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JOHN KERRY, PRESIDENTE


El New York Times resume todas las buenas razones por las que John Kerry sería un mejor presidente que Bush.
El senador John Kerry se acerca a las elecciones con una base que descansa más en la oposición a George W. Bush que en la lealtad a su propia candidatura. Pero durante el último año hemos conocido a Kerry como algo más que sólo una alternativa al status quo. Y nos gusta lo que hemos visto de él. Tiene cualidades que podrían ser la base de un gran presidente, no sólo una modesta mejora del titular.
Nos han impresionado los amplios conocimientos y claridad de pensamiento de Kerry -algo que se hizo más que evidente una vez que se vio limitado por los dos minutos de los debates. Se muestra afortunadamente dispuesto a re-evaluar decisiones cuando cambian las condiciones. Y aunque la hoja de servicios de Kerry en Vietnam fue primero exagerada y luego ridiculizada, ha dedicado toda su vida al servicio público, desde la guerra hasta una serie de cargos elegidos. Nos parece, sobre todo, un hombre con una fuerte médula moral.
No se puede negar que estas elecciones giran principalmente sobre el desastroso mandato de Bush. Hace casi cuatro años, después de que la Corte Suprema le otorgara la presidencia, Bush llegó al poder entre las expectativas populares de que reconocería su carencia de autoridad manteniéndose apegado al centro. En lugar de eso, inclinó su gobierno hacia la extrema derecha.
Bush nombró a John Ashcroft, un favorito de la extrema derecha con toda una historia de indiferencia hacia las libertades civiles, como fiscal general. Envió al Senado a una serie de activistas ideológicos como nominados a la judicatura. Se movilizó rápidamente para implementar un programa anti-opción de mucho alcance, incluyendo la censura gubernamental de sitios en la red y drásticas restricciones de la investigación sobre las células madres embrionarias. Puso toda el poder del gobierno contra las iniciativas de la Universidad de Michigan de otorgar a los estudiantes de minorías una ventaja en el proceso de admisión, como lo había hecho para estudiantes de áreas rurales o para los hijos de ex-alumnos.
Cuando el país entró en recesión, el presidente se mantuvo obsesionado no en generar empleos, sino más bien en sumarse a la guerra de la extrema derecha contra subir los impuestos a los ricos. Como resultado, el dinero que pudo haber sido usado para reforzar la seguridad social se ha evaporado, como también se evaporó la posibilidad de proporcionar financiamiento apropiado para programas que él mismo había respaldado. La ley ‘Para que ningún niño se quede atrás', su programa más característico, impuso estándares más altos en los sistemas escolares locales sin proveer suficiente dinero para satisfacerlos.
Si Bush hubiese querido dejar una huella con un tema que republicanos y demócratas han transformado hace tiempo en causa común, podría haber elegido el medio ambiente. Christie Whitman, la antigua gobernadora de Nueva Jersey elegida para dirigir la Agencia de Protección del Medio Ambiente, provenía de una tradición bipartidista. Sin embargo, abandonó el cargo tras tres años de inútil lucha contra los ideólogos y cabilderos de la industria que Bush y el vice-presidente Dick Cheney habían instalado en cada uno de los cargos ambientales importantes. El resultado ha sido un sistemático debilitamiento de las salvaguardas reglamentarias en todo el espectro de problemas ambientales, desde el aire fresco hasta la protección de la fauna.

El presidente que perdió el voto popular, ganó un mandato de verdad el 11 de septiembre de 2001. Con un afligido país unido detrás de él, Bush tuvo la oportunidad sin paralelos, de solicitar casi cualquier sacrificio compartido. El único límite fue su imaginación.
Lo que pidió fue otra disminución de los impuestos y la guerra contra Iraq.
El rechazo del presidente a retirar su programa de reducción de impuestos en momentos en que el país se estaba preparando para la guerra es quizás el ejemplo más chocante de su incapacidad para cambiar sus prioridades a la vida de circunstancias drásticamente alteradas. Bush no sólo privó al gobierno del dinero que necesitaba para su propio programa de educación o el programa de salud Medicare. Hizo de la reducción de impuestos una prioridad más alta de lo que necesitaba la seguridad de Estados Unidos; 90 por ciento de los cargamentos de mercaderías que llegan cada día a los puertos del país ingresan sin ser inspeccionados.
Junto con la invasión de Afganistán, que contó con el apoyo internacional y nacional casi unánime, Bush y su fiscal general implementaron una estrategia interior para la guerra contra el terrorismo que tiene todas las características del método habitual del gobierno: una obsesión nixoniana con el secreto, la falta de respeto por las libertades civiles y una gestión inepta.
Ciudadanos estadounidenses fueron detenidos durante largos períodos de tiempo sin tener acceso a abogados ni poder ver a familiares. Inmigrantes fueron retenidos y encerrados a languidecer en lo que el propio inspector general del ministerio de Justicia constató que eran a menudo condiciones "indebidamente severas". Hombres capturados en la guerra afgana fueron mantenidos en régimen de incomunicación sin derecho a impugnar su encarcelamiento. El ministerio de Justicia se transformó en el animador de la elusión de leyes y tratados internacionales de décadas de antigüedad que prohíben el trato brutal de prisioneros capturados en tiempos de guerra.
Ashcroft apareció una y otra vez en la televisión para anunciar sensacionales arrestos de personas que resultaron ser o inocentes o fanfarrones inofensivos o simpatizantes de ninguna importancia de Osama bin Laden, los que quizás tenían la intención de hacer algo terrible, pero carecían de los medios. El ministerio de Justicia no puede reclamar ni un solo proceso anti-terrorista importante, y ha derrochado mucho de la confianza y paciencia que le dio libremente el pueblo estadounidense en 2001. Otros países, dándose cuenta de que la gran mayoría de los prisioneros retenidos tanto tiempo en la Bahía de Guantánamo provienen del mismo grupo de inefectivos incompetentes y desafortunados inocentes, y viendo las terribles fotografías de la prisión de Abu Ghraib en Bagdad, se impresionaron malamente de que el país que se suponía que definía las normas internacionales de los derechos humanos se comportara de esa manera.

Como las reducciones de impuestos, la obsesión de Bush con Saddam Hussein parecen más cerca del fanatismo que mera política exterior. Al pueblo norteamericano, y al Congreso, presentó la guerra como una campaña anti-terrorista incluso aunque Iraq no tenía relaciones operativas con Al Qaeda. Su más espantosa acusación fue que Saddan Hussein estaba a punto de fabricar armas nucleares. Se basaba en dos evidencias. Una era una historia sobre intentos [de Saddam Hussein] de adquirir materias primas en Nigeria, y resultó que la historia era el producto de rumores y falsificaciones. La otra prueba, la compra de tubos de aluminio que el gobierno dijo que estaban destinadas a un centrífuga nuclear, fue inventada por un analista de bajo nivel y ha sido completamente desenmascarado por investigadores del gobierno y extranjeros. Altos personeros del gobierno lo sabían, pero siguieron usando esa argumentación. Ninguno de los principales asesores del presidente ha sido responsabilizado por los engaños que han servido al pueblo norteamericano ni por su mala conducción de la guerra que siguió.
La indignación internacional sobre la invasión estadounidense se acompaña ahora de un sentimiento de desprecio por la incompetencia de la aventura. Líderes árabes moderados que han intentado introducir una pizca de democracia [en sus países] se encuentran ahora contaminados por sus vínculos con un gobierno que ahora es radioactivo en el mundo musulmán. Los presidentes de estados parias, incluyendo Irán y Corea del Norte, han aprendido decisivamente que la mejor protección contra un ataque preventivo estadounidense es adquirir armas nucleares.

Tenemos temores específicos de lo que puede ocurrir con un segundo término de Bush, especialmente en lo que concierne a la Corte Suprema. Sus antecedentes nos proporcionan numerosos motivos para estar preocupados. Gracias a Bush, Jay Bybee, el autor del infame memorándum del ministerio de Justicia que justifica el uso de la tortura como un método de interrogatorio, es ahora un juez federal de la corte de apelaciones. Otra elección de Bush, J. Leon Holmes, un juez federal en Arkansas, ha escrito que las mujeres deben ser subordinadas a sus maridos y comparado a los activistas en pro del derecho al aborto con los nazis.
Bush sigue obsesionado con la reducción de impuestos, pero no ha impedido que los diputados republicanos aprueben gastos extraordinarios, incluso en proyectos que no le gustan, como el aumento de la ayuda a los granjeros.
Si es re-elegido, los mercados financieros nacionales y extranjeros sabrán que continuará la imprudencia fiscal. Junto al historial de balances comerciales desequilibrados, lo anterior aumenta las posibilidades de una crisis financiera, como una descontrolada deflación del dólar y tasas de interés a largo plazo más altas.
La Casa Blanca de Bush nos ha presentado siempre los peores aspectos de la derecha estadounidense y nada de las ventajas. Nos propone objetivos radicales, pero no una gestión eficiente. La gestión del ministerio de Educación del programa ‘Para que ningún niño se quede atrás' ha sido fuertemente politizada e inepta. El ministerio de Seguridad Interior es famoso por sus inútiles alertas y su incapacidad de distribuir ayudas contra el terrorismo que correspondan con las amenazas reales. Sin proveer tropas suficientes para llevar seguridad efectiva a Iraq, el gobierno se las ha arreglado de tal manera para agotar los recursos de nuestras fuerzas armadas que el país no está preparado para responder a crisis en otras partes del mundo.

Kerry tiene las capacidades para hacer más y mejor. Tienen la disposición -tan gravemente ausente en Washington en estos días- para escuchar a la calle. Nos alivia que sea un serio defensor de los derechos civiles, que eliminará las restricciones innecesarias a la investigación de células madre y que entiende el concepto de separación de la iglesia y el estado. Apreciamos su sensato plan de proporcionar cobertura sanitaria para la mayoría de la gente que ahora no cuenta con ella.

Kerry tiene un paquete de ideas agresivas y en algunos casos innovadoras sobre la energía, dirigidas a solucionar el problema del recalentamiento global y la dependencia del petróleo. Es un partidario de larga data de la reducción del déficit fiscal. En el Senado ha colaborado con John Mcain en la restauración de las relaciones entre Estados Unidos y Vietnam, y ha conducido investigaciones sobre la manera en que el sistema financiero internacional ha sido burlado para permitir el tráfico de dinero de traficantes de drogas y terroristas. Ha comprendido siempre que el papel apropiado de Estados Unidos en los asuntos del mundo es el de liderazgo de una comunidad voluntaria de naciones, no de una formada sobre la base del principio ‘si no estás conmigo, eres mi enemigo'.

Examinamos los pasados cuatro años casi con el corazón en la mano, tanto por las vidas innecesariamente perdidas como por las oportunidades despilfarradas tan displicentemente. La historia ha invitado a George W. Bush una y otra vez a que juegue un rol heroico, y una y otra vez ha seguido el curso equivocado. Creemos que con John Kerry como presidente, el país funcionará mejor.
Votar por un presidente es un acto de fe. Un candidato puede explicar sus posiciones en detalle y terminar gobernando con un Congreso hostil que le impide cumplir con su programa. Un desastre puede echar por tierra los planes mejor pensados. Todo lo que pueden hacer los ciudadanos es mezclar conjeturas con esperanzas, analizar qué han hecho los candidatos en el pasado, sus aparentes prioridades y su carácter general. Es sobre esas bases que nosotros apoyamos con entusiasmo la candidatura de John Kerry a presidente.

18 de octubre de 2004
©new york times
©traducción mQh

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