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opinión

sobre el genocidio armenio


Un genocidio olvidado.
[José Pablo Feinmann] El día 24 de abril ha sido declarado Día de acción por la tolerancia y el respeto entre los pueblos. Se eligió ese día en memoria del genocidio perpetrado por los Jóvenes Turcos contra el pueblo armenio. Fue el primer genocidio del llamado "siglo de los genocidios", el veinte. Pero el genocidio armenio expresa una doble masacre: una en la realidad, otra en la memoria. Ha sido el genocidio olvidado. El genocidio que a nadie –salvo a ellos, que lo padecieron– le importa reivindicar, recordar. Fue tapado por el Holocausto, por la Shoah, algo que encierra una paradoja triste. El genocidio armenio sirvió a Hitler para convencer a sus subalternos de la necesariedad de la "solución final" y de la ausencia de costos morales o políticos que tendría. Sólo les preguntó: "¿Acaso alguien recuerda hoy el genocidio armenio?". Esta ausencia de memoria disparó la realización de la masacre de los judíos, de los gitanos y de cualquier disidente político en los lager del Reich. Luego el Holocausto cubrió –al concentrar en sí todo el horror– a ese viejo genocidio de casi principios de siglo, de sombras, fue aprovechado para hundirlo en el olvido por quienes saben que el olvido es la posibilidad de todo genocidio. No hay una Ana Frank armenia. No hay una carita con la dulzura de la de Ana, una sonrisa que nos llene de ternura y de dolor como la de ella de ningún niño armenio. El jurista Carlos Rozanski dijo que él, de pibe, en su barrio de Boedo, solía ver, durante el mes de abril, un afiche que mostraba una hilera de cabezas (no de calaveras: de cabezas, lo que indicaba que habían sido recientemente segadas) sobre unos tablones. Una biblioteca macabra. Eran (si mal no recuerdo ahora) tres tablas que exhibían cabezas de armenios. Cabezas de armenios muertos. Fue, para él, su primer contacto con el genocidio de ese pueblo. Pero era difícil –para un chico– no sentir rechazo, un horror intolerable que empujaba a más a darse vuelta, a huir que a mirar. ¿Qué sucedía? Que ignorábamos qué era eso. Qué tenía que ver con nosotros. Salvo espantarnos. Con Ana Frank todo es distinto, hay otro mecanismo ante el horror que posibilita el acercamiento. El rostro de Ana es hermoso –es uno de los más hermosos rostros de una niña judía– pero el horror surge porque sabemos que Ana fue asesinada en Auschwitz. Unir la belleza de esa carita a una cámara de gas se vuelve intolerable.
Pero no era así con las cabezas de los armenios. Ahora sabemos –y cada vez lo sabremos más y más– por qué esa cabezas fueron puestas sobre esos tablones, fotografiadas, por qué ese afiche está pegado a esa pared, por qué eso sucede sobre todo en el mes de abril. Porque Turquía –entre 1915 y 1923– asesinó a 1.500.000 armenios en el primer genocidio del siglo XX, que, aunque sea llamado el siglo de los genocidios no por eso deberá creerse que podría ser llamado también el siglo del fin de los genocidios.
El jueves 23 de abril, en el Salón de Actos del Colegio Nacional de Buenos Aires, el juez federal Carlos Rozanski, el vicepresidente del Inadi (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo) Pedro Mouratian, el senador Daniel Filmus y yo fuimos invitados para hablar sobre el genocidio armenio y su sentido. Un sentido que liga ante todo con el sentido que debe tener la existencia del hombre, su condición y la lucha contra el mal, la pulsión de muerte –invencible– que habita en él. "El bien y el mal –dijo alguna vez Dostoievski– están en lucha perpetua y el campo de batalla es el corazón del hombre." (Lo cito a Dostoievski porque soy un cobarde que raramente se atrevería a escribir la frase: "El corazón del hombre".) También –poderosamente– estuvo con nosotros la directora cinematográfica Carla Garapedian, que presentó fragmentos de su documental ‘Screamers’, que protagoniza una banda de rock ultra-heavy que lleva el nombre de System of a Down. El documental es magnífico y Garapedian hizo de él una presentación brillante. La banda System of a Down tiene potencia, golpea, grita: "¡Asesinos! ¡Mentirosos!" y esas palabras se dirigen a los negacionistas turcos pero también a todos quienes los acompañan en esa actitud miserable. Filmus –que no pudo estar– envió su palabra a través de un video y dijo con sinceridad lo que quería decir: el gobierno reconoce el genocidio armenio (que Alfonsín fue el primero en reconocer en la Argentina, que Menem vetó en la década del ’90) y hará todo lo que le sea posible por su reconocimiento universal. Empecé, a mi turno, por recordar cómo Armenia, desde chico, había llegado hasta mí. Conocía la foto de las cabezas tronchadas, pero también iba a la Galería Belgrano, en Cabildo, a buscar discos o a mirar las novedades, muchas de las que no podía comprar porque tenía un dinero semanal que me daba mi viejo y no siempre me alcanzaba para los longplay anhelados. Estaba entrando en la música clásica, tenía el piano de casa y me gustaban los conciertos para ese instrumento que amé desde siempre. Un día descubrí el Concierto para piano de Aram Khachaturian. Era muy bueno. Me gustó muchísimo y conseguí tocar algunos pasajes del movimiento lento que –aún hoy– defendería ante tipos que saben diez veces más de música que yo, como Monjeau y Fischerman, y sospecho que no han de valorar a Khachaturian. Del modo que sea, el querible Aram fue el compositor armenio más célebre de su tierra (aun cuando se lo considerara "soviético"), subsistió dignamente bajo Stalin (no delató a nadie), su ‘Danza de los sables’ hizo furor en los tragamonedas de Estados Unidos cuando la cantaron las Andrew Sisters y luego no hubo quien no la tocara (hasta hay una divertida versión de Ray Connif) y quien no se dejara seducir por su ballet ‘Gayaneh’, de 1942, y ‘Spartacus’ de 1956, cuyo tema lírico se inspira hasta el plagio en el célebre blue Stormy Weather. Pero Khachaturian era, para mí, armenio. Y ya de grande me emocionó ver una foto suya en la que besa las manos de un Shostakovich muerto, reposando en su ataúd, en silencio después de tanta música genial. Dije mucho más pero nada que ya alguien no haya dicho antes. Sobre todo Freud en ‘El malestar en la cultura’: que le será difícil a Eros triunfar sobre la pulsión de muerte, que el hombre ha vivido entregado a la autodestrucción y a la destrucción y nada parece prever que habrá de sosegarse. Alguna vez –si puedo– escribiré un ensayo sobre el Mal, porque de eso se trata todo. "De eso" significa de su presencia constante, invencible, de su condición de hilo conductor de la historia humana, de su aplastante victoria sobre el bien, sobre la idea de un Dios bueno y no perverso o ausente. Hegel decía que la "historia avanza por su lado malo". ¡Ah, las tentaciones de la dialéctica, ese poder para justificarlo todo, aun lo más injustificable! Si la historia "avanza por su lado malo" es porque la historia no avanza, persiste en su abismo, en su decurso insensato y catastrófico. ¿Dónde está la esperanza? La tenía a mi lado. La fe en el hombre estaba sentada al lado mío. Me di cuenta cuando empezó a hablar Carlos Rozanski. Es un juez federal, tiene cerca de 59 años, parece un pibe, lleva un pelo largo que le cae sobre la espalda, empilcha bien, derrocha simpatía, es generoso con quienes se le acercan, es judío y es el abogado que presidió el tribunal que condenó a Etchecolatz y al cura Von Wernich. (Un abogado judío que condena a un cura asesino no es un espectáculo frecuente en un país católico que aún sostiene, con el dinero de sus contribuyentes, a una Iglesia que, entre otras cosas, estuvo imperdonablemente lejos de condenar o denunciar a sacerdotes como Von Wernich sino que los amparó y, si fuera por ella o por la alta jerarquía vaticana que jamás le pidió algo diferente, seguirían libres.) Rozansky es un héroe civil de este país, es uno de esos tipos que le hacen a uno creer, no sólo en la condición humana sino en el ciudadano argentino, algo que se me hace excesivamente difícil a veces. Por suerte, no. Carlos Rozansky, en su sentencia a Etchecolatz, dice: "No estamos, como se anticipara, ante una mera sucesión de delitos sino ante algo significativamente mayor que corresponde denominar ‘genocidio’. Pero cabe aclarar que ello no puede ni debe interpretarse como un menosprecio de las diferencias importantes entre lo sucedido en Argentina y los exterminios que tuvieron como víctimas (más de un millón) al pueblo armenio (primer genocidio del siglo XX producido a partir de 1915), el de los millones de víctimas del nazismo durante la segunda guerra mundial o la matanza en Ruanda de un millón de personas en 1994, para citar algunos ejemplos notorios. No se trata de una competencia sobre qué pueblo sufrió más o qué comunidad tiene mayor cantidad de víctimas. Se trata de llamar por su nombre correcto a fenómenos que, aun con diferencias contextuales y sucedidos en tiempos y espacios distintos registran una similitud que debe ser reconocida. Es que, como concluye Feierstein al dar las razones por las que distintos procesos históricos pueden llamarse de la misma manera, utilizar el mismo concepto sí implica postular la existencia de un hilo conductor que remite a una tecnología de poder en la que la negación del otro llega a su punto límite: su desaparición material (la de sus cuerpos) y simbólica (la de la memoria de su existencia)". (Rozanski hace mención al libro de Daniel Feierstein/Guillermo Levy, ‘Hasta que la muerte nos separe. Prácticas sociales genocidas en América Latina’, Ediciones Al Margen. Buenos Aires, 2004.) Y continúa: "Cuando el Estado desconoce el compromiso fundacional que le da origen, retaceando o negando información a sus propios jueces, secuestrando o deteniendo personas sin orden de juez competente, y desconociendo o negando ulteriormente su secuestro, torturando, mutilando y matando personas, e instalando –por medio del terror– una justicia complaciente, secuestrando y apropiándose de cosas ajenas sin justificación alguna, y negando información sobre estos procedimientos a la autoridad judicial, reniega de sus propios fines, su propia justificación teleológica, y se transforma en Estado ilegítimo, circunstancia que, desde el punto de vista del derecho, justifica la oposición y hasta la resistencia a su actividad por parte de las instituciones no estatales, de los partidos políticos y de los ciudadanos y de los habitantes que le dieron origen fundacional" (La Plata, septiembre 2006). Esas cabezas de armenios que Rozanski había visto de pibe en Boedo seguían en su conciencia. Ahora condenaba a sus asesinos. Que también habían actuado aquí. Tanto los Jóvenes Turcos como Etchecolatz y el cura Von Wernich participan de una misma aberración que, hoy, el mundo llama genocidio.

27 de abril de 2009
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somos civilizados porque matamos a los salvajes


Los fundamentos genocidas de las llamadas civilizaciones occidentales en América Latina.
[Jorge Majfud] En el artículo editorial del El País de Montevideo del 19 de abril de 2009, el ex presidente de Uruguay Julio María Sanguinetti reacciona contra la reivindicación de los charrúas y, sin advertirlo, nos da las claves de una mentalidad que gobernó por dos períodos y que siguió influyendo en la ideología de un vasto grupo social durante décadas.
El doctor Sanguinetti afirma que "no hemos heredado de ese pueblo primitivo ni una palabra de su precario idioma [...], ni aun un recuerdo benévolo de nuestros mayores, españoles, criollos, jesuitas o militares, que invariablemente los describieron como sus enemigos, en un choque que duró más de dos siglos y los enfrentó a la sociedad hispanocriolla que sacrificadamente intentaba asentar familias y modos de producción, para incorporarse a la civilización occidental a la que pertenecemos".
La habilidad literaria y filosófica de Sanguinetti radica en reunir tres o cuatro ideas en una sola frase: (1) No hemos heredado casi nada de ese pueblo salvaje. Porque los matamos a casi todos en nombre de la civilización. (2) Perú o Guatemala no pertenecen a la civilización occidental porque en su mayoría su población lleva sangre indígena. Ni qué hablar de Japón, que lamentablemente no ha podido integrarse a la cultura occidental por el problema de su raza y sus costumbres. (3) A pesar de que los matamos a todos y no heredamos nada de ellos, ni una sola palabra, de cualquier forma sabemos que su idioma era precario. Los charrúas no sabían decir ‘Hegel’ ni ‘weltanschauung’ ni ‘iPod’ ni ‘ley de obediencia debida’. No sabían conjugar sus propios verbos y cuando hacían el amor proferían quejidos sin pluscuamperfectos. Como los primitivos quechuas, debían tener sólo tres fonemas vocálicos, dato por el que se demuestra la inferioridad del español ante el inglés, idioma de la civilización, como decía otro insigne educador, Domingo Faustino Sarmiento. Ni qué hablar de los escandinavos, quienes van a la punta de la civilización con el uso de nueve vocales. (4) De los charrúas no conservamos "ni un recuerdo benévolo de nuestros mayores españoles, criollos, jesuitas o militares, que invariablemente los describieron como sus enemigos". Si quienes colonizaron, expropiaron y asesinaron a los primitivos no conservan ningún recuerdo positivo de ellos, ergo los primitivos eran malos y no dejaron ni un recuerdo rescatable. Salvo la tierra y el honor que las víctimas en cada guerra siempre confieren al vencedor. (5) Durante dos siglos, los charrúas se enfrentaron con "la sociedad hispanocriolla que sacrificadamente intentaba asentar familias y modos de producción, para incorporarse a la civilización occidental a la que pertenecemos". Sacrificadamente expoliamos a los primitivos, de eso no hay dudas. No fue fácil. No se dejaban.
El autor, para demostrar que es capaz de ver algo bueno en un pueblo primitivo, elogia a los guaraníes: "La etnia guaraní misionera, esa sí fundamental en la construcción de nuestra sociedad, desde las murallas montevideanas, por ella levantadas, hasta la formación de nuestro ejército". Es decir, los guaraníes (corregidos) contribuyeron a la construcción de las murallas y los ejércitos de los colonizadores que se asentaron en la franja de tierras charrúas. Aunque el número de estos esclavos que colaboraron en la empresa era ínfimo en relación en el pueblo que se extendía desde Paraguay hasta Uruguay, conviene identificarlos con todo el pueblo. Esos salvajes sí eran buenos porque colaboraron "en la construcción de nuestra sociedad", trabajaron en las murallas y se hicieron matar por los nobles colonos blancos.
No dice Sanguinetti que la sociedad de ningún país se construyó en un par de décadas al inicio de su historia política, sino que se sigue construyendo mientras ese país existe, y un factor central de esa construcción surge cuando cada pueblo admite, reconoce y mira de frente los crímenes y genocidios de su propia historia.
Alegremente, Sanguinetti cita el caso de una matanza guaraní en 1702, "en que el ejército guaraní, al mando de los padres jesuitas, mató –según su versión– a 500 guerreros, destruyó una toldería y envió a ‘cristianar’ a las mujeres y niñas". Los guaraníes masacrando en nombre de Cristo... ¿Necesitamos más pruebas del aberrante e hipócrita modus operandi de esta calaña de colonizadores? ¿No recuerda estas proezas a Hernán Cortés y a Adolfo Hitler masacrando en nombre del mismo (mil veces) Crucificado, aplaudido por otras masas de bestias adoctrinadas en nombre de la moral, la civilización, Dios y el progreso? ¿No recuerda esto a los negros esclavos azotando otros negros esclavos hasta que la víctima terminaba por reconocer la bondad de los azotes para controlar la mala naturaleza de las razas inferiores?
"De modo que el tema del enfrentamiento con los charrúas es un ‘choque de civilizaciones’ que no se puede reducir a una mera batalla final." La referencia a Samuel Huntington, cuya teoría sirvió para justificar guerras como la de Irak, le sirve hoy a la mediocre clase tradicionalista de Uruguay para justificar los crímenes de un pasado que es defendido por su valor de mitos fundadores.
"No olvidemos que, cuando la dominación brasileña, Rivera le propuso a Lecor un plan de reducción de los charrúas, tratando de preservar sus vidas." Lo que se puede entender como un intento de control de natalidad mediante la distribución de condones entre los salvajes, ya que no vamos a pensar que intentaban reducirlos en guetos o matar a algunos, como era la costumbre y tal cual fue el resultado final. Pero los Rivera no fueron los únicos responsables de la cacería humana. "Organizada la República, le tocó a Rivera librar en 1831 la tan discutida campaña, aprobada por la unanimidad del Parlamento, sin una voz en contra, dado el clamor del vecindario de la campaña."
Señor ex presidente, este dato no exime a un criminal; implica a toda su clase dominante (los gauchos, los negros y los indígenas no pertenecían al vecindario ni tenían diputados).
Para Sanguinetti, la matanza de charrúas en Salsipuedes fue "poco genocida". Los sobrevivientes charrúas que "organizados dieron muerte, poco después, a Bernabé Rivera, principalísima figura del ejército patrio y sobrino del Presidente" fueron víctimas de una media matanza. Por lo cual Rivera es medio asesino y quienes lo defienden hoy son medio hipócritas.
"Es doloroso por el país que se use la historia de modo abusivo, fundamentalmente para denostar al general Rivera, a quien el país le debe los mayores esfuerzos en la lucha por la independencia." Cualquier historiador sabe que no hubo pura lucha por la independencia, ni siquiera hubo independencia total y menos revolución. Esa lucha estuvo dominada por una fuerte lucha de intereses de clase, de raza y hasta por intereses familiares, individuales. El primer gobierno de Fructuoso Rivera data de 1830. José Artigas, el héroe máximo de la rebelión liberadora del Plata y el más humanista entre los jefes políticos, nunca quiso regresar a vivir bajo el mando de semejantes libertadores. Murió en 1850, tres décadas después de exiliarse en Paraguay. Hoy sabemos que Rivera propuso asesinar a ese "monstruo anarquista".
Julio María Sanguinetti, el ex presidente que tantas veces se puso la bandera de haber asegurado la paz de nuestro país negociando la impunidad de secuestradores y torturadores del Estado militar –América latina, siempre mendigando derechos–, entiende que el genocidio de los charrúas fue realizado por "magníficos esfuerzos de tantos patriotas para consolidar la paz y abrir las rutas del progreso".
La paz de los cementerios y del olvido.
Reconocer los crímenes de nuestra historia no nos hace peores países. Defender semejantes crímenes contra la humanidad nos hace partícipes. Y si fuimos presidentes, nos hace, por lo menos, sospechosos.

22 de abril de 2009
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gobierno de bush en tela de juicio


Estados Unidos, y ahora otros países, están realizando pesquisas legales sobre las políticas del gobierno de Bush. Editorial de Los Angeles Times.
El gobierno de Obama ha eliminado el término ‘guerra global contra el terrorismo’ del léxico de su gobierno, pero le está siendo cada vez más difícil borrar las manchas que tiñen algunas de las tenebrosas actividades que [durante el gobierno de Bush] se intentó justificar con retórica. Desde su elección el presidente Obama ha dicho que prefiere mirar hacia adelante en lugar de quedarse en el pasado, acusando al gobierno de Bush del uso de la detención ilegal y la tortura en la implementación de su campaña contra el terrorismo. Ese es un impulso político comprensible, pero será difícil de sostener.
Un tribunal español ha iniciado un procedimiento penal contra seis altos personeros del gobierno de Bush acusados de proporcionar el margo legal que permitió la tortura de los prisioneros en el centro de detención de Bahía Guantánamo, entre ellos el ex fiscal general Alberto R. Gonzales, el ex jefe de gabinete del vicepresidente David S. Addington y John C. Yoo, un ex abogado del ministerio de Justicia que ahora enseña derecho en la Universidad de California en Berkeley.
Varios factores hacen que este caso probablemente seguirá adelante, incluyendo el hecho de que lo lleva el juez Baltazar Garzón, un cruzado de los derechos humanos que emitió la orden de detención que terminó con la detención en Londres del dictador chileno Augusto Pinochet en 1998. Además, se concentra en cinco ciudadanos o residentes legales de España, otorgando a ese país una jurisdicción específica.
El caso español viene pisándole los talones a una investigación británica sobre si un agente de seguridad del M15 se coludió con agentes norteamericanos para torturar a Binyam Mohamed, un residente británico retenido en Guantánamo. Los dos casos reflejan una creciente determinación internacional para determinar si el gobierno de Bush abandonó el imperio de la ley para perseguir a los terroristas. Nosotros también queremos saberlo.
Cuando se reúna con el primer ministro español, José Luis Rodríguez Zapatero el domingo en Madrid, Obama podría querer señalar que los sistemas jurídicos de nuestro país están funcionando. El ministerio de Justicia ha iniciado una investigación sobre si los agentes de la CIA cometieron actos criminales al destruir las cintas con los interrogatorios de los dos prisioneros de al Qaeda. El mes pasado, el Comité de Inteligencia del Senado abrió una pesquisa sobre las políticas de detención e interrogatorio de la CIA durante el gobierno de Bush. Y el senador Patrick J. Leahy (demócrata de Vermont), presidente del Comité Judicial del Senado, ha propuesto una comisión de verdad y reconciliación bipartidista, aunque no estamos convencidos de que sea la mejor manera de proceder antes de que proceso legal haya tenido oportunidad de funcionar.
El gobierno de Obama debe restaurar la confianza de la comunidad internacional en el estado de derecho en Estados Unidos. Eso quiere decir que las investigaciones sobre posibles delitos cometidos en el marco de la guerra contra el terrorismo deberían proceder con cuidado y vigor. Una vez que se completen las pesquisas, sus hallazgos deben ser hechos públicos, siempre que sea posible. Y, como dijo Obama, si hay evidencias de delitos, debería haber juicios.

9 de abril de 2009
4 de abril de 2009
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los límites de la decencia


Incomprensibles declaraciones Intro
[Horacio Verbitsky] La nota del diario italiano L’Unità se publicó el sábado 14: el jefe de gobierno Silvio Berlusconi bromeaba sobre los desaparecidos argentinos, arrojados al mar desde aviones navales. Aun para quienes estábamos acostumbrados a la prosa ligera del ex presidente Carlos Menem nos resultaba demasiado como para creerlo sin más. Sobre todo porque la nota de Marco Bucciantini encomillaba la frase sobre una invitación a bajar de los aviones pero no el sujeto al que Berlusconi se refería. ¿Pudo tratarse de una confusión del periodista, acaso el magnate de la televisión y el fútbol se refería a la deportación de extracomunitarios, que su gobierno practica y propone como política europea frente a la crisis global? Citado por la cancillería para comunicarle el disgusto del gobierno argentino, el embajador Stefano Ronca dijo que no estaba al tanto y que debía verificar los dichos del presidente del Consejo de Ministros. El video con la frase completa, pronunciada por Berlusconi durante la campaña electoral en Cerdeña, donde el candidato de Forza Italia Ugo Cappellacci venció al gobernador democrático Renato Soru, no deja lugar a dudas. La transcripción en castellano, con la sintaxis del propio Berlusconi, es la siguiente: "Sin ironía, sin la capacidad de sacar algo bueno de todo lo malo, no se llega a ningún lado. De verdad, yo nunca he insultado a nadie. No sólo al señor Soru, a nadie. Sólo me burlo un poco, dentro de los límites de la decencia. He recibido muchos insultos, pueden verlo en los diarios. Parece que para la izquierda es un deporte nacional el tiro al blanco sobre el presidente del Consejo de Ministros. No hacen otra cosa. Cada uno se acuerda de lo que le duele. Los señores de la izquierda han dicho cualquier cosa de mí. Que soy el Ogro de Arcore [el pueblito de Brianza, en Lombardía, donde Berlusconi tiene su casa principal], que soy como Hitler, que soy como Mussolini, que soy como aquel dictador argentino que mataba a sus opositores llevándolos en avión con una pelota, después abrían la portezuela, toma la pelota y dice: Hay un lindo día afuera, por qué no van a jugar un poco". Cuando Berlusconi dice esta frase siniestra, se escuchan risas de su audiencia y el histrión agrega: "Hace reír, pero es dramático". El video fue distribuido en Italia por la agencia virtual Qui News, cuyo director, Carmelo Sorbera, lo acompañó con pocas contundentes palabras sobre la vergüenza que le produce ser representado en el mundo "por el artífice de todo lo más vil que pueda imaginarse". Invocando "la responsabilidad moral de formar parte de la Nación Italiana, pido disculpas a todos los argentinos y a todas las personas involucradas en la tragedia de los desaparecidos y de los años oscuros de la dictadura". Quien aún tenga dudas sobre tamaña vileza puede ver y oír a Berlusconi aquí
20 de febrero de 2009
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dudas sobre corte suprema


La Corte Suprema y los fallos de derechos humanos. Crece indignación por fallos en casos de derechos humanos. Complicidad de la corte con el pinochetismo.
La importancia de los fallos sobre derechos humanos estriba no sólo en la aplicación de las leyes (que siempre tienen más de una interpretación o de lo contrario no haría falta más que un juez, y no cinco, por cada sala de la Suprema), sino también en la construcción de la memoria del país.
La libertad vigilada con que la Corte Suprema benefició a los asesinos del dirigente del MIR Jecar Nehgme el pasado jueves 29 de enero, plantea ciertas dudas respecto del rol del máximo tribunal en los fallos sobre crímenes políticos y violaciones de los derechos humanos.
Ello, no sólo por una cuestión estadística (pues la mayoría de los casos que llegan a la Suprema en estas materias tiende a sufrir una rebaja en las penas), sino también por las particularidades del caso de Nehgme, que escapan a otros emblemáticos crímenes de la dictadura.
Sobre el primer aspecto, es preocupante el tenor de las decisiones, que se hizo más patente aun la semana pasada, pues fueron 17 los ex agentes de seguridad del régimen militar beneficiados con libertad vigilada o pena remitida, en condenas por secuestro u homicidio en casos ocurridos entre 1973 y 1975.
De no ser porque varios de ellos ya cumplían pena por otros casos, la totalidad de los ex militares estaría ya en su casa.
Las decisiones recientes se suman a los fallos de septiembre último, en que fueron dejados libres los responsables de la matanza de quince campesinos en Liquiñe, así como los militares sentenciados por la muerte de un suboficial que trataba de asilarse en la embajada de Venezuela en 1978, y los ex agentes de la CNI responsables del homicidio del joven mirista Fernando Vergara en 1984.
El caso de Nehgme, por sí solo, habla de una decisión -por decir lo menos- controversial. Sobre su asesinato, ocurrido el 4 de septiembre de 1989, no cabe aplicación de amnistía, ni atenuante de ningún tipo.
Nehgme era militante de una facción del MIR que propugnaba la inserción en el sistema político y fue ultimado a balazos cuando Chile estaba ad portas de su retorno a la democracia.
Es cierto -y es sano- que se deje a las instituciones operar con normalidad. Pero también es importante comprender que las acciones institucionales hablan sobre la vida del país y, con frecuencia, son elementos que van dejando lecciones para la historia.
La importancia de los fallos sobre derechos humanos se orienta, por lo tanto, no sólo a la aplicación de las leyes (que siempre tienen más de una interpretación o de lo contrario no haría falta más que un juez, y no cinco por cada sala de la Suprema), sino también a la construcción de la memoria del país y a la capacidad de la nación de aprender de los errores.
Cuando se decide sobre la libertad de un asesino, cuya responsabilidad criminal ha quedado asentada en instancias responsables anteriores, se impone una lección que queda asentada en los libros de historia.
A ello ha de sumarse, por último, la capacidad de los poderes públicos de seguir los tratados internacionales sobre derechos humanos a los que Chile ha suscrito y que, aun teniendo carácter vinculante, no parecen estar presentes en los casos señalados.

2 de febrero de 2009
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sobre el matrimonio homosexual


Pisándole los talones a la invocación del pastor Rick Warren, Obama debería dejar la semántica de lado y reconocer que rechazar el matrimonio homosexual es discriminatorio. Editorial de Los Angeles Times rompe lanzas por los derechos homosexuales.
El pastor Rick Warren, el famoso líder de la Saddleback Church de Lake Forest, se convirtió en un pararrayos en el debate sobre el matrimonio homosexual cuando fue elegido para hacer la invocación en la investidura de Barack Obama. Sin embargo, no dio a sus opositores nada contra lo que protestar, ofreciendo una oración que fue breve, inspiradora y sobre todo nada polémica. Eso pone de relieve una incómoda verdad para los partidarios de los derechos homosexuales: Warren no es un problema tan grande como el presidente al que bendijo.
Warren, que ha irritado a muchos haciendo equivaler las uniones homosexuales con el incesto, la pedofilia y la poligamia, tiene derecho a defender sus creencias religiosas. También lo tiene el presidente Obama, pero el martes juró lealtad a un documento bastante alejado de la Biblia: la Constitución estadounidense, que prohíbe toda forma de discriminación. Obama mostró claramente que entendía la Constitución cuando dijo en su discurso inaugural: "Ha llegado la hora de reafirmar los valores más perdurables de nuestra identidad; de elegir lo mejor de nuestra historia; de seguir difundiendo ese precioso don, esa noble idea, que hemos transmitido de generación en generación: la promesa divina de que todos somos iguales, de que somos todos libres y que merecemos todos la oportunidad de buscar nuestra felicidad".
Es imposible adherir a esos principios y al mismo tiempo proponer que algunos ciudadanos deberían tener menos derechos que otros, por la única razón de que la mayoría desaprueba sus preferencias sexuales. Obama dice que no apoya esa discriminación, pero sus opiniones sobre el tema son un embarazoso embrollo; se opuso a la Propuesta 8, la prohibición del matrimonio homosexual en California, pero dice inequívocamente que cree que el matrimonio es una relación estrictamente entre una mujer y un hombre.
Obama está atrapado en la semántica, creyendo aparentemente que los homosexuales y lesbianas deberían poder iniciar uniones civiles, con todos los derechos del matrimonio, provisto que no se les llame matrimonios. Esa es una evasión que fue justamente rechazada en mayo por la Corte Suprema de California, cuando revocó una prohibición previa del matrimonio homosexual, porque esas distinciones semánticas arrojan dudas sobre la legitimidad de la unión.
En la época del nacimiento de Obama en 1961, algunos estados no habrían permitido el matrimonio interracial de sus padres. Él, más que otros, debería mostrar más sabiduría.

31 de enero de 2009
21 de enero de 2009
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liberación de auschwitz


Se cumple un año más del retorno a la vida de los prisioneros de Auschwitz.
[Jack Fuchs] Otro año. Otro 27 de enero más, fecha en la que se recordará lo que se ha dado en llamar la "liberación" de Auschwitz. 27 de enero de 1945. Pasaron 63 años ya. El lenguaje nos juega nuevamente una mala pasada.
Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, la gente me preguntaba cómo había sido "liberado", cuál de los ejércitos aliados me había "liberado". Yo fui también, durante años, preso de esa terminología y contestaba una y otra vez que había sido liberado por el ejército norteamericano. La realidad es que fui encontrado, en un cobertizo de una casa en el campo, en plena Bavaria. En 1945 yo estaba en Dachau, donde había sido trasladado desde Auschwitz. En los últimos días del mes de abril, hacia el final de la guerra, los nazis a cargo nuestro no sabían qué hacer con nosotros. Los aliados se acercaban, los soldados alemanes nos alejaban. Luego escaparon, dejándonos abandonados en un tren.
¿De qué liberación se habla? Lamentablemente, lo único que sí se puede modificar es el pasado, aunque suene paradójico.
Es doloroso repetirlo una y otra vez: Auschwitz e Hiroshima no han servido de advertencia. Los conflictos y las guerras no dan tregua. De 1945 a la fecha se vienen sucediendo decenas, costándoles la vida a millones de inocentes alrededor del planeta. La diferencia entre ellos es que algunos despiertan más interés –y no me refiero a sensibilidad– que otros. Ciertos conflictos parecen sacudirnos y sacarnos de la indiferencia, otros son simples noticias que no nos quitan el sueño. Podríamos preguntarnos ingenuamente por qué la terrible guerra de los Balcanes durante los años noventa, en el corazón de Europa y con pleno conocimiento de ella por parte de las democracias occidentales, fue "ignorada", y no pudo evitarse la masacre y la destrucción. Lo mismo ocurre con las guerras tribales interminables en algunos países africanos que provocaron y siguen provocando en la actualidad verdaderos genocidios. Afrontémoslo: la mayoría de nosotros ni siquiera puede señalar en un mapa los distintos países en que quedó desmembrada la antigua Yugoslavia, ni los países africanos que siguen sufriendo guerras. Durante la cruda guerra entre las naciones musulmanas, Irán e Irak que en ocho años dejó cientos de miles de muertos no surgió sensibilidad ni manifestación alguna frente a las respectivas embajadas en Buenos Aires, protestando ante tan terrible carnicería. Hoy nos enfrentamos al conflicto en Medio Oriente, que sí nos ocupa a todos y enfrenta a muchos. Hay un dicho que dice lo siguiente: "si un perro muerde a una persona, no nos sorprendemos; si un ser humano muerde a un perro sí". Quiero creer que tal vez ha llegado ya el momento en que tomemos conciencia de cómo nos paramos frente a ciertos acontecimientos y dejemos de buscar constantes justificaciones a nuestras conductas tan contradictorias.
Durante la guerra, los países aliados sabían muy bien de la existencia de los campos de exterminios y de todo lo que sucedía. Jamás bombardearon Auschwitz ni ningún campo. Ni las vías de tren que a ellos conducían. Auschwitz fue ignorado entre 1941 y 1945. Voluntariamente ignorado. El objetivo de los países aliados era ganar la guerra. Jan Karski, héroe de la resistencia polaca, estuvo entre los primeros testigos de las atrocidades que se cometieron durante el nazismo. Su testimonio fue menospreciado en Europa, cuando luego de moverse clandestinamente por distintos lugares, brindó información sobre lo que estaba sucediendo. Cuando llega a los Estados Unidos en julio de 1943 sucede lo inimaginable. Su reporte sobre los terribles sucesos incluyendo la matanza de judíos "oscurecía" la agenda de todos los políticos, a nadie interesaba. Roosevelt, con quien se entrevistó de manera privada, sólo estaba interesado en datos vinculados con las conspiraciones existentes. El juez de la Corte Suprema norteamericana, Felix Frankfurter, judío él mismo, escuchó el testimonio de Jan Karski durante una hora y le dijo: "no puedo creerle". El embajador polaco que allí estaba se enfureció y le preguntó cómo era posible que no creyera los dichos de Karski. Frankfurter contestó: "no es que no lo creo, sino que no puedo creerlo".
A esta historia se le suman decenas de otras, voces que no quisieron ser escuchadas. El horror fue ignorado. Los crímenes del nazismo y la indiferencia del mundo tuvieron lugar en un mismo planeta, el nuestro, aunque intentemos reivindicar la acción "liberadora" de la civilización occidental y humanista. Los sobrevivientes, los testigos que aún estamos vivos, fuimos encontrados, errando, en el camino autodestructivo de la humanidad.

El autor sobrevivió el Holocausto.

27 de enero de 2009
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crímenes de guerra


Responsables de crímenes de guerra del primer mundo no serán llevados a justicia, pero se les hará difícil viajar fuera de sus países.
[Santiago O’Donnell] El mundo se puso un poco más peligroso para los criminales de guerra del primer mundo. Las torturas y los secuestros del gobierno de George W. Bush y los bombardeos de civiles palestinos por parte del ejército israelí seguramente no recibirán el castigo que se merecen, pero al menos sus principales responsables tendrán que pensarlo dos veces antes de salir de sus países.
Según Newsweek, el mes pasado una Corte Federal de Nueva York aceptó un caso contra un ministro de Justicia de Bush, John Ashcroft, presentado por un ciudadano canadiense que fue llevado por la CIA a Siria, donde fue torturado. También el mes pasado la Corte Suprema estadounidense aceptó una causa por abusos de prisioneros de Guantánamo contra el ex secretario de Defensa Donald Rumsfeld. Esa denuncia se apoya en un duro documento firmado por una comisión bipartidista del Senado, que señala a Rumsfeld como "la causa directa" de las vejaciones en la cárcel que el jueves ordenó cerrar Obama.
El gobierno de Bush insiste en negar haber torturado prisioneros y responsabiliza por los eventuales "excesos" cometidos a los perejiles pescados infraganti. Pero es el mismo gobierno que ordenó a sus interrogadores reinterpretar los límites que la Convención de Ginebra impone al trato de prisioneros, orden que Obama revirtió en su segundo día como presidente. Al anular esa orden, Obama proclamó "Estados Unidos ya no torturará", con lo que admitió implícitamente que lo hacía.
El caso israelí también va sumando adeptos. La semana pasada la oficina de derechos humanos de Naciones Unidas abrió una investigación sobre la posible comisión de crímenes de guerra en el ataque contra un centro de refugiados y depósito de alimentos durante la invasión de la Franja de Gaza. Por su parte, el Premio Nobel de la Paz Desmond Tutu llamó a crear un tribunal internacional para juzgar crímenes de guerra en Medio Oriente, similar a los que juzgan violaciones a los derechos humanos en Ruanda o la ex Yugoslavia. Médicos de la franja denuncian haber tratado quemaduras de fósforo blanco, un material bélico de uso prohibido. Esta semana la canciller israelí estuvo a punto de cancelar un viaje a Bruselas porque un diario israelí informó, erróneamente, que sería arrestada ni bien pisara suelo belga, donde todavía rige una orden de captura contra el ex premier Ariel Sharon por presuntos crímenes de guerra contra la población palestina.
El gobierno israelí responsabiliza a Hamas por las muertes de los civiles y asegura que militares de ese movimiento se escondían en refugios y ambulancias y disparaban desde allí, denuncias que han acompañado con videos que mostrarían algunos casos en que ello sucedió. También aseguran que Hamas exageró por mucho la cantidad de muertos civiles durante la invasión. Pero el accionar de las fuerzas israelíes fue denunciado por todas las organizaciones humanitarias que trabajan en la franja y las fotos de los niños muertos en bombardeos dieron la vuelta al mundo. Y es difícil negar que ante la censurable actitud de Hamas de lanzar cohetes que alteran la vida de ciudadanos israelíes en la frontera con la franja, y ocasionalmente lastiman, y muy de vez en cuando matan a esos ciudadanos, el gobierno israelí respondió con una masacre de civiles y la destrucción total de la infraestructura urbana del territorio palestino, que ya venía sufriendo una crisis humanitaria causada por un férreo bloqueo impuesto por Israel.
Hasta ahora los grandes criminales de guerra del primer mundo tuvieron vía libre, porque en sus países las acusaciones, cuando las hubo, siempre recayeron en agentes de bajo nivel. Por ejemplo, algunos soldados y contratistas privados fueron condenados en cortes estadounidenses por crímenes contra civiles en Irak. Pero nunca fue juzgado ni siquiera un agente raso de la CIA, o algún militar con responsabilidad de mando por encima de una patrulla o pelotón.
Según el principio de justicia universal, un criminal de guerra puede ser juzgado en otro país si su país de origen no muestra voluntad de someterlo a un juicio imparcial. Bajo ese principio, un juez español, Baltasar Garzón, pidió y obtuvo la captura de Pinochet en Gran Bretaña. En el pasado hubo intentos de someter a funcionarios norteamericanos a la justicia de terceros países. El más conocido es el caso de Kissinger, por su apoyo al Plan Cóndor, de las dictaduras del cono sur. Pero tanto en ése como en otros similares, el gobierno estadounidense presionó a los países que habían abierto causas para que abandonen sus intenciones.
Lo mismo pasaba en las cortes estadounidenses, donde en varios casos el gobierno solicitó y obtuvo la anulación de causas al invocar cuestiones de seguridad nacional. Por ejemplo, en el caso de la complicidad de empresarios estadounidenses con los paramilitares responsables de matanzas en Colombia. Pero el avance de la justicia universal de a poco va cambiando el escenario.
"Por un lado está la responsabilidad del Estado en asumir la comisión de crímenes de guerra y reparar a los damnificados. Para que eso suceda, el gobierno de Obama o el futuro gobierno israelí deben reconocer que el Estado cometió crímenes y es difícil que eso suceda. Por otro lado está la responsabilidad individual, que en el caso de la justicia universal corre por el lado de la Corte Penal Internacional (CPI) de La Haya", explica Andrea Vlahusic, profesora de derecho internacional de la UBA, ante una consulta del cronista.
El tema con la CPI es así: La Haya nunca juzgó un crimen de Estado de un país del primer mundo. Por ejemplo, el tribunal para la ex Yugoslavia no investigó el uso de bombas racimo por parte de la OTAN. Además, ni Estados Unidos, ni Israel, ni Irak, ni Afganistán son firmantes del Tratado de Roma y por lo tanto no aceptan la competencia del tribunal.
"Pero el Estado puede aceptar que un individuo sea juzgado en la CPI por un caso particular, por más que no sea firmante del tratado de Roma", aclara Vlahusic. Si ese país se niega a entregar al acusado, la CPI puede recurrir al consejo de Seguridad.
"Para que un caso llegue a la CPI, la víctima debe ser de un país que firmó el Tratado de Roma o el crimen tuvo que ocurrir en un país firmante. Si no se dan esas condiciones, el caso sólo se puede abrir por resolución del consejo de Seguridad de la ONU. Es lo que ocurrió en Sudán, que no es parte del estatuto. El caso de Israel es similar", explica la profesora. O sea, basta que alguien presente la denuncia y que los aliados de Israel en el consejo se abstengan, para que los presuntos crímenes sean investigados.
"El criterio de la justicia universal se aplica. Si Garzón quisiera aplicar el mismo criterio con Bush que usó con Pinochet, podría hacerlo. Las condiciones jurídicas están dadas. La cosa es la voluntad política", asegura la experta.
¿Y cuál es la voluntad política de Obama? Si algo dejó en claro en estos días es que no piensa encubrir ni disimular los chanchullos de su antecesor. De ahí a permitir que lo metan preso hay una gran distancia, y no es realista imaginar que eso sucederá. Pero sí es dable pensar que suspenderá los "briefs" del Departamento de Justicia pidiendo a jueces norteamericanos el cierre de causas por el bien de la seguridad nacional. También es probable que no proteja a funcionarios de Bush acusados en terceros países, si es que de veras quiere reconciliar a Estados Unidos con el mundo, tal como profesa.
"Estas cosas avanzan de a poco, pero avanzan. No me sorprendería que caiga preso algún funcionario medio, me encantaría que fuera Bush, pero no lo veo como algo realista", redondea la profesora.
De no mediar sorpresas, lo más probable es que en el corto plazo el castigo se limite a que Rumsfeld, Cheney, Ashcroft, Gonzales, Livni, Olmert y compañía tengan que elegir con mucho cuidado su próximo lugar de vacaciones. Pero así empezaron las complicaciones para los dictadores latinoamericanos, y algunos terminaron en el calabozo. Ahora la justicia universal llegó hasta la puerta del poder real y Obama tiene la llave. Si no la usa como prometió, tarde o temprano alguien va a derribar esa puerta a las patadas.

25 de enero de 2009
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