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el precio de unas vacaciones


Europeos reclutados para contrabandear drogas a menudo terminan en la cárcel.
[Patrick J. McDonnell] Lima, Perú. Parecía un negocio redondo: Vacaciones gratis en América del Sur, con todos los gastos pagados y un considerable bono en dinero. Sólo tenías que volver a Europa con un paquete.
"Pensé que no habría problemas", dijo Vera Scheerstra, recordando cuando su novio en Holanda le sugirió el viaje. "Supongo que fui estúpida, y estaba enamorada".
Para la holandesa, se convirtió en una experiencia que ha cambiado su vida, pero no en un sentido constructivo.
Scheerstra es una de las decenas de europeos ahora en cárceles peruanas por cargos de contrabando de cocaína capturados en el aeropuerto de Lima. Se los conoce como burreros, una fusión de ‘correo’ y ‘burro’.
Muchos, como Scheerstra, languidecen en cárceles durante años a la espera de ser procesados mientras sus casos se arrastran tortuosamente por los tribunales peruanos. Scheerstra y su novio fueron capturados en octubre de 2005 con dieciséis kilos de cocaína en sus maletas.
Ella, como otras entrevistadas, dicen que han reconocido su responsabilidad ante las autoridades peruanas. Ahora están recorriendo los tribunales para acelerar su liberación después de pasar un mínimo de dos años en la cárcel.
Scheerstra ha perdido más de dos años y medio de la vida de sus dos hijos, ahora de tres y cinco años que viven con amigos en Holanda. Su padre, abogado y alcalde suburbano de Rotterdam, ha roto toda relación con su hija.
"Toda mi familia ha sufrido por mi error", dijo Scheerstra, 33, maestra de profesión, en el patio de la hacinada cárcel de mujeres de Santa Mónica en el costero barrio de Chorrillos en la capital. "Fue la cosa más estúpida que he hecho en mi vida".
Los traficantes utilizan tierra, mar y aire para transportar la cocaína fuera de Perú, el segundo productor del mundo después de Colombia.
Los grandes cargamentos son enviados en buques, camiones y aviones, empacados en ladrillos, disueltos en líquidos y escondidos en prácticamente todo lo que puede transportado: latas de bonito, madera ahuecada, aguacates de plástico, paquetes de nueces, bisagras de puertas y fertilizantes.
Lanchas de río transportan los fardos a través de las porosas fronteras selváticas con Brasil. Los reclutas acarrean por tierra la carga hacia Bolivia, Chile y Ecuador para ser transportada a Europa.
Pero los traficantes están buscando siempre nuevas vías para transportar su apreciado producto.
Muchos de los que salen en vuelos comerciales de Perú son jóvenes turistas europeos que vuelven a casa, donde la cocaína les significa una buena prima. Son reclutados por una red clandestina -en cafés, en ciudades universitarias, en clubes e incluso en anuncios codificados en diarios.
"Se pueden acercar a ti en bar en la noche, o en la universidad", dice Elena Santos, 24, de Madrid, una del enorme contingente de burreros españoles en la cárcel. "Dicen que es fácil, y que puedes ganar un buen dinero".
La remuneración prometida puede variar, pero el precio normal de la cocaína por kilo es de cerca de cinco mil euros (unos 7.885 dólares).
Los traficantes ayudan a los burreros a esconder la droga en el equipaje, adosada al cuerpo, metida en cavidades corporales, tragada en bolas de látex -una técnica potencialmente fatal en caso de que se rompa un ovoide. La mayoría de los burreros son latinoamericanos. Pero un número significativo son europeos y algunos norteamericanos, todos supuestamente poco llamativos debido a su aspecto y pasaporte.
Pero las autoridades peruanas los vigilan.
Utilizando perros rastreadores y varias otras técnicas de detención, la policía arresta a cientos de burreros al año en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, de Lima. En 2007 se requisaron cuatro toneladas de cocaína. A veces a los viajeros les traicionan los nervios; a veces tienen itinerarios de viaje estrafalarios -una semana en Perú sin visitar la capital inca del Cuzco, por ejemplo.
Muchos pasaron ingenuamente de vidas cómodas al amenazante reino de donde no se puede escapar.
Santos, una animada fumadora en cadena con los labios agujereados y con el aspecto de ser una joven española a la moda, dice que se asustó al llegar a América del Sur y quiso retirarse. Pero, dijo, los traficantes amenazaron a su familia.
"Me dijeron que sabían dónde vivía mi familia", dijo Santos, que tiene un hijo de cuatro en Madrid. "Son capaces matar a mi hijo. ¿Qué podía hacer?"
Como Scheerstra, en una entrevista aquí reconoció su responsabilidad en el contrabando.
El plan lo había ideado su novio, dice Santos, hija de un próspero empresario en la capital española.
Tres días antes de ser detenida, dijo, su amigo viajó solo a España con un kilo de cocaína en 89 cápsulas que se tragó. Pero ella no tuvo la misma suerte.
Santos dice que accedió a meterse trece cápsulas en cavidades de su cuerpo, con algo más de medio kilo de cocaína. Dice que no quiso tragárselas, aterrorizada por el caso a una amiga que murió cuando se rompió una cápsula. La detuvieron a los diez minutos de llegar al aeropuerto el 26 de octubre de 2006, dijo.
Como otros, cree que fue delatada -‘vendida’ por traficantes a policías corruptos para que puedan pasar burreros con cargas más grandes.
La cárcel de mujeres está terriblemente hacinada (cientos de reclusas duermen en los pasillos) y, de acuerdo a los burreros europeos, la comida es espantosamente mala y no cuentan con cuidados médicos adecuados. Una burrera sudafricana con SIDA murió allí este año, dicen.
Pero en general, dicen las mujeres europeas, nadie las molesta. Participan en talleres de costura y otros y tienen un montón de tiempo para pensar en sus errores. Hacen nuevas amigas. Las embajadas holandesa y española, que representan a unas cincuenta reclusas, les llevan libros.
Las dos mujeres europeas accedieron a hablar con la esperanza de que no se siga su ejemplo.
"No puedo decirle a nadie que no haga lo que hice, pero deberían pensar primero en las consecuencias", dijo Scheerstra, hablando con voz queda, resignada. "Las consecuencias son para el resto de tu vida. Y no vale la pena".
Santos añora a su familia y echa de menos al bullicio de la vida en la ciudad y su libertad.
"El dinero fácil es una ilusión", dice Santos. "Es mejor trabajar duro y tener menos lujos y no dejarse encerrar en un lugar como este.
"La libertad no tiene precio", concluyó.

patrick.mcdonnell@latimes.com

18 de abril de 2008
31 de marzo de 2008
©los angeles times
cc traducción mQh
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