecto de 10 años de la pareja. Gradualmente lograron reconstruir muchas de las antiguas habitaciones y encontrar puertas y ventanas antiguas, y enrejados para remplazar los antiguos. Volvieron a abrir ventanas tapiadas en la cocina y excavaron tabiques antiguos, ocultos. Hoy, la Casa de la Malinche goza de la condición de monumento colonial registrado, y "no se ha hecho ni un solo cambio" sin la aprobación oficial, dice Lazo.
El atardecer se está escabullendo, y nos traen una botella de fina tequila y unos sabrosos quesos de Oaxaca. Afuera, es la hora pique. Pero apenas penetran sonidos a través de las firmes murallas de piedra mientras la pareja obsequia a su huésped con más historias y opiniones sobre arte, política, todo.
Sí, acceden Lazo y García, el futuro político y económico de México es incierto. Sí, la inmigración y la globalización plantean inquietantes preguntas en todo el hemisferio.
Y sí, dice la pareja, tienen pensado quedarse en su vecindario y seguir peleando, por México y por Coyoacán. En los días de apogeo de Rivera y Kahlo, dice García, los mexicanos querían cambiar su sociedad "apasionadamente". Ahora, cree, el país hace frente a un reto comparable.
"Nos movía la idea de construir un mundo nuevo", dice de los viejos días. "Fue retrasado. Pero tenía que volver a brotar, aunque muchos años después, y debe adoptar nuevas formas".
Como la Casa de la Malinche.
10 de julio de 2005
19 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
redada en méxico
[Ginger Thompson] Fuerzas mexicanas rescatan a docenas de secuestrados.
Ciudad de México, México. Cientos de agentes federales enviados a poner orden en la fronteriza ciudad mexicana de Nuevo Laredo han rescatado a 43 personas que parecían estar secuestradas y retenidas en dos casas en un barrio pobre de la ciudad, dijeron el lunes autoridades mexicanas.
Los rescates de 37 hombres y 6 mujeres se hicieron el domingo noche, dijeron, cuando al menos 200 agentes de la policía federal y soldados allanaron tres casas en un conocido barrio de viviendas oficiales. Fueron recibidos con granadas y fuego de armas automáticas de al menos tres hombres identificados como secuestradores, que fueron detenidos.
Las autoridades dijeron que los agentes encontraron en una casa a 10 personas que creían que eran prisioneros y a 33 en otra. Algunos de ellos estaban amarrados y amordazados con cinta de pegar, al menos dos estaban desnudos y uno mostraba signos de haber sido torturado.
Alguna de la gente en las casas contó a las autoridades que habían sido retenidos ahí durante casi tres meses.
Las autoridades federales proporcionaron los nombres y edades de las personas rescatadas, pero no dieron informaciones adicionales, diciendo que algunos podían ser miembros de bandas de narcotraficantes rivales o secuestradores ocultos entre las víctimas. Al menos tres eran menores de edad.
René Salinas, agente del FBI que estudia la situación desde el lado estadounidense de la frontera, dijo: "No sabemos quiénes son. Pero está claro que algunos de ellos eran retenidos contra su voluntad".
A ola de delitos relacionados con las drogas ha empujado a Nuevo Laredo al borde de la anarquía. La ciudad de 300.000 habitantes al otro lado de Laredo, Texas, cruzando el Río Grande, ha estado acosada por choques entre organizaciones rivales de narcotraficantes que luchan por el control de las lucrativas rutas de contrabando de esta región.
Investigadores de derechos humanos dijeron que 65 personas, incluyendo a los dos últimos jefes de policía de la ciudad, han muerto este año en incidentes violentos relacionados con las drogas. Diplomáticos estadounidenses han informado que más de 30 estadounidenses han sido asesinados o secuestrados en la ciudad en los últimos nueve meses.
Familiares de estadounidenses desaparecidos se reunieron después de medianoche en el restaurante Denny en Laredo y esperaron hasta pasadas las 3 de la mañana antes de enterarse de que sus familiares no estaban entre los rescatados. William Slemaker, cuya hija de 27, Yvette Martínez, había desaparecido hacía 10 meses, dijo, aunque los allanamientos le habían dado esperanzas de que las autoridades finalmente la encuentren.
"En realidad no estoy decepcionado de ninguna manera", dijo en una entrevista telefónica. "Siempre he dicho que hay cientos de mexicanos desaparecidos allá y que si las autoridades buscan a su gente, también encontraran a los nuestros".
Más de 100 personas hicieron vigilia frente a un centro militar en Nuevo Laredo, esperando saber si sus familiares se encontraban entre los rescatados. Una lista divulgada el lunes en la tarde provocó lágrimas de alegría, y la desesperación de otros.
Hace dos semanas el presidente Vicente Fox envió 1.000 tropas y agentes federales a ocho ciudades a lo largo de la frontera para reprimir a las bandas de narcotraficantes en guerra y restablecer el orden. El contingente más numeroso fue enviado a Nuevo Laredo, donde la violencia ha escalado más rápidamente y donde las autoridades creen que la policía municipal ha hecho labores de vigilancia y proporcionado sicarios al servicio de las pandillas de traficantes.
Al principio de la operación federal especial, el alcalde de Nuevo Laredo suspendió a todo el cuerpo de policía municipal de unos 730 agentes a la espera de análisis de drogas y pruebas poligráficas. Hasta el momento, unos 100 han sido despedidos.
Pero los asesinatos continúan. El lunes el número de muertes violentas en Nuevo Laredo subió a tres, incluyendo a un niño de 15.
Los allanamientos del domingo revelaron más evidencias de problemas con la fuerza de policía de Nuevo Laredo. En una rueda de prensa el lunes, funcionarios del ministerio de Seguridad Pública dijeron que algunos de los rescatados habían informado que fueron secuestrados por la policía municipal y entregados a un temido grupo de pistoleros, llamados los Zetas. El grupo, organizado y adiestrado por ex agentes de las fuerzas especiales, trabajan como la policía del poderoso Cartel del Golfo, que está luchando para frenar los avances de una banda de traficantes rivales, dirigida por Joaquín El Chapo' Guzmán.
"La inseguridad es el resultado de una serie de factores, entre ellos los niveles de impunidad que han debilitado a la policía local", dijo Gilberto Higuera Bernal, un fiscal federal. "Hay que crear las condiciones para que las policías estatal y local se encarguen de la seguridad pública".
James C. McKinley Jr. contribuyó a este artículos.
28 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
Ciudad de México, México. Cientos de agentes federales enviados a poner orden en la fronteriza ciudad mexicana de Nuevo Laredo han rescatado a 43 personas que parecían estar secuestradas y retenidas en dos casas en un barrio pobre de la ciudad, dijeron el lunes autoridades mexicanas.Los rescates de 37 hombres y 6 mujeres se hicieron el domingo noche, dijeron, cuando al menos 200 agentes de la policía federal y soldados allanaron tres casas en un conocido barrio de viviendas oficiales. Fueron recibidos con granadas y fuego de armas automáticas de al menos tres hombres identificados como secuestradores, que fueron detenidos.
Las autoridades dijeron que los agentes encontraron en una casa a 10 personas que creían que eran prisioneros y a 33 en otra. Algunos de ellos estaban amarrados y amordazados con cinta de pegar, al menos dos estaban desnudos y uno mostraba signos de haber sido torturado.
Alguna de la gente en las casas contó a las autoridades que habían sido retenidos ahí durante casi tres meses.
Las autoridades federales proporcionaron los nombres y edades de las personas rescatadas, pero no dieron informaciones adicionales, diciendo que algunos podían ser miembros de bandas de narcotraficantes rivales o secuestradores ocultos entre las víctimas. Al menos tres eran menores de edad.
René Salinas, agente del FBI que estudia la situación desde el lado estadounidense de la frontera, dijo: "No sabemos quiénes son. Pero está claro que algunos de ellos eran retenidos contra su voluntad".
A ola de delitos relacionados con las drogas ha empujado a Nuevo Laredo al borde de la anarquía. La ciudad de 300.000 habitantes al otro lado de Laredo, Texas, cruzando el Río Grande, ha estado acosada por choques entre organizaciones rivales de narcotraficantes que luchan por el control de las lucrativas rutas de contrabando de esta región.
Investigadores de derechos humanos dijeron que 65 personas, incluyendo a los dos últimos jefes de policía de la ciudad, han muerto este año en incidentes violentos relacionados con las drogas. Diplomáticos estadounidenses han informado que más de 30 estadounidenses han sido asesinados o secuestrados en la ciudad en los últimos nueve meses.
Familiares de estadounidenses desaparecidos se reunieron después de medianoche en el restaurante Denny en Laredo y esperaron hasta pasadas las 3 de la mañana antes de enterarse de que sus familiares no estaban entre los rescatados. William Slemaker, cuya hija de 27, Yvette Martínez, había desaparecido hacía 10 meses, dijo, aunque los allanamientos le habían dado esperanzas de que las autoridades finalmente la encuentren.
"En realidad no estoy decepcionado de ninguna manera", dijo en una entrevista telefónica. "Siempre he dicho que hay cientos de mexicanos desaparecidos allá y que si las autoridades buscan a su gente, también encontraran a los nuestros".
Más de 100 personas hicieron vigilia frente a un centro militar en Nuevo Laredo, esperando saber si sus familiares se encontraban entre los rescatados. Una lista divulgada el lunes en la tarde provocó lágrimas de alegría, y la desesperación de otros.
Hace dos semanas el presidente Vicente Fox envió 1.000 tropas y agentes federales a ocho ciudades a lo largo de la frontera para reprimir a las bandas de narcotraficantes en guerra y restablecer el orden. El contingente más numeroso fue enviado a Nuevo Laredo, donde la violencia ha escalado más rápidamente y donde las autoridades creen que la policía municipal ha hecho labores de vigilancia y proporcionado sicarios al servicio de las pandillas de traficantes.
Al principio de la operación federal especial, el alcalde de Nuevo Laredo suspendió a todo el cuerpo de policía municipal de unos 730 agentes a la espera de análisis de drogas y pruebas poligráficas. Hasta el momento, unos 100 han sido despedidos.
Pero los asesinatos continúan. El lunes el número de muertes violentas en Nuevo Laredo subió a tres, incluyendo a un niño de 15.
Los allanamientos del domingo revelaron más evidencias de problemas con la fuerza de policía de Nuevo Laredo. En una rueda de prensa el lunes, funcionarios del ministerio de Seguridad Pública dijeron que algunos de los rescatados habían informado que fueron secuestrados por la policía municipal y entregados a un temido grupo de pistoleros, llamados los Zetas. El grupo, organizado y adiestrado por ex agentes de las fuerzas especiales, trabajan como la policía del poderoso Cartel del Golfo, que está luchando para frenar los avances de una banda de traficantes rivales, dirigida por Joaquín El Chapo' Guzmán.
"La inseguridad es el resultado de una serie de factores, entre ellos los niveles de impunidad que han debilitado a la policía local", dijo Gilberto Higuera Bernal, un fiscal federal. "Hay que crear las condiciones para que las policías estatal y local se encarguen de la seguridad pública".
James C. McKinley Jr. contribuyó a este artículos.
28 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
soldados de srebrenica
La misión en Srebrenica traumatizó a los soldados.
Amsterdam, Holanda. El número de militares que después de la caída de Srebrenica ha tenido problemas de estrés postraumática es dos veces más alto que entre soldados de otras misiones. Casi un 10 por ciento de 171 Dutchbatters que fueron entrevistados hace poco presentaron problemas de estrés postraumática.
Así se desprende del libro Herinneringen aan Srebrenica' [Recuerdos de Srebrenica] que fue presentado este martes al ministro Kamp, de Defensa. El porcentaje corresponde con otras estimaciones del ministerio de Defensa.
De la investigación se desprende que el número de soldados con el síndrome de estrés postraumática durante misiones menos espinosas que Srebrenica es de un 5 por ciento, en promedio. Del libro de Hendrina Praamsma, Jet Peekel y Toni Boumans se desprende igualmente que los soldados han necesitado más ayuda psicológica que los soldados de otras misiones.
Un 40 por ciento de los 171 Dutchbatters ha necesitado ayuda psicológica. Normalmente es un 20 por ciento. Estos grupos tuvieron problemas en el trabajo o con sus parejas. Algunos empezaron a consumir drogas o se pusieron agresivos.
Como motivo para buscar ayuda los militares mencionaron su impotencia durante la caída del enclave musulmán, la mala publicidad que recibieron y la culpabilidad con que cargan por las masacres que cometieron los serbios.
El Instituto de Veteranos de Guerra guarda sus reservas sobre las cifras, porque no todos los 400 soldados destacados en Srebrenica fueron entrevistados. "Con ellos las cosas pueden marchar muy, o justamente muy mal", dice el director Schoeman. "Diez años después de la caída de Srebrenica y no tenemos todavía una visión completa. Lo que vemos es que los Dutchbatters y ex soldados de la misión de Unifil en el sur del Líbano requieren más ayuda que otros veteranos".
El ministro Kamp admitió que tras la caída del enclave los Dutchbatters "la pasaron muy mal". Kamp: "Vivieron la peor tragedia desde la Segunda Guerra Mundial y en lugar de comprensión fueron recibidos con reproches".
23 de junio de 2005
©srebrenica
©traducción mQh
Amsterdam, Holanda. El número de militares que después de la caída de Srebrenica ha tenido problemas de estrés postraumática es dos veces más alto que entre soldados de otras misiones. Casi un 10 por ciento de 171 Dutchbatters que fueron entrevistados hace poco presentaron problemas de estrés postraumática.Así se desprende del libro Herinneringen aan Srebrenica' [Recuerdos de Srebrenica] que fue presentado este martes al ministro Kamp, de Defensa. El porcentaje corresponde con otras estimaciones del ministerio de Defensa.
De la investigación se desprende que el número de soldados con el síndrome de estrés postraumática durante misiones menos espinosas que Srebrenica es de un 5 por ciento, en promedio. Del libro de Hendrina Praamsma, Jet Peekel y Toni Boumans se desprende igualmente que los soldados han necesitado más ayuda psicológica que los soldados de otras misiones.
Un 40 por ciento de los 171 Dutchbatters ha necesitado ayuda psicológica. Normalmente es un 20 por ciento. Estos grupos tuvieron problemas en el trabajo o con sus parejas. Algunos empezaron a consumir drogas o se pusieron agresivos.
Como motivo para buscar ayuda los militares mencionaron su impotencia durante la caída del enclave musulmán, la mala publicidad que recibieron y la culpabilidad con que cargan por las masacres que cometieron los serbios.
El Instituto de Veteranos de Guerra guarda sus reservas sobre las cifras, porque no todos los 400 soldados destacados en Srebrenica fueron entrevistados. "Con ellos las cosas pueden marchar muy, o justamente muy mal", dice el director Schoeman. "Diez años después de la caída de Srebrenica y no tenemos todavía una visión completa. Lo que vemos es que los Dutchbatters y ex soldados de la misión de Unifil en el sur del Líbano requieren más ayuda que otros veteranos".
El ministro Kamp admitió que tras la caída del enclave los Dutchbatters "la pasaron muy mal". Kamp: "Vivieron la peor tragedia desde la Segunda Guerra Mundial y en lugar de comprensión fueron recibidos con reproches".
23 de junio de 2005
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candidato en autobús
[Marla Dickerson] Ciudad de México y su alcalde, el candidato a la presidencia, apuesta por un nuevo sistema de transporte.
Ciudad de México, México. El alcalde de Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, ha lanzado programas para atacar la criminalidad, la pobreza y la enfermedad en su puesta a punto para postular a la presidencia del país. Ahora viene la parte difícil: el tráfico.
El domingo el candidato debe inaugurar el proyecto de transporte público más importante de los últimos 30 años de esta atochada metrópolis. Si todo sale como planeado, autobuses gigantes de baja contaminación pronto transportarán pasajeros desde plataformas construidas especialmente a través vías exclusivas que los llevarán a toda prisa por una de las rutas diarias más congestionadas de Ciudad de México.
Conocido como Metrobus, el proyecto ha sido diseñado después de que sistemas similares funcionaran, y bien, en Brasil y Colombia. La idea es incorporar lo mejor del metro subterráneo en un sistema de buses menos costoso.
Si tiene éxito, será un paso adelante en la reorganización del caótico servicio de autobuses que transporta a la mayoría de los 20 millones de habitantes del área metropolitana. Hoy la movilidad de la ciudad más grande del hemisferio occidental depende en gran parte de operadores privados cuyos cacharros humeantes y conductores kamikaze hacen que los pasajeros desesperen por tener sus propios vehículos.
Si el Metrobus llega a fracasar -y hay muchos opositores-, podría paralizar el tráfico en una de las principales avenidas de la capital y descarrilar la expansión del proyecto hacia otros corredores. Lo peor de todo, alentaría la abusiva aventura amorosa de Ciudad de México con los coches que están ahogando sus calles, envenenando su aire y sofocando la vida urbana.
"Aquí necesitamos un nuevo modelo de transporte público", dijo Adriana Lobo, directora de la organización sin fines de lucro, Centro para un Transporte Sostenible, de Ciudad de México. "Es fundamental que resulte".
Metrobus operará a lo largo de un tramo de 20 kilómetros de Insurgentes, la principal arteria norte-sur de la ciudad. Con tres vías en cada dirección, separadas por un bandejón con árboles, la avenida está siendo reformada para dar prioridad a los 250.000 pasajeros de autobuses, que son la mayoría de sus usuarios de todos los días.
Las vías junto al bandejón será reservadas para una flota de 80 autobuses Volvo nuevos, cada uno con capacidad para 160 pasajeros. Los usuarios los abordarán en el bandejón, donde se han construido 36 enormes y modernas estaciones.
Los planificadores del transporte dicen que las vías exclusivas ahorrarán por lo menos 50 minutos del trayecto de casi 2 horas que toma cruzar por Insurgentes en la hora pique. La tarifa es de 3.5 pesos, unos 40 centavos de dólar, un poco más barata que el típico microbus.
Unos 350 destartalados buses privados y municipales serán retirados de Insurgentes. Los proponentes dicen que eso beneficiará a los choferes de las vías restantes, porque ya no tendrán que esquivar a los buses que recogen pasajeros junto al bordillo de la acera.
De unos 30 millones, los costes de Metrobus son poca cosa en el presupuesto de Ciudad de México, en comparación con el otro prestigioso proyecto de tráfico del alcalde, un corto tramo de dos pisos de una autopista que se inauguró en enero y costó 185 millones de dólares. Los expertos dicen que eso es precisamente lo que hace tan atractivo el proyecto del Metrobus.
Las florecientes ciudades del Tercer Mundo carecen del dinero para solucionar sus problemas de transporte. Los metros y tranvías eléctricos tienen costes prohibitivos, y el crecimiento de los coches particulares está superando de lejos el financiamiento público necesario para construir calles para que puedan circular.
Ciudad de México, por ejemplo, tiene unos 3.500.000 vehículos inscritos, una categoría que ha estado creciendo a un promedio de casi 8 por ciento al año durante una década. Los camiones y los coches son la mayor fuente de contaminantes que ensucian el mal aire de la ciudad, para no decir nada de la polución acústica de las bocinas, chillonas sirenas y estruendosos estereos.
"Estamos matando a la ciudad", dijo Adrián Fernández Bremauntz, presidente del Instituto Nacional de Ecología, de México. "Esto no es sostenible".
Aquí entra el sistema de transporte rápido en autobús. Introducido primero en Curitiba, Brasil, e imitado en otras ciudades latinoamericanas, incluyendo a Bogotá, Colombia, el sistema persigue explotar mejor las vías existentes haciendo que los buses trabajen como los metros.
Los rasgos comunes incluyen vías exclusivas, así como espaciosas áreas para los pasajeros, boletería electrónica de pre-pago y buses de alta capacidad con montones de puertas para que los pasajeros puedan subir y bajar rápidamente.
"Si se hace bien, tendremos la eficiencia y la velocidad del metro por un 5 a 10 por ciento de los costes", dijo Hal Harvey, director de programas ambientales de la Fundación William y Flora Hewlet, que está apoyando proyectos de transporte sostenible en América Latina.
Pero los escépticos dicen que las teorías de tráfico y la realidad de Ciudad de México están destinadas a chocar en Insurgentes. Uno creería que los ciudadanos, cansados de los embotellamientos, estarían encantados con el Metrobus. En lugar de eso, casi todos tienen quejas.
Los ambientalistas están furiosos de que la ciudad tale miles de árboles maduros del bandejón para hacer espacio para las plataformas de pasajeros. Grupos de ciudadanos están asustados de que esas estaciones atraigan hordas de vendedores callejeros y que los gruñidos del tráfico en Insurgentes envíe a los frustrados automovilistas a los vecindarios a la búsqueda de atajos. Los conductores de vehículos privados están confundidos por la idea de que ceder una vía de precioso asfalto a los buses pueda acelerar el tráfico.
"He estado conduciendo aquí durante 22 años y te digo que no funcionará", dijo el taxista Enrique Mercado Ortiz. Dijo que ese cambio exige una planificación meticulosa, pero "ser desordenados está en nuestra naturaleza".
Los sistemas transporte rápido exitosos requieren buses más grandes y estaciones elaboradas. En Curitiba las autoridades restringieron el tráfico de coches en el centro de la ciudad, cambiaron las leyes zonales y usaron otras técnicas de uso del espacio para mantener las cosas rodando. Nada comparable se ha hecho en México, donde los obreros de la construcción trabajan el día entero para terminar a tiempo las paradas.
El Metrobus requerirá igualmente un cambio en la actitud de automovilistas y peatones.
Los pasajeros acostumbrados a subir al bus en la acera tendrán que cruzar la ajetreada Insurgentes para llegar a las plataformas. La ciudad está instalando señales para los peatones en la mayoría de los cruces. Pero hacer que la gente los acate es otra cosa.
Quizás el reto más importante es la gestión. Gran parte del sistema será operado por un consorcio de empresas de autobuses cuyos vehículos ahora transportan a la mayoría de los pasajeros en Insurgentes. Esos grupos de tráfico son ahora una fuerza poderosa en Ciudad de México, capaces que cerrar el tráfico al menor capricho.
Pero si los empresarios, que han hecho del transporte público sinónimo de apretujamientos, suciedad y peligro, pueden dirigir la revolución del tráfico en Ciudad de México es algo que está por verse.
"Un montón de gente está mirando a Ciudad de México como si fuera un laboratorio", dijo Alejandro Villegas López, que enseña políticas de transporte en el Instituto Politécnico Nacional. "Si fracasa, buscarán otra solución".
18 de junio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
Ciudad de México, México. El alcalde de Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, ha lanzado programas para atacar la criminalidad, la pobreza y la enfermedad en su puesta a punto para postular a la presidencia del país. Ahora viene la parte difícil: el tráfico.El domingo el candidato debe inaugurar el proyecto de transporte público más importante de los últimos 30 años de esta atochada metrópolis. Si todo sale como planeado, autobuses gigantes de baja contaminación pronto transportarán pasajeros desde plataformas construidas especialmente a través vías exclusivas que los llevarán a toda prisa por una de las rutas diarias más congestionadas de Ciudad de México.
Conocido como Metrobus, el proyecto ha sido diseñado después de que sistemas similares funcionaran, y bien, en Brasil y Colombia. La idea es incorporar lo mejor del metro subterráneo en un sistema de buses menos costoso.
Si tiene éxito, será un paso adelante en la reorganización del caótico servicio de autobuses que transporta a la mayoría de los 20 millones de habitantes del área metropolitana. Hoy la movilidad de la ciudad más grande del hemisferio occidental depende en gran parte de operadores privados cuyos cacharros humeantes y conductores kamikaze hacen que los pasajeros desesperen por tener sus propios vehículos.
Si el Metrobus llega a fracasar -y hay muchos opositores-, podría paralizar el tráfico en una de las principales avenidas de la capital y descarrilar la expansión del proyecto hacia otros corredores. Lo peor de todo, alentaría la abusiva aventura amorosa de Ciudad de México con los coches que están ahogando sus calles, envenenando su aire y sofocando la vida urbana.
"Aquí necesitamos un nuevo modelo de transporte público", dijo Adriana Lobo, directora de la organización sin fines de lucro, Centro para un Transporte Sostenible, de Ciudad de México. "Es fundamental que resulte".
Metrobus operará a lo largo de un tramo de 20 kilómetros de Insurgentes, la principal arteria norte-sur de la ciudad. Con tres vías en cada dirección, separadas por un bandejón con árboles, la avenida está siendo reformada para dar prioridad a los 250.000 pasajeros de autobuses, que son la mayoría de sus usuarios de todos los días.
Las vías junto al bandejón será reservadas para una flota de 80 autobuses Volvo nuevos, cada uno con capacidad para 160 pasajeros. Los usuarios los abordarán en el bandejón, donde se han construido 36 enormes y modernas estaciones.
Los planificadores del transporte dicen que las vías exclusivas ahorrarán por lo menos 50 minutos del trayecto de casi 2 horas que toma cruzar por Insurgentes en la hora pique. La tarifa es de 3.5 pesos, unos 40 centavos de dólar, un poco más barata que el típico microbus.
Unos 350 destartalados buses privados y municipales serán retirados de Insurgentes. Los proponentes dicen que eso beneficiará a los choferes de las vías restantes, porque ya no tendrán que esquivar a los buses que recogen pasajeros junto al bordillo de la acera.
De unos 30 millones, los costes de Metrobus son poca cosa en el presupuesto de Ciudad de México, en comparación con el otro prestigioso proyecto de tráfico del alcalde, un corto tramo de dos pisos de una autopista que se inauguró en enero y costó 185 millones de dólares. Los expertos dicen que eso es precisamente lo que hace tan atractivo el proyecto del Metrobus.
Las florecientes ciudades del Tercer Mundo carecen del dinero para solucionar sus problemas de transporte. Los metros y tranvías eléctricos tienen costes prohibitivos, y el crecimiento de los coches particulares está superando de lejos el financiamiento público necesario para construir calles para que puedan circular.
Ciudad de México, por ejemplo, tiene unos 3.500.000 vehículos inscritos, una categoría que ha estado creciendo a un promedio de casi 8 por ciento al año durante una década. Los camiones y los coches son la mayor fuente de contaminantes que ensucian el mal aire de la ciudad, para no decir nada de la polución acústica de las bocinas, chillonas sirenas y estruendosos estereos.
"Estamos matando a la ciudad", dijo Adrián Fernández Bremauntz, presidente del Instituto Nacional de Ecología, de México. "Esto no es sostenible".
Aquí entra el sistema de transporte rápido en autobús. Introducido primero en Curitiba, Brasil, e imitado en otras ciudades latinoamericanas, incluyendo a Bogotá, Colombia, el sistema persigue explotar mejor las vías existentes haciendo que los buses trabajen como los metros.
Los rasgos comunes incluyen vías exclusivas, así como espaciosas áreas para los pasajeros, boletería electrónica de pre-pago y buses de alta capacidad con montones de puertas para que los pasajeros puedan subir y bajar rápidamente.
"Si se hace bien, tendremos la eficiencia y la velocidad del metro por un 5 a 10 por ciento de los costes", dijo Hal Harvey, director de programas ambientales de la Fundación William y Flora Hewlet, que está apoyando proyectos de transporte sostenible en América Latina.
Pero los escépticos dicen que las teorías de tráfico y la realidad de Ciudad de México están destinadas a chocar en Insurgentes. Uno creería que los ciudadanos, cansados de los embotellamientos, estarían encantados con el Metrobus. En lugar de eso, casi todos tienen quejas.
Los ambientalistas están furiosos de que la ciudad tale miles de árboles maduros del bandejón para hacer espacio para las plataformas de pasajeros. Grupos de ciudadanos están asustados de que esas estaciones atraigan hordas de vendedores callejeros y que los gruñidos del tráfico en Insurgentes envíe a los frustrados automovilistas a los vecindarios a la búsqueda de atajos. Los conductores de vehículos privados están confundidos por la idea de que ceder una vía de precioso asfalto a los buses pueda acelerar el tráfico.
"He estado conduciendo aquí durante 22 años y te digo que no funcionará", dijo el taxista Enrique Mercado Ortiz. Dijo que ese cambio exige una planificación meticulosa, pero "ser desordenados está en nuestra naturaleza".
Los sistemas transporte rápido exitosos requieren buses más grandes y estaciones elaboradas. En Curitiba las autoridades restringieron el tráfico de coches en el centro de la ciudad, cambiaron las leyes zonales y usaron otras técnicas de uso del espacio para mantener las cosas rodando. Nada comparable se ha hecho en México, donde los obreros de la construcción trabajan el día entero para terminar a tiempo las paradas.
El Metrobus requerirá igualmente un cambio en la actitud de automovilistas y peatones.
Los pasajeros acostumbrados a subir al bus en la acera tendrán que cruzar la ajetreada Insurgentes para llegar a las plataformas. La ciudad está instalando señales para los peatones en la mayoría de los cruces. Pero hacer que la gente los acate es otra cosa.
Quizás el reto más importante es la gestión. Gran parte del sistema será operado por un consorcio de empresas de autobuses cuyos vehículos ahora transportan a la mayoría de los pasajeros en Insurgentes. Esos grupos de tráfico son ahora una fuerza poderosa en Ciudad de México, capaces que cerrar el tráfico al menor capricho.
Pero si los empresarios, que han hecho del transporte público sinónimo de apretujamientos, suciedad y peligro, pueden dirigir la revolución del tráfico en Ciudad de México es algo que está por verse.
"Un montón de gente está mirando a Ciudad de México como si fuera un laboratorio", dijo Alejandro Villegas López, que enseña políticas de transporte en el Instituto Politécnico Nacional. "Si fracasa, buscarán otra solución".
18 de junio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh