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hussein en su lugar


[Anne Applebaum] El régimen del dictador, y su equivocada interpretación por Occidente.
Hitler se mató a sí mismo antes que ser capturado, Stalin fue enterrado con honores de estado y Pol Pot murió en arresto domiciliario. Justo la semana pasada, el brutal presidente de Turkmenistán, Saparmurad Niyazov, murió de causa naturales. De hecho, cuando la cuerda se apretó alrededor de su cuello el sábado por la mañana, Saddam Hussein se convirtió en uno más del sorprendentemente reducido número de dictadores ejecutados por sus propios pueblos: Benito Mussolini, Nicolai Ceausescu -y ahora el hombre que una vez se llamó a sí mismo el presidente vitalicio de Iraq. De estos tres, Hussein es el único que tuvo algo parecido a un juicio.
Aparte esto, no hay ninguna razón para ver a Hussein como un heredero excepcional o inusual de las tradiciones totalitarias del siglo 20. Ciertamente se veía a sí mismo como parte del panteón de los dictadores modernos. Se dice que presumía de su admiración personal por José Stalin ante los agentes de la KGB estacionados en Bagdad. Y siguió sus consejos: Historiadores que han trabajado con documentos iraquíes requisados durante la Guerra del Golfo Pérsico me han contado que la policía secreta de Hussein estaba claramente organizada según el modelo soviético.
Más al punto, Saddam Hussein mantuvo a su pueblo en un estado de terror permanente, como hicieron Hitler y Stalin en la cúspide de su poder. El escritor iraquí Kanan Makiya, cuyo libro ‘Republic of Fear' sigue siendo un relato definitivo sobre el Iraq de Hussein, calcula que en 1980 un quinto de la fuerza de trabajo iraquí económicamente activa eran miembros del ejército, las milicias políticas, la policía o la policía secreta: En otras palabras, una de cada cinco personas estaba empleada para implementar la violencia institucional. El resultado fue un país en el que las familias de las víctimas políticas recibían partes de sus cuerpos por correo; en el que decenas de miles de kurdos podían ser masacrados con armas químicas; y en el que, como demuestra el truncado juicio de Hussein, el dictador podía firmar un documento condenando a 148 personas a muerte al azar -entre ellos un niño de once años-, y no sentir ni remordimiento ni pesar. Como alegó su equipo de abogados, creía que era su prerrogativa como jefe de estado.
Sin embargo, si la vida y muerte de Hussein prueban algo, es que en los noventa años que han pasado desde que emergiera por primera vez en Europa el totalitarismo moderno, ni Estados Unidos ni nadie ha logrado entender esos regímenes ni incluso reconocerlos por lo que son. Cuando emergió Hitler, el mundo exterior trató, instintivamente, de apaciguarlo. Cuando emergió Stalin, los norteamericanos y europeos admiraron su planificación económica. Cuando emergió Hussein, nuestra primera reacción fue ignorarlo, y luego, debido a que parecía un contrapeso útil para el Irán el ayatollah Khomeini, apoyarlo. Durante su horrorosa e innecesaria guerra con Irán murieron millones de iraquíes e iraníes, y Estados Unidos, que consideraban a Irán la amenaza más seria, respaldó a Hussein con armas e inteligencia. Alemania, Francia, Rusia y otros también vieron a Hussein como un interlocutor útil y, más tarde, como una fuente de ganancias mal habidas.
Hitler fue considerado una amenaza para el resto de Europa sólo después de su invasión de Polonia; y fue sólo después de su ocupación de Europa Central que se empezó a tomar en serio el terror interno de Stalin. La historia del siglo veinte ha demostrado una y otra vez, y otra vez, que las ambiciones de los líderes revolucionarios y totalitarios raramente se confinan a sus propios países. Sin embargo, Hussein, que era desde hacía tiempo una amenaza para su propio pueblo, empezó a ser percibido como algo más que un incordio local sólo después de que invadiera Kuwait.
Fue tardíamente que lo identificamos como un dictador totalitario, pero entonces fue demasiado tarde como para que nuestro descubrimiento tuviera algún efecto, en Iraq y en el resto del mundo. En el mundo árabe, la mayoría asumió que la atrasada crítica norteamericana representaba apenas otro cálculo político de parte de los oportunistas norteamericanos, cuya memoria no podía ser tan corta como pretendían.
Incluso ahora, tras su ejecución, nuestros instintos nos hacen debatir sobre lo que Hussein significó para nosotros, no lo que significó para los iraquíes. Su muerte está siendo analizada en términos de su impacto en la guerra civil iraquí y por tanto su impacto para nuestras tropas. El caos de su juicio y ejecución son otra excusa para atacar a la Casa Blanca. Si escribes que Hussein era realmente un hombre malo, se te considerará un apólogo de George W. Bush. Si escribes que su régimen se parecía al de Stalin, te dirán que eres un ideólogo de extrema derecha.
Quizás algún día, cuando haya terminado la guerra civil en Iraq, y cuando los iraquíes hayan alcanzado algún grado de seguridad personal -una exigencia aún más elemental que la libertad política-, será posible para los iraquíes, al fin, pensar objetivamente en los daños físicos y psicológicos que causó el régimen de Hussein a su país y sobre cómo esos daños ayudaron a encender la resistencia. El archivo acumulado por el tribunal iraquí de derechos humanos será de gran ayuda, especialmente si los jueces iraquíes continúan los procesos de los otros acusados.
Quizás algún día los europeos y norteamericanos encontrarán un modo de interpretar a Hussein como otra cosa que un peón en sus propios tableros, o como un personaje de sus propios debates políticos. Pero lo dudo.
applebaumanne@yahoo.com

1 de enero de 2007
©washington post
©traducción
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