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retorno de judío de shanghai


[Adam Minter] Después de décadas tratando de olvidar las miserias de infancia como niño refugiado durante la Segunda Guerra Mundial, un hombre de California del Sur planea volver a China a abrazar a la gente que le salvó la vida.
En el mercado, la Avenida de Gaiyang se amplía y tuerce hacia un conjunto de los nuevos rascacielos de Shanghai. Abajo, a sus sombras, hay un destartalado edificio gris de dos pisos que alberga en la planta baja una tabaquería, un salón de belleza y un restaurante de fideos. La parte de arriba es residencial, y sobresale sobre el primer piso, creando una callejuela cubierta con ropa tendida. Justo al sur del edificio, Jerry Moses, un hombre de negocios retirado de California del Sur, desvía la vista y mira hacia arriba, con las manos a la espalda. "No sé, no sé", dice, con largas vocales enfatizadas por su acento alemán. "No es esto". Aspira profundamente y camina lentamente hacia la callejuela, el ceño fruncido. "Todo esto es nuevo. No lo reconozco".
La última vez que Moses caminó por la Avenida de Gaoyang fue en 1947. Entonces se llamaba la Avenida de Chaoufoong, y era el hogar de muchos de los 18 mil refugiados judíos europeos que habían buscado refugio de la Alemania nazi en el distrito Hongkew de Shanghai (hoy conocido como Hongkou) durante los días previos a la Segunda Guerra Mundial. Mira hacia la avenida, su ceño se relaja y asiente. "Esto es, esto es", dice, suavemente. "Sé que es aquí". En la primera semana de su primera visita a Shanghai en casi sesenta años, Moses ha encontrado su tercera casa en un exilio que duró de 1941 a 1947.
Entra a la callejuela dando zancadas, sus maneras ahora mucho más cercanas a las del niño de 12 que se fue que a las del hombre de 70 que ha vuelto. "Yo andaba en bicicleta por aquí", dice, señalando hacia los desgastados ladrillos. Un puerta de color rojo da color a la fachada del edificio. Moses pasa la mano por la madera y se sienta en uno de sus escalones. "Tengo que pensar", suspira. "Dame un segundo". Apenas ha pasado ese segundo que empieza a cantar un débil melodía. "Es una canción china que conocía de niño", dice. "No recuerdo la letra. Me acabo de acordar". Sin embargo, una palabra es muy clara: ZuGaNin, la palabra para ‘local’ en el dialecto de Shangai.
Moses se levanta y pasa una mano a lo largo de los ladrillos. De 1945 a 1947 vivió ahí dentro con su madre, padre, hermana mayor y hermano menor. Camina hacia el final del callejón de donde emerge repentinamente un hombre de edad mediana empujando una bicicleta. "¡Nong ho!", dice, tocándose el pecho con un dedo. Luego, indicando el edificio: "¡Ala YouTanNin!" Somos chinos. Somos judíos.
El hombre de la bicicleta está sorprendido: ¿Un extranjero blanco en este callejón, y que habla el dialecto, aunque con notoria dificultad? Mira a Moses, luego a mí -un hombre blanco en su treintena- y finalmente a una mujer japonesa, una fotógrafa con una enorme cámara. "¿YouTaNin?"
Moses asiente excitado. "Judío.  ¡YouTaNin. Ala YouTaNin! Shangai, ¡YouTaNin!"
Los hombres se zambullen en un ruidosa intercambio mezcla de mandarín, dialecto de Shanghai e inglés, interrumpido por risas y apretones de mano. En realidad no se entienden, pero después de unos minutos (y con la ayuda de una traducción), el hombre de Shanghai, cuyo nombre de pila es Yide, comprende que Moses es uno de los célebres judíos de Shanghai, y que había vivido en su edificio. Yide invita a Jerry a su casa.
La baja puerta conduce a un húmedo cuarto. "Aquí es donde vivíamos", dice Moses, señalando a los arroquianos agachados sobre humeantes cuencos de fideos. "Era un cuarto solamente, y tenía un suelo japonés elevado", agrega. "¡Ahora es un restaurante!" Junto al restaurante hay una escalera en un ángulo de ochenta grados. Con ayuda de Yide, Moses trepa a un obscuro apartamento ocupado por dos camas y una pequeña mesa. Una guapa china de edad mediana llamada Xiaomei toma a Moses del brazo y lo escolta hacia la silla más cómoda. Cuando habla en dialecto, ella mira a Yide y se ríe tontamente. Pronto los tres están riendo y hablando como viejos amigos que se reencuentran y se ponen al día después de sesenta años.
"¡YouTaNin, Ho!", declara Yide. Los judíos son muy buenos.
"¡ZongGoNin, Ho!", replica Moses. Los chinos son muy buenos.
Ríen y Moses dice: "Ven acá". Yide se acerca y se abrazan. "Diles que estoy muy agradecido. Que los chinos fueron muy buenos con nosotros", dice, pidiéndome que lo traduzca. "Diles que si no hubiese sido por ellos, yo estaría muerto". Desvía la mirada y se dice suavemente, a sí mismo: "Shanghai". Los hombres se zambullen en un ruidosa intercambio mezcla de mandarín, dialecto de Shanghai e inglés, interrumpido por risas y apretones de mano. En realidad no se entienden, pero después de unos minutos (y con la ayuda de una traducción), el hombre de Shanghai, cuyo nombre de pila es Yide, comprende que Moses es uno de los célebres judíos de Shanghai, y que había vivido en su edificio. Yide invita a Jerry a su casa.La baja puerta conduce a un húmedo cuarto. "Aquí es donde vivíamos", dice Moses, señalando a los arroquianos agachados sobre humeantes cuencos de fideos. "Era un cuarto solamente, y tenía un suelo japonés elevado", agrega. "¡Ahora es un restaurante!" Junto al restaurante hay una escalera en un ángulo de ochenta grados. Con ayuda de Yide, Moses trepa a un obscuro apartamento ocupado por dos camas y una pequeña mesa. Una guapa china de edad mediana llamada Xiaomei toma a Moses del brazo y lo escolta hacia la silla más cómoda. Cuando habla en dialecto, ella mira a Yide y se ríe tontamente. Pronto los tres están riendo y hablando como viejos amigos que se reencuentran y se ponen al día después de sesenta años."", declara Yide. "Un despejado día de otoño, Moses se agacha por encima del enrejado del Puente de Waibaidu de Shanghai y mira el futurista horizonte al otro lado del Río Huangpu. "Cuando era niño, aquí no había nada", recuerda, mientras camina hacia el norte cruzando el Estero de Suzhou, hacia el animado distrito de Hongkou. Más allá hay un destartalado barrio obrero con casas de dos y tres pisos. Las puertas abiertas dejan ver a ancianos fumando y jugando a las cartas en torno a mesas de madera: las mujeres trabajan en las escalinatas, lavando ropa y zanahorias en cubos de plástico rojo; hombres fuerte y musculares van al trabajo con palas colgadas de sus espaldas. "Así es como vivíamos cuando estábamos aquí", dice. "Esta es mi Shanghai". Se inclina sobre un hombre que vende cangrejos vivos en una caja de cartón y anuncia: "Ala ZongGoNin", olvidando "YouTaNin en el camino. Cuando se aleja el hombre sacude la cabeza y sonríe maliciosamente. No, usted no lo es. En julio de 1947, Moses y su familia salieron de Shanghai en un barco con destino a San Francisco, en ruta hacia su hogar de posguerra en Chile. "Recuerdo que el agua del río pasaba de marrón en azul a medida que entrábamos al océano", dice. "Y ahí es realmente cuando empezó mi vida".
Hasta este viaje de tres semanas en el otoño pasado, no había vuelto nunca a su refugio de tiempos de guerra, a pesar de su naturaleza inquieta que lo mantuvo moviéndose entre California del Sur y Alemania durante toda su vida adulta. Incluso ahora, con matrimonio, divorcio, crianza de hijos y una carrera llevando su propia tienda de ropa en el distrito Fairfax detrás de él, no puede estar demasiado tiempo en un lugar. "No estoy seguro qué es lo que me impedía volver", dice. "Supongo que no me gusta darle vueltas al pasado". Se encoge de hombros. "No quería ser una víctima. Quiero decir, sobreviví y la mayoría de los judíos alemanes, no".
Se para en mitad de la calle y eleva su voz, enfatizando. "Pero en este punto de mi vida, sabes, ¿por qué no volver? El viaje en avión no es demasiado largo". Dicho eso, vuelve a retomar su recorrido por el viejo Hongkou. Las calles están atiborradas de jóvenes, pero Moses se siente atraído por grupos de viejos que se agrupan en las aceras. "Algunos de ellos pueden haber estado aquí cuando yo era un niño", dice. Así que los saluda y da apretones de mano. Agradecer a los que han hecho posible una vida llena de éxitos es un impulso natural, que se siente a menudo tarde en la vida. Pero Moses era un refugiado, y expresa su gratitud a desconocidos que, a su manera, representan la cultura que lo acogió en el momento en que era más vulnerable. "Adoro a esta gente", dice. "Me siento como volviendo a casa". El encanto de Shanghai a ojos de hombres de negocios y refugiados se remonta a tratados de mediados del siglo 19 que otorgaban a las potencias coloniales el derecho a gobernar áreas designadas, o concesiones, en algunas ciudades chinas. Los visados para entrar a las concesiones eran normalmente innecesarios o superficiales. Viajar a Shanghai era el reto más grande.
Como la mayoría de los judíos que huyeron hacia el este de China en los años 30 y principio de los 40, la familia de Moses era judío-alemana, con la mitad alemana tan importante como la mitad judía. Originalmente de Breslau, pertenecían a una comunidad de 20 mil judíos que influía fuertemente en la vida cultural de la ciudad. El padre de Jerry, Max Moses, trabajaba como comprador de telas para una cadena de grandes almacenes de propietarios judíos. Conoció a Frida Koritofsky durante una fiesta de vacaciones de los empleados. Se casaron en1932. Jerry, nacido en 1934, era el segundo de tres hermanos.
Sus recuerdos de infancia son vagas e impresionistas, hasta la infame Kristallnacht de noviembre de 1938. Dos días de disturbios organizados por los nazis destruyeron cientos de negocios, casas y sinagogas judías. Max era uno de los más de 25 mil judíos apresados. De acuerdo a Moses, su padre habría muerto en un campo de concentración si no hubiese sido por la determinación de Frida de liberarlo, y la determinación de la Alemania nazi de expulsar a los judíos. "Como un montón de esposas, quería sacar de la cárcel a su marido. Y le dijeron que si mi padre dejaba Alemania en, digamos, 48 horas, lo dejarían partir". Pero pocos países aceptaban a los judíos que huían. "De algún modo, mi madre descubrió que el único lugar al que podía viajar sin un visado, era Shangai".
Cerca del muelle, Moses se detiene frente a un edificio blanco de dos pisos que alberga a un salón de masajes. Lo había descubierto dos días antes, basándose solamente en el instinto. "Creo que es aquí donde vivió mi padre cuando llegó en 1939", dice. "Y luego vivimos aquí con él cuando llegamos en 1941". Se sienta en un terraplén de cemento al otro lado de la calle y cruza los brazos. "Recuerdo que había un doctor en el primer piso que guardaba un feto humano en un frasco en la ventana. Vivíamos en uno de los dos apartamentos". Se detiene. "Pero no estoy seguro de que sea aquí". El disgusto le hace apretar los labios. "Estoy un poco escandalizado de que ahora sea un salón de masajes".
Cruza la calle, camina a grandes zancadas por un estrecho callejón de ladrillos y llega a un vecindario de casas de cemento achaparradas. Sentada sola en un taburete de madera, una pequeña vieja de pelo canoso mira con curiosidad a los extranjeros. "Ala Shangai YouTaNIn", dice Moses, acercándose. Ella asiente con una sonrisa cómplice y acepta su mano. Moses abre su billetera y saca una foto de pasaporte en blanco y negro tomada en 1947. "¡Ala!", declara, mostrando al delicado chico de 12 de orejas sobresalientes, con círculos obscuros debajo de sus ojos y una débil sonrisa. Luego estira esa decepcionada semi sonrisa y coloca la foto junto a sus llamativos ojos azules. "¡Ala!"
La mujer coge la fotografía y sonríe amable. Su nombre es Jiaodi. De sus 92 años, ha vivido aquí 60, pero no recuerda a ningún judío. Moses le da una palmadita en su mano. "Hay algo en esta mujer", dice suavemente, "que me recuerda a nuestra criada amma. Cocinaba y limpiaba para nosotros cuando vivíamos en este edificio. Más tarde, cuando tuvimos que marcharnos a una casa de refugiados heime, vino a visitarnos y nos trajo caramelos". Levanta las cejas. "No es ella, pero se parece mucho".
Mira atentamente a Jiaodi durante varios minutos, sosteniendo su mano, hasta que aparece una mujer, atraída por la conversación. Pronto se ha reunido un grupo de curiosos. Se pasan la foto unos a otros y repiten las palabras Shangai YouTaNin. "Recuerdo a los judíos que vivían aquí", dice una anciana alta con un abrigo morado. "Vivían dos niños que estaban siempre corriendo atrás. Y había uno que era todavía un bebé", agrega, antes de retirarse. Los ojos de Moses se iluminan. "Debemos haber sido mi hermana y yo. Mi hermano era un bebé", susurra. "Éramos nosotros". Abraza a todos los viejos que lo rodean.A principios de 1941, Frida Moses y sus hijos vivían todavía en Alemania, esperando poder unirse a Max en Shanghai. Los nazis estaban a punto de convertir el exterminio -y no la emigración- en la solución a su llamado problema judío. Era casi imposible conseguir permisos de salida, y la guerra había cerrado las rutas marítimas hacia Shanghai, ruta que usaba la mayoría de los refugiados europeos. "Mi madre es una heroína", dice Moses. "Sin ella, estaríamos todos muertos". Frida optó por un enfoque directo: Se fue al cuartel general de la Gestapo en Breslau y exigió un permiso de salida, o la muerte. De acuerdo a su hijo, que oyó a menudo la historia, el oficial a cargo le dijo: "Tienes coraje para ser judía".
Si no hubiese existido ese pacto de no agresión entre Rusia y Alemania, la familia no habría abordado nunca el tren con destino a Vladivostok, en Siberia. "¿Te imaginas?", pregunta Moses. "Esa flaca y pequeña mujer alemana, que no había salido nunca del país, viajando hacia China con tres niños?" En un puerto siberiano fueron transferidos a un barco japonés que los llevó a Shanghai.
"Absolutamente, desembarcamos allá", dice Moses, indicando el Río Huangpu. Todavía está detrás del salón de masajes y rodeado por vecinos curiosos. Se acerca a dos ventanas que dan al callejón y pasa sus manos por los barrotes de hierro. "Lo primero que recuerdo de Shanghai son unos vagabundos que asomaban sus manos por ahí", dice. "No sabíamos qué querían. No entendíamos nada".
Tras la conquista japonesa de las secciones chinas de la ciudad, la gente se estaba muriendo de hambre por decenas de miles. "Veías los cadáveres en las calles, en las aceras", recuerda Moses. "Pero, sabes, si teníamos sed, los chinos nos daban agua. Si teníamos hambre, nos daban tartas de arroz". Frunce los labios antes de seguir. "Por mal que la pasáramos, ellos la pasaban peor. Y sentían compasión por nosotros".
Da la vuelta hacia el frontis del salón de masaje y golpea en la puerta de cristal. Dentro, dos chicas adolescentes en pantalones apretados y blusas escotadas sonríen nerviosamente a los dos hombres blancos y la mujer japonesa con la cámara gigantesca. Detrás de ellas, se abre bruscamente una cortina roja, que revela a un hombre demacrado de un metro ochenta de alto con los dientes manchados por el tabaco y un cigarrillo apagado entre sus huesudos dedos."Ala Shangai YouTaNin", dice Moses.
El hombre vuelve la cabeza hacia la izquierda, curioso. "¿Shangai YouTaNin?"
Moses asiente y, a través del intérprete, explica que su familia vivía antes aquí en el piso de arriba. El hombre alto asiente y sin dudarlo nos lleva hacia arriba por las escaleras que dan un corredor con varias puertas. "Han cambiado el plano", dice Moses con una risa ahogada. El hombre alto abre la última puerta. Hay un sillón de cuero artificial contra una pared. La alfombra azul está húmeda. Hay barrotes en las ventanas. "Mi cumpleaños es el 8 de diciembre", dice Moses. "Y recuerdo que mis padres ponían una mesa de cumpleaños para mí con regalos cerca de la ventana".

A las cuatro de la mañana del 8 de diciembre de 1941, explosiones hicieron estremecer el muelle de Shanghai cuando los soldados japoneses atacaron un barco inglés anclado en el Río Huangpu. "Recuerdo que el cielo se puso rojo y ¡bum, bum, bum!", recuerda Moses. "Nadie podía imaginar lo que estaba pasando". En Hawai era todavía el 7 de diciembre, y Pearl Harbor estaba siendo atacado. "Miré y vi el cielo volverse rojo. Lo recuerdo. Era rojo".

Pocos días después Moses está disfrutando de un sandwich de dos pisos en una cafetería de estilo occidental en la antigua concesión francesa de Shanghai. "Los niños son tontos", dice, entre mordisco y mordisco. "Se adaptan. No lo ven como algo terrible". Durante diez minutos ha estado pensando en los tres años que pasó su familia en una casa de refugiados en Hongkou. "No eran tiempos felices, pero comparativamente..., lo que podía habernos pasado, lo que podría haber pasado..." Se detiene. "No quiero ir diciendo por ahí que lo pasé mal en Shanghai".
En las semanas tras el ataque de Pearl Harbor, los japoneses obligaron a la familia de Moses a salir de su ubicación estratégica en la ribera. Sin recursos para alquilar o comprar algo, se instalaron en Chaoufoong Heim, una de las cinco casas de refugiados -o heime- fundadas por organizaciones judías de servicios sociales para refugiados. La familia de Moses compartía una habitación con dos parejas austriacas. Las cocinas colectivas servían a los cientos de refugiados que vivían fuera y dentro del heime, una o dos magras comidas al día -raciones más abundantes para los niños. "El hambre", suspira. "Siempre teníamos hambre". Comía sopa de fécula tan a menudo que hoy no soporta los fideos. Recuerda a su padre cortando delgadas rebanadas de pan y encontrando gusanos dentro.
De 1937 a fines de 1942 las fuerzas de ocupación en general no molestaron a los refugiados judíos de Shangai. Pero en 1943, bajo la presión de sus aliados nazis, los japoneses definieron un ‘área designada’ para los refugiados judíos apátridas bajo el control de un oficial llamado Ghoya que, notoriamente, se llamaba a sí mismo "Rey de los Judíos". Judíos y chinos necesitaban un permiso, emitido sólo por Ghoya, para entrar o salir del área. "Recuerdo verlo venir al campo con su violín y exigir que todos lo escucháramos tocar", recuerda Moses. "Y si no lo hacías, te daba una paliza". Los chinos la pasaron mucho peor. "Recuerdo a un culi que le pidió a un soldado japonés que le pagara después de un viaje en un taxi-bicicleta", dice. "Y miré cómo el soldado mató al culi a golpes. Ellos no hacían eso con nosotros".

Chaoufoong Heim fue demolido hace años, y en su lugar hay ahora un mercado. Una tarde, Moses esquivó a los repartidores y se escurrió por su principal portal. "¿Por qué vengo aquí? No tengo idea". Sonríe a los vendedores ambulantes que lo miran, sorprendidos, mientras trabajan con cuchillos unos mariscos que se retuercen. Las voces rebotan por el espacio, golpeando una pared que Moses cree que estaba ahí hace sesenta años. "Debe ser esta", dice, encogiéndose de hombros. "Pero aquí no hay nada. No significa nada para mí".
Los recuerdos están dispersos, desconectados con caras u objetos, pero vívidamente armonizados con los sentidos. Habla del frío y húmedo invierno de Shanghai. Y recuerda los veranos, cuando las temperaturas rondan los 37 grados Celsius. "Morían judíos todos los veranos", suspira. "Uno de mis malos recuerdos es que sudabas todo el tiempo y la gente se enfermaba y no había medicinas".
Pero Moses se niega a ponerse sensiblero o trágico. "Para nosotros, niños, eran normal crecer aquí", insiste. "Si colocas a los niños en un ambiente, para ellos se convierte en algo normal". Pensando en el pasado, lo primero que recuerda son las "penurias" de la infancia: "Mis padres y otra gente vieja estaban siempre corriendo a nuestro alrededor, diciéndonos que nos comportáramos". Las hostilidades de la guerra escaparon a su atención: "Yo jugaba con niños japoneses cerca de aquí", dice mientras pretende dibujar una rayuela frente al mercado. "Espera", dice, mientras salta en una pierna y canta una canción infantil en perfecto japonés.
En 1945, Moses fue a la escuela por primera vez, a pesar de los contantes bombardeos estadounidenses de Shanghai. "Recuerdo que jugábamos fútbol, y veíamos caer motas negras de los aviones en el cielo", dice. "Después de un rato te acostumbrabas". Pero pronto la guerra terminó y los japoneses desaparecieron. La familia de Moses se mudó al apartamento que es ahora un restaurante de fideos.
Durante los siguientes dos años, Max Moses trabajó duro para encontrar una nueva casa, escribiendo a embajadas, consulados, oficinas de inmigración y parientes lejanos que podrían ayudar a la familia apátrida. Mientras buscaban y esperaban, la familia fue a menudo visitado por su amma, años después de que ella hubiese trabajado para ellos.
En el curso de tres semanas en Shanghai, el recuerdo de esa amma -y Jiaodi, la anciana que se parece a ella- persigue a Moses. "Creo que es por ella que adoro a esta gente", dice. "La razón porqué volví". Y así, a menos de 24 horas de su partida, lleva un ramo de claveles a la callejuela detrás del salón de masajes y llama a la puerta de la casa de cemento tamaño infantil. Jiaodi lo reconoce con una sonrisa y lo invita a entrar. "No sé por qué me siento atraído por esta mujer", dice Moses nuevamente. "Pero me atrae".
La agradece por la amabilidad de los chinos durante la guerra. "Ustedes me salvaron la vida", dice. Posan juntos para unas fotos, y luego ella sonríe y dice adiós con la mano cuando él se aleja por el callejón. "Nuestra amma", dice. "Cuando nos embarcamos para Chile, ella estaba en el muelle, llorando".
Fue un viaje que hicieron con alguna reluctancia. De acuerdo a Moses, su familia quería ir a Estados Unidos en el otoño de 1947, pero la espera era demasiado larga. "Mis padres estaban preocupados de que no sobreviviémos otro verano en Shanghai", explica. De todos modos, Moses encontraría una manera de llegar a Estados Unidos. "Emigré solo en 1962", dice.
Frente al salón de masaje Moses hace parar un taxi que corre por la Avenida Changzhi. Xiaomei y Yide le han invitado a un té. Hace sesenta años el boulevard era el centro de una próspera comunidad judía conocida como ‘Pequeña Viena’. Hoy, los chinos ocupan el área y muchos de los bloques son sitios eriazos llenos de escombros de demoliciones recientes de edificios con detalles arquitectónicos distintivamente europeos. "Está bien que lo hagan", dice Moses. "Esos edificios no valían la pena. Vivir en ellos era espantoso". El taxi vira por la Avenida Gaoyang, pasa frente al antiguo sitio de Chaoufoong Heim, y frena frente al edificio donde vivió la familia Moses de 1945 a 1947. En el bordillo lo espera Xiaomei.
Desciende del taxi y la abraza. Ella sonríe radiante, tomándole las dos manos. Lo conduce por el callejón y por las escaleras hacia el pequeño apartamento donde lo espera Yide. En la mesa hay cuencos con frutas, nueces y raíces de loto rellenas con un pegajoso arroz. "No sabemos qué te gusta", dice Xiaomei. "Así que preparamos cosas dulces". Pero primero le ofrecen a Moses unos regalos, incluyendo chocolate y otras tapas. "Y aquí", dice Xiaomei, "ropa interior de invierno, para que no pases frío".
Moses sonríe y ríe mientras desenvuelve los regalos, sus intensos ojos azules brillando con las lágrimas que no quiere dejar fluir. Yide le muestra fotografías de la familia, incluyendo una de la madre de Xiaomei, que acaba de cumplir 90 años. Xiaomei lo invita a quedarse con ellos cuando vuelva a Shanghai. Explica que su apartamento -el antiguo apartamento de Moses- puede ser demolido el próximo año. Abrumado, se levanta y los abraza. "Traté de olvidar durante 60 años", dice. "No quería volver. No quería ser una víctima", dice. En su práctica manera de Shanghai, Xiaomei y Yide lo acomodan a la mesa y lo animan a comer. Coge los palillos y, con una bien practicada precisión, recoge una tajada de raíz de loto y lo deposita en el cuenco. "No es suficiente", dice Xiaomei mientras usa sus propios palillos para agregar otra tajada al cuenco.
"Cuando era niño en Hongkew, estaba siempre con hambre", dice Moses, con la boca llena del pegajoso arroz. "Y los chinos me alimentaron, aunque ellos tenían menos que yo". Sacude la cabeza. "Ahora vuelvo aquí y me dan de comer". Mira a Xiaomei a través de sus ojos brillantes.
"Bienvenido a casa", dice ella. "Sírvase".

15 de enero de 2006

©los angeles times
©traducción mQh

1 comentario

Nuria -

Es un gran artículo. Mi opinión de los chinos es exactamente la misma. Hoy visitaré el barrio judío.