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BAAZISTAS EN LA CALLE - jon lee anderson


El programa de des-baazificación ha inflamado la resistencia en Iraq. ¿Es demasiado tarde como para rectificar curso?
El 19 de abril de 2003, días diez después de la caída de Bagdad, un grupo de asalto de avanzada de los norteamericanos comandado por el teniente general jubilado Jay Garner, fue transportado a la ciudad para encargarse de la ocupación de Iraq. Uno de los primeros en llegar fue Stepehn Browning, cuyo puesto previo había sido el de director de programas en la Costa Oeste para el Cuerpo de Ingenieros del Ejército norteamericano. Dos meses antes, Browning había sido llamado a Washington para que se incorporara a un grupo de expertos encargado de la planificación del Iraq de posguerra. A uno o dos días de su llegada a Bagdad, a Browning se le dio el trabajo de re-organizar el ministerio de Salud.
Los hospitales de Bagdad estaban en un estado calamitoso. Muchos habían sido saqueados; los doctores y las enfermeras habían huido. En el barrio chií de Saddam (ahora Sáder), el hogar de dos millones de habitantes, clérigos y vigilantes armados leales al chií radical Moqtada al-Sáder habían tomado control de las instalaciones sanitarias. "Cuando fui al ministerio de Salud, no había un jefe claro, nadie estaba dispuesto a decir: ‘Yo represento a los iraquíes en el ministerio de Salud'", recordó Browning. "Entonces el doctor Ali Shinan dio un paso adelante. Nos dijo que era miembro del partido Baaz. Y, bueno, el hecho es que no había nadie más a quien recurrir. Le pregunté algunas cosas, lo investigué, y casi todas las personas con las que hablé lo consideraban una figura respetable, aunque era baazista. Y, después de conocerlo mejor, empecé a creer que era un hombre con coraje y admirable".
Browning decidió muy temprano que para hacer las cosas que había que hacer tenía que trabajar con miembros del Partido Baaz. El partido era prácticamente sinónimo del régimen de Saddam Hussein; era el instrumento que había utilizado Hussein para brutalizar a los iraquíes. Al mismo tiempo, sus miembros ocupaban posiciones en todos los niveles de la sociedad y se habían anclado en la clase media. Browning dice que Shinan, por propia iniciativa, se ofreció a firmar una carta renunciando al Partido Baaz. Lo hizo, y Garner lo nombró ministro de Salud interino. "Empezamos a trabajar juntos", dijo Browning. "Avanzamos un montón, y en muy poco tiempo".
Semanas más tarde, Browning y Shinan dieron una rueda de prensa. Un periodista de la BBC le preguntó a Shinan si era baazista. "Él dijo que lo había sido, que había firmado su carta de renuncia", me contó Browning. "El tipo de la BBC insistió: ‘¿Usted denunciaría al Partido Baaz ahora, delante de nosotros?' La respuesta de Ali fue: ‘Este no es el tema ahora. Tenemos que hacer frente a las emergencias que tenemos'. Y luego dijo: ‘Yo hacía mi trabajo'.
"Desde el momento en que dijo eso -sonó muy parecido a lo que decían en su defensa los partidarios de los nazis después de la Segunda Guerra Mundial- supe cómo le sonaría a la prensa fuera de Iraq, en Occidente, y supe de inmediato que la carrera política de Ali había terminado", dijo Browning. "Salí de la conferencia con él, tomado de la mano, y a le dije a la mañana siguiente lo que teníamos que hacer. A Ali no le importó; todo lo que pidió fue que se le dejara seguir trabajando como optometrista. Yo acepté. Ali me dijo: ‘Tú eres mi hermano'. Los dos teníamos lágrimas en los ojos".

Con todo, Browning se quedó pensando en la negativa de Shinan a acusar al Partido Baaz, y le preguntó por qué no lo había hecho. "Me dijo que si lo hubiera hecho en público, la venganza habría sido catastrófica para su familia. Y eso es probablemente verdad. En ese momento, nadie tenía escrúpulos, y nuestras tropas no ofrecían ninguna protección".
Browning le pidió a Shinan que siguiera ayudándolo, y él aceptó. Pero desapareció pocos días después. Browning se enteró más tarde que Shinan y su familia habían abandonado Bagdad. Para entonces, había comenzado una campaña de asesinatos de antiguos baazistas que estaban colaborando con la ocupación, y también contra algunos que no estaban colaborando. Las víctimas de la campaña, que todavía sigue, incluyen a médicos, ingenieros y profesores, y ha provocado un éxodo de profesionales iraquíes hacia otros países.
Poco después, Garner mismo fue despedido, y el presidente Bush nombró a L. Paul Premer III como jefe de lo que sería conocido como la Autoridad Provisional de la Coalición APC. El 16 de mayo de 2003, Bremer decretó una exclusición general para todo el Partido Baaz: todos los miembros de alto nivel del partido fueron excluidos de la vida pública; también se prohibió a miembros de niveles más bajos, pero algunos pudieron apelar. De hecho, Bremer despidió a todos los empleados públicos. Los orígenes del decreto no se han aclarado nunca, pero funcionarios de la APC con los que hablé dijeron que creían que Bremer estaba siguiendo órdenes emanadas de la Casa Blanca. Una semana más tarde, Bremer envió a casa al Ejército iraquí.
Browning recordó una reunión que él y otros oficiales tuvieron con Bremer antes del anuncio. "Bremer entró y anunció su orden de desbaazificación. Yo dije que habíamos establecido una buena relación de trabajo con los técnicos -gente que no ocupaba cargos de importancia antes- del Partido Baaz, y dije que pensaba que esta medida podía transformarse en un bumerang. Bremer dijo que la decisión no sería discutida, que era lo que se iba a hacer y esperaba que la lleváramos a cabo. La reunión fue breve".
La orden tuvo un efecto inmediato sobre el trabajo de Browning. "Teníamos un montón de directores generales de hospitales que eran muy buenos, y con la desbaazificación los perdimos y con ellos todo el conocimiento profesional que teníamos", me dijo. El ministerio de Transporte y Comunicaciones, que era otra de sus responsabilidades, "era un desastre... Nadie sabía nada".
Un oficial de las fuerzas especiales norteamericanas estacionadas en Bagdad me dijo en esa época que se quedó sorprendido con los dos decretos de Bremen. Después de la disolución del Ejército, dijo, "mi gente se acercó a decirme: ‘¿Se da cuenta Bremer que hay cuatrocientos mil de esos tipos y que todos tienen armas?' Todos tienen familias que alimentar". Prosiguió: "El problema con la exclusión total es que te deshaces de la infraestructura; quiero decir, después de todo estos tipos manejaban el país, y tú los transformas en enemigos. ¿Contribuyeron estas decisiones a la resistencia? Sí, sin ninguna duda. Y tenemos que preguntarnos: ¿Sabíamos cómo administrar Iraq? En absoluto".
El oficial recordó que después de los decretos de Bremer, el saqueo de la ciudad "se hizo cada vez más profesional y organizado, y no fue solamente saqueo, sino sabotaje, y yo creo que un montón de estas cosas tuvieron que ver con las decisiones de poner a esos tipos en la calle". En Bagdad vio pasar a un camión cargado con proyectiles de artillería, robados aparentemente de un arsenal. De esos arsenales había muchos en Iraq, como Al-Qaqaa, donde desaparecieron 380 toneladas de potentes explosivos. "Una vez que los tipos se dieron cuenta de que estaban licenciados, simplemente fueron a recogerlos", dijo.

Desde el principio el problema para la coalición norteamericano-británica fue cómo construir un Iraq seguro, estable y democrático al mismo tiempo que se había creado un vacío de poder con el derrocamiento de Saddam. El Partido Baaz, que mantenía secretos sus archivos, tenía según se calculaba entre uno y dos millones y medio de miembros, la mayoría de ellos sunníes, como Saddam. Para la tradicionalmente excluida y oprimida mayoría chií y para la minoría kurda, la desbaazificación era un objetivo urgente. Pero la Coalición también necesitaba despejar los temores de los recientemente desplazados sunníes y, a un nivel básico, mantener funcionando al país. Dadas las dificultades del proyecto, las medidas adoptadas por la coalición carecieron marcadamente de pragmatismo.
Durante el primer verano, una gama de líderes tribales y religiosos, baazistas y antiguos agentes de inteligencia sunníes se movían abiertamente en Bagdad, negociando con los norteamericanos. Sentían que estaban siendo tratados injustamente, y muchos de ellos sugirieron que participarían en la creciente resistencia si no se les daba un lugar en el "nuevo Iraq".
"A Bremer sólo le interesa la desbaazificación", dijo el doctor Baher Sami Raphael Butti, un psiquiatra iraquí con el que me reuní en julio de 2003. "Y esto es un problema, porque hay muchos baazistas que podrían ayudar, pero han sido rechazados. Muchos están luchando porque no han recibido sus salarios, y porque se sienten amenazados por los chiíes fundamentalistas. Dicho sea de paso, yo soy baazista, pero no soy dogmático. La mayoría de los iraquíes, incluyendo a los baazistas, odiaban a Saddam. Ahora están asustados de las perspectivas de una guerra civil". Prosiguió: "Necesitamos saber qué va a pasar. No hay transparencia sobre el papel de los norteamericanos en Iraq, y eso hace surgir rumores. Necesitamos saber más".
En cierto sentido, la "resistencia" empezó antes de que cayera Bagdad. Los yihadistas religiosos -que provienen de otros países árabes a convertirse en mártires- han sido reclutados por el gobierno de Saddam para llevar a cabo "operaciones suicidas" contra los norteamericanos. Muchos de ellos son jóvenes con barbas largas, vestidos con atuendos tradicionales. En Bagdad, donde la mayoría de los hombres iraquíes iban relativamente lampiños y llevaban ropas occidentales, los yihadistas parecían extranjeros y eran claramente visibles hasta unas pocas horas antes de la llegada de los marines; muchos de ellos alojaban en los mismos hoteles que los periodistas occidentales. La mañana en que cayó Bagdad, yo vi a unos sesenta de ellos salir del hotel. La evidencia sugiere que se reagruparon clandestinamente bajo la dirección de reclutadores baazistas y contribuyeron a montar la resistencia. La mayoría de los baazistas con los que hablé reconocieron que habían sellado una alianza táctica entre su propia resistencia y los militantes islamitas extranjeros.
En agosto de 2003, hablé con Bremer en su despacho en uno de los antiguos palacios de Saddam en la Zona Verde de Bagdad, donde la Coalición había instalado su sede. En el lado norteamericano nadie usaba aun el término ‘resistencia' para definir los ataques cada vez más crecientes contra las tropas norteamericanas en Bagdad y en ciudades como Faluya, en el llamado Triángulo Sunní. "Nos estamos enfrentando con los restos del régimen de Saddam, extremistas y algunos terroristas", me dijo Bremer. "Su principal objetivo es el pueblo iraquí".
El despacho de Bremer se parecía al campamento de un comandante de operaciones, con atavíos militares que parecían viejos en las estanterías. "Para la mayoría de los norteamericanos no es fácil comprender que ser un poder ocupante no es cómodo, y el caso es que cuando eres un poder ocupante tienes no solamente responsabilidades, sino que cuando ejercitas esas responsabilidades, seguro que habrá fricciones", dijo Bremer. "Ocurre. Muere más gente de Nueva York cada noche que en Bagdad. El hecho de la vida es que nunca habrá una seguridad absoluta -eso no existe".
Cuando hablé con Bremer, habían muerto menos de 300 soldados norteamericanos. La semana pasada, más de 1.100 habían perdido la vida, y la resistencia había ganado fuerza. Le pregunté a Richard Haass, el director del Consejo de Relaciones Exteriores y antiguo funcionario del ministerio de Relaciones Exteriores, cómo podía la re-elección de Bush cambiar esta dinámica. "La prioridad en seguridad es hacer que los iraquíes asuman la parte del león de la tarea", dijo. "Eso significa que hay adiestrar rápidamente tantas fuerzas de seguridad y de policía como sea posible. También significa poner el máximo de presión sobre la gente de Zarqawi como posible -matar a tantos de ellos como se pueda". Se refería a Abu Musab al-Zarqawi, el terrorista jordano de cuyo grupo militante se cree que es responsable de una serie de decapitaciones y atentados con coches-bomba.
Pero Haass agregó que el gobierno todavía tenía que aceptar la ecuación étnica iraquí: "Sobre las elecciones, no se trata solamente de seguir adelante con ellas, sino convencer a los sunníes de que participen. Y, en el aspecto militar, la cuestión es si el gobierno puede dar cuenta de los que están usando la violencia, que están interrumpiendo la vida del día a día, de un modo que no provoque todavía más oposición nacionalista sunní".

Este verano visité la Comisión Suprema Nacional para de la Desbaazificacón, que ocupaba dos pisos de un edificio de oficinas en la Zona Verde. Un cartel en una de las paredes llevaba el simple mensaje "Baazistas=Nazis". El director de la comisión, Mithal al-Alusi es un hombre delgado, alto, 53, que habla inglés con un acento meloso y que lleva una pistola metida en su cinturón incluso cuando en su despacho. Alusi es un protegido de Ahmad Chalabi, el líder del Congreso Nacional Iraquí, el grupo de exiliados apadrinado por el Pentágono antes de la guerra. Chalabi había sido nombrado presidente de la comisión en septiembre de 2003. Desde entonces ha perdido gran parte de su influencia, debido en parte a que informaciones sobre las armas de destrucción masiva, que él proporcionó, resultaron carecer de fundamento. En junio, cuando se transfirió la soberanía a Iyad Allawi, un rival de Chalabi con lazos con la CIA, ningún miembro del CNI recibió un puesto en el nuevo gobierno. Pero el acceso de Chalabi a la comisión de desbaazificación -y a los historiales de miles de baazistas- le da un continuo poder. (Cuando vi a Chalabi en Iraq este verano, sacó una carpeta sobre un importante miembro del gobierno de Allawi y tradujo lo decía que eran informaciones comprometedoras sobre él).
La comisión empezó sus labores en enero, y Alusi me dijo que había hecho bastante: "Hemos despedido a 35.000 miembros del Partido Baaz". Alusi dijo que la comisión estaba solamente interesada en baazistas de los cuatro niveles más altos del partido, unas 65.000 personas. El nivel superior consistía de no más de 50 o 60 personas. "El segundo nivel lo constituyen algunos cientos de miembros, el tercer nivel unos miles, y en el cuarto nivel hay unas decenas de miles", dijo. Los baazistas del cuarto nivel pudieron recurrir la expulsión y, hasta el momento, la comisión había aceptado cerca de la mitad de esas apelaciones. Alusi dijo que la comisión no era inflexible, y describió un caso en que 70 doctores habían podido volver a sus cargos.
"Apresuramos sus casos", dijo. "Queríamos asegurarnos de que no eran asesinos".
Alusi me dijo que él mismo había sido baazista, y había trabajado en la academia secreta del partido para los cuadros políticos. Había caído en desgracia con el régimen en los años setenta y vivió más de veinte años en el exilio, la mayor parte del tiempo en Alemania. En agosto de 2002, Alusi y algunos seguidores ocuparon brevemente la embajada de Iraq en Berlín, por lo que fueron detenidos, pasando 13 meses en prisión. Cuando fue dejado en libertad en septiembre de 2003, volvió a Iraq, quebrantando su libertad condicional.
Le pregunté a Alusi qué había significado el baazismo para él durante su juventud. "Era como magia", dijo. "El Partido Baaz nos dio la oportunidad de hacer algo importante". Uno de los privilegios de que gozaban los jóvenes baazistas era el acceso al poder. Durante el régimen de Saddam, el partido se había fundido con la policía secreta y la organización encargada del espionaje estatal. Para muchas posiciones de gobierno se requería ser miembro del partido, y se exigía de los baazistas que informaran sobre sus vecinos, sus colegas y unos a otros. Durante una de las características purgas de Saddam en 1979, se entregaron armas a varios ministros y se les ordenó matar a los colegas a los que Saddam acababa de declarar "traidores".
Una de las exigencias en los procesos de apelación de los antiguos baazistas era asistir a un curso de desbaazificación de treinta días, y le pregunté a Alusi qué modelo se había usado para el cursillo. "Estudié la desnazificación de Alemania", dijo. "Y he escrito por correo electrónico a organizaciones judías del Holocausto, aunque sólo una de ellas me ha respondido. Hemos leído un montón de libros".
Pocos días después, asistí a una ceremonia de graduación en el aula de un seminario en la Universidad de Bagdad, donde unas cien personas, hombres y mujeres de edad media, la mayoría de ellos profesores y doctores, esperaban ansiosos. Alusi entró con media docena de guardaespaldas. Tomó el micrófono, sonrió y comenzó a hablar incoherentemente sobre cómo Estados Unidos había liberado a los iraquíes, cómo la Coalición estaba en pie de igualdad de la alianza contra Hitler, y cómo ahora Iraq dependía de la buena voluntad de Estados Unidos.
Hombres del despacho de Alusi empezaron a pegar carteles en las paredes detrás del escenario. Los carteles mostraban cuerpos en descomposición y esqueletos apilados en fosas comunes excavadas y provocaron sordas exclamaciones de la audiencia. Un hombre levantó la mano: "¿Por qué están colgando esos carteles?", preguntó. "Todos los que estamos aquí fuimos obligados a entrar al Partido Baaz. No tenemos nada que ver con esos crímenes".
"Esos cadáveres son de iraquíes", dijo Alusi. "¿Por qué no habríamos de mirarlos?" Un hombre dijo: "Señor Alusi, me da miedo mirar esas fotografías. Mucha gente no distingue entre los criminales que hicieron esas cosas y gente inocente como nosotros".
"Los iraquíes no somos idiotas", replicó Alusi. "Sé que hay buenos ciudadanos entre ustedes, pero no podemos cerrar los archivos porque los archivos están llenos de crímenes. El problema es para los que cometieron esos crímenes. ¿Qué haré, sacar los carteles y omitir la verdad? No, no podemos, porque si omitimos esto, omitimos nuestra historia".
El hombre sonrió educadamente, pero no dijo nada. Alusi se puso de pie y la gente en la sala se acercó a los funcionarios que, en sus mesas, estaban entregando sus certificados de desbaazificación.
Más tarde, Alusi me contó que él había querido provocarlos. "En los baazistas hay una dualidad", dijo. "Puedes encontrar a un baazista que es un asesino, pero en casa, con su familia, es completamente normal. Ellos rompen el día en dos bloques de doce horas. Cuando la gente dice sobre alguien del que sé que es un criminal baazista, que es un buen vecino, les creo. El Partido Baaz es como el Partido Nazi, o como la mafia. Si los conoces, son simpáticos. Y es por eso que es difícil para nosotros hacer este trabajo, que es en realidad cambiar, y cambiar de verdad, la sociedad iraquí".
Alusi no fue el único en trazar analogías con el proceso de desnazificación en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. Pero la comparación es menos útil de lo que parece. La desnazificación estuvo marcada por ambigüedades, excepciones y compromisos. Y, en la medida en que funcionó, fue porque los nazis habían fracasado catastróficamente. Alemania fue completamente derrotada; murieron millones de personas, y sus ciudades estaban en ruinas. El país fue reconstruido y transformado con el Plan Marshall gestionado por Estados Unidos.
En la guerra de 2003, el Ejército iraquí no fue derrotado militarmente porque, en gran medida, no combatió. Sus tropas se dispersaron. Desde entonces, la Coalición no ha logrado dar seguridad al país. La ocupación norteamericana ha galvanizado una resistencia nacional y uno de sus efectos fue que para muchos iraquíes la historia de Iraq es irrelevante. Mientras haya tropas norteamericanas en Iraq, muchos iraquíes seguirán viéndose a sí mismos como víctimas.

En las semanas previas y posteriores a la invasión norteamericana, pasé un buen tiempo con un baazista importante, un funcionario del ministerio de Asuntos Exteriores llamado Samir Khairi, al que había conocido a través de un amigo mutuo. Khairi, un hombre alto y amable en sus cincuenta, tenía ojos marrones de párpados caídos y un gran pico a modo de nariz, la que parecía todavía más destacada por un recortado bigote estilo Dalí. Hablaba francés e inglés, bebía whisky, y reía montones, con un sonoro graznido. A diferencia de la mayoría de los funcionarios iraquíes que entrevisté, no mostraba rabia ante la perspectiva de una invasión norteamericana. Khairi me invitó a cenar a su casa -una casa de estuco marrón en el elegante barrio de Mansour. La casa tenía un ambiente agradable, con pilas de papeles y ropa por todas partes.
Khairi me dijo que se había hecho baazista en 1973, cuando era estudiante en la Universidad de Bagdad. Aparte el oportunismo, el partido ofrecía una ideología nacionalista que lo atrajo. El Partido Baaz -‘baaz' significa ‘renacimiento' en árabe- se fundó en Siria, en 1947, como un instrumento político para propagar el pan-arabismo. En los años cincuenta, exiliados sirios y estudiantes iraquíes introdujeron el baazismo en Iraq, que entonces era gobernado por un gobierno militar. Los baazistas llegaron al poder en 1963, con un golpe de estado que fue seguido de una carnicería durante la cual los baazistas fueron arrestados, torturados y asesinados por sus rivales. En 1968, en otra asonada, la facción de Saddam Hussein del Partido Baaz tomó el control del país, y en 1979 Saddam se auto-proclamó presidente.
En 1981, Khairi, que estaba terminando su doctorado en leyes y había empezado a publicar un diario baazista, fue llamado para reunirse con el hermanastro de Saddam, Barzan al-Tikriti. Barzan era entonces director de la Mukhabarat, la policía secreta iraquí. Le propuso que se hiciera editor jefe de una revista en árabe publicada en París y, dijo Khairi, le aseguró que no tendría que hacer trabajos de espionaje, aunque su revista, ‘Kul al-Arab' (Todos los Árabes), sería financiada por la Mukhabarat.
Cuando Khairi habla de sus años en París -y lo hace a menudo, con mucha nostalgia- se refiere a sí mismo como periodista. Pero, por supuesto, su revista era principalmente un arma de propaganda del régimen de Saddam. Su cargo coincidió con la Guerra de Irán-Iraq, que Saddam empezó en 1980. Este fue el período en que Saddam tenía armas de destrucción masiva, y las usó en el campo de batalla contra los iraníes y luego en la campaña de genocidio contra los ciudadanos kurdos de su propio país. Khairi me contó que Barzan estuvo personalmente implicado en la tortura y ejecución de cientos de iraquíes -crímenes por los cuales será enjuiciado pronto.
Después de que comenzara la Guerra del Golfo, en 1991, las autoridades francesas cerraron Kul al-Arab, arrestaron a Khairi como espía y lo deportaron. (Khairi insiste en que las acusaciones eran falsas). Cuando volvió a Bagdad, continuó trabajando para la Mukhabarat, en Instituto Presidencial de Investigaciones. Finalmente, terminó disgustándose con Barzan y, en 1999, fue puesto en prisión por un corto tiempo. Siguió en el instituto de investigación hasta fines de 2002, cuando lo nombraron director de prensa del ministerio de Asuntos Exteriores. Dijo que le había aliviado liberarse del trabajo de inteligencia y que, antes de la guerra, tenía la esperanza de que lo nombraran embajador.
Un día, en casa de Khairi, miramos un boletín de noticias que contenía metraje de una fosa común que acababa de ser descubierta en el centro-sur de Iraq. Le pregunté a Khairi por qué no había huido del país, como habían hecho otros muchos iraquíes, en lugar de seguir trabajando para Saddam. "Ah, no tenía alternativa", dijo. "Tenía miedo por mi familia. Si me marchaba, les atacarían a ellos. Y si me quedaba y no hacía mi trabajo, me podían matar en cualquier momento. Mataron a mucha gente".
Le pregunté a cuánta gente pensaba que había matado Saddam. ¿Medio millón?
"No, no tantos", dijo "Cien mil, quizás 120.000, seguro". Lo dijo fríamente, sin mostrar que se sintiese comprometido por los crímenes del régimen. (Pero las cifras de Khairi son incorrectas: 250.000 es una cantidad más probable de víctimas, y hay estimaciones que la ponen mucho más alta).
Khairi me dijo que creía que los ideales del baazismo habían sido traicionados durante el régimen de Saddam Hussein, que el partido había sido usurpado y que la familia de Saddam tenía el único poder real. Pero Khairi era parte del aparato de Saddam y, según su propia confesión, estaba orgulloso de su trabajo. Me dijo una vez: "Hice un buen trabajo en planificación estratégica para el presidente, y a él le gustó: tres veces, después de leer mis artículos, me envió medio millón de dinares como presente".
Este tipo de pensamiento disociado -y una cierta falta de remordimientos- era, creo, común entre los baazistas, y especialmente entre sunníes como Khairi. La mayoría se hace eco de las justificaciones de Saddam de que las víctimas, que eran en su mayoría kurdos y chiíes, habían traicionado al país uniéndose a Irán, que eran ladrones y saqueadores, que no eran realmente musulmanes y que habían cometido supuestamente un montón de otros crímenes.
Esa primavera visité frecuentemente a Khairi. En su casa había siempre otros invitados -todos hombres, que pasaban a cenar, mirar Al Yazira y CNN y comentar las noticias. A Khairi le habían autorizado para tener una antena parabólica, un privilegio reservado para los baazistas importantes, y era un anfitrión generoso. Sus amigos se quejarían sobre el saqueo, o sobre antiguos exiliados como Chalabi, pero en general estaban optimistas sobre el futuro. La mayoría de ellos eran, como Khairi, funcionarios baazistas o antiguos oficiales del ejército, y todos parecían haber aceptado la caída de Saddam del poder como un fait accompli. La mayoría parecía creer que recibirían en cualquier momento una citación de la APC para que volviesen a sus funciones.
Sin embargo, después de los decretos de Bremer, el optimismo de Khairi se esfumó. Cuando lo visité después lo encontré a menudo dando vueltas en su casa, cambiando canales en su televisión. Le habían dicho que no volvería a su trabajo, ni recibiría una jubilación, y estaba desanimado.
En julio de 2003, Khairi fue arrestado por soldados norteamericanos. La casa en Mansour fue destrozada y saqueada; cuando llegué, no quedaban ni siquiera las puertas del garaje. Nadie sabía adónde se lo habían llevado, y aunque pregunté a los funcionarios de la Coalición, no pude volver a encontrarle.

Casi un año después me enteré de que Khairi había sido dejado en libertad, y que estaba viviendo en Amán, Jordania. Quedamos de encontrarnos allá en un hotel. Cuando entré quedé choqueado por su aspecto. Estaba bien vestido, con los pantalones bien planchados, pero su cara era mucho más delgada y sus ojos tenían círculos negros en rededor.
La noche del 19 de julio de 2003, dijo Khairi, soldados norteamericanos entraron a su casa abriendo la puerta patadas, lo arrastraron a la calle en su pijama y lo arrojaron al suelo mientras sus vecinos miraban. Cuando le preguntó a un soldado porqué lo detenían, el soldado le golpeó repetidas veces con su rifle. Le quebró varias costillas.
Khairi fue enviado a un centro de detención del Ejército y estuvo 24 horas sin comer, aunque sí le dieron algo de agua. Luego fue transportado, con otros prisioneros, a una instalación en Kadhimiya, el antiguo cuartel general del servicio de inteligencia de Saddam. "Nos pusieron en una celda, sin retrete", dijo Khairi. "Teníamos que usar el piso, como perros".
Khairi fue interrogado por una soldado norteamericana que tenía papeles que habían sido extraídos de su casa, incluyendo una copia de un artículo que había escrito yo para esta revista, en la que aparece Khairi expresando su lealtad al Partido Baaz. Khairi le contó sobre los porrazos que le había dado el soldado y le pidió un doctor. "Ella dijo: ‘¿En serio?'", dijo Khairi, levantando las cejas en una imitación de su expresión escéptica. Pocas horas después Khairi fue trasladado a un centro de detención en el aeropuerto de Bagdad, un enorme campamento al aire libre con tiendas de campaña, cercado con alambre de púa. Se durmió en el suelo a las cuatro de la mañana. "Me sentía muy mal", recordó. "Estaba muy sucio. No teníamos agua para asearnos".
En la mañana, los otros prisioneros en su tienda eligieron a Khairi para que los representara en una reunión con la Cruz Roja, ya que él hablaba francés e inglés, pero durante la reunión, Khairi se desmayó. Cuando volvió en sí lo trasladaron a una tienda médica, donde un doctor le puso suero en cada brazo y comenzó a alimentarlo. Khairi me repitió esta historia varias veces, enfatizando lo amable que se había mostrado el médico.
Pocos días después, Khairi fue nuevamente interrogado. "Ese fue mi interrogatorio más importante, y duró tres horas". Dijo que un norteamericano vestido de civil le dijo: "Si no me dices la verdad, te mataré". Khairi prosiguió: "Me preguntó si cuando estaba en París había tenido relaciones con Al Qaeda".
Al llegar a este punto, Khairi rió: "¿Te puedes imaginar? ¡Al Qaeda! Le recordé que yo había vuelto de París en 1991, cuando no existía Al Qaeda. Eso no le gustó, y dijo: ‘Bien, si no con Al Qaeda, ¿tuvo relaciones con algún otro grupo terrorista?' Yo le pregunté: ‘¿A qué grupo terrorista se refiere?' Y se enfadó y se puso a repetirme que respondiera a sus preguntas o sino me mataría".
Khairi fue entonces llevado a un centro de detención en Bukka, en el desierto al sur de Basra. Cinco días después de llegar, tuvo un ataque al corazón. Fue tratado en un hospital en Basra, y luego llevado nuevamente a Bukka. Allá, después de permanecer detenido varios días en una tienda de campaña, Khairi fue interrogado por otro oficial. "Esa fue la primera vez que estuve con alguien inteligente. Cuando se enteró de que me habían golpeado, preguntó el nombre de la unidad responsable y me dijo que yo tenía el derecho a quejarme. Le pregunté si tenían pruebas contra mí. Me dijo que no".
A fines de agosto, a Khairi le permitieron ser visitado por su esposa. Ella le contó que su padre había muerto tras enterarse de su detención. Esa tarde, Khairi tuvo un segundo ataque cardíaco. Permaneció en Bukka dos meses más y entonces, el 4 de noviembre, fue enviado a Abu Ghraib.
Cuando Khairi y otros prisioneros llegaron a Abu Ghraib, dijo, "los guardias agarraron todo lo que habíamos traído de Bukka -todas nuestras ropas, todo. Nos dejaron en pijamas. Un soldado norteamericano -un tipo grande, gordo- me sacó las gafas para leer que me había traído mi esposa y los rompió con sus zapatos. El intérprete nos dijo: ‘Esto no es Bukka. Ese era un hotel de cinco estrellas. Esto es Abu Ghraib'. Me retiraron las medicinas. Hacía frío, y dormimos en una tienda, en el suelo".
Los problemas cardíacos de Khairi empeoraron, y fue evacuado dos veces fuera del campamento. Khairi dijo que aunque muchos de los norteamericanos que había conocido en las clínicas donde fue tratado fueron amables, algunos policías militares con pastores alemanes irrumpían y dejaban que los perros aterrorizaran a los pacientes. (Él se enteró después, de las torturas y humillaciones sexuales de los prisioneros de Abu Ghraib). Una vez vio a un prisionero encapuchado, semi-desnudo, que estaba siendo empujado por soldados norteamericanos hacia un remolque de madera, y lo vi salir después de un rato, cojeando con muestras de dolor. Pero, dijo, "no sé qué le hicieron".
Khairi estaba perplejo por el tratamiento humillante de los prisioneros iraquíes. "Los jóvenes que había en mi tienda me dijeron que estaban esperando el día que los dejaran marcharse, para pelear", dijo. "En los primeros días en Bukka, los prisioneros chiíes no tenían nada contra los norteamericanos, pero después de algunos meses cambiaron de opinión. Yo diría que el 95 por ciento de los chiíes que conocí querían vengarse".
Casi todos días había ataques de mortero, recordó Khairi. "Nos dimos cuenta de que sólo atacaban las posiciones norteamericanas dentro de la prisión, no donde estaban los prisioneros. Los iraquíes se alegraban cuando había ataques. Algunos de ellos gritaban: ‘¡Allahu Akbar!', y decían: ‘Así castiga Dios a los norteamericanos por sus malos tratos'. Cuando los ataques se hicieron más frecuentes, comenzaron a ponernos capuchas toda vez que nos trasladaban, porque los prisioneros contaban a familiares que los visitaban dónde estaban las posiciones norteamericanas".
Khairi estuvo detenido en Abu Ghraib tres meses y medio sin ver a su familia; luego se enteró que habían tratado de verlo muchas veces, y que les habían dicho que él no se encontraba ahí. Fue finalmente dejado en libertad, en febrero, con un camisón de hospital.

En abril pasado, dos meses antes de que la APC fuera disuelta y en medio de un dramático incremento de la violencia en Iraq, Paul Bremer anunció medidas que aliviaban su decreto original contra los baazistas. Dijo que aunque "la política de desbaazificación era y es correcta", había sido "pobremente implementada". Observó lo importante que era que los maestros y docentes volvieran a sus puestos de trabajo.
El anuncio de Bremer fue ampliamente interpretado como una movida para dar a Allawi, el primer ministro entrante, más espacio para combatir a los insurgentes poniendo a baazistas en el gobierno. En mayo, después de que el sitio de Faluya por los marines fuera suspendido -se calcula que durante el asedio murieron entre 600 a 800 iraquíes y 40 norteamericanos-, la Coalición nombró a una llamada Brigada de Faluya, dirigida por antiguos baazistas, para negociar la paz. La iniciativa fracasó, sin embargo, cuando muchos de los brigadistas se unieron a la resistencia.
Desde que asumiera su cargo, a fines de junio, Allawi ha nombrado a varios baazistas en posiciones importantes -sobre todo en las fuerzas armadas y en el aparato de inteligencia. También tomó medidas para debilitar a Chalabi. En octubre, después de una visita privada de Mithal al-Alusi, el aliado de Chalabi en la comisión de desbaazificación, a Israel, un juez iraquí firmó una orden de detención contra Alusi, apoyándose en una ley de la era baazista que prohibía los viajes al estado de Israel. Alusi me telefoneó desde Bagdad para decirme que estaba dispuesto a hacer frente a las acusaciones. Agregó que el gobierno de Allawi había anulado todas las credenciales, excepto 50, de los 200 miembros de la comisión de desbaazificación, cancelado su financiamiento, y echado a sus miembros de sus despachos.
Dan Senor, el antiguo portavoz jefe de la Coalición, está ahora en Washington, donde se comunica regularmente con Bremer. A fines de agosto, le pregunté a Senor cómo veía ahora Bremer sus decretos. Después de consultarlo con Bremer, Senor dijo: "¿Era lo correcto? Sí. Teníamos un problema con las milicias en Iraq, pero habría sido peor si no hubiésemos abordado este problema. Por ejemplo, los chiíes se podrían haber transformado en un enorme obstáculo para la Coalición si no hubiesen colaborado, y sin embargo tuvimos clérigos que en sus mezquitas le decían a la gente que renunciara a la violencia. Y eso fue un tremendo apoyo para la Coalición. Si hubiésemos desistido de la desbaazificación, algunos habrían dicho que la resistencia sunní no habría sido tan fuerte, pero, en general, el hecho crucial fue que el programa fue bien acogido por los chiíes".
Cuando hablamos, los marines estaban metidos en sangrientas batallas contra la milicia chií de Moqtada al-Sáder, en Nayaf. Pero los funcionarios de la Coalición con los que hablé dijeron que Nayaf era, con el estímulo de la prensa, una distracción de la amenaza mayor que representaba Zarqawi. Sin embargo, además del grupo de Zarqawi, hay muchas células guerrilleras sunníes que también operan en Faluya, así como en otras ciudades como Ramadi, Samarra, Baquba y Mosul. Esas células están compuestas en su mayor parte por iraquíes y, de acuerdo a baazistas y oficiales norteamericanos con los que hablé, al menos algunas de ellas son financiadas y organizadas por antiguos baazistas.
Senor dijo: "Los problemas que tenemos hoy con la resistencia sunní no se deben solamente a la desbaazificación. Esta no es gente que está peleando simplemente porque se quedaron sin trabajo. Hemos tenido siempre la impresión de que la violencia fue organizada por gente diametralmente opuesta a nuestra visión de Iraq. Era gente a la que no podíamos convencer".
Este un punto de debate entre baazistas y no baazistas. En Amán hablé con Mudher Khairbit, un rico empresario iraquí que es un importante jeque de los dulaimi, una tribu sunní fuertemente involucrada en actividades de guerrilla en los alrededores de Faluya y Ramadi. Me dijo que aunque él no era un baazista, creía que la exclusión de los baazistas había sido un error. Khairbit dijo: "Al prohibir al Partido Baaz, los norteamericanos lo hicieron más poderoso, más popular".
En Bagdad, asistí a las oraciones del viernes en la mezquita dirigida por el imán Abdul Salaam Daud al-Qubeisi, un prominente clérigo sunní. Leyó un sermón contra los "ocupantes" norteamericanos y elogiando a los "heroicos combatientes de la resistencia" en Faluya y Ramadi. Pocos días después visité a Qubeisi en su casa. Definió la resistencia como una insurrección espontánea de iraquíes corrientes. "Antes, los iraquíes no pensaban que fueran capaces de enfrentarse a las tropas norteamericanas, pero el odio que sienten los animó a mostrar que estaban resistiendo", dijo. "Lo que empeora las cosas es que Bremer gobierna Iraq como si fuera Afganistán. Ese es un gran error. Los miembros de Al Qaeda estaban combatiendo fuera de sus propios países; los soldados iraquíes, no. Están en su propia patria. Ningún iraquí participó en los atentados en Nueva York".
Le pregunté a Qubeisi si él defendía que se matara a los soldados norteamericanos. Su respuesta fue ambigua: "Tenemos un código: Aquellos que no luchan no pueden juzgar a los que sí lo hacen. Quizás está defendiendo su familia o su honor".

Cuando me reuní con Khairi en junio, en Amán, estaba viviendo en un cuarto alquilado con dinero que le había prestado su hermano, y estaba buscando trabajo. Dijo que se había marchado de Iraq después de enterarse de que un grupo chií había puesto su nombre en una lista de muerte. De momento, era parte del creciente éxodo de profesionales iraquíes. "Los que pueden marcharse lo están haciendo", dijo. "Toda la gente de bien".
Mucho de la oposición baazista fue montada, dijo Khairi, por los nuevos exiliados. Predijo que cuando los norteamericanos entregaran las ciudades de Iraq a las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes, más tarde ese mes, el Partido Baaz "volvería y atacaría a esos policías". (Desde entonces, cientos de agentes de policía iraquí, guardias nacionales y reclutas han muerto en ataques casi diarios). Agregó: "Los norteamericanos deben superar sus problemas con el Partido Baaz. No podemos cambiar de nombre sólo para complacerles a ellos". Habló acerca del estallido de una guerra civil si los norteamericanos continuaban favoreciendo a los chiíes por sobre los sunníes.
Khairi me ayudó a concertar un encuentro con Samir Sheikhly, un antiguo alcalde de Bagdad, el que, según me dijeron, fue una de las personas clave en la dirigencia clandestina del Partido Baaz. Sheikhly fue un importante personero del régimen hasta 1991, cuando cayó en desgracia con Saddam y fue puesto en arresto domiciliario. Sheikhly fue detenido por los norteamericanos en junio de 2003 y pasó cuatro meses y medio en prisión.
Cuando nos encontramos, Sheikhly me dijo: "Muchos baazistas saludaron la llegada de los norteamericanos. No tenían miedo de los norteamericanos cuando estos llegaron. Si lo hubieran tenido, habrían resistido, y habría sido muy difícil tomar Bagdad. Pero entonces los norteamericanos comenzaron a detener a los baazistas". Prosiguió: "Los norteamericanos están haciendo tratos con gente que vino de fuera del país y que no tienen una base política en Iraq. Así no podrán conseguir nada". Sheikhly desdeñó las propuestas de Allawi hacia los miembros del Partido Baaz y dijo que sólos los "colaboracionistas" estaban haciendo tratos con él. "Si los norteamericanos colaboran y dejan que vuelva el Partido Baaz, podrían asegurar sus intereses en Iraq a un precio muy barato", dijo. (Varios baazistas con los que hablé afirmaron que en las últimas semanas han habido conversaciones tentativas con oficiales norteamericanos). Sheikhly no trató la oposición de los chiíes y kurdos a los baazistas. Como otros muchos baazistas con los que hablé, también se negó a reconocer que reinstalar así no más al Partido Baaz sería moralmente o políticamente inaceptable para las víctimas de Saddam y para la comunidad internacional -que un régimen que fuera poco más que ‘Saddam Lite' no sería suficiente.
Un antiguo funcionario de alto rango del ministerio de Asuntos Exteriores de Saddam me dijo: "El problema no se puede resolver con la reincorporación de unos cuantos baazistas de alto nivel. Es un problema de reconciliación nacional. Los norteamericanos cometieron un grave error al iniciar el proceso de desbaazificación; fue anti-democrático e inhumano; y no tomó en cuenta quiénes eran los baazistas. Después de 35 años en el poder, el Partido Baaz se había transformado en parte del tejido de la sociedad iraquí, una pirámide compleja e interrelacionada de vínculos económicos, políticos, religiosos y tribales, con el presidente, sí, arriba de todo... Pero desmantelar el Partido, el Ejército y otras estructuras del estado no hizo más que remplazarlos por el caos".
La resistencia claramente ha ido más allá de los baazistas; ahora es mucho más lo que está en juego. La semana pasada, una ofensiva a gran escala contra Faluya parecía inminente, y las tropas norteamericanas estaban ocupando posiciones. [La toma de Faluya acaba de terminar]. El oficial de las fuerzas especiales norteamericanas me dijo que él y otros esperaban que ahora que habían pasado las elecciones, la Casa Blanca apoyaría resueltamente una batalla decisiva: "El ataque será difícil, sangriento e impopular, pero terminará con los terroristas y creará un espacio para ganar. Mientras más esperemos, más difícil, sangriento y costoso será".
El mes pasado, le pregunté a Stephen Browning cómo veía la situación en Iraq. Dijo: "Hablé con un doctor iraquí amigo la semana pasada y le pregunté lo mismo. Me dijo: ‘Este país se está muriendo de a poco'. Antes, él se había mostrado siempre optimista, así que oírlo decir eso me deprimió. Yo mismo no veo nada bueno o positivo. Perdimos muchas oportunidades en los primeros días. Ahora la resistencia se ha hecho muy fuerte, y no veo cómo podamos pararla".

8 de noviembre de 2004
16 de noviembre de 2004
©new yorker
©traducción mQh

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