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identidades peligrosas


[Sudarsan Raghavan] Disfraz es ritual salvavidas en puestos de control en Bagdad.
Bagdad, Iraq. Cada vez que conducía, temía este momento. Ahora era demasiado tarde.
Cuando se acercaba al puesto de control, recordó Omar Ahmed, vio a hombres armados vestidos de negro ordenando descender a los pasajeros de una camioneta y controlando sus carnés de identidad. Algunos volvieron a subir a la camioneta. Los otros fueron conducidos a una mezquita chií al otro lado de la calle. Los hombres armados llevaban pistolas Glock, que son normalmente las que usa la policía iraquí.
Ahmed, 30, es sunní. Y estaba en Shaab, un volátil vecindario chií. Las preguntas corrían por su mente: ¿La mezquita era el cuartel de una milicia chií? ¿Eran los hombres armados de un escuadrón de la muerte chií?
Así que Ahmed puso en movimiento un ritual que muchos sunníes en Bagdad han empezado a practicar. Colocó un casete con música religiosa chií y subió el volumen. Ató un pedazo de tela verde que había comprado en la mezquita del imán Ali en Nayaf, uno de los sitios sagrados del islam chií, alrededor de la palanca de cambio.
Y colgó un pequeño retrato del imán Ali, el yerno del profeta Mahoma y el más venerado santo chií, en el espejo retrovisor.
Para el mundo exterior, ahora era un chií.
En una ciudad azotada por la religión, la violencia y la política, aterrados sunníes y chiíes ocultan su identidad para sobrevivir. Sus diferencias -algunas obvias, la mayoría sutiles- se han convertido en asuntos de vida o muerte de modos nunca vistos antes en el Iraq moderno.
Cuando se acercaba al puesto de control, recuerda Ahmed, estaba petrificado. Su mujer, su madre y sus dos hijas pequeñas viajaban con él en su Honda gris. Cogió su carné de identidad falso, en el que su nombre tribal sunní, al-Obeidi, había sido cambiado por el de una tribu chií, al-Hussein.
"Estaba aterrado", dice.

"¿Cuál Es Tu Secta?"
Durante siglos, desde el imperio otomano hasta la monarquía instalada por los británicos y la república gobernada por Saddam Hussein, los sunníes formaron la elite que ocupaba la mayor parte de los trabajos oficiales. Los chiíes, en tiempos de Hussein, eran perseguidos.
Sin embargo, en la vida diaria nadie se preocupaba de distinguir a sunníes de chiíes. Preguntar por la religión de una persona era considerado una grosería, y era prácticamente imposible saber a qué secta pertenecía alguien sólo por su aspecto, modo de hablar o ropa. Durante generaciones, las dos sectas se casaron entre sí, haciendo difícil diferenciarlos por sus apellidos. Asistían a las mismas escuelas y vivían en los mismos vecindarios.
Ahora, cuatro años después de la invasión norteamericana que derrocó a Hussein, ha estallado en la arena política y en las calles de Bagdad una lucha por el poder entre sunníes y chiíes. Desde el atentado contra una mezquita chií en Samarra en febrero, han aumentado la guerra religiosa y el caos.
En los puestos de control de la policía o de las milicias religiosas, dicen iraquíes en entrevistas, es corriente oír preguntas como: "¿A qué secta perteneces?" o "¿Cuál es tu nombre tribal?" Una respuesta equivocada puede significar la muerte.
El 9 de julio, en el barrio al-Jihad de Bagdad, milicianos chiíes mataron a cuarenta sunníes después de levantar un puesto de control y controlar la identidad de los pasajeros. Tres días más tarde, hombres armados no identificados atacaron un terminal de buses en Muqdadiyah, una ciudad al nordeste del país, y separaron a chiíes de sunníes. Vendaron y esposaron a los chiíes y luego los mataron disparándoles a la cabeza.
"La gente está siendo asesinado o secuestrada simplemente por su nombre, su identidad o su afiliación religiosa", dijo Gianni Magazzeni, director de la oficina de derechos humanos para Iraq de Naciones Unidas.
En Bagdad, es difícil distinguir un puesto de control real de uno falso. Los uniformes y chapas de policía son fáciles de conseguir en el mercado negro. Los milicianos chiíes han infiltrado las fuerzas de seguridad iraquíes, mientras que los sunníes se han mantenido alejados de ellas. Los rebeldes sunníes han instalado puestos de control y atacado a chiíes.

Carné de Identidad Falso y Doce Consejos
"Es como la ruleta rusa", dijo Omar al-Azzawi, 33, un técnico informático sunní alto, de hombros anchos, que estiró sus dedos como si fueran el cañón de una pistola y los colocó contra su sien. "Me gusta mi país. Me gusta mi gente. Pero estas cosas son realmente otra cosa. Estar en Iraq es jugar con la muerte".
Azzawi dijo que en julio unos milicianos chiíes habían secuestrado a punta de pistola a su tía en el barrio de Shula, en Bagdad. La policía encontró su cuerpo tres días más tarde, en la calle. Desde entonces, Azzawi toma medidas para protegerse a sí mismo.
Saca credenciales de prensa de un diario árabe, falsas, de una billetera marrón. Le costaron 35 dólares. En la placa rojiblanca, Omar, un nombre sunní corriente, se convirtió en Amar, un nombre chií corriente.
Toda vez que entra a un barrio chií, Azzawi se calza un enorme anillo de plata usado por muchos chiíes, especialmente los que se consideran descendientes de Mahoma. También lleva una torba, una pieza redonda de arcilla que los chiíes utilizan para apoyar sus frentes cuando se agachan para rezar.
En el trabajo, dice Azzawi, navega a menudo en páginas chiíes para enterarse de sus costumbres. Por ejemplo, ha aprendido a recitar de memoria los nombres de los doce imanes chiíes, en perfecto orden. Ha oído que los milicianos chiíes lo usan a menudo como prueba en los puestos de control.
"No me gusta aprender cosas que pasaron hace más de mil años", dice Azzawi, que lleva vaqueros negros, camisa negra y una delgada barba. "Pero estoy obligado".
Una página web, http://www.iraqirabita.org, ofrece a los sunníes un plan de doce puntos para disfrazarse de chiíes. El primer dato dice: "Consígase un carné de identidad falso, especialmente si su nombre es Omar u Othman".
Otros datos incluyen tener en casa un cartel del imán Hussein, el nieto de Mahoma, y un ejemplar de un libro de oraciones chiíes; adquirir ropas negras, como las que usan los chiíes para conmemorar ocasiones religiosas especiales; y aprender las fechas de los nacimientos y muertes de los doce imanes.
El dato número ocho dice: Aprenda maldecir a Yazid, el califa sunní cuyo ejército mató al imán Hussein en el siglo siete.
Y si todo eso no sirve, el dato número once dice: "Está bien decir que eras sunní, pero que más tarde te ‘iluminaste' y te convertiste en chií". Y el dato número doce recuerda a los sunníes practicar también todos los once datos y rezar en una husseiniya, o mezquita chií.
El primo de Azzawi incluyó una latmiya -tristes cánticos chiíes sobre los doce imanes- en su colección de tonos en su celular. Lo activa en barrios de mayoría chií. Otros sunníes tienen imágenes del imán Ali o del imán Hussein en las pantallas de sus celulares.
Haki Ismael trabaja como guardia chií en un ministerio de gobierno. Vive en Amiriyah, un barrio preponderantemente sunní. Cada vez que sale, dijo, lleva su carné de identidad sunní falso. Pero una mañana hace poco, fue secuestrado por miembros del Ejército Mahdi, la milicia chií del clérigo agitador Moqtada al-Sáder. Pensaban que era sunní, recuerda.
Así que Ismael habló con el típico acento de los chiíes del sur. Los milicianos empezaron a relajarse. Luego lo dejaron marcharse.

Juzgando Por las Apariencias
Ghassan Khalaf, un tendero sunní, debe su vida a su pelo corto. En junio, unos policías chiíes hicieron parar su BMW negro en un puesto de control de Bayaa, un barrio preponderantemente chií. Vieron el retrato de Sáder cerca del velocímetro y del imán Ali en el parabrisas. Pero ellos se concentraron en el primo de Khalaf, Ahmad Jabbir. Llevaba una larga y tupida barba y un pañuelo tribal blanco, que es usado por muchos sunníes devotos.
El agente le pidió su carné de identidad. El primo no tenía uno falso. Peor, su nombre tribal era al-Douri, el mismo que Izzat Ibrahim al-Douri, que era un alto funcionario de Saddam Hussein. El policía metió a Jabbir en su vehículo y ordenó a Khalaf que se marchara.
El cuerpo de Jabbir apareció unos días después en la morgue, dijo Khalaf. Tenía 24 agujeros en el cuerpo, hechos con un taladro eléctrico; le habían rapado la cabeza y la barba.
Hace dos semanas, un amigo chií visitó a Khalaf en su casa, donde se desplegaban en lugares prominentes fotos de Sáder y del imán Ali. Como la mayoría de los vecinos, pensó que Khalaf era chií. Sacó su celular y le preguntó a Khalaf:
"¿Viste la última operación de los héroes?"
Entonces, recordó Khalaf, el amigo le hizo ver un borroso video de cuarenta segundos que mostraba a unos hombres armados arrastrando un cadáver por su camisa y arrojándolo en un sitio arenoso. "Dios nos ayude a librarnos de salafis y wahhabis", dijo Khalaf después, refiriéndose a dos grupos sunníes.
"Creen que soy uno de ellos"explicó Khalaf más tarde. "Si cometes un error, descubrirán que sientes simpatía por los sunníes. Me matarían".
"Cuando me amigo se fue, lloré recordando a mi primo", dijo Khalaf.
"Pensé que eso le había pasado a él".
Khalaf conserva el video en su celular. Se ha convertido en otro elemento de su disfraz.

Una Canción y una Bendición
En un puesto de control, uno de los hombres armados vestidos de negro ordenó a Ahmed que saliera de su Honda. Su familia guardó silencio, dominada por el terror. Los hombres miraron dentro y vieron la tela verde y el retrato del imán Ali. Por los altavoces se oía una canción religiosa chií.
"¿De dónde vienes?", le preguntaron a Ahmed.
"De una ziyara, dijo, empleando su acento chií sureño, usando la palabra chií para una visita a una mezquita.
"Que Dios le bendiga. Váyase rápido", le dijo el hombre armado.
Ahmed subió a su Honda y se alejó.
"Sentí que me volvía la vida", recordó Ahmed.

30 de septiembre de 2006
©washington post
©traducción mQh
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