Blogia
mQh

juguetes para mujeres conservadoras


[Jennifer Senior] La vida de una mujer que vende artefactos sexuales en el Cinturón Bíblico de Estados Unidos.
Desde que recibiera un coche como recompensa de su empleador, Passion Parties, Linda Brewer ha estado recorriendo el sur en un Cadillac Escalade plateado con una matrícula que dice: "Funlady". En la carretera, los hombres a menudo la miran y le tocan el claxon al pasar sólo para darse cuenta, con apagada sorpresa, que al volante hay una mujer de casi 60 años. "He, muchacha", me gritó la primera vez que nos reunimos, sonriendo y llamándome desde la ventanilla de su coche. "Súbete".
Passion Parties es una organización de ventas directas con sede en Brisbane, California, que se especializa en artefactos sexuales y en los últimos siete años consecutivos, Brewer, que abandonó la escuela secundaria y vive en un árido condado en el corazón del Cinturón Bíblico [Bible Belt] ha sido la mejor vendedora de un equipo de venta de 5.000 personas. Más o menos cuatro veces a la semana visita las casas de amigos y desconocidos, el Escalade relleno hasta el techo de lociones digeribles, manuales eróticos, juegos de ordenador eróticos, ropa interior erótica y, sobre todo, "herramientas potentes": vibradores con diez velocidades y vibradores con una velocidad; vibradores que se mueven como hula-hoop y vibradores que brillan; vibradores que funcionan en el agua y vibradores a control remoto -en una palabra, vibradores que hacen de todo, excepto separar la ropa seca y rellenar el formulario de impuestos. El año pasado, recorrió 8.000 kilómetros y vendió casi 140.000 dólares en mercaderías.
"Debería haber gente más joven esta noche", dijo Brewer, mirando las señalizaciones de la carretera. Habla con tranquilidad y su acento es puro Arkansas, una balada de cariños y de ges ausentes. "Tienen una actitud mucho más abierta. Están dispuestos a aprender. No quieren perderse un orgasmo".
Treinta minutos más tarde, subió por la entrada de coches de su anfitriona esa noche, una mujer llamada Julia que vive a unos 15 kilómetros al noroeste de Little Rock, en Maumella, un barrio residencial. Julia, que pidió que no se mencionara su apellido, saludó cariñosamente a Brewer y la llevó a través del garaje hacia un espacioso salón de estar, donde unas 20 mujeres se arremolinaban, bebiendo vino y untando galletas de agua en queso fundido y patatas fritas en bandejas de Tex-Mex. Eran casi todas casadas y lo han estado desde que tenían 20; la mayoría tenía hijos; y la mayoría iba a la iglesia los domingos, aunque no era ese el motivo de la reunión. Se reunían a jugar bunco, un juego de dados, una vez al mes.
Brewer empieza siempre sus presentaciones con la parte más inocua de su inventario, como cremas comestibles, antes de pasar a los artículos más formidables de sus mercaderías. Como no parece peligrosa y no tiene miedo a nada -pasa en un minuto de hablar de las compras, a describir los vibradores que "pueden aguantar cualquier cosa"-, la velada se transformó pronto en una pintoresca sesión de demostración y explicación en medio de un estridente caos, que culminó con una pila de despojos electrónicos en el piso del salón. Pero en algún momento, entre la pregunta de una mujer sobre los usos alternativos de la crema de cervical estrechante (¿podría ayudar para las mandíbulas colgantes?) y una osada demostración de Brewer con una funda de silicona rosada y un pene, se produjo un instante de candor que resonó profundamente entre las mujeres. Fue entonces que Brewer mostró un pequeño frasco de Pure Satisfaction, el artículo que más vende. "Esencialmente, señoras", declaró, "esto te saca ganas cuando no tienes ganas. Produce ese picor que no te puedes rascar". Invitó a unas voluntarias a retirarse al baño y aplicar el producto en sus genitales. Una de ellas, un guapa rubia de 31 y madre de dos niños, volvió pronto, con la cara colorada. Se sentó.
"Cariño, ¿quieres ponerte de pie y contarnos cómo te sientes?", preguntó Brewer.
"Bueno, prefiero que no", dijo, riendo tontamente. "Pero quiero comprar un frasco". Miró la lista de precios frente a ella. Era algo caro -39 dólares con 50 centavos por un frasquito de 70 gramos. "Te diré algo", decidió. "Hace casi 11 años que estoy casada, así que a esta altura cualquier cosa ayuda". Volvió a mirar la lista de precios y asintió. "Voy a comprar todo lo que pueda con la mesada del Día de la Madre".
En noviembre pasado Passion Parties salió más bien inesperadamente a superficie en las noticias cuando uno de sus representantes, Joanne Webb, fue detenida por vender dos vibradores a agentes encubiertos en Burleson, Tejas. La razón, ostensiblemente, era que había violado una arcana ley del estado que prohíbe la venta de cualquier artefacto para estimular los genitales. Pero la verdadera razón, se descubriría pronto, tenía que ver con Webb ella misma, que había puesto a un pequeño pueblo de cabeza con sus minifaldas, carácter coqueto y una desvergonzada sexualidad. Una desenfadada abogada llamada BeAnn Sisemore acudió en su defensa; al día de hoy todavía no se fija una fecha para el juicio.
El episodio de Webb tuvo un montón de cobertura en la prensa -especialmente en el extranjero, como una de esas divertidas parábolas sobre la hipocresía y contradicciones estadounidenses, en las que los valores del evangelismo y el canal Playboy están en guerra. Pero la verdad es que Passion Parties es una de las compañías de parafernalia sexual más domada y pro-familia del país. La compañía hace buenos negocios en el Cinturón Bíblico -el año pasado, Mississippi, Arkansas y Tennessee ocuparon respectivamente los puestos tercero, cuarto y noveno de las ventas- precisamente debido a que se ha perfilado como una organización dedicada a fortalecer las relaciones, antes que a expandir la gaveta del placer de las chicas solas. Su página de inicio es una agradable presentación de diapositivas de jóvenes parejas heterosexuales; el lema de la compañía, garabateada en muchos productos, es "Donde Es San Valentín todos los días". El video de adiestramiento de Passion Parties, enviado a todos los representantes, empieza con una recomendación de una comisión de terapeutas de familia y sexuales certificados, un asesor familiar e infantil, y antes de que comience el segmento de la demostración, uno de los directores de la compañía, una mujer vestida con un traje de índigo brillante, declara: "Ahora, señoras, si habéis venido buscando alguna vulgaridad o pornografía, os vais a desengañar. No tengo nada de eso. Pero si habéis venido a pasar una tarde divertida, y a oír algunos consejos para mantener la excitación de vuestras relaciones, y a ver los elementos que lo hacen posible, entonces estáis en el lugar indicado".
De este modo, Brewer, una bautista que tuvo su primera hija a los 18, es más o menos típica del segmento sureño y rural del equipo de vendedores de Passion Parties. Aunque ciertamente ha tenido su cuota razonable de reuniones de lesbianas y solteras, el texto normal de sus presentaciones tiende a ser el desafío del matrimonio y de la vida en familia. Bromea sobre cómo el hecho de que un hombre friegue los platos sucios puede ser una forma de juego previo; reconoce que el sexo, a veces, puede sentirse como un trabajo. Una parte de su presentación que invariablemente causa risa es su consejo sobre cuándo decirle a tu marido que se te ha acabado el crédito de la tarjeta (implica distraerlo con una pluma y un artículo llamado Fireworks), y su segundo artículo de mejores ventas, esa funda de silicona rosada (conocida como Gigi), que no es un juguete para mujeres sino para que las mujeres lo usen con los hombres. Hay también una miríada de referencias a los niños: cuando presenta la crema estimulante de la compañía, advierte a las mujeres guardarlo en lugares a los que los niños no puedan llegar, y cuando pregona las virtudes del anestésico corriente de la empresa -que se usa para retrasar la eyaculación- también observa lo bueno que es para aliviar las encías de los niños que están echando dientes.
Antes de que Patricia Davis, la actual presidente de la compañía, se hiciera cargo hace tres años y medio, la imagen de Passion Parties era algo más osada. Sus productos eran llamados más explícitamente, y la compañía se llamaba Coming Attractions, un subentendido que Davis encontró grosero. "No creía que fuera un buen nombre para nosotros", dijo, la primera vez que hablamos. "No era de lo que se trataba. Yo quería que las mujeres supieran que estábamos realmente interesados en las relaciones".
Para cualquiera que ha estado en una parada de camiones o ha visto el famoso episodio del vibrador de ‘Sexo en Nueva York', "puede parece contra-intuitivo que los artefactos sexuales sean vendidos como ayudas para mantener las relaciones en algunas partes del país. En gran parte de las áreas urbanas, y ciertamente en la imaginación popular, los aparatos sexuales son asociados sea con la pornografía (que, aunque es indudablemente una ayuda marital, es rara vez vendida así) o la auto-determinación femenina en la cama. Muchas de las mejor conocidas empresas de artículos sexuales del país -como Eve's Garden o Good Vibrations- fueron empezadas por mujeres en los años setenta, cuando el movimiento feminista estaba en su apogeo. "Cuando promovemos nuestros productos tenemos que recordar a nuestro personal que mencionen el potencial de refuerzo de la pareja de nuestros artefactos", dijo Anne Semans, directora de mercadeo de Toys in Babeland, otra bien conocida tienda manejada por mujeres, "porques nuestra base de clientes está tan acostumbrada a usar los artefactos consigo mismos".
Pero como observa Rachel P. Maines en su meticuloso estudio ‘Technology of Orgasm: ‘Hysteria', the Vibrator and Women's Sexual Satisfation'[Tecnología del Orgasmo: la ‘Histeria', el Vibrador y la Satisfacción Sexual de las Mujeres], los artefactos sexuales han tenido una interesante historia en Estados Unidos, llegando a menudo al mercado bajo disfraces inusuales. A fines del siglo 19, los médicos usaban vibradores alimentados a pedal, vapor y (finalmente) electricidad para tratar a las clientes de histeria y otros desórdenes nerviosos. Sears y otros catálogos de pedidos a distancia vendieron docenas de tipos bajo el título de ‘Aparatos para el hogar'; los anuncios reclamaban que aumentaban la "salud, el vigor y la belleza". En los años sesenta y setenta, dice Maines, algunas de las mismas mujeres que vendían maquillaje y artefactos de cocina de casa en casa a veces llevaban también aparatos sexuales y ropa interior erótica -no en nombre de la salud, sino del matrimonio-, con la esperanza de salpimentar los botiquines así como las despensas de la cocina de las clientes casadas.

En alguna medida, Passion Parties continúa esta particular tradición comercial. Las ventas en conferencias ha sido durante largo tiempo popular en el sur, y Brewer recitar rápidamente toneladas de compañías con representantes locales ("Tahitian Noni Juice, Tupperware, Pampered Chef, Mary Kay, Avon, Southern Living at Home, PartyLite, Herbalife..."); Amway, el ejemplo más obvio, no está en su lista de los primeros diez. De acuerdo a la Asociación de Ventas Directas, el sur domina el mercado de las ventas directas con un 36 por ciento, en comparación con la segunda región más grande, el oeste, con 26. El principal competidor de Passion Parties, Pure Romance, también hace buenos negocios en el sur.
"Hay una verdadera afinidad entre la organización de la vida en los barrios residenciales en el sur y las ventas directas", dijo Nicole Woolsey Biggart, autor de ‘Charismatic Capitalism: Direct Selling Organizations in America' [Capitalismo Carismático: Organizaciones de Ventas Directas en Estados Unidos] y decano de la escuela de gestión de la Universidad de California en Davis. "Se basa en que la gente se reúne -hay confusión entre el trabajo y la casa, la iglesia y el trabajo. La vida es más holística". Biggart también observó que las ventas directas, debido a que ocurren en casa, es una manera poco amenazante de ganar dinero extra, una idea que puede prender en las zonas más tradicionales del país. "Las divisiones de género", dijo Biggart, "están en gran parte intactas".
Puede ser. Pero a su manera, Passion Parties y sus rivales se derivaron también del movimiento feminista. Han proporcionado a mujeres sin diplomas universitarios independencia económica -Brewer tiene un ingreso de seis cifras- y proporcionan una continuada educación sexual a mujeres que han crecido en ambientes agobiantes (o, en realidad, en la generación equivocada) para que sepan más sobre sus cuerpos. Como explicó Davis, que nació en Memphis y creció en Arkansas: "Muchas de estas mujeres no tienen dónde ir para aprender". Tampoco, agregó, conocen muchas clientes rurales lugares donde comprar estos productos. "Se encuentran al fondo de los supermercados en las paradas de buses", suspiró. "¿Le preguntarías a un tipo grande y robusto en el fondo de una parada de buses donde está su punto G?"

En la segunda tarde que pasamos juntas, en su confortable y ancha casa-caravana en Alexander, de 600 habitantes, se me ocurrió que nunca oí a Brewer usar la palabra ‘masturbar' cuando describía sus mercaderías. Le pregunté por qué. La anfitriona, una desenfadada y atractiva castaña llamada Tuttie Criswell, saltó con una explicación antes de que Brewer pudiera responder. "Linda no diría nunca eso", dijo. "Es muy profesional".
A pesar de su obvio valor, Brewer todavía acarrea las incomodidades residuales y tabúes de una cierta generación, y esta identificación con el embarazo de sus clientes puede explicar en parte lo que la hace tan efectiva -eso, por supuesto, y el hecho de que es imposible no encontrarla simpática. Brewer dice que no se siente incómoda con conversaciones obscenas, y no tiene problema para refregar la loción humectante en el trasero de una mujer de 47 con una camiseta sin mangas para mostrarle que el producto hace destacar su tatuaje. (De hecho, hizo lo mismo al día siguiente). Pero Brewer también tiene dotes de actriz: respetuosa, ansiosa de agradar, incluso algo tímida cuando termina la presentación. No hace presentaciones para parejas. ("No me gustaba hablar delante de tíos", explicó. "Es bastante difícil decir ‘vagina' delante de ti"). Prefiere no usar la palabra ‘clítoris', y usa un eufemismo: "El hombrecito del bote". Y ha visto sólo un episodio de ‘Sexo en Nueva York', que la excitó y escandalizó terriblemente al mismo tiempo.
"Era el episodio en que Samantha tiene canas en su... púbic...", tartamudeó más tarde esa noche cuando, en el Cracker Barrel de la localidad, trató de contármelo. "Y ella estaba tratando de teñírselo, y terminó llena de ampollas. Era ridículo, pero hablar sobre las partes privadas de tu cuerpo en televisión... ¡No podía creerlo!"
Se acercó la camarera. Brewer le pasó su tarjeta de visita: "Passion Parties, de Linda".
"¿Qué es esto?"
"Vendemos cosas divertidas", dijo Brewer. "Lociones comestibles y aceites".
La camarera sonrió. "Hoy en día, sabes, no necesitamos hombres".
"Sí, claro que sí", dijo Brewer. "Para que saquen la bolsa de la basura".

Brewer nació, creció y todavía viven en Sheridan, Arkansas, con 3.800 habitantes, un pueblo con más de 20 iglesias, de las cuales al menos 12 son bautistas, una de ellas a pocos metros de su casa. El precio medio de una casa es más bajo en Sheridan que el promedio del estado, y parece que hay más gasolineras que lugares donde comer, según me dijo Brewer la primera vez que nos vimos. "Lo que puedo decir sobre Sheridan", dijo, "es que en Sheridan no hay nada".
Brewer se escapó con su novio de la secundaria pocos días antes de cumplir los 16, nunca volvió a la escuela y a los 25 tenía tres hijas. A los 40, después de casi 25 años de matrimonio, se divorció de su marido, un ingeniero de los Ferrocarriles Missouri-Pacific. (Él murió poco después). "Creo que en 25 años tuve dos orgasmos", dijo. "No sabía. ¿Dónde te dan esas informaciones en un lugar como Sheridan, Arkansas? No en la televisión. No había HBO. No había nada. Durante mi matrimonio, lo más grande que pasó fue la Guerra de Vietnam -estaban allá matando niños, y nosotras estábamos aquí tratando de criar a nuestros hijos. Y, sabes, eso era más o menos todo. Yo dormía en el sofá. No teníamos sexo. Yo me paseaba por el salón, pensando en cómo hacerlo, y terminaba llorando".
Un año después de su divorcio, en un diminuto bar a unos 40 kilómetros de su casa, conoció a Ernest Brewer, que cava pozos de agua para el Cuerpo de Ingenieros del Ejército norteamericano. Por primera vez en su vida entendió lo que significaba una experiencia sexual satisfactoria. Ese mismo año, con dos de sus hijas, asistió a una reunión auspiciada por representantes locales de Fun Parties, un antecesor de Passion Parties, y compró 180 dólares en artículos. La coincidencia de esos dos sucesos se transformó en un poderoso despertar sexual y provocó, como dice ella, "una misión". Le pidió dinero prestado a uno de sus yernos para comprar un maletín de artículos para empezar a vender, de unos 1.600 dólares, determinada a vender esos productos ella misma.
En esos días, Fun Parties apenas si adiestraba a su equipo de ventas. Así que Brewer leyó, consultó con otras vendedoras y escuchó a sus clientes. Decidió que, en realidad, el punto era simplemente poner a hablar a las mujeres. Arkansas tiene la segunda tasa de divorcio del país. Y en las escuelas públicas, la educación sexual se basa en la abstinencia. "La educación sexual aquí es mito, desinformación o no información sobre nada", dijo la doctora Joycelyn Elders, una antigua cirujana general que fue obligada a renunciar del gobierno de Clinton después de hablar en público sobre la masturbación. "No es una sorpresa que en Arkansas tengamos una de las tasas más altas de embarazos adolescentes del país -y Estados Unidos tiene la tasa de embarazo adolescente más alta del mundo industrializado". (Los estados que luchan por el primer lugar son Mississippi y Tejas).
"No sabes cuántas veces voy a hacer presentaciones", contó Brewer, "y las mujeres me dicen: ‘Linda, dinos algo sobre nuestros cuerpos. Queremos saber'".
Por supuesto, no todas las clientes de Linda están ansiosas por la educación. Esa primera tarde en Maumelle, las mujeres eran profesionales jóvenes, universitarias; para la mayoría de ellas era su día de salida. Y en nuestra tercera tarde juntas, Brewer hizo una presentación en la nueva casa de Wendy Emerson, una agente de propiedad inmobiliaria de 33 años que estaba furiosa, simplemente furiosa, de que su antigua casa había sido robada y que entre las cosas robadas también se encontraba su escondite de artefactos sexuales. "Se llevaron las cosas de mi congelador, un rifle, la ropa que había comprado y que todavía estaba en la bolsa, mis joyas", decía asombrada mientras colocaba galletitas en torno a otro fondo de queso fundido. "Pero ¿por qué mis artefactos?"
Sin embargo, es frecuente, dijo Brewer, que tenga que explicar las cosas más elementales. "Muchas mujeres llegan a las presentaciones pensando que las mujeres nacen sabiendo cómo se obtiene un orgasmo", dijo. "Pero tienes que aprenderlo. Tengo vibradores con los que puedes aprender cómo tener los tres tipos de orgasmos: de los músculos pélvicos, del clítoris y del punto G. Yo lo llamo ‘tocar las nubes con los dedos'. Pero tu pareja tiene que trabajar contigo y llegar a tus puntos sensibles, sabes. Y eso es lo que yo hago. Abrir líneas de comunicación. Lograr que hablen".
Hizo una pausa. "Por supuesto, también les cuento a mis clientes que hay un cuarto tipo de orgasmo. El simulado".
Criswell, para citar un ejemplo, agradece a Brewer una buena parte de su educación sexual. Se casó muy joven; al menos tres mujeres en su reunión tuvieron sus hijos cuando eran adolescentes. "No sabía lo que era el clí... No sabía lo que era el hombrecito del bote", dijo. "Me lo enseñó Linda".
¿No habló Criswell con su madre sobre esto cuando estaba creciendo?
"Me educaron como evangélica. Mi madre no hablaba de nada".
¿Y las amigas?
"Mis amigas hablaban, pero el asunto es que nadie te da detalles".
Cuando salimos de casa de Criswell esa noche, Brewer lanzó un suspiro de nostalgia. "Hay veces en que pienso que me habría gustado volver a la escuela", dijo. "Oigo hablar a la gente con tanta facilidad, con tantas palabras bonitas, y me siento inadecuada". Arrancó. "Pero lo más importante", dijo, "es que yo apostaría que sé tanto como el tío que fue a la universidad hace siete u ocho años. Quiero decir, sobre las mujeres y su sensualidad. No manejo el enorme vocabulario que manejan ellos, pero yo sé, en el fondo de mi corazón, que tengo el mismo conocimiento".

En nuestro tercer día juntas, Brewer me llevó a almorzar al Brew Heaven, un café en el centro de Sheridan, con su amiga Helen Bounds. De pelo rizado y con mejillas de manzana, Bounds es la propietaria local y gerente de Curves, una cadena de salones de fitness, y socia fundadora del Red Hat Club, un grupo en el que las mujeres, en palabras de Brewer, llevan "sombreros espantosos, audaces y estrafalarios".
"¿Crees realmente que alguien te ha evitado alguna vez?", le preguntó a Brewer, las dos metiéndose un bocadillo en la boca.
Brewer asintió y nombró a una mujer de la ciudad.
"Ah". Bounds hizo una pausa, luego movió la mano con un gesto de desdén. "Ella es así". Brewer asintió. "Bueno, conozco a otra que arisca la nariz por lo que hago". Bounds frunció el entrecejo, luego asintió en señal de reconocimiento. "Por supuesto", agregó Brewer, "no tiene problemas en venir a mi casa y elegir artículos para su patrón".
Las dos mujeres estallaron en carcajadas.

Sugerir que vender artefactos sexuales en el Cinturón Bíblico es una receta para adquirir instantáneamente reputación de paria sería exagerar mucho. En todas las comunidades, no importa lo pequeñas que sean, y durante al menos los últimos 30 años, los evangélicos han exaltado las virtudes de un fuerte vínculo emocional, al menos en el matrimonio. En 1976, Tim LaHaye, autor de la serie Left Behind, publicó con su esposa Beverly, ‘The Act of Marriage: The Beauty of Sexual Love' [El Acto de Casarse: La Belleza del Amor Sexual], y desde entonces ha vendido 2.5 millones de copias; ‘Intended for Pleasure' [Hecho Para el Placer], de Ed y Gaye Wheat, causó impacto cuando salió en 1977. (El título me recuerda algo que me dijo Davis, presidente de Passion Parties: "No sé por qué la gente se incomoda con el sexo, cuando Dios lo puso aquí para que lo disfrutáramos"). Quizás el libro de este género más memorable fue ‘Total Woman' [Mujer Total], el hito de 1973 de Marabel Morgan, que se hizo famosa por recomendar que las mujeres saludaran a sus maridos en la puerta de casa en un corsete ceñido.
Brewer no oculta su profesión en Sheridan. Un letrero de papel en la puerta de su casa dice: "Lencería Selecta con un 40 por ciento de Descuento", con marcada tinta roja. Adentro toda la parte anterior del salón la ha convertido en una avanzada de la diversión erótica. Dos estanterías llenas de lociones comestibles y lubricantes cubren las paredes -Lickety Lube, Fireworks, Cremesicle- y nueve cómodas con gavetas de plástico, surtidas de mercaderías de van desde esponjas vibrantes para el baño hasta ropa interior comestible, se exhiben a lo largo del perímetro de la habitación.
Sin embargo, nada de esto significa que Brewer se sienta enteramente confortable con vender orbitadores pulsantes y vibradores de punto G en su pueblo natal. Sheridan es un lugar que hace recordar a una América que está desapareciendo de muchas maneras; en la plaza del pueblo todavía se pueden ver tiendas como Scooter's General Mercantile ("La Mejor Tienda del Pueblo") y Olga's Fabric and Fashion ("Donde Se Venden Productos de Costura Singer"). Brewer pasó 20 años entrenando al equipo de softball de aquí y ocho años en una tienda de atletismo. Su padre, un leñador, era propietario de una de las gasolineras, y su madre todavía vive en una casa con paneles de madera justo detrás de ella. Pero hasta hace dos meses, la madre de Brewer pensaba que su hija sólo vendía los productos que eran claramente visibles en su oficina -lociones y lencería. Y Brewer, que alguna vez tuvo los mejores puntos de asistencia al catecismo, que a menudo invoca a Dios en las conversaciones y cuyo marido se convirtió a la fe evangélica hace una década, no ha puesto un pie en la iglesia desde que empezó a vender artefactos sexuales. De hecho, el día que bautizaron a Ernest, ella estuvo en una presentación en Hot Springs.
"No necesito ir a la iglesia todos los domingos para saber quién es mi poder superior", dijo Brewer. "Si voy ahora..." Buscó las palabras. "En esos lugares la gente no me quiere hablar, no aprueban lo que hago, se sienten obligados a hablarme".
¿Está segura? ¿Le han dicho algo directamente? "No es lo que dicen", dijo, dudando. "Es lo que no dicen. O quizás su conducta. Sabes. A veces voy al partido de baloncesto, voy con mi nieta, y creo que la gente me señala. Así que trato de no llamar la atención. No me acerco a lugares donde pueda surgir una situación en que tenga que pensar en lo que la gente piensa de mí".
Brewer se siente algo incómoda entre sus conocidas, pero también tiene conversos en el pueblo. Un predicador le enviaba a parejas con problemas para que les diera asesoría y artículos; una de las amigas de Brewer, Missy Kellebrew, cree que casi la mitad de las mujeres en su grupo de lectura de la Biblia han asistido a una presentación de Passion Parties. Brewer ve a un montón de maestros, peluqueras y enfermeras de su área. Y en los últimos tres años ha organizado las ventas del Día de los Enamorados directamente en su casa, haciendo publicidad boca-a-boca, por correo electrónico y colocando anuncios en el Sheridan Weekly, el semanario de la localidad. Durante una temporada de buen tiempo, ganó 22.000 dólares en un período de diez días. Las mujeres llegaron de lugares tan lejanos como Searcy y Lake Village, a más de horas de camino.
"Una noche hice una presentación en Magnolia", dijo Brewer. "Y Magnolia está a dos o dos horas y media de camino. Llegué allá y ¡entraron dos personas de Sheridan! Y yo les dije: ‘¿Qué hacéis aquí?' Y ellos me dijeron: ‘Bueno, Linda, nunca imaginamos que ibas a estar aquí'". Sacudió la cabeza. "¡Habían venido tan lejos para evitarme!"
Había una moraleja en esa historia, dijo. "Una de las chicas me llamó más tarde y organizamos una o dos presentaciones", dijo. "Si logro que vengan una vez, y se den cuenta de que no es lo que les han contado..."
El trabajo también ha tenido consecuencias incalculables para Brewer. Quince años de publicitar vibradores le han dado confianza en sí misma y tranquilidad y se ha transformado en la actriz que probablemente no habría sido. Y antes de su presentación de ventas directas. Brewer había estado sólo tres veces fuera del estado: una vez en Oklahoma y dos en Tejas. Desde entonces ha estado desde San Francisco a Las Vegas, y Australia y el Caribe y México. Aunque su verdadera meta es Chicago. "Quiero ver a Oprah", dijo. "Quiero verla y tocarla y decirle lo mucho que ha hecho con su programa sobre la epidemia silenciosa por las mujeres de Estados Unidos" -que reveló que 43 por ciento de las mujeres estadounidenses sufrían de algún tipo de disfunción sexual, incluyendo la dificultad de tener un orgasmo.
Después del almuerzo volvimos a casa de Brewer, que está al final de una amplia y asoleada calle. Ernest, con una camiseta Cozumel y una gorra de béisbol que decía "El Mejor Abuelo del Mundo", nos recibió en la puerta de entrada con un loro verde en el hombro. "Aquí está mi pícara", tronó. Me mostró orgullosamente donde escondían las gavetas con los vibradores, metidos debajo de una puerta, para que los niños no pudieran encontrarlos, aunque los mayores sabían. "Tenemos un par de vibradores debajo de la cama", agregó. Brewer miró mortificada, y lo empujó. "¡A esta chica no la has visto nunca en tu vida!", lo regañó.
Él se encogió de hombros y le agarró las manos. "Toca el cielo con tus dedos, nena", le dijo. "Toca el cielo con tus dedos".

26 de julio de 2004
10 de febrero de 2005
©new york times
©traducción mQh
"

0 comentarios