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documentos de guerra


Abuso del secreto por parte del gobierno. La conclusión parece ineludible: la inmensa mayoría de los materiales no deberían ser de carácter reservado. La difusión de los documentos debería ser la ocasión de una cuidadosa reconsideración de lo que el gobierno supone secreto.
[Erwin Chemerinsky] La lección más importante de la difusión de decenas de miles de páginas de información reservada sobre la guerra en Afganistán parece haberse perdido: se considera demasiada información como de carácter reservado, a menudo solamente porque es embarazosa para el gobierno. El secretario de prensa de la Casa Blanca, Robert Gibbs, dijo que no habían nuevas revelaciones en el material y "no se ha identificado nada que pudiera poner en peligro la seguridad nacional". La pregunta por responder debe ser entonces por qué gran parte de los materiales eran considerados reservados y ocultados al público.
El paralelo con los Papeles del Pentágono es asombroso. En 1971, el New York Times, y luego otros diarios, trataron de publicar un reportaje reservado sobre la participación de Estados Unidos en la Guerra de Vietnam. Desde que fuera publicado en entregas diarias, el gobierno federal recurrió a tribunales federales solicitando una orden judicial para impedir que los diarios publicaran la historia. En todos los niveles judiciales, Estados Unidos reclamó que la publicación de los materiales reservados podría causar grave peligro para la seguridad nacional.
Finalmente, la Corte Suprema resolvió a favor de los diarios, en gran parte porque el gobierno no pudo decir nunca qué materiales serían demasiado perjudiciales si fueran revelados. Whitney North Seymour Jr., fiscal del Distrito Sur de Nueva York que defendió al gobierno federal, dijo más tarde que presionó a los funcionarios del ministerio de Defensa para que dieran ejemplos de lo que podría ser demasiado sensible para ser publicado. Pero nunca mencionaron ningún punto en particular, aunque afirmaron constantemente que la publicación sería perjudicial.
El gobierno de Nixon se opuso vehementemente a la publicación de los Papeles del Pentágono, incluso aunque los documentos era en gran parte materiales históricos sobre lo que había ocurrido en presidencias anteriores. El gobierno de Obama ha condenado la publicación de información sobre la guerra en Afganistán, aunque parece girar sobre lo que pasó durante la presidencia de George W. Bush. La razón es en ambos casos la misma: el gobierno temía que las revelaciones minaran el apoyo público a las guerras en cuestión. En ambos casos la preocupación era que las revelaciones hicieran más difícil mantener el apoyo parlamentario y conservar a la opinión pública que apoyó la campaña bélica.
Pero esa no es una base suficiente para el secreto. Las revelaciones sobre la guerra de Afganistán incluyen casos en que las tropas estadounidenses han matado accidentalmente a civiles, casos de corrupción en el gobierno de Karzai, que es respaldado por Estados Unidos y revelaciones sobre la ayuda paquistaní a los insurgentes afganos. Gran parte de la información plantea dudas sobre si se puede ganar la guerra de Afganistán. Todo esto es información crucial ahora que el Congreso debate cómo continuar en Afganistán y los estadounidenses deciden qué hacer con la guerra. La información no debería ser reservada solamente porque es embarazosa o simplemente porque su revelación podría hacer más difícil para el gobierno la consecución de sus objetivos.
En realidad, para que la democracia funcione, es esencial que los funcionarios en el Congreso y el público general tengan exactamente el mismo tipo de información. Esto quedó vívidamente ilustrado durante el gobierno de George W. Bush. Cuando el New York Times se enteró de que la Agencia de Seguridad Nacional estaba realizando una masiva vigilancia electrónica de ciudadanos estadounidenses, el presidente Bush amenazó a los editores con una posible demanda criminal y les dijo que "tendrían sangre en sus manos" si revelaban el programa secreto. Cuando el Washington Post publicó información reservada que la CIA tenía campos ilegales de "entrega extraordinaria", el gobierno de Bush amenazó nuevamente con una demanda criminal. Sin embargo, en ambas instancias las revelaciones no causaron ningún perjuicio aparente a la seguridad nacional y en realidad obligaron al gobierno a detener sus acciones ilegales.
Por supuesto, hay informaciones que deben ser secretas por razones de seguridad nacional y cuya divulgación debe ser castigada. La Primera Enmienda y la libertad de información no son absolutos. Revelar la identidad de agentes encubiertos en terreno o la ubicación de las plataformas de misiles nucleares de Estados Unidos, o revelar algunos aspectos de la estrategia de guerra son ejemplos de esto. Pero el gobierno de Obama no ha dicho que haya algo de este tenor en los materiales difundidos recientemente.
La conclusión parece ineludible: la inmensa mayoría de estos materiales no deberían haber sido reservados. La difusión de los documentos debería ser la ocasión, una vez más, para una cuidadosa reconsideración de lo que el gobierno considera secreto, y debiese conducir a la formulación de políticas que garanticen que esos materiales serán considerados como reservados sólo si su difusión pone verdaderamente en peligro la seguridad nacional.
La libre difusión de la información puede ser, a veces, embarazoso para el gobierno y puede impedir que el gobierno logre sus programas. Pero eso es exactamente por qué es tan importante en una sociedad democrática.

Erwin Chemerinsky es decano y profesor e la Facultad de Derecho de la Universidad de California en Irvine.
15 de agosto de 2010
28 de julio de 2010
©los angeles times
cc traducción mQh
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