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eutanasia y suicidio asistido


El suicidio asistido de una mujer sana de 79 años renueva el debate sobre el derecho a morir.
[Mark Landler] Frankfurt, Alemania. Cuando Roger Kusch ayudó a Bettina Schardt a suicidarse en su casa el sábado, el ritual, tan espeluznante como cuidadosamente montado, fue como el de muchos casos de suicidio asistido, pero con una excepción.
La señora Schardt, 79, auxiliar de rayos equis jubilada de la ciudad de Würzburg, Baviera, no estaba enferma ni se estaba muriendo. Simplemente no quería que la trasladaran a una residencia de ancianos, y antes de que ocurriera, le pidió a Kush, un prominente activista alemán a favor del suicidio asistido, que la ayudara a buscar una salida.
Sus últimas palabras, después de tragarse un letal cóctel de cloroquina -un fármaco utilizado para combatir la malaria- y diazepam -un sedante-, fueron: "auf Wiedersehen", contó Kush en una rueda de prensa el lunes.
Sin embargo, difícilmente será la última palabra sobre su caso. El suicidio de la señora Schardt -y la entusiasta campaña de Kusch- han provocado un revuelo nacional sobre los límites del derecho a morir en un país que ha luchado con este tema más que cualquier otro debido a que los nazis aplicaron eutanasia al menos a cien mil deficientes mentales y personas con enfermedades incurables.
"Lo que hizo el señor Kusch es particularmente horrible", dijo en una entrevista Beate Merk, ministro de Justicia de Baviera. "Esta mujer no sufría de nada, excepto de su propio temor. Kusch no le ofreció ninguna otra opción".
La conservadora primera ministro de Alemania, Angela Merkel, declaró en un canal de noticias alemán el miércoles que estaba "absolutamente contra cualquier forma de suicidio asistido, independientemente de como se presente".
El viernes, Baviera y otros cuatro estados alemanes presentarán nuevos proyectos de ley para prohibir las firmas comerciales que ayudan a morir a la gente. El suicidio mismo no es un delito, ni ayudar a cometerlo, provisto que no pueda ser concebido como eutanasia.
Pero muchos no quieren que Alemania siga el ejemplo de Suiza, donde leyes liberales sobre la eutanasia han provocado el auge de la comercialización del suicidio asistido. En la última década, casi quinientos alemanes han cruzado la frontera para terminar con sus vidas con ayuda de una organización suiza que facilita el suicidio.
"Queremos que sea ilegal que la gente pueda ofrecer ‘reservas de suicidio’", dijo Merkel. "Eso es inhumano".
Al ayudar a la señora Schardt a terminar con su vida, y luego transmitir el episodio, Kusch de hecho inició una nueva práctica. Kusch, 53, un ex alto funcionario de gobierno de Hamburgo, dijo que seguirá ayudando a otras personas que, como la señora Schardt, deciden poner fin a sus vidas por propia voluntad.
"Desde el sábado pasado, ofrezco a las personas morir en su propia cama", dijo en una conferencia telefónica el miércoles. "Ese es el anhelo de la mayoría de la gente, y ahora es posible en Alemania".
Con su inclinación por la publicidad provocativa, Kusch evoca a Jack Kevorkian, el cruzado de la eutanasia de Michigan que retó a las autoridades a que detuvieran sus suicidios asistidos y terminó en la cárcel. Pero Kusch, que es abogado, ha tomado el cuidado de no salirse de lo que permite la ley.
En el caso de la señora Schardt, la aconsejó sobre cómo cometer suicido, pero no le proporcionó ni administró ningún fármaco. Salió de la habitación después de que ella bebiera el ponzoñoso brebaje y volvió tres horas más tarde, encontrándola muerta en su cama. Filmó todo el proceso como prueba de que no participó activamente en su suicidio.
Los fiscales han examinado su caso, y no parece que Kusch corra algún peligro jurídico.
Kusch también filmó cinco horas de entrevistas con la señora Schardt, en las que ella comenta sus temores y explica por qué quiere morir. Kusch mostró fragmentos de la entrevista en la rueda de prensa, provocando con ello un escándalo. "Un video de diez minutos dice más que si yo hablara durante dos horas", dijo.
Aunque la señora Schardt no sufría de ninguna enfermedad terminal, ni sufría dolores insoportables, su vida era difícilmente placentera, dijo Kusch. Tenía problemas para andar en su departamento, donde vivía sola. No se había casado nunca, de modo que no tenía familia. Tampoco tenía muchos amigos, y rara vez salía.
En esas circunstancias, una residencia de ancianos parecía su siguiente domicilio más probable. Y para la señora Schardt, que según Kusch temía a los desconocidos y mostraba un bajo nivel de tolerancia por las personas menos inteligentes que ella, esa era una perspectiva intolerable.
"Cuando me contactó por correo electrónico el 8 de abril, ya había decidido suicidarse", dijo Kusch, observando que también se había contactado con Dignitas, una organización suiza que ayuda a los suicidas.
En una carta de despedida a Kusch, subida a su página web, la señora Schardt le agradece, diciendo que si su muerte contribuía a su causa, habría cumplido con su objetivo de tener "la libertad de morir con dignidad".
Para algunos partidarios del suicidio asistido, las leyes alemanas no dan espacio suficiente para morir con dignidad. Ludwig A. Minelli, el periodista jubilado que dirige Dignitas, observó que los que ayudan a cometer suicidio tiene que dejar morir sola a la persona para no ser procesados. En Suiza, dijo, "la persona que ayuda, así como familiares o amigos, pueden estar con la persona que ha decidido marcharse".
La principal lección de la solitaria muerte de la señora Schardt tendrá que ver con el modo en que Alemania trata a sus viejos.
"Entre los alemanes, el temor a las residencias de ancianos es mucho más grande que el temor al terrorismo o el temor a perder el trabajo", dijo Eugen Brysch, director de la Fundación Hospicio Alemán. "Alemania debe hacer frente a este temor, porque el miedo, como hemos visto, es un pésimo consejero".

3 de julio de 2008
©new york times
cc traducción mQh
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