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sharia, oscura sombra en iraq


[Susan Jacobyp] Una constitución islámica constituye un enorme peligro.
Uno de los resultados más inquietantes de la intervención de Estados Unidos en Iraq es el reciente estallido de racionalizaciones en todo el espectro político y cultural estadounidense sobre la incorporación del islam en la nueva constitución iraquí.
No hay nada particularmente sorprendente en semejantes racionalizaciones, en la derecha. El vice-presidente Dick Cheney respondió previsiblemente sobre las elecciones de enero en Iraq, que extendió el poder los partidos religiosos chiíes, con una declaración en la que dice que "tenemos una gran confianza en la dirección en que van". ¿Qué otra cosa va a decir uno de los arquitectos de la guerra?
En la derecha cristiana, esas reacciones son incluso más comprensibles; es la misma gente que denigra rutinariamente la propia separación constitucional estadounidense entre la iglesia y el estado. ¿Por qué habrían de preocuparse si el nuevo gobierno iraquí impide que una mujer de divorcie sin el consentimiento de su marido y le reconoce a sus testimonios legales sólo la mitad del valor de las de un hombre? Mientras los iraquíes se mantengan alejados de prohibir al estilo saudí las otras formas de credo (léase cristianismo), una constitución iraquí basada en la religión no planteaba para los fundamentalistas norteamericanos ningún obstáculo lógico.
Pero los halcones neo-conservadores y la derecha religiosa están lejos de estar solos en su optimista visión del islam como base de un gobierno aliado. Algunos en la izquierda, sucumbiendo a un multiculturalismo paternalista -libertad de conciencia para mí pero no para vos-, están también soltando racionalizaciones para hacer la vista gorda si la ley islámica, o sharia, se impone al pueblo iraquí.
Muchos miembros de la nueva comunidad académica de estudios islámicos en las universidades estadounidenses consideran las objeciones contra la unión entre el gobierno y el islam como un ejemplo más del provincialismo americano. "La mera mención del islam en un contexto constitucional no deben provocar reacciones exageradas", dice Frank E. Vogel, director del programa de estudios jurídicos sobre el islam de la Universidad de Harvard.
"Esto podría ser una causa legítima de alarma, o podría ser solamente simbólica", agrega Vogel, cuyo título académico oficial es ‘Custodio de las Dos Mezquitas Sagradas, Profesor Adjunto de Estudios Jurídicos Islámicos'‘. (El Custodio de las Dos Mezquitas Sagradas es, además, uno de los títulos oficiales del rey de Arabia Saudí).
Pero si la historia nos enseña algo, es que la aplicación del gobierno de la ley religiosa ha sido siempre el enemigo natural de los derechos individuales y de la minoría. El simbolismo religioso de una persona no debe ser el dolor real de otra.
Uno de los "compromisos" sugeridos por los multiculturalistas es un marco de leyes seculares que sin embargo de a las autoridades religiosas plena jurisdicción sobre materias delicadas, como el matrimonio y el divorcio. Ese fue precisamente el compromiso que el nuevo estado israelí cerró con los rabíes ortodoxos en 1948.
Aunque la mayoría de las leyes israelíes son seculares, las cortes rabínicas ortodoxas tienen una jurisdicción casi total sobre el matrimonio y el divorcio. Una mujer judía (incluso una mujer judía no observante) sólo puede divorciarse si su marido le da permiso bajo la forma de un get, un decreto religioso de divorcio. Este ‘compromiso' ha condenado a miles de infelices mujeres israelíes -conocidas como agunot, que quiere decir literalmente ‘mujeres encadenadas'- a un limbo legal. Sin un get, una mujer judía no se puede volver a casar en Israel y sus hijos de uniones subsecuentes -incluso si se casa en el extranjero- son considerados ilegítimos.
¿Piensa alguien seriamente que la jurisdicción islámica sobre la ley de familia producirán un tratamiento más justo de las mujeres iraquíes, que el que otorga la jurisdicción judía ortodoxa a las mujeres israelíes?
En Afganistán, Estados Unidos cedió a la exigencia musulmana conservadora de que la constitución afgana post-talibán prohibiera la aprobación de cualquier ley "contraria a la sagrada religión del islam". Los defensores de este pacto faustiano se consuelan con que el presidente afgano Hamid Karzai no quiere aplicarlo. Pero ¿qué ocurrirá cuando Karzai sea sucedido por alguien que no comparta sus ideas moderadas? Una constitución que otorga a la religión una condición "sagrada" ofrece a una invitación permanente a políticos y clérigos a definir lo sacro para el resto de la sociedad.Los optimistas sobre el compromiso iglesia-estado en Iraq sugieren ilusionadamente que el nuevo gobierno iraquí, diga lo que diga su constitución sobre la religión, probablemente adoptará el curso moderado de facto de Afganistán en lugar de los modelos represivos de Arabia Saudí e Irán. Esperemos que sea así -no por nuestros propios intereses, sino por los de los iraquíes que anhelan las libertades personales y no quieren que sus vidas sean controladas por fanáticos religiosos.
La triste y desgraciada hebra común de muchas racionalizaciones de la constitución basada en el islam es una negación implícita, y explícita en el caso del gobierno de Bush, de la importancia de los valores laicos de la Ilustración en la historia de Estados Unidos. Sin el constante redoble de tambores del gobierno haciendo equivaler el patriotismo norteamericano con la fe religiosa, sería mucho más difícil argumentar a favor de la teocracia en otras culturas.
Si fracasamos en honrar el lado secular de nuestro legado cívico en casa, ciertamente se deriva que no podremos oponernos a una teocracia impuesta por la mayoría en el extranjero.

Susan Jacoby es la autora de ‘Freethinkers: A History of American Secularism' (Metropolitan Books, 2004) y directora del Centro de Investigación-Metro Nueva York.

22 de marzo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
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