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identidad y guerra


[Edward Rothstein] En Oriente Medio, las lealtades son sobre todo religiosas.
Normalmente, la guerra exige absoluta claridad sobre la identidad. ¿Quién eres tú y de qué lado estás? ¿Amigo o enemigo? ¿Combatiente o transeúnte? ¿A quién debes lealtad, por quién estás dispuesto a morir y quién es responsable de tus acciones? Esta es una de las razones de la existencia de los uniformes militares: buscan establecer una identidad en medio de la densa neblina de la guerra. Con uniformes, las diferencias humanas se descartan. La lealtad se abstrae en uniformidad.
Pero las guerras que se están librando en el Líbano representan una forma más novedosa de guerra. Para Hezbolah, la confusión de la identidad no es un accidente, sino una táctica importante: no hay uniformes, ni separación entre ejército y población civil, ni claridad sobre la responsabilidad última. Para su rival hay siempre preguntas. ¿Qué se está atacando? ¿Un edificio de apartamentos o un depósito de armas? ¿El camión de una granja o un transporte de municiones? ¿Un combatiente o un civil? ¿Y quién es responsable por los actos de Hezbolah?
La guerra terrorista sacrifica deliberadamente a inocentes y confunde deliberadamente a los inocentes. Sabe que el enemigo tiene principios morales que se verá obligado a violar; las víctimas sirven a una causa mayor, confundiendo al enemigo e inspirando a los cuadros leales.
Los problemas de identidad también surgen bajo otras formas en estas guerras. A pesar de sus recurrentes enfrentamientos militares, desde 1973 que Israel no se ha visto implicado en una guerra de estados-naciones, cuando casi perdió una ese año tras el sorpresivo ataque de Egipto. Y aunque esas guerras todavía puedan ocurrir en Oriente Medio (como lo demuestran el millón o más de bajas de la guerra entre Irán e Iraq) y aunque Estados Unidos pensara, erróneamente, que iniciaba una tradicional guerra entre estados-naciones cuando invadió Iraq, la guerra terrorista, con su deliberada confusión de categorías e identidad, es ahora la norma antes que la excepción.
Esto puede tener que ver con la naturaleza misma de Oriente Medio. El historiador Bernard Lewis ha señalado que en Europa casi todos los países llevan un nombre asociado con un grupo étnico particular y una lengua particular, una antigua conjunción de "nomenclaturas étnicas, territoriales y lingüísticas". Este modo de pensar sobre el estado fue impuesto en Oriente Medio mediante el poderío imperial, pero como señala Lewis en su libro ‘The Multiple Identities of the Middle East', sólo tres países allá -Turquía, Arabia Saudí e Irán- se parecen en algo al modelo europeo. (Israel, con los orígenes diversos de sus poblaciones judías, es un caso más complicado).
Lewis sugiere que aunque muchas de las ideas que Occidente asocia con el estado-nación, incluyendo conceptos de ciudadanía (que evolucionaron de Grecia y Roma antiguas), encontraron finalmente su camino hacia Oriente Medio, donde arraigaron de manera muy diferente, en parte debido a las ramificaciones políticas del islam. Señala que en Occidente, la nación es la principal categoría de lealtad, bajo la cual se reúnen las afiliaciones religiosas; pero en Oriente Medio ocurre exactamente lo contrario. La religión es el principio unificador, y las naciones se asocian bajo su bandera. Como señala Lewis, es difícil imaginar a los líderes de los países budistas de Asia o las naciones luteranas del norte de Europa reunirse en cónclaves del modo en que lo hacen los líderes de países musulmanes: con poca cosa más que la religión que los une.
Las consecuencias son profundas, especialmente cuando estados-naciones como el Líbano se han debilitado por décadas de guerras en las que los principios de lealtad no se levantaron sobre identidades nacionales sino sobre identificaciones transnacionales de comunidades religiosas diversas. Todo tipo de identidades pueblan el tejido social, no solamente en un país sino en otros, cada uno reaccionando a influencias que se extienden bastante más allá de sus fronteras.
En algunos casos, esas tendencias pueden ser más poderosas que los nacionalismos más patrioteros. Puede incluso incorporar ‘escudos humanos' inocentes en un inútil sacrificio por la causa de la guerra terrorista.
La guerra terrorista también a menudo es una guerra por encargo, porque no tiene relación con un estado; se reclama de una autoridad mayor. Como en el caso de Hezbolah hoy, su apoyo puede provenir de una variedad de socios silenciosos y no tan silenciosos, desde organizaciones ‘de caridad' en Occidente a gobiernos en Oriente Medio. Lo que complica todavía más las cosas, y hace que estas guerras sean tan difíciles, es que las tendencias de creencias que crean las guerras terroristas también pueden orientarse de maneras muy peculiares, de modo que pueden coincidir con otras tendencias en algunos momentos, y apoyarlas o dejarlas de lado frenéticamente. Las alianzas cambian, pero sólo porque las tendencias no son siempre visibles.
Cuando Israel respondió primero a los ataques de Hezbolah, por ejemplo, recibió sorprendentes expresiones de apoyo de países que normalmente lo condenan. Los gobernantes en Arabia Saudí y otros países árabes temían la creciente fortaleza de Irán y del poder chií en Oriente Medio. La lealtad sunní -y la hostilidad hacia Hezbolah- triunfó, al menos por un tiempo, sobre la lealtad contra Israel.
Pero en el Líbano, las tendencias están más anudadas. En 1982, Israel invadió el Líbano para eliminar el mini-estado que había establecido allí la Organización para la Liberación de Palestina. (Apenas cinco meses después de esa devastadora y difícil guerra, el armamento de la OLP requisado por los israelíes llenó 4.330 camiones). Como señala Vali Nasr en su último libro, ‘The Shia Revival: How Conflicts Within Islam Will Shape the Future' (Norton), la ocupación del sur del Líbano fue tan traumática para los chiíes que "saludaron al ejército invasor israelí como libertadores, con flores, con los brazos abiertos".
Eventualmente los chiíes libaneses se volvieron contra Israel -algunos están peleando en Hezbolah ahora-, pero también retuvieron su indignación con los sunníes palestinos, incluso después de la retirada de Israel de áreas del Líbano. Durante tres años, observa Nasr, la milicia chií Amal realizó violentos ataques contra los campos de refugiados palestinos. Esa misma lealtad chií, sin embargo, no fue suficientemente fuerte como para soportar otras diferencias con Hezbolah. Los combates de 1988 entre las principales fuerzas chiíes en el Líbano -Amal y Hezbolah-dejaron miles de muertos e incluyeron muchas atrocidades.
Las tendencias de lealtades transnacionales, entonces, son tan difíciles de interpretar como las hojas de té, ya que hay muchos factores que influyen en sus cambiantes posiciones: mucho más que los estados-naciones, que tienden a ser más inertes y deben asumir mucho más responsabilidad en la escena internacional. Agréguese a esto la confusión de las identidades en tiempos de guerra y el deseo de los observadores de simplificar los acontecimientos con modelos conceptuales ajenos.
Pero una exigencia para hacer la guerra contra el terrorismo es tomar la declaración de principios del enemigo con absoluta seriedad, por más horrorosa y ominosa que sea, porque es aquí donde su identidad está más allá de discusión. Y a ese respecto, lamentablemente, Hezbolah no ha tenido nunca pelos en la lengua.

7 de agosto de 2006
©new york times
©traducción mQh
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