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dónde están los burros


[Daniel Williams] Pegando un cuento de hadas a la menguante población de burros de Italia.
Magliano, Italia. Había una vez una princesa que amaba a los burros, pero habían desaparecido de su reino en Italia.
Antes estaban en todas partes. Burros negros grandes vagaban por el talón de Italia. Los había blancos en la pequeña isla de Asinara y grises con anillos marrones en sus patas y una cruz marrón en su lomo, en Toscania, donde vivía la princesa. En Sardinia, eran de apenas 60 centímetros.

Cuando morían, los campesinos medievales eran enterrados con sus burros muertos, en un reconocimiento al valor del animal. San Francisco, el santo patrono de Italia -y de los animales-, montaba en uno. Los sacerdotes los bendecían. Los pintores renacentistas los colocaban en sus frescos.
Luego llegó el motor de combustión. Los carros y arados fueron remplazados por camiones y tractores. Los burros fueron vendidos como carne. La princesa los extrañaba.
Así, ella y otros italianos que piensan como ella están tratando de revivir al burro mediante métodos utilizados para preservar muchas de las cosas que añoran los italianos: identificar un nicho en el mercado, crear una atracción turística y, sobre todo, acercarse a por dinero al gobierno y a la Unión Europea.
Los burros, símbolos del pobre pasado de Italia, pueden no ser tan importantes como, digamos, Venecia o la granja familiar, las dos amenazadas -a menos que veas algo profundamente italiano en ellas, como lo hace la princesa Nicoletta d'Ardia Caracciolo.
"Italia no es Italia sin burros", dijo, mirando con cariño a la recua de 17 que mantiene en tierras cerca de Magliano, un pueblo en la montaña en el occidente de Toscania. "Italia sin burros es como Italia sin iglesias".
Es una idea difícil de difundir, pero ganaderos en todo el país están empezando a tomar medidas para proteger los animales. En Sardinia, donde la población de burros se redujo de cerca de 20.000 en los años cuarenta a unos pocos cientos en 2000, investigadores mantienen razas tanto del asno de Sardinia como del burro de Asinara en el parque nacional de la isla de Asinara, en el pasado el sitio de una prisión como la de Alcatraz.
Del burro de Martina Franca, en el empeine de la bota italiana, cuya población llegó a miles, quedaban en 2000 apenas 96 ejemplares. La reserva aumentó a 207 gracias a esfuerzos de ganaderos privados, que preservan embriones en congeladores para facilitar la fertilización in vitro.
A fines de mayo, la ciudad toscana de Grosseto acogió el Día Nacional del Burro para lucir el local Miccio Amiatino, la raza criada por la princesa Caracciolo, así como otras razas de toda Italia. La ciudad se convirtió en una máquina del tiempo virtual, llena de carros y niños jalando con un dogal a burros rebuznando.
Los dueños de burros pregonan la leche de burra, que la tratan de vender como substituto de productos lácteos para gente alérgica a la leche de vaca. Ugo Corrieri, que encabeza el departamento de psiquiatría en el hospital de Grosseto, explicó las posibilidades de la "onoterapia", el uso de burros para mejorar las habilidades motoras de niños minusválidos y ayudar a niños y adolescentes con dificultades para relacionarse con su entorno. Programas similares emplean a caballos con el mismo propósito.
"Creo que los burros son mejores que los caballos, que son mucho más nerviosos", dijo Corrieri. "Son muy amigos de los humanos. También buscan el contacto con los humanos y son más pacientes que los caballos".
Maria Patrizia Latini, que tiene cinco burros para turistas y niños minusválidos, dijo que estaba tratando de convencer a inversores para explorar las legendarias propiedades cosméticas de la leche de burra. El testimonio histórico es convincente: Cleopatra, Poppea, la esposa de Nerón, y la emperadora austriaca Sissi se bañaban en leche de burrar. "No veo por qué nosotros los italianos debamos preocuparnos de salvar a ballenas y tigres mientras nuestros propios burros se extinguen", dijo Latini.
A pesar de estas posibilidades comerciales, la crianza de burros depende de subsidios, y la Unión Europea es una fuente. En un programa de cinco años, durante el que los burros italianos fueron declarados especie en peligro, la Unión Europea destina dinero para su preservación.
Paolo Falchi, presidente de la Asociación de Criadores Micci Amiatino, dijo que los criadores reciben un subsidio anual de la UE de cerca de 240 dólares por cada burro que posean de más de seis meses. Los gobiernos regionales destinan dinero solamente a burros nativos del área; un burro siciliano Ragusano no recibe ayuda si ha nacido y sido criado en Toscania. La región toscana también paga a los ganaderos un 25 por ciento de los costes de conservación de sus burros. "No te hace rico, pero ayuda", dijo Falchi.
Hace cinco años había unos 70 burros Amiatino en Toscania, y el número ha crecido a 700, dijo la princesa Caracciolo. Ella cuida su propia manada, identificable por su color tostado, anillos marrones en sus patas anteriores y una raya marrón en el lomo. "¡Comida, comida!", grita, llamándolas por sus nombres. "¡Fausta! ¡Caterina! ¡Stellina!"
Caracciolo, cuyo linaje napolitano y toscano se remonta varios siglos, está más interesada en la crianza de burros por su valor sentimental, antes que comercial. Observa que el burro era el modo de transporte de Cristo.
Caracciolo defiende al burro de su reputación de ser, bueno, burros. "El burro no es estúpido", dijo. "Es más listo que el perro y el cerdo. La gente dice que se para de repente en algún lugar sin razón alguna. No, lo hace porque está contemplando la situación. No es como el caballo que se echa a correr al primer signo de problemas".
En general el burro la recuerda su propio pasado, cuando Italia era un país rural de campesinos sencillos, caminos de tierra y dignatarios aristócratas. "El burro es símbolo de las cosas buenas de Italia. Lento. Paciente. Trabajador. El burro es el mismo de siempre", dijo. "Somos nosotros los que hemos cambiado".

18 de agosto de 2005
19 de junio de 2005
©washington post
©traducción mQh

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