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opinión

justicia después de troy davis


Si desaparece la pena de muerte en EUA, lo será no porque nadie quiera ya ejecutar a culpables, sino porque nadie quiere matar a inocentes.
[Ross Douthat] Es fácil ver por qué el caso de Troy Davis, el hombre de Georgia ejecutado la semana pasada por el asesinato de un agente de policía de franco, se convirtió en una causa célebre para los que se oponen a la pena de muerte. Davis fue identificado como el tirador por testigos que confesaron más tarde haber sido presionados por los detectives. Fue procesado y condenado sobre la base de las mismas declaraciones de testigos oculares dudosos, antes que sobre evidencias forenses. Y sus apelaciones fueron laboriosamente lentas y no entregaron nada parecido a la certeza: tomó a tribunales veinte años decir no al segundo juicio que Davis puede haber merecido.
Para muchos observadores, la lección de este caso es simple. Tenemos que abolir inmediatamente la pena de muerte. El argumento de que la pena capital es inherentemente inmoral ha perdido terreno hace mucho tiempo en la política estadounidense. Pero en la edad de las evidencias por ADN e interminables excavaciones en los medios, el argumento de que las cortes y los jurados son simplemente demasiado falibles como para confiarles asuntos de vida o muerte puede ser más efectivo.
Si la pena capital desapareciera de Estados Unidos, no sería porque los votantes y los políticos ya no quieren ejecutar a los culpables. Lo será porque tienen miedo de ejecutar a los inocentes.
Este es uno de los temores sanos que cualquier sociedad puede tener. Pero para los partidarios de la reforma de la justicia penal, aquí acecha un peligro. Después de todo, en un mundo sin pena de muerte, probablemente Davis no habría sido ni juzgado nuevamente ni exonerado. Sus apelaciones seguirían siendo rechazadas, pasaría el resto de su vida en prisión y mucho menos gente se habría preocupado por él o enterado de su destino.
En lugar de eso, recibió ayuda jurídica, atención de los medios y apoyo de los activistas que pocos convictos reciben. Y su caso se convirtió en un ejemplo de cómo la finalidad misma de la pena de muerte puede concentrar la atención de la opinión pública en temas que muchos estadounidenses prefieren ignorar: el celo exagerado de polis y fiscales, los límites del proceso de apelación y las adversas condiciones a las que hacen frente muchos de los más de dos millones de estadounidenses actualmente en prisión.
Simplemente tirar la toalla y eliminar completamente las ejecuciones podría, en contraste, ser una forma de evasión moral: un modo de consolarnos a nosotros mismos con el conocimiento de que ningún inocente es ejecutado nunca, incluso si abusos más generalizados no son controlados. Debiésemos querer un sistema judicial en el que podamos confiar en asuntos de vida o muerte, y que pueda resistir el tipo de presión pública que recibió el caso de Davis. Y reformar, poco a poco, la pena de muerte -imponiéndola en menos ocasiones y con más salvaguardas, de las que se puedan beneficiar igualmente otros acusados- puede ser más conveniente que la abolición absoluta para abordar problemas mayores relacionados con el crimen y el castigo en Estados Unidos.
Este punto fue bien hecho la semana pasada por Pascal-Emmanuel Gobry, en The American Scene. En cualquier sistema penal, señaló, pero especialmente en el nuestro -que puede ser brutal, de extremo hacinamiento, lleno de violaciones y otras formas de violencia- una sentencia a prisión perpetua puede ser más cruel e inusual que una ejecución rápida. Y una sociedad que presuntamente valora la libertad tanto o más que la vida no se civiliza necesariamente si conserva la vida de sus convictos mientras viola consistentemente sus derechos y dignidad. Simplemente se engaña mejor a sí misma acerca de qué está pasando realmente.
En lo esencial, la mayoría de los estadounidenses que apoyan la pena de muerte lo hacen porque quieren creer que nuestro sistema judicial es justo, y no meramente un mecanismo para encerrar a los peligrosos y garantizar seguridad a los que respetan la ley. La defensa de la ejecución de asesinos es un caso de proporcionalidad en el castigo: de sentencias que se correspondan con el delito, y penas que cierren el círculo.
En lugar de desechar este punto de vista como atrasado y bárbaro, los reformadores de la justicia penal deberían tratar de aprovecharlo, señalando que demasiado a menudo nuestros castigos no se corresponden con el delito, que las sentencias para muchos delitos relacionados con las drogas son desproporcionados, o que la violación y el abuso sexual se han convertido en una parte implícita de muchas sentencias de prisión. Los estadounidenses deberían ser llamados a apoyar la reforma penal no a pesar de su creencia de que algunos asesinos merecen la ejecución, sino que debido a ella: porque ambos son intentos de asegurarse que criminales acusados reciban lo que merecen.
Abolir la pena capital en una especie de desesperación sobre su falibilidad enviaría un mensaje muy diferente. Le diría a la opinión pública que nuestras leyes y tribunales y jurados son fundamentalmente incapaces de entregar lo que la mayoría de los estadounidenses considera justicia genuina. Alentaría un punto de vista más cínico y utilitario sobre por qué existen fuerza pública y cárceles, y en qué orden de normas morales deben responder. Y mientras se pone fin a las ejecuciones erróneas, podría producir todavía más injusticias.
[Foto viene del blog de Emily L. Hauser.]
29 de septiembre de 2011
24 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

castigo indefendible


Es hora de que los estadounidenses reconozcan que la pena capital no puede cumplir con la Constitución y es completamente indefendible. Editorial de TNYT.
Cuando la Corte Suprema reinstituyó hace treinta y cinco años la pena de muerte, lo hizo provisoriamente. Desde entonces, ha tratado de articular normas legales vinculantes para los estados que garantizarían la aplicación justa de la pena capital y evitaría la arbitrariedad y la discriminación que ha llevado a la abolición de todas las leyes de pena de muerte estaduales en 1972.
Como subraya la inaceptable ejecución de Troy Davis en Georgia la semana pasada, la corte ha fracasado porque es imposible tener éxito en esta tarea. La pena de muerte es grotesca e inmoral y debería ser derogada.
En 1976, el marco de la corte para aplicar la pena de muerte, equilibrando factores agravantes como la crueldad del crimen con factores atenuantes, como la ausencia de antecedentes penales del acusado, lo proporcionó el Instituto Americano de Derecho, una organización de jueces, abogados y profesores de derecho independiente. En 2009, después de una revisión de décadas de ejecuciones, la organización concluyó que el sistema no podía repararse y abandonó el intento.
Sentenciar a gente a la muerte sin tomar en cuenta circunstancias agravantes y atenuantes conduce a resultados arbitrarios. Sin embargo, según concluyó la revisión, también los provoca considerar esas circunstancias, porque exige que los jurados sopesen factores contradictorios y hace que la sentencia se vuelva vulnerable a sus prejuicios.
Esos prejuicios son impulsados por la raza, clase y política, que influyen en todos los aspectos de la vida estadounidense. Como resultado, han hecho de la discriminación y la arbitrariedad sellos distintivos de la pena de muerte en este país.
Por ejemplo, dos tercios de todos los condenados a muerte desde 1976 han tomado lugar en cinco estados sureños donde persisten los "valores de vigilantes", de acuerdo al jurisconsulto Franklin Zimring. El racismo continúa infectando el sistema, como lo han demostrado estudio tras estudio en las últimas tres décadas.
Los problemas continúan: muchos acusados en casos capitales son demasiado pobres como para acceder a ayuda jurídica. Muchos de los abogados asignados para su representación están mal preparados para el trabajo. Un importante estudio hecho por la Comisión Judicial del Senado concluyó que "abogados incompetentes en la defensa" daban cuenta de cerca de dos quintos de los errores en casos capitales. Aparte el tema de la ayuda jurídica, estos casos son más caros en cada fase del proceso criminal que los casos no capitales.
La política también impregna la pena de muerte, aumentando la posibilidad de una aplicación arbitraria. La mayoría de los fiscales en jurisdicciones con la pena capital, son elegidos y controlan la decisión de pedir esa pena. Dentro del mismo estado, políticas que varían de condado a condado han producido enormes disparidades en la aplicación de la pena, cuando la tasa de criminalidad y la demografía eran similares. Esto ha sido verdad en Pensilvania, Georgia, Tejas y muchos otros estados.
De momento, bajo este horrendo sistema, diecisiete personas sentenciadas a muerte han sido exoneradas y liberadas sobre la base de análisis de ADN, otras 112 personas sobre la base de otras evidencias. Excepto algunos, todos los países desarrollados han abolido la pena de muerte. Es hora de que los estadounidenses reconozcan que la pena capital no puede cumplir con la Constitución y es completamente indefendible.
28 de septiembre de 2011
25 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

el problema de los cacheos por marihuana


Cuestionables prácticas policiales para capturar a personas con posesión mínima de drogas -como el cacheo en la calle por sospechas de posesión-, merecen ser revaluadas. Editorial del NYT.
El comisionado Raymond Kelly, del Departamento de Policía de Nueva York, ofreció demasiado poco y demasiado tarde cuando emitió un memo instruyendo a sus agentes a no detener a personas con pequeñas cantidades de marihuana a menos que la droga esté a la vista pública. Una ley de 1977 despenalizó la posesión menor, sin embargo decenas de miles son arrestados cada año.
En 2010, más de cincuenta mil personas fueron detenidas por posesión de marihuana; una inmensa mayoría de ellas pertenecían a minorías raciales y eran hombres. Abogados de derechos civiles dicen que muchos de ellos han sido parados en el marco de la amplia práctica del cacheo y fueron arrestados después de que agentes les ordenaran vaciar sus bolsillos, lo que puso a la vista pública las drogas.
El memo del comisionado Kelly deja ahora en claro que la exhibición de la droga debe ser una "actividad emprendida por la propia voluntad del sujeto" y que los individuos no pueden ser acusados de violar la ley si la marihuana "fue mostrada a la vista pública por instrucciones de un agente."
Aunque el memo, sobre el que WNYC informó la semana pasada, es un paso importante, no es en sí mismo el fin del problema. El ministerio de Justicia de Estados Unidos y legisladores de Nueva York deberían investigar la legalidad de prácticas que llevaron a la detención de cientos de miles de personas desde mediados de los años noventa.
Según las leyes neoyorquinas, la posesión de veinticinco gramos de marihuana o menos es una infracción que se multa con cien dólares la primera vez. La posesión de cualquier cantidad a la vista pública, sin embargo, es un delito menor punible con hasta tres meses de cárcel y una multa de quinientos dólares.
Esta ley fue apoyada por los fiscales de distrito en los años setenta debido a que creían que liberaría a la policía para dedicarse a combatir los delitos graves. Eso cambió a mediados de los años sesenta cuando el ayuntamiento empezó a enfatizar las detenciones callejeras como una parte importante de su enfoque policial. Desde 1966 el ayuntamiento ha encarcelado a más de 536 mil personas por el cargo más bajo relacionado con la marihuana, de acuerdo a Harry Levine, sociólogo del Queens College que ha seguido estrechamente los datos. De 1981 a 1995, esa cifra fue de 33 mil 700.
La policía ha definido las detenciones por marihuana como importante para mantener a los delincuentes alejados de las calles. Pero en declaraciones a la Legislatura este verano, el profesor Levine ha calculado que una mayoría significativa de los detenidos en 2010 no habían sido condenados nunca por ningún delito -sobre la base de un análisis de datos entregados al estado.
Jóvenes afroamericanos e hispanos, sobre-representados en las detenciones en la calle, componen el porcentaje más alto de personas detenidas por posesión de marihuana. Esta práctica policial ha dañado la vida de jóvenes y merece un mayor estudio de parte de supervisores federales y estaduales.
28 de septiembre de 2011
16 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

contra la impunidad de romano


El derecho internacional y la legislación interna chilena prohíben otorgar asilo a personas perseguidas por delitos contra la humanidad.
[Alicia Landaburu y Sebastián Rey]* Otilio Romano está prófugo de la Justicia desde el pasado miércoles 7, cuando venció el plazo para presentarse ante el juez Bento y demostrar su apego al proceso penal seguido en su contra. La particularidad que tiene el caso del juez federal es que solicitó refugio en el país hermano de Chile. Al magistrado se le imputa haber omitido investigar y castigar durante su desempeño, como fiscal y juez, más de cien hechos de torturas, privaciones ilegítimas de la libertad, violaciones, allanamientos ilegales y robos cometidos por las Fuerzas Armadas y de seguridad entre 1975 y 1983, delitos que constituyen crímenes contra la humanidad. Su situación procesal es bastante complicada, ya que el procesamiento se encuentra confirmado y la causa está próxima a ser elevada a juicio oral. Por otro lado, el Consejo de la Magistratura lo acusó de incurrir en mal desempeño en sus funciones y posible comisión de delitos, por lo que un jury deberá determinar si es removido de su cargo. Romano posee inmunidad de arresto dentro del territorio argentino, pero el juez Bento puede dictar una orden de captura internacional para efectivizarla en Chile y que así se dé inicio, lo antes posible, a su extradición. Con respecto a la posibilidad de que Chile le reconozca el estatus de refugiado, tanto el derecho interno chileno como el derecho internacional de los refugiados son muy claros en cuanto a la imposibilidad de otorgarles dicha protección si cometieron delitos contra la humanidad. La persecución que se quiere evitar en el derecho de los refugiados debe fundarse en la raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas de la persona que solicita refugio, y no a su participación en crímenes que ofenden a la comunidad internacional en su conjunto. En relación con el deber del Estado chileno de extraditar a Romano a la Argentina, hay que subrayar que la Corte Interamericana de Derechos Humanos, cuya jurisprudencia es obligatoria para el Estado chileno, en el Caso Goiburu vs. Paraguay, al analizar delitos cometidos en el marco del Plan Cóndor, destacó que la necesidad de erradicar la impunidad se presenta ante la comunidad internacional como un deber de cooperación interestatal, siendo la extradición un importante instrumento para estos fines, añadiendo que "un Estado no puede otorgar protección directa o indirecta a los procesados por crímenes contra los derechos humanos mediante la aplicación indebida de figuras legales que atenten contra las obligaciones internacionales pertinentes".
[Los autores son integrantes de Abogados por la Justicia Social (AJUS).]
27 de septiembre de 2011
26 de septiembre de 2011
©página 12

el retorno del río elwha


Desmantelarán dos presas, gracias a la presión ciudadana. Editorial de TNYT.
En los siguientes tres años, dos enormes presas hidroeléctricas en el río Elwha en el estado de Washington, construidas en el siglo pasado, serán desmanteladas para restaurar los antiguas migraciones del salmón. Esto es un tributo a la tenacidad de los ciudadanos y a las organizaciones medioambientales que contribuyeron a que ocurriera. También es un ejemplo de las cosas buenas que se pueden cuando hay colaboración bipartidista genuina.
El presidente George H. W. Bush firmó el proyecto de ley original autorizando la restauración del ecosistema del río Elwha en 1992. El presidente Bill Clinton convenció al Congreso para que proporcionara los fondos para demoler las presas. Inspectores de tres gobiernos realizaron estudios medioambientales y se encargaron de las detalladas negociaciones con las comunidades locales y los dueños privados de las presas.
Las presas ya han superado largamente su utilidad como generadores de energía. Pero su presencia se ha cobrado un alto precio medioambiental y económico. Las migraciones que antes llegaban a cuatrocientos mil salmones al año, bajaron a menos de tres mil después de que los diques bloquearon las rutas migratorias, despojando a las tribus indias de ingresos y de turistas y deportistas a la región.
El coste final del proyecto se calcula en 350 millones de dólares. Eso incluye desmantelar las presas y revegetando 112 kilómetros del nuevo río. Algunos biólogos creen que los peces finalmente volverán a su población máxima de antes de la construcción de las presas.
Antes que celebrar este progreso, los republicanos en el Congreso están determinados a destripar la Ley de Conservación de Aguas y Tierra, que empezó el proyecto Elwha. Y están bloqueando el nombramiento de Rebecca Wodder a la subsecretaría del Interior, en parte debido a su posición a favor del desmantelamiento de las presas cuando era presidente de la organización conservacionista American Rivers.
El proyecto Elwha es un recordatorio de que hubo una época en que los líderes republicanos se preocupaban por el medio ambiente y entendían que la protección también podía ser un buen negocio. ¿Dónde están?  
26 de septiembre de 2011
21 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

sin espacio para la tolerancia


Una ordenanza municipal de Nueva Jersey que bloquea la construcción de una mezquita plantea interrogantes sobre prejuicios religiosos e intolerancia. Editorial TNYT.
En los últimos diez años han estallado montones de polémicas locales sobre la construcción de mezquitas y centros comunitarios musulmanes. El alcalde Michael Bloomberg defendió justamente la libertad religiosa contra la vitriólica oposición a la construcción de un centro islámico en Lower Manhattan. Con el apoyo del alcalde, la Comisión para la Conservación de Sitios Históricos (Landmarks Preservation Commission) permitió unánimemente que el proyecto prosiguiera, y lo está, aunque lentamente.
Esta sensatez no es tan común como debería ser. Esta primavera, funcionarios de Bridgewater, Nueva Jersey, se opusieron a un plan para convertir una vieja posada, usada anteriormente para bodas y eventos políticos, en la única mezquita de la ciudad. Antes que hacer frente a la oposición, espoloneada parcialmente por el Tea Party, el alcalde, el ayuntamiento y la comisión de urbanismo corrieron para cambiar las normas de zonificación, de modo que un templo no pudiese ser construido en el terreno de la posada.
La petición para la construcción de la mezquita fue presentada en enero. Ignorando los procedimientos establecidos, los funcionarios apresuraron el cambio de zonificación de modo que fuera completado antes del cinco de mayo, la fecha efectiva de un nuevo reglamento estadual sobre regulaciones urbanísticas que habrían permitido que la mezquita continuara bajo la vieja ley de zonificación.
En su defensa de la medida, el ayuntamiento preparó un "informe de reexaminación" que planteaba nuevos y vagos problemas de tráfico pese a que un informe anterior no constató esos problemas, y tanto el experto en tráfico de la ciudad como la comisión de urbanización del condado concluyeron que la mezquita sólo tendría un efecto mínimo sobre el tráfico. El debate se ha centrado mayormente en objeciones relacionadas con la seguridad y la calidad de vida. Las mezquitas, como otras instituciones religiosas, no están exentas de esas consideraciones pero las objeciones deben ser respaldadas por estudios u otros datos fidedignos (ausentes en este caso) y no pueden ser usadas como pretextos para discriminar una religión que busca construir un lugar de culto.
En junio, un juez de instrucción acogió una demanda contra las acciones del ayuntamiento por motivos constitucionales y legales. Entretanto, el ministerio de Justicia está realizando una investigación sobre si las decisiones del ayuntamiento violaron o no la ley federal de 2000 que prohíbe las restricciones de zonificación para limitar de modo irrazonable las estructuras religiosas, un posible preludio a la intervención del gobierno en el caso. El mes pasado, el ministerio de Justicia logró acuerdos en Georgia y Virginia, permitiendo que prosiga la construcción de las mezquitas propuestas.
En lugar de tratar de justificar su curiosa torcedura de las normas de zonificación, Bridgewater debería estar buscando una solución que permita que la mezquita sea construida y cure las lesiones auto-infligidas a la reputación de la comunidad.
25 de septiembre de 2011
18 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

libertad de expresión en la acera


Libertad de expresión en la calle: jornaleros (inmigrantes) ganan batalla en una corte federal. (NYT)
Estados Unidos. La Corte de Apelaciones del Noveno Circuito de Estados Unidos, en un fallo que debería provocar que algunas ciudades y pueblos en el país despierten y vuelvan a leer la Constitución, ha mantenido los derechos de los jornaleros a reunirse y hablar libremente en público cuando buscan trabajo.
La corte, en una votación de nueve a dos, desechó la ordenanza contra la solicitación en Redondo Beach, California, describiéndola como una "restricción manifiestamente inconstitucional de la libertad de expresión." Rechazó el argumento de funcionarios locales de que la ley era un intento definido estrechamente para mejorar la seguridad pública, impidiendo que personas y coches interrumpan el tráfico.
Los jueces resolvieron que una cosa es invocar restricciones razonables sobre cuándo, dónde y cómo la gente pide trabajo en público. Pero aunque Redondo Beach había dicho que el problema se confinaba principalmente a algunas calles principales y medianas, los jueces observaron que la ordenanza se aplicaba en toda la ciudad, convirtiendo en ilegal "estar parado en una calle o carretera y solicitar o intentar solicitar empleo, negocios o ayudas de los ocupantes de vehículos motorizados." También prohibía a los conductores "detenerse o aparcar un coche" cuando se trata de contratar a alguien. No hacía ninguna distinción entre coches estacionados legalmente y coches en el tráfico.
"La ordenanza restringe la libertad de expresión mucho más de lo necesario", escribieron los jueces, observando que se podía aplicar igualmente a niños con puestos de limonada o vendedores ambulantes de comida en la acera.
Redondo Beach, suburbio de Los Angeles, aprobó la ordenanza en 1989. Desde entonces, decenas de ordenanzas similares se han adoptado en todo el país. Aunque los funcionarios formulan sus inquietudes en términos de seguridad, la hostilidad hacia los inmigrantes es normalmente clara. Una detestable opinión disidente a la resolución del Noveno Circuito, del juez Alex Kozinski, resumió un pernicioso estereotipo. Llamó a los jornaleros "un montón de hombres desaliñados, fumando y escupiendo mientras esperan trabajos" y escribió que no veía razón alguna por la que Redondo Beach no debiera ser autorizada para expulsarlos a nombre de "la seguridad, la hermosura, la tranquilidad y el orden."
Ninguna razón, excepto la Constitución, por supuesto. Los jornaleros han estado largo tiempo expuestos a hostigamientos, pero ahora pueden agregar una nueva victoria en la Corte de Apelaciones a una larga lista de decisiones de tribunales federales a su favor. El derecho a la libertad de expresión y reunión es esencial en una democracia, no importa quién quiera hablar o reunirse.
22 de septiembre de 2011
21 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

por qué nos odian tanto los norteamericanos


Después de once años de guerra contra el terrorismo y los enormes costes en vidas y trastornos sociales y culturales en los países donde se libra muchos han comenzado a preguntarse por qué les odian tanto los norteamericanos.
[Ahmed Rashid] Lahore, Pakistán. Consternados después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, los estadounidenses se preguntaban frecuentemente: "¿Por qué nos odian tanto?" No estaba claro quiénes eran "ellos" -musulmanes, árabes o simplemente cualquiera que no fuera estadounidense. La respuesta fácil que muchos estadounidenses encontraron reconfortante era igualmente vaga: que "ellos" sentían envidia por la riqueza, oportunidades, democracia y otras cosas bonitas de Estados Unidos.
Pero en esta parte del mundo -en Pakistán, donde vivo, y en Afganistán, país vecino, desde donde se organizaron los atentados del 11 de septiembre- los que detestaban a Estados Unidos eran mucho más identificables, lo mismo que sus motivos. Se trataba de un pequeño grupo de extremistas islámicos que apoyaban a al Qaeda; una organización más grande de estudiantes de escuelas religiosas (madrasas), que se habían expandido rápidamente desde los años ochenta; y jóvenes militantes que habían sido apoyados y preparados durante años por los servicios de inteligencia militar de Pakistán para luchar contra India en la Cachemira. Entonces era una pequeña minoría en Pakistán, que tiene 150 millones de habitantes. A sus ojos, Estados Unidos era una potencia pagana, imperial y agresiva, similar a la Unión Soviética, a la que habían derrotado en Afganistán.
Ahora que Estados Unidos está entrando al año once de la guerra más larga que ha librado en su historia, muchos más de mis vecinos en Pakistán se han unido a la lista de detractores de ese país. La ola de anti-americanismo está aumentando tanto en Afganistán como en Pakistán, incluso entre los muchos que en el pasado admiraban a Estados Unidos, y el motivo es simple: el resentimiento surge de que los planes de Estados Unidos de llevar paz y desarrollo a Afganistán han fracasado, la carnicería continúa y, para encubrir sus fracasos, los estadounidense han extendido ahora la guerra hacia Pakistán, evocando lo que hicieron en los años sesenta cuando la guerra de Vietnam fue trasladada hacia Laos y Camboya. Además, mientras los paquistaníes mueren por una guerra norteamericana, Washington ha cerrado ventajosos acuerdos con el archienemigo de Pakistán, India. Eso es la teoría.
Los detractores más beligerantes de Estados Unidos te dirán que los estadounidenses son imperialistas que odian al islam, y que los llamados instintos civilizatorios de los estadounidenses no tienen nada que ver ni con la democracia ni con los derechos humanos. Una opinión políticamente más adecuada es que los detractores no odian a Estados Unidos, sino solamente las políticas impulsadas por sus gobiernos.
Pero ambos grupos se sienten engañados: Afganistán está todavía en guerra, y mi país está al borde del colapso. Ahora se trata de algo más que rechazar a Estados Unidos. Hemos comenzado a hacernos la pregunta reversa del 11 de septiembre: ¿por qué nos odian tanto los norteamericanos?
Diez años es mucho tiempo para estar en guerra y vivir diariamente el peligro de algún atentado terrorista. Se ha gastado demasiado tiempo en una alianza desigual en la que la guerra sólo se vuelve más difícil y divisiva, especialmente para el socio débil en cuyo territorio se está librando esa guerra. Bajo semejante y prolongado estrés, el resentimiento sobre las intrusiones, errores de cálculo y actuaciones irresponsables hace suya la suposición de que los estadounidenses deben odiar a los paquistaníes, porque de otro modo no los tratarían nunca con tanta negligencia, ni hablarían tan mal de ellos, ni les tendrían en tanta desconfianza.
Los estadounidenses no deberían sentirse particularmente sorprendidos. La guerra rebaja a todo el mundo y a todos los estados, incluyendo a los victoriosos, y eso es especialmente así si la guerra se caracteriza por promesas rotas y esperanzas frustradas, percepciones de traición y desilusión en un aliado. Para la gente que vive en el teatro de la guerra, la letanía de esas decepciones es larga.

Quizás la promesa más grande hecha después del 11 de septiembre de 2001 por el presidente George W. Bush y el primer ministro británico Tony Blair, fue que Occidente no toleraría nunca más ni estados fallidos o en proceso de fracasar ni extremismos. Hoy hay más estados fallidos que nunca. El mensaje de al Qaeda se ha extendido a Europa, África y el continente americano, y todas las religiones y culturas están produciendo sus propios extremistas, sea por simpatía con el islam o en reacción contra este (como deja en claro la reciente masacre en Noruega).
La escasez, el hambre, la pobreza y la ruina económica han aumentado más allá de toda medida, al menos en este rincón del mundo donde se gestaron los planes del 11 de septiembre, mientras que el cambio climático ha provocado terribles inundaciones y la sequía empuja a una miseria inimaginable a millones de personas en los lugares más inesperados. Esto último no es culpa del 11 de septiembre, pero en la mente de muchos las catástrofes que nos amenazan se derivan de las guerras norteamericanas y del hecho de que Estados Unidos desdeña los problemas realmente universales. En esto, Estados Unidos es una víctima de sus propias guerras y los cambios globales que no ha tratado.
De las dos invasiones -Iraq y Afganistán- y de la operación de rescate del estado en Pakistán, en las que se han embarcado los estadounidenses en los últimos diez años, el fracaso más manifiesto ha sido su incapacidad a la hora de reconstruir los estados y países donde ha librado guerra. Construir un estado consiste en instalar instituciones y formas de gobierno que pueden no haber existido antes en algún país, como en Afganistán, o que han estado en las manos de dictadores implacables, como en Iraq. Construir un país consiste en ayudarlo a desarrollar su cohesión nacional, como lo intenta todavía Iraq, que todavía lucha, y en Pakistán, que fracasó desde el principio. Esto no se hace con fuerza bruta, sino con el desarrollo de la economía, la sociedad civil, la educación y las capacidades.
Durante el gobierno de Bush estos dos conceptos -construcción de estado y de país- eran palabras sucias. Lo son menos con el gobierno de Obama, pero ya no son utilizadas para describir la estrategia de Obama en Afganistán o Pakistán. Sin embargo, la tan proclamada estrategia contrainsurgente formulada por el general David H. Petraeus para derrotar a al Qaeda depende enormemente de la gobernabilidad, de la reconstrucción de instituciones como el ejército local y la fuerza pública, y de la capacitación de la gente para hacer su futuro: en otras palabras, construir el estado y el país.
Sin embargo, pese a los miles de millones de dólares gastados en esta estrategia, la agenda social de Estados Unidos ha sido recortada y la política general ha quedado en manos de las fuerzas armadas norteamericanas y de la CIA, para los que la contrainsurgencia es esencialmente una herramienta militar. En Afganistán, las redadas nocturnas y los asesinatos selectivos a cargo de las fuerzas de operaciones especiales de Estados Unidos, han reemplazado los bombarderos B-52 utilizados después del 11 de septiembre como las armas favoritas para reducir al Talibán. Los ataques son más precisos, pero el coste en muertes civiles es todavía demasiado alto para la población local.
Ahora los afganos se manifiestan en las calles cada vez que muere un civil. En Pakistán, los ataques con aviones no tripulados han indignado a toda la población porque nadie puede saber lo exitosos que han sido en eliminar a al Qaeda o al Talibán. John O. Brennan, asesor de contraterrorismo del presidente Obama, dijo en junio que en el año "no hubo ni una sola muerte colateral" como resultado de los ataques con aviones no tripulados. La CIA puede reclamar que los bombardeos han eliminado a seiscientos militantes, sin alcanzar ni a un solo civil, pero ¿qué afgano o paquistaní va a creer eso? Pakistán ha pedido la suspensión de todos los ataques con aviones no tripulados y los afganos han pedido el cese de las redadas nocturnas. Pero de momento los norteamericanos no han aceptado. Y el anti-americanismo sigue floreciendo.
Estados Unidos invadió Afganistán e Iraq sin ni siquiera un plan sobre cómo deberían regirse esos países. En ambos países, la estrategia se hizo sobre la marcha, y gran parte de esta fue inicialmente implementada en secreto -un método seguro para renunciar a la participación ciudadana. Los antiguos señores de la guerra afganos, de los que el Talibán se deshizo en los años noventa, fueron reutilizados por la CIA. Sufrieron una metamorfosis, como orugas que se convierten en mariposas, y pasaron de señores de la guerra a hombres de negocios, narcotraficantes, transportistas, magnates inmobiliarios. Pero debajo del nuevo traje de Arnani estaba el mismo señor de la guerra que odiaba todo el mundo. Los afganos culpan a los norteamericanos de haber revivido a sus antiguos atormentadores.
La corrupción es galopante, pero no sólo porque los gobernantes sean cleptomaníacos. Estados Unidos debe compartir una importante parte de la culpa por otorgar colosales contratos a la gente equivocada, por renunciar a la responsabilidad y a la transparencia, y por enriquecer sólo a unos pocos antes que levantar la economía. Todos estos fracasos -señores de la guerra, corrupción, víctimas civiles- han contribuido a crear un nuevo y violento tipo de anti-americanismo.
Entretanto, la ayuda estadounidense y el desarrollo económico en Pakistán y Afganistán se ha destinado a "proyectos de impacto rápido", que tienen la intención de ganar corazones y mentes, pero que, como la avena instantánea, se disuelven rápidamente. El verdadero trabajo de ayudar a estos estados a construir una economía local y crear empleos que reemplacen el cultivo de opio y el contrabando en las zonas rurales, donde la autoridad del estado es débil, fue dejado al azar. Sí, los militares norteamericanos se convirtieron en empleadores, pero Afganistán arriesga entrar en una aguda recesión económica cuando los cien mil soldados estadounidenses dejen el país y decenas de miles de afganos se queden sin trabajo.
Un reciente informe del Congreso dice que Estados Unidos ha desperdiciado al menos 31 mil millones de dólares en la concesión de contratos en Iraq y Afganistán. Y en Pakistán la gente no ve los beneficios económicos permanentes de los veinte mil millones de dólares que Washington ha gastado allá desde 2001. Ha llevado un montón de equipos militares, pero no ha construido ningún dique ni universidad ni central eléctrica.
Las fuerzas armadas paquistaníes se han beneficiado de estas compras, pero pensaban que nunca fueron consultadas suficientemente por Estados Unidos y no eran consideradas como aliados verdaderos. Actuando sobre esas suposiciones, crearon sus propias salvaguardas apoyando tanto al presidente Obama como a la insurgencia talibán, y continuaron en ese rumbo incluso después de la investidura del presidente Obama. Durante la guerra, temían que Estados Unidos tratara a India como el verdadero aliado, así que mantuvieron a los extremistas que habían adiestrado en los noventa para luchar contra su vecino más grande. Pero todo cambia, y las fuerzas armadas perdieron el control de los extremistas cuando estos se metamorfosearon en el Talibán de Pakistán y empezaron a atacar al estado mismo.
Pakistán, que ahora es el cuarto estado con armas nucleares del mundo, ha sido gravemente desestabilizado por su intervención en guerras en Afganistán. Esto, al menos, no empezó hace diez años. Lleva ya tres décadas. La guerra de los años ochenta contra la Unión Soviética fue alimentada por operativos de la CIA, el dinero saudí y el servicio secreto (Inter-Services Intelligence) de Pakistán. Entonces proliferaron Kalashnikovs, drogas, madrasas y divisiones sectarias, mientras Pakistán era gobernado por una dictadura militar respaldada por Estados Unidos. Desde el 11 de septiembre, Pakistán se ha vuelto a desestabilizar con la subversión en Afganistán, y durante la mayor parte del tiempo volvió a ser gobernado por una dictadura militar respaldada por Estados Unidos.
Por supuesto, la moneda del anti-americanismo tiene otra cara. Tanto los presidentes de Afganistán como de Pakistán han encontrado conveniente usarla según convenga políticamente o para justificar sus propios lapsos. El presidente de Afganistán, Hamid Karzai, se ha convertido en un maestro a la hora de derramar lágrimas para describir la última perfidia estadounidense, mientras fracasa en su lucha contra la corrupción o en proveer un mínimo de buen gobierno. Similarmente, el ejército y el directorado de inteligencia de Pakistán informan regularmente a la prensa y a políticos sobre las largas secuencias de traiciones norteamericanas, la pasión de Washington por India y cómo Pakistán fue atrapado en esa relación. Son todas falsas narrativas -yesca seca para la pregunta: "¿Por qué nos odian los estadounidenses?"-, pero ahora han calado en la psique nacional, en los medios y en el debate político, y contrarrestarlas no es fácil.
Eso es porque los objetivos de seguridad nacional del ejército, que muchos paquistaníes todavía aceptan como un asunto de identidad nacional, están enraizados en el siglo pasado, antes que en necesidades de hoy. Decretaron que el ejército debe mantener una situación de permanente hostilidad con India, ejercer influencia en Afganistán y controlar el despliegue de extremistas islámicos o de actores no-estatales como una herramienta de la política exterior en la región; y que debe exigir la parte del león del presupuesto nacional, junto con su control de las armas nucleares de Pakistán.

Los intentos de Estados Unidos por cambiar este curso de acción, sea con zanahorias o con palos, se han frustrado, mientras el gobierno civil se encoge de miedo en el fondo, ya que no quiere ser aplastado por los dos elefantes que representan los militares norteamericanos y paquistaníes. Entretanto, las voces del extremismo traducen el anti-americanismo en denuncias de los preciados ideales de los propios norteamericanos: democracia, liberalismo, tolerancia y derechos de la mujer. En estos días, los conceptos denunciados como occidentales o norteamericanos son conceptos desechables.
Los paquistaníes necesitan urgentemente un nuevo discurso, que sea honesto sobre los errores que han cometido sus líderes y seguirán cometiendo. Pero ¿dónde están los líderes que deben contar esta historia como debe ser? Los militares se salen con la suya con sus ideas anticuadas porque nadie ofrece una alternativa. Y sin una, nada mejorará durante un largo tiempo, porque los gobiernos norteamericano y paquistaní son en cierto sentido imágenes reflejas uno del otro. Los norteamericanos han permitido que sus fuerzas armadas y la CIA dominen en Washington la formulación de políticas sobre Afganistán y Pakistán, del mismo modo que las fuerzas armadas paquistaníes y el servicio secreto (ISI) dominan la toma de decisiones en Islamabad.
Desde la muerte el año pasado de Richard C. Holbrooke, que se había dedicado a definir una estrategia política para apuntalar las políticas estadounidenses, pero al que el presidente Obama parecía ignorar, no ha habido ninguna estrategia política ni para Pakistán ni Afganistán. Después de diez años, debería estar claro que las guerras en esta región no se pueden ganar sólo con poderío bélico, ni se puede dejar la formulación de políticas en manos de generales. Mientras no termine el estado de guerra y empiece el proceso de curación nacional, la pregunta sobre quién odia a quién sólo se hará más difícil de responder.
[El autor es periodista y autor de ‘Taliban’ y ‘Descent into Chaos.’]
21 de septiembre de 2011
10 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer