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se extiende fanatismo religioso


[Anthony Shadid] El conflicto sunní-chií convierte a la región en un problema peligroso.
El Cairo, Egipto. Egipto es el país musulmán sunní más grande del mundo árabe, pero, como bromeó una vez un escritor, tiene corazón chií y cabeza sunní. En su ecléctica cultura popular, los sunníes disfrutan de los dulces platos con uvas pasas y nueces en la celebración de ashura, el más sagrado festivo musulmán chií. Los ruidosos festivales sacan a los vecinos del Cairo a la calle para celebrar el nacimiento de santos chiíes, una práctica despreciada por los austeros sunníes. El barrio islámico de la ciudad se enmaraña como una enredadera en torno al santuario del imán Hussein, la figura más venerada del islam chií.
La fusión hace que las palabras de Mahmoud Ahmed, un vendedor de libros sentado en el paseo de granito y mármol del santuario, suenen todavía más asombrosas.
"Los chiíes están creciendo", dijo, arqueando sus cejas en una expresión que sugiere tanto temor como asombro.
La creciente división sunní-chií está irritando a un mundo árabe más inestable que nunca. Librado en discursos, columnas de periódicos, rumores que giran en las cafeterías y en internet, y ocasionales estallidos de violencia, el conflicto está siendo modelado predominantemente por los políticos: un Iraq en proceso de desintegración, un Irán en ascenso, la sensación árabe de impotencia y la persistente sospecha de que Estados Unidos tiene intenciones aviesas. Pero la división también ha empezado a filtrarse en el tejido social de la región. El cisma religioso ha existido desde hace mucho, y a veces ha estallado, pero quizás nunca se había revelado de manera tan dura y disruptiva.
Los diarios vienen repletos de informes, a veces apenas rumores incendiarios, sobre la agresividad chií. El diario jordano Ad-Dustour, que respalda al gobierno, escribió el mes pasado sobre una conspiración para difundir el chiísmo desde India a Egipto. Un punto del programa de los conspiradores: asesinar "a personajes sunníes prominentes". El mismo días, un diario argelino informó que los padres estaban llamando al gobierno a poner fin al proselitismo chií en las escuelas. Un columnista egipcio acusó a Irán de tratar de convertir a los sunníes al chiísmo en un intento de hacer renacer la dinastía persa safavid, que subió al poder en el siglo dieciséis.
En Madbuli, una librería de varios pisos en el centro del Cairo, cinco nuevo títulos se exhibían lado a lado en la vitrina: ‘Los chiíes', ‘Los chiíes en la historia', ‘Doce chiíes', etcétera. Un diario a la venta mostraba una advertencia de su editor de que el conflicto podría desembocar en un "holocausto religioso".
"Para nosotros, egipcios", dijo el escritor y analista Mohammed al-Sayid Said, la división religiosa es "completamente artificial. No resuena en nuestra cultura, no refleja nuestra vida diaria. No es parte de nuestra experiencia social o cultural o religiosa". Pero agregó: "Creo que esto puede destruir toda la región".
La violencia sigue confinada a Iraq y, en una escala mucho menor, al Líbano, pero para algunos, la entropía de Iraq de cuatro años ofrece una metáfora de las fuerzas que están emergiendo en toda la región: Allá la gente ha observado el surgimiento de la identidad religiosa, denostado contra ella, responsabilizado a Estados Unidos y otros de inflamarla, para mostrarse luego incapaces de impedir el descenso a la carnicería.
"En la región, esta tensión es el problema más peligroso del momento", dijo Ghassan Charbel, editor del diario árabe al-Hayat.
El cisma entre sunníes y chiíes se remonta al siglo siete, durante los primeros días del islam, cuando estalló una disputa sobre quién debía suceder al profeta Mahoma. Los chiíes creen que los descendientes de la hija de Mahoma, Fátima, y su yerno, Alí, fueron privados de una autoridad ordenada divinamente en una historia llena de martirios e injusticias que todavía influye en la interpretación chií de la fe.
Durante siglos, se desarrollaron diferencias en el ritual, la jurisprudencia y la teología, algunas de ellas nimias. Pero la comunidad chií -la mayoría en Iraq y Bahrain y una minoría considerable en el Líbano, Arabia Saudí y Kuwait- está mucho más marcada hoy por su estatus desprivilegiado que ha sufrido a menudo en el mundo árabe, predominantemente sunní. Durante décadas, el gobierno saudí prohibió los rituales chiíes; una minoría sunní gobierna a una inquieta mayoría chií en Bahrain; los chiíes libaneses, largo tiempo pobres y privados del derecho a voto, se enfrentan a menudo al nacionalismo que aún persiste.
Instancias de conflictos religiosos siembran la historia de la región: Los chiíes se rebelaron en el Bagdad medieval y pandillas rivales saquearon mutuamente sus tumbas y santuarios. El conflicto entre el imperio otomano sunní y la dinastía safavid chií en Persia fue a menudo presentado como una lucha religiosa. La revolución islámica de 1979 en Irán fue retratada en partes del mundo árabe como un resurgimiento chií.
Pero rara vez ha presenciado esta región tantos acontecimientos en tan breve tiempo, que hayan sido interpretados ampliamente bajo el prisma sectario: la formación del gobierno chií de Iraq y el derramamiento de sangre que arrasa con el país; la falta de apoyo de los aliados árabes sunníes de los norteamericanos -Egipto, Jordania y Arabia Saudí- para el movimiento chií Hezbollah en su lucha contra Israel el verano pasado; y más significativamente la percepción entre muchos árabes sunníes de que Saddam Hussein fue ahorcado por chiíes cegados por el ánimo de venganza. El telón de fondo es la creciente asertividad del Irán chií, mientras la influencia de otras potencias regionales, como Egipto y Arabia Saudí, disminuye.
En el Líbano, donde la oposición encabezada por Hezbollah se ha movilizado en un esfuerzo por provocar la renuncia del gobierno, la división sectaria tiñe incluso el espacio urbano. Algunos sunníes están enfadados por el hecho de que una sentada de chiíes en Beirut -una ocupación, a sus ojos- , provenientes de los miserables suburbios del sur, se realiza en un elegante centro reconstruido por el ex primer ministro sunní, Rafiq al-Hariri, que fue asesinado en 2005.
"La política gira en torno a percepciones", dice Jamil Mroue, un editor libanés cuyo padre es chií y su madre, sunní.
Los sentimientos de hoy le recuerdan el fanatismo tribal que marcó otro conflicto sectario: la guerra civil de quince años en el Líbano, que, entre otras divisiones, opuso a cristianos contra musulmanes antes de su fin en 1990.
"Ciertamente evoca los sentimientos de la guerra civil, cuando el Líbano empezó a desintegrarse", dice Mroue. Lo calificó de "espantoso, porque sé que existe la posibilidad de que vuelva a ocurrir".
"Al final de todo", agregó, "la gente lo a va a pensar y preguntar: ‘¿Por qué pasó todo esto?'"
En países predominantemente sunníes, como Egipto, donde la política fue durante mucho tiempo definida por el nacionalismo árabe o el islam político, las ideas viscerales de identidad religiosa siguen siendo, de algún modo, raras. No es inusual oír decir a algunos que sólo de adultos se dieron cuenta de que eran sunníes. Antes de eso, se identificaban simplemente como musulmanes. Incluso en el Líbano, pese a sus divisiones comunales, los matrimonios mixtos no son raros y hay una larga tradición de sunníes que se convierten en chiíes para que sus hijas puedan recibir una parte más equitativa de la herencia, según la ley chií.
En la región, Hezbollah y su líder, Hasan Nasrallah en particular, todavía ganan seguidores debido a su actuación en la guerra del verano pasado en el Líbano.
"Tienes que reconocer que ha luchado contra los israelíes", dice Abdel-Hamid Ibrahim sobre Nasrallah, parado en un desvencijado puesto en una acera del Cairo, hirviendo agua para el té. En la parte de arriba colgaban retratos de dos símbolos egipcios: los cantantes Um Kalthoum y Abdel-Halim Hafez. "Los llevo en el corazón", dice. Junto a ellos había un retrato de Nasrallah. "Un símbolo de la resistencia, el hombre que derrotó a Israel", dice el retrato.
"Hasan Nasrallah, hizo frente a los israelíes", dice Musin Mohammed, un cliente.
"¿Quién estaba con él?", pregunta Ibrahim, moviendo la cabeza. Apunta hacia el cielo. "Nuestro Señor".
Ambos se burlaron de las tensiones sectarias.
"Hay un proverbio que dice: ‘Divide y conquista'", dice Mohammed. "Sunníes y chiíes... ¿no son ambos musulmanes? ¿Qué es lo que los divide? ¿Quién quiere dividirlos? ¿A quién le interesa dividirlos?", preguntó.
"Le interesa a Occidente", se respondió. "Y quienes dirigen todo son Estados Unidos e Israel". Hizo una pausa. "Y Gran Bretaña".
Esa convicción sobre la manipulación occidental es a menudo manifestada por clérigos y activistas chiíes que dicen que Estados Unidos incita el sectarismo como un modo de reducir la influencia de Irán. En los últimos años, algunos de los comentarios más provocadores han provenido de aliados de Estados Unidos en la región: el presidente de Egipto cuestionó la lealtad de los chiíes a sus países, el rey de Jordania expresó su preocupación por el creciente chií de Irán al Líbano, y el mes pasado el rey Abdullah, de Arabia Saudí, denunció lo que llamó el proselitismo chií.
La acusación recibió una larga réplica de Nasrallah. "Francamente, el objetivo de decir esas cosas es el de fomentar el conflicto", dijo en un discurso. Desechó las acusaciones contra el proselitismo iraní o la emergencia de un creciente chií.
"La gente en la región se queja siempre sobre la influencia chií. Siempre oyes decir: ‘El creciente chií, el creciente chií'. Es solamente un creciente. ¿Qué me decís de una luna llena sunní?", dijo Nimr al-Nimr, un clérigo chií de Awamiya, una ciudad el este de Arabia Saudí, que pasó cinco días detenido por la policía por exigir que se enseñara en su región, que es predominantemente chií, un currículum chií.
Los chiíes forman menos del quince por ciento de la población de Arabia Saudí, muchos de ellos en la Provincia Oriental. La austera elite religiosa sunní los considera herejes. Un clérigo, Abdul Rahman al-Barak, considerado cercano a la familia real, llamó a los chiíes "infieles, apóstatas e hipócritas".
"En Palestina hay conflictos entre sectas sunníes -Hamas y Fatah-, hay en Somalia, en Darfur. Eso no es sectarismo", dice Hassan al-Saffar, el más importante clérigo chií de Arabia Saudí. "Hay una campaña contra los chiíes. ¿Por qué se inflaman los sentimientos anti-chiíes en momentos en que Estados Unidos está tratando de poner presión sobre Irán, por sus ambiciones nucleares?"
Hace poco, en El Cairo, Hassan Kamel tomaba un azucarado té en una cafetería junto al santuario del imán Hussein, el nieto del profeta, que murió en una batalla en 680 en lo que es ahora Iraq. Se cree que en el santuario se guarda su cabeza cercenada. Al otro lado de la calle está al-Azhar, una de las instituciones académicas más destacadas del islam sunní, fundada, irónicamente, por la dinastía chií fatimid que gobernó Egipto durante doscientos años, hasta 1169. En una pared del santuario hay un dicho atribuido al profeta y entonado a menudo durante celebraciones chiíes. "Hussein es mío, y yo soy de Hussein". Kamel me mostró las puertas, coronadas con una inscripción del Corán; chiíes y sunníes por igual lo veneraban en el santuario, juntos, dijo.
Unos gatos cruzaron corriendo el sucio suelo de la cafetería. Se preguntó en voz alta sobre guerras pasadas que han fragmentado a Oriente Medio.
"Durante toda su vida, los egipcios, sin excepción, han sufrido muchas crisis, catástrofes y problemas", dijo. Mencionó las guerras de 1948, 1956, 1967, 1973. "Pero tienen un don. Es un don de Dios. Es la capacidad de olvidar".
Luego habló sobre el resto de la región, y si este estallido de conflicto y tensión también pasaría.
"Pueden olvidar tanto como que no", dijo. "Ahora mismo, nadie sabe lo que va a pasar".

Faiza Saleh Ambah en Jiddah, Arabia Saudí, contribuyó a este reportaje.

11 de febrero de 2007
©washington post
©traducción mQh
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