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en la cola de la despensería


[Tim Jones] Los trabajadores pobres, los que no aparecen en los archivos de la seguridad social.
McArthur, Ohio. La cola de la despensería se empieza a formar durante el frío que acompaña a la salida del sol, más de dos horas antes de que se abran las puertas de metal de la despensería del Centro de Ayuda de la Iglesia Metodista.
Cientos de personas como Teresa Ware llegan temprano porque tienen miedo de que las cajas con alimentos ordenadas en pulcras hileras puedan desaparecer para cuando pasen con el oxidado carrito de supermercado a la cabeza de la cola de dos horas. Ware controla el tiempo en su reloj pulsera porque no puede llegar tarde al trabajo, ni siquiera si la razón es que fue a recoger alimentos.
"Hay una caja para cada uno. Es humillante", dijo Ware, 49, que gana 7.50 dólares por hora en el turno vespertino de una residencia. Esta reciente visita a la despensería es una de las dos que hacen ella y su marido desempleado, Rocky, al mes.
"No deberíamos hacer esto", dijo ella.
Theresa y Rocky Ware pertenecen a los rangos de los trabajadores pobres, una creciente categoría de millones de estadounidenses que observan la regla de trabajar duro y todavía no logran llegar a fin de mes.
Después de pedir dinero a amigos y familiares, de sacar todo de sus tarjetas de crédito y de haber tragado suficiente orgullo, al menos 23 millones de norteamericanos hicieron las colas de las despenserías el año pasado -muchos de ellos trabajadores pobres, de acuerdo a Segunda Cosecha, la organización de ayuda contra el hambre con sede en Chicago. El incremento en la demanda de alimentos se nutre de varias fuentes: pérdida del trabajo, término de la seguridad social, problemas de salud y costes de alquiler, y la incapacidad de mucha gente de encontrar trabajo que corresponda con los ingresos y beneficios perdidos.
El Centro de Presupuesto y Políticas de Prioridad, un laboratorio ideológico de Washington, informó recientemente que 43 millones de personas viven en familias de bajos ingresos con niños. Otros datos del gobierno muestran que el número de personas que vive por debajo de la línea de la pobreza creció entre 2000 y 2002 más de 3.5 millones, para llegar a 34.6 millones. Y el ministerio de Agricultura de Estados Unidos informó que el número de norteamericanos que no saben dónde comer -clasificados como ‘inseguridad en la alimentación'- saltó de 31 a 35 millones entre 1999 y 2002.
"El alcance de la recesión económica ha afectado a mucha gente que pensaba que nunca llegarían a ser pobres", dijo Stacy Dean, director de políticas de cupones de alimentos para el Centro de Presupuesto y Políticas de Prioridad. "Lo que vemos ahora son familias que recurren a organizaciones particulares para lo que a menudo es una muy pequeña ayuda".
"No es solamente un efecto del desempleo. Un mayor porcentaje de norteamericanos son trabajadores pobres, y la cantidad ha estado creciendo en los últimos nueve años", dijo Robert Forney, director ejecutivo de Second Harvest. "Esta sería la línea de aguas de la economía, pero para los 40 millones de ellos es la única opción de ganar un salario y obtener beneficios. Es terrible".

Explosión de la Demanda
Operadores de despenserías de alimentos en todo el país -urbanos, suburbanos y rurales- cuentan historias de una explosión en la demanda de alimentos de parte de familias, viejos y el segmento de mayor crecimiento: los trabajadores pobres.
En el sur de Ohio, donde el presidente Lyndon Johnson declaró la guerra a la pobreza hace 40 años, los coches hacen colas dobles a lo largo de un kilómetro o más a la espera del buffet en cajas mensuales de leche en polvo, arroz, cereales, fruta y verduras enlatadas, puré de patatas instantáneo y, en los buenos días, carne enlatada y pollo.
"Estamos observando que comunidades que pensaban que eran inmunes están ahora siendo afectadas, urbanas y suburbanas", dijo Lisa Hamler-Podolski, directora ejecutiva de la Asociación de Bancos de Alimento Segunda Cosecha, de Ohio.
El reverendo Walt Goble, que dirige el Centro de Ayuda de la Iglesia Metodista en McArthur, Ohio, un pueblo pequeño y antiguamente próspero de unos 96 kilómetros al sur de Columbus, dijo: "Estamos aquí de 11:30 a 4, o hasta que se nos acaba el alimento. Normalmente se nos acaba antes".
Theresa y Rocky Ware se han unido a regañadientes a las colas de las despenserías. El año pasado, en esta escasamente poblada región de nueve condados al sudeste de Ohio, se distribuyeron 4.120 kilos de alimentos -eso es, de los 1.766 kilos en 2000. En los últimos tres años, el número de familias que dependían de las despenserías se ha triplicado, de acuerdo a Segunda Cosecha de Ohio del Sudeste.
Aunque la economía nacional muestra espasmódicos signos de recuperación, los datos no toman en cuenta que cada vez menos empleadores ofrecen seguro médico y muchos nuevos empleos sólo pagan el mínimo de 5.15 dólares por hora.
Danny Palmer, que viven en el pueblo Ohio River de Cheshire, perdió su trabajo de soldador de 20 dólares la hora y trabaja ajora en un Wal-Mart por 5.95 la hora. El seguro que tenía como parte de un paquete de seguros con su antiguo empleador, expira el mes que viene. No tiene seguro médico en Wal-Mart.
Melissa Barringer tiene tres trabajos parciales para aumentar los ingresos de ella y su marido Brian, un jornalero, y poder sostenerse con sus tres hijos adolescentes. El año pasado, sus ingresos combinados fueron de 18.000 dólares.
"No podemos mantenernos a la altura", dijo Melissa Barringer mientras sus hijos comían una sopa de pollo en Coolville, Ohio.
Óscar Sánchez se aparece todos los jueces a recoger bolsas de latas y comestibles no perecederos. Sánchez es un pintor auto-empleado que perdió su trabajo en la construcción hace tres años. Su paga por hora es de 7 dólares. No tiene seguro médico.
Y en el barrio Ferguson, de St. Louis, Mary Williams trabaja como temporera y conduce su Mercury Marquis de 1983 hacia trabajos que pagan entre 7 y 8 dólares la hora. El trabajo no es estable. Ni ella ni su hijo tienen seguro médico.
Todos ellos cuentan historias diferentes, pero tienen un punto en común: Tienen trabajo y son clientes regulares de las despenserías de alimentos.

Lo Que No Dicen las Cifras
Las dificultades de gente como los Ware no aparecen en las cifras mensuales de desempleo. Estos americanos vuelan dificultosamente debajo de los radares oficiales que reconocen las penurias económicas, la línea federal de la pobreza de 12.490 dólares para una pareja y 18.850 dólares para una familia de cuatro.
"Las cifras económicas oficiales van a menudo detrás de la historia real", dijo Gregory Acs, investigador del Instituto Urbano, una organización de investigación con sede en Washington.
"Las cifras sobre la pobreza normalmente cuentan sólo una parte de la historia. Técnicamente puedes ser no pobre, pero todavía no puedes pagar todas las cuentas y tienes que ir una o dos veces a la semana a alguna despensería", dijo Acs, observando que los ajustes hacia arriba en los niveles de pobreza no dan cuenta de todas las presiones financieras a las que hacen frente las familias.
Por ejemplo, la cuota de norteamericanos menores de 65 con seguros médicos pagados por los empleadores bajó de un 70 por ciento en 1999 a 68 por ciento en 2002, de acuerdo al Instituto Urbano. Entre los trabajadores de bajos ingresos, el porcentaje cayó de 40 por ciento a 35 por ciento.
Algunos de los que están luchando visitan a Felipe Ayala, que ha dirigido el Centro Juvenil Latinoamericano de Chicago durante 32 años.
"Normalmente nos quedábamos sin alimentos a fin de mes. Ahora nos quedamos sin ellos al final de la primera semana", dijo Ayala.
La creciente demanda proviene de gente que o está sin trabajo, como en el caso de Óscar Sánchez, o no ganan lo suficiente como para poder sobrevivir por sí mismos.
"Se ha puesto peor", dijo Ayala. "Todos los trabajos son de la industria del alimento o en los suburbios. Las colas están siempre aumentando".
Sánchez, divorciado, dijo que va todos los jueves al sótano de la vieja escuela. La gente empieza a llegar a las nueve de la mañana y se mueven de una silla plegable de metal a otra antes de que puedan recoger las bolsas con alimentos de plástico blanco en las que se ha impreso ‘Gracias' con letras rojas. Esperan pacientemente a que les llegue el turno.
"Esto es lo que me mantiene en vida", dijo Sánchez, que visita las despenserías desde hace dos años. Cuando el tiempo mejore, dijo Sánchez, espera encontrar trabajo más estable. Sin embargo, no cree que termine su hábito de visitar regularmente la despensería de la calle 17.
Tampoco tiene esas esperanzas Mary Williams. Con tres años de universidad, esta obrera de fábrica de 42 años no tiene seguro médico desde el verano pasado. William gana unos 400 dólares al mes y visita regularmente la despensería del Ejército de Salvación de St. Louis.
El destartalado coche de Williams ha empezado a desarmarse, y a veces tiene que conducir durante una hora, de ida, a su trabajo.
"Es una lucha la mayor parte del tiempo", dijo Williams, madre soltera. "Y las cosas no se ve que se pongan mejor".
La presión sobre las familias trabajadoras ha aumentado en los últimos años a medida que muchos estados han reducido la cobertura del seguro médico Medicaid para hacer frente a sus propios problemas presupuestarios. Dos informes recientes muestran que casi 1.6 millones de personas de bajos ingresos han perdido la cobertura financiada por el estado debido a recortes presupuestarios.
En respuesta, se acomodan saltándose comidas, pidiendo dinero prestado a los amigos, viviendo con la familia o cortando las recetas médicas en dos o saltándose derechamente las prescripciones. Algunos ignoran las cuentas, que es una razón por la que en Ohio, por ejemplo, un estado afectado duramente por la recesión, tiene la tasa más alta de extinción de préstamos del país, de acuerdo a la Asociación de Banqueros Hipotecarios.
Muchos quedan atrapados en los tornillos de la burocracia: Ganan demasiado dinero para el seguro médico Medicaid, el seguro médico del estado para personas de bajos ingresos, y al mismo tiempo demasiado poco como para pagar un seguro médico privado.
Debido a que no pueden pagar los impuestos a la propiedad, los Ware pasaron sus casas a sus hijos adultos, que pagan la cuenta. Las cuentas médicas del tratamiento del enfisema de Rocky están aumentando aceleradamente.
"Me llegan cuentas y las mando al carajo. Pueden venir y meterme en la cárcel", dijo Theresa Ware, mientras colocaba en el asiento de atrás de su camioneta la caja de alimentos.
Esta no es la visión que tenía el optimista presidente Johnson cuando hace cuatro décadas le dijo a los estudiantes de la cercana Universidad de Ohio en Athens: "Debemos abolir la pobreza humana". Al fomentar su programa llamado Gran Sociedad, Johnson describió en un discurso de mayo de 1964 una nueva sociedad "donde los niños no pasan hambre... Donde ningún hombre que quiera trabajar no pueda encontrar un empleo".
La "guerra incondicional contra la pobreza" de Johnson marcha mal. El desempleo en el condado de Athens era en febrero de 5.9 por ciento, pero cerca de un tercio de los habitantes del condado viven en o debajo de la línea de pobreza. Muchos de los buenos trabajos han desaparecido de Ohio, como de muchos estados, durante su transición de una economía industrial a una basada en los servicios.
En un estado que produjo gigantes industriales como John D. Rockefeller, Harvet Firestone y B.F. Goodrich y proporcionaron al país coches, llantas, jabón, cristales y acero, la compañía de mayor empleo del sector privado es Wal-Mart. Kroger, la cadena de supermercados de comestibles, es la segunda.
Desde el principio de 2001 han desaparecido de Ohio unos 200.000 empleos industriales. En febrero, 14 condados tenían tasas de desempleo de dos dígitos, de sólo 3 condados en noviembre pasado. Los estudios dicen que el empleo está creciendo en el sector de servicios, encabezados por la comida rápida y el comercio detallista, posiciones que rara vez pagan 10 dólares por hora.
Jack Frech, director del departamento de Servicios Humanos del condado dijo que los trabajadores pobres "respetan todas las reglas, y sin embargo son sacrificados" en una economía que a menudo no proporciona salarios con los que se pueda vivir.
"La gente aquí no te pueden decir dónde están los pobres, aunque los vean todos los días", dijo Frech. "Esa gente es invisible. Hacen algunos de los trabajos más pesados del mundo, y lo hacen casi por nada. Y todos nos beneficiamos de ello. Mantienen bajos los precios del alimento y del cuidado infantil porque están dispuestos a trabajar por salarios por debajo de la línea de la pobreza".
Un informe reciente del Congreso de Alcaldes de Estados Unidos dice que los trabajos perdidos entre 2001 y 2003 serán remplazados por trabajos que pagan un 20 por ciento menos. Para algunos, la caída ha sido mucho más pronunciada.

Intrigados y Enfadados
Los llamados nuevos pobres, como Danny y Shirley Palmer, están intrigados y enfadados por su situación. Danny Palmer trabajó para una compañía de energía durante 25 años hasta que un día a fines de noviembre de 2002 volvió a almorzar a casa después de que le dijeran que no volviera.
"Recorre el monte, pero no encuentra nada", dijo Shirley Palmer sobre su marido, que sacó su carnet sindical de plomero hace seis meses. Paga la cuota mensual, pero todavía no le ofrecen un trabajo. La hipoteca mensual de 343.20 dólares y ellos mismos, están gastando sus ahorros porque su salario en Wal-Mart no les alcanza.
"Me pone furiosa", dijo ella.
"Aquí hay un montón de gente", agregó, levantando la mano, "que está ganando sumas astronómicas de dinero, y la gente aquí hacen lo imposible, y no les pagan nada".
"Así es la vida", dijo, encogiéndose de hombros.
La breve explosión de cólera de Shirley Palmer no se oye tan a menudo. La gente que hace la cola en las despenserías expresa su descontento con las políticas oficiales, mencionando frecuentemente los billones de dólares que se gastan en la reconstrucción de Iraq. Pero las explosiones incendiarias son raras. La política empuja al trasfondo las preocupaciones inmediata por el alimento, las cuentas y el seguro médico.
El presidente Bush ha estado en Ohio 15 veces desde que asumiera el cargo, pero no ha llegado a esta región del estado. Tampoco lo ha hecho el senador John Kerry. El senador John Edwards (demócrata de Carolina del Norte), que hizo campaña en todo el país para las nominaciones presidenciales demócratas con el tema de ‘Las Dos Américas', nunca estuvo cerca de la cola de la despensería de McArthur, que Creasid Wright visita todos los meses.
La cola de la despensería, dijo Wright, "es una opción de largo plazo" para su familia, incluyendo a su marido William y sus cinco hijos, todos varones. Gana 10.55 dólares por hora como enfermera a domicilio.
"Tuve un aumento de 15 centavos. Me habría gustado que me pagaran 50 más", dijo. Como muchos de los habituales de la despensería, conoce su paga por hora y las cuentas del mes al dedillo. Wright, 36, vive con su marido William junto a la carretera nacional 50, llamada la Carretera de los Apalaches. William es jornalero y gana 10 dólares por hora. El año pasado sus ingresos combinados fueron de 23 mil dólares. En los últimos años han recogido partes de coches y cortado leña para hacer dinero.
Después de vivir 13 años en una estrecha caravana, Creasid y William construyeron una cabaña de madera de cinco dormitorios -"sin préstamos", agrega ella. Los fundamentos de cemento de la caravana en el jardín son un recordatorio de lo lejos que han llegado los Wright. La cola de la despensería es un recordatorio de lo lejos que tienen que ir todavía.
Ella quiere hacer un jardín. La antena de televisión detrás de su cabaña de madera recibe tres canales. No tienen teléfono.
"Prefiero la comida al teléfono", dijo ella.
Los niños tienen el seguro médico de Medicaid. Los padres no tienen seguro. Confían en la suerte. Cuando Williams tuvo celulitis el año pasado, los antibióticos costaron 300 dólares. "Casi nos llevó a la ruina", dijo su esposa.
Creasid Wright dijo que no estaba indignada "porque la vida ha sido siempre difícil". Se niega a ir a la oficina de bienestar social a recoger cupones de alimento porque cree que es humillante. La cola de la despensería, por otro lado, es algo que no disminuye tu dignidad, dice.
"No me da vergüenza venir aquí. No me siento por encima o por debajo de algo", dijo.
Hoy, Creasid Wright hizo una tarta para el cumpleaños de su hijo de 9 años, Jared. Luego, después de la fiesta de cumpleaños familiar, se dirigió a la residencia para su turno de 12 horas.
No todo el mundo es tan estoico. Dave, padre solo que no quiso mencionar su apellido debido a que tres de sus hijas se avergüenzan de que haga la cola de la despensería en Logan, al norte de Athens, calificó su dependencia de la caridad de "humillante". Pidió prestada gasolina del cortacésped en el jardín de su vecino para ir a la despensería. Washington, dice Dave, se preocupa más de Iraq que de los norteamericanos.
La crisis del empleo ha puesto en duda la suposición fundamental detrás de los proyectos nacionales y estatales de reformar el sistema de bienestar haciendo que la gente trabaje por sus prestaciones. Los trabajos están desapareciendo, y los que quedan no pagan lo suficiente para mantener a una familia.
"No hay nada malo con que la gente sea auto-suficiente. El problema es que no hay trabajos que les permita ser auto-suficientes. Trabajan, pero viven en la pobreza", dijo Dick Stevens, director de sección de Acción Comunitaria de Hocking-Athens-Perry, en Logan.
"Puedes haber ayudado al sistema, pero no a la gente... Es una cosa tan alarmante ver cómo se desarrolla y tener la impresión de que nadie se da cuenta.
"¿Por qué no se preocupan? ¿Cuántos empleos serán remplazados por trabajos de salarios mínimos en el sector servicios?", se pregunta Stevens.
Las visitas a las despenserías en este área del sudeste de Ohio totalizaron 204.000 el año pasado, un aumento de las 130.000 de 2000. Dannie Devol, que ayuda a gestionar la despensería de la Capilla de Santiago, dijo que mucha gente era demasiado orgullosa como para ir a las despenserías. En la Capilla de Santiago la ropa usada -zapatos, vestidos y abrigos- cuelga de colgadores o se exhibe sobre mesas plegables. Discos antiguos y libros de bolsillo cubren las paredes, junto con juguetes.
"Cuando se abrió esta despensería, todo era gratis y no pasaba nada", dijo Marilyn Sloan, coordinadora de un banco de alimentos. "Cuando pusieron etiquetas de 25 centavos, empezaron a vender. Es por orgullo y dignidad y un sentido de propiedad que pueden pagar 25 centavos. Eso significa un montón".
Algunos que son habituales de la despensería de McArthur, como Vance Reaser, 35, carpintero sindicado, dicen que se "sienten raros" de hacer la cola.
Reaser fue despedido en enero de 2003 de un trabajo donde ganaba 25 dólares por hora. Su seguro de desempleo terminó hace tres meses. En los últimos 15 meses ha trabajado 3, y ahora se aparece por la despensería de McArthur cuatro días a la semana a ayudar y comer en la cantina.
"No puedo pagar el seguro médico mío ni de mis dos hijas", dijo Reaser, que es divorciado. "Hay cosas que se supone que tienes que hacer, y no puedes. Te hace sentir como si fueras un fracasado".
Reaser, como muchos en esta región, tiene esperanzas de que las cosas mejoren. Pero entretanto, funcionarios de la localidad tienen que tratar de resolver las consecuencias de la crisis del empleo.
David Martin, sheriff del condado de Gallia, dijo: "En los últimos tres años la delincuencia se ha ido a las nubes". El año pasado hubo seis atracos armados, un delito antes desconocido en Gallipolis, un pueblo de 4.900 habitantes.
"La gente hará cualquier cosa para alimentar a sus familias", dijo Martin.
Devol, que tiene 78 años y nítidos recuerdos de su infancia con 11 hermanos y hermanas durante la Depresión, dijo que es más fácil entender lo que pasa ahora "si has vivido lo que pasó antes".
Devol ha tratado con una familia de cuatro que vivían en un coche después de que el padre perdiera su trabajo en Marietta. Hoy, Devol habló de varias familias -16 personas- que viven en una caravana. Es parte de la ruina económica que ha presenciado en los últimos años.
Pero Devol dice que nunca pensó que volvería a ver gente haciendo la cola de la despensería como hoy -como las 635 familias que hicieron la cola por las cajas de alimentos el lunes después de Semana Santa.
"La gente se queja de que los coches esperan en la calle, bloqueando el tráfico", dijo Devol. "Pero cuando ven la cola, se dan cuenta de lo que pasan".

19 februari 2005
©chicago tribune
©traducción mQh
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1 comentario

yoao -

esto esta pesimo
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